La declaración de Jung acerca de un creador que precisa al hombre tanto como éste lo precisa a Él proyecta una imagen que también se conoce en el misticismo y la filosofía y que se encuentra asimismo en la poesía moderna. El propio Jung gustaba de citar el Cherubinischer Wandersmann de Angelus Silesius (1624-1677). En Los Tipos Psicológicos cita los siguientes versos entre otros:

Sé que sin mí
Dios no puede vivir un instante.
Si yo muriera, entonces él
Ya no podría sobrevivir.
Para iluminar a mi Dios
Luz de sol debo ser.
Mis rayos deben irradiar
Su vasto océano sin color.
 

Meister Eckhart, por cuya mente y obra Jung se sentía particularmente atraído, también debería mencionarse con respecto a este tema. Su refrán: Soy la causa de que Dios sea Dios! refleja un punto de vista similar de la relación hombre-Dios.

Tampoco debe olvidarse a Hegel (1770-1831), en el que encontramos declaraciones como Sin el mundo Dios no es Dios y Dios es Dios sólo en tanto se conoce a sí mismo; asimismo su conocimiento de sí es su consciencia de sí en el hombre y el conocimiento de Dios en el hombre. A principios de siglo Rilke vistió su pensamiento en forma poética:

Qué harías Dios, si yo muriese?
Se quebraría tu copa? Esa copa soy yo.
Se arruinaría tu bebida? Esa bebida soy yo.
Yo soy lo que tú haces,
Conmigo todo tu sentido desaparece.
 

La correspondencia entre Jung y Neumann sobre Dios y el hombre es de lectura impactante, aunque difícil: dos psicoterapeutas, maestro y alumno, cristiano y judío, ambos luchando pocos años antes de su muerte con la pregunta del sentido, ninguno de los dos dudando de declararse a favor de una fe basada en cada caso en un arduo trabajo mental, investigación y experiencias profundas. El Dios de Jung, que evoluciona y va adquiriendo forma a través de su encuentro con el hombre, constituye una imagen primordial. El Dios de Neumann, que mora en reposo inmutable, es otra imagen primordial, igualmente profunda y significativa. Corresponden al flujo y al cambio, la génesis y la degeneración de Heráclito y el Uno autosuficiente e inmutable de Parménides. En palabras de Jung: En definitiva, es posible imaginar a Dios como una corriente de energía vital que fluye eternamente y que constantemente cambia de forma de la misma manera que puede imaginarse como una esencia eternamente inmutable. Ni una ni otra imagen nos dicen nada acerca de Dios en sí. Lo importante y emocionante es el hecho de que Jung, al igual que Neumann, dio el paso a partir del conocimiento de las bases arquetípicas de dichas imágenes hacia la declaración mística, a la fe y la afirmación del sentido. Esta decisión no significó en ninguno de los dos una negación de la base psicológica de las declaraciones míticas, pero ambos conservaron la libertad de crear un mito del sentido.

Naturalmente surge la pregunta de si un sentido hecho por el hombre tiene algún valor y si a la imposibilidad de descubrir un sentido objetivo no sería mucho mejor responder admitiendo el sin sentido. Jung respondió no a esta pregunta. Esta negación no era sólo la expresión de un profundo temperamento religioso sino también el resultado de su experiencia como psicoterapeuta y médico: El sin sentido inhibe la plenitud de la vida y por tanto equivale a enfermedad. Consideraba la psiconeurosis como en última instancia, el sufrimiento de un alma que no ha descubierto su sentido, mientras que el sentido tiene un poder curativo inherente: El sentido hace que infinidad de cosas sean soportables; quizás que todo lo sea. No existe una fórmula universal de sentido y hasta el final de su vida Jung adjudicó un sitio tanto para el sentido como para el sin sentido en su esquema de las cosas. Sin embargo, la creación de sentido es importante en tanto lo que tiene sentido se separa de aquello que no lo tiene. Cuando el sentido y el sin sentido ya no son idénticos, la fuerza del caos se debilita mediante esta sustracción; entonces el sentido es dotado de significado y el sin sentido es dotado de lo opuesto. De esta manera nace un nuevo cosmos.

En comparación con esta visión del mundo, la obscura visión de los poetas y escritores de nuestro siglo, que proclaman el sin sentido y la subsiguiente desesperación como la verdad interior del hombre, resulta trágicamente parcial. El hecho de que la literatura del absurdo, del nihilismo y la desesperanza ocupe un sitio tan grande es sintomático de una era que ha perdido sus raíces religiosas y no es capaz de observar de frente la paradoja de una realidad trascendental.

Las obras más importantes en este sentido no dejan lugar a dudas de que es el hombre el que ha fallado. Pintan el cuadro de un hombre que, por debilidad e ineptitud, no ha tenido éxito en la búsqueda del sentido y no puede tenerlo, pues aunque pueda adivinarlo no es él quien lo crea. Dos nombres surgen de inmediato. En Franz Kafka (1883-1924), el primero en otorgar expresión artística al problema metafísico del hombre moderno, la experiencia del sin sentido se condensa en la parábola del hombre que pasa toda su vida buscando en vano la entrada a la Ley. Durante días y años se sienta a un costado de la puerta (entreabierta) de la Ley, aguardando que el poderoso portero le permita entrar. Desperdicia así toda su vida sin ningún sentido esperando con monótona desesperación. Por último su visión es borrosa y el mundo se obscurece a su alrededor. Mas en la obscuridad no es capaz de percibir un resplandor que surge inmortal de la puerta de la Ley. El moribundo pregunta al portero por qué en todos esos años nadie más que él ha venido pidiendo entrar, ya que todos se esfuerzan por alcanzar la Ley. Con lo cual el portero grita en su oído: Nadie más que tú podría lograr acceso a través de esta puerta, pues esta puerta era sólo para ti. Ahora la cerraré.

De los escritores contemporáneos, sólo mencionaremos a Samuel Beckett como el apóstol del trágico sin sentido. En sus libros no sucede fundamentalmente nada, todo gira alrededor de un eterno círculo y una vez más comienza la eterna letanía del sin sentido, pues el hombre no ve lo esencial o, viéndolo, no lo comprende; porque él no crea el sentido sino que lo aguarda y así termina en una desesperanza infinita.

La vida no ofrece interpretación alguna y a este respecto parece carecer de sentido. Sin embargo, posee una naturaleza que puede interpretarse, que el intelecto discriminador es capaz de discernir, pues en todo caos existe un cosmos; en todo desorden, un orden secreto; en todo capricho una ley fija, pues todo lo que funciona se basa en su opuesto. Un No inequívoco a la pregunta del sentido no abarca la totalidad, que es siempre una paradoja. Falta el opuesto, el Sí. Es por ello que la pregunta está siempre viva y una y otra vez vuelve a enfrentar al hombre; pues el sentido es un arquetipo, al igual que el acertijo de la existencia y los indicios de inmortalidad constituyen experiencias arquetípicas.

Aniela Jaffé

Extractado por Pablo Cáceres de
A. Jaffé.-El Mito del Sentido en la obra de C. G. Jung,
Ed. Mirach, Barcelona, España, 1995.

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