Según esta doctrina, el hombre es una chispa del espíritu divino encerrada en varias envolturas llamadas cuerpos o vehículos de materia de distintos grados de sutileza, los que debe ir perfeccionando a lo largo de una serie de vidas hasta alcanzar por fin la liberación y reintegrarse a la fuente divina de donde partió,
tal como en la parábola del Hijo Pródigo. Es el mismo espíritu el que perdura entonces una vida tras otra.

El cumplimiento integral de este ciclo espiritual está rigurosamente reglamentado por la Ley del Karma: toda causa produce irreversiblemente su efecto, aquello que sembrares, eso cosecharás. El acto bueno produce frutos buenos, el acto malo, malos frutos. Nuestra existencia actual, nuestra buena o mala suerte, nuestro nivel social, serían el resultado directo de nuestras acciones en vidas anteriores. Es preciso pagar la deuda hasta el último centavo para poder entrar en el camino de liberación, propuesto a su manera por cada uno de los diversos movimientos espirituales. Al término de este camino, la chispa divina, habiendo por fin escapado de la rueda de renacimientos, encontrará el Fuego Divino original y se fundirá con él.

Saelas Jarrel

Más Información:
Ferguson, Marilyn.- La Conspiración de Acuario.- Kairós

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