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Cuanto más penetraba Jung en las leyes de los procesos arquetípicos que subyacen a las manifestaciones del inconsciente, más esencial le parecía el papel que jugaba la consciencia. El hombre posee una consciencia que no sólo percibe y reacciona a lo que experimenta, sino que es consciente de percibir y comprender lo que está experimentando. Posee la facultad de la reflexión (literalmente, inclinarse hacia atrás) y la comprensión y, a través del reconocimiento del mundo exterior e interior, la de auto-transformación y consciencia ampliada de sí. La consciencia del hombre también es una función espiritual. Lo eleva por encima del reino animal, aún cuando desde otro punto de vista puede considerarse como un animal diferenciado impulsado por el instinto. La consciencia cognitiva y reflexiva ejerce una actividad creadora, superponiendo sobre la existencia del mundo exterior e interior el hecho de que son conocidos. De esta manera les atribuye realidad: el mundo se convierte en el mundo fenoménico y como en una segunda cosmogonía el hombre confirma su existencia para el Creador.Cuando Jung contempló la ancha llanura desde las colinas bajas en las planicies de África Oriental y observó las vastas manadas de gacelas, antílopes y cebras en la quietud silenciosa, tuvo una especie de experiencia primigenia de la función creadora de la consciencia. Treinta años después recapituló en sus memorias: Pastando, las cabezas asintiendo, las manadas se movían adelante como lentos ríos. Casi no se escuchaba sonido alguno excepto el grito melancólico de un ave de presa. Aquella era la quietud del eterno comienzo, el mundo tal como siempre había sido, en el estado del no-ser; pues hasta entonces nadie había estado presente para saber que era este mundo Allí el sentido cósmico de la consciencia se tornó asombrosamente claro para mí El hombre es indispensable para completar la creación; él es el segundo creador del mundo, el que por sí solo le ha dado al mundo su existencia objetiva, sin la cual, lo no visto, no escuchado, comiendo silenciosamente, dando a luz, muriendo, asintiendo sus cabezas durante cientos de millones de años, hubiera continuado en la profunda noche del no-ser hasta su fin desconocido. La consciencia humana creó la existencia objetiva y el sentido y el hombre encontró su sitio indispensable en el gran proceso del ser.

El hombre también goza de un sitio indispensable en el mundo espiritual, con sus seculares procesos de transformación. Como se ha visto, su consciencia juega un papel creador en la evolución y diferenciación de las imágenes arquetípicas de Dios. Podría decirse que logra el milagro de una segunda teogonía. Como co-creador de la realidad exterior e interior él y su consciencia tienen una responsabilidad cósmica. Jung habla incluso del milagro de la consciencia reflexiva en el que culmina la totalidad de la tendencia evolutiva de la naturaleza. La importancia de la consciencia es tan grande que no puede dejar de sospecharse que el elemento del sentido está oculto en algún sitio dentro del monstruoso torbellino biológico, sin sentido aparente, y que el sendero de su manifestación se encontraba en última instancia en el nivel de los vertebrados de sangre caliente poseedores de un cerebro diferenciado; encontrado como por casualidad, imprevisiblemente y sin embargo sentido de alguna manera, atisbado y manoteado desde algún oscuro instinto.

La misma idea se encuentra en Meister Eckhart: La naturaleza más recóndita de todo grano es el trigo; de todo metal, el oro; de toda ave, el hombre, y en Thomas Mann: En lo profundo de mi alma abrazo la creencia de que con el Así sea de Dios, que creó al cosmos de la nada, y con la generación de vida a partir de lo inorgánico, fue el hombre lo que se intentaba crear en última instancia y que con él se inició el gran experimento, cuya falla debida a la culpa del hombre sería la falla de la creación en sí, equivalente a su refutación. Ya sea que esto sea o no así, sería bueno que el hombre se comportara como si así lo fuera.

El mito del sentido de Jung es el mito de la consciencia. La tarea metafísica del hombre reside en la continua ampliación de la consciencia en general y de su destino como individuo en la creación de consciencia individual de sí mismo. Es la consciencia la que otorga un sentido al mundo. Sin la consciencia reflexiva del hombre el mundo se convierte en una gigantesca máquina sin sentido, pues hasta donde sabemos el hombre es la única criatura que puede descubrir el sentido, escribió Jung a Erich Neumann (Marzo de 1959). Y a una joven mujer que había sido víctima de los embates de un destino arduo le escribió en Junio de 1956: El don de una consciencia ampliada de sí es respuesta suficiente incluso a los sufrimientos de la vida, de otra manera carecería de sentido y sería insoportable. Aunque el sufrimiento de la creación que Dios dejó imperfecta no puede eliminarse mediante la revelación de la buena voluntad de Dios hacia el hombre, de todas maneras puede mitigarse y adquirir sentido.

Sin embargo, el énfasis de Jung sobre la consciencia jamás se pretendió como una devaluación del inconsciente, ni tampoco imaginó que pudiera ser conquistada. El reemplazo del inconsciente por la consciencia es desde todo punto de vista impensable considerando que el alcance de ambos no puede compararse y que la consciencia adquiere su poder creador sólo por estar enraizada en el inconsciente, incluso aunque el individuo no tenga idea de su existencia. La alta estima en que Jung tenía a la consciencia estaba presente en el germen desde el comienzo, aunque llegó a reconocer el papel fundamental que juega en el destino humano sólo a lo largo de los años. Para comenzar confió en los poderes creadores del inconsciente, pues aún no había explorado las profundidades de su naturaleza paradójica. Fue esto lo que provocó que se equivocara al darle una oportunidad a los comienzos del nacional-socialismo, a pesar de todas sus reservas objetivas. Lo vio, correctamente, como una erupción de fuerzas colectivas del inconsciente, aunque por aquel entonces todavía se inclinaba a dar al mito del inconsciente precedencia sobre el mito de la consciencia.

Sus ideas básicas acerca del mito de la consciencia y el sentido del mismo pueden encontrarse en sus memorias. Esto no es ninguna casualidad, pues no consideraba el libro un trabajo científico y la respuesta a la pregunta del sentido no era para él una respuesta científica. Todas las respuestas son una interpretación o conjetura humana, una confesión o una creencia. Es creada por la consciencia y su expresión es un mito.

Jung creó su respuesta basándose en la sabiduría obtenida a lo largo de años de trabajo de investigación. En un breve pasaje de sus memorias describió una vez más cómo la ambivalencia de la imagen de Dios del Antiguo Testamento lleva al mito de la encarnación necesaria de Dios y por último a la experiencia sintetizadora del sí-mismo: Las contradicciones internas necesarias en la imagen de un Dios Creador pueden reconciliarse en la unidad y totalidad del sí-mismo En la experiencia del sí-mismo ya no son Dios y hombre los que se reconcilian, como antes, sino los opuestos dentro de la propia imagen de Dios. Ese es el sentido del servicio divino, el servicio que el hombre puede rendir a Dios: que la luz pueda surgir de la obscuridad, que el Creador pueda ser consciente de su creación y el hombre consciente de sí mismo. Esa es la meta, o una de las metas, que hace que el hombre cobre sentido dentro del esquema de la creación y al mismo tiempo le confiere sentido a la misma. Es un mito explicativo que ha tomado forma dentro de mí gradualmente a lo largo de las décadas. Es una meta que puedo reconocer y valorar y que por tanto me satisface. La limitación a una afirmación subjetiva no menoscaba en absoluto el mito explicativo de Jung. Se cristalizó gradualmente a partir del conocimiento del hombre y su psique, más profundo que la mayoría del conocimiento de nuestra era, y constituye una continuación significativa del mito judeo-cristiano de dos mil años de antigüedad. Por ende no sólo se aplica a Jung, sino que su importancia trasciende lo personal.

Jung se percató de ello, pues continúa: No creo que mis reflexiones acerca del sentido del hombre y su mito sean una verdad final, pero siento que esto es lo que puede y quizá deba – decirse al final de la era de Piscis en vista de la próxima era de Acuario (el Portador de Agua), que posee una figura humana. Jung escribió estas palabras a los ochenta y cuatro años, contemplando el futuro distante. Podría concluirse que al final de su vida tuvo la sensación de haber descargado la responsabilidad cósmica del hombre lo mejor que pudo y de haber concluido la tarea de ampliación de la conciencia que se le había encomendado, al igual que nos es encomendada a cada uno de nosotros. En las memorias, el capítulo acerca de su obra finaliza con estas palabras: Tengo la sensación de que he hecho todo lo que podía hacer. Sin duda esa obra de vida podría haber sido aún mayor y mejor hecha; pero eso es todo lo que pude hacer

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Cuando en 1958 Erich Neumann leyó el borrador del último capítulo de las memorias, que contienen las últimas ideas de Jung acerca del sentido, le escribió una carta expresando su acuerdo general aunque manifestando algunos reparos. Los pasajes cruciales son los siguientes: Precisamente porque la psique y los arquetipos con su significado evolucionaron a lo largo de la evolución natural, su significado no es extraño a la naturaleza sino que pertenece a ella desde el comienzo, o así me lo parece Esto es lo único que me parece objetable: Para qué sirve la creación? La respuesta, aquella que brilla sólo en sí misma, cuando no es reflejada puede resplandecer con infinitas variedades, es tan vieja como el mundo, pero me satisface.

Jung vio el sentido en la relación recíproca entre la profundización de la consciencia de sí en el hombre y una revelación de la imagen de Dios (expresada metafóricamente como la consciencia de sí de Dios); para Neumann no existía este efecto retroactivo en Dios, ni tampoco era necesario que así fuera. La respuesta de Jung (marzo de 1959) nos ofrece una vez más el fundamento de su perspectiva o confesión. La carta dice en parte: Puesto que una creación sin la consciencia reflexiva del hombre no posee un sentido discernible, la hipótesis de un sentido latente atribuye al hombre una importancia cosmogónica, una verdadera raison dêtre. Si, por otro lado, el sentido latente se atribuye al Creador como un plan de creación consciente, surge la pregunta: Por qué el Creador produciría todo este fenómeno del mundo si ya conoce aquello en lo que se puede reflejar, y por qué debería reflejarse si ya es consciente de sí mismo? Por qué debería crear junto a su propia omnisciencia, una segunda consciencia, inferior: millones de espejillos empañados cuando ya sabe de antemano con exactitud cómo es la imagen que éstos reflejan?

Poco tiempo después Jung escribió casi lo mismo en una carta a Miguel Serrano (Septiembre de 1960): (La luz de la consciencia) es preciosa no sólo para mí, pero sobre todo a la oscuridad del Creador, que necesita al hombre para iluminar su creación. Si Dios hubiese previsto su mundo, sería tan sólo una máquina sin sentido, y la existencia del hombre, un capricho extravagante. Mi intelecto puede pensar esta posibilidad, pero todo mi ser le contesta No.

El valor que Jung le confirió a la plegaria surge de esta intuición religiosa, permeada de sentimiento, sobre una relación Yo-Tú entre el hombre y Dios. En una carta (Septiembre de 1943) dice: He pensado mucho en la plegaria. Esta es muy necesaria porque convierte al Más Allá imaginado en una realidad inmediata y nos transporta a la dualidad del ego y el Otro obscuro. Al escucharnos a nosotros mismos ya no se puede negar que nos hemos dirigido a Aquello. Entonces surge la pregunta: Qué sucederá Contigo y conmigo? Y el Tú trascendental y el Yo inmanente? Se abre así el camino de lo inesperado, atemorizante e inevitable, con la esperanza de un recodo auspicioso o un desafiante No pereceré bajo la voluntad de Dios excepto que yo así lo desee también. Sólo entonces así lo siento yo – la voluntad de Dios es perfecta. Sin mí es tan sólo su voluntad todopoderosa, una fatalidad aterrorizante aún en su gracia, vacía de vista y oído, vacía de conocimiento precisamente por esa razón. Yo me uno a ello, como un miligramo tremendamente pesado sin el cual Dios hubiese creado su mundo en vano

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