A Través de las Crisis, Nuevos Comienzos.

A Través de las Crisis, Nuevos Comienzos.

Uno de los aspectos de la relación entre un verdadero gurú y su discípulo menos comprendido y explicitado es el hecho de que, a través de esta relación, el discípulo es conducido a enfrentarse a una profunda crisis. Su futuro entero depende de cómo afronta la crisis, de la calidad de la actitud emocional, de la profundidad de la comprensión y del carácter de la voluntad que él aporta.

Una crisis es casi inevitable porque cuando el discípulo encuentra a su guía espiritual, trae a este encuentro no solamente un deseo ardiente de crecimiento interior – o quizá sólo una devoción intensa y fascinada por el gurú – sino también el residuo kármico de su pasado, y no solamente del pasado de su vida actual. En su aspiración a una vida y a una consciencia más espirituales, el discípulo ha olvidado este pasado. De hecho, probablemente jamás se ha dado cuenta del peso de este pasado kármico e, inconscientemente, desea vivamente no enfrentarlo en ese momento en el que todo a lo que él aspira es luz y divinidad. El ego de todo individuo o bien no ha tomado consciencia de este pasado antiguo, o bien encuentra de forma semi-inconsciente los medios para tergiversarlo y evitar la dura confrontación con sus antiguos pecados de comisión y, lo que es más, de omisión. Es como un hombre de ley que trata de darle la vuelta a la ley, pero que se sentiría estupefacto si se le dijera que lo hace deliberadamente.

Con mayor fuerza aún de lo que puede efectivamente hacer, decir o sugerir, la presencia del gurú focaliza sobre el discípulo la cosecha kármica del pasado de este último. De manera impersonal, y quizá con una profunda tristeza y compasión, el gurú provoca situaciones que fuerzan al discípulo, probablemente a la espera ávida de revelación y de iluminación, a encarar decididamente las tinieblas de un pasado de indolencia, de egoísmo o de fracaso espiritual, quizá olvidado desde hace tiempo. El discípulo llega a verse cara a cara con lo que, en los casos más extremos, ha sido descrito bajo la forma del Monstruoso Guardián del Umbral (en la conocida novela de Bulwer Lytton: Zanoni). En todos los casos se enfrenta a una crisis; y la palabra crisis viene de una raíz griega que significa decidir. Uno puede llegar hasta el origen de esta raíz más universal Kri que encontramos en el nombre del Gran Avatar de la tradición india, Krishna, y en el de nuestra manifestación divina occidental, Cristo. En Java se llama kris a una corta espada o daga de forma particular.

El Cristo ha traído a los hombres no la paz, como él mismo ha dicho, sino la espada de la separación. En su origen, Krishna fue conocido en la India como un gran hombre de estado que, por su diplomacia consumada, condujo cara a cara y con fuerzas iguales a los dos grandes clanes de la casta de los Guerreros que habían reducido al país a un constante campo de batalla. En la llanura del Kurukshetra, los dos clanes se enfrentaron y se aniquilaron recíprocamente. Fue el fin del poder de la casta de los Guerreros y el alba de la Gran Era de la Filosofía dominada por el poder de la casta de los Brahmanes.

Y haya sido esto un mito o un hecho, debería hacernos caer en la cuenta de que, cualquiera que sea su forma y cualesquiera que sean las circunstancias, el gurú divino aporta en un momento dado al pueblo donde ha nacido una crisis espantosa que fuerza a los hombres a decidir.  En el Bhagavad Gita, en las vísperas de la gran batalla de Kurukshetra, Krishna se enfrenta con su discípulo Arjuna quien, viendo a sus amigos y a sus parientes en los dos campos,  se prepara a escapar del problema y a rechazar el combate. Krishna lo enfrenta con su dharma de  guerrero;   Arjuna toma su gran decisión y la batalla es ganada. Pero quién ha ganado? No el ejército victorioso, tampoco el ego victorioso de Arjuna el guerrero. Sólo el espíritu gana, en el alma y en la consciencia de Arjuna y en  una  India relativamente  liberada, por un tiempo  al  menos,  de los conflictos y pasiones de la casta de los Guerreros.

El Espíritu divino Cristos – también ganó por el coraje y el sufrimiento de Jesús, el Hijo del Hombre. Pero esta victoria no existía más que en el dominio de los Arquetipos; la Gran Guerra se desató después, en la consciencia planetaria de la humanidad y en lo más profundo del corazón de todos los hombres que juran en el nombre de Cristo, pero que permanecen dormidos y traicionan al Espíritu de Cristo, del mismo modo que el apóstol Pedro y la Iglesia fundada en su nombre simbólico han traicionado al Maestro que pretendían adorar. La Gran Guerra espera aún su Kurukshetra. La decisión radical aún no ha sido tomada, excepto por algunos individuos por aquí y por allá.

Es verdad que algunas pequeñas decisiones válidas son tomadas por individuos y grupos en un momento o en otro; pero, mientras el problema no sea verdaderamente central, la decisión no será suficientemente radical; no alcanza a la raíz misma del individuo y no exige aún la crucifixión irreversible del individuo como ego y señor de todo lo que cae bajo el imperio de su poder autocrático. El individuo fuerte cuyo espíritu es abierto y sabio puede no tener necesidad de un gurú para forzarlo a enfrentarse con su karma. Al que es fuerte, la vida misma le responde mediante circunstancias constrictivas e ineluctables. El discípulo que se fía de su centro interior y de su divinidad potencial puede precipitar él mismo las confrontaciones engendradas por una crisis tras otra. Pero siempre hay peligro: bajo la presión y la tensión, el discípulo puede tomar una decisión por puro agotamiento interior, puede deslizarse en la enfermedad o en una muerte prematura. Pero quizás no haya malas decisiones si son sinceras y abiertas a lo que pueda suceder y si los resultados son colocados sobre el altar interior de su propia dedicación a lo divino, para que Dios las acepte o las rechace.

El gurú, sin embargo, está siempre presente detrás de la escena, incluso si no se percibe su presencia ni se oye su voz en los abismos terroríficos de la profunda noche del Alma de la que han hablado numerosos místicos. El discípulo no dispone más que de un arma: la espada de su voluntad pura. Sólo él puede manipular esta espada, no para cortar ningún nudo gordiano mítico como lo hizo el joven Alejandro el Conquistador, sino para cortar la cuerda que ha tejido su propio ego para amarrar el bajel de su consciencia a un muelle seguro y confortable. Si el bajel es soltado a las corrientes y tempestades del inmenso mar del dominio astral que no puede ser alcanzado más que a través y más allá de la materialidad sólida de nuestro mundo cotidiano, la vida del individuo auto consagrado experimenta crisis radicales.

Las crisis son umbrales que hay que atravesar; lo que cuenta es la cualidad del movimiento a través, es decir, del movimiento que conduce al otro lado. Que podamos tropezar, caer o ser duramente magullados o cometer trágicos errores y herir a los demás, es inevitable en la mayor parte de los casos. La principal diferencia entre la victoria y la derrota, al menos temporal, reside en nuestra cualidad de ser. Esta cualidad de ser es más profunda que la simple motivación consciente ya que no se ha dicho acaso: El infierno está pavimentado de buenas intenciones? Por cualidad de ser yo entiendo lo que no podemos impedirnos hacer, sentir o pensar porque somos eso. La victoria llega a fin de cuentas porque todo en nosotros y más allá de nosotros el equilibrio total de poder en el campo de actualización del Alma, en el que participa nuestro sí mismo personal – todo se focaliza en el hecho de decir un sí o un no esencial.

El precio de las victorias espirituales es casi inevitablemente el sufrimiento; pero, ahí también, todo depende de la calidad del sufrimiento o, se podría decir, de aquello a lo que está vinculado el sufrimiento. Puede estar vinculado a una voluntad de victoria sobre la dominación del ego o a una decisión obstinada, tomada por el ego, de guardar el control sobre todo lo que desafía su poder, o a un sentimiento de fracaso o de impotencia que puede, en algunos casos, convertirse en voluntad semi-consciente de auto aniquilamiento.

Hay que establecer una diferencia entre sufrimiento y dolor. Todo organismo vivo tiene la experiencia del dolor cuando algunas de sus funciones vitales o la integridad del cuerpo son puestas en peligro. La Naturaleza inflige el dolor a todos los organismos vivos cuando éstos son sometidos a sus procesos más o menos violentos, sus tormentas, sus sequías o inundaciones. La implacable ley de la biosfera, comer o ser comido, produce el dolor en todas partes. Dolor que, en ciertas condiciones, e incluso en el reino vegetal, puede ser compartido por otros organismos que vibren en simpatía.

Los seres humanos tienen también la experiencia del dolor físico, en circunstancias naturales que afectan al sistema nervioso. Pero, con el sufrimiento, alcanzamos otro nivel de sentimiento, porque el sufrimiento implica una consciencia más o menos individualizada del dolor, no solamente del dolor físico, sino también del vinculado con los deseos, objetivos y expectativas personales de la potencialidad de desarrollo y crecimiento espiritual del individuo. Cuando un individuo rompe su esclavitud respecto a los demás y al ritmo instintivo de su participación en la naturaleza, cuando pone prioridad en el desarrollo de la mente y del poder social, del prestigio, del renombre y de la riqueza en una sociedad competitiva, sin tener en cuenta cómo esto afectará a la armonía natural y al buen funcionamiento de sus funciones biológicas y de sus funciones emocionales, él mismo está invocando de ese modo al sufrimiento.

El que sigue la vía transpersonal y está firmemente decidido a entrar en el sendero de la transformación total, puede esperar tener el sufrimiento como compañero de ruta. Ha entrado deliberadamente en un proceso de transición. Se ha colocado en posición neutra, de forma que pueda ser capaz de cambiar a una velocidad superior; y el cambio raramente se hace con suavidad porque, al contrario de lo que ocurre en un coche que funciona bien, cada posición del engranaje se resiste al cambio; en lugar de un tipo de lubricante que facilitaría el desplazamiento, cada diente del engranaje se rodea de una masa de partículas que se oponen al movimiento. De ello resultan frecuentemente duros y potencialmente destructores chirridos, en particular si no hay un conductor experimentado para enseñar al novicio.

De toda transición entre dos estados resulta el sufrimiento; y el sufrimiento es mayor cuando el miedo, un apego al pasado o una avidez exuberante de desbocarse hacia delante, introducen en el proceso tensiones, conflictos interiores o falsas expectativas, lo cual es corriente en nuestro mundo. En nuestra sociedad occidental, el individuo se ve atrapado en un proceso colectivo de transición, la transición histórica entre el estado tribal arcaico de la vida natural puesta al unísono con los ritmos de la biosfera – estado en el que la tribu entera tiene una psiquis y una voluntad comunes cuando afronta cuestiones fundamentales – y el estado de individualización al menos relativo de cada persona, teóricamente independiente y responsable de su crecimiento hacia una forma ideal trascendente. La individualización conduce a conflictos entre los individuos supuestamente autónomos, orgullosos de su diferencia, ávidos de expansión y de franquear todos los obstáculos; y los conflictos engendran el género de sufrimiento que está basado en el miedo, las privaciones y un sentimiento humillante de fracaso. O la decepción y el vacío que frecuentemente siguen después del éxito y del renombre.

El individuo que avanza por la vía transpersonal puede no tener que experimentar todo el sufrimiento que sus sentimientos no cesan de causar, en un momento o en otro, en los niveles psíquico y psicosomático, pero ha salido, al menos parcialmente, de la rueda éxito-fracaso social, para entrar en otra forma de transición que es igualmente radical. En las profundidades de su consciencia, ha dejado los niveles biológico y social hacia los cuales su voluntad no puede ya funcionar de manera exclusiva y natural; pero opera siempre como organismo biológico e, incluso aunque se defienda, todavía está condicionado por la cultura que le ha provisto de un lenguaje específico, de esquemas de pensamiento, sentimiento y comportamiento. Tres niveles de consciencia, de actividad y de voluntad hablan cada uno su propio lenguaje en el discípulo que se encuentra en el Sendero. Cómo no va a haber discordias interiores y sufrimientos mientras no se haya, como dicen los budistas, alcanzado la otra orilla?

Dura travesía! Es prácticamente imposible efectuar esta travesía si el aspirante no ha sido preparado para ello, por aquellos que han pasado ya al otro lado de la orilla y que, después de haber dejado las instrucciones al novicio, lo vigilan y están prestos a guiarlo y quizá a asistirlo, incluso aunque el viajero no lo note y no lo sepa. Sin embargo, por muy apoyado que se encuentre, él es el único que debe efectuar la travesía, es el único que debe batirse contra la potente corriente de la entropía material, contra la lasitud apabullante, la soledad y un sentimiento insidioso de futilidad. Debe aceptar el dolor y sobreponerse a los golpes que hieren los nervios tensos y prestos a estallar.

Todo individuo puede seguir la vía ancha de la evolución planetaria presa en las lentas oscilaciones de las masas del género humano. Este movimiento presenta un carácter cíclico pero eminentemente repetitivo. Debe haber una repetición porque la persona que avanza o que, quizá retrocede – en este camino es con frecuencia bamboleada por las altas y las bajas de la marea evolutiva. En el mejor de los casos, utiliza su voluntad para intentar permanecer en la cresta de las olas, si es que hay crestas. Los ciclos van y vienen, una persona sucede a otra; y, aunque el Alma a la cual están ligadas por hilos magnéticos vele y trate de crear una mayor intimidad, estas personalidades sucesivas no responden más que débilmente. El fuego de la voluntad divina quema poco a poco en sus tibias emociones, siempre tan normales; o bien causa estragos durante un momento y luego se apaga sumergido por las presiones de la mediocridad circundante incapaz de llevar a cabo un compromiso tímido y pasajero.

Entonces, desafortunadamente hay que volver a comenzarlo todo; a repetir, con frecuencia, el pasado que ha dejado tantos asuntos pendientes. Es tan difícil para los círculos convertirse en espirales en el momento necesario ! Solamente es posible cuando una fuerza centrífuga actúa firmemente para vencer la inercia del movimiento circular. Esta fuerza es la voluntad prometéica de que todo volver a empezar sea un nuevo comienzo, una liberación fresca, original, espontánea de nueva potencialidad. No hay peor derrota que la derrota por lo idéntico y lo repetitivo; no hay concepto más monstruoso que el del eterno retorno imaginado por la trágica mente de Nietzsche. El Océano de Potencialidad del cual he hablado es infinito: cuando el cristiano dice: Con Dios todo es posible, no hace más que personalizar este infinito Océano del espíritu, ya que el Espíritu es la posibilidad de enfrentarse a toda necesidad con una voluntad fresca y siempre renaciente, a través de la cual una nueva potencialidad de respuestas es movilizada y focalizada. Su mano sostiene efectivamente la espada, pero el Espíritu pondrá en acción la mano si la consciencia del hombre está preparada para permitirle actuar. Entonces el objetivo será alcanzado.

Siempre debemos estar listos para aceptar lo totalmente inesperado, lo milagroso. Jamás debemos sentirnos completamente vencidos. Siempre puede haber una nueva aurora, totalmente diferente de todas las auroras precedentes; pero tenemos que tener la fe. La fe es el sentimiento intuitivo, incontestable, aunque sea intelectualmente inexplicable, en que el Océano de Infinita Potencialidad nos rodea; vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser en él, pero la mayor parte de nosotros rechaza sentir y ver, pues estamos fuertemente amarrados en nuestra agitación frenética, en nuestro miedo, en nuestra concentración masoquista y en nuestra dosis de sufrimiento. Este sufrimiento es una pura pérdida e incita a una repetición sin fin. Tenemos que aquietarnos y sentir el silencioso sonido de las vastas mareas del Espíritu que merodean en las costas de nuestra consciencia o que baten quizá las recortadas rocas de nuestro orgullo y de nuestra avidez. Debemos volver nuestra consciencia hacia este mar interior y tratar de sentir el fin de un ciclo de experiencias, avanzando apaciblemente hacia el comienzo, aún impreciso y no centrado, de un nuevo ciclo. Debemos osar evocar la potencialidad de un comienzo esencialmente nuevo y, para nosotros, sin precedentes. Tenemos que convertirnos en el altar y en el sacrificio; y el perfume y la ofrenda incandescente de nuestro pasado, e incluso los recuerdos más delicados, se elevarán hasta los dioses; y los dioses responderán, ya que ellos son las formas radiantes de las nuevas potencialidades, cuando se nos ofrecen a nuestros ojos abiertos. Son nuestro mañana luminoso, si aceptan descender y nacer en nuestro fuero más interno.

Estas palabras pueden parecer hiper simbólicas, místicas y lejanas para el lector cuya consciencia sea presa de los engranajes aparentemente desesperados de la vida ciudadana; sin embargo, cada cual debería poder traducirlas en la lengua particular de su vida personal. No debería ser difícil encontrar, en nuestras relaciones, gentes que, durante su juventud, en su madurez o el alba de su vejez, estén o se hayan enfrentado con una crisis que haya modificado radicalmente el esquema de su vida: la muerte repentina o dolorosa del cónyuge, un divorcio, una enfermedad, un trágico accidente, la pérdida del hogar, los hijos que se van para casarse o, simplemente, el retiro después de una vida de intensa actividad Crisis, las hay sin fin; en cada caso llegan en circunstancias diferentes. Pero todas tienen un punto en común: representan un reto a nuestros deseos, a nuestro poder de imaginación y a la voluntad de volver a comenzar.

Podemos rechazar el reto y, con el sentimiento agudo de que la vida se ha quedado vacía y desprovista de sentido, arreglárnoslas para morir más o menos cómodamente, quizá a cuenta de la felicidad o del dinero de alguien, quizá vengándonos inconscientemente de los demás por el fracaso de nuestra propia fe. O bien podemos partir hacia una Riviera y gozar del sol o jugar al bridge mientras nos dedicamos a chismorrear en un hotel de moda. Si hacemos eso, qué sucede con nuestro talento, con nuestra energía o con la riqueza y la influencia que tenemos? Dejaremos de actualizar nuestras potencialidades inherentes de consciencia y de desarrollo de la personalidad porque hemos sido vencidos por las circunstancias? Pero estas circunstancias han llamado a nuestra puerta simple y únicamente para ofrecernos un nuevo renacimiento!

El que no renace con una nueva fe y un nuevo sentido de potencialidad después de una crisis fundamental, ha aceptado la derrota. Regresar al statu quo, a las fronteras de antes de la guerra, o a los buenos viejos tiempos es una derrota, incluso si se celebra como una victoria. El hijo pródigo ha regresado a su casa pero con qué?, por qué? No hago alusión a bienes sino al cómo se haya transformado se habrá transformado de manera permanente y radical cuando regresó ? .

Derrota es el único calificativo que debe aplicarse a este despertar de fantasmas, a estos viejos hombres sin imaginación, los atemorizados detentores de privilegios. Cuántas de estas derrotas no habremos visto después de las crisis trágicas de nuestras guerras mundiales? Es el mismo tipo de derrota que ha sido perpetrado por algunos psiquiatras, por la vía de la lobotomía, o de manera menos irrevocable pero esencialmente recubierta de la misma actitud, cuando rechazan las energías de un espíritu en explosión, disfrazado bajo el sutil traje del conformismo. Así una crisis más habrá tenido lugar en vano; una batalla más habrá sido librada sin finalidad o habrá servido acaso para pavimentar la vía hacia un conflicto más total entre fuerzas más exactamente apareadas, como se produjo en el campo de batalla de Kurukshetra hace cinco mil años! Por qué es tan difícil hacer un llamamiento a las nuevas potencialidades de la existencia para recomenzar, para ser una vez más virginal ante el alba que invoca la novedad expansiva?

No sabemos cómo ofrecer ritualmente, en sacrificio – a lo nuevo los frutos de nuestro pasado al cual permanecemos tan apegados; o bien no nos atrevemos, porque los fantasmas del ciclo que termina nos asaltan, nos oprimen y nos bloquean la puerta hacia la nueva posibilidad. Cuánto queremos a estos viejos fantasmas! Nunca hubiéramos podido decir nada agradable sobre nuestro marido, pero ahora que ese pobre John se ha ido estamos perdidas: Era tan maravilloso!. Lloramos, y John reaparece bajo la forma de Paul en el que el fantasma se instala cómodamente. Y la rueda sigue girando: nacimiento, decrepitud, muerte, siempre y para siempre los mismos. Oh conformismo, religión y fantasmas!… con el más grande de todos los fantasmas, el Dios Todopoderoso de nuestras iglesias.

Si, lo repito, Cristo ha venido para traernos la espada de la separación ! Los cielos en nosotros sobre los que ha hablado son el campo de la infinita potencialidad y de la abundancia creadora. Vino para bautizar con el fuego. Nos ha pedido que dejemos tras nosotros y que odiemos todo lo que el conformismo de su tiempo y de su raza aprendió a adorar, nos ha pedido que tomemos nuestra cruz y lo sigamos Su vía conducía a la crisis más total, por lo tanto, potencialmente, a la victoria más completa.

Lo que es necesario es el coraje: el coraje de tener fe en el derecho inalienable y la responsabilidad que tiene el hombre de comenzar de nuevo y sin precedentes; el coraje de despedirse de los fantasmas y de olvidarse de ellos; el coraje de enfrentarse a las aterradoras tinieblas de la noche del Alma, en la certidumbre de que habrá una aurora; el coraje de permitir que su consciencia y su ego sean limados, pulimentados, como una lente perfectamente formada y que permitirá a la luz creadora de la nueva potencialidad focalizarse, de manera precisa, efectiva y justa, en nuestra ipseidad más íntima y, a partir de ahí, liberarse hacia todos. Coraje, fe, y, a lo largo de todo el camino, amor y claridad de espíritu: tales son las exigencias esenciales para el que osa entrar en el Sendero, el sendero de la transformación siempre renovada.

Dane Rudhyar

Extractado por Mario Fernandez de
Preparaciones Espirituales para una Nueva Era.-
Editorial. Heptada.

 

 

 

Yoga Integral

Yoga Integral

El Yoga integral postula la integración completa y dinámica de la personalidad, para lo cual es necesario actualizar la esencia más profunda de nuestra individualidad, el centro único de expresión creativa del Ser. Esta integración, sin embargo, tiene lugar a tres niveles diferentes: la integración psicológica, la integración cósmica y la integración existencial.

La integración psicológica.

Esta supone la armonización de todos los conflictos de nuestra personalidad, en particular de aquellos impulsos, fuerzas y necesidades instintivas inconscientes que se contraponen a la voluntad racional de nuestra mente consciente modelada por las fuerzas sociales y culturales propias de la comunidad a la que pertenecemos.

Nuestro psiquismo puede compararse a una especie de central eléctrica, capaz de generar una enorme cantidad de energía, donde descansa el instinto sexual, el tropismo hacia el crecimiento y el desarrollo, el impulso que nos incita a la expansión ininterrumpida y completa de nuestro ser y a la afirmación de nuestra voluntad de poder. El inconsciente es la morada de los anhelos, los deseos reprimidos y las tendencias verdaderamente creativas; es una región donde coexisten lo vulgar y lo sublime, un dominio en el que el ángel y el demonio se dan la mano, un reino en el que la luz permanece oculta en la oscuridad y en el que la oscuridad puede convertirse en luz.

En los estratos más profundos del psiquismo inconsciente, habita la memoria evolutiva de la raza humana. Allí se hallan almacenadas, en forma de imágenes arquetípicas, las experiencias cruciales de la historia evolutiva de la humanidad. En este nivel, propio de nuestra herencia inconsciente, esperan dinámicamente los símbolos e imágenes de Dios como Padre o como Madre cósmica, del “puer eternus”, del eterno femenino, del anciano sabio, de la bruja malévola, de la serpiente como personificación de los impulsos irracionales y del pájaro como emblema de las elevadas aspiraciones intelectuales del ser humano.

La consciencia racional, en cambio, es el fruto de las fuerzas socioculturales. Por tanto, nuestra concepción del bien y del mal, de Dios y del demonio, del cielo y del infierno, dependen del entorno cultural al que pertenecemos. Nuestra conducta se orienta hacia el logro de aquellos objetivos que concuerdan con los estándares aprobados socialmente, aunque ello suponga la represión de determinados contenidos inconscientes. De esta manera, en el corazón de todo ser humano se libra una incesante contienda entre lo consciente y lo inconsciente, entre el impulso y la ley, una batalla que, cuando supera la capacidad del individuo, genera todo tipo de perturbaciones emocionales.

Con mucha frecuencia el ser humano acomete intentos desesperados para sofocar esta tensión psíquica. Hay quienes prefieren la espontaneidad de los impulsos pasajeros al freno de la razón y, en consecuencia, ceden a los arrebatos de sus instintos y se dejan llevar por el principio del placer o por el concepto hedonista de “comer, beber y ser feliz”. Lamentablemente, sin embargo, el hedonismo encierra paradójicamente la semilla de la frustración y no tarda en revelarse como un burdo engaño ya que el placer tan afanosamente buscado escapa de nuestras manos como el agua. En realidad, los placeres más intensos son aquellos que sobrevienen inesperadamente o que son consecuencia de nuestro interés genuino por un objetivo verdaderamente valioso. Además, si nos entregamos al principio del placer no habrá modo de conciliar nuestras contradicciones y llevaremos una existencia conflictiva y absurda sometida a todo tipo de placeres momentáneos.

Otros, por el contrario, anteponiendo la perfección al placer, adoptan una actitud absolutamente opuesta al hedonismo y emprenden el arduo camino de la austeridad y la abnegación. De este modo, empujados por una devoción inquebrantable hacia algún modelo aceptado socialmente, tratan de extirpar en forma drástica los impulsos de su mente inconsciente. Esta actitud, sin embargo, termina generando un super-ego opresivo y tiránico que consume su alma con el fantasma del pecado mientras las llamas del puritanismo agostan su fluído vital como los rayos de un sol abrasador. El precio es una conducta excéntrica que puede también desembocar fácilmente en graves perturbaciones psicológicas.

Hay otras personas que, rechazando la superficialidad y convencionalidad de la vida social, deciden entregarse a la búsqueda independiente del espíritu sin seguir modelo alguno. Eligen el camino ascético de la devoción exclusiva a la Trascendencia, recorren completamente a solas el sendero que conduce hacia el Unico y llegan incluso, en ocasiones, a asumir una actitud hostil e indiferente hacia la sociedad. Sin embargo, psiquismo y sociedad son, en última instancia, inseparables y, en consecuencia, la represión de los aspectos sociales conduce necesariamente a la represión de determinados impulsos fundamentales de nuestro psiquismo. A pesar de todo, la búsqueda incondicional del espíritu que hace caso omiso de los requerimientos de la sociedad y de los impulsos del psiquismo puede aportarnos ciertos logros espirituales. La intensificación de la consciencia interna provoca percepciones estéticas o visiones místicas extraordinarias que aportan, indudablemente, cierta satisfacción. Sin embargo, estos logros no dejan de ser limitados porque la negación de la vertiente social e instintiva de la vida constituye una verdadera mutilación. De esta manera escalamos las alturas del espíritu pero perdemos el contacto con las profundidades del psiquismo, conquistamos la lucidez pero perdemos la totalidad, subimos a los cielos pero nos alejamos de la tierra, ascendemos meteóricamente a una posición sobresaliente pero perdemos, en fin, la oportunidad de crecer armónicamente y alcanzar la realización integral.

La integración psicológica supone el crecimiento armónico de la personalidad e implica una atención ecuánime a todas las necesidades instintivas fundamentales de nuestra naturaleza y a las disposiciones concretas de nuestro psiquismo. Pero, para que se produzca la reconciliación entre el impulso y la razón, entre el “ello” inconsciente y el “ego” consciente, tenemos que descubrir el Yo Superior, el principio unificador profundo de nuestra existencia. De otro modo, corremos el peligro de fomentar el desarrollo de la mente a expensas del cuerpo, de la fuerza muscular en detrimento del cerebro, del intelecto a costa de la emoción, del sentimentalismo en aras de la objetividad, del crecimiento tiránico de la consciencia social a costa del sacrificio de nuestras necesidades psicológicas o del desarrollo de una conducta rebelde, caprichosa y arbitraria en perjuicio del orden social.

Psiquismo y sociedad son esencialmente inseparables, por esto, no debemos olvidar que nuestro crecimiento psicológico individual exige tener en cuenta las demandas de la sociedad. Por imperfectas que puedan parecernos las normas morales no podemos rechazar nuestra relación con la sociedad sin mutilarnos. La sociedad forma parte inseparable de nuestra alma y aunque nos retiráramos a la más remota de las soledades seguiríamos llevando a la sociedad con nosotros. El alma tiene la necesidad vital de relacionarse con sus semejantes, de amar y de ser amada. Podemos criticar la sociedad y tratar de cambiarla, pero no podemos ignorarla porque cuando nos aislamos de las relaciones y de las actividades sociales cercenamos la vertiente social de nuestra alma. Renunciar a la sociedad debido a sus imperfecciones sería como repudiar a nuestra esposa porque está enferma. Del mismo modo, reprimir a la mente inconsciente por causa de sus impulsos oscuros sería como arrojar al niño por el desagüe junto con el agua de la bañera. La luz se esconde en el núcleo mismo de la oscuridad.

La integración cósmica.

Toda la discusión precedente sobre la necesidad de la integración psicológica nos sirve como introducción al concepto de integración cósmica. Jamás podremos alcanzar la integración plena del psiquismo si ignoramos la relación existente entre éste y la naturaleza, entre la sociedad y el cosmos. El psiquismo y el cosmos representan aspectos inseparables de la misma realidad que no es psiquismo ni cosmos, que no es un yo aislado ni un universo independiente sino un continuo psicocósmico, un yo-en-el-universo o un universo-para-el-yo, Atman-Brahman, (tú-eso o yo-eso).

A decir verdad, en el universo no existe ninguna entidad completamente aislada y cerrada en sí misma. Un átomo existe en la medida en que se relaciona con un campo energético, una planta crece cuando está en un entorno físico compuesto de aire, luz, agua y suelo, un animal vive y se mueve porque interactúa con su propia especie y con animales de otras especies y, finalmente, el hombre se desarrolla en la medida en que puede interactuar con la naturaleza, la sociedad y la profunda llamada de lo eterno. En definitiva, existir es relacionarse y, en ese sentido, la relación es absolutamente vital para la existencia.

Para que nuestro desarrollo psicológico sea sano, feliz y pleno, es necesario que mantengamos una relación integral con nuestro entorno, tanto natural como social. El aire limpio, el agua fresca, el espacio abierto y la comunión silenciosa con la naturaleza son esenciales para el desarrollo del psiquismo humano. La contemplación del esplendor y magnificencia de la naturaleza constituye una profunda fuente de inspiración para nuestra alma. Por ello, el estilo de vida artificial propio de la sociedad moderna perjudica gravemente la salud y la vitalidad.

Además, la armonía con la naturaleza despierta un sentimiento de afecto hacia el reino animal. El cruel sacrificio de animales adormece nuestro espíritu y la indiferencia ante su mudo sufrimiento embota nuestra sensibilidad. Al enfrentarnos violentamente con el resto de la creación provocamos todo tipo de discordias y tensiones internas que terminan debilitando y desfigurando nuestra personalidad. Mientras sigamos infligiendo heridas a la vida no podemos alcanzar la plenitud psicológica. Para el crecimiento equilibrado y armónico de nuestra personalidad es vital experimentar un sentimiento de unidad con la naturaleza y de reverencia y respeto hacia toda forma de vida.

La presencia de la sociedad es indispensable para la maduración de nuestra mente. Por ello, el método fundamental para romper la cáscara del egocentrismo consiste en interesarnos activamente por nuestros semejantes. Cuanto mayor sea nuestra entrega al amor y la amistad, más rápido será nuestro crecimiento, y cuanto más nos comprometamos con el bienestar de nuestros semejantes, más se expandirá nuestro ser.

El primer paso para trascender el egocentrismo consiste en aprender a subordinar el placer y la comodidad personales en beneficio de nuestra familia. Profundizando en esta dirección, llegaremos a percibir la indivisibilidad del bienestar de la humanidad y a comprometernos con la felicidad de toda la familia humana. Los distintos grupos humanos dependen mutuamente unos de otros, todos somos miembros inseparables del entorno cósmico en que vivimos, todos participamos de la misma totalidad cósmica indivisible. Esta es la verdad que puede conducirnos finalmente a la integración cósmica.

La integración existencial

Para alcanzar la plenitud total no basta con lograr la integración psicológica y la integración cósmica, sino que también es necesario llegar a descubrir el espíritu de lo eterno del cual derivan tanto el psiquismo
como el cosmos.

Por más que intentemos convencernos racionalmente de la necesidad de alcanzar la armonía psiológica, la contradicción entre las diferentes facetas de nuestra personalidad – pasión y razón, instinto e intelecto, emoción y entendimiento, por ejemplo – parece irreconciliable. La razón puede proporcionarnos cierto grado de equilibrio, pero la resolución definitiva de nuestros conflictos mentales es imposible de alcanzar en el plano psicológico. El secreto de la armonía psicológica completa descansa en la actualización de la dimensión atemporal de la existencia. La integración total del psiquismo sólo es posible a la luz de la experiencia existencial, es decir, la percepción directa e inmediata del sustrato atemporal. Para el logro de la integración psicológica global necesitamos conectar existencialmente con el trasfondo atemporal del Ser.

Lo mismo podríamos decir con respecto a la integración cósmica. Por más que intentemos convencernos racionalmente de la necesidad de alcanzar la armonía cósmica y social, la razón parece ser incapaz de resolver las irreconciliables discrepancias existentes entre el yo y la sociedad, entre el psiquismo y el cosmos. Lo máximo que podemos esperar es cierto grado de compromiso entre el crecimiento personal y el bienestar colectivo. El secreto de la armonía cósmica completa reside en la actualización del fundamento atemporal del proceso cósmico, la presencia dinámica de lo eterno en la evolución y en la historia. La unidad fundamental entre el psiquismo y el cosmos se oculta en la profundidad atemporal del Ser. Sólo la profundización existencial en el abismo del Ser puede revelarnos el principio de la armonía social, sólo podemos alcanzar la integración total entre el psiquismo y el cosmos a la luz de la realización supracósmica.

El Juego de las Polaridades en el Abrazo Tántrico

El Juego de las Polaridades en el Abrazo Tántrico

“El Camino del Éxtasis” indica ciertas vías para llegar a alcanzar una sexualidad en la cual los egos queden sobrepasados y se unan al final al cosmos.

Se podría decir que esta experiencia tiende a establecer un mundo sin fronteras donde la plenitud y el vacío se oponen, según el esquema de toda dialéctica. La plenitud del hombre es activa y, por lo tanto, se disuelve hasta llegar a ser pasiva, en tanto que, inversamente, el vacío de la mujer es pasivo, pero es también atractivo e incita a la actividad. El paso del uno al otro se produce justamente en su equilibrio inmóvil, pero animado subconscientemente por este doble intercambio bipolar, por el cual el activo satura
al pasivo que se transforma en activo, y el pasivo es saturado por el activo que pasa a ser pasivo.

La dinámica de estos intercambios se establece en relación inversa a los polos sexo-cerebro del hombre y de la mujer. En el concepto habitual, la polaridades sexuales de la díada se establecen así: el hombre es activo-pasivo, la mujer es pasiva-activa. El hombre es una plenitud que tiende a vaciarse, la mujer es una vacuidad que tiende a llenarse. El hombre actúa expulsivamente para penetrar, la mujer se somete atractivamente para absorber.

La visión transcendental presenta una relación diferente a nivel de las polaridades cerebrales. Aquí es la mujer quien es activa-pasiva y el hombre pasivo-activo. Siendo que precisamente era el hombre que infundía a la mujer, aquí es ella que se infunde en el hombre. Ella posee la intuición actuante y directa de la sophia, la sabiduría, en tanto que el hombre no posee más que la razón que analiza y recibe. El es una consciencia vacía que quiere llenarse; ella es un conocimiento pleno que quiere comunicarse.

A la luz de este análisis, es entonces posible simbolizar las relaciones: sexo de la mujer (SM), cerebro de la mujer (CM), y, por otra parte: sexo del hombre (SH), cerebro del hombre (CH) de la manera siguiente:

 

Mujer
CM + Cerebro Mujer activo
Intuición activa o lucidez de la conciencia separada
CM – Cerebro Mujer receptivo
Vacío mental
SM – Sexo Mujer receptivoSM + Sexo Mujer actuante

 

 

Hombre
CH – Cerebro Hombre
pasivo-receptivo
CH + Cerebro Hombre activo
consciencia lúcida o desdoblada
SH + Sexo Hombre
emisor activo
SH – Sexo Hombre
receptor pasivo (inmovilidad)

 

Al interior de cada uno de los participantes, los dos polos sexo-cerebro asumirán alternativamente los
roles pasivo-receptivo y activo-emisor, esto en una dinámica antagonista (inversa) en relación a los roles asumidos por estos dos polos en el otro participante en un momento dado.

Así, por ejemplo, cuando el sexo de la mujer (SM) sea receptivo-pasivo (durante los lapsos en el curso de los cuales ella absorbe la energía o simiente sutil del hombre), su cerebro (CM) asumirá el rol activo que mantendrá el desapego necesario a la orquestación consciente (control-relajación) de los pasajes sucesivos de la energía hacia los planos sutiles. Así la mujer coopera al proceso de fijación y de elevación del placer, evitando en el momento justo el abandonarse a una crisis paroxísmica, pues su claudicación (pérdida de consciencia, explosión orgásmica, movimiento brusco) podría interrumpir la fase de transmutación y precipitar la eyaculación en su compañero.

Se produce esta relación antagonista de los dos polos en la mujer, ya se trate del ejemplo citado ( SM – y CM + ) o de su inverso ( SM + y CM – ). En el segundo caso, ella se concentrará toda entera hacia el orgasmo, hasta alcanzarlo en el abandono de la consciencia. Esto permite el despertar de la Kundalini y su elevación, pero también el despertar del andrógino en la coincidencia activamente realizada del hombre y
de la mujer en ella.

Ocurre lo mismo en lo que concierne al hombre. Su sexo será a su turno pasivo-receptivo (en particular cuando él absorbe la simiente sutil de la mujer justo después del orgasmo de ella), en la inmovilidad de la postura, del aliento, de la mente, que facilita la activación de la lucidez de la que depende el control de sus reflejos (eyaculación); es decir, la interiorización de la consciencia y la inversión de la energía simiente. La relación sería entonces:(SH – CH +). Luego vendría la inversión cíclica: (SH + CH -) en el momento en que el hombre estimula a su compañera hacia un nuevo orgasmo, mientras su cerebro receptivo subordina la consciencia a las sensaciones de su cuerpo (identificación), y a la percepción de las de ella, hasta abandonarse juntos a la ola final del éxtasis. Así se produce el círculo por el juego de la dualidad asimétrica de las dos parejas del activo-pasivo y del pasivo-activo en estado eterno de permutación circular.

Entonces se produce una doble inversión cruzada, cuando la carga energética (la función) de los polos respectivos se invierte en cada uno en relación al polo correspondiente en la pareja.

Por ejemplo, en el caso de una unión ordinaria:
l.- El sexo del hombre toma posesión del sexo de la mujer.
2.- La consciencia femenina es activada.
3.- Ella recarga el cerebro del hombre que está receptivo (unificado).
4.- Activación más penetrante del sexo del hombre hasta la explosión orgásmica (implosión en la mujer).

Y en el caso del comienzo del abrazo inverso:
l.- El sexo de la mujer toma posesión del sexo del hombre. Ella es activa y móvil, él permanece inmóvil.
2.- Activación de la mente del hombre (visualización de la absorción de energías, control, lucidez).
3.- Sumergimiento de la consciencia femenina (unificada).
4.- Activación de su sexo (vibraciones uterinas).

Esta misma relación de antagonismo de polaridades se analiza a título de ejemplo:

SEXO DEL HOMBRE +

l.- Estimula activamente a la mujer (movimientos físicos)
2.- Ella recibe la energía y se abandona al deseo.
3.- Ella induce conscientemente las contracciones reflejas que llevan al orgasmo.
4.- Intensificación de la simiente sutil masculina (virya).

CEREBRO DEL HOMBRE –
Consciencia neutra, vitalizada.

———

Inversión de los roles:

SEXO DE LA MUJER +

l.- Estimula y emite energía.

SEXO DEL HOMBRE –

2.- Inmóvil absorbe.

CEREBRO DEL HOMBRE +

3.- Controla y retiene.

SEXO DE LA MUJER +

4.- Activación de las vibraciones sexuales.

——————–

CLIMAX DEL ORGASMO:

SM +

l.- Se abandona a la ola y se une al éxtasis del compañero.

2.- Absorbe y es recargada. Inducción de la simiente sutil (virya)..

3.- Ambos son un solo ser.

4.- Ella emite su energía sutil.

CM –

La importancia de esta visión reside en el hecho que el orgasmo es suscitado por la doble inversión cruzada de las polaridades, la sola capaz de exacerbar, por una parte, la presión casi insoportable de la energía en
el sentido de una explosión íntimamente deseada y atizada por la agitación de procesos psicológicos, y por otra parte, la contra-tensión psíquica que unifica los estados vibrantes de la energía en el sentido de una implosión, haciéndolos penetrar en la consciencia e interiorizándolos por una tensión unificada de toda la persona. Este retorno sobre sí, este “éntasis” (opuesto a éxtasis) es la experiencia cero que lleva al centro de un mandala.

PolaridadesAbrazoTantrico01
 

 

El juego antagónico y complementario de los cuatro polos de la cruz produce una circulación de energía en espiral que gira en ambos sentidos. Se puede imaginar los cuatro brazos de la cruz girando sobre sí mismos como los ejes de una rueda (lo que ocurre exactamente con los chakras), a fin de producir la espiral energética que conducirá a la explosión o implosión orgásmica (punto cero). Esta “transfusión” final estabiliza el movimiento y produce este salto en el vacío del cero central donde los polos se fusionan y las polaridades se anulan.

El juego tántrico propone entonces pasar de una lectura horizontal (orgasmo eyaculatorio percibido en el cuerpo y de corta duración) a una lectura vertical (dinamización vertical de las relaciones sexo-cerebro, orgasmo no eyaculatorio, fuera del tiempo y del cuerpo, éxtasis sentido más al nivel del cerebro que de las zonas genitales).

Se trata, entonces, para cada uno de los participantes:
l.- Asumir fácilmente la alternancia receptiva/emisora hombre/mujer. La mujer inicia el rito sexual siendo activa al comienzo.
2.- Saber controlar la eyaculación en el hombre y el orgasmo de tipo explosivo en la mujer. Este control debe ser adquirido por ciertas prácticas para permitir el abandono más allá del esfuerzo voluntario, siempre continuando la retención, hacia un orgasmo de tipo implosivo.

El “punto cero” es el justo equilibrio de donde puede brotar la consciencia andrógina. Siendo ella en su realización a la vez hombre y mujer, no es ni el uno y la otra sino que los transciende a ambos. Se podría entonces simbolizar su manifestación progresiva por el juego de relaciones del hombre exterior con su mujer interior, y de la mujer exterior con su hombre interior. Esto permite clarificar las relaciones en la pareja. Cuál es, por ejemplo, la relación del hombre interior de la mujer con el hombre exterior?

Si estos dos polos están activos, las energías se contraponen. Hay una pugna por quién dominará al otro… Lo que quiere decir que, en la visión transcendente, los semejantes se rechazan, en tanto que los contrarios se atraen. Entonces estas cuatro polaridades se funden en una imanencia común.

El orgasmo puede ser, por lo tanto, simbolizado por ese “punto cero” en el centro de una cruz en la cual se equilibran la horizontal y la vertical. Es el paso de la consciencia espacio-temporal del yo a la supra-consciencia (fuera del tiempo y del espacio) del Ser. Ultima y paradojal alquimia donde el otro (la puerta y el camino) desaparece, donde el ser (cuerpo-consciencia) se aniquila en el éxtasis de su desintegración. Llegando a ser Nada, él deviene el Todo. Esta “muerte de la muerte” es la resurrección de aquel que se concibe siendo concebido.

Margot Naslednikov

Traducido y extractado por Farid Azael de
Question de, N 42
Editions Retz
París

Introducción al Budismo Zen.

Introducción al Budismo Zen.

“Cuando llegues a la cumbre de una montaña, sigue subiendo”.
Expresión zen.

El budismo zen, heredero de tradiciones culturales hindúes y chinas, y estrechamente vinculado a la cultura japonesa, a partir del siglo XII, no puede considerarse ni una religión, ni una filosofía, ni tampoco una psicología o una ciencia. Es más bien una disciplina o una experiencia cuya finalidad última es proveer al hombre de una técnica que le permita alcanzar la iluminación (o satori, para el zen).

Intentando formularlo en términos occidentales, se podría decir que el objetivo fundamental del zen es salvar al hombre de la locura y la parálisis, a través de la apertura de ese “tercer ojo”, tan citado por textos búdicos, que es el que le permitirá “ver”. Ya que sólo el satori es el que permite traspasar la frontera y ver, quien lea sobre zen antes de alcanzarlo es como un ciego de nacimiento que intentara entender los colores a través de descripciones.

El satori, dice el zen, es lo que despierta a la verdadera vida, que se contrapone a lo que ilusoriamente se considera como la vida: “El hombre es perfecto y nada le falta, pero esta idea duerme en el centro de él. No se da cuenta de ello pues está preso en la maraña de sus representaciones mentales. Todo ocurre como si entre el hombre y la realidad, su actividad imaginativa hubiera tejido una pantalla”.

La realización perfecta no se da en otra vida, en otro mundo, sino “aquí y ahora”, una vez que se consigue el satori.

El zen propone disciplinar la mente hasta hacerla dueña de sí misma, por medio de la comprensión interna de su propia naturaleza. La disciplina del zen abre el ojo de la mente para mirar dentro de la razón misma de la existencia. Sólo así el hombre será capaz de captar la naturaleza real de su mente o alma.

Para esto, el zen exige que cada cosa sea experimentada directa y personalmente por cada uno en lo más profundo de sí. Siempre se refiere directamente a los hechos evitando cualquier conocimiento especulativo. No cree que las construcciones del intelecto puedan conseguir que el hombre solucione sus problemas más profundos. Es por eso que no atribuye ninguna importancia a los sutras sagrados o a exégesis realizadas por sabios o eruditos. Para el zen, la experiencia personal se opone a la autoridad y revelación objetiva.

El zen es particularmente evasivo en lo que respecta a sus aspectos exteriores. En primer lugar, no es un sistema fundado en la lógica y el análisis. Es el antípodo de la lógica, es decir, del sistema dualista de pensamiento. Es heredero en esto del Tao al considerar que, mientras el intelecto se esfuerce en aprisionar al mundo en su red de abstracciones y en etiquetar la vida en categorías rígidas, el sentido real del mismo permanecerá incomprensible. No enseña nada de análisis intelectual.

Por otro lado, tampoco impone una doctrina. Desde ese punto de vista podría decirse que el Zen es caótico: no existen libros sagrados, principios dogmáticos, fórmulas simbólicas que faciliten el acceso a su significado. No enseña nada. Sólo indica el camino hacia la mente. No tiene un Dios, no practica ceremonias rituales, no posee una morada futura para los muertos. Es totalmente libre de toda traba dogmática.

El termino “zen”, de origen japonés, es un término tremendamente complejo, que lleva en sí tanto el concepto “meditar” -que es el “método” que lleva al “conocer”- como ese “conocer” o “iluminación”, entendido como fin a alcanzar. El término también lleva implícita la existencia de un “sí mismo” (sujeto del meditar). Por lo tanto, “zen” implica que en el mismo método, en el ponerse en camino de, habita ya el conocer o iluminación (satori).

“El (hombre) es el que medita
él es la meditación
él es la cosa sobre la que se medita.
El que conoce y lo conocido, son uno.”

Sujeto y objeto quedan suprimidos y el conocer, libre al fin de la dualidad que lo encadenaba, puede manifestarse como puro “conocer”.

Simplemente, el zen se propone tomar las cosas tal cual son: considerar la nieve blanca, el cuervo negro. Suzuki, uno de los más notables difusores del budismo zen en occidente, dice en uno de sus textos que la meditación es algo que se agregó artificialmente como una forma de rechazar el intelectualismo que empapa nuestra cultura, pero no pertenece a la actividad natural de la mente. En qué meditan los pájaros en el aire? En qué meditan los peces en el agua?. Unos vuelan, los otros nadan. No es suficiente?

Para el zen es fundamental tomar contacto con el funcionamiento interno de nuestro ser en la forma más directa posible. Considera que las reglas artificiales y esquemáticas del pensamiento no esclarecen la experiencia, y la enturbian. Nuestra adhesión irracional a la interpretación lógica de las cosas, nos impediría alcanzar una comprensión cabal de la verdad. Si queremos llegar a la esencia de la vida, tenemos que abandonar nuestros preciados silogismos y adquirir una nueva forma de observación que nos permita escapar de la tiranía de la lógica y de la parcialidad de la fraseología cotidiana.

Es por eso que se preocupa sólo de hechos, no le interesan las representaciones lógicas ni las verbales, consideradas defectuosas y parciales. Siente que el lenguaje y sus nombres encadenan al hombre a formas sin sentido.

El razonamiento ordinario y lógico ha sido incapaz de satisfacer en forma concluyente nuestras necesidades espirituales más profundas. La vida es un arte, dice, y como todo arte perfecto, debe olvidarse de sí misma, no debe existir ni rastro de esfuerzo o sensación penosa. La vida debería vivirse como el pájaro que vuela en el aire o el pez que nada en el agua.

Hoy la mente está tan condicionada a operar dentro del dualismo lógico que se niega a desembarazarse de su carga. Sin embargo, la consistencia lógica no es definitiva. El hombre debe buscar -y encuentra- una afirmación superior, más allá de la antítesis lógica de la afirmación y negación.

El método de la disciplina zen consiste generalmente en poner al discípulo frente a un dilema ante el cual deba aplicar todos sus esfuerzos para escapar, pero no por medio de la lógica, sino por medio de una mente de orden superior. El momento en que la elocuencia y el silencio se tornen idénticos, es decir, en que la negación y la afirmación se unifiquen en una forma superior de afirmación, recién ahí se conocerá el zen.

El zen nunca explica, sólo afirma. Ya que la vida es un hecho, ninguna explicación es necesaria o apropiada. Intentar entender el zen desde un punto de vista racional es imposible. El zen es una disciplina y una experiencia que no depende de ninguna explicación. Es eminentemente práctico. Apela directamente a la vida, sin referencias al alma, a Dios o a cualquier cosa que interfiera o perturbe el curso ordinario del vivir. Toma la vida tal como fluye.

Las características esenciales del zen son su naturalidad, su liberación de lo artificial, su expresividad de la vida misma, su originalidad: “Todos buscan la verdad demasiado lejos y la tienen a su lado. Lo mismo pasa con el zen. Buscamos sus secretos donde es improbable encontrarlos, en abstracciones verbales y sutilezas metafísicas, cuando la verdad del zen se encuentra en las cosas más concretas de nuestra vida diaria”.

“Un monje dijo al maestro: “Hace algún tiempo que vine aquí para que me instruyérais en el camino sagrado del Buda, pero todavía no me habéis dado el menor indicio de él. Os ruego que seáis más benévolo conmigo”, A lo que el maestro contestó: “Qué quieres decir, hijo mío? Cuando me saludas todas las mañanas, acaso, no te devuelvo el saludo? Cuando me traes una taza de té,acaso no la acepto y la tomo encantado? Aparte de esto, qué otras instrucciones quieres que te dé? “.

A un célebre maestro le preguntaron cierta vez “Hacéis algún esfuerzo para disciplinaros en la verdad?”

– Sí, por supuesto.
– Y cómo os intruís?
– Cuando tengo hambre, como, cuando estoy cansado, duermo.
– Esto es lo que hacen todos, puede decirse, acaso, que ellos se están
instruyendo de la misma manera que vos?
– No.
– Por qué no?
– Porque cuando ellos comen, no comen, sino que piensan en otras cosas que los distraen, y cuando duermen, no duermen, sino que sueñan en mil y una cosas. Por eso no son iguales a mí.”

No debe entenderse con estos ejemplos, sin embargo, que el zen es un naturalismo desprovisto de disciplina. Los métodos que existen dentro del zen para lograr la iluminación -“razón de ser del zen”- son diversos y muy rigurosos. Sin embargo, lo que hacen es sólo indicar el camino, dejando a la propia experiencia el resto; es decir, lo que se pretende es que cada cual siga la indicación para penetrar directamente en el objeto mismo para verlo desde dentro.

Por lo dicho, en general, todas las exposiciones zen son sólo impresiones directas de la experiencia, sin interpretaciones intelectuales o metafísicas. El zen niega toda explicación, pues busca ser vivido. Considera que la visión interna de la realidad carece de contenido, pero, cuidado, esta ausencia de contenido no es abstracción.

La única forma de lograr esta visión interna es a través del satori, y por lo tanto, éste es el único objetivo del zen. El zen no tiene palabras, porque cuando se tiene el satori, se tiene todo.

Los medios que los adeptos al zen utilizan para alcanzar el satori presuponen una intensa búsqueda intelectual y la intensificación extrema del espíritu de investigación. Cuanto más fuerte es un espíritu de investigación, mayor es el satori resultante. Sin embargo, esta búsqueda debe entenderse en un sentido diferente de una búsqueda puramente intelectual, pues implica un ferviente deseo de sobrepasar las limitaciones propias del individuo.

Meditación Zen

En general, todas las culturas orientales utilizan la meditación como una forma de lograr sus fines. En el caso del zen, sin embargo, la meditación es más una concentración que un ejercicio intelectual. El objeto del dhyana (meditación) es conseguir que el individuo penetre directamente en algo que reside en el origen de todas las actividades mentales y físicas y que es la fuente de la energía y el conocimiento.

El método zen provoca, excita, intriga, anonada al intelecto y a las emociones, hasta que el discípulo llegue a comprender que la intelección consiste solamente en pensar acerca de, y que la emoción es solamente sentir respecto de algo. Sólo cuando se ha llegado a un callejón intelectual sin salida se tiende un puente entre el contacto conceptual de segunda mano con la realidad y la experiencia de primera mano.

Al final de la concentración se llega a un vacío en la mente. Todo razonamiento abstracto cesa, puesto que pensamiento y pensador no se oponen el uno al otro. Es sólo entonces que el mecanismo interior está maduro para la eclosión definitiva o satori. A partir de ese instante el estado de consciencia resultante no se puede describir en términos de lógica o psicología, sino únicamente desde el propio estado.

El proceso de maduración podría resumirse en tres fases: acumulación, saturación y explosión.

Mondos

El zen, además de la meditación (dhyana), común a todas las escuelas orientales, recurrió a métodos que eran eminentemente prácticos, pero que no seguían reglas preestablecidas. En un principio, estos métodos toman la forma de preguntas y respuestas (en japonés, “mondo”). Algunas de ellas se han convertido en clásicas, precisamente porque en ellas no hay nada sistemático: “Cuando un monje le pidió a Tchao Tchú que le instruyera en el zen, éste le dijo:

– Has tomado tu desayuno?
– Sí, maestro, lo he tomado.
– Entonces, vete a lavar los platos.

Esta respuesta abrió súbitamente los ojos del monje a la verdad del Zen”

Otro: “Un día el maestro Fo Kuo y su discípulo Hsiun paseaban por la montaña; al pasar cerca de un estanque profundo, Fo Kuo empujó rudamente a su compañero al agua, preguntándole al instante:

– Qué piensas de Fa Jung antes de su encuentro con el cuarto patriarca Tao Hsin?
– El estanque es profundo y los peces numerosos.
– Y después del encuentro?
– La brisa existe en el árbol que se mueve.
– Y cuándo se han encontrado y no se han encontrado?
– Las piernas extendidas son las piernas plegadas.

La prueba satisfizo plenamente al maestro”

En el fondo, si la verdad del zen es, como éste pretende, la verdad de la vida, vida significa vivir, moverse, actuar, ver y no solamente reflexionar. En el hecho de vivir la vida no hay ninguna lógica, puesto que ella no es más que una parte de la vida. No debemos tratar de explicarnos la vida, dice el zen, debemos vivirla sin buscar más sentido a la danza que el placer de bailar, pensando que todo fluye y que nosotros no somos permanentes.

Por otro lado, no debemos olvidar que cuando los maestros zen recurren a las palabras, el lenguaje sirve para expresar sentimientos, estados de ánimo, actitudes interiores, pero no ideas. Las respuestas se vuelven incomprensibles cuando se busca el sentido de las palabras, creyendo que éstas revisten ideas. Muchas veces en el zen el lenguaje renuncia a la comunicación de contenidos en favor de su función apelativa.

Con el tiempo los mondos se multiplicaron. Sin embargo, los discípulos empezaron a buscar en los mondos una interpretación o solución intelectual, dejando de ser experiencias o intuiciones de la conciencia zen para convertirse en temas de investigación lógica.

Tai Hui, un famoso maestro zen del siglo XII, describía así la situación: “Existen dos grandes errores entre los seguidores del zen. Unos buscan cosas maravillosas en las palabras y las fórmulas, lo que los lleva a meditar sobre ellas, provocándoles un excesivo intelectualismo, y otros se van al extremo opuesto, diciendo que las palabras son un obstáculo para la comprensión correcta y desechan todas las enseñanzas verbales. Pretenden concentrarse en la nada, en lograr un estado de vacío perfecto e insondable”.

Los Koans

Como una forma de luchar en contra del intelectualismo y del quietismo se desarrolló un método a partir de algunos diálogos -o mondos- elegidos, de antiguos patriarcas o maestros, que eran utilizados como soporte de la meditación y como indicadores de la comprensión zen. Estos soportes fueron llamados “koan”,

Un koan es una especie de problema que el maestro propone a sus discípulos para que, concentrándose en él, agoten toda la energía mental de que disponen: “Todas las cosas vuelven al Uno, pero, adónde vuelve el Uno?”

El koan está construido de tal forma que corta la actividad discriminatoria del intelecto, que persiste en querer distinguir entre sujeto y objeto, y también pretende ridiculizar el razonamiento. Al suspender la facultad razonante, el koan deja en reposo la actividad más superficial de la mente para que sus partes centrales y profundas puedan exteriorizarse y manifestarse. Deja al intelecto que vea por sí mismo hasta donde puede llegar y le muestra una región a la que no puede acceder jamás con su funcionamiento normal. Hay lugares desconocidos en nuestras mentes, más allá del umbral de la construcción relativa de la consciencia. No es sub-consciente o supra-consciente. Sino “más allá”. No debemos olvidar que la mente es un todo indivisible que no puede separarse en fragmentos.

El koan lleva al discípulo a un estado de consciencia extremadamente activo, en el que debe apelar a sus energías al máximo, concentrándose en él como único objeto de su pensamiento. Esta concentración produce un estado de consciencia neutro, abierto al satori. Es un estado de espera, en el que el discípulo debe asumir una actitud inquisitiva y debe seguir en ella hasta llegar al borde de lo que podría llamarse un precipicio, donde no queda otra alternativa que saltar.

El koan es el punto de partida. Actúa como la levadura, desplegando ante la mente sus propios secretos. No es simplemente un acertijo o una observación ingeniosa, sino que tiene un objetivo bien definido: despertar en el discípulo la duda e impulsarlo hasta el último límite.

Intelectualmente, lo que sucede es que llega un momento en el que se trasciende los límites del dualismo lógico, pero, al mismo tiempo, se despierta un sentido interno que hace posible la visión del auténtico funcionamiento de las cosas. La intención es reproducir en el discípulo el estado de consciencia del que el koan es la expresión.

Comprender el koan es participar del estado mental del maestro: “entonces tendrá lugar una zambullida en lo desconocido con el grito de: Ah, es eso ! Cuando lanzéis ese grito os habréis descubierto a vosotros mismos. Veréis al mismo tiempo que todas las enseñanzas budistas, las escrituras taoístas y los clásicos confucionistas no son más que comentarios a vuestro repentino grito de Ah, es esto ! Y esto es el satori”.

Se estima en unos 1.700 el número de koans, Pero en realidad sólo unos 10, o menos de 5 e incluso solamente uno es suficiente para abrir la mente a la realidad del zen. Una revelación cabal, sin embargo, se logra únicamente a través del sacrificio de la mente, sustentado por una fe y una voluntad firmes en la finalidad del zen.

Un koan muy conocido es el de Sian Ien que plantea lo siguiente: “Un hombre está colgado ante el abismo sujetándose con los dientes a la rama de un árbol. Tiene los pies en el vacío y sus manos no pueden agarrarse a ningún sitio. Supongamos que otro hombre le hace esta pregunta: “Qué significa la venida de Bodhidharma?” Si este hombre abre la boca para responder, caerá al abismo y perderá la vida. Pero si no responde, no presta ninguna atención al que le pregunta. En ese momento crítico, qué debe hacer? ”

Cuando se ha comprendido la importancia del koan, dice Suzuki, se ha comprendido la mitad del zen.

El universo mismo, para el zen, es un gran koan, palpitante y amenazador. Cuando se comprende, todos los demás koan se resuelven por sí mismos. Es un koan que se manifiesta en cada uno, por lo tanto, basta comprender cualquiera hasta el final y el gran koan universal queda inmediatamente solucionado.

Satori

Cuando los mecanismos mentales llegan al estado de máxima tensión, gracias a la meditación, y con la ayuda de los koan, basta una observación o un suceso accidental (el vuelo de un pájaro, el tañido de una campana o el golpe propinado por el maestro) para desencadenar la explosión final. Este estallido súbito procede de una región interior y es lo que se conoce como satori.

“Nuestra consciencia normal -llamada por nosotros racional- no es más que un tipo particular de consciencia, Alrededor de ella, separada por la más fina de las membranas, existen otras posibles formas de consciencia totalmente diferentes. Podemos vivir hasta el último día de nuestras vidas sin sospechar de su existencia pero, en presencia de un estímulo conveniente, surgen en toda su perfección.” (D. T. Suzuki).

A diferencia de la comprensión analítica, el satori es una mirada intuitiva que penetra directamente en la naturaleza de las cosas. Abre en un instante, de forma abrupta, un campo de visión enteramente nuevo. Permite adquirir un nuevo punto de vista que penetra en la esencia de las cosas. A partir de ahí, la existencia se contempla desde una perspectiva ajena a la confusión de una mente perdida en el dualismo.

Nadie puede penetrar en la verdad del zen sin lograr el satori. El satori es aquel destello repentino en la consciencia de una nueva verdad, hasta entonces inimaginada. Es una especie de catástrofe mental súbita, que ocurre después de acumular contenidos intelectuales y demostrativos. Cuando esta acumulación llega al límite de la estabilidad y el edificio se derrumba, un nuevo cielo se abre a plena vista.

El satori sobreviene de improviso, cuando el hombre ha agotado todo su ser. Desde un punto de vista religioso, es un nuevo nacimiento y desde el intelectual, la adquisición de un nuevo punto de vista. El mundo aparece vestido con un ropaje nuevo que parece recubrir la deformidad del dualismo.

El conocimiento obtenido por el satori es definitivo. El satori es todo el zen. Cuando no existe, no hay zen. Pero buscar el satori es perderlo; intentar trascender las limitaciones es permanecer en ellas, intentar liberarse de ellas es quedar atrapado. Es lo mismo que tener miedo de tener miedo.

“Todos los hombres piensan que deberían abandonar lo que les parece ilusorio y encontrar lo que es verdadero. Pero en cuanto sobreviene el satori las distinciones entre lo ilusorio y lo verdadero desaparecen”. (D. T. Suzuki).

El zen comienza y termina con el satori.

Rebeca Bordeu

Más Información:
Paul Reps.- Carne Zen, Huesos Zen.- Editores Cuatro Estaciones.
D. T.Suzuki.- Ensayos sobre Budismo Zen.- Editorial Kier.

 

WU WEI – El No Hacer

WU WEI – El No Hacer

Qué sentido puede tener el No Hacer, tan familiar a la visión taoísta de las cosas, en el contexto de nuestra agitada vida contemporánea?

El No Hacer no es abulia, es como un ir y venir propio de la dinámica de la vida. Tiene algo que ver con esa imagen clásica del ojo del ciclón: en un ciclón, en una tormenta, hay una zona de calma, el llamado ojo del ciclón. Está en el centro y se desplaza con el ciclón.

Si tenemos en la vida una actividad desenfrenada, programada contra el reloj, y no hay un ojo en la tormenta, terminaremos siendo víctimas del estrés, nuestra vida será desequilibrada. Esto es en realidad un problema de supervivencia, Cuando contamos con ese espacio donde no ocurre nada, podemos estar relajados y al mismo tiempo comprometernos en un hacer muy intenso. La relación entre el No Hacer y .el Hacer es como un ir y venir.

En inglés hay un juego de palabras muy interesante, utilizado por Francisco Varela en De cuerpo presente, su libro-puente entre la tradición budista y las ciencias cognitivas occidentales. Cuando se dice The eye of the storm, que significa el ojo de la tormenta, se escucha como The I of the storm, que quiere decir el yo de la tormenta. Esto alude al hecho que nuestro yo, que solemos concebir como algo fijo, estable, sólido, según la psicología budista, por el contrario, no es más sólido ni fijo que el ojo de una tormenta.

El tiempo de No Hacer es un tiempo para estar ahí simplemente. Son tiempos o momentos que llegan naturalmente, como cuando estamos en contacto con la naturaleza, cuando contemplamos una puesta de sol, cuando nos ponemos bajo la luz de la luna,

Pero, a la vez, hay también vías y caminos que apuntan al No Hacer. Si nos disponemos a No Hacer, esto podría parecer un método, puesto en obra para alcanzar un objetivo. Otra forma de seguir haciendo cosas. Pero no es así. Por ejemplo, en el zazen (práctica de la meditación sentado en el budismo zen), uno se sienta frente a un muro, sin ningún objetivo ni meta. No se sienta allí para lograr algo, se trata tan sólo de estar ahí y resonar con el ritmo del universo,

El tiempo del No Hacer, el zazen, y también el tai-chi están muy cercanos. Por ejemplo. después de practicar tal-chi podemos sentir la necesidad de sentarnos un tiempo, y ahí puede surgir un grado de presencia o de transparencia en forma muy natural y espontánea. Además, el tai-chi es algo muy simple y sutil. Empieza con un movimiento deliberado, pero hay movimientos que cada vez van saliendo de una parte más profunda de nosotros, hasta que salen del centro vital (Hara). Así, este movimiento se convierte en un hacer que no proviene del lugar desde el que uno actúa cotidianamente. Esto se refleja de una manera muy somática: en la vida cotidiana el movimiento de las manos y de los brazos suele predominar, iniciado desde la cabeza o de las emociones. En el tai-chi el movimiento viene del centro de uno mismo. La persona se mueve desde su centro y ese movimiento se propaga a los brazos. A través de este movimiento va experimentando un No Hacer desde el punto de vista del actor dominante habitual. Este actor va dejando de hacer y abandonando su lugar a un actor más profundo, Hay un cambio de nuestro centro de gravedad.

Hay veces que podemos sentir esa necesidad de ponernos en un estado de No Hacer, igual como podemos desear sentarnos bajo un sauce en una tarde calurosa de verano. Otras veces es como algo que nos invade, que está siempre ahí y que siempre ha estado ahí, sólo que no nos habíamos sintonizado con ello. Es una manera de estar en el mundo, que viene naturalmente. Es una sensación directa, somática, como estar en un jardín y sentir que vemos por primera vez el color de las flores o la presencia de un arbusto. Y así nos damos cuenta, por contraste, que la mayor parte del tiempo hemos estado viviendo en un. mundo plano. En cambio, en estos otros momentos sentimos una profundidad que nos hace ver en tres dimensiones. Experimentamos así una sensación de espacio y de presencia.

Evocando experiencias de otras personas, recuerdo que Krishnamurti en algunos de sus libros describe experiencias muy personales de este tipo. Y es interesante, porque él habla de la no-práctica. Krishnamurti no está de acuerdo con la práctica, ni siquiera con la de la meditación y, menos aún, con una tan específica como el tai-chi. Para Krishnamurti, las experiencias más interesantes tienen que ver con la naturaleza, con la percepción, la energía, la presencia. Eso no está propiamente inscrito en una práctica, es algo que puede ocurrir en cualquier momento a cualquier persona. Es como vivir en forma diferente o como retornar a la condición que debiera ser la normal.

El No Hacer puede ser tanto una práctica.como el ir y venir de la vida. Yo acepto ambas facetas: participar en prácticas formales y dejarse invadir por ese ir y venir.

El No Hacer está muy relacionado con la actividad del inconsciente, con el hacer del inconsciente, en el sentido positivo del término. El relajar nuestro intento de construcción, programación y planeamiento consciente de toda la vida, nos vuelve más receptivos a lo que se podría llamar la sabiduría del Inconsciente. Sentimos así un contacto con algo más profundo y perspicaz que nosotros mismos. La relación entre el consciente y el inconsciente podría describirse por la imagen del iceberg: el ápice encima del agua y la mayor parte bajo ésta. En mi experiencia, siento que en esa parte bajo el agua. está mi centro de gravedad. Cuando hay un mayor contacto con el ínconsciente, si realmente no lo hacemos activamente sino que actuamos como desde el ojo del ciclón, hay un flujo de energía que emerge de la parte baja del iceberg. Eso es algo que se puede sentir concretamente. Como consecuencia práctica de este contacto nos conectamos con una fuente de energía que puede ser muy fuerte, que incide en nuestra capacidad de trabajo, en nuestra resistencia física y, seguramente, influye a nivel fisiológico en el sistema inmunitario, por ejemplo. Repercute en todo el cuerpo.

El No Hacer incide también en el aprendizaje. La tensión del Hacer voluntarioso suele ser aquí el peor obstáculo.. Por el contrario, el No Hacer, que implica la relajación de este intento, nos permite situarnos en una postura en que la energía circula más libremente, aumenta nuestra receptividad y se despliegan nuestra intuición y creatividad. Posibilita comenzar a aprender con el cuerpo, dejando de apoyarse en el discurso verbal dominante. Y, justamente, este aprender con el cuerpo es percibido como un No Hacer por nuestro ego habitual.

Puede ser que todo esto no nos resulte fácil si no podemos detener nuestra actividad, si nos parece imposible darnos un espacio para el No Hacer. Frecuentemente decimos: No tengo tiempo para…., estoy tan ocupado que no puedo … . Pero una cosa fundamental es empezar apoyándose en aquello con lo que tenemos más contacto. Si alguien está lanzado en una actividad delirante y le dicen que sería muy bueno que se sentara a meditar, la persona dirá que lo ve como imposible. En esos casos, comenzaría con el cuerpo. Un mínimo de trabajo con el cuerpo influye mucho en nuestro estado de ánimo. El movimiento lento, a un ritmo que no es el usual, cambia inmediatamente la actitud de agitación. Hay algo automático en esto. Está dentro de lo posible porque toda persona se siente capaz de controlar el cuerpo. Variar el ritmo del movimiento es algo accesible a todos, y, a partir de ese cambio, puede empezar a surgir una actitud que mira el transcurrir de las cosas: es el impulso inicial y posibilita el paso siguiente.

Jorge Soto Andrade