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Imágenes de Ecología

Al hablar de Budismo y ecología tal vez podríamos usar el término “percepción ecológica”. Es útil señalar que en las culturas Budistas tradicionales nunca fue necesario crear la palabra “ecología”; incluso el término “ambiente” es raro de encontrar en los lenguajes Budistas clásicos.

Y cuando miramos las culturas Budistas, encontramos que ellas viven en un estado de armonía con la naturaleza que para nosotros es casi envidiable. Podemos preguntarnos entonces qué es lo que hay en esas culturas que les ha permitido vivir de esa manera, sin dejarse arrastrar por la explotación de los recursos naturales en la forma que nosotros lo hacemos.

Nuestra tarea al hablar de Budismo y ecología es la de desentrañar, desde el interior de la tradición Budista, el entendimiento y la comprensión que sustentan las maneras ecológicas de vivir respetando la naturaleza. De todas las tradiciones no-occidentales, el Budismo se ha constituido en una de las formas más filosóficamente complejas, dándonos una gran cantidad de ideas, conceptos, percepciones y tradiciones que podemos examinar para la construcción de una visión ecológica que nos ayude en nuestro presente dilema. Esta visión proviene de una tradición que ha vivido muy natural y espontáneamente de manera ecológica.

Me gustaría considerar algunas imágenes Budistas clásicas e interpretarlas en términos de lo que podrían significar para nosotros hoy. Creo que esto es parte del proceso de avance de las culturas Budistas en su influencia sobre la civilización occidental. En ellas metáforas e imágenes que tuvieron significado en el Este adquieren un nuevo significado y enfrentan las necesidades de nuestra propia sociedad en el momento presente.

La primera imagen es la del fuego. Muchos de ustedes no titubean en asociarla con el antiguo sermón del Buda llamado el Sutra del Fuego. En él, el Buda habla del mundo incendiándose. El dice que el mundo está ardiendo, que los ojos están ardiendo, que los oídos están ardiendo, y continúa citando cada tipo de experiencia y comparándola con la situación de lo que está incendiándose. Aquellos de ustedes que hayan leído “El País del Desperdicio” de T. S. Eliot, se habrán encontrado con la expresión: “Ardiendo, ardiendo, ardiendo…”

Dejando de lado las interpretaciones tradicionales, qué es lo que significa hoy día esta imagen para nosotros? Cuál es el sentido de arder, de ese estar quemándose, para nosotros? Podemos asociarlo con la imagen de los bosques quemándose. La quema literal del entorno que hace la gente de los países pobres del tercer mundo, los ha llevado a la destrucción del bosque como una forma de ganarse la vida, basada en las necesidades de la industria europea y norteamericana, particularmente la industria de la carne, con la necesidad de sembrar forraje para alimentar el ganado.

Otra imagen que puede venir a la mente es la del calentamiento del globo. La tierra está calentándose cada vez más, en el efecto invernadero. Otra imagen todavía sería la del consumismo. Es interesante notar que hablamos del fuego como consumidor de combustible. En otras palabras, el mundo está ardiendo en el sentido de que consume sus propios recursos, lo que hace a una increíble velocidad, convirtiendo así los recursos naturales en desechos tan rápido como le es posible.

Podemos ver al consumismo como fuego destruyendo las fuentes de la vida. De este modo tenemos una vieja metáfora que puede hacer aflorar en nosotros un nuevo significado como respuesta al tipo de dilema ambiental que encaramos hoy. Este dilema no es simplemente una cuestión relativa a unos pocos errores debido al uso excesivo de contaminantes industriales. Yo creo que el dilema ecológico es, primero, y por sobre todo, un dilema espiritual.

La naturaleza de este dilema espiritual está también expuesta en otra metáfora tradicional Budista, la del veneno. En el Budismo hablamos de tres venenos: la ignorancia, la codicia y el odio. Tradicionalmente estos venenos han sido identificados como las fuentes del sufrimiento. Qué se nos viene a la mente cuando reflexionamos sobre esta enseñanza? Podemos pensar en la contaminación, en la literal toxicidad con la que estamos envenenando el ambiente. En ese sentido, los venenos de la mente, de los que habló el Buda, no están sólo restringidos a nuestros problemas psicológicos, o asuntos privados que pudieran afectar a nuestro círculo inmediato de amigos y parientes, sino que estos venenos están siendo vertidos en la actualidad a todo lo ancho del orbe. Son contaminantes para el mundo real en el que vivimos. Si estamos de acuerdo en que ésta es una clara relación causa-efecto, podemos reconocer que el veneno de la codicia dentro de la mente humana es ampliamente responsable por la contaminación y envenenamiento del mundo.

De la misma manera el veneno del odio es responsable por el envenenamiento del mundo, como ocurre con las pruebas nucleares en diferentes partes del planeta, la manufactura y prueba de armamentos, como medios por los cuales podemos satisfacer nuestro odio hacia aquellos que consideramos nuestros enemigos.

De igual forma ocurre con el veneno de la ignorancia, que nos hace desconocer nuestra interrelación con todas las cosas, apegándonos a un ego separado. El mundo pasa a ser una entidad ajena a nosotros con la que no tenemos ninguna conexión esencial.

Este tipo de visión justifica una clase de vida basada en la codicia y el odio. Debido al aumento de la población mundial y al desarrollo tecnológico, somos ahora capaces de proyectar nuestra codicia, nuestro odio y nuestra ignorancia dentro del mundo en proporciones alarmantes. Esto nos conduce a una pregunta crucial acerca del rol del Budismo en el mundo de hoy. Podemos nosotros, como Budistas, dada nuestra filosofía de la vida humana, quedarnos a un lado y mirar como el mundo estalla en llamas, mientras trabajamos solamente por nuestra propia iluminación en cimas montañosas o en cavernas, tolerando tranquilamente la destrucción alrededor nuestro?

No estamos obligados por la percepción interior de nuestra tradición a comprometernos en los acontecimientos ambientales reinantes en nuestro mundo actual? En qué magnitud la práctica Budista es una fuente de responsabilidad con la vida a nuestro alrededor? Cuánto tiempo podemos permanecer como espectadores? Existe actualmente entre los Budistas un movimiento de expansión al que a menudo se le da el título de “Budismo comprometido”. Esta escuela de pensamiento reconoce la necesidad de trabajar no sólo por nuestra propia purificación y cultivo de la compasión, sino para comprometer esos logros en beneficio del mundo que nos rodea. Este compromiso nos trae otra imagen, la de la interconexión de las cosas, o dicho en términos Budistas, “la co-emergencia dependiente”.

Este es un concepto extremadamente medular en la filosofía Budista, la idea de que no estamos solos, que no estamos aislados, que podemos a veces sentirnos así, pero que nuestro verdadero ser, nuestro real sentido de individualidad surge de una red de relaciones que es la causa de nuestra existencia. Nuestra unicidad no es reducible o definible en términos de alguna esencia especial, alguna substancia llamada alma, alguna entidad encerrada en nosotros. Y no estoy hablando aquí de un concepto intelectual sino más bien de una sensación interior que discierne cómo y qué somos. La práctica Budista contrapone a este sentido de egoísmo la percepción de vacuidad y transparencia, pero más fundamentalmente aún la idea de la interconexión y co-emergencia dependiente.

Y si pensamos en ello, también esta imagen es fundamentalmente ecológica. Es el reconocimiento de que toda vida, cada hoja en cada árbol, cada insecto, cada brizna de hierba, cada pájaro, no llega a ser lo que es independientemente de todo lo demás. Cualquier vida depende de todas las otras formas de vida con las cuales coexiste. Como seres humanos, somos dependientes del aire que respiramos, del agua que bebemos, del alimento que comemos.

Alan Watts solía hablar del “ego encapsulado en la piel”, una maravillosa imagen para nuestra forma occidental de pensar. De un modo u otro pensamos que nuestra responsabilidad termina en nuestra piel, que esto soy yo, y que más allá está lo desconocido, amenazante y vasto. La práctica Budista trata de penetrar a través de esa barrera que es nuestro ego encapsulado. Tiene que ver con descubrir existencialmente que somos una parte integrada en una vida mucho mayor.

Una de las imágenes más bellas que encontramos en el Budismo tradicional para expresar esta interconexión o interdependencia, es la de la Red Enjoyada de Indra. La encontramos en el Avatamsaka Sutra. Es una gran red que tiene en cada una de sus intersecciones una esfera que refleja a cada una de las otras esferas de la red. Toda la red está representada dentro de cada esfera; podemos mirar cualquiera de ellas y ver la presencia de todas las demás. Esta imagen es ecológica en el sentido de que nuestra vida es, por así decirlo, una de esas esferas en una de las intersecciones de la Red de Indra.

Si miramos nuestra propia vida, encontramos que somos un reflejo de lo todo lo que existe en el mundo que conocemos. Reflejamos los elementos: tierra, agua, fuego y aire; nuestros pensamientos reflejan el lenguaje que nos ha sido dado por la sociedad; nuestra memoria refleja nuestro pasado tanto biológico como cultural. En el Budismo Tibetano, hay meditaciones destinadas a intensificar nuestra percepción de la dependencia que tenemos con todos los demás.

En nuestra forma de vida moderna, damos demasiadas cosas por garantizadas, como nuestra comida, y eso que cada comida contiene una profunda enseñanza acerca de la interdependencia del total universo. Al comer una naranja, podemos imaginar a la persona que plantó el naranjo, a quienes cultivaron los campos, a los trabajadores, escasamente pagados, que vinieron a la cosecha. Podemos imaginar los lugares de recolección, las bodegas, los supermercados, todos los cuales involucran gran cantidad de gente que a su vez depende de otros numerosos grupos de personas y animales. Esa naranja – que muchas veces devoramos tan inconscientemente – puede darnos una idea de esta cadena de producción dependiente, cadena que constituye la base del sistema que mantiene nuestra existencia.

Nuestro condicionamiento e ignorancia no nos permite ver más allá del ámbito de nuestros propios intereses, y eso nos cierra a todas las otras vidas, las que también son, verdaderamente, nuestra vida. Por esta razón es que la filosofía Budista equipara las nociones de vacuidad e interdependencia.

Este vacío o no-yo no es una negación de la individualidad; es una negación del falso concepto que tenemos de una existencia separada, de un ego encapsulado en la piel. Y cuando logramos ver a través de él, estamos abiertos a la interdependencia de todos los fenómenos. Reconocemos que nuestro ser es un “inter-ser”, un ser interconectado cuya definición no está constituida por límites que lo separen de todas las otras cosas.

Stephen Batchelor.

Traducido y extractado por Silvia Rodríguez de
Maurice Ash.- Essays in Spirituality and Ecology
Associated Publishers Group
USA