La Psicología Transpersonal y lo Paranormal

La Psicología Transpersonal y lo Paranormal

 

 

A continuación trataremos de responder a dos cuestiones básicas:

1- ¿Cuál es la relación que existe entre la experiencia paranormal y lo transpersonal?

2- ¿Cuál es la relación que existe entre la psicología transpersonal y la parapsicología?

Y, a lo largo de esta discusión, abordaremos también varias cuestiones relacionadas, como la naturaleza de lo transpersonal, la definición y el objetivo de la psicología transpersonal y la importancia y el papel y el valor que tienen las experiencias transpersonales en la vida transpersonal.

Lo transpersonal y lo paranormal

Veamos ahora, a modo de punto de partida, dos extractos de relatos de experiencias inusuales.

Me desperté en mitad de la noche… y sentí como si me hubieran despertado intencionalmente. Al comienzo pensé que alguien había entrado en casa… pero cuando me giré para tratar de conciliar nuevamente el sueño, inmediatamente sentí una presencia en la habitación que no era, por más extraño que pueda parecer, la de una persona viva, sino más bien una presencia de tipo… espiritual. Ya sé que este comentario puede despertar la sonrisa del lector, pero lo único que puedo hacer es contar lo que me sucedió. No se me ocurre mejor modo de describir esa sensación que diciendo que sentí una presencia espiritual… y también sentí, al mismo tiempo, un fuerte temor supersticioso, como si algo extraño y terrible estuviera a punto de ocurrir (E. Gurney: Phantasms of the Living, citado en James, 1901/1960, p. 76-77).

Mientras la miraba, ella (santa Teresa) se levantó casi un metro del suelo, sin que sus pies lo tocasen. Al ver eso me quedé aterrada y, en cuanto a ella, le temblaba todo el cuerpo. Me acerqué lentamente y puse mis manos bajo sus pies, que bañé con mis lágrimas mientras duró el éxtasis, quizás una media hora. Entonces de pronto bajó, se puso sobre sus pies y, volviendo su cabeza hacia mí, me preguntó quién era y si llevaba allí mucho tiempo (comentario de Ana dela Encarnación de Segovia, citado en Broughton, 1991, p. 53).

Quisiera señalar que ambas experiencias comparten elementos tanto “transpersonales” como “paranormales”. En el primer caso, por ejemplo, se trata de una sensación de presencia que, si bien resulta espeluznante, no deja por ello de ser “espiritual”. En el segundo caso, por su parte, el éxtasis espiritual de santa Teresa va acompañado de una levitación corporal aparentemente paranormal. Esta combinación de rasgos espirituales y paranormales parece ser uno de los rasgos comunes de un amplio abanico de fenómenos extraordinarios que van desde el éxtasis chamánico hasta las experiencias cercanas a la muerte, los encuentros con ovnis y las abducciones alienígenas. Lo paranormal ha sido, a lo largo de toda la historia, un rasgo muy importante de la experiencia humana que, independientemente de lo que consideremos divino y/o demoníaco, siempre ha estado muy ligado, en la mayoría de las culturas, a la religión y la espiritualidad. Algunos ejemplos evidentes de estas conexiones son la adivinación, los oráculos, las voces, las visiones, los estigmas, la magia, los milagros, los hechizos, las apariciones, los viajes espirituales, los encuentros supranaturales, las posesiones y un amplio rango de fenómenos mediúmnicos y espiritistas.

Sólo muy recientemente, en la cultura industrializada de Occidente, el reino de lo paranormal se ha visto desgajado de su contexto espiritual, en algunos de los casos, lo que ha provocado el rechazo escéptico de lo paranormal, bajo el argumento científico materialista de que el mundo es un lugar físico y racional en el que no cabe lo espiritual ni lo “paranormal” (que, casi por definición, no existe). Para otros, especialmente los parapsicólogos, lo paranormal abarca un amplio arco de fenómenos naturales ciertamente anómalos que existen fuera de las fronteras habituales del conocimiento científico. Desde esta perspectiva, obviamente, la parapsicología es una forma legítima de exploración científica vanguardista.

A pesar de esta visión humanista y científica, resulta muy difícil, aún en la sociedad moderna, deslindar lo paranormal de la religión. La reciente historia dela Societyfor Psychical Research (fundada en 1882), la primera organización dedicada a la investigación científica de lo paranormal, evidencia que, para muchos de sus miembros fundadores, el objetivo fundamental de su estudio consistía en el intento de demostrar la realidad de la creencia religiosa en la vida después de la muerte. No hay que olvidar que, aunque la mayor parte de la investigación fue llevada a cabo por no espiritistas, trece de los diecinueve miembros de su primer consejo directivo eran espiritistas (Nicol, 1982).

Han sido muchas las figuras clave de la psicología transpersonal que han mostrado un serio interés por lo paranormal y por lo oculto. Digamos, para comenzar, que William James, uno de los pioneros de la psicología transpersonal, también era miembro de la Societyfor Psychical Research y, en 1885, emprendió una investigación científica (Murphy y Ballou, 1961) sobre los trances de la conocida Mrs. Leonora Piper (1859-1950). De hecho, James no veía diferencia fundamental alguna entre la religión y lo paranormal. Por ello escribió, en su clásico Las variedades de la experiencia religiosa (1901/1960, p. 69): Si nos preguntásemos por las características de la vida religiosa en los términos más amplios y generales posibles, deberíamos responder que se asienta en la creencia de que existe un orden invisible y de que nuestro bien supremo consiste en amoldarnos y acomodarnos a él.

James es muy cuidadoso en definir la noción de un “orden invisible” de un modo que incluya fenómenos generalmente asociados al ámbito de lo paranormal. De hecho, llega a relatar experiencias de “presencias” y apariciones como la anteriormente citada, en las que las dimensiones paranormales son, al menos, tan evidentes como las religiosas o espirituales.

Otra figura importante en este contexto es Carl Jung, cuya psicología arquetípica sigue siendo uno de los enfoques más influyentes en el estudio de lo paranormal. Jung estuvo toda su vida interesado en lo paranormal y experimentaba regularmente fenómenos psíquicos, entre los que se cuentan visiones, apariciones, extrañas sincronicidades, premoniciones, comunicaciones telepáticas, fenómenos psicoquinéticos y muchas experiencias visionarias cercanas a la muerte a comienzos de 1944, que siguieron a un ataque al corazón (1). Conviene recordar, en este sentido, que su tesis doctoral (1902) fue un estudio de los trances mediúmnicos que experimentaba su prima de quince años Hélène Preiswerk y que una de las principales razones por las que acabó rompiendo con Freud fue la indiferencia y la agresividad que éste mostraba hacia el mundo de “lo oculto” (2).

Son muchas las figuras importantes de la psicología transpersonal actual que están seriamente interesadas en la parapsicología y en lo paranormal. Entre ellos cabe destacar a Stan Grof, Willis Harman, Charles Tart y David Fontana, miembro fundador de la sección de psicología transpersonal de la BPS, que también ha sido presidente de la Societyfor Psychical Research. Si miramos más allá de las personas interesadas en ambos contextos, es evidente que el reino de lo transpersonal está muy solapado con el de lo paranormal. Rhea White, por ejemplo, aboga por eliminar cualquier distinción clara entre lo paranormal y lo transpersonal afirmando, en su lugar, una variedad de las experiencias humanas excepcionales (EHE), “un término que engloba a las llamadas experiencias místicas, psíquicas  ‘cumbre’ y de ‘flujo’”. Aunque existen cinco grandes tipos de EHE (experiencias místicas, psíquicas, de encuentro, las relacionadas con la muerte y las normales excepcionales), White afirma la imposibilidad de establecer distinciones claras entre las experiencias psíquico/paranormales y las místico/espirituales, una indefinición que, en la práctica, se ve fácilmente corroborada por el gran número de cuestiones que han sido investigadas tanto por los parapsicólogos como por los psicólogos transpersonales, entre las cuales cabe destacar las de la tabla.

Áreas de interés comunes a la psicología transpersonal y a la parapsicología
El aura y los sistemas de energía sutilCanalización y experiencias mediúmnicasExperiencias de ángelesExperiencias de sincronicidad

Sueño lúcido

Experiencias cercanas a la muerte (ECM)

Experiencias extracorporales (EEC)

Recuerdos de vidas pasadas

Posesión

Profecía y precognición

Experiencias de reencarnación

Sensación de presencia

Experiencia chamánica

Curación espiritual

Estigmas y otras transformaciones corporales

Telepatía, clarividencia y “siddhis”

Trance

Experiencias con ovnis y contacto o abducción alienígena

Fenómenos psicoquinéticos

Brujería y magia

Obviamente, aunque todos esos temas sean comunes, los pormenores de la investigación, los enfoques, las epistemologías y las metodologías empleadas por ambas disciplinas difieren considerablemente. Éste es uno de los temas de los que nos ocuparemos ahora pero, para entenderlo plenamente, convendrá empezar considerando la definición de la psicología transpersonal.

Lo transpersonal y la psicología transpersonal

Como ya hemos dicho, el término “transpersonal” empezó a ser ampliamente utilizado a finales de los años sesenta para referirse a las dimensiones de la experiencia humana que parecen llevar a la persona más allá de las fronteras normales del reino personal y se adentran en un dominio habitualmente asociado a la religión, la espiritualidad, la meditación y el misticismo. De una revisión global de las cuarenta definiciones publicadas entre 1968 y 1991, Lajoie y Shapiro (1992) identificaron los cinco temas o conceptos clave siguientes que, en su opinión, caracterizan a la psicología transpersonal:

· El interés por los estados de consciencia.

· La preocupación por los potenciales más elevados o últimos de la humanidad.

· La idea de que la experiencia humana puede desarrollarse más allá del ego o del yo personal.

· La noción relacionada de trascendencia.

· La importancia de la dimensión espiritual en la vida humana.

Basándose en ello, Lajoie y Shapiro definieron la psicología transpersonal diciendo que: “…se preocupa por el estudio del potencial más elevado de la humanidad y por el reconocimiento, comprensión y realización de los estados de consciencia unitivos, espirituales y trascendentes.”

Pero, como señalan Walsh y Vaughan (1993), el ámbito de la psicología trasnpersonal no se halla definido por los estados de consciencia. Aunque podamos considerar, por ejemplo, que la oración, la acción compasiva, el amor desinteresado y la curación espiritual son fenómenos transpersonales, no podemos decir que sean precisamente “estados alterados de consciencia” simplemente porque vayan acompañados de fuertes componentes conductuales. Bien podríamos coincidir, pues, con Ferrer (2002) en que los fenómenos transpersonales no son tanto experiencias internas como eventos participativos. Además, la misma noción de “potencial más elevado” resulta un tanto problemática. ¿Cómo podríamos, por ejemplo, saber qué es lo más elevado sin imponer una perspectiva a priori? También existe el problema adicional de que tal definición presupone creencias metafísicas concretas sobre la existencia, por ejemplo, de una realidad espiritual trascendente o sobre la importancia de la “experiencia unitiva”.

Walsh y Vaughan también señalan que, en la práctica, el interés de la psicología transpersonal no tiene que ver con los estados más elevados ni con lo “espiritual”. Cada vez hay un mayor interés, no tanto por las experiencias “cumbre” sino por el proceso en sí de las mismas, por el “a través”, como por ejemplo, las emergencias espirituales o la noche oscura del alma (Grof, 2000; Grof y Grof, 1995; Hale, 1992 y Steele, 1994). También existen muchas experiencias que, si bien pueden ser consideradas “transpersonales” porque, en ellas, la persona parece ir “más allá del yo”, son, en otros sentidos, manifiestamente primitivas o regresivas. Quizás los ejemplos más claros de todo ello provengan de la enumeración comprehensiva de las experiencias transpersonales realizada por Grof (1988, 2000), basada en su trabajo con el LSD y la respiración holotrópica:

· Identificación con animales

· Identificación con plantas y procesos botánicos

· Experiencia de materia inanimada y procesos inorgánicos

· Experiencias embrionarias y fetales

· Experiencias ancestrales

· Experiencias de encarnaciones pasadas

· Experiencias filogenéticas

· Experiencias espiritistas y mediúmnicas

· Experiencias de espíritus animales.

La cuestión más importante, obviamente, es si tales experiencias deben ser consideradas como auténticamente transpersonales o si, por el contrario son, como diría Wilber (1980, 1996 y 1997), fundamentalmente prepersonales. En breve volveremos a este punto, pero entretanto quisiera señalar el peligro de la posición sustentada por Lajoie y Shapiro, y es que podemos vernos tentados por nuestras propias preferencias y prejuicios religiosos, y considerar sólo auténticamente “espirituales” determinados tipos de experiencias, dejando de lado otras que no se adaptan a nuestra visión teológica o metafísica. De este modo, por ejemplo, las experiencias indígenas, chamánicas, mediúmnicas o espiritistas pueden verse desdeñadas por algunos como formas primitivas de religión que carecen de todo valor espiritual o transpersonal genuino o “superior” (Kremer, 1998). Tales personas afirmarían que la psicología transpersonal sólo debería dedicarse al estudio del tipo de estados exaltados de consciencia alcanzados por los místicos cristianos, judíos, sufíes o por ciertos yoghis o meditadores avanzados.

Cuento de la India

Cuento de la India

Una vez había una pareja que no tenía niños y que tenía muchos deseos de tener uno. Oraron al Dios Shiva, uno de los dioses hindúes, y finalmente su deseo fue concedido. Pero existía una condición: su hijo no viviría más allá de su cumpleaños número 25. Incluso así, la pareja era muy feliz. Su hijo creció sano, bien educado e inteligente y pronto llegó el momento de casarlo. Su padre se tomó considerable trabajo para encontrarle una novia adecuada. Finalmente encontró a la hija de una familia muy devota y sintiéndose satisfecho hizo todos los arreglos para la boda. Al principio la madre del joven objetó que sería malo casarlo con una mujer que tendría que quedar viuda tan pronto, pero su padre insistió en que no existiría miseria en la vida de esta pareja. Todo marcharía bien.

Los jóvenes se casaron y pasaron los años. A medida que el joven se aproximaba a los 25 años de edad su madre comenzó a llenarse de miedo y tristeza, pero su padre de alguna manera se mantenía calmado, asegurándole a su mujer que nada ocurriría. El temido día llegó y pasó sin incidentes y luego el siguiente día y luego el siguiente. La madre del joven se calmó pero estaba perpleja, ¿cómo podía ser? El mismo Dios Shiva había fijado la fecha. El padre, viendo que su esposa estaba profundamente perturbada por los eventos, sugirió que fueran a la casa de su hijo donde ella encontraría respuesta a su pregunta.

Llegaron antes de la salida del sol y se ubicaron por afuera, frente a una ventana desde donde a la luz tenue de una pequeña cocina, pudieron ver a la joven nuera preparando el desayuno para su hijo. Observaron cómo ella batía la leche fresca para preparar mantequilla, y con cada movimiento del batido ella cantaba Shiva. Luego ubicaba la mantequilla en una fuente en la cocina para hacer ghee y al revolver la mantequilla que se derretía ella cantaba Shiva, Shiva. Asimismo mientras picaba las cebollas y el ajo fresco, el nombre de su Maestro del cielo estaba en sus labios. Y así cuando ella colocaba los condimentos dentro de la masa de la parantha (*), su clara y dulce voz cantaba con añoranza: Shiva, Shiva, Shiva.

Tiempo después, la simple comida en la que ella había estado trabajando por varias horas la sirvió a su esposo, él la comió con gran apetito y luego se fue a su trabajo. Al volver a casa los padres, la mujer le dijo al esposo: “fue lindo ver a nuestra nuera sirviendo a su esposo con tal devoción, pero todavía no entiendo por qué él está aún vivo.” El replicó: “querida, es cierto que el señor Shiva decretó que la vida de nuestro hijo iba a ser corta pero incluso el señor Shiva debe atender los rezos de sus devotos. Tú viste la forma en que esa mujer rezaba al señor Shiva al preparar la comida. Sus oraciones se introdujeron en la misma comida. Cada día, la muerte está esperando para llevarse a nuestro hijo y cada día él come esa comida y la muerte debe mantenerse fuera. Mientras ellos continúen con esta rutina divina, nuestro hijo no puede morir.”

 

Relato transcrito de

“Alimentos para la Salud y la Curación”

Yogi Bhajan

Guru Nanak Dev Publicaciones, 1983

 

(*) Parantha: Es un chapati relleno, frito en ghee.

Cartas de J. Krishnamurti a una amiga:  “Afortunado el Hombre que nada es” Parte (2)

Cartas de J. Krishnamurti a una amiga: “Afortunado el Hombre que nada es” Parte (2)

Enfréntese a las cosas con facilidad, pero internamente hágalo en un estado de plenitud y alerta.  No deje que se escape un instante sin haber estado totalmente atenta a lo que ocurre dentro y alrededor de usted.  Esto es lo que implica ser sensible, no a una cosa o dos, sino ser sensible a todo.  Ser sensible a la belleza y resistir la fealdad, es engendrar conflicto.  ¿Sabe?, cuando uno observa percibe que la mente está siempre juzgando –esto es bueno y aquello es malo, esto es blanco y eso es negro- juzgando a la gente, comparando, sopesando, calculando.  La mente está perpetuamente inquieta.  ¿Puede la mente vigilar, observar sin juzgar, sin calcular? Percibir las cosas sin nombrarlas, sólo ves si la mente puede hacerlo.

Juegue con esto.  No lo fuerce, deje que la mente se observe a sí misma.  Casi todos los que intentan ser sencillos empiezan con lo externo, descartando, renunciando, etc. etc.; pero en lo interno siguen siendo complejos.  Con la sencillez interna, lo exterior se corresponde con lo interno.  Ser sencillo internamente es estar libre del apremio por el “más”, es no pensar en términos de tiempo, de progreso, de éxito.  Ser sencilla implica para la mente librarse de todos los resultados, vaciarse de todo conflicto.  Esta es la verdadera sencillez.

¿Puede la mente dejar de batallar entre lo bello y lo feo, dejar de aferrarse a lo uno y desechar lo otro? Este conflicto la vuelve insensible y exclusiva.  Cualquier intento por parte de la mente para encontrar una línea indefinida entre lo bello y lo feo, sigue siendo parte de lo uno o de lo otro.  El pensamiento no puede, haga lo que haga, librarse de los opuestos; es el pensamiento mismo el que ha creado lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo.  No puede, por tanto, librarse de sus propias actividades.  Todo cuanto puede hacer es quedarse quieto, no optar.  La opción es conflicto y la mente se halla de vuelta metida en sus propios enredos.  Cuando la mente está quieta, se ha liberado de la dualidad.

Hay enorme descontento, y pensamos que una ideología – el comunismo u otra- va a resolverlo todo, que incluso desterrará el descontento, cosa que jamás puede hacer.  El comunismo o cualquier otro condicionamiento, como es de la religión organizada, jamás podrán terminar con el descontento; pero tratamos en todas las formas posibles de sofocarlo, de moldearlo, de contentarlo; sin embargo, está siempre ahí.  Pensamos que está mal sentirnos descontentos, que no es normalmente correcto, y, sin embargo, no podemos deshacernos del descontento.  Este tiene que ser comprendido.  Comprender no es condenar.  De modo que investíguelo realmente, obsérvelo sin deseo alguno de cambiarlo.  Esté alerta al descontento mientras éste opera durante el día, perciba sus modalidades y esté a solas con él.

La libertad llega cuando la mente está sola.  Nada más que por el gusto de hacerlo, mantenga la mente quieta, libre de todo pensamiento.  Juegue con ello, no lo convierta en un asunto muy grave; esté atenta sin ningún esfuerzo, deje que la mente se aquiete.

La frustración existe en tanto uno esté buscando la realización personal.  El placer de realizarse es un deseo constante, y nosotros queremos la continuidad del placer.  La terminación de ese placer es frustración, y en ello hay dolor.  Entonces la mente busca otra vez la realización en distintas direcciones, y otra vez se encuentra con la frustración.  Esta frustración es el movimiento de la conciencia egocéntrica, que es aislamiento, separación, sentimiento doloroso de soledad.  La mente quiere escapar de todo esto otra vez hacia alguna forma de realización.  La lucha por realizarse engendra el conflicto de la dualidad.  Cuando la mente ve la verdad de lo inútil que es la realización personal, cuando ve que en ella hay siempre frustración, sólo entonces puede permanecer en ese estado de soledad del cual no hay modo de escapar.  Cuando la mente se halla en este estado de soledad, sin ningún escape, sólo entonces se libera de la frustración.  La separación existe a causa del deseo de realizarse; la frustración es separación.

Ahora no debe haber ningún tipo de choque emocionales, ni siquiera los más fugaces.  Estas reacciones psicológicas afectan el cuerpo con sus efectos adversos.  Sea íntegra; no “trate” de serlo, sea íntegra.  No dependa de nadie ni de nada, no dependa de ninguna experiencia, de ningún recuerdo, la dependencia del pasado, por agradable que éste haya sido, sólo impide la integridad en el presente.  Esté atenta, y deje que esa atención se mantenga intacta, constante, aunque sea por un minuto.

El dormir es esencial; durante el sueño parece que uno alcanza profundidades desconocidas, profundidades que la mente consciente jamás puede tocar ni experimentar.  Aunque no se pueda recordar la experiencia extraordinaria de un mundo que está más allá de lo consciente y lo inconsciente, ello tiene su efecto sobre la conciencia total de la psique.  Es probable que esto no esté muy claro, pero sólo léalo y juegue con ello.  Yo siento que hay ciertas cosas que nunca pueden expresarse claramente.  No hay palabras adecuadas para ellas, y sin embargo esas cosas están ahí. —-

Especialmente para usted, es importante tener un cuerpo que no esté sometido a ninguna enfermedad.  Voluntariamente y con facilidad, debe desechar todas esas remembranzas e imágenes placenteras, de modo que su mente esté libre e incontaminada para lo real.  Hágalo, por favor, preste atención a lo escrito aquí.  Todas las experiencias, todos los pensamientos deben terminar cada día, cada minuto, a medida que surgen, de modo que la mente no extienda raíces hacia el futuro.  Esto es realmente importante, porque ésta es la verdadera libertad.  De esta manera no hay dependencia, porque la dependencia es causa del dolor, afecta lo físico y engendra resistencia psicológica.  Y, como usted dijo, la resistencia crea problemas – realizarse, llegar a ser perfecto, etcétera.  La búsqueda implica lucha, empeño, esfuerzo; este esfuerzo, esta lucha, terminan invariablemente en la frustración – deseo algo o deseo ser algo- y en el proceso mismo de obtener el éxito está la apetencia por el más; y como el más nunca está a la vista, siempre existe un sentimiento de frustración.  Por lo tanto, hay dolor.  Y entonces uno se vuelve nuevamente hacia otra forma de realización personal con sus consecuencias inevitables.  Las implicaciones de la lucha, del esfuerzo, son enormes ¿por qué busca uno? ¿Por qué la mente está buscando sin cesar, y qué es lo que la hace buscar? ¿Sabe usted, se da cuenta de lo que está buscando? Si es así advertirá que el objeto de su búsqueda, con sus frustraciones y su dolor? ¿Se da cuenta de que cuando encuentra algo que es muy gratificante, hay estancamiento con sus alegrías y sus temores, con su progreso y su devenir? Si usted advierte que está buscando, ¿es posible que la mente deje de buscar? Y si la mente no busca, ¿cuál es la respuesta inmediata, real de una mente que no busca?

Juegue con esto, descubra; no fuerce nada, no deje que la mente se restrinja a alguna experiencia particular, porque entonces la mente engendrará su propia ilusión.

He visto a una persona que se está muriendo. ¡Qué atemorizados estamos ante la muerte!  Lo que en realidad nos atemoriza es el vivir, no sabemos como vivir; conocemos el dolor, y la muerte es para nosotros sólo el dolor final.  Dividimos la vida como el vivir y el morir.  Así tiene que existir el desconsuelo de la muerte, con su separación, su dolorosa soledad, su aislamiento.  La vida y la muerte son un solo movimiento, no son estados aislados.  Vivir es morir, morir para todas las cosas, renacer cada día.  Esta no es una afirmación teórica, sino algo que debe vivirse y experimentarse.  Es la voluntad egocéntrica, este constante deseo de ser esto o aquello, la que destruye el puro “ser”.  Este “ser” es por completo diferente del sopor de la satisfacción, de la realización personal o de las conclusiones de la razón.  Este “ser” es ajeno al “si mismo”.  Una droga, un interés, una absorción de algo, una completa “identificación”, pueden producir un estado que se desea, el cual sigue siendo conciencia de uno mismo.  El verdadero ser es la terminación del deseo-voluntad.  Juegue con estos pensamientos y experimente alegremente con ellos.

Es una temprana madrugada sin nubes; el cielo es muy puro, suave y azul.  Todas las nubes parecen haber desaparecido, pero pueden presentarse otra vez durante el día.  Después de este frío, del viento y la lluvia, de nuevo estallará la primavera.  Esta ha estado prosiguiendo suavemente a pesar de los fuertes vientos, pero ahora cada hoja, cada retoño, se regocijarán.  ¡Qué cosa tan bella es la tierra! ¿Qué hermoso es todo lo que brota de ella –las rocas, los torrentes, los árboles, la hierba, las flores, las infinitas cosas que produce! Sólo el hombre genera aflicción, sólo él destruye su propia especie; sólo él explota a su prójimo, tiraniza y mata.  Es el más desdichado y sufriente, el más inventivo, y el conquistador del tiempo y el espacio.  Pero con todas sus capacidades, a pesar de sus hermosos templos e iglesias, de sus mezquitas y catedrales, vive sumido en su propia oscuridad.  Sus dioses son sus propios miedos, y sus amores sus propios odios.  ¿Qué mundo maravilloso podríamos hacer de éste, sin nuestras guerras, sin nuestros miedos! Pero de qué sirve la especulación, no sirve de nada.

Lo real es el descontento del hombre, el inevitable descontento.  Es una cosa preciosa, una joya de gran valor.  Pero uno le tiene miedo, lo disipa, lo utiliza o permite que se lo utilice para producir ciertos resultados.  El hombre le teme al descontento, pero éste es una joya preciosa que él no valora.  Viva con el descontento, obsérvelo día tras día sin interferir con sus movimientos; entonces es como una llama que quema todas las impurezas, dejando aquello que no tiene morada ni medida.

Lea muy atentamente todo esto.

El hombre rico tiene más que suficiente, y el pobre pasa hambre y durante toda su vida no hace otra cosa que buscar comida, esforzarse y trabajar.  Uno que nada posee, hace de su vida o permite que la vida haga de sí misma algo precioso, creativo; y otro, que posee todas las cosas de este mundo, disipa la vida y la marchita.  Démosle a un hombre un pedazo de tierra y la hará bella y productiva; otro la descuidará y dejará que muera, tal como él mismo está muriendo.  Tenemos capacidades infinitas en todos los sentidos para descubrir lo innominado o para producir el infierno en la tierra.  Pero por alguna razón, el hombre prefiere engendrar odio y antagonismo. ¡Es tanto más fácil odiar, ser envidioso! Y como la sociedad se basa en la exigencia del “más”, los seres humanos se deslizan en todas las formas de adquisividad.  Y así hay una perpetua lucha, que justificamos y consideramos noble.

La riqueza ilimitada está en una vida sin lucha, sin el ejercicio de la voluntad egocéntrica, sin opciones.  Pero esa vida es difícil e imposible cuando toda nuestra cultura es el resultado de la lucha y del ejercicio de la voluntad personal.  Sin la acción de esta voluntad, para casi todos los que viven hay muerte.  Sin alguna clase de ambición, la vida no tiene sentido casi para nadie.

Existe una vida sin el ejercicio de la voluntad egocéntrica, sin las opciones.  Esta vida surge cuando la vida de la voluntad egocéntrica llega a su fin.  Espero que no le moleste leer todo esto; si no le molesta, entonces léalo y escúchelo con agrado.

El sol está tratando de irrumpir entre las nubes, y probablemente logrará hacerlo durante el día.  Un día es primavera y al día siguiente es casi invierno.  El tiempo representa los cambiantes estados de ánimo del hombre, hacia arriba y hacia abajo, oscuridad y luz temporaria. ¿sabe? es extraño cómo deseamos libertad y lo hacemos todo para que nos guíen, nos ayuden a ser generosos, pacíficos; acudimos a los gurús, a los maestros, a los salvadores, a los meditadores.  Alguno escribe la gran música, otro la toca, la interpreta a su propio modo, y nosotros la escuchamos, gozándola o criticándola.  Somos el público que observa a los actores, a los jugadores de fútbol, o que mira la pantalla de cine.  Otros escriben poemas y nosotros los leemos; otros pintan y nosotros nos embobamos con sus pinturas.  No tenemos nada, y entonces nos volvemos hacia otros para que nos entretengan, nos inspiren, nos guíen o nos salven.  Más y más la civilización moderna nos está destruyendo, nos vacía de toda creatividad.  Nosotros mismos estamos internamente vacíos y acudimos a otros para que nos enriquezcan; y de este modo, nuestro semejante saca ventaja de esto para explotarnos, o nosotros nos aprovechamos de él.

El Molde del Hombre

El Molde del Hombre

 

El tema del Molde del Hombre, tratado en forma específica en el capítulo 16 de “El Fuego Interior”, es probablemente uno de los más inquietantes y controversiales de toda la serie de libros de Carlos Castaneda en su largo periplo por el aprendizaje y prácticas conducentes al grado de nagual, a cargo de su mítico guía, personificado en don Juan Matus. Se toca en dicho capítulo el corazón de prácticamente todas las prácticas espirituales, pero desde una óptica completamente atea, ‘laica’ y desprovista de toda la connotación sublime o mística que se le otorga en el marco de cualquier concepción re-ligiosa.

Sin embargo, es posible establecer algunos paralelismos muy evidentes con otras tradiciones. Por una parte, lo que acostumbramos a llamar ‘experiencias cumbre’ o ‘experiencias trascendentes’, existen en todas ellas como grandes hitos que nos permiten comprender vivencialmente realidades que, aunque están muy por encima de la vida cotidiana habitual, la incluyen, otorgándonos un sentido, una sensación de propósito, un sentimiento de inapelable verdad que tanto modifica radicalmente nuestra sensación de identidad con lo que nos rodea, como nos incentiva a comenzar, retomar o seguir avanzando en nuestra práctica cualquiera que ella sea; tanto nos incrementa una sensación de conexión vertical y horizontal como nos suscita el deseo de contribuir a que otras personas puedan participar o acceder a esas experiencias; nos hace germinar un sentimiento imborrable de ‘familia humana’, de comunidad, de hermandad más allá de cualquier diferencia, a la vez que nos acucia una comezón –incluso una sensación de urgencia- por la gran necesidad de la humanidad, llevándonos a visualizar o intentar formas en las que aportar a ese conjunto que puede y debe progresar. Sucede como si de súbito se comprendiera el propósito de la vida y de las formas que la habitan, con toda su belleza, imperfección y sufrimientos. En suma, son experiencias que, tanto si sobrevienen en forma súbita como si son largamente buscadas por los practicantes, nos producen sentimientos comunes de reverencia, de sacralidad de la existencia y de respeto por aquello que, estando más allá y por sobre nuestra experiencia humana habitual, se percibe con certeza como la dirección en la que debemos intentar movernos para progresar evolutivamente. Se percibe además que la verdad y realidad de la experiencia es irrefutable.

En casi todas las concepciones que se proponen como un camino evolutivamente ascendente para el hombre, aquello que está ‘más allá’ o ‘por encima’ del hombre natural es un Dios, una Diosa, un Self, un Yo Superior o una Mente Universal en la que se resuelven muchas de las contradicciones y pares de opuestos que a distintos niveles nos atormentan. De modo que conectar en cualquiera de sus formas con esos niveles trascendentes es sentido como participación espiritual, paz interior, gozo, comprensión intuitiva, vislumbre de nirvana, o un alcanzar o rozar por fin el verdadero hogar como contrapunto al sufrido samsara. En muchas religiones, sin embargo, se plantea, al menos masivamente, una contraposición fuertemente contrastante entre el nivel trascendente y la humanidad, considerándose a aquél infinitamente por encima de los seres humanos, y a éstos como una gran masa de iguales frente a esa realidad trascendental, o Dios. En algunas concepciones incluso sólo existe Dios y el hombre a secas, descartándose cualquier nivel intermedio y por tanto ignorándose todas las realizaciones espirituales de grandes hombres considerados por otras tradiciones como maestros, santos, guías o gurúes.

En el aprendizaje de Carlos Castaneda -como en otros realizados a través de escuelas y/o guías-, existe una realización gradual, es decir, un discipulado a través del cual un hombre escogido por ciertas condiciones apropiadas, es llevado hacia un paulatino progreso mediante una instrucción y prácticas precisas acerca de las que el alumno en principio no comprende ni en su utilidad ni en su propósito. Esa instrucción y guía es completamente personalizada en medio de condiciones creadas por el propio guía de acuerdo a los objetivos que persigue. Están en medio del mundo y sin embargo permanecen fuera de él, tal como si se utilizara el entorno como escenografías para el desarrollo de ciertos dramas que tendrán efectos específicos en el progreso del alumno.

Las prácticas de Castaneda nunca son religiosas en el sentido habitual en el que es utilizado el término, aunque desde todo punto de vista poseen un ritual y en todas ellas se aprecia un profundo respeto por lo que genéricamente podríamos llamar las fuerzas de la vida, o las energías en juego; las prácticas van paralelamente minando lo único por lo que no existe ningún respeto ni consideración, esto es, el ego del alumno, sus sentimientos de importancia personal y todas sus concepciones y cristalizaciones previas. Se destruye deliberadamente su idea del mundo y de sí mismo, sus certezas, para hacerlo permeable a otras realidades. El incremento gradual de consciencia del alumno, derivado de las experiencias a las que va accediendo a lo largo de los años, no lo lleva más cerca de ninguna potestad superior, sino más bien al conocimiento, percepción  y dominio creciente de esas energías en juego. Esto significa desarrollar atención, instinto, intuición, intención, percepción en la cuarta dimensión, sueño consciente, etc. No hay actos de devoción, de beatitud ni de veneración alguna. Sí, de profundo respeto por las distintas manifestaciones de las emanaciones del Águila, que podríamos equiparar al tradicional “temor de Dios”.

Castaneda va comprendiendo paulatinamente la estrecha relación entre su cuerpo, considerado como núcleo energético y ‘procesador’ de energías, y aquello que puede percibir y realizar. Otras tradiciones se refieren al cuerpo como “el templo de la divinidad en nosotros”, lo que se va evidenciando en el camino que transita Castaneda pero sin ninguna connotación de divinidad. Ciertos actos conscientes producen cambios en ese cuerpo energético que como consecuencia llevan a estados de consciencia acrecentada acerca de la realidad de las energías implicadas; eso es todo. Cada visión de mundo tiene su correlato en el cuerpo energético de la persona, o dicho en la jerga de don Juan, cada concepción de la realidad depende esencialmente de la ubicación del punto de encaje. En el mundo de don Juan todo es niveles de energía, tramas y emanaciones de energía que tanto se pueden ignorar como alinearse con ellas o utilizarlas como vehículo para conocer más profundamente los múltiples mundos implicados tras la materia, que se evidencian de forma cada vez más precisa a lo largo de la serie de libros de Castaneda.

Simultáneamente, el alumno se va conociendo a sí mismo, procesando sus miedos, depurando los lastres que lo limitan al mantenerlo atado al pasado (lo que don Juan llama el ‘borrado de la historia personal’), y fundamentando su conocimiento en experiencias –no en creencias-, lo que modifica radicalmente su estructura mental, sus hábitos y creencias previas, y sus escalas de valor. En este mundo mágico, en esta “realidad aparte” sutil pero consistente, se nos presenta la relación de don Juan y su discípulo, con una coherencia interna potente y difícilmente contrarrestable. No hay un Dios aquí, ni un futuro ni un propósito último más allá de la –por cierto inmensa- tarea de tomar consciencia y dominar la realidad presente, en sus múltiples niveles paralelos y complejidades energéticas. No se describe un objetivo más allá de esto.

En este contexto, la experiencia de la llamada en otras tradiciones –por lo general en la vía mística de las mismas- propia divinidad, Yo Superior, Cristo, satori o incluso Dios, es un importante hito en el camino, pero sólo es eso: la evidencia que muestra que el alumno ha alcanzado cierto dominio de sus propias energías como para acceder a esa percepción, la que eventualmente podría repetir a voluntad, lo que es radicalmente diferente de las concepciones espirituales más generalizadas en la humanidad. Esa experiencia medular (casi diríamos “fundacional” para todos aquellos que siguen un camino) es la que don Juan Matus designa con el modesto y pedestre nombre de “ver el Molde del Hombre”, al que considera como una suerte de arquetipo inerte que simplemente nos imprimiría las características humanas que compartimos. Don Juan, como guía, propicia la experiencia inicial, la que luego podría ser alcanzada por su discípulo independientemente de la participación de don Juan.

Resulta, para nuestra formación impregnada de tradición judeo cristiana, tan iconoclasta esta visión, tan rupturista de lo aceptado –como lo habría sido también para Castaneda-, que merece una revisión. Aún aquellos de nosotros que no declaremos religión alguna o que nos agrupemos bajo el título de agnósticos e incluso ateos, hemos vivido inmersos en una cultura de tradición judeo-cristiana que ha impregnado todos los ámbitos de la vida; hace muy pocos siglos que en Occidente se separaron la religión y el Estado, por ejemplo, y en la práctica nunca han estado totalmente separados, con lo que todas las esferas de la vida común se han regido en algún grado por los conceptos de bien/mal, premio/castigo, cielo/infierno, culpa, pecado, etc., en el marco de una relación del ínfimo ser humano frente a una omnipresente presencia Superior que lo juzga, lo premia, lo ama, lo castiga, lo califica permanentemente e incluso lo condena. No deja de ser curioso que en nuestro racionalista Occidente mantengamos por lo general tan separados el mundo de la creencia –por lo general indiscutible- de la evidencia intelectual o el fruto de la experiencia que exigimos en otras áreas. El porcentaje de individuos que han tenido una experiencia transpersonal continúa siendo una minoría; y aunque un número creciente de personas busca tener vivencias más allá de la existencia material o emocional comunes, la gran mayoría continúa entregándose mansamente a alguna creencia tranquilizadora sin ningún atisbo de buscar evidencia acerca de la realidad última que ésta ofrece, y a la que a menudo dejamos simplemente que nos dirija y limite la vida sin haber cuestionado nunca las bases de tales imposiciones. Defendemos apasionadamente nuestras creencias sin ninguna evidencia de aquello que persigue –por eso son creencias-, lo que parece especialmente contradictorio en Occidente, donde la búsqueda persistente de alguna práctica que nos lleve a constatar las realidades intangibles sólo se han vuelto crecientes en los últimos – si acaso- cincuenta años. De tal modo que considerar la óptica de don Juan nos puede estimular a una reflexión más profunda sobre estos puntos tan centrales y decisivos de la experiencia humana posible, y que nos puede movilizar, en primer lugar, a dudar o confirmar nuestras concepciones previas, pero por sobre todo, nos puede impulsar hacia una práctica que busque la comprobación vivencial de aquello que no puede ser explicado ni menos repetido de oídas o de segunda mano. De aquello que no puede ser una simple creencia.

A continuación extractamos y comentamos los párrafos más explicativos del capítulo 16 de “El Fuego Interior”:

“Después del almuerzo, don Juan y yo nos sentamos a hablar. Comenzó sin preámbulo alguno. Anunció que habíamos llegado al final de su explicación. Dijo que ya había discutido conmigo todas las verdades del estar consciente de ser, descubiertas por los antiguos videntes. Recalcó que ahora yo conocía el orden en el que los nuevos videntes las dispusieron. Dijo que en las últimas sesiones de su explicación me dio una relación detallada de las dos fuerzas que ayudan a mover nuestros puntos de encaje: el levantón de la tierra y la fuerza rodante. Explicó también las tres técnicas desarrolladas por los nuevos videntes, acecho, intento y ensueño, y sus efectos sobre el movimiento del punto de encaje.

– Ahora –prosiguió-, lo único que te queda por hacer para completar la explicación de la maestría del estar consciente de ser es romper por tu cuenta la barrera de la percepción. Sin ayuda de nadie, tienes que mover tu punto de encaje y alinear otra gran banda de emanaciones. Si no llegas a lograr esto, todo lo que has aprendido y has hecho conmigo será mera plática, simplemente palabras. Y las palabras valen poco.

Explicó que al moverse el punto de encaje y al alcanzar cierta profundidad, rompe una barrera e interrumpe momentáneamente su capacidad para alinear emanaciones. Experimentamos esa ruptura e interrupción como un vacío perceptual. Ese momento era llamado la pared de niebla por los antiguos videntes, porque aparece un banco de niebla cada vez que el alineamiento de emanaciones da un traspié.”

La Cruz

La Cruz

 Subía lentamente, algo encorvado por el peso de la cruz, pero contento, muy contento.

El encuentro con aquel forastero que le había confiado el secreto del Anciano de la Montaña, le tenía muy feliz. Siempre se había quejado amargamente de la vida que le había tocado en suerte, del excesivo dolor que acompañaba los sucesos de su vida. Muchas veces, distintas personas le dijeron que sus penas no eran diferentes ni mayores que las de otros más duramente tratados por la vida, y que a nadie le pasaban más cosas que las que necesitaban para ser felices, ni eran estas de una dimensión mayor al peso que cada cual podía soportar. Sin embargo, estaba convencido de que un sino fatal acompañaba su existencia.

Por eso él quería cambiar su cruz.

Tan absorto se encontraba en sus pensamientos acerca de lo que haría luego de bajar la montaña, que, olvidando por completo la carga que soportaba sobre sus hombros, ascendía con gran entusiasmo, procurando descubrir el lugar donde el Anciano aguardaba, desde siempre, a quienes habían recibido una cruz equivocada.

Detrás de él, el madero vertical rezongaba sordamente al desgastarse sus esquinas por el continuo roce con el suelo pedregoso. En algún momento que no pudo precisar, notó que la naturaleza había silenciado su ritmo; los sonidos que instantes atrás llenaban el espacio de sensaciones conocidas, se habían ausentado. Con algo de temor detuvo su andar y, mirando sorprendido en derredor, descubrió una frágil figura de misterioso aspecto, que lo miraba fijamente con sus añosos ojos oscuros.

– ¿Eres tú el Anciano de la Montaña? –preguntó.

El aludido no respondió, pero algo le dijo en su interior que efectivamente era él.

Pasada la primera impresión, pudo percatarse que más allá, diseminadas en un gran espacio, se encontraban las más preciosas cruces que jamás alguien viera. Las había grandes, pequeñas, de madera, de marfil, de metales, de colores diversos y de diferentes texturas. Era un espectáculo maravilloso que le impresionaba y que le costaba creer.

– Deja tu cruz junto a las otras y escoge entre todas las que ves, aquella que tú crees que te corresponde llevar.

En cuanto terminó de hablar, el Anciano desapareció del lugar tan rápida y misteriosamente como había aparecido, sin dejar rastro y sin decir nada más.

Hubiera querido agradecérselo, pero no supo dónde encontrarlo. Como hacía tanto tiempo que soñaba con esta oportunidad, desentendiéndose de toda otra idea, con gran entusiasmo se dedicó a elegir la cruz que más pudiera gustarle.

La tarea, sin embargo, no fue fácil. Unas cruces eran muy bellas, pero demasiado débiles y quebradizas; otras eran más firmes, pero toscas y mal terminadas; algunas eran desproporcionadas o muy costosas y adornadas; otras demasiado simples; encontraba adecuadas las de metal, pero algo pesadas. En fin, estaba comenzando a desanimarse cuando, sobre la tierra y apartada del resto, encontró una que le pareció perfecta. Se emocionó porque era como si la hubieran hecho a su medida; de hermosa madera, muy bien trabajada y de peso conveniente. Era la cruz que siempre había soñado.

La puso sobre su hombro y, luego de mirar sin resultado en todas direcciones, buscando al Anciano de la Montaña que tan desinteresadamente le había hecho feliz, emprendió rápidamente el camino de regreso.

Detrás de él, el madero vertical seguía rezongando sordamente al desgastarse sus esquinas por el continuo roce con el suelo pedregoso.

Andrés de la Maza.