El Maestro de Sabiduría

El Maestro de Sabiduría

Desde su infancia le habían inculcado, como a todos, el perfecto conocimiento de Dios, y hasta cuando no era más que un niño, muchos santos, así como ciertas santas mujeres que vivían en la ciudad libre, donde él naciera, habían quedado maravilladas de sus respuestas graves y sabias.

Y cuando sus padres le entregaron la túnica y el anillo de la edad viril, los besó y los abandonó para recorrer el mundo, porque quería hablar de Dios al mundo. Pues había por aquel tiempo en el mundo muchas gentes que no conocían a Dios o que sólo tenían de Él un conocimiento incompleto, o adoraban los falsos dioses que habitan en los bosques sagrados y no se preocupan de sus adoradores.

Y poniendo su rostro de frente al sol, emprendió la marcha, caminando sin sandalias, como había visto andar a los santos, llevando colgados en su cintura un zurrón de cuero y un cantarillo de barro cocido para el agua.

Y mientras caminaba a lo largo del sendero, sentíase lleno de esa gran alegría que proviene del conocimiento perfecto de Dios, y sin cesar elevaba a Dios sus alabanzas. Y al cabo de algún tiempo arribó
a un país desconocido, donde se alzaban muchas ciudades.

Y atravesó once ciudades. Y algunas de estas ciudades estaban en los valles; otras, a orillas de grandes ríos, y otras, asentadas sobre colinas. Y en cada ciudad encontró un discípulo que le amó y le siguió; y una gran multitud de cada ciudad también le siguió; y el conocimiento de Dios se difundió por toda la tierra, y muchos reyes se convirtieron. Y los sacerdotes de los templos en que había ídolos vieron que la mitad de su ganancia se perdía y que cuando a mediodía tocaban sus tambores nadie o muy pocos acudían con pavos reales y con ofrendas de carne, como era costumbre en el país antes de su llegada.

Sin embargo, cuanto más aumentaba la multitud que le seguía, cuanto mayor era el número de sus discípulos, más aumentaba su aflicción.

Y él ni sabía porqué era tan grande su aflicción, pues hablaba siempre de Dios y según la plenitud del conocimiento perfecto de Dios, que Dios mismo le había dado.

Y una tarde salió de la undécima ciudad, que era una ciudad de Armenia, y sus discípulos y una gran multitud le siguieron, y subió a una montaña y se sentó sobre una roca que había en ella. Y sus discípulos se agruparon a su alrededor, y la multitud se arrodilló en el valle.

Y él hundió la cabeza en sus manos y lloró, y dijo a su alma:
-Por qué estoy lleno de aflicción y de temor, y por qué cada uno de mis discípulos es como un enemigo
que avanza a plena luz?

Y su alma le respondió, y dijo:
– Dios te llenó del conocimiento perfecto de Él mismo, y tú has dado esta ciencia a los demás; has dividido la perla de gran precio y has repartido, cortándola en retazos, la túnica sin costura. El que difunde la sabiduría se roba a sí mismo. Es como quien da un tesoro a un ladrón. Acaso Dios no es más sabio que tú? Quién eras tú para revelar el secreto que Dios te ha confiado? Yo era rica un día y tú me has empobrecido. Yo vi a Dios un día y ahora me lo has ocultado.

Y de nuevo lloró, porque sabía que su alma le decía la verdad y que había dado a los demás el perfecto conocimiento de Dios, y que su fe le abandonaba en relación con el número de los que creían en él.
Y se dijo a sí mismo: “No volveré a hablar de Dios. El que difunde la sabiduría se roba a sí mismo”.

Y algunas horas después sus discípulos salieron a su encuentro, e inclinándose hasta la tierra, le dijeron:
– Maestro, háblanos de Dios, porque tú posees el perfecto conocimiento de Él y ningún hombre más que tú lo posee.

Y él les contestó:
– Os hablaré de todas las demás cosas que hay en el Cielo y en la Tierra; pero no os hablaré de Dios. Ni ahora ni nunca os volveré a hablar de Dios.

Y ellos se irritaron con él y le dijeron:
– Nos has traído al Desierto para que podamos escucharte. Quieres despedirnos hambrientos a nosotros y a la gran multitud que invitaste a que te siguiera?

Y él les respondió:
– No os hablaré de Dios.

Y la multitud murmuró contra él y le dijo:
– Nos has traído al Desierto y no nos has dado alimento para comer. Háblanos de Dios, y esto nos bastará.

Pero él no contestó una palabra. Porque sabía que si les hablaba de Dios perdería su tesoro.

Y los discípulos se marcharon tristemente y la multitud regresó a sus casas. Y muchos murieron en el camino.

Y cuando él se encontró solo, se levantó y volviendo su rostro hacia la luna, viajó durante siete lunas sin hablar a ningún hombre y sin contestar a ninguna pregunta. Y cuando la séptima luna estuvo en menguante, llegó a un desierto, que es el desierto del Gran Río. Y encontrando vacía una caverna habitada en otro tiempo por un centauro, la tomó por vivienda y tejió una estera de juncos para acostarse y se hizo eremita. Y hora tras hora el eremita hablaba a Dios, que le había permitido conservar algún conocimiento de Él y de su grandeza. Y una tarde, estando el eremita sentado ante la caverna que había elegido como vivienda, divisó a un joven de rostro perverso y hermoso que pasaba sencillamente vestido y con las manos vacías, y todas las mañanas volvía con las manos llenas de púrpura y perlas. Pues era un ladrón y robaba a las cavernas de mercaderes.

Y el eremita lo miró y tuvo compasión de él; pero no le dijo una palabra, porque sabía que quien dice una palabra pierde su fe.

Y una mañana, cuando regresaba el joven con las manos llenas de púrpura y de perlas, se detuvo, frunció las cejas, golpeó en la arena con el pie y dijo al eremita:

– Por qué me miras siempre de ese modo cuando paso? Qué es lo que veo en tus ojos? Porque ningún hombre me ha mirado nunca de ese modo. Y es para mí un aguijón y una tristeza.

Y el eremita le respondió:
– Lo que ves en mis ojos es compasión, es la compasión la que te mira por mis ojos.

Y el joven rió con burla y gritó al eremita en tono amargo:
– Tengo púrpura y perlas en mis manos, y tú no tienes más que una estera de juncos para acostarte. Qué compasión vas a tener de mí? Y por qué sientes esa compasión?

– Tengo compasión de ti dijo el eremita- porque tú no tienes ningún conocimiento de Dios.

-Es una cosa preciosa el conocimiento de Dios?- preguntó el joven, y se acercó a la entrada de la caverna.

– Es más precioso que toda la púrpura y todas las perlas del mundo – respondió el eremita.

-Y tú lo posees? dijo el ladrón acercándose todavía más.

– Antaño respondió el eremita- poseía realmente el perfecto conocimiento de Dios. Pero, en mi locura, lo he repartido y dividido entre otros hombres. Sin embargo, aún ahora semejante recuerdo sigue siendo para mí más precioso que la púrpura y las perlas.

Y cuando el ladrón oyó esto tiró la púrpura y las perlas que llevaba en sus manos y, desenvainando una espada puntiaguda de curvado acero, dijo al eremita:

– Dame ahora mismo ese conocimiento de Dios que posees, o te mataré sin vacilar! Cómo no iba yo a matar al que posee un tesoro mayor que el mío?

– No sería preferible para mí ir a los parajes más alejados de la Casa de Dios y alabarle que vivir en el mundo y no conocerle? Mátame si esta es tu voluntad. Pero no entregaré mi conocimiento de Dios dijo el eremita abriendo sus brazos.

Y entonces el ladrón se prosternó de rodillas y le suplicó; pero el eremita no quiso hablarle de Dios ni darle su tesoro, y el ladrón se levantó y dijo al eremita:

– Sea como quieras. Voy a ir a la Ciudad de los Siete Pecados, que está solamente a tres días de marcha de aquí, y por mi púrpura me darán placer y por perlas me venderán alegría.

Y recogiendo la púrpura y las perlas se marchó rápidamente. El eremita le llamó a grandes gritos y le siguió y le imploró. Durante tres días siguió al ladrón por el camino, y le suplicó que volviera y que no entrase en la Ciudad de los Siete Pecados.

Y a cada paso el ladrón se volvía a mirar al eremita, y le llamaba y le decía:

-Quieres darme ese conocimiento de Dios, que es más precioso que la púrpura y las perlas? Si accedes a dármelo, no entraré en la ciudad.

Y el eremita le contestaba siempre:
– Te daré todo lo que tengo, excepto una sola cosa, porque esta cosa no me está permitido darla.

Y al atardecer del tercer día llegaron los dos ante las grandes puertas color escarlata de la Ciudad de los Siete Pecados.

Y llegaron hasta ellos los ruidos de mil carcajadas. Y el ladrón respondió echándose a reír y llamó a la puerta repentinamente.

Y cuando estaba llamando, el eremita corrió hacia él y, cogiéndole de la túnica, le dijo:

– Abre tus manos y pon tus brazos alrededor de mi cuello, acerca tu oído a mis labios y te daré el conocimiento de Dios que me queda.

Y el ladrón entonces se detuvo.

Y cuando el eremita le hubo entregado su conocimiento de Dios, se desplomó en el suelo y lloró y unas grandes tinieblas le ocultaron la ciudad y al ladrón, de tal modo, que ya no volvió a verlos.

Y estando allí, inclinado y deshecho en lágrimas, notó que alguien estaba de pie a su lado, y aquel que estaba a su lado tenía los pies de bronce y los cabellos como de lana fina.

Y levantó al eremita, y le dijo:
– Hasta aquí has tenido el perfecto conocimiento de Dios. Desde ahora tendrás el perfecto amor de Dios. Por qué lloras?

Y le besó.

Oscar Wilde

Extractado por Farid Azael de
Wilde, Oscar.- Obras Completas.- Aguilar

El Artista

El Artista

ElArtista Un día nació en su alma el deseo de esculpir la estatua del Placer que dura un instante. Y se fue por el mundo en busca de bronce, porque no podía contemplar sus obras más que en bronce.

Pero el bronce había desaparecido del mundo entero y en ninguna parte de la Tierra podía encontrarse, salvo el bronce empleado en la estatua del Dolor que se sufre toda la vida.

Y era precisamente él mismo quien con sus propias manos había modelado esa estatua, colocándola en la tumba del único ser al que amó en su vida. Erigió, pues, en la tumba de aquella mujer fallecida aquella estatua que era creación suya, para que fuese como señal del amor del hombre que es inmortal, y como símbolo del dolor humano que se sufre durante toda la vida.

Y en el mundo entero no había mas bronce que el de esa estatua. Cogió entonces la estatua que había creado antaño, la metió en un gran horno y la entregó al fuego.

Y con el bronce de la estatua del Dolor que se sufre toda la vida cinceló la estatua del Placer que dura un instante.

Oscar Wilde

Extractado por Farid Azael de
Wilde, Oscar.- Obras Completas.- Aguilar.

Las Ruinas Circulares

Las Ruinas Circulares

Nadie lo vio desembarcar unánime anoche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoran los incendios de antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres.

El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si anduviera la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba en un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y que sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistirían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro.

Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo.

Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviara río abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombre derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido… En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer, y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, agua abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis.

Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre qué humillación incomparable, que vértigo ! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noche secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia que otro estaba soñando.

Jorge Luis Borges
El Yoga de la Energía

El Yoga de la Energía

Los antiguos textos que tratan el tema del Yoga de la Energía, o Kundalini, están plagados de pasajes crípticos con detalles fantásticos y alusiones ritualistas a innumerables deidades, ejercicios mentales y físicos extremadamente difíciles y a menudo peligrosos, conjuros y fórmulas conocidas técnicamente como mantras, posturas corporales llamadas asanas, e instrucciones detalladas para el control y regulación de
la respiración, llamada pranayama. Todo esto expresado en un lenguaje difícil de entender, con gran cantidad de expresiones místicas, las que en lugar de atraer es posible que repelan al alumno moderno. Hablando sinceramente, no hay ningún material ilustrativo posible, ni comentarios antiguos ni modernos, que expresen lúcidamente cuál es la realidad objetiva de los métodos recomendados y cuáles son los cambios mentales y orgánicos que uno puede esperar al final.

El resultado es que, en lugar de volverse instructiva y pragmática , esta ciencia estrictamente empírica está cayendo en el abuso y en el desprestigio. Algunas de las prácticas, que forman parte de un conjunto integrado y sirven como medios para conseguir un propósito definido como los asanas y ejercicios de respiración ahora se consideran en sí mismas resultados ulteriores y apetecidos, haciendo abandono del objetivo fundamental para el que fueron concebidas. Este objetivo es desarrollar un tipo de consciencia que cruza los límites que confinan la mente, llevando la consciencia desde su ámbito concreto de la vida cotidiana a regiones suprasensibles. Influenciados por las exigencias condicionantes de la civilización moderna y desalentados por la actitud generalmente incrédula que predomina en nuestra sociedad hacia la posible evolución de la consciencia en el hombre, los aspirantes actuales a menudo se contentan con algunas pocas posturas y ejercicios de respiración, convencidos de que están practicando un Yoga que los lleva a un desarrollo espiritual.

La descripción de los Chakras o Lotos, de los signos y experiencias sobrenaturales que acompañan al éxito en la práctica, de los milagrosos poderes alcanzables con ella, del origen del sistema y de los diversos métodos, son tan exageradas que nos parece que la idea expresada en la literatura antigua sobre el tema resulta increíble e, incluso, absurda. Es muy difícil para el investigador moderno discernir a través de ese material un conocimiento clarificado, separando la tradición sobrenatural y mitológica que lo acompaña. Si se considera desde el punto de vista de los relatos fantásticos encontrados no sólo en los textos antiguos originales sino también en libros modernos, la energía Kundalini no puede ser más que un mito, una quimera nacida del deseo innato del hombre de escapar a los rigores impuestos por un mundo de causa y efecto rígidamente estructurado, una piedra filosofal inventada para satisfacer ese anhelo, proporcionando una forma viable para la adquisición de la riqueza, de la juventud o de la inmortalidad.

En la India, ningún otro tema está tan sumergido en tanta cantidad de literatura como lo está el Yoga dirigido a lo sobrenatural. En ningún libro sobre el tema se proyecta una luz penetrante sobre la energía Kundalini, ni ningún experto ha proporcionado más información que la que se manifiesta en las obras de la antigüedad. El resultado es que, salvo algunos maestros casi inaccesibles , tan escasos como los alquimistas de antaño, no hay nadie en toda la India, la cuna de esta ciencia, a quien uno pueda dirigirse para lograr un conocimiento autorizado del tema.

El sistema de complicados ejercicios mentales y físicos relacionados directamente con la energía Kundalini se conoce técnicamente como Hatha Yoga, apartado de otras formas de Yoga conocidas en la India desde tiempos remotos. Hatha en sánscrito es una palabra compuesta de dos sílabas Ha – tha , las que significan sol y luna respectivamente. Indica, por lo tanto, que este Yoga es el resultado de la confluencia de estos dos cuerpos celestes. Como explicación simple, las denominaciones de sol y luna que se utilizan aquí designan las dos corrientes nerviosas que corren a lo largo de la médula espinal a su izquierda y derecha. Ellas son llamadas Nadis, o nervios. El de la izquierda recibe el nombre de Ida y se dice que es frío y que se parece al brillo pálido de la luna; el segundo se llama Pingala, es caliente y se compara con el resplandor del sol. El sistema está basado en la suposición de que todo organismo viviente recibe su existencia gracias a la mediación de una sustancia inmaterial extremadamente sutil, la que se extiende por todo el universo, y que se denomina prana. Ella es la causa de todo fenómeno orgánico al que controla por medio del sistema nervioso, manifestándose como energía vital.

Esta energía adopta varios aspectos para desempeñar distintas funciones en el cuerpo y circula por el organismo en esas dos corrientes descritas: una que se percibe como caliente y otra como fría, lo que es claramente detectable para los yoguis como sensaciones caloríficas o refrescantes. Ellas existen a un lado y otro del sistema, en cada tejido y en cada célula, fluyendo ambas a través de los nervios superiores. Las pequeñas ramificaciones de las dos corrientes durante su paso por el organismos nunca se sienten en el estado normal de consciencia de vigilia, puesto que los nervios están acostumbrados a su flujo desde el comienzo de la vida.

Debido a su naturaleza sumamente sutil, la energía vital ha sido comparada con el aliento por las antiguas autoridades del Yoga. Ellos sostienen que el aire que respiramos está impregnado de Prana y que las corriente Ida y Pingala fluyen alternativamente a través de ambas fosas nasales, junto con el aire, en el momento de la inhalación. Como bien sabemos, el aire que respiramos está compuesto principalmente por dos gases, oxígeno y nitrógeno. El oxígeno es el agente principal de la combustión, quemando las impurezas de la sangre en su movimiento a través de los pulmones, mientras que el nitrógeno ejerce un efecto moderador sobre su calor. Considerando que los escritores antiguos se referían a veces a Prana con el mismo término que usaban para aire Vayu existe la posibilidad que se haya producido la idea equivocada de que Prana y aire son idénticos. Esto no es así. La vida en la tierra, tal como se presenta, no es posible sin oxígeno y este elemento es un ingrediente tanto del aire como del agua, los dos componentes esenciales de la vida en nuestro planeta; lo que fundamenta el hecho de que en la tierra la energía vital cósmica usa al oxígeno como vehículo principal para su actividad. Es posible que la bioquímica en el futuro se vea obligada a aceptar el papel del oxígeno en todo fenómeno orgánico como el representante de Prana.

Nuestro planeta tiene su propia provisión de Prana, el que impregna a cada átomo y a cada molécula de todo los elementos que constituyen su núcleo ígneo esas ardientes regiones fundidas en llamas debajo de su corteza y el duro estrato superficial con sus océanos y montañas, más la atmósfera con sus diversas divisiones hasta la franja más extrema. El Sol, una vasta fuente de energía vital, irradia constantemente un enorme suministro de esa energía pránica sobre todo su sistema, como parte de su expansión. Esto hace que las creencias sobre el influjo negativo de los eclipses solares puedan tener una explicación lógica, ya que en tales eventos se ven parcialmente detenidas las irradiaciones pránicas durante el tiempo que dura
la interferencia de la Luna. Los cambios en el volumen del vapor y del polvo en la atmósfera que provocan alteraciones en ciertos temperamentos muy sensibles puede ser que también afecten el flujo de las corrientes pránicas.

Nuestro satélite es otro gran centro de suministro de Prana recibido del Sol sobre la Tierra. Los planetas y estrellas, próximos o lejanos, son todos ellos reservas inagotables de Prana, vitalizando la Tierra con corrientes de energía transmitidas por su luz. Estas emanaciones pránicas de los distintos cuerpos celestes no son idénticas, cada cual tiene su característica propia. Esto se puede comprobar con el análisis que se ha hecho de su espectro luminoso, el que muestra variaciones peculiares de cada uno de ellos. Resulta imposible para la mente humana imaginar siquiera en forma vaga las interacciones de innumerables corrientes de luz emitidas por billones y billones de estrellas, influencias que se cruzan y vuelven a cruzarse en incontables puntos, llenando la enormidad del espacio en toda su extensión. De la misma manera, es totalmente imposible describir o imaginar el mundo inmenso de Prana o energía vital tal como lo han descrito los videntes extendiéndose por todo ese espacio cósmico hasta su último límite si es que lo hay dando origen a toda calidad de vida, tal como surge la espuma sobre las olas de las corrientes oceánicas en perenne movimiento.

Para explicar la manifestación de la vida en la Tierra, la única alternativa es aceptar la existencia de un medio vital inteligente que utilizando los elementos del mundo material construye las estructuras orgánicas con tal increíble destreza, en tal profusión y con tantas formas diversas, que refutan cualquier idea de generación espontánea o azar, al mostrar una inteligencia y una seguridad de propósito extraordinaria. El ingenio y la destreza humanos buscan con empeño poder alcanzar logros parecidos, los que aún están muy distantes.

La estructura completa del Yoga se basa en la validez de Prana como materia suprafísica cognoscible, lo que es el campo actual de investigación de la física cuántica. Durante miles de años, generaciones completas de yoguis han ido verificando las afirmaciones de sus antecesores. La realidad de Prana como el agente principal que conduce al estado supraconciente denominado Samadhi nunca ha sido puesto en duda por ninguna escuela de Yoga. Quienes creen en el Yoga, deben primero creer en la existencia de Prana. Considerando que para llegar a ser un Rishi sabio a través del Yoga, no sólo se deben tener dotes mentales y físicas por sobre el promedio, sino además atributos como la honradez y la rectitud, mostraría una mente obstinada quien pusiera en duda los testimonios de numerosos videntes célebres que han atestiguado, por su propia experiencia, los estados supraconscientes conseguidos a través de Prana, tal como ellos lo aprendieron de sus instructores.

Según las creencias religiosas de la India, las que se remontan a tiempos prehistóricos, se ha considerado la existencia de Prana como un medio para la actividad del pensamiento y la transmisión de sensaciones e impulsos en los organismos vivos. Se la reconoce como una substancia cósmica imperceptible a los sentidos ordinarios, que está presente en toda formación de la materia y que puede ser verificable por la práctica del Yoga, cuando lo realiza de la manera correcta el tipo de hombre adecuado. Según estas creencias, Prana no es la materia, ni es la mente, ni la inteligencia, ni la consciencia, sino una parte inseparable de la energía cósmica o Shakti que reside en todas ellas y que es la fuerza conductora que hay detrás de todo fenómeno cósmico, mostrándose como la fuerza de la materia en todo organismo vivo.

En resumen, es el medio a través del cual la inteligencia cósmica conduce la inmensa actividad inimaginable del cosmos. Crea, mantiene y destruye las gigantescas formaciones globulares que arden continuamente en el espacio, tanto como a los ínfimos microbios benignos y malignos que pululan en la tierra. Dicho de otra manera, Shakti, cuando actúa sobre la materia inorgánica, es fuerza, cuando actúa sobre la materia orgánica, es vida. El nombre genérico Shakti se aplica a toda forma de energía cósmica, animada o inanimada, como aspecto creador activo de la Realidad. En cambio, Prana es aplicado a aquel tipo de energía que actúa en el campo orgánico, como impulso nervioso y vitalizador.

La ciencia actual está llegando irremediablemente a la conclusión de que la energía es la substancia fundamental del mundo físico. La duda sobre la existencia de la vida, como una esencia vital inmortal aparte de los vehículos corporales, es tan antigua como la civilización. Es provocada principalmente por la naturaleza inexorable de las leyes físicas que actúan sobre el cuerpo, por la inevitabilidad del debilitamiento de la vejez y la muerte, por la naturaleza evasiva del principio vital, y por la imposibilidad de percibirlo
con los sentidos ordinarios fuera del campo orgánico. Sobre todo, se debe a la completa ausencia de alguna prueba demostrable e incontrovertible de supervivencia después de la muerte corporal. Según los yoguis, sin embargo, la existencia de la energía vital como entidad inmortal se hace subjetivamente manifiesta en el estado supraconsciente de Samadhi. Su fluir a través de los nervios se experimenta incluso antes de llegar al Samadhi, al conseguirse ciertos niveles de estados de consciencia en la meditación. Cuando ello ocurre, el Prana se concentra en el cerebro al punto que los órganos vitales lentifican su funcionamiento, el pulso y la respiración se vuelven casi imperceptibles, y el cuerpo entero parece frío y sin vida. Gracias a este flujo incrementado de energía vital, el cerebro intensifica su vitalidad; la consciencia habitual se eleva por encima de las sensaciones corporales y su facultad de percepción se incrementa en grado sumo, haciendo percibir al sujeto las existencias suprafísicas. En este estado, lo primero que se detecta es Prana, experimentada como una sustancia brillante e inmaterial, sintiéndola como una rápida vibración tanto dentro como fuera del cuerpo, extendiéndose sin límites en todas direcciones.

Camino hacia la Yoga

Camino hacia la Yoga

La Gimnasia Psicofísica.

En torno al Centenario de los juegos Olímpicos realizados en Atlanta, la humanidad nuevamente plasma su máxima expresión en el deporte -su práctica y su férrea disciplina por alcanzar las mejores metas- y en la cultura física en general.

Ello no requiere mayores prolegómenos para su presentación. Sin embargo, como señalaba el Sat-Gurú Serge Raynaud de la Ferrière (*), a veces un punto queda por abordar, la razón por la cual el interesado se aplica a tales disciplinas. En todas partes los jóvenes que practican los ejercicios con espíritu deportivo, con el objeto de preparar el organismo a su desarrollo normal, hasta los adultos que están obligados a sujetarse a una disciplina de cultura física para compensar su falta de ejercicio, todo ese tropel de personas que practican la cultura física, jamás la asocian a lo espiritual.

El Dr. Serge Raynaud de la Ferrière concibió la Gimnasia Psicofísica en 1948, y la presentó públicamente en los diversos continentes que recorría, uniendo en la vanguardia las más remotas tradiciones y propiciando así el desarrollo integral del ser humano. Sobre la Yoga se ha escrito una gran cantidad de libros, tanto por orientales como por occidentales, lo mismo que ha sido más o menos traducida una buena cantidad de obras y artículos de los yoghis de renombre. He pensado que podría ser interesante ofrecer un texto sobre la Yoga, vista por un occidental que la ha estudiado y practicado.

Él no ha pretendido crear un método radicalmente nuevo, pues los ejercicios de Gimnasia Psicofísica son, en su mayoría simples y de uso corriente en otros métodos. Es principalmente el enfoque dado a la Gimnasia que lo distingue de los demás, destacándose por el hecho de dirigirse hacia la salud integral del individuo que la practica, a través del desarrollo del equilibrio físico y psíquico.

La Gimnasia Psicofísica está basada, en su mayor parte, en las flexibilizaciones y automasajes de la Hatha Yoga. Todos los movimientos rítmicos que en ella se realizan son expresiones dinámicas de posiciones estáticas del cuerpo, llamadas asanas en la Hatha Yoga. La coordinación entre el movimiento corporal y la respiración exige una concentración de la atención que permite una vivencia del equilibro psicofísico y del autodominio.

Existen actos físicos que repercuten sobre el psiquismo y viceversa, porque el hombre es un ser inseparablemente psicosomático. A través de la Gimnasia Psicofísica, con un énfasis dado a la respiración, con un trabajo usando la elasticidad muscular inherente a la alternancia de tensión y relajación, propia de los ejercicios, el cuerpo entero se purifica y fortalece, reflejándose tal proceso sobre la voluntad y la mente: de ahí la razón de su nombre. Ella prepara para la Hatha Yoga porque es también un precioso auxiliar en la espiritualización del individuo.

La Gimnasia Psicofísica se compone de tres series de ejercicios, 44 en total. Dos series se realizan de pie y una en posición acostada, Debe ser practicada diariamente, de preferencia en la mañana, al salir el sol.

Su práctica produce un bienestar que se extiende durante todo el día, porque genera efectos a nivel físico y psíquico.

A nivel físico:

– Mejora la condición de los músculos, aumenta su elasticidad, resistencia y tonicidad.
– Aumenta la capacidad pulmonar.
– Beneficia las funciones digestivas y de asimilación.
– Intensifica la circulación sanguínea.
– Propicia un equilibrio glandular.
– Da flexibilidad a la columna vertebral.

A nivel psíquico:

– Permite el desarrollo de las facultades mentales, como la atención, la concentración y el equilibrio emocional.

La Gimnasia Psicofísica puede ser practicada por toda persona, sea o no deportista, desde el niño hasta el anciano, por la mujer de toda edad, por el intelectual, el empleado, el obrero de recios oficios, y el hombre de aspiraciones espirituales. Viene a ser así uno de los métodos básicos para la salud y el mejoramiento permanente emocional y mental. Su práctica durante veinte o treinta minutos, al aire libre, sobre todo después de una ducha fría, constituye una inmejorable disciplina, pues su efecto endocrino y respiratorio se extiende también sin peligro a todo el organismo y a la mente, así como a los resortes de la conducta. Sin embargo, en ningún momento se prohibe hacerla por un mayor tiempo, aun cuando al comienzo de las prácticas debe repetirse siempre en menor cantidad cada movimiento, sin forzar músculos ni tendones, actuando siempre prudentemente.

Su práctica debe hacerse con actitud feliz, como lo ejemplifica el Sublime Maestre, para impregnarse de paz y serenidad combinada con la armonía física y espiritual. En los Ashrams (colonias de perfeccionamiento) y en los Centros de Estudio de la Gran Fraternidad Universal, constituye dicha gimnasia una disciplina básica, practicada indistintamente por los yoghis más avanzados o por personas que no habían practicado nunca en su vida la menor cultura física. También los alumnos universitarios la practican para mejorar su coeficiente mental, y numerosas dueñas de casa asisten a los Institutos de Yoga y Cultura Psicofísica de la G. F. U. con el principal propósito de mejorar su salud y su aspecto estético.

Los beneficios obtenidos, tanto en lo físico, emocional y mental, como en lo espiritual, se hacen sentir en muy poco tiempo. Como dice el Sublime Maestre en sus obras Los Grandes mensajes, y Yug, Yoga, Yoghismo: … No se trata solamente de un entrenamiento con miras a suavizar los músculos, aunque este objetivo es muy loable y muy bueno en sí, ya que nuestro cuerpo es el vehículo de nuestro espíritu, nuestro instrumento de trabajo, y la primera condición de una salud interior es mantenerlo sano y vigoroso. Durante los treinta minutos que dura esta cultura física, el espíritu no queda en el letargo y es el momento para cada cual de impregnarse de paz y serenidad para el día que se inicia, al contacto de estas fuerzas cósmicas representadas por el primer rayo del sol naciente. Se da uno cuenta fácilmente del papel cósmico del hombre, de la necesidad que tiene para su propio bien de identificarse, lo más posible, con la Creación, muy personalmente, desde lo más profundo de sí. He aquí el equilibrio de cada cual, encontrada su “densidad” necesaria para el cumplimiento de la tarea diaria.

Después de un mes con esta disciplina, el aprendiz de yoghi puede pasar a la práctica de otros ejercicios que llevan a la perfección. Continuando esta cultura física, el estudiante se sentirá un poco desilusionado de la vida materialista y será capaz de formarse una idea de la práctica Yoga.

La Gimnasia Psicofisica expuesta por el Dr. Serge Raynaud de la Ferrière es un legado de la Gran Fraternidad Universal a toda la humanidad. Llegará el día en que todos tendrán más salud, fuerza y belleza gracias a la disciplina Psicofísica como práctica cotidiana. Será una bendición matutina de energía y vida, pues en un cuerpo purificado deberá florecer una mayor conciencia espiritual.

NOTA

* El Sublime Maestre Dr. Serge Raynaud de la Ferrière, fundador de la Gran Fratemidad Universal, graduado en varias disciplinas científicas, ha sintetizado en sus obras la sabiduría oriental y occidental. En uno de sus tantos libros, Yug, Yoga, Yoghismo, adapta al occidente la sabiduría milenaria del Yoghismo, con plena autoridad de Sat-Gurú.

 

Carmen Pizarro S. y Federico Kutz S.