En otro lugar, los filósofos presocráticos del siglo VI a. de C. sugirieron muchas de las nociones actuales sobre la consciencia, la materia y los principios fundamentales del mundo. El astrónomo griego Anaximandro, por ejemplo, concebía la realidad como un todo cuyas partes son interdependientes. Y los filósofos Empédocles y Anaxágoras exploraron el punto de vista opuesto; teorizaron que la realidad está compuesta por muchas partes independientes con una multitud de principios últimos. Por otra parte Leucipo, Demócrito y Epicuro propusieron que toda la materia está constituida por elementos finitos indivisibles.

Con estos precedentes, afirmo que los principios neurológicos y los conceptos cosmogónicos actuales se han desarrollado en alguna medida a partir de las ingeniosas especulaciones de los antiguos, del mismo modo que las semillas de la geometría algebraica moderna fueron sembradas por los árabes, hindúes, chinos y griegos más o menos en el 1100 a. de C. La historia de estas ideas es muy larga e imaginativa, y ha influido en nuestras vidas en el sentido más profundo. Analizada, documenta de qué modo los antiguos formularon los conceptos que más tarde dieron origen a la mente nuclear, poniendo en movimiento reacciones en cadena de la razón que continúan cambiando nuestras sensibilidades y perspectivas. Hasta el día de hoy, nos sigue impresionando la magnitud de la imaginación de los antiguos puesta al servicio de su curiosidad. Ellos nos proporcionan las herramientas conceptuales y tecnologías del pensamiento necesarias para estudiarnos a nosotros mismos. Dos de las herramientas más admirables y estimulantes que utilizaron en sus exploraciones son el arte y la metáfora; nos referiremos al desarrollo de esos instrumentos de conocimiento.

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La metáfora como el arte- se refiere a la experiencia. Hay que experimentarla en la imaginación antes de analizar sus expresiones en busca del significado. Cuando se nos pide que identifiquemos las metáforas de nuestro discurso, o que consideremos sus significados, invariablemente un silencio incómodo llena el neuro-espacio como una niebla, antes de que la disipe nuestra respuesta imperfecta. Y, sin embargo, empleamos las metáforas tan inconsciente y libremente como el agua. No podemos hablar sin hablar metafóricamente, pues nuestro lenguaje hablado está construido con materiales simbólicos de naturaleza metafórica. Las palabras son sólo símbolos de sus significados. Un símbolo, signo, palabra, objeto o idea representa a otro.Nuestras mentes simbólicas operan relacionando implícitamente diferentes cosas y procesos. Por medio de las metáforas podemos relacionar algo que conocemos con algo que no conocemos. Una metáfora rica puede ser una mina de oro de hipótesis que relacionen las propiedades de diferentes sistemas. Tal es el caso del concepto de la música de las esferas formulado por el astrónomo alemán Johannes Kepler, que ayudó a la ciencia de la astronomía a escuchar de modo nuevo sus propias descripciones del universo. Las concepciones metafóricas del cosmos expresadas en el libro más antiguo de Kepler, Mysterium Cosmographicum (1595), y en su más maduro Harmonices Mundi (1619), identificaron algunas relaciones insospechadas entre cosas familiares: la aritmética, la geometría, la música y la astronomía. Kepler abordó la astronomía a través de una metáfora, pues se proponía descubrir la magia de los meros números y demostrar la música de las esferas, la naturaleza armoniosa del cosmos. Sus especulaciones, basadas en las observaciones astronómicas rigurosas de Nicolás Copérnico y Tycho Brahe, proporcionaron el pensamiento seminal de la teoría gravitatoria de Isaac Newton. Y esta teoría abrió las puertas a la ciencia moderna, unas puertas preparadas por el científico renacentista Galileo, contemporáneo de Kepler, con su creencia en las pruebas experimentales sistemáticas. El trabajo de la metáfora adquirió sentido en el contexto de la investigación científica que indagaba la unidad de la naturaleza.