El Camino del Caballero y de la Dama de sus Pensamientos

El Camino del Caballero y de la Dama de sus Pensamientos

Los seres polares

Aquel que alcance la triple victoria sobre la muerte física, astral y mental será recibido en el seno del Amor Absoluto que es sin comienzo y, en consecuencia, sin fin. El Pleroma de la tradición Ortodoxa.

Ese Amor Absoluto es accesible al alma humana incluso aquí abajo. De todas formas, ni el hombre ni la mujer pueden alcanzarlo separadamente. No es accesible más que a una pareja y a condición de una reintegración consciente y total del uno y del otro en un solo Ser por una síntesis del Yo y del Tú reales, poseyendo la fuerza de romper la corteza de sus respectivas Personalidades. Prácticamente eso no puede ocurrir más que cuando las dos Personalidades ya se encuentran avanzadas, ricas de la experiencia que han adquirido separadamente en la vida exterior.

La muerte es una de las manifestaciones del Principio de Equilibrio reaccionando automáticamente a la acción perturbadora del amor carnal en el mundo creado. Este, aunque imperfecto, da nacimiento a la vida. El amor humano es imperfecto porque es instintivo e impulsivo. En tanto que el hombre se deje ir mecánicamente en sus impulsos, su amor no servirá más que a los objetivos cósmicos del conjunto. El retirará de allí, como elemento de equilibrio y como recompensa, el placer que el amor le da; pero, tal cual es, no servirá de nada a su evolución espiritual. Y, sin embargo, el amor es el medio más seguro y más potente para completar esa evolución, Esto es así porque el Amor es el único elemento objetivo de nuestra vida. El permanece verdadero en toda la multiplicidad de sus aspectos y en toda la variedad de sus manifestaciones.

En efecto, el Amor puede servir al hombre en su evolución. Para esto, debe aplicar a ese amor esfuerzos conscientes y no dejarse conducir por impulsos. Así neutralizará en sí mismo la acción perturbadora del Amor, lo que prevendrá – y hará inútil – la intervención del Principio de Equilibrio con su acción mortificante. En este caso el aporte de la potencia que da el Amor no será gastada inmediatamente para servir a los objetivos generales sino que permanecerá en posesión del hombre. Podrá entonces ser utilizada para acelerar el crecimiento de su Personalidad y hacer progresar ésta hacia el segundo Nacimiento, primer resultado tangible de las prácticas esotéricas.

Tal es la teoría del trabajo monástico que se aplica esencialmente al Centro Instintivo del cual se busca dominar los impulsos sexuales por medio de ejercicios. Sin entrar en el examen de las ventajas e inconvenientes de ese método, es necesario decir que en la nueva Era el trabajo esotérico sale de las criptas y de los monasterios. En lo sucesivo, debe proseguir en la vida, en el mismo campo de la sociedad humana. Ciertamente, la tarea es más difícil porque no hay, como en un monasterio, la protección de un lugar para ampararse de la mayor parte de las influencias A. En desquite, la vida ofrece medios más eficaces y conduce a resultados menos frágiles. La práctica esotérica en la vida permite algo más que un simple dominio del Centro Instintivo para cultivar mejor las manifestaciones de amor por los Centros Emocional e Intelectual, y hacer surgir así el espíritu creador en sus diferentes formas. Esta cultura de un orden superior tendrá por meta centrar los esfuerzos creadores hacia el desarrollo integral de la Personalidad, el segundo Nacimiento, la cristalización de un segundo cuerpo y su conjunción con el Yo Real para alcanzar la formación de una Individualidad.

Si este trabajo se hace de a dos, hombre y mujer, puede desarrollarse con una potencia extraordinaria y dar rápidos resultados. A condición que, desde el punto de vista esotérico, estos dos seres sintonicen integralmente. Que sean una pareja perfecta, es decir, que su conjunto refleje – bajo la reserva de las particularidades de sus tipos humanos – la relación entre el Yo y el Tú absolutos anteriores a la Creación del Universo. Este es el caso de los seres que se llaman en la ciencia esotérica: Seres Polares.

El Camino

Para aquel que se compromete en la búsqueda del Camino, esta búsqueda constituye un objetivo permanente. El hombre puede entonces, sin salir de lo relativo, precisar útilmente sus nociones de lo positivo y lo negativo: todo lo que lo guía hacia el objetivo propuesto, lo ayuda a alcanzarlo o contribuye a que lo alcance, es para él un Bien; todo lo que lo desvía, lo retarda, lo detiene, lo arrastra hacia atrás y, en general, le crea obstáculos materiales o psicológicos sobre el camino que lo conduce hacia la meta buscada, es para él un Mal.

A medida que se profundiza en la progresión sobre el Camino esotérico, se intensifican las impresiones interiores, tomando a veces proporciones desmesuradas. Mientras que antes los choques internos eran superados sin gran pena, ahora pueden hacer caer al buscador en verdaderas crisis de conciencia.

A veces, no teniendo la fuerza de carácter necesaria para hacer frente a esta lucha interior entre la afirmación y la negación, lucha que acapara todo su ser y lo sumen en dudas terribles, abandona el Trabajo. En realidad, esta lucha es para él de primera necesidad. Es ella la que provoca una tensión interior que crece hasta parecer físicamente insoportable. Pero es en este momento que las fricciones entre las diversas partes de la Personalidad llegan a ser bastante intensos como para hacer brotar la llama que alumbra el corazón.

El rol de la mujer, si el trabajo es seguido por una pareja – y si la pareja es polar – será tan importante como el del hombre. Inspiradora, ella sostendrá al hombre durante sus crisis de descorazonamiento, inevitables en esta clase de trabajo que – hecho correctamente – sigue siempre la Ley de Siete. Y la mujer aportará también los choques complementarios necesarios en los momentos en que el trabajo sufra detenciones en su progresión, a pesar de los esfuerzos del hombre. Se puede decir que tal colaboración constituye un serio índice positivo de la polaridad de dos seres.

Es necesario agregar que el problema de la polaridad real de las parejas tiene una importancia crucial. Los dos seres – hombre y mujer – supuestamente polares, no podrán tener la certidumbre absoluta de su polaridad más que a posterior cuando hayan alcanzado el nivel del Hombre 4 , en el umbral del nivel 5. Es porque, aunque siendo polares en su esencia, cada uno de ellos arrastra un pasado que recubre su Yo real con una corteza distinta. Los seres a prior polares deben tener en cuenta este hecho. Es sólo en la medida en que ellos se despojan de esa corteza que resplandecerán progresivamente los trazos de ese Yo, aportándoles en cada descubrimiento el flujo de una felicidad inefable. Su amor conocerá así una amplitud siempre creciente. Y ellos se amarán más cada día, hoy más que ayer y bien menos que mañana. Este es el camino del Triunfo.

En este verdadero Romance, la actitud de la Dama contribuye en mucho, si no enteramente, a la victoria del Caballero. Su refinada intuición artística comprenderá lo que quiere decir amar: amar con todas las fibras de su ser hasta la identificación integral en un impulso glorioso hacia la misma meta.

Encuentro con el Ser Polar

El hombre solo es incompleto. Pero allí donde él es débil, el ser polar es fuerte. En conjunto forman un ser integral: su unión provoca la fusión de sus Personalidades y una cristalización más rápida de su segundo cuerpo, completo y unido en un segundo Nacimiento común.

Las leyes kármicas permiten que los seres polares se encuentren obligatoriamente en la vida, en ciertos casos más de una vez. Sólo los lazos heterogéneos realizados en esta vida por cada uno de ellos como consecuencia de movimientos libres, así como las consecuencias kármicas de una o varias existencias anteriores, hacen que el hombre y la mujer den la espalda al único ser con el cual pueden formar un Microcosmos.

Si no hubiesen taras kármicas, todo ocurriría de maravilla: dos jóvenes seres se encontrarían en un ambiente familiar y social de lo más favorable y su unión representaría un verdadero cuento de hadas. Pero la realidad no es así. Obedeciendo al Principio de Imperfección y enmudecidos por la Ley General, los dos seres predestinados cometen errores. Hundidos en la mentira, generalmente no saben apreciar el don que les es dado, y ni siquiera se reconocen.

Si esto es correcto, se plantea una pregunta angustiosa: existen medios por los cuales detectar nuestro ser polar? Una vez encontrado, no reconocerlo o dejarlo pasar es el peor error que podemos cometer, porque entonces permaneceremos anclados en nuestra vida ficticia sin luz. Acaso no podemos, e incluso no debemos sacrificar todo en favor de una unión que es la única oportunidad de nuestra vida: la promesa de un retorno al paraíso perdido?

Cuidémonos, sin embargo, de la última trampa tendida en el momento en que la felicidad inefable nos parece sonreír. Acabamos de decir: todo debe ser sacrificado; no hemos dicho: todo debe ser destruído. Si después de haberse reconocido, los dos seres polares triunfan de esta última prueba, a menudo la más penosa, la nueva vida se abrirá ante ellos, porque ellos son llamados a no ser más que Uno sobre la tierra y en los cielos.

Veamos cómo no seguir de largo después de haber encontrado nuestro álter ego, prenda de felicidad y salvación. Existe toda una serie de indicios subjetivos y objetivos que facilitan el reconocimiento del ser polar. Porque la polarización se manifiesta en todos los planos a la vez: sexual, psíquico, intelectual, espiritual.

El hombre empieza a sentir el deseo y luego la necesidad de unirse a su ser polar como consecuencia de la formación en él del Centro Magnético, y luego en función de su crecimiento. Para poder reconocer a su ser polar, el hombre debe poner en juego toda la fuerza de atención de que es capaz sobre todos los planos accesibles a su consciencia. El encuentro se produce siempre en circunstancias inesperadas y bajo una forma que no se asemeja en nada a todo lo que se pudiera imaginar.

La regla impuesta es clara: para reconocer a su ser polar, el hombre debe conocerse a sí mismo. Esto es manifiestamente lógico: para reconocer su álter ego, el hombre debe reconocer en consecuencia su propio ego. Es verdad que el Yo del cuerpo y el Yo de la Personalidad aspiran a encontrar en otro ser una respuesta perfecta. Sin embargo, es sólo identificándose con el Yo real que el hombre inmanta la unión con su ser polar.

Es con el corazón lleno de fe, agudizando en él todas sus facultades más finas de atención intuitiva, su sentido de análisis crítico llevado hasta su punto más alto, que el hombre partirá a la búsqueda del ser sin el cual él no es verdaderamente él. Como el trovador de otros tiempos, renovando la práctica del amor cortés es que podrá reencontrar a la Dama de sus Pensamientos.

Pero cuando los seres polares se encuentran, después de algunos signos perceptibles de inmediato, esos humanos todavía imperfectos, deformados por las taras kármicas, pueden adquirir la convicción objetiva de su polaridad?

He aquí algunos criterios indispensables para que un reconocimiento mutuo pueda ser considerado como teniendo un valor objetivo. Desde el primer encuentro en presencia del ser polar, el Yo de la Personalidad y el Yo del cuerpo vibran de una manera que no se asemeja en nada a lo que se haya sentido anteriormente. La razón es que esos Yoes se encuentran en presencia de su primer amor que continúa a través de los siglos. Sin tener consciencia clara de ello, los seres polares se reconocen y ese conocimiento tan antiguo como ellos mismos, se expresa por la voz de su subconsciente. Esto crea desde el instante del reencuentro una atmósfera de confianza y de sinceridad absolutas.

Allí se encuentra una piedra de toque: los seres polares no se mienten. Ellos no tienen necesidad de mentirse porque interiormente no son más que un sólo ser, del trasfondo del cual el Yo real lanza su llamado y da su asentimiento. Esta sinceridad absoluta, espontánea, constituirá de ahí en adelante la base de sus relaciones. Y esto dará a esos dos seres un sentimiento de otra manera inconcebible, de una libertad en la unidad, que pone fin a la impresión de servidumbre en la que vivimos habitualmente. Vagas reminiscencias de experiencias anteriores comienzan rápidamente a aflorar a sus consciencias de vigilia.

El Amor Transpersonal

El Amor Transpersonal

Todo el mundo habla de amor; pero bien pocos están conscientemente despiertos a las más altas posibilidades entre hombre y mujer ! Hay muchas formas de amor; pero deberíamos distinguir al menos dos niveles fundamentales en los que el amor puede operar hoy en día. Puede operar como impulso inconsciente, biológico, social y psicológico o bien como poder conscientemente reconocido, polarizado y transfigurado, utilizado por personalidades maduras al servicio de un objetivo suprapersonal libremente aceptado. Cuando el hombre y la mujer llegan a verse y evaluarse mutuamente a la luz de los nuevos ideales de masculinidad y de femineidad, cuando sus sentidos de participación deliberada y productiva en el Todo universal y social crece en intensidad y en capacidad de incluir, el amor que da fuego y sustancia a su unión debe necesariamente tomar un nuevo carácter, una nueva cualidad.

Hoy sería necesario comprender y definir esta cualidad de una manera tan clara, tan vital, tan inclusiva y convincente como fuera posible, ya que es de su desarrollo y de su expresión generalizada durante la Nueva Era de lo que dependerá la cualidad fundamental de todas las relaciones humanas de base, de los matrimonios y de los intercambios sociales, de la cultura y del comportamiento. La cualidad esencial de toda sociedad humana deriva de la cualidad del amor que une a sus hombres y mujeres.

 

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Cuando la ley tribal opera como compulsión instintiva incontestada, porque no hay individualidad suficientemente desarrollada entre los miembros de la tribu para contestarla, la unión del hombre y de la mujer está completamente condicionada por objetivos bioculturales. El hombre labra el suelo y es feliz al sentir la liberación muscular de la energía y un trabajo fructuoso. Del mismo modo, él desposa la naturaleza-tierra de la mujer y encuentra su felicidad en la liberación sexual y en su progenie. Está profundamente apegado a la sustancia productiva que él fecunda con su simiente, ya sea la tierra negra o un cuerpo vibrante. Este apego es funcional e instintivo; tiene profundas raíces en el inconsciente colectivo de todos los seres humanos. Es una fuerza compulsiva que obra en un nivel en el que no hay libertad de decisión o de selección, donde no hay personalidad. Sin embargo, es una fuerza productiva. Su única finalidad reside en el mayor incremento posible de simiente y de sustancia y, en una etapa ulterior de la evolución humana, de mercancías utilizables y de productos cultivados.Cuando ideales trascendentes comienzan a superponerse a las finalidades de la productividad biológica y cultural y buscan a fin de cuentas minimizarlos, cuando la intensidad devocional del místico o del santo se nutre de ascetismo y de experiencia subliminal o de martirio, entonces surge un nuevo tipo de amor que está dotado de un valor espiritual. Sin embargo, en este amor permanece esencialmente un tipo de emoción compulsiva, ya sea amor a Dios o a cualquier persona o imagen deificada. La pasión por el más allá puede ser una fuerza tan tiránica como el apetito sexual; sus raíces están profundamente sumergidas en el inconsciente y en el fatum. Las hojas verdes de una planta son irresistiblemente atraídas por la luz del Sol de manera que puedan realizar su función vital de fotosíntesis. De manera similar, el devoto vuelca su naturaleza emocional hacia una imagen trascendente, en el teotropismo de un amor que aspira a captar el esplendor de la divinidad y a fijarla en la sustancia-hoja de una humanidad aún muy lejos de la condición de personalidad-semilla madura.

Cuando, ulteriormente, la tendencia al individualismo comienza a afirmarse, cuando el intelecto racional y sus perspectivas analíticas atomizan la sociedad y aíslan los egos unos de otros, cuando los complejos y temores personales y las aspiraciones apasionadas a una experiencia de unión y de pérdida de sí mismo en el otro, desgarran el alma perdida, un nuevo tipo de amor compulsivo se desarrolla. Es el amor basado en el vacío y en la necesidad psicológicos. Es el amor del romántico, el amor de egos adolescentes atemorizados por la responsabilidad de ipseidad consciente y productiva. Es el erotropismo de personalidades inseguras que buscan recalentarse o ser consumidas por el fuego de Eros convertido en universal e impersonal. Este tipo de amor tiene como finalidad inicial estimular a la actividad la sustancia del alma, liberar el fuego emocional; atravesar, como un relámpago, la inercia de la carne y de la psiquis inconsciente ligada a la tierra. Vibrar, sentirse vivo y en un estado de movimiento interior, en un estado abrasador: tales son las necesidades del tipo de personalidad adolescente, del mismo modo que el alma virgen del devoto y del místico tiene necesidad de experimentar el éxtasis del amor divino, buscar el fuego del abandono de sí a la irrupción de la sustancia-luz universal.

En los dos casos, la finalidad del amor se pierde en el estremecimiento o en el éxtasis de la experiencia del amor. Los participantes son interiormente impulsados hacia el fuego torturador o hacia la luz cegadora de este amor. Prácticamente no hay selección consciente. El individuo está enamorado del amor. Él no se da cuenta conscientemente de los actos de amor por o con otro ser, ya sea este ser humano o divino. El no comparte, deliberadamente, su plenitud con otro, simplemente porque todavía no es una personalidad madura, porque su amor está condicionado por la privación y la esclavitud. Es una tentativa irracional y apasionada para compensar un egocentrismo juvenil o ulteriormente cristalizado, para quemar las estructuras limitantes del ego individual, para liberarse de sí mismo y convertirse en uno con el todo, y en primer lugar con el amado. En ciertos casos es una rebelión violenta de los seres humanos que buscan reafirmar su ego individual contra los tabúes de la vida tribal o contra las tradiciones, la ligereza y las apariencias de la sociedad.

En todos los casos, este amor, que tiene la naturaleza del fuego, busca la liberación y la emergencia en un dominio de poder y de actividad mayor o más vasto. Consume límites y servilismos; es una fuerza revolucionaria, un fervor emocional que desea ardientemente lo más allá trascendente. Presenta un vivo contraste con el amor tribal que es flameante y que aureola el trabajo que se ha hecho conjuntamente, que es una fragancia natural de una realización común en un sentido instintivo-cultural, un sentimiento feliz de participación conjugado con un organismo colectivo cuya ley estructural no es puesta en tela de juicio y que jamás es sentida como una esclavitud. Este amor biológico-social es una expresión de la voluntad de la productividad incrementada; sirve y glorifica a la simiente. En cambio, el amor del místico cristiano, de Tristán e Isolda, o de Dante por Beatriz, es un fuego devorador que trastorna, desraíza, libera y transfigura o enloquece – a los hombres y a las mujeres que desean desesperadamente liberarse del ego y de las reglas sociales y que aspiran ávidamente al mar infinito de la consciencia cósmica.

En la mayor parte de los casos, el fuego de este amor surge del sexo; pero el sexo en absoluto debe ser comprendido aquí en términos de la liberación de un poder fundamental, de esencia electromagnética con armónicos psíquicos muy potentes. No es el sexo con la finalidad de engendrar una progenie (el sexo procreador) sino la unión sexual vista como un medio para vencer la diferenciación y la polarización, para estimular en el alma la voluntad de fusión con el otro, triunfando sobre la separatividad individual, sobre el aislamiento personal y sobre la soledad. Bajo el abrasador calor psíquico engendrado por este amor sexual pero no procreador, los esquemas moleculares y atómicos de la ipseidad individual se ven profundamente modificados. La personalidad puede verse ionizada, desprovista de todo lo no esencial, libre de unirse en el éxtasis con otros individuos, bajo el poder compulsivo de energías de la raíz común, donde todos los hombres son uno en una unidad inconsciente.

Cuando está finalmente disociado del sexo, este amor que trasciende el ego y que borra la diferencia, puede ser interpretado y vivido como un impulso de unión con el Uno o, a través de un uno, con el Todo. El amante trascendente puede buscar una unión interior con Dios o una comunión exterior con la humanidad. Pero, cuando la primera búsqueda alcanza su objetivo, debe siempre desembocar en el tipo de vida ilustrado por un Buda o por un Cristo. El que se ha convertido en uno con Dios, debe asumir la carga espiritual de una humanidad descarriada y esclava de la tierra. Debe constantemente esforzarse en transformar la inconsciencia y las oscuras compulsiones del instinto en iluminación consciente. Debe demostrar la caridad irradiante que transfigura el servicio del pobre y del herido en acto de amor por todo el género humano.

Este amor compasivo no es productor de semilla, pero libera progresivamente a la humanidad en su conjunto del servilismo respecto al pensamiento de separatividad y a la inevitabilidad aparente del conflicto y de la guerra; es un poder unificador. Integra las realidades esenciales de individuos, de grupos y de naciones consumiendo en su fuego lo no esencial que engendra división y odio. Busca reconstituir, a nivel consciente, en personalidades maduras, la unidad primordial inconsciente del estado tribal, y a reconstituirla en la inclusividad total. La unanimidad tribal excluye todas las demás tribus; pero el amor trascendente traspasa las fronteras, las culturas, los credos. Tiene como finalidad el mundo uno de una humanidad global verdaderamente organizada. Con este fin, es partícipe de la ciencia y la tecnología modernas gracias a las cuales la unidad del mundo se ha convertido en un hecho real, concretamente experimentable, que ningún hombre honesto e inteligente puede ignorar.

En sus tentativas conjugadas y multipersonales para establecer un conjunto de verdades aceptables por todos los hombres por ser evidentes en sí mismas, la ciencia, como el amor trascendente, triunfa sobre las barreras rígidas con las cuales las culturas tradicionales, las religiones organizadas y el orgullo racial han asediado y obstaculizado las colectividades humanas diferenciadas. Las técnicas científicas pueden elaborar los medios generalizados necesarios para una comprensión mutua y para el intercambio personal a gran escala, si son dirigidas espiritualmente. La ciencia también es liberadora de fuego: el fuego contenido en el átomo que podría constituir la base necesaria para la integración de todos los pueblos. Y si la energía atómica es potencialmente destructora de estructuras obsoletas y de nacionalismos regresivos, el amor lo es también, pues es un fuego consumidor, una fuerza iconoclasta que destruye por el fuego las cristalizaciones personales y los objetivos prescritos por el llamamiento de porvenires creadores. Hasta que el hombre se haya establecido, individual y colectivamente, sobre el plano de la inteligencia consciente y de la capacidad de respuesta madura a los principios creadores universales, hasta que haya alcanzado el estatus que es solamente posible a la persona verdaderamente individualizada, hasta ese momento deberá haber destrucción por el fuego, deberá haber trascendencia y victoria.

Pero llega, por fin, el día en que el amor actúa de nuevo como servidor de la productividad: una productividad que ya no está condicionada por una compulsión instintiva e inconsciente y que no tiene ya un carácter biológico y tribal, sino que es la coproductividad de personas maduras en y a través de las cuales actúa Dios como Creador Universal. La clase de semilla que esta coproductividad busca incrementar por un tipo de cultura que trasciende la tierra, es una semilla ideal-espiritual o, simbólicamente hablando, celeste. La semilla de la inmortalidad personal del hombre y la semilla de una nueva cultura fundada en la plenitud del intercambio humano consciente.

La coproductividad de personas maduras en las que, y a través de las que Dios actúa el Dios Creador Universal – ofrece las bases únicas sobre las que puede construirse una nueva imagen del amor que nuestra humanidad moderna tiene necesidad tan aguda de ver exteriorizada en la estructura de sus matrimonios y de todas las actividades sociales que reúnen a hombres y mujeres en calidad de copartícipes y, potencialmente, compañeros. Estas frases pueden transmitir una tonalidad mística que las hace sonar extrañamente, de manera inasible o desprovista de sentido, para la comprensión del intelecto moderno de uno o de otro sexo.

Se refieren, sin embargo, a las realidades más profundas de la consciencia y del amor humano. Se puede penetrar en el sentido de estas realidades si uno ha abandonado su confianza en las superficialidades o en el idealismo trascendente de una sociedad ávida de plenitud de vida, oponiendo, al mismo tiempo, incesantes obstáculos a la irrupción de poder y de visión que es la única que puede aportar al hombre la consumación, la paz y el sentido de participación en los valores inmortales. Hay coproductividad de personalidades maduras cuando el hombre y la mujer se unen, como personas individuales, para realizar deliberadamente, en la cooperación y el amor plenamente conscientes, actividades productivas. Es una producción que viene desde la personalidad, mientras que la producción instintiva inconsciente del hombre y de la mujer ceñidos a los esquemas biopsíquicos de comportamiento y de sentimiento o desesperadamente conducidos por su sed de trascendencia y de rechazo de estos esquemas – es una producción dirigida hacia la obtención final de una personalidad madura.

Sin embargo, el estado de personalidad verdaderamente madura jamás es realizado antes de que la persona individualizada no sea capaz de desprenderse de lo que C. G. Jung ha llamado la tensión del consciente y de aceptar un modo de vida transpersonal; antes de que el individuo, hombre o mujer, no haya triunfado sobre la estrechez de un ego obsesionado por la preocupación de mantener su estructura tan rígida de manera que se encuentre completamente cerrado a todo influjo de poder.

Una personalidad verdaderamente madura opera en la trama estructural de un ego relajado. El centro de este ego relajado es capaz y está impaciente por abrirse al descenso de la energía universal y de las realizaciones ideo-espirituales. En otro sentido, es como una lente a través de la cual las vastas corrientes de la mente universal son dirigidas hacia un punto de focalización de una densidad tal que toman la forma de ideas y palabras: imágenes y símbolos emocionalmente estimulantes. La primera alternativa (el centro abierto), si no es tomada en un sentido demasiado literal, describe lo que significa arquetípicamente la vía transpersonal para una mujer que es una persona consciente individualizada. La segunda alternativa ( la lente clara como un cristal) da una clave básica para la naturaleza interior del hombre que ha alcanzado un nivel similar de desarrollo. En los dos casos, el hecho esencial es que el espíritu universal puede actuar a través del ego individual, e impregnar, con la finalidad y el poder de Dios, el organismo total de la personalidad.

A través de la lente clara como un cristal en el corazón del ego del hombre, la finalidad de Dios está focalizada en una idea formulada, en una estructura operativa (planos y programas de trabajo). A través del centro abierto en el corazón de la personalidad consciente e individualizada de la mujer, la potente corriente del Espíritu Santo fluye. Cuando el hombre y la mujer unen sus seres en el ritual de un amor transpersonal, conscientemente inclusivo, la emanación bipolar de lo divino se convierte en un acto de poder transformador y concretamente creador. Este es realizado a través, por intermedio del amor del hombre y la mujer. Este amor es conscientemente coproductor, y no compulsivo e inconsciente. No está enraizado en el instinto biopsíquico. Por el contrario, es una respuesta deliberada a la necesidad de la humanidad, cualquiera que sea esta necesidad.

A nivel biopsíquico, el macho y la hembra están unidos, bajo el violento impulso del instinto, para proveer una agencia bipolar a través de la cual la vida podrá obrar. En este tipo de unión, el hombre y la mujer actúan como portadores de esperma y de óvulos y no como personas individuales. Incluso cuando el acto puramente instintivo desarrolla potentes armónicos de sentimientos, emociones ideales personalizadas, incluso cuando el amor apasionado surge como una llama devoradora del horno del sexo flameante y trata de negar su fuente biológica, incluso entonces, a menos que no sea bloqueado artificialmente, el encuentro del esperma y del óvulo se efectúa bajo el control de la vida genérica impersonal que anima a la especie humana y asegura su perpetuación, a pesar de los deseos humanos personales o de los planes superficiales. La Vida es el Actor a través de los hombres y de las mujeres inconscientes de sus planes.

Cuando hombres y mujeres son capaces de obrar a nivel ideo-espiritual, la vida es suplantada por el Espíritu divino creador. Este Espíritu divino actúa en y a través del hombre y de la mujer consagrados que unen consciente y deliberadamente sus seres para que la necesidad de la humanidad pueda ser colmada y que su participación, voluntariamente asumida al gran designio planetario, pueda ser plenamente consumada. En este acto creador del Espíritu a través del hombre y de la mujer, el amor alcanza su expresión más perfecta; es entonces la divinidad en acción. Dios es amor, no un sentimiento de unidad vagamente idealista o la abrasadora y penetrante pasión que desea ardientemente el éxtasis del olvido de sí mismo y de la beatitud trascendente, sino el amor que es clara respuesta creadora a la necesidad del mundo.

El Espíritu es siempre, lo repito, una respuesta creadora a las necesidades del mundo. La Creación no es un juego, como quisieran hacernos creer los filósofos hindúes que han tratado de reaccionar contra el funcionalismo y el totalitarismo de la sociedad brahmánica. La Creación es la respuesta de Dios a un mundo en el caos, a la necesidad de aquello que ha llegado a vivir la desintegración total y la atomización de la materia completamente privada de la luz del espíritu. La Creación es la perpetua reinstauración de la armonía universal. Es un acto de ideación integradora por la inteligencia divina que es la armonía absoluta.

 

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El hombre y la mujer pueden, conscientemente y en la plena productividad de su humanidad total, tomar parte en este acto siempre renovado de creación divina. Pueden hacerlo de manera incompleta, como personalidades aisladas, porque la globalidad del universo y la plena esencia de la divinidad están latentes en toda persona individual. Sin embargo, para llevar lo que es latente y solamente potencial a una condición de actualización total y de eficiencia completa, la persona individual debe, más allá de las fronteras de su ego, tender hacia aquellos con quienes, en la interdependencia y la consagración conjugada, puede consumar el ritual del Espíritu. El hombre tiende hacia la mujer; la mujer tiende hacia el hombre. Y ambos pueden saberse partícipes de una vasta compañía de personas consagradas que, a partir de la raíz de la humanidad común del hombre, construyen la simiente última y global, el Hombre. En este hombre se realiza el designio creador de Dios, en lo que concierne a la humanidad en esta tierra. En este Hombre bipolar se concretiza plenamente el Verbo divino que era al principio, y se condensa el poder de la naturaleza divina donde, como en la simiente, la estructura arquetípica y la potencia de vida están combinadas.

Dane Rudhyar

 

Extractado por Alberto Carvajal de
D. Rudhyar.- Preparaciones Espirituales para una Nueva Era.-
Editorial Heptada.- Madrid.

 

 

Dificultades y Defensas en Psicoterapia

Dificultades y Defensas en Psicoterapia

En otras oportunidades hemos hablado de comprender al paciente. Ahora bien, comprender al paciente no sería tan difícil si pudiéramos contar con un deseo equivalente por parte de éste de conocerse a sí mismo, de evaluarse, de aceptarse y de dar todos los pasos necesarios para lograr la auto comprensión; no sería tan difícil si el paciente mantuviera contra viento y marea esta actitud: Quiero saber quién soy, cómo soy, qué estoy haciendo y cómo puedo cambiar lo que no es deseable. Como ustedes saben, no podemos contar con que el paciente tenga esa actitud, y si la tiene, será sólo por momentos. Este fue uno de los grandes descubrimientos de Freud: advertir que en psicoanálisis trabajamos en una situación de desventaja. A esto lo llamó resistencia. En la actualidad vacilamos en emplear dicho término, por una serie de razones. No estoy segura de que el término tenga algo de malo, pero para nosotros un obstáculo, bloqueo o resistencia es algo muy distinto de lo que Freud entendía por ello. Por lo tanto, sería preferible usar un término distinto.

Por ejemplo, el uso que da Freud al término resistencia atribuye demasiada responsabilidad al paciente. Freud tomó el término de la física, del hecho de que una corriente eléctrica que circula, inevitablemente encuentra una resistencia. De modo que el término original no dice nada en lo que concierne a la práctica analítica, y el concepto mismo no indica si la dificultad con la que tropezamos tiene origen en el analista o en el paciente.

Naturalmente, al principio Freud estaba interesado sobre todo en el paciente y en lo que parecía ser su renuencia a aceptar ciertas interpretaciones, o su falta de voluntad o capacidad para cambiar. Sin embargo, aunque es verdad que Freud se interesaba en este fenómeno en el paciente, también reconoció muy pronto que podía haber dificultades por parte del analista. Incluso si ustedes se guían principalmente por los conceptos freudianos, podrían esmerarse, como ya ha sido hecho, en reconocer cada vez más las dificultades que aporta el analista a la terapia analítica. Les recuerdo a Frieda Fromm-Reichmann, quien, al menos en cierta medida, basa su obra en las teorías de Freud, y que ha llegado bastante lejos en el reconocimiento de las dificultades que aporta el analista.

Otra objeción fundamental al concepto de resistencia es que se trata de un concepto muy poco diferenciado, demasiado general. Difícilmente podríamos hacer alguna objeción o crítica si viéramos el fenómeno tal como lo veía Freud. En tal caso seríamos incapaces de percibir algunas vastas implicaciones, y reconocer las limitaciones de la concepción de Freud. Sólo veríamos el fenómeno de la resistencia tal como Freud lo describió.

Ahora bien, por qué planteo aquí la cuestión? No porque me interese polemizar con Freud. Habrá otras oportunidades para ello. Lo hago porque este antiguo concepto adolece de falta de claridad y podremos ver más claro si comenzamos con nuestro propio concepto. La generalización que hizo Freud, y a la que encuentro reparos, es que todo lo que retrasa el análisis puede ser llamado resistencia. Pero eso podría incluir o tener relación con todas las dificultades neuróticas. Freud, basándose en su concepto, dijo que un superyo particularmente estricto o una intensa actitud narcisista pueden ser formas de resistencia. Traduzcamos esto a nuestros conceptos. Nosotros diríamos que cosas como la sumisión de un paciente, su tendencia a acusarse a sí mismo, sus exteriorizaciones, son factores retardatorios. Ocasionan dificultades en la terapia. Viendo las cosas de ese modo, tendríamos que decir a continuación que los bloqueos son las defensas del paciente, defensas que éste opone a la terapia analítica y que son casi idénticas a sus fuerzas obstructivas. Lo que deseo no es tanto cuestionar el concepto como definirlo con más claridad.

En este sentido, lo que hoy digo difiere de lo que he dicho antes. Ahora, al hablar de los factores retardatorios, me aventuro en algo nuevo que intento aclarar. Creo que el primer paso hacia lo que voy a presentar lo di hace mucho tiempo en mi libro El autoanálisis. Sugerí que la resistencia, o como quiera que se lo llame, era la tendencia del paciente a mantener el statu quo. Tiempo más tarde amplié la definición de modo que incluyera no sólo el deseo del paciente de mantener el statu quo, sino también su deseo de mejorar el funcionamiento de sus neurosis. Es decir, el paciente desea conservar su neurosis, pero sin las dificultades y trastornos que le provoca. Las diferencias entre estos conceptos de la resistencia ya no nos parecen importantes. Anteriormente, cuando consideraba la resistencia como la necesidad de mantener el statu quo, hice una distinción entre la neurosis en sí misma y la necesidad de defenderla. En realidad esta distinción no estaba claramente definida, y hace poco tuve que asegurarme de lo que había escrito. Volví a leer el capítulo El camino de la terapia psicoanalítica de mi último libro, Neurosis y desarrollo humano. Desde el punto de vista que presento hoy, lo que escribí en ese capítulo no parece nada claro.

En cierto modo, cuando decimos que los bloqueos son lo que obstaculiza nuestro trabajo, queremos significar que tienen origen en las fuerzas obstructivas del paciente. Eso en parte es correcto. Empleamos el término fuerzas obstructivas para referirnos a las fuerzas que bloquean el progreso del paciente. Es decir, que no son de índole totalmente destructiva. Por ejemplo, si un paciente se siente impulsado a ser útil compulsivamente útil-, eso puede a veces ser provechoso para otras personas e, indirectamente, también para él. O bien una actitud de superioridad, el sentimiento de que no hay nada que no pueda hacer, puede impulsarlo a veces a enfrentar dificultades reales y, en este sentido, también puede ser de indiscutible utilidad. Debemos puntualizar sin embargo que el término fuerzas obstructivas tiene un marco de referencia específico, a saber, la obstrucción del progreso del paciente. El mismo punto de vista prevalece en la terapia porque deseamos ayudar al paciente a progresar. Cualquier cosa que impida su progreso y su desarrollo en la vida real también obstaculizará sus intentos y los nuestros de ayudarlo a progresar en la terapia. Su superioridad, su planificación, su control, su superación de las dudas sobre sí mismo, su convicción arbitraria de que tiene razón, perturban sus progresos en general y también perturbarán la terapia psicoanalítica.

Hasta ahora hemos dicho que los bloqueos son modos particulares con los que las fuerzas obstructivas se manifiestan en el proceso psicoanalítico. Se manifiestan allí de modos particulares, al igual que se manifiestan de modos particulares en la escuela, en el empleo, en relación con el trabajo o en el matrimonio. Sin embargo, si lo planteamos de esta manera, hablar de bloqueos o resistencia es bastante redundante, puesto que significa que los problemas que enfrentamos son en realidad las mismas dificultades neuróticas que llevan al paciente a tratarse. O bien podríamos decir que la terapia psicoanalítica es difícil porque el paciente aporta a ella todas sus dificultades neuróticas y nosotros, como analistas, tenemos que lidiar con esas dificultades. Esto resultará más claro si lo comparamos con la enfermedad orgánica.

Piensen en una fractura o en cualquier otra enfermedad. El cirujano tiene que habérselas con ciertas dificultades en la fractura. Es una fractura simple o compuesta? Es fácil de reducir? Hay infección? Y así sucesivamente. Pero en realidad el cirujano distinguirá como siempre lo han hecho los médicos (aunque es algo que se ha vuelto más explícito en estos días)- entre las dificultades propias de la enfermedad, digamos, la fractura, la tuberculosis o el cáncer, por una parte, y por otra, la actitud del paciente hacia la fractura, su actitud hacia la curación, su actitud hacia el médico. Desearía plantear esta pregunta: hay algo equivalente en la terapia psicoanalítica? No podemos esperar que las cosas sean tan claras como en el caso de la enfermedad orgánica, pero, es posible una distinción similar?

Todos tendemos a hacer una distinción ingenua entre los trastornos que presenta el paciente: digamos, por una parte, su ansiedad, su rigidez, su orgullo, su vulnerabilidad, y por la otra, su renuencia a hablar de ciertas cosas, su falta de motivación, su falta de cooperación, sus permanentes olvidos, su rechazo de las interpretaciones. Hacemos esta distinción sobre una base emocional, por así decir, ya que cuando pensamos en aquello nos damos cuenta de que la distinción no tiene sentido: el hecho de que el paciente calle algunas cosas es tanto una expresión de su estructura y dificultades neuróticas como lo es su ansiedad. O bien su negativa a verificar lo que el analista le dice su presunción de estar en lo cierto, por ejemplo- es tanto parte de su neurosis como lo son, digamos, sus trastornos psicosomáticos. Sin embargo, tenemos una actitud un tanto diferente hacia cada una de estas dos categorías de dificultades. Como dije, si pensamos en ello no le encontraremos sentido. Pero, si miramos cuidadosamente en nosotros mismos, descubriremos esta actitud o sentimiento de que se trata de dos categorías realmente distintas.

Permítaseme abordar la cuestión desde otro punto de vista. Cómo es el paciente ideal, el paciente con quien soñamos? Es un paciente que, suponemos, acude con todas sus dificultades. No podemos sino suponer tal cosa. Es decir, acude con su orgullo, sus vulnerabilidades. Estos factores que obran en el paciente también se dirigen hacia nosotros dentro del proceso analítico. Cuando llamamos su atención sobre un ejemplo particular de orgullo o vulnerabilidad, sobre los recursos que emplea para salvar las apariencias, el paciente ideal se mostrará deseoso de aprender al respecto. Dirá: Tiene usted razón. Ocupémonos de ese maldito asunto. Sin duda, este paciente hipotético, ideal, calla algunas cosas, consciente o inconscientemente, por la razón que sea, pero si advertimos su reserva y le demostramos: En este punto usted ha callado algo y eso no beneficia al proceso, y le mostramos exactamente el modo cómo algo lo puede perjudicar, dirá: Por Dios, tiene usted razón! Y estará ansioso por examinar el punto, y finalmente, por cambiar. O digamos que le mostramos su modo improductivo de vivir, o que advierte cada vez más por sí mismo su modo improductivo de vivir, el hecho de que no está utilizando sus recursos, de que no es creativo, de que no es feliz o lo que sea, en cuyo caso se mostrará ansioso por saber cuál es la causa, por adoptar una postura y por hallar una orientación más productiva. Aunque he dicho que éste es el paciente con quien soñamos, no es algo totalmente fantástico. Cosas así pueden ocurrir. Los de más experiencia entre ustedes quizás hayan tratado a veces esta clase de pacientes.

Les daré un ejemplo que nos llevará un paso más adelante. Se trata de una paciente que me ha impresionado mucho, y cuyo trabajo en el análisis ya he comentado varias veces. Se desempeña con mucha eficiencia como jefa de un organismo social: trabaja duro con gran dedicación, es buena organizadora y considera que los sindicatos son valiosos. En cierto momento los trabajadores sociales formaron un sindicato y a ella le pareció bien. Tenía la profunda convicción de que era una medida acertada. Pero, como es natural en un proceso semejante, y en especial tratándose de un sindicato, se produjo cierta tensión. Aunque tenía buen entendimiento con sus empleados, comenzó un período de transición en el que éstos se mostraron bastante belicosos. Ella era la jefa, y los empleados estaban luchando por sus derechos, aunque quizá la lucha no era del todo necesaria. Mi paciente se sintió terriblemente trastornada. Vino a pedirme consejo, ansiosa y deshecha en lágrimas. Tuvimos una conversación. Había de por medio dos factores neuróticos, de los cuales mencioné uno solo, a saber, su necesidad de afecto, y podría haber añadido, ciertas exigencias relacionadas con esa necesidad: ella había sido una buena jefa (lo era, en realidad). Es decir, siempre había mostrado consideración por los empleados, por sus sentimientos y necesidades. Cuando comprendió que se trataba de una tensión transitoria, su necesidad neurótica de afecto y su exigencia de ser estimada por sus subordinados cedieron. Nuestra conversación duró apenas dos horas, pero tuvo un efecto muy pronunciado y la ayudó a desprenderse de su excesiva necesidad de afecto y a reconocer el verdadero alcance de la situación. Muy pronto volvió a estar en buenos términos con sus empleados.

Ahora bien, cómo pudo lograrlo? Había en juego factores neuróticos bastante poderosos: su necesidad de afecto era muy grande, como también lo eran algunas de sus exigencias. Pero también entraban en consideración otros valores que para ella eran mucho más importantes. Estaban, para empezar, sus convicciones acerca de los sindicatos. Lo que es más importante, sentía una profunda devoción por su trabajo, de modo que si su necesidad de afecto y las exigencias a ella asociadas llegaban a interferir con la eficacia de su trabajo creando tensiones, tenían que ser abandonadas, como en efecto ocurrió. Podría parecer como si sólo estuvieran actuando fuerzas constructivas a las que la paciente podía recurrir. En realidad, no es así. Había también, como lo advertí más tarde, otro factor que hizo posible este rápido cambio, y que era que su profunda convicción de que Se trata sólo de mí, sólo de factores personales. Mi paciente sintió que esos factores que antes habíamos reconocido como su necesidad neurótica de afecto y su exigencia de que se le profesara estima- no debían interferir en su trabajo, por el cual sentía tanta devoción. En todo caso, había valores más significativos para ella que su necesidad y su exigencia neuróticas. Si su devoción al trabajo y a su trabajo analítico- no hubiera prevalecido sobre la neurosis, podemos suponer que se habría puesto a la defensiva y hubiera dicho: Después de todo, siempre he sido una buena jefa. Ellos podían confiar realmente en mí, podían tenerme confianza, y así sucesivamente. Pero no fue esto lo que dijo.

Por lo tanto, en este caso no es la dificultad neurótica en sí lo que determina la dificultad terapéutica. Nuestra pregunta es: se pone el paciente a la defensiva respecto de esas actitudes que se someten a examen? Esta paciente explora en lugar de defender. En otras palabras, se trata de la actitud del paciente hacia sus propias necesidades y exigencias neuróticas. Lo mismo puede decirse de cualquier otra situación. El paciente acude con su orgullo, sus vulnerabilidades, o sus modos de salvar las apariencias, o sus evitaciones. Estas son las dificultades con las que acude, y que dan lugar a dificultades en el tratamiento. Pero es provechoso distinguir esas dificultades de las defensas de que se vale para protegerlas. Es decir, lo que cuenta es, se pone a la defensiva respecto de su orgullo, por ejemplo? O está deseoso de analizar las cosas?

Por eso el tema de esta conferencia es Dificultades y Defensas. Esto no significa, repito, que las defensas no sean dificultades. Unas y otras presentan problemas en el tratamiento analítico, pero creo que es provechoso distinguirlas. Si aceptamos esto, debemos preguntar: qué defiende el paciente?

Evidentemente, el paciente no defiende la neurosis en su totalidad. Hay ciertos factores de los que le gustaría librarse. En primer lugar, le gustaría librarse de algunos síntomas que lo perturban realmente, como la ansiedad invalidante, el odio a sí mismo o lo que sea. Pero no sólo desea librarse de los síntomas. También quiere librarse de sus inhibiciones, sean cuales fueren. Le desagradan su incapacidad para reafirmar sus sentimientos o creencias, su timidez, su incapacidad de decir no. Sin embargo, defiende lo que para él son valores subjetivos de la estructura neurótica. O, para decirlo de otro modo, cada vez que el paciente se pone a la defensiva, hay en juego un valor subjetivo, siempre que, para volver al ejemplo de la jefa del organismo social, ese valor subjetivo no sea superado por algo más importante, por prioridades. Y estas prioridades serán, en primer lugar, sus fuerzas constructivas. Sin embargo, entre las prioridades puede haber también elementos neuróticos. Por ejemplo, consideremos la historia de Ignacio de Loyola. A cierta altura de su vida decidió que la carrera de santo era más importante para él que disfrutar del solaz que podían procurarle las mujeres. Y su determinación, su férrea voluntad de amoldarse a esa santidad fue para él mucho más importante que sus conquistas femeninas. Tenemos aquí a un hombre que decidió lo que quería al comienzo de su carrera (Es difícil juzgar si más tarde tuvieron peso otras motivaciones verdaderamente religiosas). La carrera de santo le parecía más importante que cualquier otra cosa. Su determinación le permitió renunciar a multitud de cosas que, por comparación, tenían poca o ninguna importancia.

Como sabemos, en muchos casos las actitudes del paciente hacia sus propias tendencias están divididas. Por ejemplo, muchos pacientes aprecian su carácter vengativo porque lo consideran un arma necesaria o un medio de justificarse, de sentirse superiores a los demás. Pero en otros aspectos o en otras oportunidades detestarán su carácter vengativo o les provocará temor. En otro ejemplo, un paciente deseaba más que ninguna otra cosa la espontaneidad, pero su temor a la crítica determinaba que nada fuera para él más terrible que la espontaneidad. Por lo tanto, su actitud estaba dividida. También aquí debemos saber con certeza y no dejarnos engañar por el hecho de que el paciente ponga de relieve su deseo de algo como la independencia o la espontaneidad. Si después de un largo período no ocurre nada en ese sentido, si no consigue desarrollar lo que dice que es su deseo, aún debemos preguntarnos: Qué es realmente lo que está en juego aquí? Está defendiendo el paciente ciertos valores subjetivos?

Lo que quiero decir está muy bien ilustrado en una novela de Pearl Buck. Un médico vio a un hombre que tenía un tumor en la parte posterior del cuello. Como era un médico que se preocupaba realmente por la salud de la gente, le dijo al hombre que haría bien en ir a un hospital para que hicieran algo con su tumor. Oh, no, dijo el hombre, mi alma está en ese tumor. Es decir que subjetivamente valoraba ese tumor como su alma. Antes de examinar estos valores subjetivos, quiero referirme a una objeción que puede confundir los problemas. A esta altura podríamos preguntar: La neurosis en sí misma, no es en todo o en parte una defensa?

Si fuera así, las defensas que vemos en la terapia psicoanalítica serían entonces los medios habituales de que se vale el neurótico para defender su estructura neurótica o algunos aspectos de ella. Creo, sin embargo, que la opinión que he escuchado en nuestro Instituto No es la neurosis en todo o en parte una defensa?- en el mejor de los casos sólo se justifica desde un punto de vista histórico-genético. Consideremos el afecto o el amor o el poder neuróticos. Estos han surgido, si se desea plantear las cosas de ese modo, como defensa contra la ansiedad básica, como medio de sentirse más seguro. En ese sentido se los podría llamar movimientos defensivos. Si, no obstante, dejamos de lado los orígenes de esos impulsos y los contemplamos desde un punto de vista fenomenológico, y nos limitamos a tratar de describir las cualidades de esos impulsos, podemos decir: he aquí impulsos digamos el anhelo de poder-, impulsos tan fuertes que Freud, por ejemplo, los consideraría de naturaleza instintiva.

Pero hay otras posiciones neuróticas de una cualidad más inmediatamente defensiva, que alivian la ansiedad, y protegen contra los daños o protegen contra el derrumbe a partes de la estructura. Consideremos, por ejemplo, la rectitud arbitraria. No se trata de un impulso. Se trata principalmente de una actitud defensiva, en el sentido en que empleo aquí el término: la rectitud arbitraria elimina las dudas sobre sí mismo, proporciona una piel protectora, como el baño de Sigfrido en la sangre del dragón. Protege contra la crítica. De modo que el paciente la trae a la situación analítica. Esa rectitud arbitraria, es ahora una dificultad o una defensa? Pienso que ambas cosas. Naturalmente, crea una dificultad en el análisis del paciente, pero lo que cuenta es si éste se pone a la defensiva respecto de esa rectitud, o la examina, considerándola un problema que debe ser analizado. Ahora bien, en el análisis hará primero una cosa y luego la otra. Puede muy bien ponerse a la defensiva y decir sencillamente: Ocurre que yo sé que tengo razón. Esto significa que cree que siempre tiene razón. O, por otra parte, puede decir (como lo hizo uno de mis pacientes) que le importa un ardite si tiene razón o se equivoca, pero que las cosas son como él las ve, lo cual es otro modo de defender su rectitud. Más tarde ese mismo paciente puede llegar a considerar esa misma rectitud como un problema. Habrá aprendido en el intervalo que constituye una dificultad para la terapia. Habrá aprendido acerca de sí mismo y podrá aceptarse mejor. Es decir, más tarde puede estar deseoso de considerar esa rectitud arbitraria como un problema y examinarla. Podríamos decir que su rectitud arbitraria es primero una dificultad cuya defensa asume, y más tarde una dificultad que desea analizar. O sea que, en lo que se refiere a las actitudes primariamente defensivas, tendríamos que hablar de la defensa de una defensa.

 

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Veamos ahora los valores subjetivos que defienden los pacientes. Estos valores subjetivos son de dos clases. Una se compone, en síntesis, de valores positivos que el paciente defiende porque piensa que implican algo precioso. Además están los valores protectores o defensivos, que no aprecia por sí mismos, pero los considera indispensables como protección contra algo. El equivalente sería, en escala nacional, que podemos salir en defensa de algo que consideramos precioso, digamos nuestro modo de vida democrático, y que también podemos salir en defensa de algo que sirve realmente para defendernos, digamos nuestros recursos o secretos militares. La mayor parte de las actitudes o defensas que encontramos en la terapia analítica deben ser consideradas desde ambos puntos de vista. Tomemos por ejemplo el impulso al poder en cualquiera de sus formas. Es algo que el paciente considera un valor positivo, pero también sirve de protección contra el sentimiento mucho más temido de desamparo.

Asimismo podemos observar que hay diferencias en la medida en que algunas actitudes tienen un componente defensivo: algunos valores subjetivos son principalmente defensivos y otros son principalmente positivos. Por ejemplo, consideremos la diferencia entre una persona que tiene un impulso hacia el poder y otra que tiene igualmente un impulso, pero hacia un rígido autocontrol. La primera posee un valor más positivo porque presenta un gusto por la vida. La segunda posee lo que es principalmente un valor protector. Hablando de los valores positivos, a esta categoría pertenece todo lo que da a una persona gusto por la vida, un sentimiento de significado o satisfacción, o brinda un sentimiento de valía, fuerza o corrección.

En esta categoría de valores positivos que el paciente defiende, considero que el primero entre ellos es el impulso apasionado, que da a la neurosis un carácter demoníaco: después de todo, se decía en un tiempo que esas personas estaban poseídas por demonios. Es una buena descripción. Las personas son poseídas por la ambición o el poder. O bien las personas están obsesionadas por reformar el mundo, personas como Calvino o Savonarola. O bien son impulsadas inexorablemente hacia el amor, porque esperan que colme sus vidas y les confiera un significado.

De igual modo incluimos a las personas que se ven impulsadas a un desempeño masoquista, como Sacher-Masoch, quien describió el masoquismo, palabra que deriva de su nombre. Eso era lo que le proporcionaba satisfacción. Sin esto, para Sacher-Masoch la vida hubiera sido muy vacía. La misma cualidad impulsiva se advierte en los que manifiestan impulsos sádicos. En una oportunidad, después de haber publicado Nuestros conflictos interiores, recibí una carta de una persona. Me escribía, llena de desprecio, que yo era una tonta. Yo no tenía ni la más remota idea de lo maravillosos que eran esos impulsos sádicos. Lo hacen sentirse vivo a uno, decía. Y son un verdadero impulso; decía, a su manera, que el sadismo daba sentido a su vida, la que de otro modo sería muy vacía. La misma fuerza impulsiva se observa en la explotación, el regateo, el impulso al triunfo vengativo, tanto como en la venganza simple y concreta. Vemos un impulso similar, aunque más encubierto, en aquellos que sienten un impulso a la delicia de destruir y frustrar con el fundamento de que Yo soy desdichado. Por qué habrían de ser felices los demás? Y si uno no puede sentir alegría a causa de la desesperación o lo que sea, entonces la única salida, el único modo de lograr que las cosas tengan algún significado, puede ser destruir, frustrar. Tenemos aquí impulsos que sin duda las personas perciben como eminentemente positivos, puesto que las hacen sentirse vivas, les procuran ciertas emociones o satisfacciones. Les proporcionan un sentido, un gusto por la vida.

Hay otros medios de llegar a sentir que la vida tiene significado, y este sentimiento es muy importante para un neurótico, quien se encuentra tan alienado que debe buscarlo o bien llevar una vida superficial. Esta búsqueda puede conducir a que tenga muchos amigos que cuiden de él, a que resulte aceptable para otras personas, a que ayude a los demás, a que viva para otras personas y a través de ellas, como lo hace mucha gente en su matrimonio, y a que trabaje, aunque su trabajo tenga un carácter compulsivo. Esta búsqueda puede también reflejarse en los muchos factores neuróticos que confieren a una persona un sentimiento de valía, de fuerza, de tener razón. Pienso aquí en las varias clases de orgullo, en la idealización de sí mismo, en la insistencia en ser aceptado por los otros, de ser útil a los demás y así sucesivamente. Hay muchos modos diferentes de adquirir y conservar un sentimiento de valía, o un sentimiento de fuerza a través de una sensación de dominio, como por ejemplo al tomar venganza contra otros, logrando así la ilusión de omnipotencia. Puesto que son sin duda nuestros sentimientos lo que nos hace sentir vivos, nuestros sentimientos de tener sentido y valía se relacionarán con valores positivos que serán fuertemente defendidos.

Sin duda esta lista que he dado de los valores positivos que son preciosos para el paciente, es incompleta. La lista que daré a continuación de valores defensivos o protectores que el neurótico emplea para mantener a salvo los valores positivos, también será incompleta. Entre ellos están las defensas neuróticas contra la ansiedad, tales como las maniobras de distracción, las actividades narcotizantes como beber, dormir, etc. Podemos, al menos en parte, incluir entre los valores protectores las defensas alienantes que reducen la ansiedad, los medios de desviar la fuerza destructiva de los conflictos: la negación neurótica de los conflictos, la compartimentalización, las tentativas de aumentar la eficiencia, el cinismo. Otra clase de defensa protectora sería todo lo que el paciente opone a la crítica, al sentimiento de culpa, al autodesprecio o al odio a sí mismo. Su empeño en ser perfecto es un ejemplo de esa defensa: su intento de cumplir sus debería, o al menos de aferrarse a la ilusión de que los cumple, su rectitud (por medio de la cual elimina todas las dudas que pueda tener), su control, sus simulaciones. Todos estos movimientos defensivos sirven para protegerlo principalmente contra el desprecio y el odio a sí mismo, pero también contra la crítica de los demás. Muchas personas modestas evitan la frustración persistiendo en sus restricciones, manteniéndose en la sombra.

Volviendo a algo más general, hay defensas contra la ansiedad, la desesperación y la desesperanza. Estas dos últimas, la desesperación y la desesperanza la percepción de la vacuidad de la propia vida-, surgen en última instancia de la alienación, del aislamiento de las experiencias interiores. Uno puede defenderse de esa sensación de vacío recurriendo a las compañías amenas, al trabajo, a la vida superficial, al optimismo superficial. Hay toda clase de defensas contra las heridas y las desilusiones. Análogamente, hay una variedad de defensas contra el sentimiento de sucumbir al caos, de perderse, de caer en la inercia. Vemos estas defensas en las personas que necesitan atenerse a sus rígidos debería porque sienten que no hay ninguna otra cosa a la que puedan aferrarse: Esos debería me proporcionan al menos una cuerda de la que tomarme y traen algún orden a mi vida. Entre estas defensas se destaca la exteriorización difusa, la tendencia a examinar los procesos internos como si ocurrieran fuera de uno mismo. También debemos tener en cuenta la rectitud arbitraria (la eliminación de las dudas sobre uno mismo). La convicción de que uno se las arregla es otra de esas defensas.

En el análisis, todos los valores subjetivos son cuestionados. Esto es algo que también puede ocurrir fuera del análisis. Pero sin duda en el análisis son más atacados sistemáticamente que en ninguna otra parte en la vida. De ahí que, mientras el paciente los considere preciosos e indispensables, deba ponerse a la defensiva. Esto se observa en tres áreas: en el trabajo propiamente dicho con sus problemas, en su actitud hacia el terapeuta y en su actitud hacia la terapia como tal.

Lo que he sostenido aquí es que cuando un paciente está a la defensiva, hay a menudo un valor subjetivo en el centro de los bloques, y es útil preguntarse cuál es el valor subjetivo que está siendo defendido. Esto conduce en general a un estudio más elaborado de los valores subjetivos en la neurosis. Sin duda conocemos algunos de esos valores y he mencionado algunos. Sin embargo, sería útil realizar un estudio mucho más elaborado y definido de esos valores subjetivos. El paciente acude al análisis con sus dificultades particulares, lo mismo que cuando toma un empleo o inicia una relación humana. Estas son a mi juicio las dificultades con las que debemos luchar. Pero estas dificultades deben distinguirse de los bloqueos o defensas que opone el paciente para proteger esos valores subjetivos. Para que la labor analítica tenga éxito es necesario que el paciente esté dispuesto a examinar, verificar, profundizar, acosar un problema y, eventualmente, a cambiar.

Karen Horney

Ref.: Últimas Conferencias, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1989.

 

 

Autonomía y Ética

Autonomía y Ética

Ser autónomo significa gobernarse a sí mismo, determinar el propio destino, aceptar responsabilidad por las acciones y los sentimientos propios, deshacerse de patrones inaplicables e inapropiados para vivir en el aquí y el ahora.

Cada uno tiene la capacidad de obtener autonomía hasta cierto punto. Pero, a pesar que la autonomía es un derecho humano desde el nacimiento, pocos la consiguen realmente. Eric Berne decía: El hombre nace libre, pero una de las primeras cosas que aprende es a hacer lo que se le dice y pasa el resto de su vida haciéndolo. Así, pues, su primera esclavización es a manos de sus padres. Él sigue sus instrucciones por siempre jamás, reteniendo el derecho, sólo en algunos casos, de escoger sus propios métodos, y consolándose a sí mismo con una ilusión de autonomía.

Una persona bajo la ilusión de autonomía piensa que ha cambiado de guión, pero, en realidad, ha cambiado solamente la escena, los personajes, el vestuario, etc., no lo esencial del drama. Por ejemplo, una persona programada por los padres para ser evangelista puede caer en las drogas, y entonces, con religioso celo, tratará de predicar a otros para que le sigan. El escoger su propio ambiente para predicar puede darle la ilusión de que es verdaderamente libre cuando, en realidad, él solamente ha disfrazado su esclavitud a las normas de sus padres.

Una persona verdaderamente autónoma, según Berne, es la que demuestra la liberación o recuperación de tres capacidades: el conocimiento, la espontaneidad y la intimidad.

Conocimiento:

Conocimiento es saber qué está ocurriendo ahora. Una persona autónoma es consciente. Se desprende de las capas de contaminación de su ambiente y empieza a oír, ver, oler, tocar, gustar, estudiar y evaluar por sí misma. Se deshace de viejas opiniones que falsean su percepción actual, y percibe el mundo a través de su encuentro personal propio en vez de hacerlo en la forma en la que fue enseñada a hacerlo.

Sabiendo que es un ser temporal, la persona consciente aprecia la naturaleza ahora. Se percibe a sí misma como parte del universo que conoce y como parte del misterio de esos universos todavía por descubrir. Puede detenerse junto a un lago, contemplar una flor, sentir el viento en su rostro y experimentar una sensación de temor reverencial. Puede mirar a una puesta de sol y exclamar, Qué belleza !.

Una persona consciente escucha los mensajes de su propio cuerpo, sabiendo cuándo está preocupándose, relajándose, abriéndose, cerrándose a sí misma. Conoce su mundo interior de sentimientos y fantasías y no se avergüenza de ellos ni los teme.

Una persona consciente escucha también a los demás. Cuando los otros hablan, ella escucha y proporciona retroalimentación activa. No utiliza su energía psíquica para formular una crítica, desviar la conversación o planear mentalmente un contraataque. En vez de eso, intenta establecer un contacto genuino con la otra persona, aprendiendo el arte de hablar y de escuchar.

Una persona consciente está por completo presente. Su mente y su cuerpo responden al unísono al aquí y al ahora, Su cuerpo no está haciendo una cosa mientras su mente se concentra en algo diferente.

No usa palabras de enfado con una sonrisa en el rostro.

No frunce el ceño y regaña cuando la situación pide risas.

No termina apresuradamente una gira campestre para volver a algo que es
verdaderamente importante

No escribe mentalmente una carta de negocios mientras está haciendo el amor.

No repasa lo ocurrido en la noche anterior cuando está escribiendo esa importante carta en la oficina.

No se pone gafas color de rosa para evitar ver las cosas malas de la vida,

No toca el violín mientras arde Roma.

Una persona consciente sabe dónde está, qué está haciendo y qué es lo que siente respecto a ello. Como observó Abraham Lincoln: Si pudiéramos saber primero dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos, podríamos juzgar mejor qué hacer y cómo hacerlo.

El primer paso hacia la integración es el conocimiento de sí mismo. Cuando un individuo se hace consciente de que actúa como un tirano, o que está enfurruñado sin causa, puede decidir lo que desea hacer con su comportamiento. Puede conservarlo a sabiendas, o tirarlo al tacho de la basura.

Espontaneidad:

La espontaneidad es la libertad de escoger modelos conductuales. El individuo autónomo es espontáneo, flexible, y no tontamente impulsivo. Ve las muchas posibilidades que se abren ante él y usa el comportamiento que juzga apropiado a su situación y a sus fines.

Un individuo espontáneo está liberado. Escoge y acepta la responsabilidad por sus propias selecciones. Se libra a si mismo de la obligación de vivir un estilo de vida predeterminado. En cambio, aprende a enfrentarse con situaciones nuevas y a explorar nuevas maneras de pensar, sentir y responder. Incrementa y reevalúa constantemente su repertorio de posibles comportamientos,

El individuo espontáneo usa o recaptura su capacidad para decidir por sí mismo. Adopta sus propias decisiones en vez de permanecer a merced de su suerte. A menos que una persona adopte decisiones, aunque éstas no sean siempre correctas, su poder de voluntad permanece sin dirección y su ética es confusa o inestable. La falta de decisión es mala, según Martin Buber. Malo es el remolino sin dirección de las posibilidades humanas sin las cuales nada puede conseguirse y por las cuales, si éstas no toman dirección, sino que permanecen atrapadas en ellas mismas, todo sale mal. En este sentido, la persona autónoma es la que adopta decisiones que proporcionan una dirección determinada a sus propias posibilidades. Dentro de limitaciones reales, la persona es responsable de su propio destino, y ella lo sabe.

Decidir conscientemente por uno mismo es ser libre, a pesar de las características heredadas o de las influencias del ambiente. Viktor Frankl escribe: El hombre, ciertamente, tiene instintos; pero esos instintos no le tienen a él. Nosotros no tenemos nada en contra de los instintos, ni en contra de que el hombre los acepte. Pero mantenemos que tal aceptación debe presuponer también la posibilidad de su rechazo. En otras palabras, debe haber libertad de decisión.

En cuanto a lo heredado, la investigación sobre la herencia ha mostrado lo elevado que es el grado de libertad humana contra la predisposición. Por ejemplo, mellizos idénticos pueden estructurarse vidas diferentes basadas en predisposiciones idénticas.

En cuanto al ambiente, sabemos que no hace al hombre, pero que todo depende de lo que el hombre haga de él, de su actitud hacia él

Un individuo debe hacer más, sin embargo, que adoptar una decisión. Debe actuar según su decisión, o ésta no tendrá sentido. Solamente cuando su ética interior y su conducta exterior estén de acuerdo y él sea congruente con ellas, será una persona completa. Una persona espontánea es libre para hacer lo suyo, pero no a costa de los demás, a través de la explotación y/o de la indiferencia.

Intimidad:

Intimidad es expresar los sentimientos de cariño, ternura y dependencia de los demás, como lo haría un niño. Muchas personas sufren de la imposibilidad de expresar estos sentimientos. Maslow cree que esto es especialmente cierto de los norteamericanos: Los norteamericanos necesitan muchos más terapeutas que el resto del mundo precisamente porque no saben cómo ser íntimos; no tienen amistades profundas, comparados con los europeos y, por lo tanto, no tienen amigos íntimos con quienes aliviarse a sí mismos.

Una persona autónoma arriesga tener amistades e intimidad cuando decide que eso es apropiado. Esto no es fácil para alguien que ha restringido sus sentimientos de afecto y no está acostumbrado a expresarlos, De hecho, puede sentirse incómodo, insincero, incluso cuando intenta por primera vez ir en contra de su antigua manera de ser. Sin embargo, lo intenta.

En el proceso de desarrollar su capacidad para la intimidad, el individuo se hace más abierto: aprende a “dejarse ir , revela más de sí mismo dejando caer algunas de sus máscaras. Se abstiene de realizar transacciones con otros en formas que impidan intimidad. Permite que sus propias actitudes se revelen y anima a los demás para que hagan lo mismo. Proyecta sus propias posibilidades hacia el futuro como metas realistas que prestan dirección y propósito a su vida. Se sacrifica solamente cuando se trata de un valor menor con miras a un valor mayor, de acuerdo con su propia escala de valores. Él no está interesado en tener más, sino en ser más.

Ética:

Un proceso de integración de la persona sirve como un catalizador que la motiva a reevaluar su sistema actual de valores y a formular su propio código de ética. El hombre no tiene que estar esclavizado a su pasado, Puede superar influencias pasadas y responder en libertad. Puede volver a decidir qué está bien o mal, con base en acciones que preservan la salud y la dignidad de la persona y de la raza humana en general. Una postura ética refleja un respeto básico por uno mismo y por los demás. Es una postura que discrimina y reconoce tanto lo positivo como lo negativo. La protección, mejoría y bienestar de la gente, tanto como del mundo natural animado e inanimado, son los fundamentos sobre los que apoya una conducta ética.

Una decisión es ética si mejora el amor propio, desarrolla la integridad personal y la integridad en las relaciones, disuelve las barreras ficticias entre la gente, crea un núcleo de confianza genuina en uno mismo y en los demás, y facilita la realización de las posibilidades humanas sin originar daños a terceros.

Una decisión no es ética si, como resultado de ella, una persona es explotada y utilizada como un objeto; si la vida es amenazada para propósitos ulteriores; si se edifican barreras entre la gente; si las posibilidades humanas son despreciadas, aplastadas o pasadas por alto, y si no existe posibilidad de escoger libremente.

El sistema de valores de una persona puede ser juzgado por la forma en que ésta se relaciona con todas las cosas. La persona con ética establece una relación mejor,
práctica, factible e interesada con su ambiente total.

La supervivencia y el desarrollo continuo del hombre dependen no solamente de cómo efectúa transacciones con sus semejantes, sino también de cómo se relaciona con el resto de su medio ambiente. El mundo inanimado, que incluye rocas, agua y aire, y el mundo animado de las plantas y de los animales están a merced del hombre. Él tiene poder para disfrutados, mejorarlos o destruirlos. Cuando hace mal uso de ellos, contaminando el aire y las corrientes de agua, volviendo yerma la tierra, causando la extinción de especies animales, o alterando el equilibrio ecológico, es la existencia del hombre y su continuación como raza la que está, a la larga, amenazada. La explotación innecesaria por el hombre de su propio medio ambiente puede condenarle a un trágico final.

Una persona ética no descarta los problemas o su significado, Por el contrario, asume que ella junto con los demás puede resolverlos. Se ocupa de sus propios problemas personales, de los de la comunidad y de los problemas mundiales de interés general, como la superpoblación y las guerras que traen muerte y desesperanza a millones de personas. Reconoce que la apatía es consentimiento en asuntos como la mortalidad infantil, el maltratar niños, la decadencia urbana, y las prácticas injustas en asuntos laborales, educativos, y en la necesidad de viviendas. Se indigna ante los perjuicios y las injusticias sufridas por la humanidad e intenta hacer algo al respecto.

Se requiere valor para experimentar la libertad que viene con la autonomía, aceptar la intimidad y el encuentro directo con otras personas, permanecer firme frente a una causa impopular, escoger la autenticidad por sobre la aprobación y hacerlo una y otra vez; aceptar la responsabilidad por las propias decisiones y, desde luego, requiere valor ser la persona única que uno es realmente.

Los caminos nuevos son a menudo inciertos y, como dijo Robert Frost: el valor es la virtud humana que más cuenta: el valor para actuar sin más base que un conocimiento limitado y una insuficiente evidencia. Eso es todo lo que tenemos.

Muriel James.

Extractado por Farid Azael de
M. James & D. Jongeward.- Nacidos para Triunfar.-

La Educación de la Mente

La Educación de la Mente

El individuo promedio halla muy difícil dominar lo que nunca logró comprender: el funcionamiento de su propia mente. Cuando usted se pone a pensar en lo que es el ambiente – sea bueno o malo – obtiene un resultado que no es más que una imagen refleja del pensamiento humano, el cual crea sus particulares Cielo o Infierno a través de la acción de su propia mente.

Usted podría preguntarse, con el objeto de captar las motivaciones que se extienden detrás de la conducta destructora del hombre, si los males de la civilización han sido los causantes de la incapacidad humana para salvarse a sí misma, por qué no hemos hecho algo para remediarlo durante todo este largo pasado de la Humanidad? La respuesta es que sí lo hemos hecho, pero sólo a medias.

La existencia de tantas religiones en todo el mundo y a través de los tiempos demuestra, con suficiencia, el esfuerzo humano que trata de influir sobre la conducta social en la verdadera dirección. La religión constituye una forma de disciplina social.

No obstante, el hombre necesita de algo más que de una vaga promesa de inmortalidad para obedecer los Diez Mandamientos. A pesar de su fe en la Potestad Divina el hombre continúa cometiendo crímenes contra la Humanidad. Todos los días podemos constatar este hecho.

Los psiquiatras creen haber hallado la razón de porqué la religión por sí sola ha sido impotente para contener las guerras y mucho menos curar las enfermedades mentales del individuo.

Hasta hace unos ochenta años, conocíamos muy poco acerca del aspecto negativo de la naturaleza humana. El psicoanálisis descubrió que la solución del enigma de la conducta del hombre no consiste en el estudio de lo que éste hace ni tampoco en el esfuerzo para convencerle de que sea bueno, sino en hacerle comprender el porqué de su comportamiento.

Actualmente, la mayoría de nosotros estamos convencidos de que la conducta anormal es una enfermedad de la mente y, por lo tanto, de la personalidad. Y aún más, la religión se está dirigiendo a la psiquiatría con sentido de cooperación. Pastores y sacerdotes han estudiado psicología a fin de aunar esfuerzos con los profesionales, buscando un entendimiento psicológico más profundo de los conflictos emocionales. Esto unido a la necesidad del alivio espiritual a través de los sacramentos.

Necesitamos valorar con propiedad la naturaleza de nuestros Instintos y apetitos básicos con el fin de procurar dominarlos, De acuerdo con Freud, la mente humana se divide en tres compartimentos:

1.- El inconsciente
2.- El subconsciente
3.- La consciencia.

El inconsciente es la despensa de nuestros impulsos primitivos, Generalmente se vale de excusas – problemas económicos, impedimentos físicos, frustraciones matrimoniales – para justificar sus manifestaciones en nosotros. La mayor parte de las tendencias destructivas están encerradas en estos cimientos de nuestra mente, Cuando dejamos escapar alguno de estos impulsos cautivos, la sociedad sufre la consecuencias, Alguien es asesinado, ocurre un robo con violencia, una niña es violada.

Pero no siempre acontecen hechos tan graves. La mayoría de nosotros no es tan temeraria como para permitir que sus impulsos desbocados alcancen manifestaciones tan
destructivas. En lugar de ello solemos reprimir los deseos que socialmente son objetables.
No obstante, cuando la lucha se hace demasiado grande, hasta el punto que estos impulsos dificultosos amenazan romper el lazo que los sujeta, nos convertimos en enfermos psíquicos. Los síntomas neuróticos – dolores de cabeza, indigestión, insomnio, etc. – vienen a nuestro rescate, actuando como una defensa contra el mal que íbamos a producir. Por ejemplo, he hallado entre mis pacientes que el temor a la locura que mostraban era, realmente, el miedo disfrazado de cometer alguna acción antisocial.

El instinto sexual está representado por el horno, que se halla en los cimientos, Pero la energía sexual, igual que el calor, podemos regularla con un termostato. Algunos sujetos nunca aprenden a regular su termostato sexual (lo que Freud llamaba líbido o hambre sexual) a una temperatura normal. Como resultado de ello, dejan que se apague el fuego y que sobrevenga el frío, o no se sienten cómodos por el excesivo calor, o bien, por descuido o abuso de alguna clase, se arriesgan a una explosión de la caldera. Esto explica a cuánta desdicha puede conducirnos el no saber comprender la naturaleza de nuestros impulsos sexuales.

Las maneras habituales de actuar se adquieren en el transcurso de la vida, con el objeto de aliviar la consciencia del peso de la decisión. Aprendemos a comer, a caminar, a controlar los esfínteres, a bañarnos, vestirnos, etc., todo esto sin someterlo a la dirección de la consciencia. De la misma forma adquirimos los hábitos mentales. Si hemos aprendido a ser amables y corteses, a aceptar los pequeños problemas y trastornos con una sonrisa o un encogimiento de hombros, a mirar el lado brillante de la vida, entonces tenderemos a continuar esta conducta y maneras de pensar a través del curso de nuestra vida.

Si, por otra parte, nos hemos acostumbrado a no soportar ni una brizna de paja sobre nuestros hombros, ofendiéndonos rápidamente, replicando con descortesía, manifestándonos a menudo suspicaces y rudos, dispuestos a engañar y a mentir, entonces nuestras reacciones tenderán a ser las mismas siempre. Para decirlo mejor, tendremos que mantener una lucha constante con el objeto de reaccionar de manera más educada, y así permitir a la consciencia superar al inconsciente. Este conflicto diario no representa, de ningún modo, una pérdida de tiempo. Al contrario, educa la mente de manera que atienda como corresponde los asuntos más importantes de la vida cotidiana.

Frank S. Caprio

Traducido y extractado por Ester Silva de
Frank S. Caprio.- How to Avoid a Nervous Breakdown.-

Este artículo fue publicado en el N 17 de la Revista ALCIONE