No se puede olvidar que el alkido es prioritariamente un arte de defensa, y que nuestro papel es el de enseñar a los adeptos cómo proteger eficazmente su existencia sin ir en contra de sus principios, Esto define más precisamente el “combate por el espíritu”.

Hemos salido de un mundo jamás inmóvil que se transforma sin cesar, un mundo que no ofrece ningún lugar fijo, ninguna certeza; un mundo amenazante si se le considera desde el punto de vista de nuestra necesidad infantil de permanencia. Y cada uno de nosotros es como ese mundo. Es esto lo que el practicante debe no sólo aceptar, sino desarrollar como una cualidad primordial. Para retomar mi ejemplo anterior, si un vehículo se precipita sobre mí, yo no debo reaccionar corriendo para ponerme a resguardo, sino estar ya en movimiento antes aún que el vehículo surja y lo registre mi consciencia.

En el hecho, no se le enseña a los alumnos a moverse, sino a reencontrar el movimiento natural que ya está en ellos. Las técnicas tienen poca importancia, no más que las cualidades físicas. Sólo el espíritu cuenta, espíritu de movimiento y de libertad. Si yo quiero vencer a mi adversario, dejo de ser libre, porque al evaluarlo, al localizarlo, lo quiero inmóvil, por lo que yo me asocio a esa inmovilidad: entonces he perdido la Vía. Si lo considero como un adversario, no soy libre porque no estoy suponiendo el hecho de que él pueda cambiar y, por lo tanto, me asocio a esa inmutabilidad. Si pienso que soy un combatiente temible, allí también dejo de ser libre porque me asocio a un valor permanente y dejo de moverme.

El aprendizaje en el aikido consiste precisamente en eliminar el conflicto dejando de “reaccionar (o sea, partir de la inmovilidad hacia el movimiento) para “actuar” (acompañando naturalmente un movimiento que siempre ha estado en nosotros). Es como el instinto del gato, de quien se dice que sólo duerme con un ojo. En efecto, el gato no está al acecho en el sentido en que nosotros los humanos lo estaríamos. El observa dentro de sí mismo, él no cesa de observarse. Y ese es su movimiento, un movimiento interior que le da una concordancia casi perfecta con el mundo, es lo que se llama “intuición del peligro”.