Elegir el aikido es ya entrar en la Vía, este recorrido constante que va del centro de mi ser hacia el infinito, y que me da un sentimiento de dignidad que no tiene aquel que vive sólo de compromisos, evitando cuidadosamente todos los lugares de pruebas y de peligros.

La dignidad es el verdadero motor del aikido y la imagen compartida por todo practicante auténtico. Ella nos da la consciencia de nosotros mismos y de nuestros medios frente a un mundo sin límites y constantemente en movimiento. Esto no es vanidad, ni confianza imbécil, ni búsqueda de alguna superioridad sobre otro. Es verdadero conocimiento a través de la humildad. Es a veces difícil para un occidental asociar humildad y dignidad. Esto es lo que realiza con felicidad el aikido.

El aikido es el arte de moverse. El que se desploma sobre su silla y que no tiene otro objetivo al final de su día, no tiene dignidad y lo sabe muy bien. No está muy orgulloso de sí, aunque lo aparente. Fuera del confort de esta silla todo le parece árido y laborioso. Ya ha comprendido que mientras más veces se deje caer sentado, menos coraje tendrá de levantarse, pues cada vez se sienta como si fuera a estar arrellanado en su silla para siempre.

En el aikido se le enseña al principiante a estar de pie y en movimiento todo el tiempo, y esto constituye su elección, aun si ella permanece inconsciente. Solamente entonces ellos pueden contemplar el Universo en un plano de igualdad. Tal como hay una jerarquía de peso y de tamaño en el sistema de los planetas, sin que eso haga que uno sea superior al otro porque cada uno sigue su propia órbita y su propio destino, hay también una jerarquía para los hombres sin que esto interfiera en su libertad. El hombre rico no me impide para nada disfrutar del poco dinero que yo gane. Es sólo cuando se envidian los bienes o ventajas físicas de los otros que se pierde la libertad.

La dignidad del participante no está situada en su capacidad para vencer a otros hombres, sino en su capacidad de moverse, para sorprender al otro o colocarse fuera de su alcance, pero moverse siempre para acompañar su vida.