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Perspectivas Espirituales para el Mundo de Hoy (II)

 

Confianza

 

El Ingreso en el Universo Sensible

Uno de los hitos más importantes en el surgimiento de una nueva visión científica de la especie humana y el universo es la obra de Thomas Kuhn, que en 1957 publicó The Structure of Scientific Revolutions. Este libro fue el primero en alertarnos acerca de la tendencia de la ciencia a ser selectiva por la forma en que sus profesionales eligen su investigación y al mismo tiempo por cómo juzgan el trabajo de otros.

De manera muy convincente, Kuhn mostraba que lo que él denominó “pensamiento paradigmático” a menudo llevaba a los científicos a excluir áreas de investigación, como hallazgos particulares que no se ajustaban con facilidad a las teorías o las construcciones mentales predominantes de la época. Un paradigma es un conjunto de creencias sobre la realidad que parecen evidentes e inmutables. El pensamiento paradigmático puede llevar a los individuos (en este caso, los científicos) a defender su punto de vista contra toda prueba racional. Esto es exactamente lo que pasó con la sumisión ciega al paradigma newtoniano. La tesis de Kuhn también arrojó luz sobre el problema de la “inversión” personal de la ciencia, revelando la forma en que los científicos muchas veces hacen sus carreras a partir de descubrimientos particulares, a menudo en universidades o instituciones privadas, y luego tienden a defender estas posiciones teóricas -que ven como origen de su status personal- frente a los que llegan con ideas diferentes, aunque esas ideas sean objetivamente mejores y más completas.

En razón de este problema, la ciencia con frecuencia avanza con lentitud, y a menudo debe retirarse una generación para que la siguiente vea aceptados sus logros. El gran aporte de Kuhn fue crear una mayor conciencia y una mayor apertura personal en una nueva generación de científicos, justamente en momentos en que se producía una toma de conciencia popular de que estaba produciéndose un cambio importante de paradigma.

Newton imaginó que el mundo funcionaba gracias a procesos puramente físicos de una naturaleza similar a la máquina, sin influencia mental o mística de ningún tipo. Al seguir este paradigma, todas las demás ciencias y subdisciplinas se pusieron a categorizar y explicar todas las partes y los pro­cesos básicos del mundo.

Sin embargo, a fines del siglo XIX, en el clímax mismo del paradigma mecanicista, empezaron a ponerse en duda los supuestos básicos de la física que había creado este tipo de ciencia. De repente, en vez de ser un lugar muerto y sin alma, el universo comenzó a parecer un enorme teatro de energía dinámica y misteriosa, una energía que estaba implícita en todas las cosas e interactuaba consigo misma de una manera que no podía calificarse sino de “inteligente”.

La Nueva Física

Este paso a una creencia en el universo inteligente empezó con el trabajo de Albert Einstein, que a lo largo de varias décadas puso la física patas para arriba. Como bien lo detalla Fritjof Capra en El Tao de la Física, Einstein salió a escena cuando a los científicos empezó a costarles comprender datos experimentales específicos como lo hacían antes. El comporta­miento de la luz, por ejemplo, no encajaba fácilmente en la visión mecanicista newtoniana.

Maxwell y Faraday habían demostrado en 1860 que la mejor manera de describir la luz era como un campo electromagnético oscilante que distorsionaba el espacio ya que viajaba a través del universo en forma de ondas. La idea de las distorsiones de espacio evidentemente no era posible dentro de la estructura newtoniana, porque para ajustarse a esa teoría la onda necesitaba un medio para poder viajar mecánicamente. Para resolver el problema, Maxwell y Faraday enunciaron la hipótesis de un “éter” universal que podía cumplir con esa función.

En lo que más tarde constituiría una serie de percepciones brillantes, Einstein propuso la teoría de que no había ningún éter y que en verdad la luz viajaba a través del universo sin un medio distorsionando el espacio. Einstein postuló además que este efecto explicaba también la fuerza de gravedad, afirmando que la gravedad no era una fuerza en el sentido convencional en que Newton la describía.

Era, en cambio, el resultado de la forma en que la masa de una estrella o un planeta también distorsionaba el espacio. Einstein afirmó que la Luna, por ejemplo, no gira alrededor de nuestro planeta porque es atraída por la masa más grande de la Tierra que tira de ella como si fuera una pelota que va haciendo remolinos sobre una cuerda. Lo que sucede, en cambio, es que la Tierra distorsiona su espacio circundante de manera tal que lo curva, o sea que la Luna en realidad va en línea recta siguiendo las leyes de la inercia, pero no obstante gira alrededor de nuestro planeta en una órbita.

Esto significa que no vivimos en un universo que se expande hacia el infinito en todas las direcciones. El universo en su conjunto está curvado por la totalidad de materia que tiene en su interior de una manera increíblemente misteriosa. Esto significa que si tuviéramos que viajar lo suficiente en una línea recta perfecta en una dirección, recorriendo una distancia lo bastante grande, volveríamos exactamente al mismo lugar en que empezamos. Por lo tanto, el espacio y el universo son interminables y sin embargo finitos, limitados, como una cápsula, lo cual plantea la cuestión: ¿qué hay fuera de este universo? ¿Otros universos? ¿Otras realidades dimensionales?

Einstein llegó a establecer que el tiempo objetivo también es alterado por la influencia de los cuerpos grandes y por la velocidad. Cuanto más grande es el campo gravitacional en el que se coloca un reloj y cuanto más rápido viaja el reloj, más lento es el paso del tiempo en relación con otro reloj. En un experimento mental ahora famoso, Einstein ilustró de qué manera un reloj en una nave espacial que viaja a velocidades cercanas a la velocidad de la luz funcionaría con más lentitud en relación con un reloj en la Tierra. Los ocupantes de la nave no notarían ninguna diferencia pero envejecerían mucho menos durante su vuelo que los que no viajaron.

Einstein también demostró el carácter constante de la velocidad de la luz, con independencia de cualquier otro movimiento agregado o sustraído a su velocidad. Por ejemplo, cuando viajamos en auto y arrojamos una bola hacia delante, la velocidad de la bola es la velocidad del auto más la velocidad de la bola después de haber sido arrojada. No ocurre lo mismo con la luz. La velocidad de la luz visible así como la de todos los fenómenos electromagnéticos, es de 299.792 kilómetros por segundo aunque vayamos, digamos, a 290.000 kilómetros por segundo y alumbráramos hacia delante con una linterna. La velocidad de la luz que sale de la linterna no sería la suma de su velocidad más nuestra propia velocidad sino que se mantendría constante en 299.792 kilómetros por segundo. Este solo descubrimiento, una vez captado, destruye la vieja idea de un universo mecánico.

En lo que constituye su idea tal vez más revolucionaria, Einstein también afirmó que la masa de un objeto físico y la energía que contenía eran en realidad intercambiables según la fórmula E = mc2. En esencia, Einstein demostró que la materia no es nada más que una forma de luz.

El trabajo de Einstein fue como abrir una caja de Pandora. El paradigma se apartó del concepto de un universo mecani­cista, y nuevos descubrimientos empezaron a probar lo misterioso que es el universo.

Los primeros datos nuevos fueron producidos en la física cuántica por pioneros como Niels Bohr, Wolfgang Pauli y Werner Heisenberg. Desde la antigua Grecia, la física se había aventurado en la búsqueda de los componentes materiales básicos de la naturaleza, dividiendo la materia en unidades cada vez más pequeñas. Se confirmó la idea del átomo, pero cuando los físicos dividieron el átomo en partículas más pequeñas de protones y electrones empezaron a darse cuenta de la escala sorprendente que esto implicaba. Como relata Capra, si se visualiza el núcleo de un átomo del tamaño de un grano de sal, entonces para describir con precisión la escala de un átomo real, los electrones deberían estar alejados decenas de metros.

Igualmente impactante fue el descubrimiento de la manera en que se comportaban estas partículas elementales bajo observación. Al igual que la luz, parecía que actuaban como ondas y a la vez como objetos con masa, según el tipo de observación que los científicos elegían. De hecho, a comienzos de este siglo muchos famosos físicos del quantum -entre ellos Heisenberg- empezaron a creer que el acto de observación y la intención de los científicos afectaba directamente la conducta y la existencia de estas partículas elementales.

Poco a poco, los físicos empezaron a cuestionar si era lógico incluso llamar partículas a estas entidades. Se compor­taban por cierto de una manera que en ningún sentido podía ser llamada material. Por ejemplo, si se dividían, las unidades separadas resultaban ser partículas gemelas del mismo tamaño y especie. Lo más sorprendente de todo, quizás, es que estas sustancias elementales tienen una forma de comunicarse entre sí a través del tiempo y el espacio que es imposible de acuerdo con el viejo paradigma mecanicista. Los experimentos demostraron que, si se divide en dos una partícula y se hace cambiar de condición a una de ellas, o se la hace rotar, la otra automáticamente rota aunque esté muy alejada.

En respuesta a este descubrimiento, el físico John Bell armó su ahora famosa ley, conocida como teorema de Bell, que estipula que, una vez conectadas, las entidades atómicas están siempre conectadas, un hecho por entero mágico desde el viejo punto de vista newtoniano. Más aún, las últimas teorías de la supercuerda y el hiperespacio en la física aportan más misterio a la situación. Ven un universo que incluye multidimensiones, aunque increíblemente pequeñas y reducen la materia y la energía a puras vibraciones similares a cuerdas.

Como era de suponer, esta nueva descripción del universo que plantean los físicos empezó a afectar también las otras disciplinas, en especial la biología. Como parte del viejo paradigma, la biología había reducido la vida a la mecánica de las reacciones químicas. Y la teoría mecanicista de la evolución de Darwin había permitido a la biología explicar la existencia de un amplio espectro de formas de vida en el planeta, incluidos los seres humanos, en términos de procesos aleatorios en la naturaleza, sin ninguna referencia a lo espiritual.

Es irrefutable que la vida en este planeta evolucionó de alguna manera de formas más pequeñas a más grandes; el registro fósil es claro. Pero la descripción de un universo nuevo y misterioso por parte de los físicos puso en duda la formulación de Darwin respecto de la manera en que actuó dicha evolución.

En la concepción de Darwin, las mutaciones se producían al azar en la descendencia de los miembros de todas las especies, lo cual daba a estos descendientes rasgos ligeramente distintos. Si los rasgos resultaban ventajosos, dichos indivi­duos sobrevivían en una proporción mayor y a la larga el nuevo rasgo se establecía como característica general de la es­pecie. Según Darwin, por ejemplo, algunos de los antepasados de la jirafa actual habían desarrollado aleatoriamente cuellos largos y como este desarrollo resultó ser una ventaja (alcanzar fuentes más abundantes de alimento), la descendencia de estos animales sobrevivió en una proporción mayor y por último todas las especies de esa clase tuvieron cuellos largos.

En el universo secular y sin misterio, la evolución no podía concebirse de ninguna otra manera. Pero ahora, con estas ideas surgen varios problemas. Una dificultad es que recientes proyecciones de datos indican que un proceso totalmente aleatorio habría sido muy lento y las formas de vida habrían tardado en alcanzar el estadio que alcanzaron mucho más que el tiempo que lleva la vida evolucionando en la Tierra. Otro problema es que el registro de fósiles no muestra los eslabones perdidos o las criaturas transicionales que deberían existir para reflejar un cambio gradual de una especie de una forma a otra.

Por cierto, los organismos multicelulares siguieron a los organismos unicelulares, y los reptiles y mamíferos no apare­cieron hasta no haberse desarrollado los peces y los anfibios. Pero el proceso parecía saltar de una especie totalmente forma­da a la siguiente con la aparición de las nuevas especies al mismo tiempo en distintos lugares del mundo. Los aspectos misteriosos del universo descritos por la nueva física sugieren que la evolución tal vez esté avanzando con un propósito más determinado de lo que Darwin suponía.

Además de la biología, la nueva física empezó a afectar también a muchas otras disciplinas -en especial la psicología y la sociología- porque cambió en forma considerable nuestra concepción del universo exterior en el cual vivimos. Ya no podemos pensar que vivimos en un mundo simple formado por un componente material sólido. Si estamos despiertos, sabemos que todo lo que nos rodea es un modelo vibrante de energía, el componente de la luz… y que nos incluye a nosotros.

La Energía Universal, el Chi y el Campo Energético Humano

Existen paralelos directos entre las visiones de la nueva física y la descripción de la realidad que ofrecen las filosofías orientales del hinduismo, el budismo y el taoísmo. La nueva física describe el mundo de la materia y la forma en términos de un campo cuántico de energía que lo abarca todo. Por debajo de la superficie de las cosas del mundo, no hay componentes básicos de la naturaleza; hay sólo un tejido interconectivo de relaciones energéticas.

Las principales filosofías religiosas de Oriente sostienen en esencia la misma opinión, pero, en vez de llegar a esta conclu­sión como consecuencia de la experimentación objetiva, la alcanzaron al cabo de siglos de una atenta observación interior. El pensamiento oriental proclama que el universo que contem­plamos es esencialmente un todo indivisible que consiste en una vida o fuerza espiritual, porque eso es lo que puede expe­rimentarse que es.

Cada una de estas religiones tiene su método para llegar a una mayor conexión con el universo más amplio. Pero todas afirman que los seres humanos, pese a estar íntimamente conectados a esta energía sutil, llamada prana o ch’i (o ki), en general están apartadas de sus niveles más elevados. Distintas disciplinas de estas religiones orientales -la meditación y las artes marciales, por ejemplo- están pensadas para despertar esta relación y se han documentado resultados espectaculares en ese sentido. Algunos yoguis orientales han exhibido increíbles proezas de fuerza, un control extraordinario sobre su cuerpo y la capacidad para resistir fríos o calores extremos.

Algunos sistemas orientales afirman que la energía que circula a través de los seres humanos puede observarse en realidad bajo la forma de un campo envolvente de luz o aura. Esta energía es percibida a menudo como una luz coloreada que emana de cada ser humano y la forma o el tono distintivos de esta luz refleja la naturaleza del ser interior y el carácter del individuo.

En la década de los 50, cuando las descripciones de la nue­va física empezaron a circular en los medios de comunicación, de repente estas afirmaciones esotéricas de Oriente, basadas estrictamente en la observación interior, empezaron a ser tomadas con mucha seriedad por psicólogos y sociólogos de Occidente. Oriente había creado un sistema donde el potencial del ser humano era mucho más abierto y de mayor alcance, y a medida que fueron conociéndose estos conceptos, el viejo paradigma empezó a introducirse más en las otras disciplinas. La nueva física nos había dado una nueva concepción del universo circundante y ahora un movimiento similar en las ciencias humanas estaba a punto de aportarnos una nueva comprensión de nosotros mismos.

El Movimiento del Potencial Humano

En la mitad del siglo XX, el centro de atención predominan­te de la psicología en Occidente era el estudio de la mente humana en relación con nuestras acciones en el mundo exterior; en otras palabras, la investigación de nuestro comportamiento. Siguiendo el paradigma mecanicista, que antes había llevado al modelo del estímulo/respuesta, los psicólogos buscaban un principio o fórmula clave al cual pudiera reducirse toda la acción humana.

El único avance importante en el estudio de la psicología humana se lograba en la psiquiatría según el modelo de pato­logía médica creado por Sigmund Freud. Pensador de fines del siglo XIX, Freud había analizado en profundidad la estructura de la mente basando sus teorías en conceptos simplificadores y biológicos aceptables para el paradigma mecanicista.

Freud fue el primero en postular que los traumas de la infancia a menudo derivaban en miedos neuróticos y reacciones de las que los seres humanos en general no eran conscientes. Llegó a la conclusión de que el comportamiento de la especie humana era motivado simplemente por el impulso de aumentar el placer y evitar el dolor.

Sin embargo, durante la década de los 50, los misterios re­velados por la nueva física, la creciente influencia de las filosofías orientales y los movimientos duales del existencialismo y la fenomenología en la filosofía occidental inspiraron una tercera postura teórica en psicología. Esta nueva orientación fue dirigida por Abraham Maslow, que, con un grupo de otros pensadores y escritores, propició una forma más completa de estudiar la conciencia humana.

Estos científicos, que rechazaron el behaviorismo por considerarlo demasiado abstracto y las teorías de Freud por estar demasiado obsesionadas con los deseos sexuales sublimados, se propusieron estudiar la mente centrando la atención en la percepción en sí. Muy marcada fue en este sentido la influencia de Oriente, donde la conciencia se estudiaba desde adentro, en la forma que cada ser humano la experimenta. A lo largo de nuestra vida, miramos el mundo a través de nuestros sentidos, interpretamos lo que sucede a nuestro alrededor basándonos en nuestros recuerdos y expectativas y usamos nuestros pensamientos e intuiciones para actuar. Este nuevo enfoque psicológico fue llamado “humanismo” y se desarrolló a pasos gigantescos durante las décadas de los 60 y 70.

Los humanistas no negaron que muchas veces somos in­conscientes respecto de lo que motiva nuestro comportamiento. Coincidieron en que los seres humanos tienden a restringir su experiencia repitiendo a menudo libretos y patrones de reacción pensados para reducir la ansiedad. Pero los humanistas también se concentraron en qué pueden hacer los seres humanos para liberar sus puntos de vista y trascender sus esquemas para abrirse a la experiencia humana más elevada que está a su disposición.

Esta nueva perspectiva trajo aparejado un redescubrimien­to del trabajo de Carl Jung, el psicoanalista suizo que se apartó de Freud en 1912 para desarrollar sus propias teorías, entre ellas el principio de sincronicidad. Según Jung, cuando miramos el mundo, nuestros impulsos interiores no son sólo evitar el dolor y maximizar el placer hedonista, como pensaba Freud, aunque en los niveles más bajos de conciencia pueda parecer así. Nuestro impulso más grande, para Jung, apunta a la plenitud psicológica y la autorrealización de nuestro potencial interno.

En esta aventura contamos con la ayuda de vías ya establecidas en el cerebro, que él llamó “arquetipos”. Al crecer psicológicamente, podemos concretar o activar estos arquetipos y por lo mismo avanzar hasta la autorrealización. La primera etapa de crecimiento es la de diferenciación, durante la cual tomamos conciencia de nosotros mismos en el medio cultural donde nacimos y empezamos a individualizar­nos. Esto significa que debemos encontrar un segmento propio en el mundo que aprendimos en la infancia, un proceso que incluye educarnos, establecer una economía y encontrar una forma de ganarnos la vida.

Al hacerlo, agudizamos el poder de nuestro yo y nuestra voluntad, reemplazando nuestro conjunto de reacciones automáticas aprendidas por una forma lógica de interpretar los hechos que se convierte en nuestra propia forma de ponernos de pie y extender nuestro yo al mundo como persona única con visiones singulares. Esta etapa es en un primer momento un poco narcisista (egoísta) y en general exagerada (egotista) pero a la larga activa lo que Jung denominó el “arquetipo del héroe”. A esa altura estamos listos para encontrar algo impor­tante para hacer en la cultura; nos sentimos orgullosos y estamos decididos a llevarlo a cabo.

Al seguir creciendo, superamos la fase del héroe y activamos lo que Jung llamó el “arquetipo del sí mismo”, una etapa de desarrollo durante la cual superamos el concepto del yo basado en dominar nuestro medio. Entramos, en cambio, en una conciencia más dirigida hacia el interior en la que intuición y lógica pasan a actuar juntas y nuestros objetivos se armonizan más con nuestras imágenes y sueños internos de lo que en realidad queremos hacer.

Ésta es la fase que él describe como autorrealización y es aquí donde habla de la percepción más elevada de la sincroni­cidad. Aunque vislumbrada en cada nivel, la percepción de coincidencias significativas pasa a ser sumamente instructiva durante esta etapa. En este estadio, los hechos de nuestra vida empiezan a responder a nuestra disposición a crecer y la sin­cronicidad comienza a producirse con mayor frecuencia.

Reafirmada por Jung, empezó a surgir la imagen completa de cómo el ser humano se empantana durante este proceso. Siguiendo la línea de descubrimientos de Freud y Otto Rank hasta Norman O. Brown y Ernest Becker, podríamos ver qué pasa. Los seres humanos crean creencias y comportamientos de vida particulares (libretos) que mantienen en forma inflexible como su mecanismo para apartar la ansiedad de la conciencia. Van desde fetiches incontrolables y hábitos neuróticos hasta ideas religiosas y creencias filosóficas fijas más normales. Lo que estos libretos tienen en común es su naturaleza intratable y su resistencia al debate o la discusión racional.

Los humanistas descubrieron además que la sociedad humana se caracteriza por luchas de poder irracionales pensadas exclusivamente para mantener intactos estos libretos. Una ola de pensadores, entre ellos Gregory Bateson y R. D. Laing, empezaron a delinear este proceso.

Uno de los descubrimientos clave fue el llamado “efecto de doble atadura”, en el cual las personas descalifican cada idea propuesta por los otros para dominar la interacción. Como demostró Laing, cuando este hábito es perpetrado por padres en sus hijos, los efectos suelen ser trágicos. Cuando se critica cada gesto posible que propone un niño, el niño se acantona en una postura defensiva extrema y desarrolla esquemas de reacción excesivos creados para responder. Cuando estos niños crecen, su postura defensiva y su necesidad de controlar cada situación los lleva a usar a su vez, en forma inconsciente técnicas de doble atadura, en especial con sus propios hijos, y de esa manera la situación se perpetúa durante muchas generaciones.

Estos psicólogos de la interacción descubrieron que este modo de comunicación humana era epidémico en la sociedad, lo cual creaba una cultura en la que todos se hallaban a la defensiva tratando de controlar y dominar a los otros. En estas condiciones, la autorrealización y la creatividad superior eran limitadas porque la mayoría de las personas pasaban su tiempo luchando por dominar a otros y reafirmar sus libretos en vez de abrirse a las mayores posibilidades disponibles en experien­cia y en relaciones entre la gente.

Estos hallazgos se popularizaron ampliamente a lo largo de varias décadas, sobre todo en los Estados Unidos. El libro Games People, del doctor Eric Berne, pasaba revista a los libretos y manipulaciones más comunes y los describía con mucho detalle. I’m OK/You’re OK, de Thomas Harris, explicaba cómo podía usarse el análisis transaccional para analizar la verdadera naturaleza de las conversaciones humanas y avanzar hacia una forma más madura de interacción. Una nueva conciencia sobre la calidad de nuestras interacciones empezó a abrirse paso en la cultura, adelantando la idea de que todos podemos trascender estos hábitos.

Al florecer la idea humanística de que podemos encontrar un nivel más elevado de experiencia, el misterio de nuestra existencia en sí mismo pasó a ser tema de amplia discusión entre los humanistas. Fue en ese momento cuando volvió a evaluarse la formulación de la evolución de Darwin, cuestionado por pensadores como Pierre Teilhard de Chardin y Sri Aurobindo, que afirmaban que la evolución no era arbitraria sino que avanzaba en una dirección con un propósito. Estos pensadores sostuvieron que el curso de la vida desde los organismos primitivos hasta los animales y vegetales más complejos tiene un propósito, que los seres humanos no son accidentes de la naturaleza y que nuestra evolución social, incluido nuestro viaje hacia las dimensiones superiores de la experiencia espiritual, es el resultado al cual apunta toda la evolución.

Un teórico actual que propuso una comprensión de la vida que respalda esta tesis es Rupert Sheldrake. Según la teoría de la vida sostenida por Sheldrake, las formas biológicas son creadas y sustentadas a través de campos morfogénicos. Estos campos son de naturaleza no local y crean una estructura invisible seguida por las moléculas, las células y los órganos a medida que van diferenciándose y especializándose para crear una forma de vida particular. Más aún, este campo evoluciona con el tiempo cuando cada generación de una especie no sólo es estructurada por su campo implícito sino que corrige el campo al vencer los problemas en el medio ambiente.

Por ejemplo, es posible que, para prosperar en su segmento biológico, un pez necesite desarrollar más aletas para nadar más rápido. En el sistema de Sheldrake, la voluntad del pez iniciaría en el campo morfogénico de esa especie un cambio que se reflejaría en su progenie al desarrollar esas mismas aletas. Esta teoría introduce la posibilidad de que los saltos que aparecen en el registro de fósiles hayan ocurrido también de esta forma, cuando los miembros de una especie determinada crean un campo morfogénico que produce no sólo rasgos adicionales sino un salto total a una forma de vida distinta. Por ejemplo, es posible que algún pez particular haya alcanzado el límite de su evolución en el agua y haya produci­do una progenie que en realidad fue una nueva especie: los anfibios, que podían arrastrarse por la tierra.

Según Sheldrake, este progreso podría explicar también la evolución social del ser humano. A lo largo de la historia, los humanos, como otras formas de vida, hemos traspasado el envoltorio de nuestro conocimiento luchando siempre por avanzar hacia un entendimiento más completo de nuestro medio ambiente y la realización de nuestro potencial interior. Puede pensarse que, en cualquier momento determinado, el nivel de capacidad y conciencia humana es definido por el campo morfogénico compartido. Cuando los individuos ponen en práctica habilidades particulares -correr más rápido, captar los pensamientos de otro, recibir intuiciones- ­el campo morfogénico es impulsado hacia delante no sólo para ellos sino para todos los seres humanos. Por eso los inventos y los descubrimientos muchas veces son propuestos al mismo tiempo en la historia por individuos que no están en contacto entre sí.

Aquí empiezan a fusionarse los hallazgos de la física moderna y la investigación más reciente de algunos científicos sobre los efectos de la oración y la intención. Estamos íntimamente conectados con el universo y unos con otros, y nuestra influencia sobre el mundo a través de nuestros pensamientos es más poderosa de lo que nadie ha podido imaginar.

LaCreación

El Universo Sensible

En estas últimas décadas, los investigadores en el área de la psicología empezaron a estudiar seriamente el efecto de nuestras intenciones en el universo físico. Algunos de los primeros hallazgos en este sentido se produjeron en el área del biofeedback. A través de cientos de estudios se ha demostrado que podemos influir sobre muchas de nuestras funciones corporales que antiguamente se consideraban por entero controladas por el sistema nervioso autónomo, entre ellas el pulso cardíaco, la presión sanguínea, el sistema inmune y las ondas cerebrales. Casi todos los procesos que podemos monitorear revelaron alguna susceptibilidad a nuestra voluntad.

No obstante, investigaciones recientes han demostrado que nuestra conexión e influencia van mucho más lejos. Nuestras intenciones también pueden afectar los cuerpos de otros, sus mentes y la forma de los hechos en el mundo. La nueva física reveló que estamos conectados de una manera que trasciende los límites espacio temporales. El teorema de Bell parece aplicarse tanto a nuestros pensamientos como al funcionamiento de las partículas elementales.

Nadie ha contribuido más a la popularización de esta nueva comprensión como el doctor Larry Dossey, que escribió una serie de libros referidos a los poderes de la intención y la oración. Analizando investigaciones pasadas y presentes desde F W H. Myers a Lawrence LeShan, de J. B. Rhine al Laboratorio de Ingeniería de Investigación de Anomalías de Princeton, Dossey presentó un interesante resumen de pruebas de que podemos atravesar el espacio y a veces el tiempo para ejercer un efecto en el mundo.

En un estudio particular mencionado en su libro Recovering the Soul, Dossey describe a un grupo de sujetos reunidos para evaluar su capacidad para recibir información desde grandes distancias. Cuando se les pidió que identificaran un naipe extraído al azar por un sujeto en otro lugar, los otros sujetos, a cientos de kilómetros, no sólo podían reconocer la carta en proporciones superiores a la pura casualidad sino que muchas veces recibían la información antes incluso de que el naipe fuera extraído.

En otros estudios pensados para evaluar más a fondo esta capacidad, los sujetos pudieron identificar un grupo de números producidos por un generador de números al azar antes de que ellos fueran producidos. Las derivaciones de este y otros estudios similares son de extrema importancia porque aportan pruebas que confirman capacidades que muchos de nosotros hemos experimentado reiteradas veces. No sólo estamos conectados telepáticamente unos con otros, sino que también tenemos una capacidad precognitiva; somos capaces, en apariencia, de captar imágenes o corazonadas sobre hechos futuros, en especial si afectan nuestra vida y nuestro creci­miento.

Sin embargo, nuestras capacidades llegan aún más lejos. No sólo podemos recibir información sobre el mundo con nuestra mente, sino que también podemos afectar al mundo mentalmente. Dossey cita un estudio especial, hoy en día muy conocido, que realizó en el Hospital General de San Francisco el doctor Randolph Byrd. En este estudio, un grupo de pacientes cardíacos tenía un equipo de voluntarios que rezaba por ellos y un grupo de pacientes de control no recibía ninguna oración. Dossey señala que los pacientes del grupo que tenían quien rezara por ellos necesitaron cinco veces menos antibióticos y desarrollaron tres veces menos líquido en los pulmones que el grupo de control. Además, ninguno de los del grupo por el cual habían rezado necesitó respirador artificial, en tanto que doce integrantes del grupo de control sí.

Otros estudios citados por Dossey demostraron que el poder de la oración y la intención funciona igualmente bien con los vegetales (aumentando el número de semillas que brotan), las bacterias (aumentando las tasas de crecimiento), y los objetos inanimados (afectando las figuras que forman algunas pelotas livianas cuando caen).

Un grupo de estudios reveló algo más que es en extremo interesante. Si bien nuestra capacidad para incidir sobre el mundo funciona en ambos casos, la intención no directiva (o sea, la idea de que “lo mejor” ocurre cuando no introducimos nuestra opinión) funciona mejor que la intención directiva (la idea de que debe producirse un desenlace específico). Esto parece indicar que hay un principio o ley incorporado en nuestra conectividad con el resto del universo que mantiene contenido nuestro ego.

Los estudios que cita Dossey también indican que debemos tener cierto conocimiento personal del sujeto de nuestra oración y que la intención general que deriva de un sentido de conexión con lo divino o con nuestro yo superior en apariencia funciona mejor. Además, los experimentos parecen confirmar que nuestras intenciones tienen efecto acumulativo. En otras palabras, los sujetos por los cuales se reza más tiempo obtienen mayores beneficios que aquellos por los que se reza menos.

Y algo muy importante: Dossey cita estudios según los cuales nuestros supuestos generales actúan en el mundo igual que nuestras intenciones u oraciones más conscientes. El famoso experimento de la Oak School ilustra este punto. En este estudio, se dijo a los profesores que cierto grupo de alum­nos, identificados por evaluaciones, podían lograr los mayores progresos durante el año lectivo. En realidad, a los profesores se les daba una lista de alumnos elegidos al azar. A fin de año estos alumnos de hecho mostraron mejoras significativas no sólo en su rendimiento (que podría explicarse por la atención suplementaria dedicada por los profesores) sino también en los tests de cociente intelectual pensados para evaluar exclusivamente su capacidad innata. En otras palabras, los supuestos de los profesores sobre sus estudiantes modificaron su potencial real para aprender.

Por desgracia, este efecto funciona al parecer también en sentido negativo. En su reciente libro Be Careful What You Pray For, You Just Might Get It, Dossey menciona estudios en los que aparece que nuestros supuestos inconscientes pueden lastimar a otros. Un ejemplo importante de ello ocurre cuando rezamos por alguien para que cambie de opinión o para que deje de hacer lo que está haciendo antes de investigar con cuidado si su postura es correcta. Lo mismo pasa cuando tenemos pensa­mientos negativos sobre la forma en que otra persona actúa o cómo es. Muchas veces son opiniones que nunca deberíamos manifestarle a nadie directamente, pero como todos estamos conectados, estos pensamientos actúan como dagas que influyen en los conceptos de una persona acerca de sí misma y hasta es probable que en su comportamiento real.

Esto significa, por supuesto, que con nuestros pensamien­tos inconscientes también podemos influir de manera negativa en la realidad de nuestras situaciones personales. Cuando pensamos negativamente sobre nuestras capacidades personales, nuestro aspecto o nuestras perspectivas en el futuro, estos pen­samientos influyen de una manera muy real en cómo nos sen­timos y qué nos sucede.

Vivir la Nueva Realidad

Aquí vemos, pues, el panorama más amplio que ofrece la nueva ciencia. Ahora, al salir a nuestro jardín o cuando caminamos por un parque admirando el paisaje un día de sol radiante, debemos ver un mundo nuevo. Ya no podemos pensar que el universo en el que vivimos se expande en todas las direcciones hasta el infinito. Sabemos que el universo es físicamente interminable pero curvado de una manera que lo hace limitado y finito. Vivimos dentro de una burbuja de espacio/tiempo y, como el físico hiperespacial, intuimos otras dimensiones. Y cuando miramos alrededor las formas dentro de este universo, ya no podemos ver materia sólida sino energía. Todo, incluidos nosotros, no es nada más que un campo de energía, de luz, y todas las cosas interactúan e influyen unas sobre otras.

En realidad, la mayoría de estas descripciones de la nueva realidad ya fueron confirmadas por nuestra experiencia. Todos tenemos momentos, por ejemplo, en los que podemos percibir que otros captaron nuestros pensamientos u oportunidades en las que sabemos lo que otros sienten o están a punto de decir. Asimismo, hay veces en que sabemos que algo está por ocurrir o que puede ocurrir potencialmente, y estas premoniciones son seguidas a menudo por corazonadas que nos dicen adónde debemos ir o qué debemos hacer para estar exactamente en el lugar indicado en el momento justo. Y lo que es más significa­tivo, sabemos que nuestra actitud y nuestra intención respecto de los demás es sumamente importante. Como veremos más adelante, cuando pensamos en forma positiva, animándonos a nosotros y a los demás, empiezan a producirse hechos increíbles.

Nuestro desafío es llevar esto a la práctica cotidiana, integrarlo a nuestra vida de todos los días. Vivimos en un universo de energía dinámica, inteligente y sensible, en el que las expectativas y los supuestos de los demás se irradian hacia fuera para influir en nosotros.

Por lo tanto, la siguiente etapa en nuestro viaje para vivir la nueva conciencia espiritual es ver el mundo humano de energía, expectativa y drama tal como es, y aprender a negociar este mundo de una manera más efectiva.

Más Allá de las Luchas de Poder

El gran logro de la interacción de los psicólogos fue identificar y explicar la forma en que los seres humanos tendemos a competir y a dominarnos unos a otros debido a una profunda inseguridad existencial. Fue Oriente, sin embargo, el que nos aportó un esclarecimiento mayor de la psicología implícita en este fenómeno.

Tanto la ciencia como el misticismo demuestran que los seres humanos somos en esencia un campo energético. Aun así, Oriente sostiene que nuestros niveles normales de energía son débiles y chatos hasta que nos abrimos a las energías absolutas disponibles en el universo. Cuando se produce esta apertura, nuestro ch’i -o tal vez deberíamos llamarlo nuestro nivel de energía cuántica- se eleva a una altura que resuelve nuestra inseguridad existencial. Pero hasta entonces nos movemos buscando más energía de los demás.

Comencemos observando qué ocurre en realidad cuando dos personas interactúan. Hay un viejo dicho místico según el cual la energía sigue a la atención. Por lo tanto, cuando dos personas se dirigen la atención, literalmente fusionan campos energéticos, aunando su energía. El tema pasa a ser enseguida: ¿Quién va a controlar esta energía acumulada? Si uno puede dominar y consigue que el otro ceda a su punto de vista, mire el mundo a su manera, a través de sus ojos, este individuo captó ambas energías como propias. Siente un aumento inmediato de poder, seguridad, valoración personal y hasta euforia.

Pero esas sensaciones positivas son ganadas a expensas de la otra persona, ya que el individuo dominado se siente fuera de su centro, ansioso y carente de energía. Todos nos hemos sentido así en algún momento. Cuando nos vemos obligados a ceder ante alguien que nos manipuló para confundirnos, hacernos perder el equilibrio o ponernos en evidencia, de pronto nos sentimos desinflados. Y nuestra tendencia natural es tratar de recuperar la energía del dominador, en general por todos los medios necesarios.

Este proceso de dominación psicológica se observa en todas partes y es la fuente tácita de todo conflicto irracional en el mundo humano, desde el nivel de los individuos y las familias hasta las culturas y las naciones. Por lo tanto, si miramos la sociedad de una manera realista vemos que es un mundo que compite por la energía, donde unas personas manipulan a otras en formas muy ingeniosas (y en general inconscientes). A la luz de esta nueva comprensión del universo, también podemos ver que la mayoría de las manipulaciones que se utilizan en este sentido, la mayoría de los “juegos de la gente”, son consecuencia de supuestos de vida básicos. En otras palabras, forman el campo de inten­ción del individuo.

Cuando entramos en interacción con otro ser humano, debemos tener presente todo esto. Cada persona es un campo energético que consiste en un conjunto de supuestos y creencias que se irradian hacia afuera e influyen en el mundo. Esto incluye creencias sobre lo que un individuo piensa sobre otros y cómo imponerse en la conversación.

Cada uno tiene un conjunto de supuestos y un estilo de interacción únicos en este sentido, que yo he denominado “dramas de control”. Considero que estos “dramas” se desarrollan en un continuum que va desde lo muy pasivo a lo muy agresivo.

El Pobre de Mí

El más pasivo de los dramas de control es la estrategia de la víctima, o lo que he dado en llamar Pobre de Mí. En este drama, en vez de competir directamente por la energía, la persona trata de ganar deferencia y atención a través de una manipulación de la simpatía.

Siempre podemos reconocer cuándo entramos en el campo energético de un Pobre de Mí porque nos vemos arrastrados de inmediato a un tipo de diálogo particular en el que perdemos nuestro centro. De pronto empezamos a sentirnos culpables sin motivo, como si la otra persona nos hubiera puesto en ese papel. El individuo puede decir: “Bueno, esperaba que ayer me llamaras, pero no lo hiciste”, o: “Me pasaron un montón de cosas horribles y no apareciste”. Podría agregar incluso: “Están a punto de pasarme estas otras cosas horribles y es probable que tampoco entonces estés”.

Según el tipo de relación que tengamos con la otra persona, las frases pueden girar en torno de una amplia gama de temas. Si se trata de un socio en el trabajo, el contenido puede referirse al hecho de que está abrumado por todo lo que debe hacer y los plazos que debe cumplir, situación en la que usted no presta ninguna ayuda. Si la persona es una relación casual, es posible que entable una conversación sobre cuán espantosa que es la vida en general. Existen docenas de variantes, pero el tono y la estrategia básicos son los mismos. Siempre es algún tipo de esfuerzo por conseguir simpatía y la afirmación de que usted es de alguna manera responsable.

La estrategia obvia en el drama del Pobre de Mí consiste en hacernos perder el equilibrio y obtener nuestra energía creando una sensación de culpa o duda de nuestra parte. Al aceptar esa culpa, nos detenemos y, a través de los ojos de esa persona, miramos su mundo. Al hacerlo, la persona logra sentir la inyección de nuestra energía sumada a la suya y así se siente más segura.

Recuerde que este drama es casi por completo inconscien­te. Surge de una visión del mundo personal y de una estrategia para controlar a los otros adoptada en la infancia temprana. Para el Pobre de Mí, el mundo es un lugar donde no puede contar con los otros para que satisfagan sus necesidades de cuidado y bienestar, y es un lugar muy aterrador para arriesgarse a ocuparse de esas necesidades de manera directa o decidida. En el mundo del Pobre de Mí, la única manera razonable de actuar consiste en esforzarse por obtener simpatía mediante inducción de culpa y detección de ofensas.

Por desgracia, debido al efecto que surten en el mundo estas creencias e intenciones inconscientes, a menudo el Pobre de Mí deja entrar en su vida exactamente al tipo de personas abusivas que teme. Y los hechos que les ocurren en general son traumáticos. El universo responde produciendo el tipo de mundo que la persona espera, y de ese modo el drama siempre es circular y se autovalida. El Pobre de Mí queda atrapado sin saberlo en una trampa viciosa.

Cómo tratar al Pobre de Mí

Al tratar con el Pobre de Mí, lo importante es tener presente que el propósito del drama es obtener energía. Al hablar con el Pobre de Mí debemos partir de la disposición de darle conscientemente energía; ésa es la manera más rápida de quebrar el drama. (Enviar energía es un proceso preciso que trataremos en el Capítulo 9.)

Luego debemos considerar si la inducción de culpa está justificada. Por cierto, hay muchísimos casos en nuestra vida en los que deberíamos estar preocupados porque abandonamos a alguien o sentir simpatía por una persona que se encuentra en una situación difícil. Pero somos nosotros quienes debemos determinar esas realidades, no otro. Sólo nosotros podemos decidir hasta qué punto y cuándo somos responsables de ayudar a alguien en la necesidad.

Una vez que le dimos energía a un Pobre de Mí y determi­namos que estamos enfrentando un drama de control en acción, el siguiente paso es identificar el juego, o sea, que el drama de control pase a ser el tema de conversación. Ningún juego inconsciente puede sostenerse si es llevado a la concien­cia y puesto sobre el tapete para su discusión. Esto puede hacerse con una afirmación como: “Me parece que piensas que debería sentirme culpable”.

Aquí debemos estar preparados para proceder con coraje, porque si bien estamos tratando de abordar la situación con honestidad, es posible que la otra persona interprete lo que decimos como un rechazo. En ese caso, la reacción típica podría ser: “Oh, bueno, ya sabía que yo no caigo bien”. En otros casos, la persona puede sentirse insultada y furiosa.

Es muy importante, en mi opinión, pedirle a la persona que escuche y continuar la conversación. Pero esto sólo funciona si durante toda la conversación seguimos dándole energía a esa persona. Por sobre todo, debemos perseverar si queremos que la calidad de la relación mejore. En el mejor de los casos, la persona oirá lo que decimos al señalar el drama y podrá abrirse a un estadio superior de conciencia personal.

El Distante

Un drama ligeramente menos pasivo es el drama del Distante. Sabemos que ingresamos en el campo energético de alguien que usa esta estrategia cuando empezamos una conversación y nos damos cuenta de que no podemos obtener una respuesta directa. La persona con la que hablamos es distante, indiferente, críptica en sus respuestas. Si le hacemos preguntas sobre su historia personal, por ejemplo, obtenemos un resumen muy vago, como: “Estuve viajando un poco”, sin mayor elaboración.

Al tener esa conversación, sentimos que debemos hacer una pregunta de seguimiento hasta para la averiguación más simple. Tal vez debamos decir: “Bueno, ¿adónde viajaste? Y recibimos la respuesta: “A muchos lugares”.

Aquí vemos con claridad la estrategia del Distante. La persona crea de modo constante un aura vago y misterioso a su alrededor, obligándonos a poner energía para obtener información que normalmente se comparte de manera informal. Al hacerlo, nos concentramos con intensidad en el mundo de la persona, mirando a través de sus ojos, con la esperanza de comprender su historia, y así le damos la inyección de energía que desea.

Debemos recordar, no obstante, que no todos los que son vagos o se niegan a dar información sobre sí mismos están usando el drama del Distante. Simplemente pueden querer mantener el anonimato por alguna otra razón. Toda persona tiene derecho a la privacidad y a compartir con otros sólo lo que quiere.

Sin embargo, usar esta estrategia de distanciamiento para obtener energía es algo por entero distinto. Para el Distante es un método de manipulación que trata de seducirnos y al mismo tiempo mantenernos a distancia. Si llegamos a la conclusión de que una persona sencillamente no quiere hablarnos, por ejemplo -y entonces desviamos la atención a otra parte-, muchas veces el Distante vuelve a entrar en interacción con nosotros diciendo algo pensado para volver a hacernos interactuar y de esa manera lograr que la energía siga fluyendo hacia él.

Igual que con el Pobre de Mí, la estrategia del Distante proviene de situaciones del pasado. En general, el Distante no podía comunicarse libremente cuando era chico porque hacerlo resultaba peligroso o amenazador. En ese tipo de ambiente, el Distante aprendió a ser siempre vago en la comunicación con los demás, obteniendo al mismo tiempo una forma de ser escuchado para absorber la energía de otros.

Igual que con el Pobre de Mí, la estrategia del Distante es un conjunto de supuestos inconscientes sobre el mundo. El Distante cree que el mundo está lleno de personas a las que no se puede confiar información íntima. Piensa que la informa­ción será usada en su contra más adelante o que será motivo de crítica. Y, como siempre, estas suposiciones salen del Dis­tante y modelan el tipo de hechos que ocurren, satisfaciendo la intención inconsciente.

Cómo tratar al Distante

Para tratar de modo eficaz a alguien que usa el drama del Distante, una vez más debemos acordarnos de empezar por enviar energía. Al enviar amor y energía en vez de ponernos a la defensiva, aliviamos la presión de continuar la manipula­ción. Sin la presión, podemos volver a empezar, identificando el juego y llevando el drama a la conciencia, al convertirlo en el tema de conversación.

Como antes, podemos esperar una de dos reacciones. Primero, el Distante puede huir de la interacción y cortar toda comunicación. Obviamente, éste es siempre el riesgo que hay que correr, porque decir algo significa seguir jugando el juego. En ese caso, lo único que nos queda es esperar que nuestra franqueza genere un nuevo modelo que lleve a una concientización.

La otra reacción del Distante puede ser mantenerse en comunicación pero negar que es distante. En ese caso, como siempre, debemos considerar que lo que la otra persona dice puede ser cierto. No obstante, si estamos seguros de nuestra percepción, debemos recuperarnos rápido y continuar el diálogo con la persona. De la conversación, con suerte, podrá surgir un nuevo patrón de comportamiento.

El Interrogador

Un drama de control más agresivo que invade la sociedad moderna es el del Interrogador. En esta estrategia de manipulación se usa la crítica para obtener energía de los demás.

En presencia de un interrogador, siempre tenemos la sensación clara de que nos están inspeccionando. Al mismo tiempo, podemos sentir que nos endilgan el papel de alguien torpe o incapaz de manejar su propia vida.

Sentimos esto porque la persona con la cual interactuamos nos arrastró a una realidad en la que siente que la mayoría de las personas comete errores enormes con su vida y ella debe corregir la situación. Por ejemplo, el Interrogador puede llegar a decir: “En realidad, no te vistes de acuerdo con el tipo de trabajo que tienes”, o: “Noté que no tienes tu casa muy prolija”. Con igual facilidad, la crítica puede apuntar a cómo hacemos nuestro trabajo, la forma en que hablamos o una amplia gama de características personales. En realidad no importa. Cualquier cosa dará resultado en la medida en que la crítica nos haga perder el equilibrio o nos haga sentir inseguros de nosotros mismos.

La estrategia inconsciente del Interrogador consiste en señalar algo sobre nosotros que nos haga pensar, con la esperanza de que aceptemos la crítica y adoptemos su visión del mundo. Cuando esto sucede, empezamos a ver la situación a través de los ojos del Interrogador y con ello le damos energía. El objetivo del Interrogador es convertirse en juez dominante de la vida de otras personas para que, en cuanto empiece la interacción, los demás se remitan a su visión del mundo y aporten un flujo constante de energía.

Al igual que los otros dramas, éste deriva de supuestos proyectados acerca del mundo. Esta persona cree que el mundo no es seguro y ordenado a menos que ella controle el comportamiento y la actitud de todos y haga correcciones. En este mundo, el Interrogador es el héroe, el único que presta atención y cuida que las cosas se hagan con prolijidad y perfección. En general, el Interrogador proviene de una familia en la que las figuras paternas estuvieron ausentes o poco atentas a sus necesidades. En este vacío inseguro de energía, el Interrogador logró atención y energía de la única manera posible: señalando los errores y criticando el comportamiento de la familia.

Cuando el niño crece, lleva consigo estas suposiciones sobre cómo es el mundo y cómo es la gente, y estas suposiciones a su vez generan ese tipo de realidad en la vida del Interrogador.

Cómo tratar al Interrogador

Para tratar al Interrogador la cuestión es que nos mantengamos lo bastante centrados como para decirle cómo nos sentimos en su presencia. Una vez más, la clave radica en no adoptar una postura defensiva y enviar energías afectuosas al explicar que nos sentimos cuestionados y criticados por él. El Interrogador también puede tener varias reacciones distintas. Primero, puede negar su actitud crítica, incluso frente a ejemplos concretos. De nuevo, debemos considerar la posibilidad de estar equivocados y oír reproches cuando no era ésa nuestra intención. Por otro lado, si estamos seguros de nuestro punto de vista, lo único que podemos hacer es explicar nuestra posición, esperando que pueda surgir un auténtico diálogo.

Otra reacción que puede tener el Interrogador es la de dar vuelta el tablero y acusarnos de críticos. Si ocurre esto, debemos considerar otra vez si la acusación es cierta. De todos modos, si, como antes, vemos que no es así, debemos volver a nuestro argumento de cómo nos hace sentir la otra persona cuando estamos en su presencia.

Una tercera reacción que podría mostrar el Interrogador es sostener que las críticas son válidas y deben hacerse y que estamos evitando enfrentar nuestros propios defectos. Nuevamente, debemos considerar si la afirmación es cierta, pero si estamos seguros de nuestra posición, podemos dar varios ejemplos para mostrar que las críticas del Interrogador fueron innecesarias o inadecuadas.

Todos enfrentamos situaciones en las que sentimos que los demás están haciendo algo que no les conviene. Tal vez pensemos que deberíamos intervenir para señalar el error. El factor clave aquí es cómo intervenimos. Estamos aprendiendo, creo yo, a hacer afirmaciones modestas, como: “Si mis neumá­ticos estuvieran así de gastados, yo compraría un juego nuevo”, o: “Cuando me tocó estar en una situación como la tuya, dejé el trabajo antes de conseguir otro y después lo lamenté”.

Hay maneras de intervenir que no sacan a la persona de su punto de vista centrado ni menoscaban su confianza, como hace el Interrogador, a quien hay que explicar esta diferencia. Una vez más, la persona puede preferir cortar la relación antes que escuchar lo que decimos, pero es un riesgo que debemos correr para mantenernos fieles a nuestra propia experiencia.

El Intimidador

El drama de control más agresivo es la estrategia del Intimidador. Nos damos cuenta de que entramos en un campo energético de una persona así porque no sólo nos sentimos consumidos o incómodos, sino que nos sentimos inseguros, en peligro incluso.

El mundo pasa a ser ominoso, amenazador, descontrolado. El Intimidador dice y hace cosas que indican que puede tener un arranque de rabia o violencia en cualquier momento. Puede contar historias sobre daños hechos a otros o mostrarnos el grado de su furia rompiendo muebles o arrojando objetos por el cuarto.

La estrategia del Intimidador consiste en llamar nuestra atención y de ese modo obtener energía creando un medio en el que nos sentimos tan amenazados que nos concentramos por entero en él. Cuando alguien da la impresión de que puede perder el control o hacer algo peligroso en cualquier instante, la mayoría de nosotros lo observamos con atención. Si estamos manteniendo una conversación con una persona así, en general nos remitimos con rapidez a su punto de vista. Por supuesto, cuando vemos a través de sus ojos, tratando de discernir lo que puede llegar a hacer (para mantenernos a salvo) recibe la inyección de energía que es lo que más necesita.

Esta estrategia de intimidación en general se desarrolla en un medio anterior de gran carencia de energía donde predominan relaciones con otros Intimidadores que son dominantes y abusivos y donde no funciona ninguna otra estrategia para recuperar la energía. La inducción de culpa, como en el caso del Pobre de Mí, no funciona; a nadie le importa. Por cierto, nadie se da cuenta si alguien se hace el Distante. Y cualquier intento de ser Interrogador choca contra ira y hostilidad. La única solución es soportar la falta de energía hasta llegar a ser lo bastante grande como para intimidar por derecho propio.

El mundo que ve el Intimidador es de violencia y hostilidad a diestra y siniestra. Es un mundo en el que está perdido en total aislamiento, donde todos rechazan y a nadie le importa: exactamente lo que estas suposiciones llevan a la vida del Intimidador una y otra vez.

Cómo tratar al Intimidador

Enfrentar a un Intimidador es un caso especial. Debido al peligro evidente, en la mayoría de los casos es mejor apartarse de su presencia. Si alguien mantiene una relación duradera con un Intimidador, lo mejor es en general poner la situación en manos de un profesional. El plan de acción terapéutica se parece mucho, desde luego, al de los otros dramas. El éxito con un individuo de este tipo en general implica hacerlo sentir a salvo, brindarle una energía solidaria y llevar a la conciencia la realidad de su drama. Por desgracia, sigue habiendo muchos Intimidadores que no reciben ninguna ayuda y que viven alternando estados de miedo y rabia.

Muchos de estos individuos terminan en el sistema de justicia criminal y son individuos a los que es prudente mantener alejados de la sociedad. Pero un sistema que los mantiene encerrados sin intervención terapéutica y luego los deja salir otra vez no comprende ni ataca la raíz del problema.

Superar Nuestro Drama de Control

La mayoría de nosotros, a lo largo de la vida, oímos distintas quejas de los demás sobre nuestros patrones de conducta. La tendencia humana es ignorar o racionalizar dichas quejas para seguir adelante con nuestro estilo de vida preferido. Aun ahora que el conocimiento de los libretos y hábitos autoengañadores está convirtiéndose en una parte más importante de nuestra conciencia humana, nos cuesta mucho ver de manera objetiva nuestro comportamiento personal.

En el caso de dramas de control graves en los que una persona buscó ayuda profesional, reacciones de crisis pueden echar por tierra años de avance y crecimiento en terapia al reaparecer viejos patrones que uno creía superados. De hecho, una de las revelaciones que están surgiendo entre los terapeutas profesionales es que el verdadero progreso requiere mucho más que la catarsis que se produce durante la exploración personal de los traumas infantiles. Ahora sabemos que, para terminar con estos intentos inconscientes de adquirir energía y seguridad, debemos concentrarnos en el fundamento existencial más profundo del problema y mirar más allá de la comprensión intelectual para buscar una nueva fuente de seguridad que pueda funcionar con independencia de las circunstancias externas.

Me refiero aquí a un tipo diferente de catarsis, que los místicos han señalado a lo largo de la historia y del que cada vez oímos hablar más. Al saber qué hacer respecto de las competencias por la energía en la sociedad humana, nuestro desafío consiste en mirarnos con más atención a nosotros mismos para identificar nuestro conjunto particular de supuestos y las intenciones que constituyen nuestro drama y encontrar otra experiencia que nos permita abrirnos a la energía que llevamos dentro.

La Experiencia de lo Místico

La idea de la experiencia mística se introdujo en la con­ciencia masiva de la cultura occidental a fines de la década de los 50, sobre todo como consecuencia de la divulga­ción de las tradiciones hinduista, budista y taoísta por parte de escritores y pensadores como Carl Jung, Alan Watts y D. T. Suzuki. Esta difusión continuó en décadas posteriores con una multitud de trabajos, entre ellos los de Paramahansa Yogananda, J. Krishnamurti y Ram Dass, que afirmaron la existencia de un encuentro interior místico que puede experimentarse en forma individual.

Durante esas mismas décadas, un vasto público popular empezó a interesarse por la rica tradición esotérica de espiritualidad que tenemos también en Occidente. Los pensamientos de San Francisco de Asís, Meister Eckhart, Emanuel Swedenborg y Edmund Bucke despertaron interés porque todos estos pensadores, como los místicos orientales, afirman la existencia de la transformación interior.

Creo que hemos llegado por fin a un punto en que la idea de una experiencia personal trascendente -llamada ilumina­ción, nirvana, satori, trascendencia o conciencia cósmica- alcanzó un nivel significativo de aceptación; ya forma parte integrante de nuestra nueva conciencia espiritual. Como cultura, hemos comenzado a aceptar los encuentros místicos como algo real y accesible a todos los seres humanos.

Pasar de la Idea a la Experiencia

Como cultura, en Occidente iniciamos nuestro análisis de la experiencia mística con largas discusiones y especulaciones intelectuales. Necesitábamos familiarizarnos con conceptos nuevos y luchábamos por encontrar una forma personal de integrar esas nociones con nuestra idea occidental de lo que es real. Esas conversaciones estimularon nuestro interés y arrojaron nueva luz sobre nuestras ideas espirituales abstractas, sobre conceptos tales como “comunión con Dios”, “buscar el reino interior” y “renacer”.

No obstante, en cierto modo, las discusiones se mantenían en el ámbito de la aceptación abstracta del hemisferio cerebral izquierdo. Pese a que muchos intuían la posibilidad de dichos encuentros, sólo unos pocos experimentaban verdaderos momentos de trascendencia. No obstante, las divulgaciones continuaban y, en mi opinión, hemos ido acercándonos cada vez más a la actualización popular de esta experiencia. Ahora oímos hablar de descripciones personales precisas de encuentros mís­ticos no sólo en libros o conferencias, sino de personas que conocemos. A raíz de esto, la idea está convirtiéndose en una realidad vivida, afirmada en otros y expresada con una coheren­cia que nos dice que la experiencia interior trascendente es algo que ocurre realmente a personas reales.

Esto nos está ayudando a alcanzar un nuevo nivel de honestidad, en especial con nosotros mismos. Si miramos hacia adentro y nos damos cuenta de que todavía no tuvimos un encuentro así, nuestra búsqueda de la experiencia trascendente puede pasar a ser una prioridad. Y pienso que también nos damos cuenta de que el encuentro interior transformador puede ocurrir de muchos modos, por muchas vías.

Lo importante no es la religión, la práctica o la actividad particular que nos lleva hasta allí, sino la percepción mística aumentada que constituye su destino. Es esta experiencia en sí la que expande nuestra conciencia y nos baña en una sensación de seguridad, bienestar y claridad nunca soñada antes de que ocurriera.

La Trascendencia Experimentada en el Deporte

Todo el mundo habla de la experiencia de “zona” que puede lograrse en las actividades deportivas y recreativas. Durante esta experiencia sentimos un cambio en el nivel de conciencia que comienza en general con una sensación de inmersión total en la acción. Sentimos diferente el cuerpo como si se moviera con más eficiencia, con más gracia, más al unísono con nuestro objetivo.

En vez de ser una parte separada de la actividad, de observar la acción y reaccionar en consecuencia, empezamos a sentirnos parte del flujo, parte de movimiento integral, como si supiéramos de antemano qué va a pasar, adónde irá la pelota, qué harán los otros jugadores. De esa manera, reaccionamos espontáneamente, en concierto, para estar en el lugar indicado en el momento justo.

Muchas veces el tiempo empieza a cambiar, se desacelera. En los estados ordinarios, en general tenemos la sensación de que el juego va muy rápido, de que nos estamos apurando constantemente para ponernos al día, de que luchamos por adelantarnos. Pero en la zona -o durante una experiencia pico- tenemos la sensación de que el tiempo disminuye la velocidad a la vez que nuestra conciencia se eleva hasta un punto de vista más alto, más omnipotente. En este estado, nos parece que tenemos todo el tiempo del mundo para golpear la pelota o saltar para el rebote. Cuando observamos a los atletas que juegan en este nivel, sentimos que desafían la gravedad, que quedan suspendidos en el aire más tiempo del que parece posible y hacen movimientos espectaculares que los llevan instantáneamente a una nueva posición.

En las últimas dos décadas han aparecido muchos libros que describen el aspecto interno de cada deporte y esto es en particular cierto en el caso del golf. Golf in the Kingdom, de Michael Murphy, vendió más de un millón de ejemplares porque describe perfectamente la experiencia interior asociada a este deporte. Creo que la creciente popularidad del golf en el mundo entero se debe a los desafíos y gratificaciones especiales de este juego. Debemos aprender de alguna manera a golpear una pelotita blanca, de apenas dos centímetros y medio de diámetro, con un palo cuyo extremo no es mucho más grande que la bola en sí. Los defensores del golf a menudo insisten en que es el más difícil de todos los juegos, precisa­mente por esa razón. Sin duda, en el golf tratamos de golpear una pelota que no se mueve, pero esto crea de por sí una difi­cultad más: estamos solos con nosotros mismos, enfrentando la presión del largo balanceo y el camino relativamente estre­cho hasta un objetivo distante. En otros juegos, el ritmo de la acción y el movimiento de la pelota pueden hacernos estar dispersos y mantenernos en un patrón de reacción. En las canchas de golf, debemos combatir en forma constante los efectos perjudiciales del miedo, la rigidez y el pensar demasiado, teniendo que comenzar a la vez el lanzamiento desde una posición inmóvil.

Tal vez sea ese desafío interior lo que torna tan grande el atractivo del golf y tan identificable la experiencia de zona una vez que la alcanzamos. El estado anímico en el cual el cuerpo toma la delantera y comienza a trabajar sin esfuerzo y sentimos que lanzamos la bola a su blanco es inconfundible.

La Danza y las Artes del Movimiento

Todos hemos visto bailarines que parecen flotar en el aire y artistas marciales que realizan actos de coordinación total. Estas actividades representan otro camino a través del cual los individuos señalan haber alcanzado una experiencia trascen­dente. Como los derviches tradicionales de la orden Sufi islámica, que bailan haciendo giros, muchas formas de danza nos sacan de nuestra conciencia ordinaria y nos conectan con una conciencia interior espiritual más elevada.

Los bailarines hablan de la misma sensación de conciencia expandida que experimentan otros con los deportes, en especial un sentido de coordinación muscular máxima. Además, muchos señalan una suerte de experiencia de éxtasis durante una danza de forma libre donde los movimientos son espontáneos y el pensa­miento es relegado al segundo plano. Durante esos momentos, nos parece que somos la danza, que expresamos un aspecto interior de nuestro ser que sentimos como un yo superior.

Las artes marciales conciben estas experiencias en térmi­nos de cultivar un grado más elevado de energía espiritual y usarla en el acto del movimiento y las hazañas de fuerza. A través de la atención y el movimiento reiterados, estas prácticas nos llevan de manera gradual a un abandono consciente de las maneras comunes de concentrarnos y de ser.

Oración y Meditación

La oración y la meditación, dos de los caminos más tradicionales, desembocan a menudo en la experiencia de la transformación interior. Todas las religiones importantes del mundo usan alguna de estas formas de comunicación con lo divino. En general, cuando rezamos invocamos por alguna razón a un divino creador o fuerza, pedimos ayuda, guía o misericordia en un sentido activo. Tenemos en mente algo que queremos. Pero también rezamos por la pura experiencia de comunión o conexión. Cuando se practica en este último sentido, la oración se parece mucho a la meditación: calma la mente, aparta la charla del ego, busca una conexión más elevada. Algunas tradiciones religiosas sugieren utilizar un mantra (palabras o sonidos repetidos que invocamos o en los que nos concentramos) para asistir estos esfuerzos. Cuando surgen otros pensamientos, la persona que medita sabe que debe dejarlos pasar y volver a un punto de atención en el mantra y a la quietud de la meditación. En algún punto, los pensamientos desordenados empiezan a ceder y la persona se sumerge más en la relajación hasta que la sensación del yo ordinario comienza a expandirse hacia la experiencia de trascendencia.

Tanto la oración activa como la meditación pueden desembocar en una experiencia interior transformadora en la que percibimos nuestra conexión con lo divino como el éxtasis de ser uno con todo el universo.

Sitios Sagrados

De todos los caminos de la experiencia mística interior, es posible que el cambio de conciencia que a veces se produce en lugares sagrados o naturales de la tierra sea el más misterioso. Por supuesto, en cierto sentido, todos los lugares de nuestro planeta son sagrados y la transformación mística puede producirse en cualquier parte. Sin embargo, a lo largo de la historia algunos lugares resultaron especialmente propicios para esos estados de conciencia mística.

En general, estos sitios tienen características físicas muy específicas. En primer lugar, son casi siempre increíblemente bellos. Pueden tener cascadas, enormes bosques o largas perspectivas a través de cimas de roca pura y desierto. O pueden estar animados por objetos o ruinas que contienen la energía de pueblos antiguos. Sea como fuere, parte de la majestuosidad y el ser físico del lugar eleva y amplía nuestra conciencia interior.

Lo único que debemos hacer es entrar en el lugar y, si mostramos aunque más no sea un mínimo de apertura, empezamos a sentirnos distintos, más que lo que somos. Nos sentimos físicamente aunados con todo lo que nos rodea y con toda la creación, una sensación que nos llena de seguridad interior, bienestar y sabiduría.

Cómo localizar lugares sagrados

Casi todos conocemos los sitios místicos famosos, como Stonehenge, las Grandes Pirámides, el Gran Cañón y Machu Picchu, pero los sitios sagrados no necesitan ser famosos; pueden encontrarse en estados y localidades de todo el mundo. Muchos fueron establecidos por los pueblos nativos en su arte y su folclo­re. Otros, en cambio, nunca fueron indicados ni documentados en nuestra época y permanecen inalterados en las pocas regiones salvajes que quedan en el mundo.

Por eso deben ser redescubiertos por usted y yo, una búsqueda que para mí ya está en marcha. En la mayoría de los casos hay alguien que por lo menos intuye dónde están estos lugares especiales y quién podría servir de potencial protector. Si usted no sabe dónde puede haber sitios especiales en su región, le sugiero que verifique primero con los grupos locales de ciudadanos mayores o con personas de edad que conozca. En general encontrará muchísima información y a veces testimonios sobre el poder de un sitio local. También puede llegar a entristecerse con las historias de zonas especiales que fueron destruidas con negligencia por la tala, los trabajos de minería o por proyectos de construcción mal planeados.

Otra forma de localizar estos sitios especiales consiste en visitar el parque nacional o estatal o el bosque nacional más cercano y mirar con sus propios ojos. Detrás de una simple colina podría llegar a encontrar un lugar de un poder increíble para usted. Permanezca un tiempo y constate qué le sucede. Le conviene también estar en guardia frente a las amenazas a estas zonas, pues las están destruyendo a un ritmo muy rápi­do. En los Estados Unidos, hasta en nuestras tierras públicas el Congreso sigue permitiendo que empresas multinacionales ta­len algunas de las regiones donde todavía quedan árboles de cientos de años. La mayoría de los ciudadanos no son cons­cientes de este sistema de ventajas empresarias a costa de la herencia para nuestros hijos.

Evaluaciones de la Experiencia Mística

Cuando la sincronicidad nos lleva a dar el siguiente paso a la experiencia mística directa, todos superamos la tentación de simplemente intelectualizar este pasaje. Estar felices con la idea de la transformación mística, sentirnos intrigados por ella, tenerla presente, todo eso está muy bien como primer paso. Pero, como todos empezamos a reconocerlo, creer intelectual­mente no es lo mismo que vivir de veras la experiencia.

Vuelvo a mencionarlo porque el viejo paradigma materialista constantemente nos hace pensar, analizar y relacionarnos con los lugares y las cosas desde esa perspectiva. Resulta obvio que nadie está calificado para evaluar si experimentó esa apertura interior a lo divino, excepto usted mismo. Por eso la experiencia ha sido siempre tan esquiva y misteriosa. Lo que estamos buscando es algo más que la apreciación intelectual de la belleza de un sitio especial o la cómoda relajación de la oración y la meditación o la euforia del éxito con un juego.

Todos debemos encontrar esa experiencia espiritual que nunca sentimos antes y que expande nuestro sentido del yo desde el interior, que transforma nuestra comprensión respecto de quiénes somos y nos abre a la inteligencia que hay detrás del universo. Por eso muchas veces debemos esperar hasta tener la experiencia en sí para saber con exactitud en qué consiste. Hasta entonces no contamos con ningún ejemplo real de cómo nos afectará.

No obstante, creo que hablar sobre la experiencia real trascendente es útil en este sentido. Los místicos siempre han sostenido que la experiencia de lo absoluto que puede describirse no es la experiencia real, y creo que es cierto. Por otro lado, parece haber evaluaciones compartidas para una experiencia de ese tipo que están surgiendo en la conciencia humana y que pueden guiarnos por el camino y ayudarnos a decidir si la experiencia en realidad está sucediendo.

La Sensación de Levedad

Uno de los criterios que podemos aplicar es la sensación de levedad. Durante una experiencia mística, en vez de tener que luchar contra la gravedad, apartándonos de la Tierra con los pies cuando estamos parados o caminamos, empezamos a sentirnos como nos sentimos cuando vamos en un ascensor rápido para abajo. Disminuye nuestra sensación de ser pesados y empezamos a adquirir la sensación de estar casi flotando.

Este fenómeno se presenta en la experiencia mística, ya sea durante la oración, la meditación, el baile o cualesquiera de los otros caminos. Podemos estar en una posición del yoga o practicando taí ch’i o caminando hacia un lugar de gran belleza cuando de pronto la percepción de nuestro cuerpo empieza a cambiar. Sentimos una energía que empieza a llenarnos desde el interior, y al mismo tiempo afloja la rigidez y la tensión dentro de nuestros músculos. También se modifica nuestro sentido del movimiento. En vez de movernos con la sensación de que músculos individuales empujan hacia fuera contra el piso o el suelo, todo el cuerpo empieza a moverse desde una posición central en el torso.

Cuando nos levantamos o caminamos, mover las piernas y los brazos nos exige menos esfuerzo porque la energía para hacerlo emana ahora de esta fuente central. De hecho, el poder de esa energía nos da la sensación de que estamos flotando o planeando sobre el suelo. Esto explica por qué las disciplinas del movimiento como el yoga, la danza y las artes marciales son tan propicias para la trascendencia interior. Nos permiten experimentar la gravedad de otra manera, poner al descubierto la energía que hay adentro, y cuando sale plenamente nos sentimos expandidos hasta tal punto que nuestros cuerpos empiezan a moverse en una postura perfecta. La cabeza se levanta y se extiende al máximo sobre la columna. Sentimos más fuerte la espalda, recta gracias a su propia energía, no debido a un esfuerzo muscular intencional.

La sensación de levedad es, por lo tanto, un indicio preciso de experiencia mística. Es algo que podemos medir; sabemos que al alcanzar lo trascendente empezamos a sentirnos más vigorosos, como si un canal de energía espiritual hubiera empezado a inflarnos desde adentro.

El Sentido de Proximidad y Conexión

Otro cambio conocido en la conciencia que se produce du­rante una experiencia interior trascendente se refiere al grado de proximidad que sentimos con los objetos que nos rodean. Con “proximidad” quiero significar que todo de pronto parece estar más cerca de nosotros. Esto puede ocurrir en cualquiera de las vías a lo místico mencionadas, pero su efecto se ve aumentado cuando estamos en una zona en la que podemos ver a lo lejos.

Dentro de este marco, una nube distante flotando en el cie­lo de golpe se vuelve más pronunciada en nuestra conciencia. En vez de formar parte del paisaje chato, sin ningún interés particular para nuestra conciencia, la nube ahora se destaca con un nuevo sentido de forma y presencia. De pronto la sentimos más cerca, como si pudiéramos estirarnos y tocarla con la mano. En este estado, otros objetos parecen más cercanos también: una montaña distante, árboles sobre una pendiente, torrentes en el valle. Todos estos objetos parecen tener ahora una mayor presencia y relación pese a estar muy alejados. Se nos vienen encima, literalmente, y requieren nuestra atención.

Esta percepción guarda relación con la descripción mística común de experimentar una sensación de unidad con todas las cosas. Al mirar nuestro medio ambiente mientras estamos en este nivel de conciencia, todo lo que percibimos nos parece parte de nosotros mismos, aunque no en el sentido de relacionarnos con las cosas del mundo viendo a través de sus ojos. Tal como señala Alan Watts, esta experiencia consiste más bien en sentir que to­do lo que nos rodea es parte de nuestro yo cósmico más amplio y ahora está viendo a través de nuestros ojos.

Un Sentido de Seguridad, Eternidad y Amor

Ya hablamos de los importantes hallazgos tanto de los místicos como de los psicólogos de las profundidades: los seres humanos tienden a estar inseguros y ansiosos en el mundo, separados de la fuente interior de su ser. La vida captada con plena conciencia existencial es a menudo ominosa y está llena de presagios; la presencia de la muerte resulta amenazadora. Frente a esta ansiedad, como ya vimos, la humanidad actuó de dos maneras históricas. Una es que nos volvimos inconscientes y empujamos la realidad de nuestra inseguridad bien al fondo creando una cultura rica con mucha actividad, muchas diversiones y sentido heroico. Por eso la era moderna, por ejemplo, se sumergió en preocupacio­nes materiales y seculares dejando de lado todo lo que nos recordaba los misterios de la existencia.

En el nivel personal, tratamos de resolver nuestra insegu­ridad intentando dominar a otros seres humanos, ya sea de manera pasiva o agresiva, recibiendo así lo que ahora sabemos que es la energía espiritual de la otra persona, que nos hizo sentir más plenos y seguros durante un tiempo. Los dramas de control comunes son modos que la mayoría de nosotros manipulamos para obtener esa energía. Sin embargo, debemos recordar que los dramas funcionan porque nos falta energía, estamos apartados de la fuente.

La apertura mística interior resuelve esta inseguridad existencial. Por lo tanto, un indicio clave para este estado es la sensación de elevación y euforia. Al abrirnos a la energía interior divina, tenemos la certeza de que la vida es eterna y espiritual. Esto deriva de la percepción de que formamos parte del gran orden del universo. No sólo somos eternos sino que estamos protegidos, incluidos, colaboramos incluso en el gran plan que es la vida en la Tierra. Y si estamos atentos al sentido de bienestar y de seguridad que penetra en nosotros, podemos ver que nos sentimos a salvo porque estamos llenos de una fuerte emoción que impulsa todas las otras emociones; estamos imbuidos de un gran sentido de amor.

El amor es, por supuesto, el indicio más conocido de la trascendencia interior. Sin embargo, es un amor distinto del amor humano con el que estamos familiarizados. Todos hemos experimentado un tipo de amor que requiere un objeto de concentración; padre, cónyuge, hijo o amigo. El amor que es una medida de la apertura trascendente es de otro tipo. Es un amor que existe sin un punto de atención pensado y se convierte en una constante penetrante que mantiene a todas las demás emociones en su contexto.

El Recuerdo de Nuestras Experiencias

Considero que estas señales identificables de la experien­cia trascendente son positivas en dos sentidos. Primero, nos ayudan en nuestra búsqueda de la experiencia mística real. No de antemano, ya que para ingresar en lo trascendente debemos abandonar el intelecto, sino después, al evaluar si de hecho accedimos a este nivel de conciencia.

En segundo lugar, las señales nos ayudan a integrar esta experiencia trascendente en nuestra vida cotidiana. Las experiencias místicas son muy fugaces y se desvanecen tan rápido como comienzan. Después debemos participar en la disciplina de una práctica, una forma de orar, de meditar o movernos regularmente que apunte a volver a la euforia del estado místico y tomarla como base.

Cada día debemos recordar cómo nos sentimos, evocando cada una de las señales y luego adoptarlas, quererlas, integrarlas en nuestra vida. Como veremos más adelante, no podemos salir por completo de los dramas de control en los que caemos o enfrentar nuestras propias manipulaciones hasta no tener suficiente energía y seguridad interior. Esto es algo que sólo la experiencia mística puede darnos y luego debemos recordar el nivel de conciencia que sentimos.

Con el primer movimiento que hacemos al salir de la cama por la mañana, podemos recordar las señales y acercarnos todo lo posible a la conciencia original. Recuerde la levedad y la coordinación, la sensación de proximidad y de unidad, el flujo de energía y seguridad hacia el interior. Es sumamente impor­tante que recordemos el estado de amor divino que sentimos. Mediante la práctica podemos reactivar el recuerdo de esa sensación hasta percibir que estamos llenos del amor que nos guiará a lo largo del día.

Si el amor aparece, sabemos que estamos abiertos a la fuente divina de energía que siempre está en nuestro interior. Esto, por supuesto, no significa que nunca más vamos a sentir las emociones negativas de la rabia, los celos o el odio. Signifi­ca únicamente que, cuando esto ocurre, la constancia del amor evita que esas emociones negativas invadan nuestra mente. Quedan dentro de un contexto razonable en el cual podemos sentirlas y dejarlas ir, concentrándonos en el amor penetrante que energiza nuestro ser.

Creo que debemos recordarnos nuevamente que sólo nosotros, en tanto individuos, podemos querer que esas señales pasen a formar parte de nuestra vida cotidiana. Después de una experiencia de trascendencia debemos adoptar la disciplina para integrarlas. Cuando estamos cerca de otros que exhiben esa conciencia, es posible que la recordemos, pero nada sustituye el hecho de volver a la fuente, en forma consciente, para aumentar el reflejo de esas señales en nuestra vida personal.

Cuando establecemos este compromiso disciplinado de mantener la apertura energética que experimentamos, empezamos a dar el siguiente paso en la concientización. Empezamos a notar una aceleración de las coincidencias, ya que ahora tenemos mayor conciencia del camino único de nuestro destino.

James Redfield

Ref.: La Nueva Visión Espiritual, Ed. Atlántida

Ilustraciones de Akiane: Confianza, y La Creación.