Depresión y Espiritualidad

Depresión y Espiritualidad

Del vacío existencial a la vacuidad liberadora:

Buscaremos a la vez aproximar y diferenciar el vacío existencial, doloroso del depresivo, y la vacuidad liberadora, luminosa del místico. En los dos casos, se trata más de experiencias vividas que de conceptos filosóficos. Hay un punto de contacto, una pasarela entre estos dos estados que permiten dar a ciertas depresiones la dimensión de una iniciación, de una entrada en el camino espiritual?

Esquemáticamente, se puede decir que el dominio de la psicología concierne a la descripción de diferentes tipos de depresión y su tratamiento en la fase aguda. Por el contrario, una espiritualidad bien comprendida me parece más eficaz cuando se trata de prevenir los desequilibrios de vida que conducen a la depresión, o cuando se trata de acompañar a un depresivo en un largo plazo. No siempre me ha sido posible decir si mis reflexiones eran sobre todo válidas para el paciente, o bien para el terapeuta, o para el lector ordinario. Ellas se dirigen hacia quienes están abiertos para entenderlas, ya sean aquellos que buscan comprender la depresión para ellos mismos, para su entorno o sus pacientes. Deseo en particular que ellas inspiren a aquellos que tienen la dura tarea, difícil y hermosa, de acompañar a los moribundos.

Las descripciones psicológicas de la depresión y sus límites:
Hay dos grandes tipos de depresiones: las depresiones psicógenas, de origen puramente psíquico, y las depresiones endógenas que tienen una base constitucional a menudo hereditaria. Es la enfermedad maníatico-depresiva con alternativas de excitación y de depresión. Ella parece ser debida a un déficit enzimático perjudicando los intercambios de sodio a través de las paredes de la célula nerviosa. En teoría, no hay nada que se pueda hacer para los pacientes alcanzados por este problema, salvo que se cuiden tomando litio y aceptando su destino. En la práctica, sin embargo, como las crisis tienen a menudo factores detonantes de origen psicológico, un tratamiento que pasara por la parte espiritual no sería totalmente excluido. Conozco personalmente un caso de psicosis maníatico-depresiva mejorado por la meditación. Gracias a ella, el meditante busca ir sistemáticamente más allá de los pares de opuestos (placer-dolor, fatiga-excitación, etc.) mejorando así las variaciones del humor.

Entre las depresiones psicógenas, se puede distinguir dos grandes tipos: la depresión emocional del sujeto joven, típicamente la muchacha que rompió con su amiguito y que ejecuta una tentativa de suicidio que ella tiene el buen gusto de hacer fracasar, y la depresión existencial del sujeto maduro que, en general, llega a cometer el suicidio, él no fracasa. Se habla así de depresión por agotamiento debida a una acumulación de estrés no resuelto. Fundamentalmente, me parece que todas las depresiones son por agotamiento; aun si
el estrés no es aparente, De todas maneras, él está presente bajo la forma de conflictos intrapsíquicos que representan una pérdida de energía continua.

Un buen criterio de salud psíquica es la adaptabilidad al cambio. Se puede enfocar – como Eric Erikson lo hace – el crecimiento del individuo como una sucesión de crisis. Si tiene éxito en superarlas, se desarrolla una cualidad correspondiente propia a cada estado: confianza fundamental para el lactante que acepta bien su destete, autonomía para el niño pequeño, deseo de aprender para el niño más grande, identidad para el adolescente, intimidad para el adulto joven e integridad para el adulto maduro. Es interesante ver que Erikson no habla del anciano. Los interrogantes existenciales que este último se plantea frente a la muerte sobrepasan sin duda sus concepciones psicológicas. Por la práctica espiritual se reordenan las pequeñas crisis ya enumeradas dentro del cuadro de dos grandes crisis: el nacimiento y la muerte. Esto da amplitud
y profundidad al psiquismo y permite relativizar estas crisis que yo he llamado pequeñas, aun si ellas parecen enormes a quienes están sufriéndolas.

Las psicoterapias que se podrían llamar pragmáticas responden en apariencia a la demanda promedio de los pacientes, pero ellas dan un pobre modelo del ser humano: lo consideran como una especie de máquina que debe funcionar sin tropiezos desde el nacimiento hasta la muerte, según los criterios establecidos por los computadores del Instituto de Estadísticas sociopsicológicas… Parece sonar bien, pero es una visión plana y aplastante de las posibilidades humanas: el hombre es una caña pensante (según Pascal) y no solamente una caña funcionante. Es fácil decir que el paciente no tiene una demanda que hacer por más que se lo proponga; pero si él la tuviera tendría el terapeuta una respuesta que no sea intelectual sino vivida?

Se puede estimar que ayudar a un individuo psicológicamente, es ayudarlo a aceptar, a metabolizar las frustraciones y los duelos pequeños o grandes que pavimentan la existencia. Frente a una frustración o un duelo en sentido amplio. hay tres evoluciones posibles: la evolución descendente, es decir hundirse en la depresión y los remordimientos; la evolución circular, o buscar un nuevo objeto para reemplazar el anterior, un nuevo par de muletas para reemplazar las que se han perdido. Esto es lo que ensaya hacer la gente espontáneamente, y es lo que aconsejan la mayor parte de los psicólogos; es verdad que es una reacción de mejor calidad que la depresión pura y simple. La tercera evolución es la evolución ascendente: se acepta el duelo en tanto que tal y se ve el vacío que él ha creado como una ventana que se abre hacia el absoluto. Ya no se busca un comodín y la sombra negra de la depresión se transforma en vacuidad luminosa de liberación. Por liberación, yo entiendo liberación de una dependencia por pequeña que ella sea. En este sentido, el mejor aguijón para encontrar la felicidad dentro de sí mismo es el sentimiento de frustración , es una espina incitadora que hace evolucionar sin cesar.

Si el psicólogo tiene una visión puramente pragmática de las cosas, es decir, si se contenta por reemplazar una evolución descendente por una evolución circular, él rechaza la necesidad espiritual. Esta última reaparecerá en otro momento, es el retorno de lo rechazado bajo formas a veces primitivas o mediocres: entrada en una secta de extrañas creencias o interés apasionante por un ocultismo barato. La moda de este género de ocultismo en la ex-Unión Soviética puede ser una buena ilustración del retorno desordenado de
lo espiritual rechazado después de un medio siglo de psicología aplastante. Tanto como el terapeuta, el maestro espiritual no puede resolver los interrogantes existenciales de su paciente o discípulo. Sin embargo, él le puede indicar métodos de trabajo interior; él representa igualmente para un discípulo que desfallece, una luz al final del túnel.

Más que hablar de trabajar el duelo yo prefiero hablar de soltar presa, de dejar de crisparse sobre algo, o de liberación. Una vez que un apego es arrastrado por el flujo de la vida o de la muerte, se le puede considerar como un saco de piedras que se llevaba sobre los hombros y que se ha desprendido por sí mismo. Es un alivio. Más que hablar de pulsión de muerte yo prefiero hablar de desviación de la pulsión de vida. Establecer una dualidad pulsión de vida-pulsion de muerte es en realidad una vieja tentación. Ella apareció en los primeros siglos de nuestra era con Manes y ciertas formas de Gnosis, y ha reaparecido en nuestra época con Freud. Sin embargo, las tradiciones espirituales en su conjunto evitan caer en este dualismo fácil. Aunque parece corresponder a ciertas apariencias, presenta en verdad un obstáculo a la evolución interior. No estamos obligados a dejarnos atrapar por categorías salidas de la mente de un Freud envejecido y, tal vez, deprimido , sobre todo después de la operación de su cáncer al final de los años 20.

El vocablo psi corriente está lleno de sugestiones negativas. Aun si el terapeuta tiene el buen sentido de no hablar demasiado de psicopatología a su paciente , él no puede impedirse de comprender a éste en términos de patología, ya que esa es su formación profesional. Esto representa una toma de partido que influencia al paciente. Por el contrario, lo propio de muy buenos terapeutas, o de sabios, es tener éxito en extraer algunos elementos positivos de un cuadro psíquico desastroso y valorizarlos, en contra de todo, para estimular al paciente. En este dominio fluido y maleable que es el psiquismo, un vaso medio vacío es realmente lo contrario de un vaso medio lleno. Los terapeutas deben supervisar su lenguaje, incluido también lo que se dicen a ellos mismos a propósito de los pacientes. Si no, a pesar de su buena voluntad, corren el riesgo de perjudicarlos confirmándoles que están limitados dentro de una patología fijada.

Si la psicología occidental tiene límites frente a la depresión puede la filosofía , por ejemplo el existencialismo, ayudar a trascender esos límites? Para ser breve, yo no lo creo: el ambiente general del existencialismo es demasiado depresivo en sí mismo para poder ayudar realmente a un depresivo. A lo más, este último podrá aliviarse un poco sintiéndose menos solo en su abandono. La ventaja es que se sentirá más confortable en su depresión, pero el inconveniente es que, en ese caso, no tendrá aliciente para salir de ella. No hay que olvidar que Sartre ha publicado El Ser y la Nada en 1943 en una época donde un espíritu materialista tenía razones para ser pesimista. En efecto, la creencia tranquilizadora en un progreso continuo de la humanidad estaba seriamente amenazada por los acontecimientos. El simple hecho de desmontar el funcionamiento del ego lleva a un nihilismo real, si este trabajo no es acompañado por un sentido agudo del Absoluto subyacente. Puede ser que el filósofo existencialista y el Buda se encuentren frente al mismo vacío, pero el primero siente náuseas mientras que el segundo sonríe no hay allí una diferencia?

La depresión despertar espiritual enmascarado?
Dichoso el que es puesto a prueba, él ha entrado en el camino, dice Jesús en el Evangelio de Tomás. Cual es la significación de los síntomas de la depresión? No son una tentativa mal hecha de reequilibrarse? No pueden ellos tomados en una perspectiva correcta conducir al paciente a mejorar,
y aun a entrar en un camino espiritual del cual él no tenía una idea preconcebida? En este sentido, cada síntoma no tiene su índole propia? Tomemos por ejemplo el insomnio de la madrugada, clásico en el depresivo, en particular en el melancólico. Se ha ensayado durante largo tiempo sofocar ese síntoma con somníferos. Pero algunos han tenido la idea de dejar hacer al depresivo lo que él quería, es decir, acostarse muy temprano y levantarse muy temprano. Esto fue suficiente para mejorar en gran medida el problema.

Consideremos ahora la inhibición psicomotriz: hay consenso en decir que es el criterio más seguro para detectar una depresión. Pero, el hecho de ni siquiera sentirse motivado para mover un pulgar no correspondería a una necesidad natural de retiro, de entrada en sí mismo, de reposo? No es un sano reflejo de defensa del organismo frente al estrés continuo de la carrera consumista en todos los aspectos, carrera tan ciega como agotadora? En la sociedad occidental activista, esta necesidad de no hacer nada no es reconocida. Si no se tienen los medios o el gusto de ir a la pesca o a la playa, se cae en depresión. El inconveniente es que, si bien el sujeto se hace notar socialmente, es igualmente culpabilizado. Él quiere castigarse a sí mismo por su pereza y su inutilidad; esta necesidad de castigo es realmente patológica y anti-espiritual; no es auto-flagelándose (metafóricamente hablando) que se dominará el propio ego, más bien se corre el riesgo de reforzarlo.

Igual como la flor tiene su ritmo, se abre y se cierra, también lo tiene el cuerpo, duerme y se despierta, del mismo modo el psiquismo tiene su propio ritmo: él alterna naturalmente las fases de interiorización y de exteriorización. En las depresiones debidas a conflictos intrapsíquicos, se puede considerar que el sujeto está mal e insuficientemente interiorizado. No llega a contactar las zonas profundas de su ser descendiendo por debajo de las tempestades de superficie. Él duda incluso de que estas zonas existan: es su enfermedad y a veces también la de su terapeuta… La sociedad, y a menudo la familia, exigen al individuo que funcione constantemente en el real exterior. Sin embargo, como lo dice Bachelard, un ser privado de la función de lo irreal (el real interior) es tan neurótico como un ser privado de la función de lo real (real exterior).

El Amor Consciente

El Amor Consciente

Generalmente, solemos considerar que las relaciones íntimas son adecuadas cuando satisfacen nuestras necesidades de amistad, seguridad, sexo y autoestima. Sin embargo, si aspiramos a convertir nuestras relaciones en un sendero – un sendero sagrado – nos veremos obligados a ampliar nuestra perspectiva y a asumir una visión más comprehensiva que, incluyendo todas esas necesidades, no se halle, sin embargo, circunscrito a ellas. Nuestro tema tiene que ver con el cultivo del amor consciente, de ese amor que puede inspirar el desarrollo de una consciencia más expandida y la evolución de las personas implicadas.

Sin embargo, no debemos demostrarnos demasiado idealistas porque las relaciones íntimas nunca funcionan a un solo nivel. Vivimos simultáneamente en diferentes niveles y cada uno de ellos tiene sus propias necesidades concretas.

Niveles de conexión

El vínculo más primario que podemos encontrar en la pareja es la necesidad de una fusión simbiótica originada en el deseo de alcanzar el alimento emocional del ego del que carecimos en nuestra infancia. Obviamente, esto es algo por lo que atraviesan muchas parejas que, cuando acaban de conocerse, atraviesan una fase simbiótica que les lleva a cortar temporalmente otras actividades o amistades y a pasar la mayor parte del tiempo juntos. El estadio simbiótico de una relación puede así contribuir a que ambas personas lleguen a establecer un profundo vínculo emocional. No obstante, si la simbiosis se convierte en la principal motivación de la relación o si perdura demasiado tiempo, termina convirtiéndose
en un factor limitador que establece una dinámica paterno (o materno)-filial que limita el rango de expresión e interacción de ambas personas, destruye los roles masculino y femenino de la relación y termina creando pautas de comportamiento adictivas.

Más allá de la necesidad primitiva de fusión simbiótica, el deseo fundamental que aparece en una relación es el de compañerismo, un deseo que puede asumir formas más o menos sofisticadas. El compañerismo constituye un ingrediente esencial de toda relación, pero ciertas personas, sin embargo, parecen no desear nada más de su pareja.

Otro nivel posterior de relación es el que se establece en el caso de que los amantes no sólo compartan las actividades y la compañía del otro sino que también tengan intereses, objetivos y valores parecidos. Así pues, cuando una pareja empieza a crear un mundo común podemos afirmar que ambos se adentran en el nivel de la comunidad, un tipo de relación que, al igual que el compañerismo, constituye una forma terrenal y concreta de relación.

Sin embargo, más allá del hecho de participar de los mismos valores e intereses del otro, se encuentra el nivel de la comunicación, un nivel en el que somos capaces de compartir todo aquello que ocurre en nuestro interior, es decir, todos nuestros pensamientos, expectativas, experiencias y sentimientos. Establecer una buena comunicación es una tarea mucho más difícil que tratar simplemente de crear una situación de compañerismo o de comunidad. Este nivel requiere que cada miembro de la pareja sea totalmente sincero al expresar lo que ocurre en su interior y tenga el valor suficiente como para superar los inevitables obstáculos que aparecen ante cualquier intento de compartir dos verdades diferentes. La buena comunicación es, con toda certeza, el elemento más importante de cualquier relación cotidiana sana.

Un nivel todavía más desarrollado de la comunicación es la comunión. Más allá del hecho de compartir los pensamientos y los sentimientos existe el reconocimiento profundo del ser de otra persona, un reconocimiento que suele descubrirse en el silencio, tal vez mientras miramos a los ojos de nuestra pareja, estamos haciendo el amor, paseando por el bosque o escuchando música. Es como si, de pronto, nos sintiéramos percibidos y conmovidos en aquel núcleo profundo del ser que trasciende a la personalidad. Seguimos siendo plenamente nosotros mismos pero, al mismo tiempo, estamos completamente en contacto con nuestra pareja. Este tipo de relación es tan extraño y sorprendente que no suele pasar desapercibido. Por otra parte, aunque la comunicación pueda ser fruto de un trabajo deliberado, la comunión, por su parte, es completamente espontánea y se encuentra más allá de nuestra voluntad. La comunicación y la comunión son formas de actividad más profundas y sutiles que la compañía y la comunidad y tienen lugar, respectivamente, en el nivel de la razón y en el del corazón.

La profunda intimidad de la comunión puede alimentar el anhelo a superar completamente la dualidad, una aspiración, en definitiva, por lograr la unión completa con la persona amada. No obstante, aunque este anhelo expresa una necesidad auténticamente humana, se dirige, en realidad, hacia lo infinito, lo absoluto y lo divino. Pero cuando este deseo de unión definitiva permanece ligado a una relación concreta suele terminar creando problemas y reduciendo nuestra aspiración por la realización espiritual a la idealización, a la inflación psíquica y a la adicción. La forma más adecuada de orientar nuestra aspiración hacia la unión consiste en una práctica espiritual auténtica – como la meditación, por ejemplo – que nos enseñe a ir más allá de la mente dicotómica en todas las áreas de nuestra existencia. Así pues, aunque apunten en esa dirección, las relaciones íntimas pueden alentar este tipo de prácticas pero jamás pueden llegar a sustituirla.

Toda relación tiene áreas más o menos intensas, a lo largo de este continuo de conexión. Las parejas que comparten una relación profunda de ser a ser, que mantienen un buen nivel de comunicación, que tienen intereses y valores comunes y que disfrutan naturalmente de la compañía del otro, logran establecer un equilibrio ideal entre el cielo y la tierra, por así decirlo. La sexualidad, por su parte, puede operar en cualquiera de estos niveles: como una forma de unión simbiótica, como compañía corporal, como un ejercicio compartido, como una forma de comunicación o como una comunión profunda.

El amor consciente sólo aparece cuando ambas personas logran establecer una comunión esencial que trasciende a la personalidad. En esos momentos de comunión, estamos simultáneamente en contacto con nuestra propia esencia y con la esencia de nuestra pareja y, sin embargo, seguimos siendo individualidades separadas. Por más próximos que nos hallemos nunca podemos llegar a compartir plenamente nuestros mundos ni a saber del todo cómo son las cosas para la otra persona. Así pues, aunque podamos compartir ciertos momentos fugaces de unidad en los que nuestra esencia permanece en contacto, la unión completa siempre estará fuera de nuestro alcance.

No existe modo alguno de retener a otra persona ni de poder usar la relación como una forma de escapar de la soledad. Nuestra pareja es sólo un préstamo temporal que nos concede el universo, un préstamo que ignoramos cuándo se nos reclamará. En el fondo de la devoción a otra persona anida la dulce y melancólica plenitud de un corazón que sólo anhela desbordarse.

La soledad es, a fin de cuentas, lo que nos impulsa a salir de nosotros mismos. Por consiguiente, no es necesario que nos aislemos porque la soledad como simple presencia, es lo que compartimos con todas las criaturas de la tierra, es el trasfondo del que brotan todos los tesoros: un anhelo desbordante que nos hace salir de nosotros mismos, escribir un poema, componer una canción o crear algo hermoso.

Cuando valoramos nuestra soledad podemos ser nosotros mismos y entregarnos más plenamente. Entonces ya no necesitaremos que los demás nos protejan o nos hagan sentir bien sino que, en lugar de eso, estaremos en condiciones de ayudarles para que sean ellos mismos. El amor consciente sólo puede brotar como el fruto maduro de un corazón herido.

Todas las tradiciones espirituales coinciden en afirmar que la persecusión de nuestra propia felicidad no conduce a la verdadera satisfacción porque los deseos personales se multiplican de continuo generando nuevas frustraciones. La verdadera felicidad – la que nadie puede arrebatarnos – emana de la apertura de nuestro corazón, de su proyección hacia el mundo que nos rodea y se complace con el bienestar de nuestos semejantes. Si queremos preocuparnos por el desarrollo y la evolución de las personas a las que amamos es necesario poner en funcionamiento las capacidades más profundas de nuestro ser y evolucionar nosotros mismos. La evolución exige la puesta en marcha de todas nuestras cualidades.

Así pues, todas las dificultades propias de las relaciones constituyen, en realidad, una oportunidad excepcional: descubrir el camino sagrado del amor cuya llamada nos alienta a cultivar la plenitud y la profundidad de nuestro ser.

La otra orilla del amor

El logro más elevado del amor, el amor consciente, encamina a los amantes más allá de ellos mismos y los lleva a conectar plenamente con la totalidad de la vida. En realidad, el verdadero amor carecerá de espacio para desarrollarse hasta el momento en que se proyecte hacia el exterior. El punto más elevado de la relación amorosa apunta al logro de un sentimiento de hermandad con toda forma de vida, lo que Teilhard de Chardin denominaba “amor por el universo”. Sólo de este modo podrá el amor – como afirmaba Teilhard – “convertirse en luz y poder ilimitados”.

El sendero del amor se propaga en círculos. Comienza en el hogar, encontrando nuestro sitio, haciéndonos amigos de nosotros mismos y descubriendo que, bajo la confusión y el engaño de nuestro propio egoísmo, se esconde la riqueza intrínseca de nuestro ser. Cuando llegamos a establecer contacto con esa plenitud fundamental que anida en nuestro interior descubrimos que tenemos mucho más que ofrecer a nuestra pareja de lo que anteriormente imaginábamos.

Cuando dos personas se preocupan por el desarrollo de la consciencia y el espíritu de su pareja tienden naturalmente a compartir su amor con los demás. Y, de este modo, las nuevas cualidades emergentes – la generosidad, el coraje, la compasión y la sabiduría, por ejemplo – se extienden más allá del círculo de su propia relación. Estas relaciones son el “hijo espiritual ” de la pareja, lo que su unión puede ofrecer al mundo. Una pareja florecerá, pues, cuando su visión y su actividad no se centren exclusivamente en ellos mismos sino, por el contrario, cuando sean capaces también de incluir a la comunidad de la que participan.

Pero, como señala Teilhard de Chardin, el amor entre dos personas puede expandirse todavía más. Cuando más profunda y apasionadamente se ame una pareja, mayor será su preocupación por el estado del mundo en el que viven, más conectados estarán con el planeta y, en consecuencia, se ocuparán de cuidar del mundo y de todos los seres que necesiten su ayuda. El logro máximo y la más plena expresión del amor se alcanza cuando éste llega a abarcar a toda la creación enriqueciendo y fortaleciendo entonces, a su vez, la vida de la pareja. Este es el gran amor y el gran camino que nos conduce hasta el mismo corazón del universo.

John Welwood

Extractado por Farid Azael de
Trascender el Ego
Edición de Roger Walsh y Frances Vaughan
Kairós.

La Sofrología

La Sofrología

Fundamentos:
Esta ciencia, que se dedica a estudiar los cambios de consciencia en el ser humano, fue fundada en España en 1960 por el neuropsiquiatra colombiano Alonso Caycedo. El autor recogió conocimientos y aportes de distintas culturas y ciencias, tanto de Occidente como de Oriente, tales como:

1- Hipnosis. De la cual Caycedo posteriormente se alejó en busca de una mayor autonomía en la relación entre sofrólogo y alumno, dándole gran importancia a la participación activa de este último.

2.- La Fenomenología, del griego fainomerio, que significa aclarar con su propia luz.
Aquí se respeta la identidad del sujeto y del objeto sin que uno sustituya al otro, es decir, hay que vivir el fenómeno sin emitir ningún juicio. De otra forma, podríamos decir que el sofrólogo llega a ser un fenomenalogo que observa y capta la pluridimensionalidad de las cosas. Cada fenómeno, en su pluridimensionalidad, permite ser visto de distintas maneras y a la vez tomar consciencia de la existencia real de lo que no se ve. El posible es tan verdadero como lo que llamamos real.

3.- El griego antiguo. De allí Caycedo nos trae toda la semántica de la sofrología y se interesa particularmente en la terapia con la voz. El sofrólogo utiliza la palabra suave y monocorde para conducir a
la sofronización.

4.- El yoga y el budismo Zen. De estas fuentes extrae elementos y ejercicios que fue seleccionando a través de su propia práctica, nacida en los viajes al Oriente.

El objetivo fundamental de la sofrología está orientado al desarrollo armónico del ser humano y a la transformación positiva de su existencia.

Por medio de la sofronización, que es el proceso que lleva a la modificación de los niveles de consciencia, es factible traer del inconsciente al consciente facultades y aptitudes muy importantes en el proceso de desarrollo y conocimiento de sí mismo.

Cada ser humano recorre cotidianamente tres estados de consciencia: la vigilia (que es el estado de actividad), el sueño, y el nivel alfa o sofroliminal, que está presente al despertar antes de abrir los ojos y justo antes de dormir. Este estado alfa es fácil de lograr, pero lo interesante es alargar este período para obtener el máximo de ventajas, ya que una imagen o sugestión multiplica su fuerza cuando se encuentra en este nivel de consciencia.

El Estado de Consciencia Sofrónica:
Este es el estado buscado por la sofrología, y se caracteriza porque el individuo está en armonía consigo mismo y con el exterior, Posee una gran facultad de adaptación, una profunda consciencia de sus mecanismos internos y la serenidad necesaria frente a los sucesos externos. Está equilibrado fisiológica y psicológicamente. En realidad, buscar o esperar este estado constituye el resultado de toda forma de yoga, meditación o tarea espiritual. El punto extremo de este estado de consciencia es la experiencia liberadora llamada samadhi, nirvana, satori o reino de los cielos, es decir, un estado que traspasa el límite de la sofrología.

Objetivos:
En síntesis podríamos decir que los objetivos básicos de la sofrología, enunciados por su fundador, son:

– El estudio científico de la consciencia humana.

– La práctica de un entrenamiento de la personalidad para desarrollar o conquistar la consciencia.

– La práctica de una disciplina existencial basada en una filosofía humanista y trascendental de la consciencia.

Al ir tras estos objetivos, es necesario partir por redescubrir el cuerpo, ya que en esta era muchos trastornos de la personalidad están a menudo ligados a una corporalidad mal vivida. No debemos olvidar que el cuerpo es la base del triángulo de la personalidad humana. Si ella es estable y sólida se estará en mejores condiciones para comprender los problemas emocionales y, una vez equilibrados los aspectos emocionales, se puede avanzar en la búsqueda interior.

Un segundo aspecto importante es la adaptación al mundo exterior. Con ejercicios de relajación dinámica se crean nuevas respuestas a la agresión del medio, permitiéndole al individuo volver a situarse en su mundo social.

Finalmente, es importante crear una consciencia positiva, re-aprender a sonreír, mirar el mundo con ojos nuevos, suprimiendo el aura negativa que a menudo llevamos a cuestas por experiencias del pasado. Con alegría en el corazón se puede vivir plenamente la vida.

Principios de la sofrología.
Podemos enunciar los siguientes:

1.- El esquema corporal como realidad vivida.
Con frecuencia las personas tienen una imagen corporal falsa o desvalorizada, Hay una diferencia entre la verdadera imagen y la imagen imaginaria y, si esta diferencia es grande, la consecuencia ineludible es un malestar constante. Reconciliar estas dos imágenes nos permite recentrarnos, ser responsables de ella, y más importante aun, liberarnos de la mirada de aprobación del otro para existir en forma natural.

Las técnicas sofrológicas que nos permiten reapropiarnos de nuestro propio cuerpo están basadas fundamentalmente en el sentir la sensación. La progresiva incorporación a la consciencia del esquema corporal aumenta el campo de esta última. De este modo podría decirse que el esquema corporal puede ser considerado como la base misma de la consciencia.

2.- El principio de acción positiva.
Lo positivo existe y hay que darle el lugar que merece. Si hay algo negativo, lo positivo también está presente. Es el Yin-Yang que nos muestra claramente que los opuestos complementarios no pueden existir el uno sin el otro.

En toda circunstancia podemos tratar de ver lo positivo. Es una gimnasia que nos permite relativizar y cambiar el comportamiento. La realidad es subjetiva, ya que ella, en el fondo, no es otra cosa que lo que construimos. De alguna forma el mundo exterior es el reflejo de nuestro propio mundo interior.

Con la sofrología podemos neutralizar el filtro negativo que hemos creado a lo largo del tiempo. Esto es factible de lograr si nos acostumbramos a pensar y sentir positivamente, desdramatizando los problemas y teniendo en cada circunstancia la atención y la mirada ingenua, como si fuera la primera vez.

3.- El principio de la realidad objetiva.
Buscar lo positivo no significa taparse los ojos a la realidad. Generalmente apreciamos esta realidad según nuestro marco de referencia educacional y cultural. En este caso es necesario no quedarse en las apariencias, sino que debemos ir a la realidad profunda, con las manos desnudas, como lo plantea la fenomenología.

La realidad objetiva nos permite conocer nuestros deseos más allá de los miedos y los deseos superficiales, así podremos llegar a ser más eficientes y más justos. Ver las cosas como esperamos que sean no es más que una ilusión, verlas como son nos impide decepcionarnos, a la vez que nos permite una adecuada adaptación. De esta forma podremos ser autónomos en nuestros comportamientos, libres de nuestras pasiones, miedos y exaltaciones.

Niveles del trabajo sofrológico:
Estas demarcaciones, como en todo trabajo de crecimiento, de ninguna manera son rígidas, sino que, por sobre todo, representan esquemas de ordenamiento, ya que para todo aquel que ha caminado en la búsqueda de sí, no es novedad lo variado y personal que es el camino.

Primer Nivel o Físico:
Este nivel es el más conocido y practicado y es el que corresponde a todas las técnicas de relajación del cuerpo y las percepciones de este. Además de la relajación estática, tenemos el extenso campo de la relajación dinámica, que desarrolla la sensorialidad a partir de la práctica de ejercicios nacidos del Hatha Yoga. A este nivel también pertenecen todos los ejercicios de percepción y visualización orientados al conocimiento y aceptación del cuerpo, ya que muchos trastornos de la personalidad están ligados a la corporalidad mal vivida. Esta auto visualización – extraída de antiguas técnicas tibetanas – nos ayuda a modificar actitudes y logra resultados impactantes a nivel fisiológico, por eso también es de gran uso en la rehabilitación física posterior a traumatismos y enfermedades, así como también en los casos de obesidad.

Segundo Nivel o Emocional:
En este campo tan fluido y cambiante se privilegian los sentimientos agradables, ya que la sofrología postula que si se parte de sentimientos positivos es más fácil enfrentar la realidad en buena forma.

Los modernos sistemas de comunicaciones nos llevan a vivir en una Aldea Global , lo que nos permite tener acceso a toda la información planetaria; pero, a la vez, la imposibilidad de actuar eficazmente frente
a la proliferación de noticias catastróficas, da lugar a una angustia que a menudo nos paraliza y nos lleva
a desconocer nuestro propio rol de célula del mundo.

Si realmente reconocemos que cada uno de nosotros es el mundo y no estamos aislados de él, podremos tomar consciencia de que para cada uno existe la posibilidad del cambio de conducta. Así, cada emoción negativa que dejemos atrás en nuestro proceso de transformación positiva, será una cuota de aire limpio
en ese mundo gris. La suerte, el éxito, y todas esas profecías que en algún momento nos pueden parecer inalcanzables, están directamente relacionadas con nuestra capacidad de cultivar lo positivo.

Tercer Nivel o de la Intuición:
Aquí nos enfrentamos a un campo de posibilidades muy amplio, ya que no encontraremos las fronteras limitadas de la materia sino que podremos acceder a otros niveles de consciencia. A este nivel tenemos la posibilidad de reconstruir el pasado en forma positiva a partir de un trabajo de activación del mismo, constituido por los acontecimientos positivos. Estos, aunque descoloridos, siempre están presentes entre los recuerdos negativos.

Más adelante, el campo es mayor aun, ya que por el uso de visualizaciones, imaginería y trabajos con mandalas, se van produciendo nuevas aperturas de consciencia que tienen manifestaciones muy individuales, las que, en general, se refieren al acceso a experiencias místicas personales y, por sobre todo, a un acercamiento a la meditación.

Cuarto Nivel o Trascendental:
A este nivel ya no hay fronteras de ningún tipo, es más abstracto y poco se puede comentar sobre él, ya que los ejercicios son mínimos y corresponden a aquellos aportados por la fenomenología. El hombre se abre hacia lo cósmico y aparecen esas experiencias inolvidables e indescriptibles tan ardientemente deseadas a cierto nivel de consciencia, como las de totalidad, unicidad o, más abstractamente, un acercamiento a lo insondable….

Conversación con Jean-Marie Isch:
Su mirada está tocada por la poesía cálida de los pequeños pueblos de Francia, como aquel en el que nació; pero también convergen en ella los misterios colectados a lo largo de los viajes llenos de contacto humano y de aquellos paisajes más primigenios de sus búsquedas místicas y de desarrollo personal.

Su trabajo como orientador espiritual y social en diferentes comunidades le hizo tomar contacto con el dolor humano en todas sus formas e intensidades. Pronto se dio cuenta de que sus herramientas eran escasas y que existían innumerables trabas de tipo burocrático que limitaban las posibilidades de ayuda significativa frente a las grandes necesidades. Este impacto removió muchas cosas dentro de él, haciéndosele imperativo ampliar sus propias fronteras en busca del conocimiento de sí. Comprendía que, sólo partiendo de su propio desarrollo personal, sería capaz de entregar elementos válidos a los otros. Así fue como tomó contacto en París con esta nueva ciencia, la que, además de dar respuestas a sus innumerables interrogantes, lo sorprendió por su dinámica y por los rápidos resultados en pro del mejoramiento de las condiciones de vida. Es impresionante cómo en pocas sesiones se pueden ir manifestando cambios visibles, por ejemplo, el aumento de la imaginación, de la memoria, del deseo de hacer algo. También permite una mayor concentración, aumento de la sensibilidad, una recuperación y dinamización energética, lo que finalmente se traduce en frecuentes y progresivas aperturas de consciencia.

Como se trabaja a nivel de la consciencia, para Jean-Marie es claro que por medio del trabajo sofrológico
es posible tener excelentes resultados en cualquier ámbito. Reconoce el gran impacto en el campo de la educación, donde el trabajo con los niños es de gran rapidez, sobre todo en aquellos que demuestran una palpable falta de interés o imposibilidad de concentración. Ayudar tempranamente a un individuo a ser él mismo es algo maravilloso porque, al mismo tiempo, se está haciendo una gran contribución a la sociedad. Sólo siendo ese ser único que se está destinado a ser, se tendrá la capacidad de asumir su verdadero lugar en beneficio de la armonía de la humanidad.

El Retorno de los Antepasados

El Retorno de los Antepasados

Si me he interesado en la acupuntura, en el taoísmo y en el chamanismo – siendo un psicoterapeuta freudiano – es en gran parte porque estas disciplinas se preocupan de fantasmas, es decir, de nuestros parientes, amigos, abuelos que han muerto mal y que, de una manera u otra, nos penan. Preocuparse de aquellos de nuestros muertos que no pueden tranquilamente seguir su camino es un trabajo de higiene mental indispensable que debe hacerse por el interés tanto del difunto como de aquellos que le sobreviven. En toda época y en todas las culturas – salvo en la nuestra – este trabajo ha sido considerado como esencial. Las consecuencias patógenas que esto implica para nosotros actualmente, sin que lo sepamos, son enormes. Estamos literalmente invadidos por agonías y duelos no llevados a término o mal asumidos, rodeados de almas en pena. Felizmente, hará treinta años que el Occidente redescubre el acompañamiento a los moribundos, y veinte que ha comenzado con un trabajo a fondo sobre las relaciones
transgeneracionales con los antepasados. Esto ha ocurrido a partir de lo que el psicoanalista Nicolás Abraham ha llamado “fantasmas”, tanto como de mis propios estudios sobre el tema, siguiendo a los de Piera Aulagnier.

Diferentes clases de problemas pueden haber causado el hecho de que los muertos de nuestra familia no hayan podido liberarse antes de morir de sus traumas, sus sufrimientos y sus ilusiones. En el lenguaje de Nicolás Abraham, el fantasma es un objeto del inconsciente transmisible de inconsciente a inconsciente en las relaciones de filiación. Este concepto modifica considerablemente la visión psicoanalítica ya que, para Freud, el inconsciente sólo está constituido con vivencias olvidadas de nuestra infancia. Según Abraham, se trata de vivencias olvidadas, pero ellas también pueden corresponder a nuestros padres o antepasados más lejanos, aun varias generaciones distantes de nosotros.

En la visión chamánica, que constituye una subbase antropológica universal – de donde se derivan todas las otras religiones – los muertos que no han podido alcanzar las puertas de la Gran Luz, por diferentes razones, se encuentran prisioneros de su angustia o de sus ilusiones. A veces ni siquiera saben que están muertos! Ellos giran en torno a sus descendentes como almas en pena. Es necesario ayudarlos a desapegarse y liberarlos, tanto por su interés como por el nuestro. Se trata de una tarea de salubridad pública, la que – en nuestros días – nos hace mucha falta.

No soy alguien que funcione según una creencia en vidas futuras después de la muerte. No estoy
investigando, por ejemplo, si la reencarnación existe o no. Ese no es mi problema. Yo me baso en la experiencia clínica. Mis investigaciones se refieren a la realidad de nuestras experiencias mentales. Y la forma en la que la muerte se presenta a nosotros es una de ellas. Lo que yo constato es que toda la investigación sobre la agonía y la muerte, sobre el duelo y los estados de consciencia observados en este amplio campo, demuestra en primer lugar hasta qué punto nos falta información sobre la muerte, y hasta qué extremos llega lo poco que sabemos sobre el psiquismo humano.

Mi experiencia personal es la de un terapeuta que ha trabajado durante diez años con niños psicóticos. Estos niños me han enseñado todo lo que sé hasta ahora. Se me había presentado a los niños psicóticos como desequilibrados, pero nadie me había dicho que tenían también dotes extraordinarias. Sólo una psicoanalista – Françoise Dolto – había afirmado que todo niño es naturalmente telepático. Ella, junto con Winnicott, ha establecido las bases del psicoanálisis infantil. Todos los otros, el mismo Freud, su hija Ana, Melania Klein, etc., no hicieron más que aplicar teorías de adultos sobre niños. Durante los diez años en los que me he ocupado de niños psicóticos, he encontrado casos inexplicables. Como aquel pequeño que venía siempre a la consulta con frascos llenos de avispas, ellas le trepaban por las manos sin picarlo jamás. Cómo explicar eso?

ElRetornoDeLosAntepasadosMe he demorado bastante en comprender que los niños psicóticos, y especialmente los autistas, tienen la capacidad de autoanestesiarse. La pequeña Alicia podía arrancarse jirones de piel sin manifestar dolor. Y el día en que una peritonis estuvo a punto de llevársela, ella entró en el hospital sonriendo hasta las orejas, siendo que la peritonitis es una infección atrozmente dolorosa para la mayor parte de la gente.

Alicia también se golpeaba la cabeza contra las paredes… Un día descubrí que su madre sufría de terribles jaquecas. Otra vez, cuando ya nadie sabía qué hacer con ella – estaba entrando en la adolescencia – Alicia se lanzó bajo un automóvil. Traté de comprender por qué había querido suicidarse y las cosas empezaron a aclararse.

Ella había hecho esto para resolver el problema que le causaba a sus padres y a las normas sociales, pero lo había hecho sin afectividad. Vivir o morir le era igual. Comencé a comprender que los niños psicóticos viven según un funcionamiento fetal en el que el dolor y la muerte no son como nosotros los conocemos. Ellos no tienen la misma relación con la muerte que nosotros: no experimentan afectividad sobre la
cuestión de morir.

Cuando se llega a entrar en su lenguaje, uno percibe que los niños psicóticos actúan según una sola cosa: el pasado genealógico de su familia, del cual exploran incansablemente el inconsciente. Para mí, ese mal universal que las culturas tradicionales llaman la enfermedad de los antepasados ha llegado a ser palpable gracias a Alicia que me ha mostrado, a través de su cuerpo sufriente, lo que llega a ser un niño cuando es producto de una exclusión de la femeneidad que se remonta a tres generaciones. A los catorce años Alicia, que vivía sus menstruaciones como una herida, representaba ante mí stripteases
desenfrenados donde se mezclaban lo mórbido, la sangre y el dolor de un sexo proscrito como el de diablo…

Para aclarar lo que es un fantasma habría que hablar de Juan Miguel, respecto al cual demoré meses en comprender que su rechazo a encarnar – qué otra cosa es el autismo? – se explicaba por el suicidio de sus dos abuelos al regreso de la Primera Guerra Mundial. Desmovilizados al mismo tiempo, constataron – cada uno en su hogar respectivo – que ya no había lugar para otro hombre en la casa. Sería necesario hablar también de Claudia, una niñita que salía a voluntad de su cuerpo y que me confrontó, en una sesión, con el momento de la muerte de su padre. Hablar del pequeño Pedro que sufría de una gran fobia a las flores. Aunque logré sanarlo de ella, su causa habría permanecido como un enigma si, años después, no hubiera sabido que sus padres no relacionaban el hacer el amor con una fecundación consciente.

En general, un niño muestra ansiedad cuando escucha a sus padres narrar un hecho anterior a su nacimiento. Y yo, dónde estaba entonces? pregunta con insistencia. Tradicionalmente, sus padres responden: Tú estabas todavía en el cielo. O bien, Tú estabas en nuestro corazón. El niño existía ya, antes de ser concebido, en el deseo y el pensamiento de sus padres? Descubrir esto es importante. Tenemos tendencia a considerar que el útero de la madre constituye la matriz de nuestro cuerpo y de nuestra estructura mental. Desde un punto de vista psicoanálitico, esto es falso. Lo que determina los síntomas, y también el destino y toda la vida de un sujeto, es el conjunto de actividades mentales concernientes a él, que hayan existido antes de que naciera. La matriz de nuestro cuerpo es,
efectivamente, el útero de nuestra madre, pero la matriz de nuestras estructuras psíquicas es el conjunto de las actividades mentales, conscientes e inconscientes, expresadas o no en palabras, y también las
fantasías, que han hecho que dos células pudieran encontrarse y producir un embrión. Esto vale para la tendencia edipiana del niño como para todo lo que concierne a su relación con la vida y la muerte. Hace que él se pueda representar un tiempo en el que ya existía potencialmente, antes de su nacimiento, en el deseo y en el lenguaje de sus padres. Así el niño podría pensar en que también él y otros pueden continuar existiendo después de la muerte, en el recuerdo y en el lenguaje. A un padre muerto, siempre se le podrá hablar… Es necesario comprender todo esto para captar en qué género de vacío erraba el pequeño Pedro cuyos padres pasaban por alto el hecho de cualquier relación entre hacer el amor y procrear un hijo. Su padres le habían permitido encarnar en su cuerpo físico, pero no en su cuerpo mental. Una atrofia mortal, frecuente en la concepción de niños autistas.

Quisiera comentar un caso descrito por Françoise Dolto: una mañana llegó a su consulta uno de sus antiguos pacientes, un hombre totalmente angustiado y extenuado. Después de dar a luz una niña, su mujer había caído en un coma profundo y – en el mejor de los casos – podría sobrevivir en estado vegetal. El hombre no soportaba esa idea y declaró que preferiría matarla que verla en esa invalidez. Llegaron sus suegros a la clínica, y el padre, desesperado, le confesó a su yerno que al nacimiento de cada una de sus dos hijas – pero no de sus dos hijos – tuvo que internar por un tiempo a su mujer, porque ella había enloquecido a la vista de un recién nacido de sexo femenino.

Cuando este hombre le contó a la psicoanalista lo que su suegro le había confiado – y que había sido cuidadosamente mantenido en secreto hasta entonces – ella le aconsejó relajarse un poco e ir luego a contárselo a su mujer sin importar su estado de coma.

El lo hizo así y apenas terminó su relato junto a la cabecera de su mujer inconsciente, ella despertó tan fresca y normal como la Bella Durmiente del Bosque.

Un par de semanas después, la esposa fue a visitar a Françoise para agradecerle. Le dijo que había comprendido por qué repentinamente le había parecido imposible aceptar aquella niñita que acababa de dar a luz, prefiriendo más bien desaparecer. El relato de su marido se lo había aclarado todo, sacándola de la prisión mental en que la había precipitado el coma. Pero cómo lo había escuchado si se encontraba en un coma tan grave que, según el diagnóstico de los médicos, era mortal? Pues bien, ella explicó que había vivido toda esa historia conscientemente, pero desde un lugar de observación bien extraño: se encontraba fuera de su cuerpo, pegada a un rincón del techo. Desde allí veía su cuerpo inanimado, alrededor del cual todos se afanaban, y esa pobre forma humana le parecía tan plana como una hoja de papel. Más tarde, cuando su marido la liberó de lo que la retenía prisionera – el secreto de su propio nacimiento – ella se reintegró a su cuerpo entrando por la cima del cráneo, reinflando esa forma plana y encontrándose en una oscuridad muy dolorosa de la que salió al despertar,

Françoise Dolto interpretaba esa historia haciendo referencia a lo que ella llamaba la imagen inconsciente del cuerpo: una especie de armadura inmaterial, en permanente movimiento, que coordina todas nuestras funciones psíquicas y nos permite entrar en contacto con los otros. La imagen inconsciente del cuerpo de esta mujer era parasitada por la presencia de un fantasma transgeneracional , que ya había sufrido su madre y probablemente su abuela. La psicoanalista se interrogaba sobre la percepción que esta mujer había tenido de sí misma al estar fuera de su cuerpo, Se preguntaba si el percibir su cuerpo plano al observarse desde el techo no podría explicarse por la posibilidad de que la enferma hubiera podido escuchar – a pesar de su coma – las palabras del médico sobre un electroencefalograma plano.

Se ha hablado mucho de este caso presentado por Françoise Dolto. En esa época nadie conocía las experiencias fuera del cuerpo o cercanas a la muerte. Los analistas freudianos no disponían de literatura
ni estadísticas que hablaran de tales investigaciones. Se sabía que, empujados a estados de consciencia cercanos a la muerte – en especial durante la estadía en campos de concentración nazis -, ciertas personas habían visto desfilar toda su vida en un relámpago, como en una proyección cinematográfica. Pero todo el resto: experiencias frente a una muerte inminente, viajes fuera del cuerpo, aún no existía. Se trataba de temas escabrosos, reservados a los parapsicólogos, temas que los psicoanalistas consideraban – injustamente – con el más grande menosprecio.

El Sonido del Alma

El Sonido del Alma

Hay acuerdo en reconocer que la música en general lleva consigo un poder y que ciertas obras musicales producen un efecto indiscutible sobre el cuerpo y el espíritu. Resulta interesante abordar esta dimensión esotérica del mundo musical.

Para empezar, es necesario recordar que estas prácticas musicales son motivadas, no por una búsqueda estética, sino por la búsqueda de los poderes que ellas procuran. La potencialidad estética está incluida en el conjunto de esos poderes. Este poder se constata por sus efectos. En ciertas músicas orientales, menos en las artísticas que en las populares, se busca un efecto y se mide la cualidad de la música por los efectos que ella produce. Yo he estudiado la música mística sufí y las formas populares que de allí se derivan y que han conservado su carácter, y he sido llevado a plantearme la famosa pregunta., en qué residen los poderes de la música?

Existe seguramente una infinidad de respuestas. Una de ellas, muy dogmática, y que he sido motivado a relativizar, considera que los intervalos o los tonos previstos producen efectos también previstos. Existe a ese respecto toda una especulación que se apoya sobre Pitágoras y la escolástica griega y que ha influenciado al Islam. Pero la experiencia muestra que el poder no reside en la elección de tal escala o de tales tonalidades, porque, cuando se ejecuta, no se aplican estas leyes matemáticas de manera muy precisa. El poder no se deja traducir en ecuaciones.

Existen respuestas relativistas evocando un fenómeno de condicionamiento: se está habituado a entrar en un cierto estado al escuchar cierta música. Al escuchar tal música se pasa inmediatamente al estado de trance, por ejemplo. No se podría negar este fenómeno; pero todas estas respuestas no son más que parciales. En el hecho hay un conjunto de factores en juego. El timbre del instrumento debe ser tomado en consideración, los intervalos tienen un cierto efecto, el condicionamiento, la respuesta refleja, el fenómeno cultural, y sobre todo la naturaleza del auditor y del intérprete, todo esto juega un cierto rol. Una respuesta que pudiera ser más satisfactoria se perfila al abordar el tema del poder interior del ejecutante.

Para transmitir un influjo, el ejecutante debe tener él mismo un cierto poder que viene de la calidad de su concentración, de su meditación. Algunos dicen que este poder está ligado a su grado de pureza interior, otros que esto se manifiesta porque el ejecutante está ligado a una línea iniciática que le da una especie de baraka permitiéndole transmitirla a través de su música. Yo he visto casos extremos donde la forma musical no tiene nada que ver; músicos animados de una fuerte espiritualidad provocan efectos increibles ejecutando motivos muy simples. Esto me parece que es uno de los ejes fundamentales. Se ve raramente un músico que llegue a fascinar a la gente sin tener en sí mismo esta especie de fuerza interior. Por lo demás, esto es lo que constituye el beneficio de una tradición: se es iniciado a una cierta forma de espiritualidad a través de la música. Todo marcha junto.

Por otra parte, la forma de la música misma hace que ella sea capaz de transmitir un poder o no. Si alguien trabaja sobre bases musicales que no corresponden de ninguna manera a las leyes de la naturaleza, como se observa a menudo en occidente hoy día, su espiritualidad no se puede expresar tan bien como la de un Bach por ejemplo. Es necesario distinguir, por un lado, algo que podría llamarse la intención o la motivación y, por otro, los medios utilizados. Me digo a veces que si Beethoven hubiera sido un músico indio, persa o turco, su música hubiese sido tal vez aún más emocionante, porque las leyes que él hubiera aplicado son más fundamentales que las de la armonía.

Es imposible concebir los poderes de la música separados de una referencia al sistema tonal o modal. El sonido de un instrumento encierra en sí mismo las leyes de la organización de la tonalidad. La nota fundamental y sus armónicos se organizan naturalmente de una manera precisa. Son cosas con las cuales no se puede hacer trampas. Desde este punto de vista, conviene no separar el Oriente del Occidente. Toda Europa obedece a casi las mismas leyes melódicas que la China, la India, Persia y los países Arabes. La música europea clásica tardía constituye un caso aparte; pero, en todo lugar un canto sigue siendo un canto. Y cómo se podría cantar en doce semitonos?

Hablando de instrumentos, hay algunos que se prestan particularmente a la transmisión de influencias y poderes. Gente profundamente arraigada en la tradición, como los sufíes por ejemplo, nos responderán que, sin ninguna duda, ciertos instrumentos transmiten mejor que otros. En Turquía y en todo el mundo árabe, la flauta de caña (ney) es un instrumento cargado de efectos espirituales. Y esta flauta se la encuentra en el Japón como flauta de bambú en la música Zen (el sakuhachi) donde es tocada de una manera muy semejante al ney turco. Se puede difícilmente evocar una influencia cultural en el uno o el otro sentido, y sin embargo la similaridad está presente.

Ciertos instrumentos de cuerda frotada están igualmente cargados de poder, tal como las diferentes violas. En la cultura occidental, es el violín el instrumento más cargado de poder. Pensemos en Paganini y su violín del diablo, en la Sonata a Kreutzer, en la sonata El Trino del Diablo de Tartini, etc. Todo esto evoca un universo fantasmagórico.

Se encuentra también el tambor sobre bastidor circular, repartido por todo el Oriente y Africa del Norte. Es el instrumento chamánico por excelencia de los siberianos, los lapones, los indios americanos, de todas las confraternidades derviches que practican la letanía en voz alta (zikr).

Cada cultura posee sus instrumentos privilegiados. Pero un músico animado de un poder espiritual, un maestro espiritual, podrá obtener un efecto con prácticamente cualquier instrumento. De todas maneras, los instrumentos privilegiados por ciertas culturas no lo son por azar.

He trabajado mucho con la música persa, clásica y popular. En esa música la clave del efecto reside en la ornamentación. Los maestros de música más perfectos y más iluminados lo dicen así. La estructura melódica constituye la base, pero es preciso trabajar esa base para que se produzca el efecto en la música. Los ornamentos son una manera de aproximarse a una dimensión más esotérica. Lo que todo el mundo capta inmediatamente es la estructura, la tonalidad, el ritmo, la melodía simplificada, pero el oído ejercitado apreciará las finezas en la manera de ejecutar. Es análogo a lo que nos sucede a nosotros. Se puede tocar un preludio de Bach de una manera determinada. Todos dirán: es correcta; pero el aficionado entendido captará otra cosa: todo el arte de la ornamentación desplegado por el ejecutante. En la música persa, si se quita eso, no queda nada.

Se considera que la ornamentación es algo que se agrega a la música… Pero es necesario recordar que, generalmente hablando, esta música es más libre; no se ejecutan partituras, sino un tema más bien fijo que se ornamenta al gusto. Por ejemplo, yo he recolectado una docena de versiones de un trozo para viola, el tema del pájaro fénix – el Simorgh – que es una música chamánica, Cada versión es diferente, ornamentada de manera completamente diferente, el músico ha impreso su sello, pero es siempre el Simorgh. En ese trozo, todo está en la ornamentación: es necesario evocar el rumor del ala del pájaro, su arrullo, tantos otros detalles que demandan una gran fineza. Y cuando se trabaja con músicos jóvenes, uno se da cuenta que algunos no traspasarán jamás un cierto nivel de comprensión del instrumento. Sus adornos restarán siempre simples; no llegarán a dar ese impacto al sonido. El adorno es una manera de hacer que el auditor sea consciente del sonido. El sonido plano, desnudo, no puede entrar verdaderamente en el oído del espíritu, se le oirá sólo como se escucha un concepto.

A mi modo de ver, en Oriente como en Occidente, la música clásica ha trabajado de manera de vaciar al sonido de ese poder que barrena el oído y que nos penetra física, emocional e intelectualmente. El éxtasis musical llega cuando todos esos elementos son reunidos. Si no, no son más que imágenes del éxtasis. El poema del Extasis de Scriabin, por ejemplo, no es una representación del éxtasis sino un ensueño de como éste podría ser. Igualmente, los derviches giradores turcos actuales que presentan espectáculos endulzados para turistas, actúan el éxtasis pero no están en absoluto dentro de él, sus posturas corporales siguen estéticamente el simbolismo de una danza reglamentada. Pero el éxtasis que viven los derviches kurdos, no está programado ni es mecánico. Los derviches son penetrados completamente al nivel físico,
al nivel emocional – lloran a menudo – y al nivel imaginativo: están verdaderamente en otro mundo. la música los hace pasar a otro universo. Tal es su finalidad.

Cuando los sufíes han pasado a ese otro universo, ellos pueden tener visiones, revelaciones de conocimientos, del espacio, del sonido, todos los niveles del ser son evocados al instante; es por eso que se llega más fácilmente a una experiencia de totalidad…

La tesis que sostiene la música espiritual en todo el Islam, desde los primeros textos sufíes hasta los últimos maestros contemporáneos – y hay unanimidad en este punto – es que existen sentidos espirituales. Hay así una vista del alma, un oído del alma, un gusto, un olfato, un tacto del alma misma, por eso es que ciertos milagros dejan trazas concretas. Y así como existe un intelecto que nos permite conceptualizar, existe un intelecto del alma que domina todo esto. Si estos sentidos espirituales existen, existe también un mundo espiritual que se puede ver, escuchar, respirar, tocar. Esta tesis es uno de los pilares de la cultura iraní. El Paraíso era el jardín de los reyes. En toda la cosmología persa se encuentra este intermundo de formas y hechos sensibles, pero inmateriales. Los neoplatónicos del renacimiento conocían esto muy bien. Como Marcelo Ficino, un esoterista neoplatónico veneciano, que había establecido una especie de teurgia: tocando el violín, quemando perfumes, concentrándose en las vibraciones de ciertos planetas, él llegaba a fundirse con la entidad metafísica del planeta. Todo esto en pleno Renacimiento !

Más adelante fueron rechazadas cosas como ésta. Con Descartes, la imaginación pasó a ser la locura de la lógica y el concepto reinó como el maestro. En la música se suprimió todo lo que podía producir una apertura espiritual demasiado sensible. Según mi opinión, el Occidente ha caído en el materialismo, y, como compensación, se ha creado una imagen demasiado abstracta de la espiritualidad, separando radicalmente el espíritu del cuerpo. Y la música, en mayor grado que las otras artes, se sitúa justamente entre esos dos dominios, en las regiones del alma, de los sentidos interiores, de lo imaginario… Desde hace largo tiempo la música llamada clásica no se contacta sino con el intelecto; y esto también ocurre a menudo en Oriente.

Esta supresión se efectuó en varias fases; pero en el siglo XIX todo quedó consumado. La música popular comienza su agonía; cae en el olvido toda la música del siglo XVIII y la anterior; los secretos de interpretación se pierden. Y para compensar esta declinación, se resucita una tradición muerta, el canto gregoriano, pero completamente despojado, endulzado, etéreo, para no dar por ningún motivo la impresión de una influencia sobre el cuerpo y sobre la emoción. Podría ser la música de las esferas pero cuán fría !

Hablando de la inspiración, ésta es siempre importante en Occidente. Se espera de un intérprete que esté inspirado. Este problema no se plantea evidentemente con la música electrónica o los objetos musicales, a propósito de los cuales se puede hablar en rigor de inspiración en la concepción. Por otra parte, la inspiración ha cedido el paso a la técnica, al espectáculo. Los artistas orientales, como los griegos consideran que ellos están sumergidos en una atmósfera donde flotan sonidos musicales – ese mundo imaginario del que hablábamos – y que basta con captarlos. Pero entonces la inspiración significaría estar en otro estado, trascenderlo todo…