Literatura

LIBROS EN ESPAÑOL

Umbral.- El Globo de Cristal.- Jean Emar……$5.500
Tragedias Completas.- Esquilo..$5.800
Un Mundo Feliz.- Aldous Haxley$5.500
Demián.- Herman Hesse…..$5.100
El Lobo Estepario.- Herman Hesse.$5.500
Siddharta.- Herman Hesse…….$5.100
La Iliada.- Homero……………………………………..$5.500
Casa de Muñecas.- Henrik Ibsen….$3.900
La Metamorfosis.- Franz Kafka….$3.400
El Proceso.- Franz Kafka….$5.400
Relatos Completos.- tomo 2.- Kranz Kafka…..$4.400
El Principito.- A. De Saint-Exupéry….$4.800

Cábala

LIBROS EN ESPAÑOL

Antología del Zohar.- Marcos Barnatan …..$8.900
La Clave de la Verdadera Cábala.- Franz Bardon….$13.300
Kábala, El Camino Místico Judío.- Perle Epstein………….$11.900
La Kabala.- Sigalith Koren ……..$7.400
Cábala para Principiantes.- Rabí Michael Laitman..$9.100
Arte y Práctica de la Cábala Mágica.- Ophiel ….$12.900

Presencia y Esencia

Presencia y Esencia

En general, la gente raramente tiene, y nunca reconoce como tal, la experiencia de la esencia. Así, empezaremos por considerar una clase de experiencia relacionada con ella, de la cual se siente y se habla más comúnmente: la cualidad de presencia. La expresión estoy presente se usa a menudo en círculos espirituales y psicológicos, asumiéndose que el significado es comprendido. Nos preguntamos: Qué significa esta expresión? Qué significa, en realidad, estar presente? La mayoría del tiempo la expresión no es usada de una manera muy definida o clara; si se le pregunta, la mayoría de la gente es incapaz de explicar lo que significa estar presente.

Pero debe haber una condición real que garantice el uso de la expresión estoy presente. Ella significa literalmente que hay un Yo que está presente en el tiempo. Es exacto este significado literal?

Obviamente cuando decimos estoy presente no significamos exactamente que estamos conscientes, de otra manera lo diríamos así. Hay una diferencia entre el significado de estoy presente y el significado de estoy consciente, aunque los dos puedan coincidir frecuentemente Qué hace que digamos presente en lugar de consciente? Qué hay en la experiencia de estoy presente que sea diferente de la experiencia de estoy consciente?

Queremos averiguar el significado de presencia contemplando y analizando la efectiva experiencia de presencia. Examinemos una situación familiar, la experiencia estética. Mis ojos captan la visión de una hermosa rosa roja. De repente mi vista está más clara, mi olfato más penetrante. Me parece estar en mi vista, me parece estar en mi olfato. Hay más de mí aquí, viendo, oliendo y apreciando la rosa.

Este fenómeno no es simplemente uno de consciencia acrecentada, sino cuanto más de la rosa es experienciado a través de mis ojos y fosas nasales, así tanto más de la rosa es experienciado a través de mi sistema perceptual.

En la experiencia de presencia aumentada, es como si yo encontrara mis percepciones a medio camino. Es como si algo de mí, algo más o menos palpable, está presente en mis ojos y en mi nariz. Algo en mí, además de mis canales perceptuales, está participando en la experiencia de la rosa y esto es algo que no es memoria, ni asociaciones pasadas con respecto a las rosas.

En un sentido, mi mayor consciencia realmente aumenta la presencia de la rosa, o de cualquier otro objeto estético, tal como un trozo de música o una pintura. Algunas veces una mayor consciencia aumenta solamente cierta cualidad de un objeto: la belleza de la rosa, su color, su olor o su frescura. Pero algunas veces la rosa como rosa, como una presencia en sí misma, es sentida. Si esa experiencia es suficientemente profunda, nuestra propia presencia es intensificada. Me parece estar más aquí, sería la expresión adecuada. Pero, qué es esta presencia? Hay realmente un yo que esté más presente o qué es, exactamente? Puede ser la experiencia del asombro cuando se es confrontado con la inmensidad del océano o la grandeza de una cadena de montañas. Puede ser la experiencia de admiración cuando uno es testigo del heroísmo en un individuo o en un grupo, o del coraje o intrepidez de un explorador.

Estamos considerando los momentos, aunque raros, cuando sentimos como si hubiera algo más de nosotros participando de la experiencia. Queremos entender lo que significa más de nosotros Más de qué? Cuál es el elemento que da a nuestra experiencia este sabor de presencia?

Estamos también conscientes que algunos individuos tienen mayor presencia que otros. Decimos El tiene más presencia, o El tiene una presencia imponente. Pero, podemos decir a qué nos estamos refiriendo realmente? No nos estamos refiriendo a la cualidad de la presencia de la mente, la cual es una mayor consciencia. La presencia en sí misma es más que eso.

La presencia puede también ser sentida en momentos de intensa y profunda emoción cuando una persona está plenamente sintiendo un estado emocional, no controlándolo o inhibiéndolo, cuando está involucrado sinceramente en el sentimiento, totalmente inmerso en él de una manera libre y espontánea sin juicio o vacilación. Esto generalmente sucede cuando la persona se siente totalmente justificada en sentir las emociones.

Por ejemplo, un individuo podría tener la experiencia de una pérdida, como la muerte de un ser querido, y así sentirse justificado de sentir la pena y la tristeza. Podría involucrarse tanto en la tristeza, estar tan inmerso en ella, que los sentimientos se profundizarán como si estuvieran a millas de profundidad, llegando a honduras y profundidades cada vez mayores. Este estado podría llegar a ser tan excesivo y denso a medida que se llega a estar más inmerso en él, tan hondo y tan profundo como para sentirse penetrado por una especie de presencia. Es como si la profundidad y la hondura fueran una presencia real, palpable y completamente clara allí.

Otro ejemplo: una persona puede sentirse justificada de tener ira e indignación por ser insultada o tratada injustamente. El enojo puede llegar a ser tan fuerte que si se deja llevar sin reservas por este sentimiento, la persona experimentará en su ira una especie de fuerza que la potencia. Esta fuerza o poder es tan claramente manifiesto que asume una presencia palpable. Es como si el poder creciente de la irrestricta emoción evocara más de la persona. El se siente tan presente en la emoción, tan en su centro, que una presencia substancial claramente sentida parece impregnar la emoción y llenar el cuerpo. Su cuerpo se siente lleno de poder, tan densamente que el poder llega a ser una presencia. Esta presencia parece ser la fuente de la emoción y del poder, ambos en ella y detrás o bajo ella. En tales momentos, la persona experimenta un intenso contacto con el cuerpo, junto con una asombrosa capacidad de usarlo y dirigirlo. Es como si en ese momento el individuo realmente existiera en sus brazos, por ejemplo, y por ello poder usados con una inusual capacidad de control, eficacia e inmediatez.

Bien, qué es esta presencia que existe en los brazos, en el cuerpo, que parece traer consigo poder, energía, contacto y consciencia? Vemos que la presencia es más una realidad que una idea o metáfora. Estamos teniendo la sensación de que la presencia es mucho más profunda, más real que sentimiento o emoción. Nos estamos acercando, aunque todavía vagamente, a una apreciación de lo que es la presencia.

La presencia que uno experimenta no tiene que ser la propia y no tiene que ser individual. Uno puede experimentar la presencia de otro. Todo un grupo puede estar consciente de una presencia. Incluso uno que no esté particularmente sintonizado con la cualidad de la presencia no puede sino contactarla en algunas circunstancias únicas e inusuales. Una de tales situaciones es que una madre dé a luz una creatura.

Algunas veces, cuando la madre no está bajo medicamentos, cuando ella está participando plenamente en el nacimiento, su presencia puede manifestarse. La madre puede sentir una plenitud, una fuerza, una determinación sólida, una inconfundible sensación de que ella está presente en la experiencia, enteramente involucrada en ella.

La situación de dar a luz es real; no es social, y no puede ser fingida. Para que una mujer lo pueda hacer en plena consciencia, sin la ayuda de medicamentos anestésicos, ella tiene que emplear a fondo todos sus recursos, aunar toda su fuerza muscular y su determinación, y estar genuinamente presente.

Esta total presencia de la mujer también puede ser percibida por otros. Uno puede verla como la presencia de intensidad, de intenso sentimiento o sensación, o intensa energía y atención. Uno también puede estar consciente de que la mujer está presente en una forma inusual para ella. Parece tener una plenitud, parece tener un fulgor, una radiación. La presencia es inconfundible, hermosa y poderosa.

Si uno es sensitivo y consciente, puede darse cuenta que la experiencia de presencia en esta situación no reside sólo en la madre. Si todos los presentes están participando plenamente -y esto a menudo sucede en tales ocasiones por su dramática intensidad- entonces la presencia invade la habitación, llenándola e impregnándola. Hay una intensidad en la habitación, una vitalidad palpable, la sensación de una presencia viviente.

La experiencia de presencia se siente más claramente cuando la creatura ha nacido, cuando ha entrado al mundo. Uno puede entonces experimentar un cambio, una expansión en la energía de la habitación. Uno siente que ella tiene definitivamente una nueva presencia, una presencia fresca. Se experimenta a la creatura no solamente como un cuerpo, sino como algo mucho más vivo y mucho más profundo. Uno puede, si está sensitivamente atento, contemplar al recién llegado como una presencia clara y definida. La creatura es un ser. Un ser está presente, sin nombre, sin historia, Y allí, está bendiciendo.

Uno puede, en efecto, observar que diferentes recién nacidos tienen diferentes cualidades de presencia. La cualidad de la presencia no es un asunto de tamaño, de apariencia o de qué sexo tienen. Cada uno parece tener su propia y única cualidad de presencia, la cual es completamente obvia al nacer, y que continúa siendo el modo de ser de esa particular creatura. Uno puede captar la emergente presencia como una dulzura, una suavidad, una ternura. 0 la presencia es sentida como una paz, un silencio, una quietud. Sin embargo, otro nos confronta con una presencia de claridad, luminosidad y alegría. Otro puede llenar la habitación con fuerza, solidez y firmeza.

Esta experiencia de una situación que es llenada con cierta presencia también puede sentirse en la pureza y soledad de la naturaleza. En momentos de quietud y soledad, una persona llega a estar consciente de que el ambiente natural en sí mismo tiene una presencia que afecta profundamente su mente y corazón. No es raro, cuando uno no está ocupado con las preocupaciones del mundo, cuando la mente está vacía y tranquila, que la naturaleza se presente no sólo como los objetos que la constituyen, sino como una presencia viviente.

Una cadena de montañas altas y rocosas puede entonces sentirse como una inmensidad, una solidez, una inmovilidad, que está viva, que está ahí. Esta inmensidad e inmovilidad parecen algunas veces confrontarnos, afectarnos, no como un objeto inanimado sino como una presencia clara y pura, Parece contactarnos, tocarnos. Y si somos abiertos y sensitivos podemos participar en esta inmensidad. Podemos sentirnos uno con la inmensidad, la inmovilidad, la vastedad.

Tal como las montañas tienen su presencia particular, así la tienen los bosques, océanos, ríos y praderas, Uno puede sentir la presencia de un árbol, como Krishnamurti relata en una de sus contemplaciones solitarias:

Había una intensidad alrededor del árbol, no la terrible intensidad de alargarse, de tener éxito, sino la intensidad de estar completo, simple, solo y sin embargo parte de la tierra. Los colores de las hojas, de las pocas flores, del tronco oscuro, estaban intensificadas miles de veces .

Podemos extender nuestra investigación considerando la presencia en una situación de peligro. Una persona frente a un extraordinario peligro, cuando su habilidad de funcionar podría esperarse que estuviera reducida, se salvará por un sorprendente poder o capacidad que surge desde dentro. Su percepción lleganá a ser repentinamente aguda, su mente lúcida, su cuerpo ágil y de respuesta rápida. El experimentará un nivel de coraje e inteligencia con los cuales no cuenta normalmente, una extraordinaria fuerza y voluntad, un dominio inusual sobre su mente, emociones y movimientos.

En tales ocasiones podrían realizarse grandes proezas en respuesta a necesidades vitales. Una persona podría sentir nebulosa o lúcidamente que un poder ha despertado en ella. Es como si todo el ser se hubiera reunido en una intensidad integrada, que hace posible la emergencia de una fuerza tranquila, una presencia conmovedora que, deliberadamente y con conocimiento, actúa de acuerdo a las necesidades del momento. La excitación se ha ido, las emociones están ausentes, la mente está en silencio. Lo que queda es exactamente lo que se necesita para afrontar la emergencia.

En aquellas raras crisis de vida y muerte, cuando nuestras ordinarias capacidades de percepción y acción nos fallan, puede emerger en nosotros un poder hasta ahora desconocido: una presencia tranquila y serena que puede hacerse cargo y actuar sin ser estorbada por nuestros pensamientos y estados emocionales. Esta condición no es simplemente experimentada como la ausencia de pensamientos molestos y conflictos emocionales. Hay más bien una presencia positiva de poder, de una inteligencia superior que no es fisica, emocional o mental.

Vida interior, vida exterior

Vida interior, vida exterior

Muchos indicadores, que una observación imparcial puede transformar bien pronto en certeza, nos conducen a presentir que hay en nosotros dos naturalezas: una personal o individual, relativamente accesible a nuestros modos de percepción habituales; ella es a la vez orgánica y psíquica (o animal y anímica). La otra, menos fácil de percibir, es sentida como nuestra participación en alguna cosa mucho más vasta que el individuo, a la que llamamos espiritual, o universal. La atención que los hombres le dedican a esta última es muy variable según cada cual y según los momentos de la vida. Sin embargo, casi todos deben reconocer que, en ciertos momentos al menos, han sentido en ellos junto con sus tendencias egocéntricas y personales, esta necesidad de infinito o de absoluto.

A partir del momento en que un hombre se vuelve hacia sí mismo, se interrogue y se esfuerce en comprender de alguna manera lo que él es y lo que podría ser, le parece que podría ser de dos maneras diferentes, tener – por decir así – dos actividades, dos maneras de vivir con diferente sentido. Una, enteramente vuelta hacia el exterior, centrada ante todo en la eficacia, la utilidad, el rendimiento del individuo en el cuadro de la sociedad a la que pertenece. Esta manera de vivir es la que ha desarrollado la civilización occidental en la que cada uno de sus miembros, para llegar a ello, ha seguido numerosos años de educación, de formación, de aprendizaje, de estudios, especialización, reciclaje, etc. La eficacia final en la vida exterior es el valor mayor según el cual se clasifica a los individuos.

La otra manera de ser, la otra clase de actividad, concierne a la vida interior. Ella está centrada, ante todo, en la realización de las posibilidades contenidas en potencia en el individuo, el desarrollo de las facultades y las cualidades propias que caracterizan su naturaleza humana y la incorporación (o el retorno) a niveles de vida o a mundos que la vida y la actividad exteriores no dejarían ni siquiera suponer. Esta manera de vivir, bien poco conocida por la civilización occidental, es la que más se ha desarrollado en ciertas civilizaciones orientales. Su realización, para aquellos que allí se internan, necesita todavía más tiempo y esfuerzos en la formación, búsqueda y estudios metódicos de los que demanda la vida exterior.

Estas dos formas de vida pueden parecer al comienzo como contradictorias, y lo son en efecto, de cierta manera. Es evidente, sin embargo, que cada una corresponde a una de las naturalezas del hombre, y que un hombre completo debiera vivir a la vez la una y la otra. Ellas son inherentes a la naturaleza humana, la que comporta en ella misma una permanente contradicción.

Aquellas grandes doctrinas, y las vías tradicionales que han llegado hasta nosotros, no han olvidado ni el uno ni el otro de estos dos aspectos del hombre. Ellas nos dicen, cada una a su manera, que estas dos naturalezas marcan la pertenencia del hombre a dos grandes corrientes de igual importancia que cruzan el universo existente, asegurando el equilibrio. Una es la corriente de la creación, la que nacida del nivel primordial se derrama en las diversas formas de la manifestación y, desde ese punto de vista, es una corriente involutiva. La otra es la corriente que puede llamarse de espiritualización, porque a partir de las formas manifestadas, retorna al nivel primordial – retorna a Dios – y es así una corriente de evolución. Por su doble naturaleza, con los dos aspectos de su vida, el hombre pertenece a la una y a la otra. Tiene los pies sobre la tierra y la cabeza en los cielos. El forma un puente, es un nivel de intercambio, es un
mediador entre esas dos corrientes. Puede ser que esta mediación – necesaria para que el hombre no se extravíe en una o la otra corriente – marque su realización efectiva.

Por lo que nos concierne en lo inmediato, desde el punto donde nosotros estamos colocados – únicamente, o casi, en la vida exterior -conocemos, o creemos conocer, una de las dos naturalezas, aquella en la que vivimos cotidianamente: nuestra naturaleza ordinaria. La vida la solicita sin cesar y sin cesar ella responde a la vida. La otra naturaleza está más y más olvidada detrás de ella, al comienzo en forma latente y disminuída, más tarde, sumergida, ahogada en el inconsciente, y finalmente, perdida. En tanto que ella no esté todavía demasiado sepultada, surge inopinadamente de tiempo en tiempo, en momentos de lucidez donde se impone a nosotros (generalmente en momentos difíciles) sin que sepamos de dónde nos viene. Al costado de lo que somos de ordinario, estos momentos tienen un sabor tal que no nos dejan en paz. Conservamos la sensación de nuestra insuficiencia y la más o menos mala conciencia de haber sentido que no somos lo que deberíamos ser. Pero no necesitamos de esos momentos para seguir viviendo y, si deseamos sentirnos de nuevo tranquilos, no tenemos más que olvidarlos. En la vida corriente, todo está dado. para ayudarnos a ese olvido. Por lo tanto, si un hombre quiere ser un día plenamente él mismo, el restablecimiento del equilibrio perdido entre sus dos naturalezas y sus dos formas de vida es el primer trabajo necesario.

Es por esto que todo lo que expondremos a continuación se dirige solamente a aquellos que están atentos a esos momentos particulares y, deseando clarificar lo que ellos representan aceptan, por lo tanto, no seguir permaneciendo tranquilos. Una evolución interior y el trabajo que ella necesita no pueden ser llevados a cabo sino cuando están auténticamente motivados por la toma de consciencia de nuestras insuficiencias y de nuestras fallas, con el malestar que de allí se deriva. Esto es inherente al resurgimiento en sí de esta segunda naturaleza – dejada de lado u olvidada en el curso de nuestra formación – con las contradicciones interiores y los conflictos que este resurgimiento engendra. Nada es gratuito: la aceptación de este malestar inevitable es el primer tributo que el hombre debe pagar para ir a la búsqueda de sí mismo.

Puede ser que en una tal búsqueda se corra el riesgo de oscilar entre la beatitud imbécil (como sería la ignorancia deliberada) y un cierto masoquismo (que sería enfatizar en forma excesiva este malestar, llamado por algunos angustia metafísica). La sola actitud justa – y por cierto difícil – es el reconocimiento exacto, con la esperanza de resolverlos, de nuestro malestar y de nuestro conflicto interior tal como ellos son.

Una tal esperanza, una tal tentativa no son evidentemente concebibles sino cuando conocemos las circunstancias presentes, y es por eso que la pregunta de lo que somos en realidad, en una o la otra de nuestras naturalezas con todo lo que ello significa, aparece desde el comienzo como la más fundamental de todas. Para un hombre que quiere un día ser plenamente él mismo, la búsqueda de la verdad de lo que él es resulta la más imperiosa de todas las necesidades. Es ella la que lo conduce a este conocimiento de sí al cual se dedican todas las escuelas tradicionales.

Este conocimiento no podría limitarse sólo a sí mismo. Cómo el individuo podría comprenderse, si no está colocado en un contexto general? El hombre participa en el conjunto de la vida sobre la tierra. El es uno de sus elementos, posiblemente el principal, y el estudio de la significación de esa vida es inseparable del estudio sobre sí. Además, la vida sobre la tierra de la cual el hombre participa no es más que un nivel, un escalón que tiene su lugar y su papel en los intercambios de fuerzas al interior del sistema solar al que la tierra pertenece. Este sistema solar no es más que un elemento entre otros y, en definitiva, el estudio del hombre – estudio de sí – para ser completo se revela inseparable de una perspectiva cósmica general.

El hombre es un ser tan complejo que puede ser considerado de maneras muy diferentes, que dan más o menos cuenta de su estructura y de las relaciones entre sus diversos componentes. La manera más completa y la más útil para la búsqueda que planteamos, es considerar que su cuerpo orgánico, el único que es inmediatamente accesible al examen, comporta el agrupamiento de diferentes funciones físicas y psicológicas, dirigidas por centros que dan a la energía vital fundamental la forma específica propia de cada una. Está hecho de un conjunto de cualidades individuales.. Unas son innatas: constituyen el aspecto fundamental, inicial de cada hombre y por ello pueden ser llamadas su esencia. Las otras son un conjunto de capacidades adquiridas, impuestas por el medio ambiente en el curso del desarrollo. A causa de su carácter superpuesto (que se compara con la máscara de un comediante llamada en la antigüedad persona) se la denomina personalidad.

En efecto, esta. personalidad y la forma según la cual se agrupan sus diversos factores, se estructura en cada hombre en torno a uno, dos o tres trazos fundamentales propios de su esencia, y dan a todo lo que queda fijado en ella un aspecto particular. Pero, además, en cada hombre la personalidad se constituye de manera diferente, más o menos estereotipada, según cada una de las situaciones-tipo del medio ambiente a las cuales un hombre determinado tiene que enfrentar habitualmente. Así, un mismo hombre adquiere en el curso de su vida múltiples aspectos diferentes, múltiples personajes (o sub-personalidades), múltiples yo, independientes los unos de los otros, cada uno autodenominándose yo cuando aparece hablando en representación de todos los otros yo.

Al costado de esta vida orgánica, el hombre participa en otros niveles de vida menos inmediatamente accesibles: una vida psíquica o, más bien, anímica – en algunos, además, una vida espiritual – las que tienen sus facultades y sus funciones. El hombre pasa así por estados diversos: dormir, soñar, estado de vigilia y a veces momentos de apertura más amplios hacia la vida. Son momentos de despertar a la belleza, a la armonía, a la necesidad de infinito, y estos son los momentos – sin que él lo sepa – en que despierta a su ser interior. El ve esos estados diferentes sucederse en él según un modo más o menos caprichoso y, a menudo, se le escapan. En todo este conjunto, se elaboran estructuras: tenemos sobre nosotros y sobre el mundo en que vivimos, ideas e imaginaciones que son nuestras. Tenemos una sensibilidad, deseos, una emotividad que colorea nuestra vida de un estilo que le es propio. Tenemos comportamientos particulares en la vida exterior tanto como en nuestra vida interior. Pero la característica más fundamental, y a la vez menos aparente – acaso no necesitamos buscarla para descubrirla? – es la fantástica mecanicidad de todo este conjunto. Por una suma de hábitos, de reacciones automáticas y de condicionamientos establecidos por repetición a lo largo de la vida, todo este ensamblaje que somos se mantiene por sí mismo y bien pronto se encierra en limitaciones de las que ya no se sale más.

Aparece, no obstante, en ciertos momentos como una intuición de que algo en nosotros es posible: una libertad interior, una armoniosa unidad y la participación en la vida de un mundo mejor. Influencias que nos parecen a, veces venir de lejos nos tocan hasta en nuestra vida ordinaria y reavivan esta intuición; como ocurre con ciertos mitos, ciertas formas de arte, las tradiciones y las religiones. En efecto, estas influencias nos aportan un momento de apertura interior, una oportunidad de despertar y, si estamos atentos, podemos reconocer que algo en nosotros responde a ello: es un sentimiento religioso o un sentimiento espiritual interior que sentimos que nos eleva. Así pueden desarrollarse en algunos de nosotros una sensibilidad y una atracción casi magnética por todo lo que puede orientarnos en ese sentido. Más y más claramente, la pregunta se nos plantea: no será posible dar a nuestra vida una calidad diferente a la ordinaria?, Esta calidad que se vislumbra en esos momentos de despertar?

No delatarnos

No delatarnos

En muchas ocasiones, involuntariamente revelamos lo que desearíamos ocultar. Hay innumerables situaciones en las que el control de las expresiones es fundamental para el éxito, en las que éste es esencial para la felicidad de otros o de la propia. Quien no pueda controlar sus expresiones, incluyendo no solamente la expresión facial, sino gestos, posturas, movimientos, actitud, tono de voz, etc., es realmente un niño. No esperamos que un niño se controle; su virtud es ser espontáneo. Pero cuando llegamos a ser adultos, nos deshacemos de lo infantil.

De lo primero que debemos darnos cuenta es que en ocasiones somos esencialmente transparentes para cualquier observador entrenado. Vivimos en una casa de vidrio semejante a esas colmenas de observación que permiten que apicultores capacitados examinen a las abejas trabajando. La colmena en que vivimos es nuestro cuerpo físico, y, mientras no ejercitemos un real control sobre él, todos sus movimientos, posturas y gestos, son manifestaciones naturales de nuestro estado psíquico interior. Por ejemplo, despierto en la mañana y escucho una mala noticia. Mi cuerpo manifiesta de inmediato mi depresión. Aparecen líneas en mi cara, los ángulos de mi boca descienden, mis gestos son desanimados y mi aspecto, decaído. Cualquier persona familiarizada conmigo se da cuenta de que algo anda mal, y un observador entrenado, aunque nunca antes me hubiese visto, podría ser igualmente perceptivo. Pero este es sólo un ejemplo de nuestra automanifestación. Todos nuestros estados se muestran, desde el más general al más mínimo, en cambios físicos visibles o perceptibles a un observador externo. Pero si no fuera porque a menudo no existe tal observador entrenado, podríamos estar delatándonos constantemente. Y en realidad, no hacemos otra cosa.

Asumiendo que deseamos ser capaces de ocultarnos y no seguir viviendo transparentemente en el mundo, la primera cosa por hacer es convertirnos en observadores de nosotros mismos. Muy pocas personas saben cómo se ven en este, ese u otro estado de ánimo, 0 como revelan realmente sus estados subjetivos con sus posturas, gestos, tonos de voz y actitud. Como condición para controlar esas expresiones es sumamente necesario conocer cuáles son. Así, el primer paso en el camino de no delatarnos es el descubrimiento y comprensión de la manera particular en que lo hacemos. Aprendamos primero a mirarnos y oírnos como los otros nos ven y oyen. Después puede ser posible aprender como no ser evidentes. Pero no podemos empezar el aprendizaje de no delatarnos hasta no conocer nuestros actuales modos y expresiones cuenta-cuentos habituales.

Cómo lograr esto? Poniéndonos a la obra sistemáticamente con un espíritu de curiosidad experimental. Te han contado que te delatas y deseas saber como lo haces. Empieza por observarte a tí mismo especialmente en aquellos momentos en los que estás a punto de dejar caer la guardia. Por ejemplo, te sientes molesto. Entonces miras el espejo y ves como tu cara expresa desagrado. Habla, y escucha el tono de tu voz. Camina, y observa tu aspecto y tu conducta. 0 si te sientes muy orgulloso por algo, observa como, en forma totalmente involuntaria, todas tus expresiones y movimientos se reunen en un solo aplauso. Cada uno de nosotros tiene un limitado repertorio de expresiones para todos los estados que experimentamos. Nuestra primera tarea es familiarizarnos con nuestro repertorio. Sólo cuando nos hayamos observado en todos los estados, seremos cautos con nuestros modos habituales de expresión.

El siguiente paso es practicar expresiones en ausencia de sentimientos a expresar. Esto, por supuesto, es un proceso normal en el entrenamiento de un actor, pero nosotros lo planeamos con un objetivo superior. Frente a un espejo, de preferencia mural, practica con perfecta sangre fría la expresión que imaginas apropiada a esta, esa, u otra emoción o estado de ánimo. Piensa, por ejemplo, que acabas de recibir buenas noticias, y trata de expresar tu estado interior con movimientos adecuados. 0 trata que tu rostro exprese admiración, indignación, desconfianza, afecto o indiferencia. Este recorrido sobre las escalas de nuestros instrumentos de expresión es muy útil en muchos casos. Pero, por sobre todo, nos hace darnos cuenta de la separación práctica que puede existir entre nuestras expresiones y nuestros sentimientos internos. Obviamente, si podemos aprender a expresar sin sentimientos, también podemos sentir sin expresarlo, lo que constituye el elemento más importante en el arte de no delatarnos,

Hay dos pasos ulteriores en el curso completo, y el primero es no expresar la emoción ni el estado de ánimo que estás sintiendo. Sientes pena, preocupación, indignación, celos o desconfianza. Exactamente cuando estés experimentando una de esas emociones y estés involuntariamente a punto de revelarla, resiste el impulso, No dejes que tus músculos adecúen su acción a tu estado de ánimo; permite que, al menos, se queden inmóviles. Si este esfuerzo de no expresión es realizado en el mismo momento en el que nuestro cuerpo está más ansioso de revelar nuestros secretos, los resultados se justificarán por sí mismos. No necesitamos estar comprobando que estamos logrando un cierto dominio sobre nuestro cuerpo cuenta-cuentos, pues lo sentiremos y sabremos. Un hombre que puede decir que no a sus músculos en la exuberante y automática representación de sus humores o emociones, está en vías de obtener grandes poderes.

El último paso puede ser fácil si el anterior ha sido logrado realmente y no sólo en la imaginación. Consiste en expresar lo opuesto o, por lo menos, algo diferente a lo que estás sintiendo en el momento. El penúltimo paso, como ya hemos visto, es la no expresión de una emoción común. El actual y último paso es la expresión positiva , pero de una emoción diferente u opuesta a la recientemente experimentada. Esto también debe ser practicado frente al espejo antes de probarlo en la vida. Te sientes sin suerte, desdichado y en el límite de lo que puedes soportar. Todo y todos son aborrecibles. Te preguntas por qué has nacido. Estás harto de la vida. Parado frente al espejo, haz que tu cuerpo exprese lo opuesto a esa melancólica mezcla de pensamientos, sentimientos y sensaciones. Hazte aparecer radiante, cariñoso y lleno de alegría de vivir; simula la expresión física de emociones que no estás sintiendo; pretende, con tus posturas, gestos, expresión facial y conducta, que estás sintiendo realmente lo que aparentas. Simula tan hábilmente que tu conducta engañe al propio Diablo, es decir, a tu propio mal ánimo, Naturalmente, esto es mucho más difícil hacerlo en la vida.

Ante la gente y en circunstancias problemáticas, esta conducta es como el empleo de técnicas de ju-jitsu fuera del gimnasio. Sin embargo, la vida debe ser nuestro objetivo y las circunstancias reales, la prueba de nuestra eficiencia.

A. R. Orage

Traducido y extractado por Carmen Bustos de:
“Psychological Exercises & Essays”
Samuel Weiser Inc.