Existe alguien experto en alegría? Estoy convencido de ello, y el mayor experto en la materia que he conocido era Roberto Assagioli, el fundador de la psicosíntesis. Era un experto porque había estudiado la alegría, pero ante todo porque encarnaba la alegría. Cuando conocí a Assagioli, parecía un anciano y flaco rabino con una barba blanca. Vivía rodeado de libros y en su mesa había una esfera con todos los astros del firmamento. Parecía el arquetipo del viejo sabio. En el mundo real era un psiquiatra, el que introdujo el psicoanálisis en Italia. Pero a Assagioli no le satisfacía el psicoanálisis, porque hacía excesivo hincapié en la patología. Le interesaban las cualidades positivas, como la belleza, el amor, la fe, la armonía, la paz y la alegría. Según él, nuestra verdadera esencia, más profunda que toda angustia o desesperación que podamos sentir, es un centro de consciencia que es libre. Encontrar este centro proporciona alegría. Es nuestro estado natural, estamos programados para ser alegres.

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Muchas de estas ideas las aprendí de Assagioli, quien tenía un fichero de notas, con un par de archivos destinados a cada cualidad. Según él, estas cualidades no eran unos conceptos abstractos, sino unos seres vivos como nosotros. Y si las cualidades son unos seres vivos, podemos hallarlas y pasar un tiempo en su compañía. Las cualidades pueden infundirnos su nota singular, estimularnos, guiarnos e inspirarnos.

La primera vez que oí hablar de este concepto, lo acogí con escepticismo. A mi modo de ver una cualidad espiritual como la serenidad o el valor constituía tan sólo una idea. Quizá fuera una buena idea, o quizá fuera útil para sermonear o juzgar, como por ejemplo debes tener valor o debes calmarte. Pero para Assagioli, entrar en contacto con una cualidad era una experiencia tan real como comer un helado o dar un paseo. No tardé en comprender que eso formaba parte de su vida. Existía todo un universo que yo desconocía y que nuestra cultura materialista ignora: un universo de percepciones sutiles y subjetivas e intercambios de energía. Empecé a comprender que todos irradiamos lo que somos, que podemos irradiar conflicto o ira, o armonía y serenidad. Poseemos un campo de energía en torno a nosotros, un aura que interactúa con la de los demás. Por este motivo, cuando Assagioli entraba en una habitación todos los presentes se sentían de pronto más animados.

Al principio me pareció una regresión a un mundo de magia y animismo. Pero Assagioli no lo veía así. Según él, estas realidades debían ser estudiadas como, por ejemplo, las ondas electromagnéticas, que aunque son invisibles pueden transmitir sonidos, imágenes y, por tanto, ideas y emociones, como ocurre con la televisión. Por consiguiente, después de cada meditación Assagioli proponía la técnica de irradiación, conocida durante siglos como una bendición en varias tradiciones espirituales. Durante una meditación nos cargamos de una energía renovada y positiva. No obstante, si no compartimos esta energía y la guardamos para nosotros, nos arriesgamos a sufrir una congestión espiritual. Irradiar esta energía a los demás nos beneficia. Todas las cosas buenas deben circular, no permanecer estancadas. Assagioli utilizaba la fórmula budista: amor para todos los seres, compasión para todos los seres, alegría para todos los seres, serenidad para todos los seres.

Un día, mientras practicábamos juntos una sesión de meditación, con los ojos cerrados, alcanzamos el estadio de alegría para todos los seres, y al abrir los ojos miré a Assagioli. Estaba absorto en la meditación, inmerso en la alegría. No creo haber visto nunca a una persona irradiar alegría de forma tan evidente e intensa. Y esa era la persona que había sido perseguida durante los años de la guerra, que había perdido a un hijo, que había sido menospreciado por sus ideas innovadoras Le observé con curiosidad científica. Pero en seguida me sentí conmovido por esa alegría, y al observarla en él sentía que se apoderaba de mí también. Assagioli, con los ojos cerrados, debió intuir que yo le observaba. Abrió los ojos y me miró. Fue un momento extraordinariamente hermoso. Comprendí que dos personas podían encontrarse en la alegría, una alegría en la que ninguno de los dos tratábamos de competir, obtener un favor o demostrar algo. Era la alegría de existir.

A partir de ese día, sin siquiera mencionarlo, esto se convirtió en un ritual. Cada vez que meditaba con Assagioli, cuando llegábamos a la parte de la alegría para todos los seres ambos abríamos los ojos y nuestras miradas se encontraban en esa longitud de onda. Fue una de las enseñanzas más valiosas que jamás he recibido. Desde entonces he perdido y redescubierto la alegría muchas veces. No creo ni por un momento que pueda poseerla para siempre, ni evocarla cuando lo desee. Como todo el mundo, con frecuencia me muevo en los oscuros callejones de la tristeza y la desconfianza. Pero algo ha cambiado en mí para siempre. La alegría significa una certidumbre y una posibilidad maravillosa.

La alegría, o en todo caso un talante feliz y optimista, constituye la base de la bondad. Imagine recibir un gesto de bondad en un clima de displicencia o desgano. Por ejemplo, alguien se ofrece para llevarle a casa en coche, pero permanece durante todo el trayecto con cara de mal humor. O le prepara una comida sin dejar de recordarle todo lo que hace por usted. O bien le ayuda a encontrar las llaves que usted ha perdido al tiempo que le sermonea sobre lo descuidado que es. Nadie quiere ese tipo de bondad, porque la auténtica bondad se ofrece con alegría. No podemos ser bondadosos sin cierto grado de optimismo.

Pero muchas personas no lo ven así. Por el contrario, a menudo consideran la alegría casi una forma de egoísmo o superficialidad. Conozco a un hombre que trabaja como voluntario para urgencias médicas. Este tipo de trabajo benéfico tiene una larga y noble tradición en Florencia. Antiguamente, los que trabajaban como voluntarios para beneficencia solían vestir de negro, incluso lucían una capucha para que no los reconocieran. El servicio debería ser anónimo y no deberíamos ofrecer ayuda o consuelo para recibir gratitud u otras compensaciones a cambio, sino simplemente por un deber moral. Pues bien, este hombre acudió a la reunión de presentación, durante la cual le preguntaron a él y a todos los recién llegados por qué querían trabajar como voluntarios. El hombre respondió: Por la satisfacción de servir. Al oír estas palabras, uno de los miembros veteranos, frunciendo el ceño, le dirigió una mirada de reproche.

Esa mirada decía: No debes gozar de tu altruismo; el servicio debe basarse en el sacrificio. Quizá ese hombre ceñudo no estaba del todo equivocado. El auténtico altruismo no abunda y quizá debamos renunciar a algunos beneficios egoístas, como el descanso, el tiempo que dedicamos a nosotros mismos y otras cosas. No obstante, prefiere usted que le ayude una persona que se sacrifica o alguien que se alegra de poder hacerlo?

Así pues, un componente básico de la bondad es un temperamento alegre. Y el sentido del humor es análogo a la alegría: la capacidad de ver las contradicciones y los absurdos de nuestra vida y no tomarnos excesivamente en serio. Cualquiera que posea esta cualidad está a salvo del endiosamiento y los dramas de la vida cotidiana. Desde que Norman Cousins se curó a sí mismo de espondilitis anquilosante viendo videos de los hermanos Marx, han proliferado los estudios sobre los efectos sanadores y estimulantes de esta maravillosa cualidad. Por ejemplo, se ha comprobado que el sentido del humor fomenta nuestra creatividad. Los sujetos que acababan de ver una película cómica resolvían un problema práctico más rápidamente que otros. También se ha comprobado que el sentido del humor posee la facultad de aliviar el dolor físico, lo cual no es una virtud insignificante.

Asimismo, sabemos que el sentido del humor refuerza el sistema inmunitario, disminuye la presión sanguínea y reduce el estrés. Menudo resultado! Pero es mejor no analizar excesivamente el sentido del humor y hablar de él en pequeñas dosis. Hace tiempo cometí el error de dirigir un cursillo sobre el sentido del humor. Fue el cursillo más deprimente que he dirigido jamás. Como dijo Mark Twain: Estudiar el sentido del humor es como disecar a una rana, lo único que obtienes es una rana muerta. A propósito de esto, quiero mencionar un episodio que comento con frecuencia. Ocurrió cuando conocí al maestro zen Shunryu Suzuki en su monasterio, Tassa Hara, en California. Nuestro encuentro consistió en una sola mirada. Yo me hallaba en la sala de meditación, junto con otros estudiantes y discípulos, donde acababa de practicar una meditación zen. Inmediatamente después, Suzuki dio una disertación. Luego de permanecer sentado con las piernas cruzadas al estilo oriental durante dos horas, ansiaba mover las piernas y dar un paseo. Como estaba cerca de la puerta, fui el primero en salir. No tardé en darme cuenta de que había quebrantado una orden estricta del monasterio: el primero que abandona la sala es el maestro, seguido de todos los demás. Qué metedura de pata! Pero era demasiado tarde. Cuando Suzuki salió de la sala, pasó junto a mí y me miró. Sus ojos parecían los de un samurai furioso, como los que vemos a veces en las viejas ilustraciones japonesas. Pero al mismo tiempo (no me pregunte cómo lo consiguió, pues ni yo mismo me lo explico) esos ojos mostraban una expresión divertida ante la torpeza del neófito. Parecían decir: No te preocupes, no es grave. Era la expresión serena y divertida del sabio, que observa el teatro de la vida y sabe que la gran ilusión del samsara equivale al éxtasis supremo del nirvana.

Retomemos el tema general de la felicidad, un tema que resulta más fácil de comentar porque, aunque no menos huidizo, está relacionado con nuestra orientación básica en la vida. Existen dos teorías predominantes: la primera afirma que la felicidad se produce cuando el gozo alcanza su máxima expresión. Es la teoría hedonista. La segunda sostiene que nos sentimos felices cuando hallamos significado, aunque sea a través del esfuerzo y la frustración. Es la teoría del eudemonismo, que proviene del término griego daimon, nuestro ser auténtico. A mí me convence más esta última teoría. Lo que cuenta es aquello en lo que creemos. La alegría proviene del significado de nuestra vida.

Mihály Csikszentmihalyi ha constatado que el gozo en sí mismo no basta para alcanzar la alegría. En sus estudios sobre el flow, o experiencia óptima, tomó nota de los distintos estados de ánimo de un gran número de personas a lo largo del día. Cuándo se sentían en estado de gracia, cuándo fluían? Por lo general ese estado no se producía cuando descansaban en la playa o gozaban de una comida suculenta, sino cuando todo su ser estaba implicado en una actividad que requería disciplina, atención y pasión. Cuando jugaban al ajedrez, o tocaban el violín, o leían un libro filosófico, o bailaban. Fuera lo que fuere, era lo que daba significado a su vida.

Pero lo que cuenta no sólo es el estado de gracia, sino la actitud básica con la que afrontamos el día a día. Y aquí surge la pregunta esencial: somos optimistas o pesimistas? Numerosos estudios demuestran que una actitud optimista tiene varios beneficios sobre la salud. Martin Seligman, en su libro sobre este tema, demuestra que los políticos que utilizan palabras optimistas en sus discursos tienen más probabilidades de triunfar. Recientemente, una ola de nuevos trabajos de investigación y el comienzo de la psicología positiva han dado popularidad a este tema. Un estudio llevado a cabo en la Clínica Mayo ha demostrado que de 839 personas que se habían sometido a unas pruebas hacía treinta años, las catalogadas como pesimistas tenían un 40 por ciento más de probabilidades de morir al cabo de treinta años en comparación con los catalogados de optimistas. En términos generales, el optimismo protege el organismo humano de trastornos cardíacos y potencia la eficacia del sistema inmunitario. En suma, los optimistas son más felices y acuden menos al médico.

Pero no necesitamos unos estudios para saber lo maravilloso que es sentir alegría. La pregunta es: cómo conseguirlo? O en todo caso, qué podemos hacer para ser más optimistas? A mi entender no es demasiado difícil (soy optimista). Existen dos pasos muy sencillos que todos podemos tomar. En primer lugar, analizarnos. Sin profundizar demasiado, la mayoría de nosotros somos capaces de descubrir rápidamente diversos motivos que nos impiden gozar de la vida: quizá seamos unos perfeccionistas, o dejamos que el sentido de culpa nos corroa, o nos tomamos demasiado en serio, o bien nos obsesionamos con lo que no funciona en nuestra vida. Asombrosamente, el mismo hecho de ser conscientes del perjuicio que nos causamos con frecuencia basta para hacernos abandonar esas actitudes destructivas. En última instancia, nos pasamos la vida buscando la felicidad. Cuando las madres de unos bebés, en lugar de sonreírles, adoptan una expresión impasible, los bebés protestan y se muestran inquietos. Quieren ver la sonrisa de su madre, no una cara seria. Como decía Assagioli acertadamente, nacemos para ser felices.

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