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Metaforación 2.- Dos visiones de la misma cosa o proceso.- Cada visión implica algo distinto respecto de los niveles o jerarquías, las perspectivas y el movimiento. Vuélvanse a reemplazar las palabras ciencia y arte por cerebro y universo; considérense las implicaciones de estos cambios.

Tal vez estos diagramas aún no dejen conformes a quienes ven la relación de las artes con la ciencia como más complementaria, más estrecha y, de hecho, como una trama entretejida. Estas personas podrían inclinarse a expresar visualmente dicha relación con una metaforación biológica que escogiera, por ejemplo, la macromolécula del ácido nucleico (ADN), que está presente en todas las células vivas.

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Metaforación 3.- Cuatro nucleótidos que componen la escalera en espiral del ADN.- Aquí se representan diferentes combinaciones de interrelaciones entre arte y ciencia. Con algunos conocimientos acerca de la anatomía y la fisiología de esta estructura extraordinaria, se puede traducir la dinámica del ADN, y su papel en la construcción genética y en la actividad cromosómica, a los términos de esta metaforación. Simplemente, es posible entender esta imagen en el plano de complejidad que se elija. Si uno es particularmente imaginativo, cosas tales como la síntesis y multiplicación del ADN cobrarán sentido en el contexto de las relaciones entre las artes y las ciencias.

Para obtener una visión no biológica de este esquema, podríamos adoptar el ejemplo de los tejidos entramados.

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Metaforación 4.- El arte y la ciencia como construcciones tramadas.- Cada tejido representa simbólicamente la ciencia o el arte, el cerebro o el universo.

Si generalizamos sobre la trama entretejida o el ADN, privándolos de simbolismo, reducimos nuestra experiencia de estos objetos a la percepción común, lo cual también sería poco útil en estos ejercicios pedagógicos. Finalmente, en estas metaforaciones no hablamos de la búsqueda de la verdad o el significado en las ciencias y las artes. La dinámica de esta búsqueda podría describirse utilizando una analogía astronómica.

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Metaforación 5.- Las artes y las ciencias simbolizadas como ápsides.- Dos puntos de una órbita excéntrica giran en torno de la verdad. Un punto (ápside superior) está más alejado del centro de atracción (el impulso que está detrás de la búsqueda de la Verdad); el otro (ápside inferior) está más cerca del centro de atracción. La sugerencia: ni el arte ni la ciencia están permanentemente situados en las posiciones inferior o superior. Ni una ni otra son La Verdad, sino que ambas orbitan en la periferia de ese mundo inferior innombrable de ambigüedad que llamamos materia. Sus representaciones de la Verdad indiscutible sobre la vida y la muerte en el cosmos y en nosotros mismos son sólo eso: representaciones. Si sustituyéramos la relación arte-ciencia por la relación cerebro-universo, por ejemplo, los significados de esta metaforación cambiarían instantáneamente.

Podríamos generar incontables variaciones de estos tipos de comparaciones para expresar mensajes similares por medio de diferentes representaciones. La mayor parte de las metaforaciones nos permiten pensar con inventiva sobre las relaciones entre cosas conocidas y cosas no familiares. Muchas metaforaciones familiarizan aún más con lo familiar, y lo hacen turbador y curioso. Otras son menos productivas. De hecho, algunas pueden ser claramente engañosas y manipuladoras, de un modo que revela los peores de nuestros vicios. Junto con el dominio de nuestras aptitudes para conceptualizar y conectar diversas formas de información, necesitamos seguir desarrollando mentalidades críticas para evaluar nuestras creaciones metafóricas. Esto también supone incitarnos a examinar qué es lo que constituye una buena conexión o analogía.

Sobre una cuestión similar, es importante observar los tipos de transformaciones y consecuencias iniciados por nuestros actos de nombrar aspectos de la naturaleza. Un poeta podría llamar a las estrellas esferas de luz que dan calor a nuestras mentes e iluminan nuestra presencia en el espacio. Lo que surge de esa asociación es placer estético. Sin embargo, en cuanto asignamos nombres matemáticos a esas esferas de luz reales o imaginarias dimensionándolas y detallando sus propiedades mecánicas – se siguen muchas consecuencias, algunas de las cuales pueden transformar la propia comprensión que tenemos de la luz.

El pensamiento metafórico puede sin duda rastrearse hasta antes de Hesíodo, en el s. VIII a. de C. Tres maestros especiales de este medio de comunicación (entre los millares que hubo a lo largo de los siglos) fueron el escritor griego Esopo (s. VI a. de C.), el poeta romano Fedro (siglo I dC.) y Leonardo da Vinci; ellos usaron, por ejemplo, las sugestivas imágenes de las fábulas, para transmitir intuiciones sobre el mundo de la naturaleza humana. En épocas más recientes, escritores, artistas, poetas, educadores y científicos han explorado sistemáticamente el versátil arte de la comparación y la asociación como medio para cultivar nuestro impulso a relacionar y descubrir.

Los físicos emprenden la elaboración de metaforaciones cuando crean palabras o imágenes para describir nuevas relaciones. Si no existe ninguna palabra o expresión que traduzca un concepto o hipótesis, los físicos simplemente inventan una. Niels Bohr y sus colegas Hendrik A. Kramers y John Slater hicieron exactamente eso al introducir la palabra ondícula en las descripciones de la conducta de las partículas como ondas, y de las ondas como partículas, a las que se referían como ondas de probabilidad. Acuñaron esas palabras en 1924, al desarrollar un esquema matemático destinado a ayudar a los físicos de las partículas a predecir la probabilidad de que algún acontecimiento del mundo subatómico se produjera o no.

La invención de estas palabras, que ayudan a transmitir la idea de probabilidad, indicó un cambio de perspectiva. Había un nuevo modo de ver la relación paradójica entre las propiedades de los fotones (elementos básicos de la luz), como partículas y como ondas. La naturaleza nos había sorprendido; los fotones poseen ambos tipos de propiedades. Este punto es fundamental en los intereses de la neurocosmología: no los detalles de la teoría, sino el apartamiento respecto de la noción de predictibilidad, inconmovible en la física clásica. Y más fundamental resulta la comprensión de que algo tan básico como un fotón puede tener un aspecto o dimensión complementarios. De inmediato, las resonancias metafísicas y metafóricas de la complementariedad tuvieron un significado concreto, alguna base material.

La mayoría de estos ejemplos sugieren que las metaforaciones visuales, en particular, inspiran hipótesis, y viceversa. En un ensayo informativo sobre este tema, Arthur Miller, un profesor de física de la Universidad de Lowell, explica lo esencial que es el pensamiento visual en la comunicación de una teoría científica. Examinando el empleo y no empleo de modelos visualizables en el desarrollo de la teoría cuántica, Miller relata: Hay un dominio de pensamiento en el que las distinciones entre las concepciones artísticas y científicas carecen de sentido. Pues en él es manifiesta la eficacia del pensamiento visual y un criterio para escoger entre diversas alternativas que no se deja reducir a la lógica, y se caracteriza del mejor modo como estético.

La idea de la estética y las visualizaciones en la ciencia forma parte de un trayecto intelectual artístico y arquitectónico que trasciende los más altos planos del razonamiento analítico. Consideremos, por ejemplo, el stupa (templo que guarda una reliquia) budista de Borobudur, Java, que data del siglo IX. Este templo en particular une la mente y el cosmos por medio de la meditación activa y la metáfora. Su elaborada forma simbólica, basada en el mandala (un símbolo místico sagrado del universo; véanse metaforaciones 6b y 6c) está destinada a estimular a sumergirse y derivar por las aguas más profundas de la meditación. Los devotos experimentan una sensación de unidad al irse moviendo físicamente por los espacios, cuidadosamente atentos. Ascienden desde las cinco galerías rectangulares a cada una de las tres terrazas circulares ascendentes. Desde allí suben al stupa principal, en el centro del templo, donde los espacios florecen como la obra de arte que hay en cada uno de ellos. Las galerías se abren sobre terrazas, o se despliegan en ellas. Mientras los devotos ascienden, el relato cambia de tono.

Las escenas de la vida de Buda, tan claramente articuladas en el punto de partida, evolucionan hasta convertirse en puras abstracciones. La experiencia de esta evolución supone seguir el relato con una concentración ininterrumpida. Los devotos emprenden esta transformación que los lleva a diversos grados de iluminación. Pasan de la visión pasiva de objetos e imágenes familiares (lo conocido y lo descrito) al abandono gradual y activo de todas las formas reconocibles (el acto de abrazar lo desconocido y lo indescriptible).

De este modo se experimenta un estado alterado de existencia, un momento de éxtasis resultante del viaje hacia adentro de uno mismo en un estado de concentración y fusión, mientras se ve en el exterior la expansión mayor y menos detallada. Este modo sosegado de iluminación es sugerido por las imágenes y las formas arquitectónicas en transición del templo de Borobudur, por ejemplo, donde se pasa de las imágenes figurativas a las abstractas, para volver a las primeras. La experiencia de este intercambio entre el mundo de lo puramente abstracto y lo realista o naturalista es uno de los aspectos del arte de metaforar.

La metaforación del templo fluye entre esos mundos complementarios; la sustancia material se entremezcla en la mente transmutable, donde todo lo imaginable parece posible. El pintor no-objetivista Wassily Kandinsky denominó a esos mundos los polos de la gran abstracción y el gran realismo. Kandinsky comprendió que Los polos abren dos sendas que conducen a una sola meta: la unidad. Al describir esa unidad del realismo abstracto, nuestras descripciones se vuelven difusas e indefinidas.

Las metaforaciones, entonces, implican relaciones entre cosas que no podemos comparar explícitamente o equiparar literalmente. Por ejemplo, cómo describiríamos la noción platónica de Alma del Mundo que aparece en el diálogo mítico del Timeo? Cómo un cuerpo etéreo flotante sin forma ni límites distintos? Cómo una figura alargada y ondulante en parte humana y en parte cosmos – al estilo de El Greco, el pintor español del siglo XVI? Ninguna de estas imágenes es lo suficientemente rica como para representar el significado completo de esta expresión. Y, sin embargo, tenemos una sensación de lo que significa, así como tenemos alguna idea de lo que Platón quiere decir cuando escribe sobre nuestro universo racional ordenado según un propósito. Algún mecanismo milagroso del sistema nervioso central, desconocido para todos, nos permite tomar dos cosas que en sí mismas tienen significados distintos (en este caso, Mundo y Alma) y relacionarlas de un modo que crea un nuevo significado vinculante.

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Metaforación 6a.- Betelgeuse, una estrella 800 veces mayor que nuestro Sol, y a 650 años luz de distancia en la constelación de Orión. Este mapa se basa en las intensidades de la luz de potasio de esta estrella. Como un eco visual, emanan de la superficie de Betelgeuse formas de nubes de gas en fases, semejantes a pétalos. Las masas de nubes irradiantes evocan la imagen poética de T. S. Eliot sobre el fuego y la rosa, el universo que arde interminablemente, encendiendo la vida eterna, la materia continuamente renovada y transformada por la energía (de M. Marten y J. Chesterman, The Radiant Universe, 1980).

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Metaforación 6b.- Un mandala, pauta sagrada del universo, constituye el fundamento conceptual del templo budista de Borobudur, Java, del siglo IX d. de C. El mandala subraya el proceso de crecimiento espiritual, la evolución de la mente que se hace eco de la evolución del universo. Al trasponer los grandes muros del templo, los devotos atraviesan las galerías rectangulares y pasan a las terrazas circulares. Dejándolas atrás, se acercan al paraíso mental. Este movimiento actúa como un retorno al mundo primordial, que algunos místicos llaman consciencia cósmica (de P. Nuttgens, comps., The Worlds Great Architecture, 1980).

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Metaforación 6c.-< Antigua herramienta de meditación, el yantra simboliza la tensión e integración de los opuestos por medio de sus nueve triángulos entretejidos que apuntan hacia arriba y abajo simultáneamente. Los triángulos representan al macho (Shiva) y la hembra (Shakti) en el proceso de unirse; el yantra invoca la unión del mundo personal, cargado de yo, consciente del tiempo en el que vivimos cotidianamente, y el mundo impersonal, atemporal y sin yo, que experimentamos en nuestros pensamientos más liberados y en la muerte. En el budismo zen, el círculo simboliza la iluminación; encarna la totalidad y la perfección humana (de C. G. Jung, Man and His Symbols, 1964).