Oración de San  Francisco

Oración de San Francisco


san francisco
Haz de mí un instrumento de tu paz,
que donde hay odio ponga yo amor,
donde hay ofensa ponga yo perdón,
donde hay discordia ponga yo unión.

Oh, Maestro, que no me empeñe tanto
en ser consolado, sino en consolar,
en ser comprendido, sino en comprender,
en ser amado, sino en amar.

Porque dando siempre se recibe,
perdonando se alcanza el perdón

San Francisco
Las Conciencias

Las Conciencias

Existen dos sentidos de la palabra conciencia, y hay consenso implícito en escribirlas en castellano de forma diferente:

Se dice: he tomado consciencia de…. En esta expresión la palabra consciencia es sinónimo de conocimiento. Esta conciencia es la facultad de conocer. Es llamada la
consciencia psicológica.

Decimos también: Mi conciencia no me reprocha nada, Juzguen en conciencia. En estas expresiones la palabra conciencia designa un centro de referencia interno.

Antes de efectuar una acción, reflexionamos buscando aquello que es mejor. Este algo en nosotros es la conciencia. Ella nos indica el camino del bien. Ella es un llamado. Después de actuar, sucede que nos sentimos insatisfechos de nosotros mismos, como si no hubiéramos seguido una fuerza interior, aquello que nos pedía nuestro camino de crecimiento. Es la conciencia reaccionando como un juez. Entonces es llamada conciencia moral.

Libertad, responsabilidad, conciencia

El ser humano tiene la facultad de escoger sus actos. No está librado sólo a sus instintos, como el animal, Él es libre.

Sus actos decididos libremente favorecen o no el crecimiento de su ser. De allí las satisfacciones o insatisfacciones, percepción vaga o clara de su responsabilidad. Quién va a indicarle los caminos de su crecimiento y por lo tanto los buenos actos ? Quién va a indicarle los atolladeros y por lo tanto sus malos actos ? Aquí encontramos la verdadera noción del bien y del mal:

Es bueno lo que construye el ser. Es malo lo que bloquea o frena el crecimiento del ser.
Quién va a marcar el camino de bien y de mal ? Ya que el ser humano nace desprovisto de criterio, consideremos la importancia que tiene el otro para ayudarnos a acceder al conocimiento del bien y del mal.

En un principio los padres y el entorno inmediato le inculcarán las primeras nociones del bien y del mal. Llegará el día en que él mismo será capaz de discernir entre su bien y su mal. Este mecanismo interno que le hace llamar buenos a ciertos actos y malos a otros, es la conciencia. En el punto de partida, éste será la conciencia de los padres. Más adelante él se dará a sí mismo sus criterios del bien y del mal. Puede llegar el día en que él discernirá en el nivel de su ser profundo, otra conciencia, la verdadera.

1.- Tres tipos de conciencia

Las presentaremos en su orden de aparición, En la edad adulta funcionan en forma simultánea, pero cada uno tiende a remitirse más a una que a otra.

a) – La Conciencia Socializada

Las primeras nociones del bien y del mal que hemos conocido nos han sido inculcadas por nuestro medio familiar. Hemos internalizado un conjunto de prohibiciones, de imperativos, toda una constelación de nociones mentales que han constituido nuestra primera conciencia. Los diversos grupos en los cuales hemos vivido también nos han marcado por su escala de valores.

Aún hoy estamos impregnados de esta moral aprendida en nuestra infancia y en nuestra juventud. El mecanismo de internalización de los valores de un medio permanece durante toda la vida. Adoptamos fácilmente el código moral de los universos sociales en los cuales vivimos y podemos constatar en nosotros la coexistencia de diversas morales que guían nuestras acciones dependiendo de nuestro paso de un universo a otro:

– moral de los negocios;

– moral del medio social al cual pertenecemos;

– moral profesional o ética profesional;

– moral política;

– moral sindical;

– moral religiosa;

– moral familiar.

Puede resultar de aquí una falta de unidad del ser.

De hecho uno no decide su vida por sí mismo, somos llevados por el super-ego, estamos alienados, vivimos en un cierto infantilismo, somos como corderos de un rebaño. Vivimos una moral colectiva.

Esta alienación es a menudo inconsciente. Ella se vuelve consciente el día en que uno decide alejarse de esta influencia social. En ese momento tomamos conciencia del poder de los lazos que nos ceñían.

El centro de referencia para actuar son los otros: sus principios, sus formas de actuar, sus reglamentos, sus leyes.

En el corazón de este mecanismo de la conciencia socializada se encuentra la necesidad imperiosa de ser reconocido, estimado, amado, de no desagradar, de no crearse problemas con los demás. Al no encontrar solidez, seguridad en uno mismo, uno la busca en la aprobación de los otros.

Escapar a esta conciencia socializada no es fácil ya que llevar a cabo actos que pasen por alto las normas aprendidas del medio, provoca un sentimiento de inseguridad de inquietud, y a veces, aun de angustia. Entonces tenemos tendencia a culpamos y nos esforzamos por volver al camino recto.

El pedir perdón a aquellos a quienes creemos haber afligido es a menudo un medio de apaciguar esta angustia, esta inquietud. Esto juega el papel de tranquilizante psicológico. Además es un medio de reconquistar la estima, de la cual nos creemos privados y la que necesitamos imperiosamente.

Es a esa conciencia a la que se refiere el escrupuloso.

La conciencia socializada se encuentra en el nivel del funcionamiento sensible, impulsivo, espontáneo. Es en este nivel que nacen los instintos. Ella tiende a encuadrarlos, a canalizarlos hacia lo que las sociedades – familiar, religiosa, política y económica – llaman bien y mal.

Cuando estas sociedades ya no consiguen encauzar de esta manera las presiones instintivas de sus miembros, ya sea porque ellas mismas ponen en tela de juicio sus nociones del bien y del mal, ya sea porque los interesados se resisten, nos encontramos frente a un vacío de obligaciones sociales.

Aquellos que tienen una conciencia personal salen adelante. Los otros flotan de una corriente de pensamiento a otra o se instalan en la fantasía de sus instintos.

b) – La Conciencia Cerebral

Con la adolescencia se despierta la capacidad de tener ideas personales y de decidir la vida por uno mismo. Se produce entonces un rechazo de la conciencia socializada heredada de la fase precedente. Al mismo tiempo se construye un código personal de moral cuyos elementos son sacados de aquí y de allá, y reunidos en ensayos de síntesis personal.

En la edad adulta este código personal se ha vuelto relativamente estable. Es la expresión del ideal de vida que uno ha escogido y que se esfuerza por realizar. Este funcionamiento de conciencia es captado al nivel de la cabeza, de allí el nombre de conciencia cerebral.

Las faltas a esta conciencia crean un sentimiento de culpabilidad. Uno se siente decepcionado, humillado, vejado, amargado. Se había apuntado más alto. Uno se creía capaz de algo mejor.

c) – La Conciencia Profunda

Existe en nosotros otra conciencia que no es la voz de los demás ( conciencia socializada), ni la voz de nuestras ambiciones personales (conciencia cerebral). Es la voz de nuestro ser en crecimiento, Para percibirla hay que interiorizarse al nivel de la zona profunda y preguntarse: qué siento yo que sea bueno para mí ahora ? qué decisión debo tomar para ser fiel a lo que siento que es lo mejor de mí ? qué iría en la dirección de la vida que siento en lo más profundo de mí mismo ? qué es lo que anhela vivir en mí ?

Hay que dejar aflorar las respuestas, fluir las intuiciones. Hay que frenar la conciencia cerebral, que siempre tiene las respuestas listas.

Los llamados que nacen en este nivel profundo presentan muchas características:

Son realistas. Corresponden a las capacidades reales del ser. No están más allá de las fuerzas como lo están a menudo los llamados de la conciencia cerebral. Están en la medida de las fuerzas de hoy y de la situación presente.

Ayudan a llegar a ser uno mismo. Construyen la personalidad de acuerdo a lo que ella es. No piden una docilidad a los otros como aquellos que provienen de la conciencia socializada.

Parecen provenir de más allá de uno mismo, de una instancia que, a la vez, es más grande que nosotros y que, sin embargo, coincide bien con nosotros. De allí el carácter de absoluto que se le reconoce a esta conciencia profunda cuando se nos vuelve familiar.

El examen de conciencia hecho en este nivel para detectar aquello que anhela vivir en nosotros, para discernir lo que sería bueno cambiar en nuestra vida, para descubrir las orientaciones profundas que deberíamos tomar, es muy beneficioso para un desarrollo del ser y para una construcción de la personalidad.

Allí percibimos no sólo invitaciones a ser sino que encontramos además las energías vitales que hacen ser. Es a la vez una confrontación y una comunión con el ser de donde uno sale más vitalizado.

Cuando uno percibe que es infiel a estas líneas de crecimiento o a estos llamados no se tiene un sentimiento de culpabilidad como en la referencia a las otras conciencias.

Se siente una melancolía apacible. Uno se siente pobre, débil, limitado, pero no se sufre, se lo acepta, Y se comulga nuevamente con los flujos de vida que nacen a esta profundidad.

2.- Evolución de la personalidad y niveles de conciencia

a) – Aprender o discernir nuestros funcionamientos de conciencia

A lo largo de nuestra vida hay coexistencia y funcionamiento simultáneo de las tres formas de conciencia. Es importante poder distinguirlas, saber a cuál de ellas nos referimos más espontáneamente y cuál predomina.

Al momento de tomar una decisión cuál es nuestro reflejo ? Qué es lo que los demás esperan que yo haga ? Qué va a agradarles o a desagradarles? Conciencia socializada.

Qué es lo que debo hacer ? Qué es preciso que haga ? Algunas personas tienen un sentimiento muy agudo de su deber y tienden siempre a cumplirlo. Conciencia cerebral.

En profundidad, qué es lo que siento que es bueno que haga ? Conciencia profunda.

Por cierto que en una decisión interfieren las tres conciencias. Es bueno ser capaces de distinguir sus funcionamientos para vivir lúcidamente la vida en el sentido del cumplimiento de sí.

Luego de actuar, uno se siente a veces insatisfecho, incómodo. Es importante pesquisar a qué se debe esta incomodidad y ante quién nos sentimos culpables.

La inquietud, la inseguridad son el índice de funcionamiento de la conciencia socializada. Hemos transgredido quizás ciertas reglas sociales. Aquello que está mal a sus ojos, yo lo he hecho.

El desagrado de sí, la decepción, la amargura, la humillación, son el índice de funcionamiento de la conciencia cerebral. Es ante el ideal de sí mismo que uno se siente culpable. Aquello que está mal a mis ojos, yo lo he hecho.

Si no es ni uno ni otro de estos sentimientos, es quizás que hemos sido infieles a lo mejor de nosotros mismos, a nuestro ser en profundidad y al Absoluto que encontramos allí.
Aquello que está mal a Tus ojos, yo lo he hecho.

Esta clarificación permite conocerse y readecuarse.

b) – Edad psicológica y niveles de conciencia

La evolución psicológica y moral de un ser no sigue necesariamente a la evolución biológica. Incluso se pueden tener comportamientos infantiles o de adolescentes a los 50 años. Se pueden caracterizar las etapas de la evolución psicológica en referencia al funcionamiento de la conciencia predominante:

La infancia se caracteriza por el predominio de la conciencia socializada. La adolescencia comienza por el rechazo de la conciencia socializada y el inicio de la conciencia cerebral. La edad adulta se caracteriza por el predominio de la conciencia cerebral.

Por último el sabio es aquel que ha sabido tomar distancia respecto a los demás y a sí mismo y que habitualmente se refiere a su conciencia profunda para actuar.

Uno puede tener una edad psicológica diferente según las etapas de su vida. Por ejemplo, se puede ser adulto en la vida profesional, infantil en la vida religiosa y adolescente en las relaciones familiares y políticas. Claramente la unidad no se ha realizado, no se ha alcanzado la estabilidad, la madurez.

c) – No podemos ahorrarnos la fase adolescente.

Esta fase se caracteriza por el rechazo de la conciencia socializada y el deseo de gobernarse a sí mismo de acuerdo al ideal de sí que uno se ha forjado entonces. Es una fase de tanteos en la búsqueda de sí y de su idea. Vendrá una estabilización y esta será la fase adulta.

La Relación con los Otros

La Relación con los Otros

Sea en terapia, en cursos de formación, en intercambios personales o íntimos, es frecuente escuchar una queja que expresa un rechazo, una repulsa, o un cuestionamiento de la conducta de otro:

“El (ella) no comprende nada – él (ella) no me entiende – él (ella) jamás me ha amado ~ él (ella) no habla sino de sí mismo (a) – él (ella) no piensa más que en sí – él (ella) prefiere a los muchachos – él (ella) no ha soportado jamás a las niñas”

Este “él (ella)” a quien se acusa es a menudo un padre (madre), un ser amado, alguien próximo. En todo caso, un ser decepcionante que ha frustrado nuestras expectativas, que nos ha herido sentimentalmente. Nosotros le echamos encima todo nuestro resentimiento, lo acusamos de todas las insuficiencias, lo hacemos responsable de todo lo malo que nos sucede, de nuestros fracasos y lágrimas. Esta omnipotencia atribuida al otro, estas proyecciones, estas quejas y estas repulsas, tienen como resultado librarnos de la responsabilidad de hacernos cargo de nosotros mismos. Nos será entonces difícil admitir que en una relación somos responsables de lo que experimentamos y de nuestros resentimientos.

En efecto, las sensaciones que circulan en nosotros, es nuestro cuerpo quien las experimenta, los sentimientos que nos atraviesan, es nuestra sensibilidad quien la siente. El hacernos responsables de nuestros propios afectos nos puede ayudar a cambiar muchas cosas en nuestras relaciones con los otros y, aún, en relación con nosotros mismos.

Si acepto adoptar este punto de vista: “soy responsable de lo que siento”, muchas de mis actitudes y maneras de pensar deberán modificarse. Mi opinión sobre los otros y sobre mí mismo tendrá que transformarse. Esto es laborioso como una ascesis, tan natural y espontánea es la tendencia de proyectar sobre el otro el problema que tenemos con él.

Esta toma de consciencia de mi propia responsabilidad por lo que vivo, me ha dado, en cuanto a mí, un sentimiento de libertad inesperado que ha favorecido en mucho mi autonomía, en particular en mis relaciones personales, en las que yo me sentía a menudo dependiente y a veces alienado. Si considero que una relación tiene dos extremidades, me incumbe hacerme cargo de la extremidad que me toca.

A partir de esa hipótesis, podemos enfrentar un mejor manejo de la polución que inevitablemente se produce en toda relación; regular el impacto y la resonancia de los mensajes del otro sobre nosotros; aprender a re-encuadrar los eventos, los “problemas o las agresiones inevitables que surgen del trato cotidiano; hacernos cargo directamente de la satisfacción de un cierto número de necesidades elementales.

Todo cuerpo viviente excreta desechos. Es el signo mismo de que está vivo. Y, paradojalmente, esta producción de desechos testimonia su vitalidad, su dinamismo. Si una relación está viva, ella producirá desechos. Excretará escorias, parásitos que, si no son tomados en cuenta y evacuados, emponzoñarán, en el sentido fuerte del término, las relaciones y a veces la vida personal, profesional y social.

En estado de hibernación relacional, se producen mucho menos desechos. Esto explica el estado de minusvida, de momificación de ciertas personas que viven a muy poquito fuego, a pasitos, una vida pequeñita.

El miedo mata más el Amor
que no importa qué plaga.


De donde vienen esos desechos y qué son? Vienen en particular de mal entendidos inherentes a toda tentativa de relación:

– Lo que yo digo y que no es entendido.

– Yo respondo, no a lo que dijo el otro, sino a lo que yo he comprendido de lo que dijo el otro.

– Yo descifro y asocio con unos filtros y una sensibilidad que me son propios… sin reconocer la sensibilidad, los códigos o los sistemas de valor del otro.

– Olvido de negociar conmigo mismo mis miedos, mis deseos, mis recursos, mis límites, antes de negociar con el otro.

– Trato de hacer entrar al otro en mis creencias.

– Quiero convencerlo de la justeza de mi punto de vista… por su bien.

– Quiero cambiarlo,

Es mucho más fácil ser desdichado que ser feliz
y…vamos de preferencia por el camino fácil.


A cada tentativa de intercambio, me arriesgo a ser influenciado, a ser decepcionado, a sentirme inseguro, a ser sobrepasado por el otro a veces más allá de mis posibilidades. Puedo también elegir, priorizar mis intentos. Unas expectativas demasiado cargadas, demasiado investidas de esperanzas de aprobación del entorno o del otro, me van a hacer vulnerable a todas las frustraciones cuando las respuestas sean insuficientes o diferentes de lo que yo había proyectado. Nosotros imaginamos, con frecuencia demasiado fácilmente, cómo debe comportarse el otro y lo encerramos (sin que él lo sepa) en un marco de comportamiento-respuesta que él debería tener respecto a nosotros. Esta es la fuente de una infinidad de decepciones, frustraciones y malestar que demandarán en seguida un gran gasto de energía para superarlos. Debo entonces ser más lúcido, más selectivo y más realista en mis expectativas. Puedo también hacerme cargo directamente de varias de mis necesidades en lugar de hacer responsable al otro de su satisfacción, Este último aspecto constituye una de las fuentes más mortales de frustración mutua que puede infligirse una relación hombre-mujer:

“Yo te hago responsable de la satisfacción de mis necesidades y de mis expectativas, de mi estado de suficiencia o de insuficiencia, lo que quiere decir también de mis frustraciones, de mi sufrimiento, de mi pesar o de mi gusto por la vida.”

La sola manera de no correr jamás el riesgo de
morir de sed es transformarse en una fuente.
Es difícil manejar el impacto, la resonancia, las emociones negativas suscitadas por los actos o las palabras de otro hacia nosotros. En efecto, no tenemos ninguna inmunidad frente a la carga negativa de ciertos mensajes. Una pequeña frase sin importancia, una palabra de connotación afectiva va a resonarnos dentro, va literalmente a proyectarnos fuera de nosotros o nos envenenará. Cada cual ha podido hacer una experiencia de ese tipo cuando después de una conversación, de un llamado telefónico, al recibir una carta, experimentamos un sentimiento difuso de malestar, de tensión, de angustia, que viene como un ácido, un veneno persistente, a trastornar nuestro organismo, nuestros pensamientos, durante varias horas, a veces durante varios días. Sabemos mal como diferenciarnos de los otros y, por lo tanto, de sus impactos. La regla en este terreno podría ser: “Mientras más mala sea la comunicación, más es preciso mantener activa la relación, es decir, escuchar conservando la atención y la apertura, en lugar de alejarse y romper la relación. Será, por ejemplo, necesario reformular lo dicho invitando al otro a extenderse sobre los términos del primer mensaje. Se le puede pedir que lo exprese con sus propias palabras que estarán más cerca de su pensamiento, permitiéndole así una mejor definición del asunto que cuando lo interpretaba a través de las palabras de otro. La invitación a adoptar un lenguaje propio lo llevará a ocupar “su lugar” en la relación y a interesarse en cambios que le serían más sugerentes.

Hay dificultad en aceptar que la persona
más importante del mundo para ti, eres tú,
y la más importante para mí, soy yo.
Concretamente esto puede traducirse como: “Mientras más dificultades tenga en una relación, más debo guardar el contacto para crear, no la oposición, sino la aproximación”. Y esto por medios simples:

– Hacer reformular el mensaje cada vez que éste es incompleto o ambiguo, hacer precisar la intencionalidad, el sentido, dado por el otro. Qué me dijo realmente ? La madre que dice a su hija: “Me pregunto a quien te vas a parecer si continúas así…”

– Releer la carta recibida, demandar la significación de las palabras o de los actos. Invitar a decir más, en lugar de apoderarse del mensaje como de un todo.

– No dejarse encerrar, o encerrarse uno mismo en el primer sentido (agresivo, desvalorizador) que se ha dado al mensaje.

Es aquel que recibe el mensaje quien
le da la significación que él elige.
Nosotros comprendemos a menudo a contrasentido, según nuestro grado de vulnerabilidad, de intolerancia a flor de piel. Nuestra selectividad nos impide comprender, o puede deberse también a la falta de claridad en la expresión del otro (ambivalencia, doble mensaje). La mayor parte del tiempo, el otro (o nosotros en su representación) nos propone dos posiciones relacionales:

– aceptación, aprobación, sumisión, o pseudo aceptación.

– oposición, rechazo, bloqueo, huída o dimisión.

Estos son los dos grandes ejes más frecuentes de la comunicación interpersonal, en particular el de la oposición. Cuántas veces nos escuchamos decir:- Ah, no !, no estoy de acuerdo… ” y cuánta energía perdida en contradecir, luchar, menoscabar el punto de vista o la posición del otro. Cuánto tiempo gastado, cuántos sufrimientos vanos en mantener en muchas relaciones próximas la pseudo-aceptación, la falsa aprobación, el “sí, pero…”, el bloqueo, el sabotaje o el rechazo.

Tu vida vendrá siempre en tu ayuda, a condición
de que hagas un esfuerzo por comprenderla.
Proponemos dos posiciones relacionales positivas, constructivas:

– Salir de la oposición para crear la aproximación. Acercar nuestro punto de vista al costado del otro no sobre el del otro. Esto supone aceptar situarse, definirse, “es aquí donde yo estoy, este es mi punto de vista, mi posición, mi proyecto…”

– Crear una dinámica de confrontación con el otro. Confrontarse es ser capaz de tres maneras de relacionarse:

1.- Confirmar al otro:

“Sí, entendí tu punto de vista.” “Si comprendí bien, lo que tú quieres es ir de vacaciones a la montaña, y no a la playa”.

La palabra más dinámica del lenguaje relacional es Sí. Confirmar no es aprobar, aceptar, estar de acuerdo, sino que quiere decir:

“Te reconozco, te tomo en cuenta, como diciendo esto, proponiendo esto…

Es un punto importante a nuestro favor cuando reconocemos al otro tal como él se vive, se percibe, se siente. Este poder de confirmación permite que el intercambio sea hecho sobre una base de escucha y reciprocidad favorable.

2.- Afirmación de sí.

Después de haber confirmado al otro, puedo asumir mi posición, aportar mi punto de vista. Esto supone que soy capaz de definirme, de situarme, de afirmarme frente al otro. Muchos de nosotros no sabemos, no nos atrevemos a afirmarnos y preferimos mantener la oposición. Cuando sentimos malestar de definirnos, de reconocer nuestro deseo, preferimos identificarnos con el del otro o negarlo, o luchar en contra.

3.- Poner en evidencia la diferenciación.

Después de haber confirmado al otro, después de haberse afirmado delante de él, introducir la diferenciación: “Tenemos dos puntos de vista diferentes, tenemos una divergencia sobre tal o cual aspecto. No tenemos la misma vivencia del hecho.”

Es sobre la aceptación de estas diferencias que nace el respeto al otro y a uno mismo. Ser reconocido, reconocerse en su diferenciación, es salir de la búsqueda de aprobación, de la dependencia, hacia una mejor afirmación de sí.

Cuando se ha sido herido, se puede aliviar el malestar, el sufrimiento o el resentimiento que se instala, por un acto simbólico.

Por ejemplo, escribir sin censura y aún de manera ultrajante, expresando la cólera, la desesperación, las acusaciones. Escribir para sí mismo y romper después la carta cuando la tormenta se haya apaciguado. Simbolizar la situación representándola con objetos. Otorgarse una gratificación inmediata, un baño tibio (el agua absorbe lo negativo) como un apósito para la herida. Dibujar o pintar el estado de ánimo interior.

Cualquiera de estos actos introduce una ligera distancia entre el hecho y nosotros, lo que nos permite no identificarnos totalmente con el sentimiento de cólera, de rechazo, de pesar, o de sentirnos malvados o nulos.

Localizar cuál parte de mí es la que ha sido herida, qué imagen de mí fue estropeada. Localizar el resentimiento. Por ejemplo, las burlas o críticas sobre mi físico me recuerdan las burlas de mi padre cuando yo me ruborizaba.

Teniendo otra visión sobre mí, sobre el otro, sobre la situación, efectuando un re-enfoque, se puede reversar la polarización de los sentimientos.

Viendo el aspecto positivo de un evento, se modifica su influencia y esto permite afirmarse diferentemente, sobreponerse al sentimiento de fracaso, provocar una comunicación más auténtica a partir de un enfrentamiento.

Nuestra idea del mundo.

Nuestra idea del mundo.

Nuestra mente crea la cosa por sí misma. Cada hombre tiene su propia sensación, no idéntica
a la de otro, sino que semejante. Cada centro de la vida consciente tiene su propia visión del contorno, a la cual registra e interpreta, según sus modificaciones y con una modalidad única.
La adapta a la forma de su propio intelecto. Esa situación hace que cada uno tenga sus propias
características de espacio y tiempo. Así se concibe el propio mundo experimentado.

Detrás de nuestra mente está la Mente Universal. Su estímulo es la base que está detrás de nuestra forma de pensamiento de una cosa, y es lo que la incita a vivir. Ella piensa sus ideas “dentro” de nuestra mente, es por eso que nuestra facultad creativa, es independiente sólo a medias. El pensamiento de la Mente es el primer responsable del mundo. El mundo es originariamente un producto de Ella, y sólo secundariamente un producto de nuestra mente por un proceso de reflejo. Nosotros no proyectamos el estímulo original. Ese reflejo es posible, porque cada pequeño círculo de una mente singular, está contenido en el círculo de mayor tamaño de la Mente que lo contiene todo. Cada individuo recrea en su propia consciencia la idea reflejada en ella por esa Mente.

La mente humana no es totalmente pasiva a la recepción de las ideas de la Mente Universal. La causa de las ideas de la mente humana está en parte en sí misma y en parte en la Mente. Quien provoca la existencia de nuestra imagen del mundo es Ella, la actualización es nuestra. Cada uno de nosotros, según sus propios límites, contempla el escenario universal. La Mente a través de nosotros, capta su idea del universo de una manera ilimitada.

Nuestra concientización del mundo externo se debe a ese elemento que está presente en las mentes individuales. De otra forma no podríamos responder a su estímulo, ni percibiríamos que las cosas están en el espacio y que se mueven en el tiempo. Si esto cambiara por un solo instante y si la Mente Suprema interrumpiera su actividad ideativa e imaginativa, el universo y todos sus seres conscientes desaparecerían. Ella está presente en todo momento y en todo lugar, y puede perpetuamente sustentar la existencia del universo, en las percepciones de todas las criaturas que lo habitan.

El universo es creado desde el interior de la mente de un hombre y no desde afuera. La facultad que lo produce es inconsciente al hombre, pero está allí. Sólo somos conscientes de nuestras propias ideas, nuestra percepción de las cosas está representada siempre por figuras mentales. La Naturaleza es una idea nuestra. Estas ideas no son las únicas que realmente experimentamos, no son sólo nuestras nociones de objetos materiales independientes, totalmente ilusorias, sino que, principalmente, esos objetos no poseen existencia actualizada, independiente de nuestras mentes. Esta existencia es en parte la Mente Universal y en parte su pasado oculto. La fuerza de su irrupción corresponde a la energía del hechizo soportado por el hombre. Los antiguos videntes asiáticos, denominaron “maya” al universo, lo que traducido equivale a ilusión.

Las ideas son fuerzas latentes de la Mente y constituyen un sistema auto activo. Toda impresión de este tipo se actualiza simultáneamente por el mero hecho de ser pensado en términos espacio-temporales: es, entonces, el objeto llamado material. La idea se presenta como una cosa debido a que ha sido re-pensada y re-sustentada en la Mente Universal. El mentalista acepta la existencia del objeto, pero niega su materialidad, separación o independencia de la idea. Afirma que ese objeto es sólo la idea de él. Cosa y pensamiento son indivisibles, porque nunca conocemos la cosa en sí sino sólo la idea. La mente es su propio espectador y espectáculo, experimentador y cosa experimentada.

La visión interior consiste en comprender que nada hay en el mundo que no sea Mente. La materia es una característica de nuestro modo de pensar la naturaleza. Las leyes de la Naturaleza material son sólo las leyes que gobiernan las apariencias y cambios de la forma de la Mente Universal. Este hecho existe en el interior de la mente y sólo allí.

De lo consciente a lo inconsciente
El cerebro es la porción tangible del cuerpo, surcada por circunvoluciones de materia gris y blanca, ubicada dentro de la caja craneana. La consciencia es la suma total de la variada serie de impresiones sensoriales, percepciones, pensamientos, sentimientos, imágenes, ideas, intuiciones y recuerdos que conocemos como propias y que no se pueden evidenciar por medio de la disección con bisturí. La consciencia es un “conocimiento” de un principio inmaterial: la mente es la luz del cerebro. La luz hace visible las cosas, pero ella es invisible. La percibimos detrás de nuestras diversas experiencias, porque ella es en sí invariable.

La experiencia del mundo, cuando se la rastrea hasta sus orígenes, se arraiga como una idea
en la consciencia. Sólo la existencia previa de la mente, hace posible la consciencia de la idea corporal. La consciencia está fuera del alcance de la percepción sensorial. Siempre piensa en algo, porque nunca está vacía. La vida mental no se agota en una forma particular de vida consciente. Este tipo de consciencia es un “estado” de la mente que incluye la posibilidad de disiparse.

La mente es la materia prima de todos nuestros pensamientos particulares e ideas corrientes. Todos los pensamientos son virtuales en la mente y actuales en la consciencia. Todo pensamiento hace una tácita referencia a lo que está más allá de la consciencia. Conocemos a la mente a través de los pensamientos que son su producto y a través de la consciencia que la mente lanza atravesando su vacío aparente. Sabemos que está presente por el efecto que produce. El primer efecto es la auto consciencia, el primer resultado es la consciencia del mundo y la primera actividad es el pensar.

La memoria
La memoria es una facultad de un gran valor inmaterial, que no ponderamos debidamente. Se debe a que la existencia de la mente es ininterrumpida. Los recuerdos son imágenes mentales de formas de pensamientos recuperados desde el pasado que vuelven a surgir y que proceden de nosotros mismos.

Tiene que haber un eslabón que comunique los estados conscientes actuales y los pasados, ese eslabón es la propia mente. Debe haber un estrato de esta mente, muy profundamente debajo de la consciencia común en el cual los recuerdos se conserven. La existencia de la mente es el contacto con el pasado, que nos vuelve nuestro recuerdo personal al despertar de un dormir profundo y con él el reconocimiento del mundo. Esto es así, porque las raíces de la mente están ocultas más allá de nuestra consciencia, en cambio sus frutos son visibles en la consciencia.

A esta consciencia subterránea se le llama inconsciente. Es paradójico que llamemos inconsciente a lo que contiene en sí todas las potencialidades de la consciencia. Existe una única mente, pero desde nuestra perspectiva, es consciente solamente en un sentido humano finito . Nuestro tipo de
consciencia es un estado, no una clase separada y diferente de mente. La mente está presente antes del comienzo de la actividad del pensar consciente. Es la desconocida consciencia interior.

El actual grado de evolución del hombre tiene como consecuencia que toda su experiencia del mundo debe someterse a ciertas formas limitadas de espacio y tiempo, antes de ser captada por su consciencia individual. La parte oculta de la mente es tan real como la manifiesta, es la parte secreta de nuestra vida superficial.

La fuente de la intuición y la inspiración
El yo del estado de vigilia recibe del estrato más profundo de la mente, en especiales circunstancias, repentinas intuiciones y espontáneas inspiraciones. La intuición es un destello espontáneo, pasivo, receptivo e involuntario, que no guarda relación con algún pensamiento anterior. Es por eso que revela un horizonte nuevo sobre un tema particular. La mente tiene el poder de actuar según su propia manera misteriosa que le permite prescindir del pensamiento y enviar sus resultados a la consciencia superficial.

La intuición tiene mucha fuerza cuando toma una dirección negativa, por ejemplo, para prohibirnos un determinado acto. Se anula cuando predominan en nosotros los prejuicios y deseos relacionados con el asunto. Pasado un tiempo puede reaparecer y allí nos recuerda el error de haber seguido el impulso de nuestros sentimientos personales en lugar de haberla captado en su fugaz manifestación.

Hay un tipo de intuición que tiene toda la humanidad y que no se manifiesta de un modo extraordinario. Es una facultad que a veces se presenta teñida de emociones, deseos y egoísmos, que confunden sus contornos. Es lo que comúnmente se llama voz de la conciencia o voz interior. Es la destilación de muchas experiencias vitales acumuladas, que asume la forma de conciencia moral, juicio crítico y/o sentido artístico. Es el resultado de esta encarnación y de las anteriores. Estas experiencias están acumuladas en los niveles más profundos de la memoria y dejan como herencia esas intuiciones.

El cuarto estado de consciencia
El centro cerebral sub-cortical, mide la continuación del estado de vigilia, pero no lo crea. El dormir surge cuando el Yo Superior reune todas las fuerzas de su personalidad proyectada y las pone a descansar en el centro del corazón y con esto interrumpe la facultad individual de producir imágenes y sensaciones.

Nuestros pensamientos nacen con la vigilia y mueren con el dormir. Si no logramos contemplar el mundo durante el sopor profundo, es debido a que nuestros pensamientos han dejado de trabajar.

El dormir produce, como su principal valor, el restablecimiento espiritual. Al suprimir el movimiento discursivo de la mente, nos libera de la idea del cuerpo, del mundo y de sus preocupaciones. Cuando nos dormimos penetramos en esa mente que es el verdadero origen de nuestra consciencia porque, al desaparecer las creaciones mentales, hace que ésta se acerque a su propia y prístina índole, a su realidad interna. Así, este estado de la mente es, desde el punto de vista metafísico, el más valioso aun cuando desde el punto de vista práctico, no sea tan valorado.

El hombre no ha hecho el esfuerzo de librarse de sus ataduras, impresiones básicas mentales, de los deseos terrenales, tendencias emocionales, etc. y la Naturaleza no le ha concedido gozar de la consciencia de la liberación de todo pensamiento durante el dormir y sólo puede percibir un fugaz instante de resplandor que sigue al despertar. Para que la experiencia se haga presente, debe esforzarse por merecerla. Si deliberadamente pudiera disminuir al máximo su pensamiento, asemejando así todo lo posible el estado mental de su vigilia al del dormir, y pudiera lograr esto
en su pleno dominio de la comprensión intelectual necesaria para captar todo lo que implica, ese individuo podría experimentar conscientemente un estado de calma, salud, paz y libertad.

Este cuarto estado se relaciona con la beatitud mental alcanzada en la meditación y trasciende los estados de vigilia, soñar y dormir. Se puede obtener en cualquier momento y lugar y por el hecho de que supera la inconsciencia del dormir se puede llamar estado trascendente. Es una mezcla paradójica de un profundo dormir y de una plena consciencia. Es por eso que está fuera del alcance de la comprensión ordinaria.

Perdemos la consciencia al dormir, porque el estado mental al que regresamos, posee un radio de vibración mucho más amplio que el del intelecto despierto. Este es periódicamente arrastrado por una poderosa fuerza magnética hacia la parte más profunda de su ser, pero no puede ensanchar su radio de proyección para captar la consciencia más vasta del cuarto estado. Así, desfallece y se duerme.

El cuarto estado es la imperturbable e indestructible consciencia de la esencia mental. Este cuarto estado o trascendente, incluye los otros tres estados y abarca la totalidad de la vida, pero no en una visión intelectual, sino en una visión profundamente mística. Su nombre en sánscrito es Turiya, que es otro nombre del Yo, y es la Realidad Unica.

Sri Ramana Maharshi, expresa en sus Pláticas: “la única Realidad es el Yo, la persistencia de la Realidad se potencia si desaparece la identidad falsa. Esto no significa que la Realidad no esté aquí y ahora. Está eternamente aquí y es eternamente la misma . Está en todas nuestras experiencias. El ego falso se asocia con los objetos; este mismo ego es su propio objeto. La objetividad es la falsedad. Sólo el sujeto es la Realidad. No se confunda con el objeto, con el cuerpo. Esto hace surgir el ego falso y, como consecuencia, el mundo y la actividad en él, cuyo resultado es la aflicción.

Acerca del Sentido en Jung

Acerca del Sentido en Jung


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Cuanto más penetraba Jung en las leyes de los procesos arquetípicos que subyacen a las manifestaciones del inconsciente, más esencial le parecía el papel que jugaba la consciencia. El hombre posee una consciencia que no sólo percibe y reacciona a lo que experimenta, sino que es consciente de percibir y comprender lo que está experimentando. Posee la facultad de la reflexión (literalmente, inclinarse hacia atrás) y la comprensión y, a través del reconocimiento del mundo exterior e interior, la de auto-transformación y consciencia ampliada de sí. La consciencia del hombre también es una función espiritual. Lo eleva por encima del reino animal, aún cuando desde otro punto de vista puede considerarse como un animal diferenciado impulsado por el instinto. La consciencia cognitiva y reflexiva ejerce una actividad creadora, superponiendo sobre la existencia del mundo exterior e interior el hecho de que son conocidos. De esta manera les atribuye realidad: el mundo se convierte en el mundo fenoménico y como en una segunda cosmogonía el hombre confirma su existencia para el Creador.Cuando Jung contempló la ancha llanura desde las colinas bajas en las planicies de África Oriental y observó las vastas manadas de gacelas, antílopes y cebras en la quietud silenciosa, tuvo una especie de experiencia primigenia de la función creadora de la consciencia. Treinta años después recapituló en sus memorias: Pastando, las cabezas asintiendo, las manadas se movían adelante como lentos ríos. Casi no se escuchaba sonido alguno excepto el grito melancólico de un ave de presa. Aquella era la quietud del eterno comienzo, el mundo tal como siempre había sido, en el estado del no-ser; pues hasta entonces nadie había estado presente para saber que era este mundo Allí el sentido cósmico de la consciencia se tornó asombrosamente claro para mí El hombre es indispensable para completar la creación; él es el segundo creador del mundo, el que por sí solo le ha dado al mundo su existencia objetiva, sin la cual, lo no visto, no escuchado, comiendo silenciosamente, dando a luz, muriendo, asintiendo sus cabezas durante cientos de millones de años, hubiera continuado en la profunda noche del no-ser hasta su fin desconocido. La consciencia humana creó la existencia objetiva y el sentido y el hombre encontró su sitio indispensable en el gran proceso del ser.

El hombre también goza de un sitio indispensable en el mundo espiritual, con sus seculares procesos de transformación. Como se ha visto, su consciencia juega un papel creador en la evolución y diferenciación de las imágenes arquetípicas de Dios. Podría decirse que logra el milagro de una segunda teogonía. Como co-creador de la realidad exterior e interior él y su consciencia tienen una responsabilidad cósmica. Jung habla incluso del milagro de la consciencia reflexiva en el que culmina la totalidad de la tendencia evolutiva de la naturaleza. La importancia de la consciencia es tan grande que no puede dejar de sospecharse que el elemento del sentido está oculto en algún sitio dentro del monstruoso torbellino biológico, sin sentido aparente, y que el sendero de su manifestación se encontraba en última instancia en el nivel de los vertebrados de sangre caliente poseedores de un cerebro diferenciado; encontrado como por casualidad, imprevisiblemente y sin embargo sentido de alguna manera, atisbado y manoteado desde algún oscuro instinto.

La misma idea se encuentra en Meister Eckhart: La naturaleza más recóndita de todo grano es el trigo; de todo metal, el oro; de toda ave, el hombre, y en Thomas Mann: En lo profundo de mi alma abrazo la creencia de que con el Así sea de Dios, que creó al cosmos de la nada, y con la generación de vida a partir de lo inorgánico, fue el hombre lo que se intentaba crear en última instancia y que con él se inició el gran experimento, cuya falla debida a la culpa del hombre sería la falla de la creación en sí, equivalente a su refutación. Ya sea que esto sea o no así, sería bueno que el hombre se comportara como si así lo fuera.

El mito del sentido de Jung es el mito de la consciencia. La tarea metafísica del hombre reside en la continua ampliación de la consciencia en general y de su destino como individuo en la creación de consciencia individual de sí mismo. Es la consciencia la que otorga un sentido al mundo. Sin la consciencia reflexiva del hombre el mundo se convierte en una gigantesca máquina sin sentido, pues hasta donde sabemos el hombre es la única criatura que puede descubrir el sentido, escribió Jung a Erich Neumann (Marzo de 1959). Y a una joven mujer que había sido víctima de los embates de un destino arduo le escribió en Junio de 1956: El don de una consciencia ampliada de sí es respuesta suficiente incluso a los sufrimientos de la vida, de otra manera carecería de sentido y sería insoportable. Aunque el sufrimiento de la creación que Dios dejó imperfecta no puede eliminarse mediante la revelación de la buena voluntad de Dios hacia el hombre, de todas maneras puede mitigarse y adquirir sentido.

Sin embargo, el énfasis de Jung sobre la consciencia jamás se pretendió como una devaluación del inconsciente, ni tampoco imaginó que pudiera ser conquistada. El reemplazo del inconsciente por la consciencia es desde todo punto de vista impensable considerando que el alcance de ambos no puede compararse y que la consciencia adquiere su poder creador sólo por estar enraizada en el inconsciente, incluso aunque el individuo no tenga idea de su existencia. La alta estima en que Jung tenía a la consciencia estaba presente en el germen desde el comienzo, aunque llegó a reconocer el papel fundamental que juega en el destino humano sólo a lo largo de los años. Para comenzar confió en los poderes creadores del inconsciente, pues aún no había explorado las profundidades de su naturaleza paradójica. Fue esto lo que provocó que se equivocara al darle una oportunidad a los comienzos del nacional-socialismo, a pesar de todas sus reservas objetivas. Lo vio, correctamente, como una erupción de fuerzas colectivas del inconsciente, aunque por aquel entonces todavía se inclinaba a dar al mito del inconsciente precedencia sobre el mito de la consciencia.

Sus ideas básicas acerca del mito de la consciencia y el sentido del mismo pueden encontrarse en sus memorias. Esto no es ninguna casualidad, pues no consideraba el libro un trabajo científico y la respuesta a la pregunta del sentido no era para él una respuesta científica. Todas las respuestas son una interpretación o conjetura humana, una confesión o una creencia. Es creada por la consciencia y su expresión es un mito.

Jung creó su respuesta basándose en la sabiduría obtenida a lo largo de años de trabajo de investigación. En un breve pasaje de sus memorias describió una vez más cómo la ambivalencia de la imagen de Dios del Antiguo Testamento lleva al mito de la encarnación necesaria de Dios y por último a la experiencia sintetizadora del sí-mismo: Las contradicciones internas necesarias en la imagen de un Dios Creador pueden reconciliarse en la unidad y totalidad del sí-mismo En la experiencia del sí-mismo ya no son Dios y hombre los que se reconcilian, como antes, sino los opuestos dentro de la propia imagen de Dios. Ese es el sentido del servicio divino, el servicio que el hombre puede rendir a Dios: que la luz pueda surgir de la obscuridad, que el Creador pueda ser consciente de su creación y el hombre consciente de sí mismo. Esa es la meta, o una de las metas, que hace que el hombre cobre sentido dentro del esquema de la creación y al mismo tiempo le confiere sentido a la misma. Es un mito explicativo que ha tomado forma dentro de mí gradualmente a lo largo de las décadas. Es una meta que puedo reconocer y valorar y que por tanto me satisface. La limitación a una afirmación subjetiva no menoscaba en absoluto el mito explicativo de Jung. Se cristalizó gradualmente a partir del conocimiento del hombre y su psique, más profundo que la mayoría del conocimiento de nuestra era, y constituye una continuación significativa del mito judeo-cristiano de dos mil años de antigüedad. Por ende no sólo se aplica a Jung, sino que su importancia trasciende lo personal.

Jung se percató de ello, pues continúa: No creo que mis reflexiones acerca del sentido del hombre y su mito sean una verdad final, pero siento que esto es lo que puede y quizá deba – decirse al final de la era de Piscis en vista de la próxima era de Acuario (el Portador de Agua), que posee una figura humana. Jung escribió estas palabras a los ochenta y cuatro años, contemplando el futuro distante. Podría concluirse que al final de su vida tuvo la sensación de haber descargado la responsabilidad cósmica del hombre lo mejor que pudo y de haber concluido la tarea de ampliación de la conciencia que se le había encomendado, al igual que nos es encomendada a cada uno de nosotros. En las memorias, el capítulo acerca de su obra finaliza con estas palabras: Tengo la sensación de que he hecho todo lo que podía hacer. Sin duda esa obra de vida podría haber sido aún mayor y mejor hecha; pero eso es todo lo que pude hacer

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Cuando en 1958 Erich Neumann leyó el borrador del último capítulo de las memorias, que contienen las últimas ideas de Jung acerca del sentido, le escribió una carta expresando su acuerdo general aunque manifestando algunos reparos. Los pasajes cruciales son los siguientes: Precisamente porque la psique y los arquetipos con su significado evolucionaron a lo largo de la evolución natural, su significado no es extraño a la naturaleza sino que pertenece a ella desde el comienzo, o así me lo parece Esto es lo único que me parece objetable: Para qué sirve la creación? La respuesta, aquella que brilla sólo en sí misma, cuando no es reflejada puede resplandecer con infinitas variedades, es tan vieja como el mundo, pero me satisface.

Jung vio el sentido en la relación recíproca entre la profundización de la consciencia de sí en el hombre y una revelación de la imagen de Dios (expresada metafóricamente como la consciencia de sí de Dios); para Neumann no existía este efecto retroactivo en Dios, ni tampoco era necesario que así fuera. La respuesta de Jung (marzo de 1959) nos ofrece una vez más el fundamento de su perspectiva o confesión. La carta dice en parte: Puesto que una creación sin la consciencia reflexiva del hombre no posee un sentido discernible, la hipótesis de un sentido latente atribuye al hombre una importancia cosmogónica, una verdadera raison dêtre. Si, por otro lado, el sentido latente se atribuye al Creador como un plan de creación consciente, surge la pregunta: Por qué el Creador produciría todo este fenómeno del mundo si ya conoce aquello en lo que se puede reflejar, y por qué debería reflejarse si ya es consciente de sí mismo? Por qué debería crear junto a su propia omnisciencia, una segunda consciencia, inferior: millones de espejillos empañados cuando ya sabe de antemano con exactitud cómo es la imagen que éstos reflejan?

Poco tiempo después Jung escribió casi lo mismo en una carta a Miguel Serrano (Septiembre de 1960): (La luz de la consciencia) es preciosa no sólo para mí, pero sobre todo a la oscuridad del Creador, que necesita al hombre para iluminar su creación. Si Dios hubiese previsto su mundo, sería tan sólo una máquina sin sentido, y la existencia del hombre, un capricho extravagante. Mi intelecto puede pensar esta posibilidad, pero todo mi ser le contesta No.

El valor que Jung le confirió a la plegaria surge de esta intuición religiosa, permeada de sentimiento, sobre una relación Yo-Tú entre el hombre y Dios. En una carta (Septiembre de 1943) dice: He pensado mucho en la plegaria. Esta es muy necesaria porque convierte al Más Allá imaginado en una realidad inmediata y nos transporta a la dualidad del ego y el Otro obscuro. Al escucharnos a nosotros mismos ya no se puede negar que nos hemos dirigido a Aquello. Entonces surge la pregunta: Qué sucederá Contigo y conmigo? Y el Tú trascendental y el Yo inmanente? Se abre así el camino de lo inesperado, atemorizante e inevitable, con la esperanza de un recodo auspicioso o un desafiante No pereceré bajo la voluntad de Dios excepto que yo así lo desee también. Sólo entonces así lo siento yo – la voluntad de Dios es perfecta. Sin mí es tan sólo su voluntad todopoderosa, una fatalidad aterrorizante aún en su gracia, vacía de vista y oído, vacía de conocimiento precisamente por esa razón. Yo me uno a ello, como un miligramo tremendamente pesado sin el cual Dios hubiese creado su mundo en vano