Conversando con Ken Wilber

Conversando con Ken Wilber

KenWilberAcaba de salir el décimo número de la Noetic Sciencies Review. Hace un tiempo me pidieron una visión resumida y global de la última década de estudios sobre la consciencia, un artículo que ha salido en este número acompañado de las respuestas de varios autores. Las respuestas son muy interesantes y concienzudas y creo que este número está muy bien, gracias a los esfuerzos realizados por su directora ejecutiva, sus editores y directores asociados.

La introducción de los editores empieza así: En un artículo especialmente escrito para el número conmemorativo de nuestra revista, Wilber subraya los doce elementos más importantes que debería incluir cualquier enfoque auténticamente integral de la consciencia, el tema más importante de nuestro tiempo.

Y eso es, más o menos, lo que he tratado de hacer, subrayar una docena de campos diferentes de estudios sobre la consciencia la ciencia cognitiva, el introspeccionismo, la neuropsicología, la psicoterapia individual, la psicología social, la psiquiatría clínica, la psicología evolutiva, la medicina psicosomática, los estados no ordinarios de consciencia, las tradiciones orientales y contemplativas, los enfoques cuánticos a la consciencia y la investigación sobre las energías sutiles, las que, a mi juicio, debería incluir cualquier visión integral. Pero el asunto es el siguiente:

He observado que, como ocurre en tantos otros campos, los investigadores de la consciencia tienden a decantarse, en los comienzos de su carrera por uno o dos de estos abordajes y a quedar entonces atrapados bajo la autoridad de un mentor, organización o departamento académico concreto. A la naturaleza humana le resulta muy difícil abrazar y en ocasiones, hasta reconocer la existencia de los demás enfoques. A partir de ese momento, sólo se acumula aquella evidencia que apoye la propia visión de las cosas, ignorando, menospreciando y justificando, simultáneamente, el resto.

Tal vez convenga recordar que la mente humana es incapaz de producir un ciento por ciento de errores, es decir, que nadie es tan inteligente como para equivocarse en todas las ocasiones.

Ello significaría, en otras palabras, que ninguno de los doce abordajes anteriormente mencionados puede estar absolutamente equivocado o, lo que es lo mismo pero dicho de un modo positivo – que cada uno de ellos tiene cosas importantes y valiosas que decirnos. Y eso significa, indefectiblemente, que nuestro avance hacia un enfoque auténticamente integral depende precisamente de nuestra capacidad para incluir, sintetizar e integrar esos importantes enfoques. Se trata obviamente, de un reto muy complejo pero también es claro que cualquier otro abordaje no merecería el calificativo de integral.

Y, tras una larga discusión al respecto, el ensayo concluye diciendo:

Cuánto hemos avanzado en nuestro camino hacia la integración? Dejando de lado alguna excepción significativa, en la última década existen doce facciones distintas que reclamaban la propiedad del pastel.

En una serie de libros (especialmente en El Ojo del Espíritu) he tratado de bosquejar una teoría integral de la consciencia que incluye explícitamente esos doce grandes enfoques. Pero lo realmente importante no es mi versión particular de esa visión integral, sino el diálogo que comienza a entablarse en torno a la posibilidad de una integración, un abordaje que, aunque pueda ser calificado de modos muy diferentes, integre los enfoques duros con los enfoques blandos, las ciencias naturales con las ciencia noéticas, las realidades objetivas con las realidades subjetivas y lo empírico con lo trascendental.

Esperemos que, dentro de una década, alguien pueda presentar un megabosquejo realmente integral de los estudios sobre la consciencia pero antes será necesario que quienes estemos interesados en el holismo, la globalización, la síntesis y la integración comencemos a plantearnos estas cuestiones.

Es posible una teoría auténticamente integral de la consciencia? Ésa sería la pregunta que me gustaría formularles a todos ustedes y ése sería también el reto ante el que creo que nos hallamos. Cuán grande es nuestro paraguas? Cuán lejos y profunda podemos lanzar nuestra red? Cuántas voces integran el coro de la consciencia? Cuántos rostros de lo Divino sonríen ante nuestro esfuerzo? Cuántos colores, en suma, admitiremos en nuestro particular arco iris?

Con qué nos encontramos cuando hacemos una pausa en nuestra investigación, ponemos provisionalmente a descansar nuestras teorías y nos relajamos ante el fundamento primordial de nuestra consciencia intrínseca? Dónde está nuestra consciencia cuando el petirrojo canta de gozo al despuntar la mañana?Dónde está la consciencia cuando el resplandor del sol se refleja en la cima de una montaña coronada de nieve? Dónde está la consciencia en el lugar en que el tiempo se olvida, en el momento eterno que carece de fecha y duración, en el fondo secreto del corazón en el que la eternidad roza el tiempo y el espacio anhela el infinito, cuando el golpeteo de las gotas de lluvia resuena en el tejado del templo, cuando la luz de la luna se refleja en cada gota de rocío para recordarnos lo que usted y yo somos y cuando en el universo entero no hay más que el sonido de una cascada en la llovizna que susurra quedamente su nombre?

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Esta mañana, sólo la inmensa Vacuidad.
Yo-Yo está sólo con el Único, completo en la Totalidad.
La plenitud me arrastra fuera de la existencia,
el resplandor me ciega a las cosas de este mundo
y sólo veo la Libertad infinita,
es decir, no veo nada en absoluto.
Me esfuerzo en reanimar el alma,
Me esfuerzo en reducir la consciencia
y entrar en el reino sutil,
Me esfuerzo en bajar al ego y al cuerpo
y salir del lecho.
Pero la Libertad todavía sigue ahí,
en plena madrugada
y mora hasta
en el más pequeño movimiento
para manifestar
este glorioso Estado.

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Cualquier acercamiento integral a la realidad debería incluir la física, la biología, la psicología, la teología, y el misticismo.

La física se ocupa de la materia, la biología lo hace del cuerpo vivo, la psicología de la mente, la teología del alma y el misticismo de la experiencia directa con el espíritu.

Cada uno de estos niveles presenta una dimensión interna y una dimensión externa que pueden expresarse en formas tanto individuales como colectivas que podemos simplificar en Yo, nosotros y ello.

Existe un modo fácil de recordar estas tres dimensiones diciendo que la Belleza se encuentra en el ojo del espectador, en el yo del espectador; la Bondad se refiere a las acciones morales y éticas que ocurren entre usted y yo, entre nosotros; y que la Verdad tiene que ver con los hechos empíricos y objetivos o ellos. De ahí que las tres dimensiones básicas del yo, del nosotros y del ello sean también conocidas como la Belleza, la Bondad y la Verdad o, dicho de otro modo, como el arte, la moral y la ciencia.

De modo que una visión realmente integral de la realidad no debería centrarse exclusivamente en la materia, el cuerpo, la mente, el alma y el espíritu, porque cada uno de esos niveles tiene también correlatos en el mundo del arte, de la moral y de la ciencia que también habría, en consecuencia, que incluir.

En este sentido, por ejemplo, tendríamos que hablar de la existencia del arte propio del reino material/corporal (naturalismo y realismo), del arte propio del reino mental (surrealista, conceptual y abstracto), y del arte propio del reino del alma y del Espíritu (contemplativo y transformador). Del mismo modo, también tendríamos que hablar de la moral propia del reino sensorial (hedonismo) de la moral propia del reino mental (reciprocidad, rectitud y justicia) y de la moral propia del reino espiritual (amor, compasión universal). Y así sucesivamente.

La conjunción, pues, de estas tres dimensiones (yo, nosotros y ello; o arte, moral y ciencia; o Belleza, Bondad y Verdad) con los grandes niveles de la existencia (materia, cuerpo, mente, alma y Espíritu) nos proporcionaría un enfoque mucho más integral u holístico a la realidad.

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Eso me saluda esta mañana, sólo Eso, sin más explicaciones, nada más que Eso, el sonido de una sola mano aplaudiendo, el sonido, en suma, de Un Solo Sabor. Lo sutil y lo causal puede ser abrumadoramente numinoso y santo, pero Un Solo Sabor, por el contrario resulta de una obviedad pasmosamente simple.

Ken Wilber

Extractado por George Abufhele de
Ken Wilber.- Diario.-Kairós

Auto Análisis Psico-espiritual

Auto Análisis Psico-espiritual

El hombre viaja para contemplar las cimas de las montañas, las olas de los mares, los grandes ríos y la expansión del océano, acumulando maravillosas experiencias, escribe San Agustín en sus Confesiones.

Sin embargo, para la mayoría de nosotros, aún sigue sin develar el mayor secreto del hombre. Lo que era obscuro en los primeros siglos continúa sin descubrirse. La mayoría de los hombres morirá sin preocuparse y sin saber si la vida tiene o no significado; si el hombre tiene en sí mismo algo de divino o es un mero saco de piel, carne, huesos, nervios y músculos. Los hombres son extraños a sí mismos.

No resulta ser un pensamiento halagador para la humanidad, pero ciertamente es uno verdadero, ya que nos hemos formado equivocadas nociones acerca de nosotros mismos. Nuestros infortunios y la mayoría de nuestras equivocaciones surgen de este hecho solamente. Antes de empezar el estudio de una carrera convendría que nos estudiáramos a nosotros mismos. Sería bueno que no solamente se escucharan conferencias sino que se las dieran. Qué sería más útil y más novedoso que ir a casa y darse una conferencia a sí mismo, detenerse valerosa y francamente frente a un espejo, confesándose las desagradables omisiones, las vergonzosas debilidades y nuestra culpable ignorancia? Yo!, es nuestro perpetuo problema. Y la cuestión es que hay más de un hombre debajo de nuestro sombrero. La historia de Jekyll y Hyde se vive de nuevo por todos. El deber fundamental de uno es investigar al propio yo antes de dominarlo. Entonces se comprenderá cómo se emprende mejor esa tarea.

Sería interesante hacer una pausa por un momento y preguntarse: Qué clase de hombre llevo conmigo? Sería muy conveniente considerarse a sí mismo como un extraño, desprenderse de la personalidad y colocarla al otro lado de la habitación para contemplarla a nuestro gusto. Por lo menos se ganará una grandeza y libertad como nunca se ha sentido. Sócrates observó sabiamente: Me parece ridículo, cuando no soy capaz de conocerme a mí mismo, el investigar cosas irrelevantes. Durante dos o tres siglos el hombre se detuvo a estudiar a consciencia el fenómeno de la Naturaleza. Cuándo se estudiará a sí mismo?

Poseemos una heredad interior de divina consciencia, suficiente para que el mundo retorne a la Edad de Oro; sin embargo, no tenemos idea de ello. Puesto que no nos conocemos, tampoco sabemos nada de este hecho de vitalísima importancia. Nuestra educación nos ha enseñado algo acerca de todo lo que nos rodea, pero nada acerca de nosotros mismos. De haber sido enseñados y entrenados para comprender a nuestro yo, hoy viviríamos con mentes serenas y rostros sonrientes, en lugar de debatirnos con ansiedad y temor en medio de los angustiosos problemas que el mundo enfrenta. Todas las erudiciones y las culturas que consiguieron penetrar en el ámbito interior y espiritual del hombre, colocaron el develamiento de su misterio en las profundidades de sus mentes y corazones, porque solamente en ellos existe el eslabón entre su visible individualidad y lo que radica detrás de ella. De aquí que la obra a emprenderse busque el explorar este profundo lado emocional y mental, al mismo tiempo que se amplía la investigación.

Todo aquél que piensa que tal actividad interior resultará siendo sólo vagas imaginaciones, está profundamente equivocado. Todo depende de la manera como se emprende la tarea, el objetivo que se persigue y la guía (sea verbal, impresa o interior) que se haya seguido, para que se sepa qué clase de resultado se obtendrá. La última puede parecer ciertamente tan poco valiosa como la niebla a un viajero, pero es posible que resulte invaluable cuando la investigación haya sido adecuadamente conducida.

Parece que existe una gran confusión acerca del auto análisis. Todo intento de analizarse a sí mismo debe ser, al principio, uno intelectual. En esto no difiere de los esfuerzos intelectuales de los filósofos, los metafísicos y otros hombres cultos que todavía suscriben a ideas materialistas. Pero se necesita algo más. Quiero dejar claramente establecido dónde termina la tarea puramente intelectual y dónde empieza la obra realmente espiritual. Cuando se comprenda esto claramente se sabrá mejor cómo proceder. En un delicado e intangible reino como es el del alma, las ideas justas son realmente de importancia. Aquellas páginas deben estudiarse, en cierto modo, muy despaciosamente. Si se llega a ellas para criticarlas debido a los prejuicios que ya sustentamos contra ellas, por supuesto, resultarán del todo inútiles.

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La crítica antes de la investigación es una falta, y creer antes de la averiguación, es otra. Se debe leer con todo cuidado, sin resistir voluntariamente su contenido y sin aceptarlo ciegamente. Porque hay un poder inherente en las verdaderas palabras. A ese poder someto este texto. Sé perfectamente que la gente no entra en un sendero como éste hasta que ha agotado las posibilidades de los métodos convencionales para llegar a la verdad. Por cierto, vienen poseídos de negra desesperación, apelando a un último recurso. Es solamente a esta clase de personas, a esas que sienten aguda angustia debido a su inhabilidad para entrar en las regiones espirituales, para aquellas que no encuentran ayuda en los sistemas ortodoxos, y para aquellas que acaso llevan una existencia llena de sufrimientos, a quienes están dedicadas estas páginas.No pedimos que los lectores sean insinceros consigo mismos en sus pensamientos o al destruir la facultad del juicio independiente. Por cierto, cualquiera que no esté inclinado a ejercitar su facultad de razonamiento no puede entrar en este sendero. Todos están completamente capacitados y autorizados a mantener su existente punto de vista, porque la experiencia personal de la vida los ha traído a este punto. No se les pide que renuncien a lo que necesariamente les parece una probada verdad. Quisiera dejar claramente establecido que prefiero tratar solamente con aquellos que están disgustados con sus presentes puntos de vista, porque puede ser que ellos tomen, por el momento al menos, un punto de vista racionalmente presentado por aquellos que tienen un más alto y amplio orden de experiencia.

En tal caso se pide al estudiante que reflexione, una y otra vez, sin sospechas ni prevenciones; que sea imparcial y que asimile, en carácter de experimentación, por decirlo así, una perspectiva que hasta ahora no los ha entretenido y que posee en sí misma el poder de despertar la facultad intuitiva y otorgar una gran energía interior. La contemplación, no menos que la cultura, dignifica al hombre. Este sendero empieza con un punto de partida que es común a todas las personas, en todo el mundo. Empieza con una práctica investigación de uno mismo. Religiones, razas, costumbres, clases y nacionalidades crean diferencias naturales o artificiales entre los hombres, pero cada individuo no puede escapar del hecho de su propia existencia.

No es posible condensar este método en una concisa o mejor fraseología que aquella que una vez adornó el gracioso portal del hermoso templo griego de Delfos: Hombre, conócete a ti mismo! Porque, como los sabios griegos lo declararon, todos somos rayos del central y espiritual sol, y así como no podemos separar el dorado destello de sus rayos individuales, del mismo modo no podemos separar realmente el Ser Absoluto de las individuales almas humanas que emanan de él. Debido a esta circunstancia en la naturaleza, el modo de descubrir la propia divinidad existe inquebrantable para cada uno de nosotros. Porque si el hombre es un misterio para sí mismo, es un misterio que puede ser resuelto. La más grande realización del hombre no será construir un largo puente o volar en el espacio superando la barrera del sonido, sino conocerse a sí mismo. El método más exacto para llegar a la verdadera naturaleza del yo es seguir un proceso de eliminación, por ejemplo, distinguir entre el yo y el no-yo.

Hay una prevención, y una muy importante, que debo formular. Si se toma este sendero en la búsqueda del yo como una fórmula intelectual árida, entonces se cometerá un error vital y se enfrentará el fracaso en el intento de realizarla. Ha de emprenderse esta tarea del auto análisis del mismo modo en que un amante de la naturaleza contempla un hermoso paisaje. Se debe creer que hay algo maravilloso, ciertamente sagrado, para ser descubierto, a condición de que la tarea se realice a conciencia, aunque el interés esté centrado en uno mismo. En consecuencia, debe recogerse y concentrarse en la ordinaria mentalidad.

El primer paso consistirá en liberarse de la obsesión de primitivo origen de que las impresiones sensorias constituyen el yo. Esto se hace no solamente en el auto análisis, sino también en la práctica del yoga de apartar en verdad la mente de los sentidos. El primer análisis empieza con el yo físico. La investigación es esencial para encontrar la verdadera relación con este cuerpo, procurando que durante el ejercicio se pueda lograr que la mente se separe de su habitual actitud hacia el cuerpo. Una vez que se hayan logrado los requerimientos, ya no será necesario mantener la duplicación. Pero se debe estar seguro, absolutamente, de que se han comprendido los puntos importantes. No sólo para la propia satisfacción intelectual, sino también porque, cuando se los maneja como es debido, ellos se convierten en medios que ayudarán a que nuestra consciencia penetre por debajo de la habitual relación con nuestro cuerpo.

Este análisis se debe practicar para que uno empiece a considerar su cuerpo como algo distinto, separado y aparte. El cuerpo está ahí y es nuestro, pero es necesario aprender a desprenderse de él para así comprender que ese cuerpo no es uno. Debido a que estamos tan familiarizados con el cuerpo que llevamos a todas partes, hemos llegado a la errónea creencia de que es nuestro yo. Entonces se empezará a ver que este cuerpo es en verdad una cosa distinta en relación al verdadero yo.

No hay duda de que uno existe. Se sabe que uno está aquí y que se es un ser consciente, pero por lo general se da por concedido de que el cuerpo es el yo. Por eso se le ha dado un nombre. Dicho nombre lo distingue de los otros cuerpos. Esto es lo que, en suma, termina por confundir la investigación. En tanto se siga identificando uno por el nombre, del mismo modo continuamos identificándonos con el cuerpo. Lo mejor es empezar sin prejuicios en esta averiguación. Se debe olvidar uno de sí mismo y de su nombre durante los períodos de concentración y meditación, y ser, nada más, sin llevar un nombre o identificarse.

Cuando se dice yo, automáticamente se está refiriendo uno al cuerpo. Ello no es aconsejable durante esta meditativa investigación para pensar de uno mismo como un ser que lleva un nombre; por lo tanto, es aconsejable que se emplee la palabra yo en nuestros pensamientos para designar el yo. En otras palabras, se debe emprender la investigación en forma impersonal y poner el artículo determinado antes de la denominación. Haciéndolo así se quita el pensamiento ególatra del cuerpo. Se sabe que en tanto se tenga vida el sentido del yo-ismo continuará.

Incluso si se cortara la mitad del cuerpo y la otra mitad siguiera viviendo, la consciencia de la propia experiencia continuaría tan indivisible y poderosa como siempre, porque la consciencia del ego, el Yo, no está inseparablemente confinado con la consciencia del cuerpo físico. Este Yo, el ego, puede, y algunas veces lo hace, separarse del cuerpo, sin ningún propósito o esfuerzo de su parte. Ello ocurre, por ejemplo, cuando uno está pensativamente ausente. Si uno se encuentra profundamente sumergido en un pensamiento, ni siquiera alcanza a escuchar las palabras de alguien que le habla. El sentido del oído fracasa. Esto demuestra que uno está oyendo con la mente.

El hecho de que no puedan siquiera sentirse sensaciones de dolor y de placer cuando la mente está absorta en otra cosa, es una muestra de su independencia con el cuerpo. A menos que el yo dé su atención al cuerpo, éste se hace abstracto, se retira en sí mismo, esto es, en la mente. El oído físico resulta, de este modo, un simple instrumento, y de tal modo se llega a la conclusión de que el yo que oye es sin duda más la mente que el oído. El cuerpo no es uno mismo. No es el alma.

La Comunidad de Taizé: Paz y Acogida

La Comunidad de Taizé: Paz y Acogida

En plena Borgoña francesa se encuentra la Comunidad de Taizé, iniciada en los alrededores del pequeño villorrio de igual nombre en 1940 por su fundador, inspirador y director espiritual, el hermano Roger.
Roger Schutz nació el 12 de Mayo de 1915 en una pequeña aldea Suiza, de madre francesa y padre suizo, siendo éste pastor protestante. Siguiendo sus huellas, el joven Roger estudió teología y se convirtió en pastor calvinista. Durante una larga convalecencia producto de una tuberculosis sintió el llamado de formar una comunidad de tolerancia, amor y reconciliación, donde la bondad de corazón fuera vivida muy concretamente, y donde el amor estuviera en el corazón de todo, como una respuesta en medio de los graves problemas derivados de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación francesa por parte de las tropas nazis.

Con 25 años y abandonando la relativa tranquilidad suiza en medio del conflicto, se dirigió a Francia en bicicleta y escogió el lugar, Taizé, una pequeña aldea en el centro de Francia, pero muy cerca del límite con los territorios galos ocupados. Escogió una casita en una colina y volvió a Suiza a comentarlo con su padre, tras lo cual compraría el lugar instalándose, inicialmente, a vivir solo en ella. Pronto se le uniría su hermana Genéviève, para ayudarle. En 1942, con Francia ya completamente ocupada, funda la comunidad monástica ecuménica de Taizé, lo que resultaba sorprendente dado que los protestantes habían rechazado siempre la vida monástica.

Las actividades del carismático pastor se centraron inicialmente en crear y mantener un espacio de acogida para todo el sufrimiento que lo rodeaba: recibía refugiados, judíos, soldados heridos tanto alemanes como aliados, a todos los que requirieran de refugio independientemente de sus credos o convicciones; nunca les impuso su propia fe, y se apartaba de ellos para orar de modo de no incomodarlos. Sin embargo, sus actividades resultaron sospechosas a la Gestapo, y se vio obligado a replegarse a Suiza, que se mantenía como territorio neutral. Instalado en un apartamento en Ginebra se le unieron los primeros hermanos de la comunidad, y esperaron en trabajo silencioso y oración el momento propicio para regresar. Ya desde esta época estaba formado el ideal de vida del hermano Roger, austera, en celibato, en comunidad de bienes, y numerosas personas se veían atraídas por el pequeño grupo en busca de paz y consuelo, uniéndose a ellos en la oración y en los temas de reflexión que el pastor proponía como semilla para futuras realizaciones.

En 1944 pudieron regresar a Taizé a reinstalar su comunidad cristiana de fundamento ecuménico, de comienzos extremadamente austeros, pues ni siquiera contaban con agua potable, y debían ir a buscarla al pueblo. Paulatinamente empezaron a acudir personas de todos los credos, algunas de las cuales se les unieron para llevar la vida sencilla establecida por la Regla que instaurara el hermano Roger luego de un largo retiro silencioso en 1953. Él mismo fue el prior desde 1946 hasta su muerte el 16 de Agosto de 2005, a los 90 años, cuando fue asesinado durante la oración vespertina, por una mujer con antecedentes psiquiátricos.

La comunidad, que cuenta con alrededor de 100 monjes de credos diversos provenientes de múltiples países en la actualidad, mantiene la vida sencilla y la acogida para todos los peregrinos y los que sufren. Cada cual se dedica a lo suyo: pintar íconos, o cerámicas, traducir o imprimir textos espirituales valiosos, o estudios. Se organizan encuentros ecuménicos locales y mundiales, principalmente entre los jóvenes del mundo, que han convertido la aldea en lugar de peregrinación y encuentro. En los alrededores se han instalados algunas comunidades de monjas, que apoyan la acogida de peregrinos.

La vida en Taizé se centra en la oración, el amor y la reconciliación. Tres veces al día todos, monjes y visitantes, se reúnen en la iglesia de la Reconciliación; al son de las campanas se detiene todo trabajo y la comunidad se congrega. Las campanas y cantos de Taizé son característicos, y las grabaciones dan la vuelta al mundo, con su tono de letanía que invita a la meditación. Se ha construido una laguna artificial, propicia a la contemplación y la meditación.

A lo largo del desarrollo de la comunidad a través de más de 60 años se ha buscado mitigar en dolor de los que sufren, tanto por la pobreza, como por la persecución política o religiosa. Emisarios de la comunidad traspasaban la cortina de hierro a partir de los años 50, para brindar apoyo y consuelo a la Europa del Este; del mismo modo, se ha proporcionado ayuda a regiones aquejadas de catástrofes naturales, de hambrunas o conflictos sociales o políticos, o se ha acompañado a los marginados de distantes regiones, viviendo con ellos y compartiendo amorosamente sus circunstancias.

En la comunidad no se reciben donaciones ni se tienen bienes personales, pero sí los reciben para causas determinadas. Los miembros que reciben alguna herencia la donan a alguna de las obras de la comunidad. No poseen bienes, ni oficinas, y se dice que anualmente se destruye todo documento y estadística, para no caer un día en la tentación de celebrar nuestra propia historia, según su fundador.

La Cruz de Taizé

Pensamientos

El hermano Roger no buscaba formar una Iglesia ni un credo diferente del código del amor seguido por los hombres de buen corazón de todos los tiempos, con o sin religión establecida. Para él, el sentido de la religión era Liberar el fondo de bondad de los hombres, ir allí donde está totalmente oculta. Para el pastor esa bondad esencial estaba en el fondo de todos los seres: En lo más profundo de la condición humana descansa la espera de una presencia, el silencioso deseo de una comunión. Nunca lo olvidemos, ese simple deseo de Dios es ya el comienzo de la fe. Su certeza absoluta de la esencialidad del bien lo reitera a menudo: Por muy radical que sea el mal, éste nunca será tan profundo como la bondad.

El teólogo Olivier Clément, en su libro Taizé: Un sentido a la Vida, escribe: La confianza es una palabra clave en Taizé. Los encuentros animados por la comunidad, en Europa y en los otros continentes, forman parte de una peregrinación de confianza a través de la tierra. La palabra confianza es quizá una de las palabras más humildes, más cotidianas y más sencillas que existen, pero al mismo tiempo una de las más esenciales. En lugar de hablar de amor, de ágape, o incluso de comunión, de koinonía, que son palabras voluminosas, es mejor hablar de confianza, pues en la confianza están presentes todas estas realidades. En la confianza está el misterio del amor, el misterio de la comunión, y finalmente el misterio de Dios como Trinidad.

Refiriéndose a los encuentros organizados por la comunidad, Clément dice: se articulan desde hace muchos años en torno al tema vida interior y solidaridades humanas. Debemos aspirar a este cristianismo, puesto que cuanto más se llega a ser una persona de oración, más se llega a ser una persona responsable. La oración no nos libera de las tareas de este mundo: nos vuelve todavía más responsables. Nada es tan responsable como orar. Esto hay que comprenderlo verdaderamente y hacérselo entender a los jóvenes. La oración no es una diversión, ni una especie de droga para el domingo, la oración nos introduce en el misterio del Padre, en el poder del Espíritu Santo, en torno a un Rostro que nos revela a todo rostro, y nos hace finalmente servidores de todas las personas.

Una de sus fuentes inspiradoras parece haber sido el monje del s. VI Doroteo de Gaza, quien hace hincapié en sus escritos, en la humildad, la comunión, la mansedumbre, y en el combate al orgullo monástico y la competición ascética entre sus monjes. De sus escritos: Imagina que el mundo es un círculo, que el centro es Dios, y que los radios son las diferentes maneras de vivir de los hombres. Cuando marchan hacia el centro del círculo, se aproximan unos a otros al mismo tiempo que a Dios. Cuanto más se aproximan a Dios, más se acercan los unos a los otros. Y cuando más se acercan a los demás, más se aproximan a Dios.

El hermano Françoise, de la misma comunidad, lo describe así: El hermano Roger era un inocente. No porque no hubiera faltas en él. El inocente es alguien para quien las cosas son más evidentes e inmediatas que para los demás. Para el inocente la verdad es evidente. No depende de razonamientos. El hermano Roger la veía, por así decirlo, y le costaba darse cuenta de que otros tuvieran una manera más laboriosa de ver las cosas. Para él, lo que él decía era simple y claro, y se asombraba de que otros no lo percibieran así. Se comprende fácilmente que, a menudo, el hermano Roger se encontrara desarmado o se sintiera vulnerable. No obstante, su inocencia, en general, no tenía nada de ingenuo. Para él, lo real no tiene la misma opacidad que para el resto. Él veía a través.

Taizé ha tenido numerosas visitas ilustres a lo largo de su existencia, además de los miles de jóvenes y peregrinos en general: cardenales, pastores, obispos, mandatarios, papas. Ha sido visitado por el Papa Juan XXIII, quien aludía a Taizé como esa pequeña primavera, por Teresa de Calcuta, por Karol Wojtyla. Quien fuera luego Juan Pablo II estuvo al menos tres veces en Taizé, dos veces como arzobispo de Cracovia, y una vez como Papa, en Octubre de 1986.

Durante su papado, Juan Pablo II recibía anualmente al hermano Roger. Dice el prior fundador de Taizé de estos encuentros: Juan Pablo II me recibía cada año en audiencia privada y en esas ocasiones me ponía a pensar en las pruebas de su vida: había perdido a su madre en su infancia, a su padre y a su único hermano en su juventud. Y me decía: busca una palabra para alegrar, e incluso consolar su corazón, hablándole de la esperanza que descubrimos en muchos jóvenes, asegurándole la confianza que nuestra comunidad tenía a su persona.

En su última visita a Taizé, Juan Pablo II se dirige a los jóvenes allí congregados: Al igual que vosotros, peregrinos y amigos de la comunidad, el Papa está de paso. Pero se pasa por Taizé como se pasa junto a una fuente. El viajero se detiene, bebe y continúa su ruta. Los hermanos de la comunidad, ya lo sabéis, no quieren reteneros.. Cuando se marcha, deja un mensaje escrito a toda la comunidad, del que extractamos algunos párrafos:

Queridos hermanos, en la intimidad familiar de este breve encuentro, quisiera expresaros mi afecto y mi confianza con las sencillas palabras con las que el Papa Juan XXIII, que tanto os quería, saludó un día al hermano Roger: “Ah Taizé, esa pequeña primavera! Mi deseo es que el Señor os guarde como una primavera que irrumpe y que os guarde sencillos, en la alegría evangélica y en la transparencia del amor fraterno.

Cada uno de vosotros ha venido aquí para vivir en la misericordia de Dios y en la comunidad de sus hermanos. Consagrándoos a Cristo con todo vuestro ser por amor a Él, habéis encontrado lo uno y lo otro.
Pero además, sin que lo hayáis buscado, habéis visto venir a vosotros, por miles, jóvenes de todas partes, atraídos por vuestra oración y vuestra vida comunitaria. Cómo no pensar que esos jóvenes son el regalo y el medio que el Señor os da para estimularos a permanecer juntos, en la alegría y en la frescura de vuestro don, como una primavera para todos los que buscan la auténtica vida?

No lo olvido: en su vocación única, original e incluso, en cierto sentido provisional, vuestra comunidad puede suscitar el asombro y tropezar con la incomprensión y la sospecha. Pero a causa de vuestra pasión por la reconciliación de todos los cristianos en una comunión plena, a causa de vuestro amor por la Iglesia, estoy seguro de que sabréis continuar, dispuestos a la voluntad del Señor.

El Dharma viviente

El Dharma viviente

Durante muchas vidas hemos ignorado nuestro potencial para despertar y hemos seguido en cambio las demandas de nuestro ego. Hay un momento, sin embargo, en que llega a ser claro que nuestros anhelos egoístas nos han conducido sólo al aburrimiento, la ansiedad y la frustración. Entonces, podemos empezar a mirar por satisfacciones más perdurables, y esa búsqueda puede conducirnos al Dharma, las enseñanzas de Buda.

Porque nos hacemos innumerables expectaciones del Dharma, es fácil perder interés cuando no hay resultados inmediatos. Descubrimos que se necesita esfuerzo para perseverar en el camino de la iluminación, somos persuadidos fácilmente de nuestra búsqueda por amigos, por la familia y por nuestros propios deseos. Es fácil quedar cogido entre nuestros deseos por disfrutar y nuestros intentos por seguir las enseñanzas y fortalecer nuestra práctica. Por esta razón, una vez que encontramos una enseñanza que puede ayudarnos, es importante que nos quedemos con ella, que nos sumerjamos en el Dharma tanto como podamos. Haciendo esto hacemos realidad la verdadera naturaleza de las enseñanzas, y encontramos que el Dharma es un camino de vida en el cual los deseos egoístas no tienen significado ni atracción.

Seguir el Dharma toma tiempo, paciencia, esfuerzo y disciplina. Hay que desarrollar comprensión y habilidad en la meditación. Comprender que el verdadero poder es la habilidad de controlar nuestra mente y nuestras emociones. Y que eso sólo puede ser alcanzado por medio de nuestros propios esfuerzos.

Debido a que la real experiencia de iluminación puede venir solamente a través de nuestras propias acciones, debemos hacer que todas nuestras acciones contribuyan a nuestro crecimiento. Aún las actividades ordinarias, tales como trabajar en la cocina o en una fábrica, ofrecen una oportunidad para desarrollar nuestro darnos cuenta y nuestra voluntariosidad por servir a otros. Nunca falta una oportunidad para evaluarnos nosotros mismos, enfrentarnos con nosotros mismos, ser honestos y sinceros. Empieza a surgir en nuestros corazones una verdadera devoción, confianza y aceptación. Más tarde, cuando debemos enfrentar situaciones difíciles, no olvidaremos las enseñanzas de nuestra comprensión interna; estas dificultades se volverán nuevas oportunidades para crecer y despertar interiormente.

Es nuestra motivación, nuestra concentración, nuestra atención cuidadosa, lo que es importante; podemos transmutar cualquier cosa que hagamos, transformando el polvo en oro. Cuando aceptamos todos los aspectos de la vida, encontramos que podemos aprender de cada situación, Viene la fortaleza y el estímulo y la confianza la siguen.

Cuando la confianza y la devoción son combinadas con una toma de consciencia de la responsabilidad que tenemos para los otros, nos conducen a la verdadera compasión por todos los seres vivientes, y, por lo tanto, a la iluminación. La devoción y la compasión se complementan la una a la otra y sostienen nuestra práctica. Cuando nuestra compasión es lo suficientemente fuerte, ella inspira nuestra devoción; y cuando tenemos ambas, devoción y compasión, hay una amorosa apertura a toda la vida sentiente en equilibrio y armonía.

Es muy simple. La devoción y la compasión pueden llevarnos muy próximos a la absoluta realidad. La devoción abre el corazón, donde reside nuestra energía esencial, o sea, nuestro estado de alerta, el que se manifiesta como nuestro guía interior. La devoción significa someterse a esta energía más elevada. La sumisión requiere apertura, permitir al Dharma alcanzar nuestros corazones. La compasión proporciona la puerta. Una vez que nos abrimos, todos los conceptos dualistas se disuelven como si fueran nubes. Aceptamos cada parte de nuestra experiencia porque cada cosa es vista como apropiada y armoniosa. Podemos tener todavía que vencer muchos obstáculos, pero aprendemos a aceptar nuestros defectos con gentileza. Una vez que aprendemos a abrirnos a través del Dharma, encontramos que él es nuestro valioso y confiable guía, nuestro siempre presente amigo y compañero. Al abrirnos, reconocemos las enseñanzas de Buda en toda nuestra experiencia.

Cuando el Dharma entra en nuestras mentes, nuestros corazones y nuestros sentimientos, y fluye a través de nuestro torrente sanguíneo, somos el Dharma viviente. No hay paredes entre nosotros y el Dharma. Esto es la sumisión a nuestra verdadera naturaleza.

Refugio

Tomamos refugio en nuestro propio maestro como una manifestación del Buda. Tomamos refugio en el Dharma, en las enseñanzas representadas por las escrituras y comentarios en el canon Budista. Tomamos refugio en el Sangha, nuestros compañeros de viaje en el camino – pasado, presente y futuro – cuya propia práctica y esfuerzos nos estimulan continuamente.

Es natural empezar por seguir a los que, creemos, están espiritualmente más alto que nosotros. En la mayor parte de las veces esto es bueno, aprendemos a colocar menos énfasis en nuestros propios deseos, a respetar las necesidades de otros, a ser creyentes. Pero no podemos aprender mucho más sólo de maestros y libros; finalmente necesitamos abrirnos a nuestra propia comprensión, realizar verdades espirituales desde nuestra experiencia interna. Cuando nos abrimos genuinamente, entonces establecemos nuestra relación interna con el Buda, el Dharma y la Sangha. Empezamos a despertar a la iluminación.

Las acciones espirituales son aquellas que ocurren naturalmente cuando actuamos con un corazón abierto. Aunque las enseñanzas sólo indican el camino a esa apertura, y no es fácil viajar hacia donde la enseñanza indica. Muchos aprenden a actuar de acuerdo a las enseñanzas, no muchos aprenden a vivirlas efectivamente. Por ejemplo, las enseñanzas dicen que debemos desprendernos del ego. Podemos tal vez tratar de desprendernos de nuestro auto interés juntándonos a un grupo espiritual, y gastando nuestro tiempo en estudiar las escrituras. Pero el ego está tan en su casa en una biblioteca como en un monasterio o en un cinema, y aún más que eso, hay muchos que están muy orgullosos de su conocimiento, de sus visualizaciones, meditaciones, iniciaciones, sadhanas, mandalas, etc. y hay aún otros que están orgullosos de sus experiencias religiosas.

La iluminación, sin embargo, no tiene nada que ver con conceptos o adquisiciones. El desprendimiento real del ego ocurre cuando vemos que no hay diferencia entre interno y externo, cuando encontramos la sabiduría de Buda dentro de nosotros. En nuestro nivel samsárico, podemos suponer que el Buda descubrió alguna extraordinaria sabiduría, la cual nosotros podemos recoger de las enseñanzas que él dejó. Pero el Buda-Dharma no es esa clase de enseñanza. Lo que el Buda realizó centurias atrás está dentro de la consciencia misma; no hay nada en su realización que le pertenezca a él. La calidad de la iluminación está siempre ahí, siempre accesible. Algunos podrán decir que mirar dentro de nosotros buscando verdades espirituales es egocéntrico y egoísta y que el no-ego y el no-egoísmo consisten en trabajar por otros en el mundo. Pero, hasta que encontremos nuestra verdad interior, nuestro trabajo en el mundo siempre girará alrededor de nuestros yoes. Mientras pensemos acerca del mundo en términos de yo y otros nuestras acciones serán egoístas. Nuestro yo nos seguirá donde vayamos, así los resultados positivos serán limitados.

Antes de poder ayudar a otros, necesitamos encontrar tanta fortaleza como podamos dentro de nosotros mismos. Podemos encontrarla permitiendo al Buda y el Dharma que vengan a vivir dentro de nosotros. La mayoría de nosotros, sin embargo, no somos todavía capaces de experimentar esta verdad interior. Podemos tratar, pero por ahora parece que debemos vivir en el nivel más superficial orientado al sujeto-objeto.

Es por esto que la meditación es tan importante. En ella podemos tener realizaciones experienciales que rompen nuestra manera conceptual de tratar con las experiencias, y estas realizaciones nos ayudan a ver desde un punto de vista más iluminado. Contactamos la calma y claridad que yace bajo el nivel conceptual. La meditación es entonces nuestro refugio, porque podemos recurrir a ella cada vez que necesitamos que nos dé equilibrio. El tomar refugio en nosotros mismos de esta manera, nos da una base más fuerte y una mayor confianza para lidiar con la vida diaria. Esto es refugio en un nivel más alto.

El refugio fundamental yace en un constante contacto con el estado meditativo dentro del cual descubrimos la inmediatez del Ser en el que no existen distinciones artificiales. En este, el más alto de los niveles, vemos toda experiencia como el puro estado de alerta que alcanzamos a través de la meditación. Nos damos cuenta que no hay Buda, ni Dharma, ni Sangha. No hay sujeto, ni objeto, ni un yo que tenga que refugiarse; el concepto de tomar refugio ha desaparecido. Una vez que sabemos cómo no refugiarnos y una vez que comprendemos que no existe el concepto de un yo que necesita ser reforzado, tenemos verdadera protección, la experiencia religiosa es una parte de nosotros. Ella está ahora en un plano enteramente diferente del nivel ordinario de sensaciones y percepciones. Es ver, oír, sentir, tocar, todas las dimensiones de la experiencia que están plenamente vivas, infinitamente ricas.

La fuente para aprender y estudiar el Dharma está siempre a mano; no tenemos que salir a comprar una copia de él, porque está siempre presente en nuestra experiencia. Este Dharma viviente es la enseñanza. Cuando nos abrimos a él, cuando contactamos esta experiencia viva, veremos la esencial unidad de todos los seres. En el más profundo nivel, ya no hay un refugio porque el ego ya no existe. Hay solamente un mandala perfecto en todas dimensiones.

Amor y Compasión

Al profundizar nuestra comprensión de la existencia se abre la puerta de la compasión. El desarrollo del darnos cuenta del dolor y la ignorancia que, igual que todos los demás, experimentamos, estimula la simpatía, de allí la empatía. Esta evolucionante preocupación por los otros inspira un sentimiento de amor; un amor que pierde sus conexiones con nuestros conceptos y sentidos, un amor que es sin sujeto u objeto.

La compasión es la habilidad de experimentar plenamente la situación de otro. Generalmente, tendemos a meternos dentro de nosotros mismos. Dado que encontramos tan difícil relacionarnos con los otros, aun con nuestros buenos amigos, dedicamos nuestros esfuerzos a protegernos. Nuestra preocupación casi nunca va más allá de nosotros mismos, de nuestras necesidades y deseos personales. La preocupación y la responsabilidad por otros, ambos básicos para la compasión, tienen poca oportunidad de crecer.

Una manera de aprender compasión es cultivar el deseo de ayudar a otros. Este simple gesto automáticamente abre el corazón. Ensanchamos nuestra perspectiva y aumentamos nuestra sensibilidad a las necesidades de otros, y esto nos conduce a desarrollar la habilidad de ser de efectiva ayuda. Eventualmente podemos aprender a amar sin ulterior motivo o sentido del ego. Este sentimiento de amor inegoísta estimula una apertura que permite que la compasión surja naturalmente. Podemos entonces actuar con capacidad y compasión en todas circunstancias.

La apertura en último término significa compasión. Mientras más te dejas abrir, más capaz serás de comunicarte con amigos, familia y otros. En vez de suprimir o tratar de evitar tus sentimientos, tanto como puedas, abre tu corazón, tus sentimientos, tu personalidad total. Ábrete a tus más profundos niveles de sentimiento. Tu puedes hacer esto en la relajación, la llave de la meditación.

Quédate muy tranquilo, respira muy suave y gentilmente, y mantiene tu mente alerta. Una vez que la relajación está establecida de esta manera, ella sanará tus sentimientos internos. Entonces vendrá un calor interior. Con él y con la relajación interna, sentirás más apertura, y con esta apertura, mayor comunicación. Porque este calor interno se transforma en sabiduría y, gracias a él, serás capaz de ver la situación de otra gente más claramente, y con esta claridad también puedes aprender más sobre ti mismo, abriendo tu naturaleza interna.

Cuando tu corazón realmente se abra, tú puedes comunicarte con todos los seres, con toda existencia. Puedes ver la naturaleza de samsara. La apertura es la llave de la compasión, así una vez que puedas desarrollar más apertura, el ego y el auto aferramiento perderán su poder. Al estar menos autocentrado, tú podrás ver que cada individuo debe ir a través de este ciclo de samsara. Aprendes a aceptar más a los otros, y la compasión crecerá más profunda y más abarcante.

La compasión genuina está más allá de los pensamientos, más allá del ego, libre de todas creencia de que hay un yo envuelto en el acto de compasión. La verdadera compasión, por lo tanto, genera un profundo sentido de aceptación y aún perdón hacia aquellos que nos han causado dolor o desdicha. Cuando somos sensibles a la debilidad y egoísmo en otros nos damos cuenta que el daño que ellos hacen es simplemente debido a la ignorancia.

El Faro

El Faro

lighthouse

Señor de mi vida, concédeme
la fortaleza para hollar el
sendero de la revelación,
cruzar el mar de la oscura
ilusión y enfrentar el camino
iluminado.

La luz de mi Ser se vierte
sobre mi camino como la
de un faro luminoso, y
dispersa toda sombra.
En esa luz percibo la luz que
conduce de regreso
a su Presencia.
Sé que no camino solo.

El Tibetano.- D. K.