Y eso sobrenatural es lo que percibí al asistir por la primera vez a una demostración de aikido. Creer en lo sobrenatural no significa que uno sea ingenuo o que se vaya a creer todo aquello que querrán hacernos creer. Tuve rápidamente la evidencia de que este aikido, cuyas técnicas de esquivamiento y de colaboración me habían dado locas esperanzas, no tenía ninguna eficacia. Cualquiera que fuera la calidad de las enseñanzas encontradas, sus randori (pruebas de combate) sólo funcionaban con la complacencia de los atacantes.

Pero un sueño tiene la piel dura. Rehusé creer haberme equivocado, y abrí un club donde comencé por darle la espalda al espíritu mismo del aikido, esforzándome, como muchos antes que yo, en hacer de ello una práctica deportiva. Me decía que para acceder a la eficacia debía trabajar cada vez más rápido, siempre más vigilante, agudizar mis reflejos. Obtuve, seguramente, algunos resultados, pero nada tenían que ver con mis ambiciones, y a menudo debí apelar a mis conocimientos del judo, o kárate, para concluir mis combates. El cuerpo estaba siempre ahí como una barrera. Y el cuerpo solo no tenía nada que ver con el sueño.

Cómo llegué al budo (combate por el espíritu), lo ignoro. No había buscado en forma consciente. Es posible que simplemente haya continuado soñando? 0 que con la edad haya entrado en conflicto con un cuerpo que comenzaba a perder sus cualidades? 0 tal vez, simplemente, haya siempre reconocido mis fracasos sin renunciar por ello al éxito? Pero creo sobre todo que hay en cada hombre una evolución inherente a nuestra naturaleza, y que el envejecimiento es la evidencia para aquellos que no quieren entrar humildemente en el ciclo del mundo. Rehusar, dar la vuelta alrededor de lo que nos impide vivir, objetos, individuos o símbolos, nos matricula automáticamente en la Vía, allí donde la energía prevalece sobre el cuerpo, y donde, contra toda tendencia de muerte, se elige moverse, liberarse, liberar el mundo, y preservar nuestra vida y la de los otros.