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La Gran Cadena del Ser

La visión del mundo conocida como filosofía perenne – por manifestarse de manera prácticamente idéntica a través de culturas y épocas – ha confirmado el núcleo no sólo de las grandes tradiciones de sabiduría del mundo entero – desde el budismo hasta el cristianismo, pasando por el taoísmo – sino también de los principales filósofos, científicos y psicólogos. La filosofía perenne se halla tan abrumadoramente difundida que, o bien se trata del mayor error intelectual de la historia de la humanidad, o bien constituye la reflexión más detallada sobre la naturaleza de la realidad que jamás se haya llevado a cabo.

Un aspecto fundamental en la filosofía perenne es la noción de gran cadena del ser. La idea en sí misma
es muy sencilla. Desde el punto de vista de la filosofía perenne, la realidad no es unidimensional, no es un país plano y compuesto de una substancia uniforme sino que más bien está configurado por dimensiones diferentes pero continuas. Así, pues, la realidad manifiesta se halla constituída por grados o niveles que van desde el nivel inferior más denso y menos consciente hasta el nivel superior más sutil y más consciente. En un extremo de este continuo del ser – del espectro de la conciencia – se halla aquello que Occidente denomina materia, lo insensible, lo no consciente, mientras que en el otro extremo se halla el espíritu, la divinidad, lo superconsciente (que, como veremos, se dice que constituye el sustrato omnipenetrante que impregna todos los niveles). Entre ambos extremos se ordenan las otras dimensiones de ser en función de su grado individual de realidad (Platón), actualidad (Aristóteles), inclusividad (Hegel), consciencia (Aurobindo), claridad (Leibniz), valor (Whitehead) o conocimiento (Garab Dorje).

En ocasiones, la gran cadena se presenta como si estuviera compuesta por tres grandes niveles: materia, mente y espìritu; otras versiones hablan de cinco niveles: materia, cuerpo, mente, alma y espíritu, y ciertos sistemas yóguicos, por último, enumeran literalmente docenas de dimensiones discretas pero continuas. Para nuestro propósito, sin embargo, bastará con recurrir a una jerarquía de cinco niveles: materia, cuerpo, mente, alma y espíritu.

La afirmación fundamental de la filosofía perenne es que el ser humano puede crecer y desarrollarse (o evolucionar) a lo largo de esta cadena hasta llegar al Espíritu mismo y, de este modo, realizar la suprema identidad con la Divinidad, el ens perfectissimus que constituye el principal anhelo de todo nuestro crecimiento y evolución.

Pero adviértase que la gran cadena es, en realidad, una jeraquía y que éste, por otra parte, es un término que, en la actualidad, parece despertar rechazo. El término jerarquía – introducido originalmente por el gran místico cristiano San Dionisio – significa esencialmente gobernar la propia vida en base a principios espirituales (hiero significa sagrado o santo y archi significa gobierno o regla). Pero apenas se trasladó al campo del poder político y militar, el gobierno del espíritu pronto se transformó en
el gobierno de la Iglesia católica. De este modo, un principio espiritual mal entendido terminó convirtiéndose en un sinónimo de despotismo.

Sin embargo, para la filosofía perenne – y en realidad, para toda la psicología moderna, la teoría evolucionista y la teoría de sistemas – la jerarquía consiste simplemente en un ordenamiento de acontecimientos en función de su capacidad holística. En cualquier secuencia evolutiva aquello que abarca la totalidad de un estadio deviene meramente una parte de la totalidad mayor propia del estadio subsiguiente. Una letra, por ejemplo, forma parte de una palabra, la cual se halla integrada en una frase que, a su vez, forma parte de un párrafo, etc. Arthur Koestler acuñó el término holón para referirse a estos elementos que, siendo un todo en un determinado estadio, constituyen un simple elemento compositivo de la totalidad superior propia de un estadio posterior.

La jerarquía es, pues, simplemente un ordenamiento creciente de holones y representa un aumento en la totalidad y en la capacidad integradora. Es por ello que el concepto de jerarquía es tan importante para la teoría de sistemas, la teoría de la totalidad u holismo, y también para la filosofía perenne. Cada paso adelante en la gran cadena del ser conlleva un incremento en la unidad y una ampliación de la identidad. De este modo tiene lugar un proceso que abarca desde la identidad aislada del cuerpo, pasando por la identidad social y comunitaria de la mente hasta llegar a la suprema identidad del espíritu, una identidad que literalmente abarca todo tipo de manifestacion. Esta es la razón por la que la gran jerarquía del ser suele representarse como una serie de círculos concéntricos, de esferas anidadas. Así pues, la crítica común
de que toda jerarquía es lineal se halla completamente equivocada. En realidad, como señalaba Coomaraswamy, sólo podemos utilizar libremente la metáfora de los niveles, los escalones o los estratos, si nos tomamos la molestia de poner en marcha la mínima imaginación necesaria como para tratar de comprender aquello que realmente queremos decir.

Las secuencias de la evolución y del desarrollo proceden por jerarquización, o por órdenes de holismo creciente. Las moléculas, por ejemplo, se ordenan en células y éstas, a su vez, en órganos, organismos y sociedades de organismos. En el desarrollo cognitivo nos encontramos con que la consciencia se expande desde las imágenes simples – que representan a una sola cosa o evento – pasando por los símbolos y los conceptos – que representan grupos, o clases de cosas y eventos – hasta llegar a las reglas – que permiten integrar y organizar numerosas clases y grupos en verdaderas redes. En el desarrollo moral nos encontramos con un razonamiento que abarca desde el individuo aislado hasta el grupo – tribu – de individuos relacionados y, de ahí, a la red completa de grupos que se encuentra más allá de los individuos particulares. Así pues, los patrones más holistas aparecen posteriormente en el desarrollo porque su existencia requiere de la emergencia de las diferentes partes que terminarán integrándose o unificándose, del mismo modo que la frases completas sólo emergen después de que lo hayan hecho las palabras.

Tales jerarquías implican un tipo de redes de control donde los niveles inferiores (es decir, los niveles menos holistas) pueden influir sobre los niveles superiores (o más holistas) a través de lo que se denomina causación ascendente. Pero, del mismo modo, los niveles superiores también pueden ejercer una poderosa influencia o control sobre los inferiores mediante la denominada causación descendente (cuando decidimos mover el brazo, por ejemplo, todos los átomos, moléculas y células del brazo se mueven con él).

En cualquier secuencia evolutiva de crecimiento, cuando emerge un estadio, u holón, más abarcador, termina incluyendo las capacidades, pautas y funciones propias del estadio anterior (es decir, de los holones previos) y les agrega sus propias (y más abarcadoras) capacidades. En este sentido – y sólo en éste – los holones nuevos son más abarcadores, más elevados y más amplios. Sea cual fuere la importancia del valor de los estadios previos, el nuevo estadio los engloba a todos pero también les añade un nuevo elemento (una capacidad más integradora, por ejemplo) y ese algo más es un valor extra relativo al estadio previo (y menos abarcador). Esta definición crucial de estadio superior – que fue introducida por primera vez en Occidente por Aristóteles y en Oriente por Shankara – ha sido absolutamente central en la filosofía perenne desde entonces. Como dijo Hegel en primer lugar y han repetido después de él todos los evolucionistas, cada estadio es adecuado y válido, pero los estadios superiores son más adecuados y, sólo en ese sentido, más valiosos (lo cual siempre significa más holistas).

Es por este motivo que Koestler, después de haber advertido que todas las jerarquías están compuestas por holones – por órdenes de totalidad creciente – señaló que la palabra más adecuada para jerarquía es realmente holoarquía . En mi opinión Koestler da de lleno en el blanco y es por ello que, a partir de aquí, seguiremos refiriéndonos a la jerarquía, en general, y a la gran cadena, en particular, como holoarquía.

Una holoarquía normal o natural consiste en el desarrollo secuencial a través de estadios de redes más inclusivas de totalidad creciente, donde las totalidades más amplias, o más abarcantes, son capaces de influir sobre las totalidades infra-ordenadas. Esto es natural, deseable e inevitable y podemos comenzar a advertir ya la forma en que las holoarquías pueden operar patológicamente . Si los niveles superiores pueden ejercer un control sobre los inferiores también pueden sobredominarlos, reprimirlos e incluso alienarlos, lo cual abre la puerta a un mayor rango de dificultades y de patologìas, tanto individuales como sociales.

Es precisamente a causa de que el mundo está dispuesto holoarquícamente – es decir, que contiene campos dentro de campos que se hallan, a su vez, contenidos dentro de otros campos – que las cosas pueden funcionar tan mal en ocasiones y que una perturbación o una patología en un determinado campo puede reverberar y terminar afectando a todo el sistema. En todo caso, la curación de esta patología en cualquiera de los sistemas es esencialmente la misma: erradicar los holones patológicos para que la holoarquía pueda recuperar el equilibrio. Así pues, la curación no consiste como sostienen los reduccionistas, en desembarazarse de la holoarquía per se. Esta es precisamente el tipo de curación que nos propone el psicoanálisis (cuando los holones de la sombra rechazan la integración ), la teoría crítica social (cuando una ideología opaca usurpa la comunicación abierta), las revoluciones sociales democráticas (cuando los holones monárquicos o fascitas oprimen al cuerpo político), las intervenciones habituales de la ciencia médica (cuando los holones cancerosos invaden un sistema benigno), la crítica feminista radical (cuando los holones patriarcales dominan la esfera pública), etc. No se trata, pues, tanto de desembarazarse de la holoarquía per se sino de atajar e integrar a los holones, digamos, arrogantes.

Todas las grandes tradiciones de sabiduría del mundo son variaciones de la filosofía perenne, de la gran holoarquía del ser. En su libro Forgotten Truth, Huston Smith resume las principales religiones del mundo en una sola frase: Una jerarquía de ser y de conocimiento. Chogyam Trumgpa Rinpoché , por su parte, señalaba que la idea fundamental, el sustrato esencial que impregna y subyace a todas las religiones orientales , desde la India hasta el Tibet y China y desde el shintoísmo hasta el taoísmo, es una jerarquía de tierra, ser humano, cielo, lo cual equivale a decir de cuerpo, mente y espíritu.

Esto nos conduce a la paradoja más notable de la filosofía perenne. Hemos visto ya que las grandes tradiciones de sabiduría suscriben la noción de que la realidad se manifiesta a través de una serie de niveles , o dimensiones, y que las dimensiones superiores son más inclusivas y, por consiguiente, más próximas a la totalidad absoluta de la Divinidad o el Espíritu. En este sentido – y en la medida en que no tomemos la metáfora en un sentido literal – el Espíritu constituye la cúspide del ser, el peldaño superior de la escalera evolutiva. Pero también es cierto que el Espíritu es la madera de la que está hecha la escalera misma y cada uno de sus peldaños. El Espíritu es la talidad, la ipseidad, la esencia de todas y cada una de las cosas que existen.

El primer aspecto, el aspecto del peldaño superior, es la naturaleza trascendente del Espíritu que supera cualquier cosa creada, finita y mundana. Toda la tierra (e incluso todo el universo) podría ser destruída y el Espíritu, no obstante, seguiría permaneciendo. El segundo aspecto, el aspecto de la madera, es la naturaleza inmanente del Espíritu: el Espíritu se halla igual y totalmente presente – sin parcialidad alguna – en todas las cosas y eventos manifestados, en la naturaleza y en la cultura, en los cielos y en la tierra. Desde este punto de vista, ningún fenómeno se halla más próximo al Espíritu que otro porque todos ellos están hechos igualmente del mismo Espíritu. Así pues, el Espíritu es, al mismo tiempo, tanto el objetivo más elevado de todo desarrollo y evolución como el sustrato de toda la secuencia y se halla tan plenamente presente al comienzo como al final. El Espíritu es anterior – pero no ajeno – al mundo.

El fracaso en no tener en cuenta esta paradójica situación ha conducido históricamente a los seres humanos a visiones muy unilaterales (y políticamente muy peligrosas) del Espíritu. Tradicionalmente, las religiones patriarcales han tendido a subrayar la naturaleza trascendente del Espíritu y a condenar, en consecuencia, a la tierra, a la naturaleza, al cuerpo y a la mujer a un status inferior. Antes de eso, sin embargo, las religiones matriarcales tendían a subrayar la naturaleza inmanente del Espíritu y la visión del mundo panteísta resultante equiparaba a la tierra finita y creada con el Espíritu infinito y no creado.

Es así que tanto las religiones matriarcales como las patriarcales han sustentado visiones unilaterales del Espíritu que han tenido nefastas consecuencias históricas y que han conducido al ser humano a realizar brutales sacrificios masivos para propiciar la fertilidad de la Diosa Tierra o a emprender guerras santas en nombre del Dios Padre. Pero, en el mismo núcleo de todas estas deformaciones superficiales, la filosofía perenne, el núcleo esotérico interno de la sabiduría religiosa, ha soslayado siempre todas las dualidades – tierra o cielo, masculino o femenino, finito o infinito, ascesis o revelación – y se ha ocupado, por el contrario, de tratar de lograr su unión e integración (no dualismo). Esta unión entre los cielos y la tierra, lo masculino y lo femenino, lo infinito y lo finito, terminó explicitándose en las enseñanzas tántricas de las diversas tradiciones de sabiduría , desde el gnosticismo occidental hasta el vajrayana oriental. Este es, en definitiva, el núcleo no dual de las tradiciones de sabiduría al que se aplica el término de filosofía perenne.

El hecho es que si intentamos pensar en el Espíritu en términos mentales (lo que necesariamente provoca ciertas distorsiones, puesto que los holones inferiores no pueden englobar totalmente a los holones superiores) deberíamos, al menos, tener en cuenta la paradoja entre trascendencia e inmanencia que hemos señalado. La paradoja es simplemente la forma que adopta la no dualidad cuando se la considera desde el nivel mental. El Espíritu, en sí mismo, no es paradójico porque, estrictamente hablando, no hay forma alguna de caracterizarlo.

Esto se aplica doblemente a la jerarquía (holoarquía ). Ya hemos dicho que cuando el Espíritu trascendente se manifiesta lo hace a través de una serie de estadios o de niveles, la gran cadena del ser. Pero esto no significa que el Espíritu, o la Realidad, sea en sí mismo jerárquico. El Espíritu Absoluto, o la Realidad, no es en modo alguno calificable en términos mentales (que, a fin de cuentas, son holones inferiores) y, por consiguiente, es ajerárquico, es shunyata, nirguna, apofático, es decir, totalmente incalificable y totalmente limpio de rastro alguno de atributos concretos limitadores. Sin embargo, cuando se manifiesta lo hace gradualmente – en estratos, en dimensiones, en capas, en niveles o en grados, elijamos el término que prefiramos – y eso es precisamente la holoarquía. En el vedanta se habla de los koshas, las distintas envolturas o estratos que cubren a Brahman; en el budismo son los ocho vijnanas, los ocho niveles de conciencia, cada uno de los cuales es una versión descendente o más restrigida de las dimensiones mayores; en la kabbalah se les denomina los sephiroth, etc.

El hecho es que todos éstos son niveles que foman parte del mundo manifiesto, de maya. Cuando maya no se reconoce como el juego de lo Divino, no hay nada más que ilusión. Jerarquía es ilusión. De hecho, los únicos niveles que existen son niveles de ilusión, no niveles de realidad. Pero, según las tradiciones, la comprensión – y sólo la comprensión – de la naturaleza jerárquica del samsara nos permite realmente salir de él.

Podemos considerar ahora los distintos niveles reales de la holoarquía, de la gran cadena del ser, tal como aparece en las tres principales tradiciones de sabiduría más ampliamente practicadas: judeo-cristiana-islámica, budista e hinduísta (aunque cualquier religión madura podría servirnos para ello). Los términos cristianos son los más sencillos porque ya los conocemos: materia, cuerpo, mente, alma y espíritu. La materia se refiere al universo físico y a nuestro cuerpo físico (es decir, a aquellos aspectos de la existencia que se rigen por las leyes de la física). En este caso, el cuerpo se refiere al cuerpo animal: el sexo, el hambre, la vitalidad, la fuerza, etc. La mente es la mente racional, argumentativa, lingüística e imaginativa (estudiada por la psicología). El alma por su parte es la mente sutil o superior, la mente arquetípica, la mente intuitiva, la esencia de la indestructibilidad de nuestro ser (estudiada por la teología). Y, finalmente, el Espíritu constituye la cúspide trascendental de nuestro ser, nuestra Divinidad (estudiada por el misticismo contemplativo).

Según el hinduísmo vedanta, la persona individual está compuesta de cinco envolturas, niveles o dimensiones de ser (koshas), a las que suele compararse con una cebolla. De este modo, cuantas más capas vayamos desprendiendo, más nos aproximaremos a la esencia. El nivel inferior (el más externo) es denominado annamayakosha, que significa la envoltura hecha de alimento, el cuerpo físico. Después está el pranamayakosha, la capa hecha de prana (prana significa fuerza vital, energía , líbido, energía sexual-emocional en general), el cuerpo en el sentido definido anteriormente. Luego está el manomayakosha, la capa compuesta de manas, o la mente (racional, abstracta, lingüística, etc.). Más allá de ésta se encuentra el vijnanamayakosha, la capa de la intuición, la mente superior, la mente sutil. Y finalmente está el anandamayakosha, la capa hecha de ananda, la beatitud espiritual y trascendente.

Por último – y esto es muy importante – el vedanta agrupa estas cinco capas en tres estadios fundamentales: grosero, sutil y causal. La dimensión grosera constituye el nivel inferior de la holoarquía, el cuerpo físico (annamayakosha); la dimensión sutil consiste en los tres niveles intermedios: el cuerpo sexual-emocional (pranamayakosha), la mente (manomayakosha) y la mente superior o sutil (vijnanmayakosha); y la dimensión causal consiste en el nivel superior (anandamayakosha) el espíritu arquetípico del que, en ocasiones, también se dice que en su mayor parte – aunque no totalmente – es no manifestado y carece de forma. El vedanta correlaciona estas tres dimensiones principales del ser con los tres estadios fundamentales de consciencia: vigilia, sueño y dormir sin sueños. Más allá de estos tres estadios se encuentra el Espíritu absoluto – denominado turiya – el cuarto estado que se encuentra más allá (e incluye) los tres estadios manifestados. El cuarto estado trasciende (e integra) los niveles grosero, sutil y causal.

En la medida en que comprendamos que el alma no sólo es un ser superior o una identidad superior sino también una mente y una cognición superior y más sutil, la versión vedantina de las cinco envolturas es casi idéntica a la versión judeo-cristiana-musulmana de materia, cuerpo, mente, alma y espíritu. Por otra parte en todas las tradiciones místicas el alma es también un nudo, una contracción (lo que los hindúes y los budistas denominan ahamkara) que debe ser desatada y disuelta antes de que pueda trascenderse a sí misma, morir para sí misma y reencontrar su identidad suprema con o como el Espíritu absoluto.

Así pues, el alma es, al mismo tiempo el nivel más elevado del proceso de desarrollo del individuo y también el obstáculo final, el último nudo que nos impide completar la iluminación, su identidad suprema, simplemente porque en tanto que testigo trascendental es inherente a todo aquello que testimonia. Sólo cuando vamos más allá de la posición del testigo, el alma o el testigo mismo termina disolviéndose y entonces sólo queda el juego de consciencia no dual, la consciencia que no observa a los objetos sino que se identifica completamente con todos ellos (según el zen es como degustar el cielo). El abismo existente entre sujeto y objeto desaparece entonces, el alma se trasciende o se disuelve y aparece la consciencia pura , espiritual y no dual, una consciencia sencilla, evidente y clara. Entonces comprendemos que nuestro ser es la totalidad del espacio, vasto y abierto, y que todo lo que aparece lo hace espontáneamente, y como espíritu, en nosotros.

El modelo psicológico fundamental propio del budismo mahayana nos habla de ocho vijnanas, ocho niveles de conciencia. Los primeros cinco niveles son los cinco sentidos, el siguiente es el manovijnana, la mente que opera sobre la experiencia sensorial; luego viene el manas, que se refiere tanto a la mente superior como al centro de la ilusión de la existencia de una identidad separada. Es el manas el que mira al alayavijnana (el siguiente nivel superior, el de la consciencia supraindividual) y lo confunde con un ser separado o con un alma substancial, tal como la hemos definido. Y, más allá de estos ocho niveles, se halla su mismo sustrato y su fuente, el alaya puro o Espíritu puro.

No quisiera, sin embargo, minimizar algunas de las diferencias reales existentes entre estas tradiciones. Simplemente estoy señalando que todas ellas comparten ciertas similitudes estructurales profundas, lo cual testimonia elocuentemente la auténtica naturaleza universal de sus intuiciones.

Aunque es cierto que la holoarquía evolutiva constituye un paradigma unificador del pensamiento contemporáneo – desde la física a la biología, la psicologìa y la sociología – la mayor parte de las escuelas ortodoxas de investigación, sin embargo, sólo admiten la existencia de las dimensiones propias de la materia, el cuerpo y la mente. Las dimensiones superiores de alma y Espíritu todavía no han alcanzado el mismo estatus. De este modo, podemos afirmar que el Occidente contemporáneo todavía no ha alcanzado
a reconocer sino las tres quintas partes de la gran cadena del ser.

Una vez que reconozcamos la existencia de todos los niveles y dimensiones de la gran cadena del ser, estaremos ciertamente en condiciones de disponer adecuadamente de todas las modalidades del conocimiento, no sólo del ojo de la carne – que nos permite acceder al mundo físico y sensorial – o del ojo de la mente – que nos revela el mundo lingüístico y lógico – sino también del ojo de la contemplación – que nos abre a las dimensiones del alma y del Espíritu. Cuando la psicología confía exclusivamente en el ojo de la carne, se ve abocada al conductismo, y si lo mismo ocurre en el campo de la filosofía, termina conduciéndonos al positivismo. Incluir al ojo de la mente supone, en psicologìa, abrir la puerta a las escuelas introspectivas – como el psicoanálisis, la gestalt, la existencial y la humanista – y en filosofía, retornar a la filosofía propiamente dicha; la fenomenología, la hermenéutica, el existencialismo y la teoría crítica.

También tenemos que dar un último paso y tener en cuenta al ojo de la contemplación que, como metodología científica y respetable, nos revela el alma y el espíritu. El resultado de este último paso nos conduce a la psicología y a la filosofía transpersonal. Y esta visión transpersonal es el punto definitivo de regreso, el punto del reencuentro del alma del hombre moderno con el alma de la humanidad – el verdadero significado del pluriculturalismo – donde, subidos a hombros de gigantes, trascendemos, pero incluímos – y esto significa respetar – su presencia siempre recurrente.

Ken Wilber

Extractado por Farid Azael de
Trascender el Ego
Editado por Roger Walsh y Frances Vaughan
Kairós