Una vez que aprendemos a interesarnos en nosotros mismos podemos aprender a apreciar lo precioso y único de cada individuo. Acogemos a otros en nuestro corazón con cordialidad y alegría, pues ya no estamos a la defensiva. Es fácil darnos cuenta que cuando los demás se están relacionando con nosotros de esta manera tienen la mirada animada y el rostro radiante.

La compasión tiene el poder de acercarnos a los demás y podemos expresarla hacia nuestros padres. Tal vez de niños nuestra relación con ellos no haya sido muy afectuosa, pero el interés por los padres es fundamental para el bienestar psicológico de toda civilización. Los padres quieren a sus hijos, y éstos quieren a sus padres. Es una relación muy importante. Sin embargo en algunas familias surgen grandes desavenencias y resentimientos que duran décadas enteras.

Si consideramos lo mucho que nuestros padres soportaron con el fin de protegernos y sacarnos adelante, lo mucho que nos ayudaron incluso cuando su situación era difícil, no nos costará sentir un profundo cariño por ellos. Tal vez podrían haber procedido con mayor sabiduría al educarnos; posiblemente estaban confundidos o atrapados por sus propios deseos, pero muy probablemente hicieron todo lo que pudieron. Intentemos imaginar cómo hubiéramos vivido la vida si hubiésemos tenido a los padres que ellos tuvieron, su infancia, educación y experiencias. Podemos tratar de imaginar nuestra infancia, hace veinte, treinta, cuarenta años. Fuimos pequeños y débiles, pero de alguna manera logramos madurar. Al crecer pasamos por muchas experiencias y ahora somos adultos y podemos hacer lo que queramos. Es valioso recordar nuestros orígenes y cuánto dolor, preocupación y sufrimiento experimentaron nuestros padres a fin de mantenernos y darnos la oportunidad de crecer. Cuando miramos hacia atrás y recordamos todo esto, nuestros corazones se abren más a nuestros padres.

La compasión es una actitud psicológica saludable porque no conlleva expectativas ni exigencias. Aunque no podamos lograr mucho a nivel físico, por lo menos podemos tener el deseo de ser una persona afectuosa y de corazón compasivo, el deseo de ayudar a otros, espontáneamente y sin reservas. Esta actitud abre automáticamente nuestro corazón y desarrolla nuestra compasión. Podemos entonces decirnos sinceramente: Si hay alguna manera de aprender a aumentar mi compasión o comprensión de la naturaleza humana, deseo recibir esa enseñanza sea la que sea y dondequiera que exista – y asumir la responsabilidad de utilizar ese conocimiento para ayudar a los demás.