El Sentido de la Vida

El Sentido de la Vida

Rice terraces, Lonji, China

Rice terraces, Lonji, China.

Hablemos del sentido de la vida. A menudo hemos escuchado esta pregunta: “Qué puede hacer uno cuando la vida no tiene sentido?” Según Viktor Frankl, hay cuatro factores que le dan sentido a la vida, (basta con uno, por supuesto):

– realizar una vocación
– superar un destino adverso
– un gran amor
– una fe religiosa

Realizar una vocación es lo que está más a nuestro alcance, sin que se trate de una circunstancia habitual. Es realmente afortunado quien puede trabajar en aquello para lo que está dotado por la naturaleza y que llena los íntimos anhelos de su ser. Esto puede cubrir todos los ámbitos del quehacer humano: arte, ciencias, comunicaciones, comercio e industria, educación, salud… A algunos médicos les hemos oído decir: “Yo no podría haber sido otra cosa que médico. Nunca se me ocurrió siquiera suponer otra posibilidad”.

El superar un destino adverso lo vemos con frecuencia en los minusválidos. Podemos citar a Helen Keller, ciega y sordomuda por una meningitis a los dos años de edad; o al notable físico Stephen W. Hawking, paralítico y mudo, que sólo logra comunicarse a través de un artefacto ideado especialmente para él, y que podrá accionar mientras sea capaz de mover el pulgar de su mano derecha.

Y sin ir tan lejos, recordemos al chileno que perdió ambas piernas por el estallido de una bomba olvidada en una de nuestras fronteras. Tuvimos la gran satisfación de verlo en TV practicando futbol gracias a su esfuerzo por rehabilitarse. O al nadador, también chileno, que ganó una medalla en la última de las Olimpiadas para discapacitados. O, más cerca todavía en la noticia, a aquellos niños que procuran superar sus deficiencias físicas, innatas o adquiridas.

Ambas motivaciones tienen en común que dependen de nuestro esfuerzo, decisión y voluntad y, desde luego, de la ayuda que puedan prestarnos quienes nos rodean. En las vocaciones vemos que pueden frustrarse promisorios talentos juveniles por no disponer de medios para costear sus estudios. Y en el caso de los minusválidos, todos tenemos aún en la memoria la última Teletón.

En cambio, el gran amor y la fe religiosa no tienen nada que ver con nuestra voluntad, propósito ni esfuerzo. Los sentimos o no. No hay forma de poderlos conseguir si no aparecen en nuestra vida. Es gracia, esa gracia de la que hablaba J. G. Bennett al decir: “…sin merecerla, sin haberla pedido”. Algo parecido dice Maslow en relación a una experiencia-cumbre: “Una reacción frecuente es “Yo no merezco esto”. Las cumbres no son planificadas o alcanzadas por un designio: suceden. Somos sorprendidos por el gozo”.

Al sentirnos tocados por un gran amor o por una fe religiosa, vibramos con una intensidad emocional nunca sentida antes, el mundo se ilumina y todo se transfigura. Entonces nos sobreviene una gran humildad: “Señor, no soy digno…”

Un grande y verdadero amor tiene mucho de religioso, y una fe religiosa está llena de amor.

Fernanda
Praxis

Praxis

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Sin práctica, toda enseñanza pasa a ser sólo palabras destinadas a nutrir el Aparato Formatorio. Al desencarnar, sólo nos llevamos a otra vida lo asimilado por la práctica.
Todo lo grabado por la memoria en el Aparato Formatorio, se pierde. Al volver a encarnar, nos dan un computador nuevo (un nuevo cerebro) con un disco duro en cero, el que tendremos que volver a llenar de palabras.

Si sólo memorizamos la enseñanza recibida, es peor que no saber nada, porque nos confiamos en que basta leer o escuchar algo para incorporarlo como enseñanza. El empapelarnos con fotocopias no nos hace más sabios.

Este cuerpo que habitamos es nuestro gran aliado para vivir en el Aquí y el Ahora. Él sólo puede vivir en el Presente. Tenemos que empezar por relacionarnos con él y conocerlo.

En primer lugar, es una dupla formada por el cuerpo físico-denso – este cuerpo de
carne que podemos ver y tocar – y el cuerpo físico etérico, que es el cuerpo vital.
El cuerpo vital interpenetra al cuerpo físico-denso como una malla formada por una serie de conductos por los que fluye la energía vital, energía 7, prana, chi o ki, que es la vida de ese cuerpo.

Estos conductos son llamados nadis por los hindúes y meridianos por los chinos.
Cuando la energía vital se atasca en ellos y no fluye apropiadamente, se originan las enfermedades del cuerpo físico-denso. Hay distintas técnicas o terapias corporales orientales destinadas a desbloquear esta energía y a devolvernos la salud. La más importante es la Acupuntura con una antigüedad de más de cinco mil años, que es la base de varias otras, como Hatha Yoga, Reiki, Shiatsu, etc.

Gurdjieff nos entregó el Ejercicio no sólo para hacer trabajar los cuatro Centros en equipo, sino además como una técnica para contactarnos con nuestro cuerpo etérico y hacernos conscientes de él. Está publicado en Revista Alcione N 8, Curso de Crecimiento Personal.

La trampita está en que ser conscientes de nuestro cuerpo etérico, o sea, percibir su vibración, sólo se puede hacer en el presente. Los monjes budistas usan esa técnica como preparación para la meditación. No sólo los sitúa en el Aquí y el Ahora, sino que disciplina la mente vagabunda y la hacen fijarse en un punto – etapa previa de la meditación hindú (leer Yoga Sutras de Patanjali).

Al hacer el Ejercicio, nos tenemos que quedar atentos al lugar pre-establecido hasta que nos responda con su vibración. Sólo entonces pasamos al lugar siguiente. En general, lo que hacen los alumnos es visualizar el cuerpo y recorrerlo con el pensamiento. Así pueden dar tres vueltas en media hora. Eso es mentirse a sí mismo.

Tenemos que saber que el cuerpo etérico tiene la misma forma que el físico denso, pero es una a dos pulgadas más grande que éste. Termina más allá, por decirlo de alguna manera. Ocupamos más lugar del que creemos. Ese margen sobrante que excede al físico denso constituye el aura etérica o aura de la salud. Es más o menos ancha y brillante; según sea la vitalidad de la persona. No sólo pueden verla los clarividentes. También es posible – bajo ciertas condiciones de semipenumbra – que podamos ver (sin ser clarividentes) el aura de otros y, aún, la propia. Al extender una mano contra un fondo oscuro, podemos ver que emana, desde el extremo de los dedos y desde la palma de la mano, un vaho gris azulado, como el humo del cigarrillo antes de ser aspirado.

Pasen la mano derecha por delante de la cara, sin rozarla, describiendo unos tres o cuatro círculos. Es la mano etérica tocando la cara etérica. Pongan atención sienten algo?

Acerquen las palmas de las manos lo más posible sin tocarlas y lentamente las van alejando y acercando como si estuvieran tocando un mini acordeón qué va de la una a la otra?

Coloquen la mano derecha sobre la fontanela (mollera) lo más cerca posible sobre el pelo sin rozarlo. Suban y bajen la mano unos cinco centímetros lentamente qué sienten?. Lo que hayan sentido si lo sintieron – es la vibración del cuerpo etérico que ha sido estimulada por la proximidad de la mano etérica. Se espera en el ejercicio de Gurdjieff que este mismo efecto se produzca por la acción del pensamiento concentrado atentamente en un lugar de nuestro cuerpo. El conseguirlo nos abre la puerta a otro nivel de consciencia, el del plano etérico donde ocurren eventos no posibles en la tercera dimensión: estímulo de los chakras, sanaciones, telepatía, acceso a la cuarta dimensión, etc.

Un excelente despertador para salir de este sueño hipnótico que llamamos vigilia es pasar nuestra mano etérica por delante de nuestra cara etérica, – la cara vibra así más fácilmente que con el pensamiento concentrado – y decir: yo, detrás de esta máscara. Esto hace suponer: yo, el espectador, mirando el mundo desde dentro de mi cuerpo interno, mi cuerpo etérico.

Samú

No se trata de llenar la vida de hechos extraordinarios sino de transformar en extraordinarios los hechos cotidianos. Hacer cada cosa por insignificante que parezca como si fuera lo más importante del mundo. Eso en el budismo zen se llama samú. La atención y cuidado que ponemos en ello hace que lo que parecía trivial se transforme en trascendente. Las tareas domésticas son un excelente campo de ejercicio. Un médico cirujano nos contaba en un Grupo que, cuando tenían invitados en su casa, se ofrecía después que se iban para ir a la cocina a secar los platos. Y los secaba con la misma concentración y acuciosidad que ponía en una operación de cirugía mayor. Es mi mejor oportunidad para practicar samú y no me la pierdo, agregaba.

Cada vez que nos enseñan una técnica que se supone nos ayudaría a crecer, nos están enseñando un cómo, y eso es praxis. Está bien, pero junto con ese cómo tienen que enseñarnos un porqué. Si no, esa técnica pasa a ser el entrenamiento de un mono sabio como lo llamaba Krishnamurti. Él decía que, si se viste a un mono con un traje de hombre elegante, zapatos, tarro de pelo, guantes, etc., se le entrega un puro, se le sienta en un sillón y se le muestra la actitud que debe tomar, el mono se arrellenará echado hacia atrás, de pierna encima, y fumará su puro con deleite contemplando los anillos de humo que lanza al aire. Hará todo lo que hace un hombre, pero seguirá siendo un mono.

Cuál es el porqué que hay detrás del samú?
Imaginemos que en una hora de concentración cuidadosa, lo que Gurdjieff llamaba atención dirigida, la misma del Ejercicio del que ya hablamos, producimos 60 unidades de energía. Si la tarea que tenemos entre manos es difícil (como una operación de cirugía mayor) gastamos toda esa energía en hacerla bien. Y eso es lo correcto. Pero si es una tarea de las que llamamos trivial como secar platos sólo gastaremos 2 unidades de esa energía. Y que pasa con el resto que nos sobra? Lo capitalizamos en la parte Intelectual de nuestro Centro Intelectual como Energía 4 la Energía de la Autoconsciencia. Al acumularse, va nutriendo nuestra Voluntad (así con mayúscula) y con ella vamos creando un Yo Permanente, el Mayordomo, el Hombre 4.

Ciclos ultradianos

Empezaremos hablando de los ciclos circadianos, que son los que regulan el sueño y la vigilia cada 24 horas. En promedio, son 6 a 8 horas de sueño y 16 a 18 horas de vigilia para adultos.

Es útil compararlos con los Centros de Gurdjieff:

Centro Instintivo—–>0 a 6 horas——->Dormir reponiendo energías
Centro Motriz——–>6 a 12 horas——>Actividad Física
Centro Emocional—->12 a 18 horas—–>Actividad Social (relación con personas)
Centro Intelectual—->18 a 24 horas—–>Estudio Lectura

Al adaptarnos a esos horarios, sacamos el máximo provecho de nuestro esfuerzo.

Recuerden que Gurdjieff decía que a cada lado de esos centros había un acumulador. Al usar el centro, se va descargando uno de esos acumuladores digamos – el de la derecha. Sobreviene una baja de actividad un bostezo, o algo así – y luego nos pasamos al acumulador de la izquierda. Mientras tanto, se recarga el de la derecha, conectándose al gran acumulador (Hara), igual que la batería de un celular.

Al descargarse el acumulador de la izquierda, se repite el proceso a la inversa. Lo sensato es respetar estas pausas de cambio de un acumulador a otro y no seguir dándole como caja a un acumulador agotado.

Estas pausas son los ciclos ultradianos. Está científicamente comprobado que cada 90 minutos, contando desde la hora en que despertamos en la mañana, nuestro cuerpo nos pide un release. Son de 5 a 15 minutos en que nos pasamos de la mente consciente a la mente inconsciente. Es un ligero estado de trance que puede ser aprovechado por psiquiatras expertos, como Milton Ericsson. Él hacía reuniones de dos horas para aprovechar el ciclo ultradiano que tenía que aparecer en ese lapso, manifestándose en el paciente como un bostezo, una baja de atención o el blanquear los ojos, (las pupilas se van hacia arriba, dejando un borde blanco por debajo).

El no respetar esos momentos de descanso que nos pide el cuerpo lleva al stress. Sería difícil aceptarlos todos. Por lo menos debemos considerar los tres principales: a media mañana, tipo 11, el break coffee de las oficinas; el de las 14 a 15 horas después del almuerzo (siesta) y el crepúsculo (hora ideal para hacer meditación).

La gente trata de llenar ese bajón con un café, un trago, un cigarrillo u otro estimulante, que es como darle un picanazo al buey cansado. Lo ideal es relajarse, colocándose las manos sobre los ojos, si se está solo. Al relajarlos, se relaja el cuerpo entero porque está todo representado en el ojo (iriología). Para eso se colocan ambas manos ahuecadas sobre los ojos cerrados y se respira hacia allá. Cuando estamos tensos, nuestros ojos están duros y fríos. Con la imposición de las manos, se entibian y ablandan. Los sentimos entonces como postre de gelatina recién hecho.

Conviene estar atento durante el día a la aparición de estos ciclos ultradianos, por lo menos a los tres principales ya mencionados, y respetarlos. Después de un breve descanso, nos sentiremos con renovadas energías.

El Pasado y el Futuro.

Haz del ahora el centro fundamental de tu vida. En vez de vivir muy brevemente en el ahora y pasar larga y casi permanentemente en el pasado y el futuro, trata de vivir permanentemente en el Ahora.

Qué encuentras en el pasado ?
– El recuerdo doloroso de sufrimientos ya idos;
– Nostalgias por buenos momentos que ya no se repetirán.

Qué encuentras en el futuro ?
– La ilusión de metas fantasiosas que tal vez nunca se realicen
– Temor por hechos futuros que no puedes controlar como fracasos, enfermedades,
alejamiento de seres queridos, etc.

Si sufres a cuenta de un hecho penoso el que temes que ocurra, piensa que si el hecho sucede, nadie te va a descontar lo que ya sufriste, y si el hecho no ocurre, nadie te devuelve tu cuota adelantada de sufrimiento.

Estas visitas al pasado y al futuro, ocurren en nuestra mente y el relato de ellas es la charla interior que ya hemos estudiado. Es el incansable cuenta-cuentos que con su cháchara, nos distrae del presente que estamos viviendo. No pongas atención a lo que oyes o el cuenta-cuentos te atrapará en un monólogo interminable. Como consecuencia, la relación con el pasado se deforma, tergiversándolo, y ya no es un reflejo fiel de lo que realmente ocurrió.

En relación al futuro, están las esperanzas que nunca se cumplen y, que si se llegan a cumplir, van a ser de manera diferente a como lo esperábamos. O hechos penosos que tratamos de prever de la manera más inteligente para evitar que ocurran. Tomamos pólizas de seguro, de nuestra casa, nuestro auto, de salud, de vida, etc. pero sucede que nuestra pareja se va con otra persona… y eso no estaba contemplado.

La Depresión

La Depresión

Screenshot_4Llamamos “depresión” a todos los estados no placenteros que sentimos cuando las cosas no salen como nosotros queríamos. No nos estamos refiriendo a la depresión endógena a nivel psiquiátrico, lo que es algo bastante grave. Simplemente, es lo que queremos decir cuando le contamos a un amigo: “estoy deprimido” o “tengo la depre”.

La depresión puede ser pragmáticamente designada como una conducta, más precisamente aún, como un mal hábito, parecido al de comerse las uñas o criticar al prójimo. Muchas veces se desencadena por una etiqueta desafortunada que hemos colocado muy a la ligera. Si consideramos una tarea como “desagradable”, “aburrida”, “estresante”, es seguro que estamos gestando una depresión. Si por las mañanas vamos caminando hacia nuestro trabajo diciéndonos mentalmente “soy un esclavo”, arrastraremos los pies, encorvaremos la espalda y dejaremos caer la cabeza, como un buey que tira del arado. Alguien definió una vez al depresivo como aquella persona que siempre ve la copa medio vacía, al contrario del optimista que siempre la ve medio llena.

Podríamos decir que nos sentimos deprimidos cuando vemos que la realidad de lo que nos sucede no está de acuerdo con lo que nosotros esperábamos que ocurriera, o sea, cuando no se realizan la expectativas que nos habíamos forjado. Habíamos fantaseado sobre una posible realidad acorde con nuestros deseos, pero los porfiados hechos se comportan de manera contraria. Esto nos produce cólera, infelicidad, frustración, ansiedad y, en último término: depresión.

Percibir un suceso como agradable o desagradable está dentro de los límites de elección de un individuo. Condición previa es dejar de etiquetar el hecho como algo definitivamente “malo”. Es una tendencia de nuestra mente la de funcionar en pares de opuestos: “Sí No, Bueno – Malo”. O es como yo quisiera, o he sido derrotado, por el destino, las circunstancias, los otros… da lo mismo. Hipócrates decía, por allá por el 400 A. C.: “Desde la mente, y sólo desde la mente, vienen a la existencia nuestros placeres, gustos, risas, chistes, tanto como nuestras penas, dolores, tristezas y lágrimas”.

Puede ser que nos guste o no un hecho determinado, pero en vez de dejarnos aplastar por una paralizante fatalidad, debiéramos empezar a imaginar alguna táctica para revertir la situación a nuestro favor, examinando posibles soluciones destinadas a responder a ese desafío. Si empezamos a delinear un plan de acción, nuestra tristeza y nuestra depresión se esfumarán; estaremos demasiado ocupados para seguir lamentándonos.

Fernanda
La Paz Interior

La Paz Interior

agua

En nuestro mundo actual es difícil hablar de paz. Si bien hasta ahora hemos escapado al peligro de una Tercera Guerra Mundial – que sería probablemente la última gracias a nuestros adelantos técnicos – sigue habiendo guerras locales en diversos puntos del globo. La guerra es una enfermedad de la raza humana de larga data. Belcebú hacía notar que los individuos de esta especie adolecían de la insana costumbre de exterminarse colectivamente unos a otros cada cierto tiempo. Al parecer, no se ha descubierto un antídoto para este mal, por lo que podríamos catalogarlo en el mismo rubro que el cáncer y el sida: el de las enfermedades llamadas “incurables”.

Aunque es posible que exista un remedio, por lo menos en teoría. Krishnamurti tituló uno de sus libros: “La Paz Individual es la Paz del Mundo”. Es que tenemos nuestras propias guerras interiores: crisis afectivas, morales, religiosas, descontento hacia nosotros mismos y hacia los demás, rebeldías contra la sociedad, contra la familia, contra la vida. Nuestro campo de batalla es nuestra manera de reaccionar frente a las contrariedades y a los continuos roces y enfrentamientos que nos depara nuestra vida cotidiana. En nosotros hay amarguras conscientes o inconscientes, resentimientos, rebeliones y estancamientos que nos impiden la serenidad del espíritu.

Cuando empezamos a trabajar sobre nosotros mismos, vamos ampliando la perspectiva de nuestro horizonte interno. Esto nos ayudará a restablecer proporciones verdaderas, a comprender la relativa insignificancia de tantos hechos por los que a menudo nos dejamos abrumar e, incluso, enfurecer.

Luchar por conseguir la paz interior no es un lujo espiritual sino una necesidad, para no dejarnos arrastrar por corrientes colectivas de agitación, pánico o violencia. También es un deber respecto a los demás. Quien sea capaz de alcanzar la paz interior, la irradia a su alrededor – aun sin proponérselo – proporcionando a sus prójimos aquello que más necesitan.

Los hindúes se saludan juntando las manos a la altura del pecho y bajando la cabeza: shanti (paz). Buda enseñó a través de la palabra y el ejemplo la excelsa paz del espíritu. En el cristianismo resuena reiteradamente la nota de la paz. Cristo está rodeado de una atmósfera de paz, desde su nacimiento: “Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad”, hasta su despedida de los apóstoles: “Mi Paz os dejo, mi Paz os doy, no como el mundo la da”.

Fernanda

probando

Reflexiones en torno a una conferencia de Michel Foucault (*)

Sócrates (469-399 a.C.)

Palabra muy en desuso en nuestros tiempos, casi en extinción, verdaderamente. Y cuando llega a emplearse se hace de una forma limitada en cuanto a toda su significación potencial, y muy frecuentemente, reduciéndose sólo a su acepción de ”franqueza”. Académicamente se la considera una figura retórica empleada para decir cosas de tenor audaz o liberal que pueden sonar ofensivas al oyente pero que tras la primera impresión le resultan ser gratas o halagüeñas, como por ejemplo: “Sólo levantándote más temprano podrías ser más inteligente”, o “si no fueras tan miope te darías cuenta de todo tu valor”. El hablante que utiliza la parresia o parresía, es el parresiastés.

En su origen y uso a través del tiempo sin embargo, no ha sido exactamente así. Etimológicamente proviene del griego y significa “decir todo”, lo que podría parecer, en una primera mirada, como un fastidio para el oyente, ya que el parresiastés expresaría exactamente todo o que tiene en mente respecto de un asunto cualquiera. Todos hemos tenido la experiencia de tener que soportar a ciertos ejemplares que “lo dicen todo”, y que son una verdadera penuria para el oído; personas que hablan sin pausa ni respiro, retransmitiendo exactamente todo lo que les pasa por la cabeza o que acaban de escuchar decir a una tercera persona, con más o menos agregados, y que inevitablemente suena como un cacareo hueco y sin el mayor interés, como si no hubiera nadie ahí dentro para filtrar, matizar, sintetizar o escoger lo importante, o alguna intención de seleccionar los contenidos que puedan aportar algo al sufrido oyente. A diferencia de esto, el parresiastés es aquel que expresa su opinión con total convicción y estableciendo claramente que se trata de una declaración de su propia elaboración, la que emite de una forma directa y sin dobleces. No se trata de un discurso teórico, ni de la enunciación de grandes principios, ni de la repetición de conceptos leídos o escuchados. Es la expresión de lo que para él constituye más que una creencia, una vívida verdad. Así pues, el contenido expresado no se refiere a asuntos teóricos o sólo de terceras personas, sino que él mismo es sujeto al que aplicar aquello de lo que habla. Lo expresado manifiesta tanto crítica como autocrítica, no se excluye el hablante del contenido de su discurso. Por eso el término se ha asimilado a la sinceridad total.

Acaso el más parresiastés más grande y reconocido por al historia sea el ateniense Sócrates (s. V a.C.), quien con su juego permanente de preguntas y respuestas buscaba no sólo alcanzar verdades cada vez más esenciales, sino que extraerlas también de sus interlocutores. Esta técnica ha sido conocida a través de los tiempos como la “mayéutica socrática”, y aunque aparentemente no fue de su invención, sí se considera que fue a su través que alcanzó el más alto grado de expresión y desarrollo. La etimología de la palabra mayéutica alude al experto en partos y asuntos obstétricos (como lo era la madre de Sócrates). Sócrates no se dedica a enunciar grandes verdades ni emitir grandilocuentes discursos teóricos, sino que se empeña en ser el partero que ayuda al interlocutor a alumbrar una verdad que ya se encuentra en su inconsciente. Al conseguir que el propio discípulo alcance la verdad mediante el método, consigue un impacto verdaderamente transformador, muy diferente del de escuchar una verdad coherentemente presentada y en el que la propia razón reconoce verdad. Es el más elevado método conocido para conseguir una metanoia, tal como lo es la verdadera educación, por oposición a la simple instrucción. No se trata de echar contenidos a un recipiente vacío, sino de sacar a la consciencia lo que ya se encuentra dentro. Se puede comprender que cualquiera de estos métodos implica un respeto profundo por el ser del otro, que busca salir a la superficie por sobre las cáscaras introducidas por la formación familiar o social, las experiencias previas, los conceptos inadvertidamente asimilados como verdaderos, o el simple olvido de quien ha surcado las aguas del Leteo. La mayéutica, a diferencia del discurso público, implica un diálogo personal y una atención individualizada sobre el ser de otra persona hasta hacer aflorar la verdad de un modo en el que el interlocutor finalmente la alcanza por sí mismo, y esta es una experiencia imborrable y acerca de la cual no se puede retroceder.

Sócrates mantuvo esta línea de conducta durante toda su vida, indagando una y otra vez en sus conciudadanos acerca de la virtud, la verdad, la política y demás asuntos esenciales, por lo que fue una permanente molestia para las instituciones establecidas que veían cuestionados sus más arraigados cimientos. Así pues, fue condenado, pero la condena no hizo variar un ápice su conducta, manteniéndose fiel a sí mismo hasta el final según se relata enla Apologíaescrita por Platón. Prueba de su irrenunciable búsqueda y convicciones es que jamás buscó la fama, el poder o los bienes, llevando una vida extremadamente modesta pero conforme a las leyes de su tiempo. Prueba de su método experiencial y directo es que no se conoce ningún texto escrito por Sócrates, y todo lo que nos ha legado la historia es a través de sus discípulos.
Mucho podría especularse acerca de si lo que dice el parresiastés es realmente verdad, o acerca de qué es realmente la verdad, o de cuántos niveles de verdad pueden coexistir respecto de un mismo asunto. Pero descontando el pequeño puñado de verdades absolutas aplicables en todo tiempo y lugar en el universo, lo que caracteriza al parresiastés es que expresa lo que para él es indiscutiblemente cierto en un momento dado. No sólo lo cree, no sólo es una hipótesis, es un hecho que ha cristalizado en su interior como una completa verdad, con total convicción, y de aquí la fuerza de su palabra, y el impacto que puede provocar en quienes dialogan con él. Evidentemente, para ser un parresiastés en todo el sentido de la palabra se requiere de cierta autoridad (capacidad para ser el “autor”) para resultar creíble, autoridad que se ha ganado con la persistencia en su búsqueda de la verdad, sean cuales sean las consecuencias.

Dice Michel Foucault: “En la concepción griega de la parresía, sin embargo, no parece ser un problema la adquisición de la verdad, ya que tal posesión de la verdad está garantizada por la posesión de ciertas cualidades morales: si alguien tiene ciertas cualidades morales, entonces esa es la prueba de que tiene acceso a la verdad –y viceversa-. El ‘juego parresiastésico’ presupone que el parresiastés es alguien que tiene las cualidades morales que se requieren, primero, para conocer la verdad y, segundo, para comunicar tal verdad a los otros.” Y sigue: “Si hay una forma de ‘prueba’ de la ‘sinceridad del parresiastés’, esa es su valor. El hecho de que un hablante diga algo peligroso –diferente de lo que cree la mayoría- es una fuerte indicación de que es un parresiastés.”

Para Foucault, no basta decir la verdad para ser un parresiastés, sino que además la verdad expresada debe ser riesgosa, en un sentido social o físico, para quien la emite. Cuando una persona expresa una verdad aprendida en libros y la retransmite, no está arriesgando nada. Se remite a citar, a lo aprendido, no hay peligro en expresar algo que pueda ser desafiante o contravenir las normas sociales o las conductas o creencias de los demás. No va a ser aislado, reprendido, exiliado, desestimado por sus conocidos o amigos, despedido de su trabajo ni perderá la confianza de sus superiores por eso, pues no está expresando nada propio, ningún principio al que él mismo esté subordinado; ni siquiera tiene que creer en lo que dice. Por otra parte se podría considerar la posición divergente de un revolucionario, de un extremista, de un terrorista, de un fanático en cualquier área, el que también parece expresar con absoluta convicción las verdades en las que él cree. Este último tipo humano podría crear confusión al presentar una apariencia fácilmente convergente con la del verdadero parresiastés, al cumplir algunas de sus características: expresa su creencia sin importar a quién ni las consecuencias para sí mismo de lo que dice, y evidentemente también asume un riesgo, pues por sus declaraciones podría ser perseguido, aislado, sentenciado e incluso ejecutado. Las diferencias son sutiles pero esenciales. El fanático no busca la verdad, por más que crea tenerla. Sólo tiene ojos, oído y lengua para su verdad, y, lo que es más importante, busca con ellas convencer al interlocutor, poseerlo para su causa, enrolarlo en sus creencias, sin importarle los intereses o el aporte o beneficio para el otro. El parresiastés no busca seguidores ni tiene causa definida. Permanece por esencia independiente porque es la única forma en la que puede ser verdad, decir verdad, y seguir buscando. La pertenencia a cualquier afiliación o secta significaría una limitación, una cristalización de lo ya encontrado. Por supuesto que no todos quienes utilizan la parresia en un momento dado son verdaderos parresiastés, a cabalidad, si es que existe un tipo así que pudiéramos denominar “puro”.

El uso de la parresia produce un efecto en el interlocutor cuyo resultado es por lo general de sorpresa, enojo, o que lo hiere en sus sentimientos. No es el propósito agredir u ofender, sin embargo. Al decir una verdad, normalmente en una forma crítica, se produce el efecto de perforar la estructura de creencias del oyente, de interrumpir su constante circunloquio sobre sí mismo o lo que cree ser o saber. Lo interrumpe, lo desafía, intercala algo nuevo en el flujo de sus pensamientos, y por eso el resultado puede ser una reacción negativa o violenta del interpelado. De ahí que Foucault considere que el verdadero parresiastés se debe encontrar siempre en una posición de inferioridad con respecto de su interlocutor. El parresiastés no es un soberano, ni un dictador que puede imponer lo que quiera porque tiene el poder o la fuerza de su lado, ni es el padre ni el profesor. Es un ente que sólo cuenta con el arma de su integridad, y que por eso mismo arriesga todo. Dice Foucault: “El parresiastés es siempre menos poderoso que aquel con quien habla. La parresía viene ‘de abajo’…. Y está dirigida hacia ‘arriba’…. En la parresía, decir la verdad se considera un deber. El orador que dice la verdad a quienes no pueden aceptar su verdad, por ejemplo, y que puede ser exiliado o castigado de algún modo, es libre de permanecer en silencio. Nadie le obliga a hablar; pero siente que es su deber hacerlo.//  (en la parresía), el hablante tiene una relación específica con la verdad a través de la franqueza, una cierta relación con su propia vida a través del peligro, un cierto tipo de relación consigo mismo o con otros a través de la crítica (autocrítica o crítica a otras personas) y una relación específica con la ley moral a través de la libertad y el deber. // En la tradición socrático-platónica, la parresía y la retórica se encuentran en fuerte oposición… El discurso largo y continuo es un recurso retórico o sofístico, mientras que el diálogo mediante preguntas y respuestas es típico de la parresía… dialogar es una técnica importante para el juego parresiástico.”

No coincidimos con Foucault, sin embargo, en su afirmación de que el parresiastés deba estar siempre en una posición de inferioridad respecto del interlocutor, de modo de cumplir con exponerse siempre a un posible costo personal al decir su verdad. La manifestación de cualquier verdad puede provocar un efecto adverso en el oyente y hacer que el hablante pierda su estimación, afecto, amistad, lealtad o intimidad. Esto puede ocurrir incluso al hablar a un subalterno o alumno, de partida porque los contenidos de la parresia son, por esencia, ajenos a un rol social o jerárquico determinado. Creemos que el parresiastés, como se dijo, es por esencia internamente independiente y sólo adherido a la verdad, su búsqueda y expresión, y por tanto creemos que esas características no guardan relación directa con la jerarquía social que esa persona ocupe en su entorno. Si un superior da instrucciones a un subordinado, o le critica su desempeño, no está empleando la parresia, excepto que le exprese verdades esenciales más allá de su desempeño laboral y que se dirijan a la persona misma, a sus vicios o virtudes, o a las formas en las que se limita, y aquí sí puede haber un costo personal. Desde luego que expresar una verdad no deseada ni elogiosa a una persona jerárquicamente superior o más poderosa hace que se arriesgue mucho más que un simple desacuerdo. Pero creemos que no es una condición indispensable para ser un parresiastés el estar en inferioridad jerárquica, y que se puede provocar el enojo o la herida de un subalterno con la misma facilidad y soltura que la de un superior. Y no es que lo disfrute, como un simple pisacallos, es que siente que debe hacerlo, y que con ello cumple alguna misión superior a la comodidad social personal. Pero la sanción no es privativa de los superiores sobre los inferiores. Al reconocérsele cualidades morales al parresiastés que hacen que su verdad lo sea en verdad, lo que en realidad se le reconoce es una superioridad moral, independiente de su posición o jerarquía social, y eso es lo que hace indiscutible sus afirmaciones, aunque no agraden a los demás. Y esa superioridad es fruto de su esfuerzo y adhesión a su búsqueda, de haber llegado a encarnar en sí mismo las verdades a que alude. La reacción del interlocutor dependerá de su capacidad para aceptar esa verdad, y si es negativa, de los recursos o poder que posea para hacer callar u oponerse al parresiastés, aunque esto ya no sea motivo de interés para éste. Sean cuales sean las consecuencias, el parresiastés conserva su integridad, y con ella su autoridad, fundadas la coincidencia entre lo que dice y lo que hace. Su escala de valor y su vara de medida no se aplican a los demás de forma diversa a como se aplican a él mismo.