El mundo es real, el peligro es real. No se presenta la otra mejilla para ser golpeado una segunda vez o para inspirar compasión, sino para mostrar al que golpea que no se teme a los golpes. Esta actitud es ya una defensa por el espíritu: desarrollar una tal determinación a vivir y una tal convicción de sí que el agresor no pueda sentir sino desaliento.

El temor de un golpe, del dolor que ese golpe pueda producir, es natural. No es más que la sana manifestación de nuestra inteligencia y de nuestra imaginación, así como uno evita espontáneamente un vehículo para no ser atropellado. Pero el temor de los otros hombres es otra cosa. Es la
enfermedad de aquel que piensa que todo ser viviente, todo desconocido con el que será confrontado. no tendrá más que un deseo, verlo muerto. Aquel que sufre de este género de temor es un individuo que, por una razón propia de su historia personal, no ha aprendido jamás cómo vivir en igualdad con otros hombres. Él prefiere transformarlos en ideas: idea del amigo, idea del vecino inofensivo, del interlocutor accesible a la razón, del patrón comprensivo… Hasta el día en que él se tropieza con individuos que rehusan ser transformados en ideas. El que no tiene más que esa capacidad como medio de defensa, se ve de nuevo enfrentado a su temor inicial, temor tanto más penoso cuanto él haya tenido éxito en olvidarlo al punto de creer que no existía. Él no lo verá al comienzo en una práctica. Es una situación desesperada en la que se encuentran notoriamente numerosos intelectuales fascinados por el Oriente. (Por intelectuales entiendo, por supuesto, fabricantes de ideas y no la inteligencia dinámica del pensamiento y del cuerpo unificados).

Es necesario, cuando se quiere entrar en un mundo tan sutil como el del aikido, tener un fuerte espíritu crítico y una idea precisa de nuestros propios deseos. Nuestros deseos no son ni buenos ni malos. Simplemente ellos nos definen. Si soy débil, deseo ser fuerte; si soy temeroso, quiero causar temor; si soy humillado, aspiro a llegar a ser un maestro venerado. Reconocido esto, uno puede elegir su camino, es decir, caer completamente en estas tendencias o cambiar de dirección. Pero el que se miente no puede elegir, porque él se oculta uno de los dos elementos de la elección.