Las dimensiones de la meditación

Las dimensiones de la meditación

Hay muchas dimensiones en la experiencia meditativa. Podemos tener una hermosa experiencia, muy satisfactoria y agradable; pero esa experiencia es limitada porque ella pertenece a un ego. Hay un marco de referencia dentro del cual reaccionamos, por lo tanto, perdemos la experiencia. Así tenemos nuestros altos y bajos. Más tarde nuestra experiencia meditativa puede expandirse y llegar a ser ilimitada, sin punto de referencia, sin centro. Todo y cada cosa es parte de la meditación. Esto puede conducirnos a un nivel donde ya no existen distinciones. Despertamos y vemos que la realidad y la verdad no son unidimensionales, sino como un diamante con muchas facetas. Este nivel es lucidez pura. En ella estamos por sobre los pensamientos, en ellos y fuera de ellos. Podemos todavía verlos, pero sin involucrarnos.

Es posible pasarse muchos años practicando sin hacer progresos sustanciales. Pero podemos decir cuándo estamos meditando bien, porque en los más altos niveles de meditación no nos damos cuenta de que estemos haciendo algo, allí no hay reflexión. Tan pronto como existan murallas, en cuanto hayan parámetros, cuestionaremos nuestro estado y trataremos de medir el espacio. Pero cuando entramos en el espacio abierto de la meditación, no podemos dividirlo de esta u otra manera. Ya no se pueden aplicar cuestionamientos.

Al comenzar la meditación, es importante dejar ir todos los pensamientos y librarnos de su pasado y de su futuro. Es entre ellos donde encontramos la meditación. A medida que ella se va desarrollando, vamos descubriendo una intencionalidad meditativa dentro de cada pensamiento y de cada emoción. La meditación entonces viene a ser una parte natural de nosotros, una experiencia que puede acompañarnos a través de nuestra vida cotidiana. Cualquiera que sea lo que experimentemos puede volverse meditación, siempre que no tratemos de evitar o seleccionar. Nuestra respiración, sensaciones, tensiones musculares, deseos, ego, aferramientos y confusión, cada cosa que experimentemos puede ser parte de nuestra meditación. Ella no sólo puede ayudarnos a resolver nuestros problemas sino, además, protegernos de que surjan. El proceso de meditación relaja y calma, de modo que cuando surge cualquier pensamiento o emoción, ya no nos arrastra con ellos. Así su poder sobre nosotros empieza a disolverse.

El ego está estrechamente relacionado a las acciones de aferramiento e identificación. Pero una vez que aprendemos a meditar, el ego empieza a perder su poder sobre nosotros. El ego es un concepto basado en ciertas imágenes o interpretaciones que emergen a través de nuestros sentimientos y sensaciones, son simplemente condicionamientos sin ningún significado sustancial. La persona que confía en su meditación encuentra que no hay nombre ni forma en la experiencia.

Mucha gente cree que esencia y ego son lo mismo. Mientras más profundamente investigamos y más refinada es nuestra comprensión, nos damos cuenta con más fuerza de que no existe ni ego ni esencia. Son simples palabras vacías que no tienen significado.

A veces, al concentrarse, vienen a la superficie imágenes subconscientes, pueden ser memorias o arquetipos. Muchas experiencias no familiares surgen inesperadamente a la consciencia. Algunas técnicas de meditación originan y estimulan estas imágenes. Esta clase de experiencia significa que estás en el camino de la meditación. La concentración lleva a tales experiencias, pero también nos conduce más allá de ellas. Relájate y deja irse al vigilante. Trata de no estar consciente de nada. Usa paciencia, llega al fondo de tu meditación y trata de conectarte con esa sensación de profunda relajación: tu desasosiego irá cesando naturalmente. Así que no prestes atención a la cantidad o calidad de tu meditación, sólo tienes
que mantenerla abierta. Tú eres el centro de ella.

Si tu meditación es demasiado rígida o tensa, incluso puedes sentir jaqueca. Olvida el concepto de meditación, deja ir el sentido de propiedad. Cuando tienes ya sea una buena o mala experiencia, sientes
que tú eres el propietario. Este aferramiento crea una tensión. A menudo somos demasiado cuidadosos cuando meditamos, como si estuviéramos en una habitación con un lactante que duerme: al menor ruido,
el niño despertaría. Necesitamos relajarnos y perder esa actitud.

Sé cariñoso con tu cuerpo. Masajea gentilmente los músculos del cuello y la energía fluirá libremente. Deja ir todas tus tensiones y tus resistencias. No necesitas hacer nada en particular. Tus ojos, manos, estómago, huesos y músculos están todos cuidando de ellos mismos. Deja que tu percepción fluya a través de tu cuerpo y de tu mente.

Es bien difícil generalizar si el que sigue un camino espiritual necesita un gurú o no. La única manera de saberlo es mirar dentro del propio corazón y ver si uno puede manejárselas para progresar sin que su ego o su autoengaño se le atraviese en el camino.

La religión y la devoción son útiles, son otro aspecto de la meditación. Si tú crees y tienes fe y devoción, harás progresos. No es el único camino, pero es una herramienta muy importante.

La filosofía está relacionada, primero que todo, con los pensamientos y conceptos. Estos se van refinando
y entonces toman una dirección, la cual llega a un punto que se transforma en una regla, la que a su vez da origen a un sistema. Este sistema va creciendo cada vez más y, gradualmente, se desarrolla una consciencia ética: bien y mal, positivo y negativo, virtud, pecado, buen o mal karma, etc. Paulatinamente,
a medida que se va transformando en un modelo, la filosofía llega a ser restringida y sofocada por muchos complejos detalles.

Mientras más preguntas hacemos, más preguntas aparecen. Finalmente, llegamos a la conclusión de que
no necesitamos preguntar porque no hay respuestas definitivas. Pero si no empezamos preguntando, no llegaríamos a esta realización. En un sentido, nuestro conocimiento común no es inútil porque nos ayuda
a comprender que no hay fin para las preguntas. Es como frotar dos piezas de madera una con la otra. Se calientan y al final se encienden y consumen. El conocimiento intelectual es parecido a eso. La única manera de encontrar respuestas es darse cuenta finalmente que no hay respuestas. El responder origina
un mayor interrogatorio, y el preguntar sirve para repetir el ciclo. Las preguntas y respuestas no llevan a ninguna parte. Ellas se retroalimentan.

Tenemos pensamientos, y el expresarlos puede ayudar. Cuando hacemos preguntas, vemos donde estamos. Preguntar es una manera de saber, otra manera es a través de la experiencia. Cuando ambas ocurren al mismo tiempo, esto es muy bueno; pero, a veces, no podemos captar la diferencia. Eventualmente, todo llega a ser uno y no hay diferencia.

Preguntas y respuestas no llevan demasiado lejos, pero puede ser un ejercicio útil, no algo para rechazar. Cuando descartamos la filosofía y el conocimiento intelectual, nos cerramos a una parte importante de nosotros mismos. Al vivir, estudiar y trabajar en el mundo, necesitamos hacer esta clase de ejercicios tanto como sea posible. Pero cuando estamos meditando, no debiera haber preguntas.

Cuando estés confuso intelectualmente, trata de salir de esa confusión meditando. No es una pérdida de tiempo, es un proceso de aprendizaje. Cuando despiertes en la mañana, date cuenta que ahora es el momento, ahora es el desafío. Trata de aprender en cada instante, tus clases son en la vida cotidiana. Estás jugando juegos en el campo de la meditación las 24 horas del día. El desafío es cuál lado está ganando?, el positivo o el negativo?, qué estoy obteniendo? En sentido último, no hay ganancia ni pérdida; pero, hasta que no comprendemos esa verdad, continuamos siendo envueltos en los conceptos de ganancia y pérdida. Por eso, mientras tanto, trabajemos con lo que tenemos.

Los pensamientos:

Cuando somos capaces de tranquilizar nuestro cuerpo, respiración y mente, surge naturalmente un sentimiento muy confortable y grato. A medida que expandimos esa sensación, sentimos como si fuéramos llegando a casa, y podemos recuperar esa sensación una y otra vez en la meditación diaria. Podemos practicar al comienzo sólo unos minutos cada día. Sin embargo, a medida que extendemos estos períodos, encontramos que podemos meditar sin esfuerzo. Y a través de repetidos contactos con este sentimiento, nuestra concentración se desarrolla en forma natural. Nuestro progreso podría ser obstaculizado, sin embargo, si tratamos de interpretar estos sentimientos y sensaciones intelectualmente. Porque el proceso del pensamiento en sí mismo nos separa de la experiencia.

Nuestros pensamientos son tan por entero una parte de nosotros que, aun cuando estamos meditando, tendemos a aceptar el mundo de ideas y conceptos como nuestra realidad. Nos limitamos nosotros mismos a ese reino familiar y, por lo tanto, limitamos nuestra meditación. Vemos ese efecto claramente cuando examinamos bien de cerca la naturaleza de los pensamientos.

Cuando un pensamiento surge en la mente, nos apegamos a él como a un hijo nuestro. Nos sentimos como si fuéramos la madre de nuestros pensamientos, pero eso es una trampa que nos juega la mente. En efecto, si vigilamos cuidadosamente y tratamos de permanecer desapegados, podemos ver que cada pensamiento surge y se va sin una conexión sustancial con el que le sigue. Los pensamientos tienden a ser erráticos, a saltar de una cosa a otra, como canguros. Cada pensamiento tiene su propio carácter. Algunos son lentos, otros, rápidos; un pensamiento puede ser positivo, el otro, negativo. Pasan unos tras otros, como los automóviles en una carretera. En una muy rápida sucesión, cada uno se adelanta apenas el anterior se desvanece.

Puesto que un pensamiento conduce al próximo, parece como si tuvieran una dirección; pero, a pesar de la sensación de movimiento, no hay una genuina progresión. Son como el cinematógrafo: aunque hay una sensación de continuidad, esta es sólo una ilusión creada por la proyección de una serie de imágenes similares, aunque individuales.

Cuando surge un pensamiento o idea particular, empieza a tomar forma como una criatura en el útero. Se desarrolla por un rato dentro de nosotros, luego nace como una idea plenamente formada. Tan pronto como el pensamiento emerge, da un grito y tenemos que hacernos cargo de él. Los pensamientos son muy difíciles y exigentes. Necesitamos aprender a manejarlos en forma adecuada.

Vigilando cuidadosamente nuestros pensamientos, podemos aprender a experimentarlos directamente apenas surgen. Quedándonos gentil y astutamente junto a cada uno, podemos experimentar los diferentes modelos y matices que adoptan. Esto es lo que significa vivenciar la experiencia interna o, realmente, llegar a ser la experiencia.

Es importante la concentración cuando tratamos de hacer contacto con la energía que hay dentro de cada pensamiento; pero una concentración forzada no es efectiva, Puede funcionar durante muy cortos períodos de tiempo, pero siguen apareciendo nuevos pensamientos y la concentración vacila. Tenemos apenas medio-tratado un pensamiento cuando viene otro, y otro más. Para evitar esto, es importante guiar la mente con gentileza hacia un punto único en que pueda concentrarse plenamente en la experiencia interna de
cada pensamiento. A través de una suave disciplina, podremos desarrollar y expandir gradualmente esta concentración.

Cuando estamos muy atentos, podemos llegar a darnos cuenta del espacio que hay entre cada pensamiento. Esto no es fácil, debido a la rapidez con ellos se suceden, apenas se desvanece uno, aparece el próximo. Pero hay un ritmo en este proceso y, cuando captamos este ritmo, podemos ver una separación entre los pensamientos, un espacio o nivel de consciencia en donde los sentidos no nos distraen. El espacio entre los pensamientos tiene una calidad de apertura muy próxima al vacío, y no es atrapado por discriminaciones o confusiones. Al alcanzarlo, es como sumergirse profundamente en el océano: hay allí una amplia quietud. En la superficie puede haber incontables olas; pero, cuando vamos profundamente al fondo, hay una gran paz y equilibrio. Este espacio es como el intervalo entre este momento y el futuro: el presente pensamiento ya se ha ido, pero el próximo no está aún allí. En efecto, esta lucidez no está involucrada con pasado ni futuro, ni aun está envuelta en nuestra usual idea del presente. Contactar este espacio es como viajar a otra dimensión, y la calidad de la experiencia es totalmente diferente de las que tenemos en forma habitual.

Una vez que encontramos este espacio entre los pensamientos, podemos expandirlo en una experiencia profunda y plena. A medida que se expansiona la calma de este espacio, la mente va perdiendo en forma gradual su desasosiego, y empieza a manifestar su estado natural. Al principio, este estado es difícil de mantener porque nuestra mente todavía tiende a ser distraída por pensamientos. Pero, a medida que desarrollamos un mayor equilibrio, nuestra mente gravita más fácilmente a un más profundo estado de lucidez.

Los Evangelios Gnosticos

Los Evangelios Gnosticos

Descubrimiento de Nag Hammadi.
En diciembre de 1945, un campesino árabe hizo por casualidad un descubrimiento arqueológico cerca del poblado de Nag Hammadi, en el Alto Egipto. Este se ha convertido en fuente imprescindible de estudio para los historiadores de las religiones. Se trataba de 13 papiros, encuadernados en cuero, que muy luego despertaron el interés de todos los especialistas del mundo, ya que serían una de las pocas fuentes directas existentes de los llamados evangelios gnósticos. Entre los 52 textos descubiertos en Nag Hammadi se encontraban, entre otros, el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, el Apocrifón (literalmente libro secreto) de Juan, el Evangelio de la Verdad, y el Evangelio de los Egipcios (identificado como el Libro sagrado del Gran Espíritu Invisible) . También se encontraron entre ellos algunos atribuídos a seguidores directos de Jesús, tales como el libro secreto de Jaime, el Apocalipsis de Pablo, la Carta de Pedro a Felipe y el Apocalipsis de Pedro.

Muy pronto se comprobó que los textos encontrados en Nag Hammadi eran traducciones en escritura copta hechas hace unos 1.500 años de textos aún más antiguos. Los originales fueron escritos en griego, el mismo idioma del Nuevo Testamento. Si bien la datación de estos textos los sitúa alrededor de los años 300 a 400 D.C., ha habido discusión sobre el año en que pudieron haber sido escritos los textos primitivos. En todo caso, no pueden ser posteriores a los años 120-150 D.C. ya que Ireneo, el obispo ortodoxo de Lyon, escribiendo hacia el año 180 D.C. dice que los herejes se jactan de poseer más evangelios de los que realmente existen, y se queja de la gran circulación que han alcanzado dichos textos.

Los textos fueron encontrados enterrados, dentro de una vasija de greda, y habían permanecido prácticamente ignorados hasta hoy como resultado de la lucha infatigable dada en su contra por los cristianos primitivos. Todos los textos encontrados en Nag Hammadi habían sido denunciados como heréticos, por los cristianos ortodoxos, en la mitad del siglo II. Casi todo lo que se sabía de ellos, antes de su descubrimiento, procedía de lo que sus oponentes habían escrito para atacarles. El mismo Ireneo escribió cinco volúmenes titulados Refutación y derrocamiento de la falsamente llamada Gnosis, describiendo algunos de los textos a que nos estamos refiriendo como especialmente llenos de blasfemias.

A partir del siglo IV, tras la conversión al cristianismo del emperador Constantino, el castigo a los herejes fue más severo. La posesión de libros denunciados como heréticos se convirtió en delito y los ejemplares encontrados eran destruídos. Hasta los descubrimientos de Nag Hammadi no existían textos originales en los que pudieran estudiarse sus planteamientos. Desde que terminó su publicación, la que demoró cerca de 30 años por diversas dificultades de orden académico pues todos querían ser los primeros, se han multiplicado las investigaciones y existe una gran bibliografía sobre ellos.

Estas investigaciones han demostrado que la tradición cristiana representa sólo una pequeña selección de fuentes, elegidas entre docenas. Quién hizo la selección, por qué motivo, por qué se excluyeron los demás escritos, porqué fueron prohibidos como heréticos, qué los hacía tan peligrosos, son preguntas que tienen explicaciones políticas y sociales, además de religiosas. Los debates que promovían estos evangelios gnósticos eran cruciales para el desarrollo del cristianismo como religión institucional. Es por eso que a ideas cuyas implicaciones eran contrarias a dicho desarrollo, se les colocó la etiqueta de herejías, mientras que ideas que lo apoyaban implícitamente se consideraron ortodoxas.

Diferencias entre ortodoxos y gnósticos.

Después del descubrimiento de Nag Hammadi se pudo estudiar por primera vez la otra cara de la medalla, esto es, lo que los gnósticos atacaban de los ortodoxos. El Segundo Tratado del Gran Set señalaba: eramos odiados y perseguidos, no sólo por aquellos que son ignorantes (paganos) sino también por aquellos que creen estar promoviendo el nombre de Cristo, toda vez que están vacíos sin saberlo, no sabiendo quienes son, igual que animales estúpidos.

Para los gnósticos, la iglesia católica era una iglesia de imitación, una falsificación. Tales cristianos -decían- inmersos en una ciega arrogancia pretenden poseer la legitimidad exclusiva: Algunos que no entienden el misterio hablan de cosas que no comprenden, pero se jactan de que el misterio de la verdad
les pertenece a ellos solos. Alrededor del año 200, la controversia entre ortodoxos y gnósticos estaba en su punto más alto. Ambos creían representar la iglesia verdadera y se acusaban mutuamente de ser intrusos, hermanos falsos e hipócritas. La diferencia fundamental se centraba en quiénes podían formar parte de lo que ambos denominaban iglesia verdadera.

Según los gnósticos, aplicando criterios cualitativos, ellos representaban sólo a los pocos elegidos. El bautismo, por ejemplo, para ellos no significaba nada: mucha gente se sumerge en el agua y vuelve a salir sin haber recibido nada ( Evangelio de Felipe). En general – pensaban ellos – la comunidad simplemente imitaba. Ellos, en cambio, citando un dicho de Jesús: “Por sus frutos los conoceréis”, exigían pruebas de madurez espiritual para demostrar que se pertenecía a la iglesia verdadera.

Para los ortodoxos bastaba cumplir requisitos objetivos para ser miembro de la iglesia : confesar el credo, aceptar el ritual del bautismo, participar en el culto y obedecer al clero. A principios de la consolidación de la iglesia como institución, la unificación del movimiento era esencial y se eliminaron los criterios cualitativos para pertenecer a la iglesia. Valorar a cada candidato según su madurez espiritual, percepción o santidad personal – como pretendían los gnósticos – requería una organización mucho más compleja y además excluía a muchos. Para la iglesia era fundamental ser católica, es decir, universal, con la mayor cantidad de personas bajo su mando: Que nadie haga nada relativo a la Iglesia sin el obispo. Considérase válida la eucaristía celebrada por el obispo o por la persona que él designe… Dondequiera que el obispo ofrezca (la eucaristía), que esté allí presente la congregación, del mismo modo que la Iglesia Católica está dondequiera que está Jesucristo… No es legítimo ni bautizar ni celebrar ágape (banquete de culto) sin el obispo… Unirse al obispo es unirse a la Iglesia; separarse del obispo es separarse no sólo de la Iglesia, sino del propio Dios. (Ignacio, obispo de Antioquía, ortodoxo; Carta a los de Esmirna,8,1-2)

Ireneo, el crítico radical del gnosticismo decía que la verdadera gnosis es la que consiste en la doctrina de los apóstoles y la antigua constitución de la Iglesia a lo largo y ancho de todo el mundo. Para él, sólo la Iglesia Católica brinda un sistema de doctrina completo, proclamando un Dios único, creador y padre de Cristo, que encarnó, sufrió, murió y resucitó corporalmente de entre los muertos. Fuera de la iglesia no hay salvación: ella es la entrada a la vida; todas las demás son ladronas y salteadoras.(Ireneo, Adversus Haereses, IV.33.8)

Los gnósticos, por el contrario, afirmaban que lo que distingue la iglesia falsa de la verdadera no es su relación con el clero, sino el nivel de comprensión de sus miembros. Aquellos que son de la vida – declara
el Apocalipsis de Pedro – habiendo sido iluminados, discriminan por cuenta propia entre lo que es verdadero y lo que es falso. No tratan de dominar a los otros ni se someten a los obispos y diáconos, aquellos canales sin agua.

En el fondo, los gnósticos se preocupaban de su propio desarrollo espiritual como individuos, mostrándose indiferentes ante las responsabilidades de la iglesia con la comunidad.

Conocimiento Secreto.

A diferencia de los evangelios del Nuevo Testamento, los evangelios llamados gnósticos, se identificaban
a sí mismos como secretos. El Libro Secreto de Juan, por ejemplo, comienza ofreciendo revelar los misterios y cosas escondidas en el silencio que Jesús enseñó a sus discípulos. Estas serían enseñanzas ocultas a los ojos de los muchos.

En general, la gnosis no se presenta como una nueva religión. Lo que pretende es poseer el esoterismo (lo oculto, reservado) de religiones preexistentes: fundamentalmente del cristianismo, el judaísmo, el islamismo. Casi siempre los gnósticos fundan escuelas de iniciación, en que van comunicando los misterios a los aspirantes a medida que maduran, por medio de revelaciones sucesivas.

En la gnosis cristiana Jesús es considerado el poseedor de secretos salvadores. Después de su ascensión a los cielos, habría impartido una enseñanza secreta indispensable para comprender el sentido oculto de
los evangelios. Y del mismo modo como Jesús reservó esta enseñanza a un grupo reducido de discípulos de ambos sexos, la instrucción de los misterios gnósticos se dispensa sólo a unos pocos dignos de ella. Pocos pueden poseer este conocimiento; uno entre mil, dos entre diez mil. (Evangelio de Tomás).

Tipo de Conocimiento.

Este secreto es un verdadero conocimiento (gnóstico viene del griego gnosis, palabra que suele traducirse como conocimiento). Pero gnosis no significa conocimiento racional. La lengua griega distingue entre conocimiento científico o reflexivo (teoría) y conocimiento por observación o experiencia, que es la gnosis. Tal como la utilizan los gnósticos se podría traducir como intuición ya que la gnosis entraña un proceso intuitivo de uno mismo.

Al estudiar los textos gnósticos se puede ver que se trata menos de un conocimiento , que de una revelación secreta y misteriosa… “la gnosis es una experiencia interior destinada a convertirse en estado inamisible (del latín inamissibilis: que no puede perderse), a través del cual, en el curso de una iluminación que es regeneración y divinización, el hombre se encuentra en su verdad, vuelve a recordar y adquiere otra vez consciencia de sí mismo, o sea que conoce simultáneamente su naturaleza y origen auténticos. A través de esta experiencia se conoce o se reconoce en Dios, conoce a Dios, aparece ante sí mismo como emanado de Dios y ajeno al mundo, adquiriendo así, con la posesión de su yo y de su verdadera condición, la explicación de su destino y la certidumbre definitiva de su salvación, al descubrirse merecidamente salvado para toda la eternidad”.

Un conocimiento tal, una revelación semejante convierten a quien lo posee en un ser prestigioso, pues un hombre es un ser viviente divino, que no debe ser comparado con los demás seres vivientes, sino con los que habitan allá arriba, en el cielo, y que se llaman dioses,

La gnosis – simbolizada por el fuego – arranca el alma del elegido del espeso sueño en que se hallaba sumida. Una vez que ha sido alcanzada constituye un conocimiento total, inmediato, que el individuo posee enteramente o del que carece en absoluto, que abarca al Hombre, al Cosmos y a la Divinidad. Para los gnósticos es ese conocimiento lo que salva al individuo.

Camino al Conocimiento.

Según los gnósticos, Jesús vino al mundo a señalar la senda para encontrar el camino del conocimiento. Más que ofrecer una serie de respuestas, lo que él buscaba era ser un estímulo para iniciar una búsqueda: Buscad e inquirid sobre los caminos que debiérais seguir, pues no hay nada tan bueno como esto (Enseñanza Autorizada; Texto de Nag Hammadi,34,20-23).

Los cristianos ortodoxos rechazaban la idea gnóstica que el conocimiento de Dios pudiera lograrse conociéndose a sí mismo . Ellos postulaban el conocimiento de Dios sólo a través de Cristo: Le dice Tomás: Señor, no sabemos a donde vas, cómo podemos saber el camino?. Responde Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Este texto de Juan (Juan, 145-6) es contado levemente distinto por los evangelios gnósticos, El Diálogo del Salvador, por ejemplo, cuenta que cuando los discípulos hicieron esa pregunta a Jesús, éste respondió: el lugar a que podéis llegar, colocaos allí!. El Evangelio de Tomás relata que Jesús se habría limitado a decir: Hay luz dentro de un hombre de luz e ilumina al hombre entero. Si no brilla es oscuridad. Ambos dichos lo que hacen claramente es dirigir al hombre hacia sí mismo, hacia la luz de adentro.

Para los gnósticos, los ortodoxos no buscan … a Dios … no inquieren acerca de Dios… el hombre insensato oye la llamada, pero ignora el lugar de donde ha sido llamado. Y no pregunta, durante la prédica, Dónde está el templo en que debería entrar para adorar? (Enseñanza autorizada, 33, 3-44). Se limitan a creer las prédicas que oyen, sin hacer preguntas, aceptando el culto y, lo que es peor, censurando a quienes preguntan acerca de su salvación.

Edgar Cayce

Edgar Cayce

EdgarCayceDesde la infancia, Edgar Cayce (1877-1945) sabía que él era alguien diferente, y eso no le gustaba. Todo había empezado cuando estaba en su Kentucky natal, el día en que el maestro de la escuela le había dicho
a su padre:

Lo siento, Leslie. pero he llegado a pensar que tu hijo es un débil mental. No quiere aprender o, tal vez, no puede. Ayer ha estado tranquilo durante toda la clase sin apartar los ojos del pizarrón. Y bien, cuando le he pedido algo tan simple como deletrear una palabra, se ha quedado con la boca estúpidamente abierta, incapaz de pronunciar una sola letra.

El maestro no se había equivocado. A los diez años, Edgar Cayce era un mal alumno, muy tranquilo, pero distraído y soñador, siempre absorto en no se sabía qué secretos pensamientos. En realidad, Edgar a esa edad sólo se interesaba en la lectura de la Biblia y en las conversaciones que sostenía con amiguitos imaginarios o con su abuelo difunto. Su madre, que estaba al tanto de tales hechos, los consideraba con indulgencia; pero el padre, Leslie Cayce, no entendía las cosas de esa manera. Era un granjero bastante orgulloso como para no tolerar el tener por hijo a un desastroso estudiante. Después de su conversación con el maestro, volvió a la granja, muy decidido a enseñar ortografía a su hijo, aunque fuera por la fuerza.

Durante una larga tarde, Edgar se encontró así frente a frente con su padre. Este, después de haber deletreado todas las palabras de la lección, lo interrogaba a intervalos regulares, siempre con el mismo resultado negativo, a tal punto que el niño, agotado, terminó por dormirse sobre el libro. Cuando el padre se percató de ello. temiendo haber sido demasiado severo, lo despertó de una palmada y le ordenó irse a la cama.

– Eres un asno – gruñó decididamente me desesperas.

– Creo que sé mi lección ahora – contestó entonces el niño, pudiendo deletrear claramente y sin ningún error todas las palabras contenidas en el libro, aun aquellas que el padre no le había preguntado.

Edgar Cayce había aprendido su lección durmiendo. Al día siguiente, el padre esparció esta noticia, a pesar de no comprender nada de lo ocurrido, pero derivando de ello, de todas maneras, un ingenuo orgullo. El maestro, escéptico, pidió a Edgar repetir la hazaña. Ante la estupefacción general, el niño aprendió con una facilidad desconcertante, después de haber dormido algunos minutos, el contenido de sus libros de historia y de geografía.

Algunos días más tarde realizó un nuevo prodigio que aumentó su flamante popularidad. Una tarde, después de la escuela, Edgar llegó a su casa en un estado de excitación inhabitual. Visiblemente, tenía fiebre. Lo metieron a la cama y no tardó en caer en una especie de coma. Toda la familia, inquieta rodeaba el lecho
del niño enfermo sin saber qué hacer, hasta que en su delirio, él empezó a hablar con voz clara y autoritaria:

– Recibí una pelota de béisbol en la espalda – dijo – La única manera de sanarme es de hacer una cataplasma especial y aplicármela en la nuca. Pronto, si no, mi cerebro arriesga quedar irremediablemente dañado.

Siempre dormido, dio los nombres de algunas hierbas que debían servir para preparar la cataplasma. Sus padres, vivamente impresionados, prepararon la receta rápidamente. A la mañana siguiente , Edgar se despertó como de costumbre, sin dar ningún signo de la enfermedad que en la víspera había inquietado tan fuertemente a sus padres.

– Mi hijo es capaz de todo cuando duerme pregonaba por todas partes su padre.

– Tú tienes un don, Edgar – le dijo su abuela maravillada.

Verdaderamente – pensó entonces el niño, que ignoraba el sentido de la palabra clarividencia – no soy como todo el mundo . Sin que se lo dijera a nadie, esa idea no dejaba de atormentarlo.

Ser como todo el mundo… era la principal ambición de Edgar cuando, a la edad de veintidós años se instaló con sus padres en Hopkinsville y comenzó a trabajar como vendedor en una librería. A pesar de su don, los recursos de su familia no le habían permitido hacer estudios secundarios y había renunciado a la esperanza de ser médico o pastor, de cuidar los cuerpos o las almas. En esa época se había encontrado
con la que debía ser su compañera en los buenos y malos momentos, y no aspiraba más que a juntar el dinero suficiente para fundar un hogar. En la vida cotidiana, su extraño don de clarividencia le servía a veces para adivinar los deseos de sus clientes, para encontrar objetos perdidos , para sorprender a sus superiores con una memoria impactante y rápida; pero él prefería no pensar sobre ello. Las cosas habrían continuado de esta manera, si su prometida, Gertrudis, no le hubiera planteado un caso de conciencia que debía tener resultados imprevisibles:

– Edgar – le dijo ella un día – yo soy la más dichosa de las mujeres; pero, hay algo que me inquieta. Tú no hablas jamás de esos dones extraños, de esos poderes que posees. No querrías saber cuáles eran los designios de Dios al dártelos? Por qué no entras en lo profundo de ti y rezas para que Él te ayude a encontrar el empleo de esos dones?

– Estoy demasiado ocupado en ganarme la vida, Gertrudis – respondió Edgar en un tono sin réplica.

Pero en esa noche misma, fue presa de violentos dolores de cabeza que persistieron durante varios días,
en tanto que su voz se debilitaba hasta llegar a ser un cuchicheo imperceptible.

– Es un signo – gritó Gertrudis aterrorizada – No tienes el derecho de dilapidar un don que tú sólo en el mundo posees.

– Es una inhibición de los centros nerviosos – declararon los médicos una afonía, un curioso síntoma histérico.

Lo que fuera, durante varios meses ningún tratamiento pudo devolver a Edgar su voz normal, ni siquiera los intentos de un hipnotizador renombrado que se sentía seguro de tener éxito en curarlo. Fue entonces cuando Alan Layne entró en escena.

Desde siempre Alan Layne soñó con ser médico. Su falta de dinero y su mala salud le habían impedido seguir esos estudios. Se consoló tomando cursos de osteopatía por correspondencia. Habiendo oído hablar del caso de Edgar, le propuso hipnotizarlo él mismo. La experiencia fue intentada. En presencia de Layne, Cayce se abismó en un trance profundo, se auto diagnosticó una parálisis de las cuerdas vocales debida a una tensión nerviosa excesiva e indicó qué sugestiones debían serle hechas para restablecer un circuito nervioso normal. Al despertar, su voz volvió a ser fuerte y clara. Layne, maravillado, le pidió repetir esa experiencia con él mismo, Edgar describió todos los síntomas de Layne, le explicó exactamente todo lo que no funcionaba bien en él y le dio una lista detallada de los tratamientos que necesitaba para sanarse, incluidos los medicamentos que debía tomar. Layne cumplió estas indicaciones al pie de la letra y en un
par de semanas había recuperado la salud. Así Edgar Cayce había devenido un sanador, a pesar suyo. Debía empezar una nueva vida para él, una vida que no tenía nada de común con la existencia de un hombre normal.

La noticia de estas dos curaciones rnilagrosas se extendió rápidamente por la ciudad y numerosos enfermos incurables solicitaron de Edgar Cayce un diagnóstico , una sanación si fuera posible. Agitado por una grave crisis de conciencia, presionado por Layne y por su prometida, Gertrudis, Edgar dudaba todavía. Su más querido deseo había sido siempre ser útil, servir a sus semejantes , sanar; pero en tales condiciones, tenía derecho a hacerlo? Su primera reacción fue negativa. Quiso expresar a Layne su rechazo, pero, por segunda vez la ansiedad le hizo perder la voz. Nueva afonía, nuevo síntoma histérico, nuevo signo de lo Desconocido tal vez. Después de esta segunda prueba, Edgar se resignó a aceptar su destino. Se le pedía sanar, él sanaría. Bajo ciertas condiciones, sin embargo.

A contar de ese día, empezó a trabajar en equipo con Layne, quien transcribía las lecturas o diagnósticos obtenidos por el examen interno del paciente practicados por Cayce en estado de trance, durante el cual se paseaba literalmente al interior del cuerpo del enfermo. Para no dejarse influir por la presión de la multitud que quería consultarlo, rehusó tener contactos personales previos y aceptar pagos por sus servicios. Su anhelo era el de ser reconocido por los médicos aunque estos, la mayor parte del tiempo, alzaban los hombros ante el anuncio de sus diagnósticos, considerándolos imprevisibles, desconcertantes, descabellados y, sin embargo, justos. Qué importaba! Cayce tenía su conciencia tranquila. El no era un charlatán. Para mantener muy modestamente a su familia, ejercía otra profesión, repartiendo su tiempo entre un laboratorio fotográfico ( su verdadero oficio) y sus consultas psíquicas. Por lo demás, acaso no veía lo que los médicos no podían ver?

Edgar materializaba los cuerpos de sus pacientes a distancia. Era capaz de distinguir claramente un botón de plástico, indiscernible en una radiografía, que, atascado en la garganta de una niñita, amenazaba asfixiarla. Algo más extraño todavía, daba consultas anticipadas para enfermos desconocidos que iban a presentarse en los días siguientes, y prescribía medicamentos todavía en estudio o pociones caídas en el olvido después de cincuenta años. Al salir de sus trances, no se acordaba de nada.

Qué he dicho?, balbuceaba ansioso. Se le citaban nombres de remedios desconocidos, plantas, incluso substancias venenosas. Sólo podía sacudir la cabeza: Tengo tanto temor de cometer un error .. .

Pero él no se equivocaba. Las drogas o las manipulaciones de la columna vertebral que ordenaba, se revelaban siempre eficaces. Por otra parte, sabía que si dudaba, lo amenazaba la ansiedad, y la crisis de afonía estaba en acecho. El aceptaba entonces lo que consideraba como su misión, con una sola reserva: no quería aceptar honorarios, tampoco quería que su don fuera utilizado para otros fines que los medicinales.

Después de haber fijado tan categóricamente sus condiciones, fue con una gran amargura que Cayce se enteró un día que Layne, su amigo, su hombre de confianza, único testigo de sus trances hipnóticos, abusaba de su don. La visita de un propietario de minas en Nortonsville (Kentucky) vino a poner en evidencia la superchería:

– Mi mina es próspera gracias a usted – había declarado – He venido a agradecérselo. Es usted quien ha descubierto mi filón.

– Yo he hecho eso! – exclamó Cayce desconcertado. Así, que no contento con presionarlo continuamente para que aceptara honorarios contra su voluntad, Layne no había respetado el convenio. Dolorosamente herido por sentirse un instrumento en las manos de su asistente, Edgar Cayce siguiendo los consejos de un amigo médico, Dr. Blackburn – decidió romper esa asociación y someterse a diferentes tests delante de una asamblea de médicos. Estos, después de haberle clavado agujas en el cuerpo y un alfiler de sombrero debajo de las uñas, llegaron a la conclusión de que había una perfecta anestesia en un estado alterado de consciencia; pero se retiraron sin pronunciarse sobre sus talentos médicos.

Aquello ocurría en 1906 y el renombre de Cayce no hacía más que aumentar. Se le pedía entonces hacer predicciones sobre los valores bursátiles, identificar criminales. Cuando aceptaba prestarse a estas demandas se le producían jaquecas intolerables. El no deseaba más que sanar y curar, como se lo aconsejaba una voz interior. En forma semi legal, retomó sus consultas haciéndose asistir, primero, por el Dr. Blackburn, quien le daba confianza, y luego por un homeópata llamado Wesley Ketchum. Este, durante una sesión de hipnosis, le había pedido – sin que Edgar lo supiera – que explicara sus extraños poderes.
Mi cerebro – respondió Cayce dormido – es sensible a la sugestión, igual que los subconscientes de todas las otras personas, pero el mío tiene el poder de interpretar lo que él obtiene del subconsciente de los demás. El subconsciente no olvida nada. El consciente recibe las impresiones del exterior y las transfiere
al subconsciente donde ellas permanecen aun si el consciente es destruido . Aparentemente, cuando estaba en trance, se despertaba una inteligencia diferente en Cayce, una inteligencia capaz de seleccionar y de utilizar instantáneamente todo el conocimiento circulante en la humanidad.

La Meditación

La Meditación

El interés que el tema de la meditación ha despertado, pone de manifiesto una necesidad mundial que exige una clara comprensión. Donde existe una tendencia popular hacia cualquier dirección centralizada y firme, podemos cerciorarnos que de ello surgirá algo que la raza necesita en su marcha progresiva. Lamentablemente la meditación está considerada, por los que opinan superficialmente, como un modo de orar. Sin embargo, en la correcta comprensión del proceso de la meditación y de su acertada adaptación a las necesidades de nuestra civilización moderna, se hallará la solución de las actuales dificultades pedagógicas y el método por el cual será posible llegar a la comprobación de la existencia del alma, ese algo viviente que llamamos alma a falta de un término más adecuado.

Respecto a si todos los aspirantes tienen la posibilidad de realizar este arduo trabajo, debe recordarse, desde el principio, que el mismo impulso de emprenderlo puede indicar que hay una demanda del alma para entrar en el sendero del conocimiento. Nadie debe desalentarse si descubre que le falta algo esencial en
las cualidades requeridas. La mayoría de nosotros somos más inteligentes y estamos más adelantados y mejor dotados de lo que creemos. Todos podemos empezar a practicar la concentración desde ahora. Poseemos gran conocimiento, poder mental y aptitudes que no han pasado desde la región del subconsciente a la utilidad objetiva. Cualquiera que haya observado en el principiante los efectos de la meditación, corroborará esta afirmación, que a veces confunde al meditante, que no sabe qué hacer con su descubrimiento. Los resultados del primer paso en la disciplina de la meditación, o sea la concentración, son a menudo sorprendentes. El individuo se encuentra a sí mismo; descubre aptitudes ocultas y una comprensión, incluso del mundo fenoménico, que le resulta milagrosa; en forma repentina se da cuenta de
la existencia de la mente y de que puede utilizarla; la distinción entre el Conocedor y el instrumento de Conocimiento se hace cada vez más clara y reveladora. Al mismo tiempo se produce una sensación de pérdida. Los antiguos estados soñolientos de beatitud, que proporcionan la oración y la meditación mística, desaparecen, dejando temporalmente una sensación de aridez, de falta de algo, de vacío, que es por lo general desesperante. Ello se debe a que el foco de la atención se ha alejado de las cosas de los sentidos, no importa cuán bellas sean. Las cosas que la mente conoce y puede registrar no están todavía registradas; tampoco el mecanismo sensorio hace los usuales impactos sobre la consciencia. Es un período de transición, que debe soportarse hasta que este mundo nuevo empiece a hacer su impresión sobre el aspirante. Esta es una razón por la cual la persistencia y la perseverancia deben desempeñar su parte, particulamente en las primeras etapas del proceso.

Uno de los primeros efectos de la práctica de la meditación es, generalmente, una creciente eficiencia en
la vida diaria, ya sea en el hogar, en el trabajo o en cualquier campo de actividad humana. La aplicación mental a la obligación de vivir es en sí un ejercicio de concentración y produce notables resultados. Que el hombre alcance o no la iluminación mediante la práctica de la concentración y la meditación, siempre habrá logrado mucho, habrá enriquecido grandemente su vida, aumentado su utilidad y poder, y ensanchado su esfera de influencia.

Por lo tanto, desde el punto de vista puramente mundano, es útil aprender a meditar. Quién podrá decir
que una mayor eficiencia en la vida y en el servicio no sea un paso en la senda del progreso espiritual,
como lo son las visiones del místico? Los efectos espirituales de la aplicación mental que nuestro mundo comercial occidental pone de manifiesto puede ser, en último análisis, una contribución total y valiosa al esfuerzo espiritual, como los efectos observados en el mundo del esfuerzo religioso organizado. Confucio nos enseñó hace siglos que los instrumentos de la civilización eran de carácter altamente espiritual, por constituir el resultado de las ideas. Hu Shih dice en los interesantes comentarios de su libro Hacia dónde va la Humanidad:

Una civilización que emplea al máximo el ingenio y la inteligencia humana en la búsqueda de la verdad, a fin de controlar la naturaleza y transformar la materia para servir a la Humanidad, que libera al espíritu humano de la ignorancia, de la superstición y de la esclavitud de las fuerzas de la naturaleza, y reforma las instituciones sociales y políticas en beneficio de la mayoría, es altamente idealista y espiritual.

Nuestra idea sobre lo que constituye la espiritualidad se ha ampliado constantemente, Hemos visto a muchos miles de seres humanos que, por el deseo, el sentimiento y las reacciones de la naturaleza emocional, han alcanzado el punto en que se han visto obligados a trasmutar el deseo en aspiración, el sentimiento en sensibilidad hacia las cosas del espíritu, y el amor a sí mismos en amor a Dios. Así se forma el místico.

Por el empleo de la mente en el mundo de los negocios, en las profesiones, en la ciencia y en el arte, hemos presenciado dos hechos sorprendentes: grandes empresas organizadas, basadas en el interés egoísta y en las ideas materiales, han llegado a una condición en la que han adquirido consciencia grupal; por primera vez se ha considerado la interacción y el interés grupal de la mayoría. Estos resultados son puramente espirituales e indican una creciente consciencia del alma, y son débiles indicios de la fraternidad de las almas. La ciencia aplicada se ha desarrollado en todos los campos de tal manera que ha penetrado en la región de la energía y de la metafísica pura. El estudio de la materia nos ha conducido a la región del misticismo y del transcendentalismo. Ciencia y Religión se están dando la mano en el mundo de lo invisible y de lo intangible.

Los pasos son dados en la dirección debida. Una vez que las facultades mentales se hayan desarrollado racialmente, gracias a nuestra técnica occidental en el mundo comercial (una vasta escuela de concentración), inevitablemente habrá una trasmutación análoga en la naturaleza emocional. Entonces se podrá reorientar la mente hacia valores más reales y elevados y enfocada en una dirección distinta a la de la vida material. Así se formará el Conocedor.

Por lo tanto, todo aquel que no sea puramente emocional, que posea una regular educación y que esté dispuesto a trabajar con perseverancia, puede emprender con buen ánimo el estudio de la meditación. Puede empezar a organizar su vida con el fin de dar los primeros pasos hacia la iluminación, siendo ésta
una de las etapas más difíciles. Téngase presente que todos los pasos iniciales son difíciles porque hay
que contrarrestar hábitos y ritmos habituales para implantar nuevos. Pero una vez que los pasos han sido dados y los hábitos dominados, el trabajo resulta más fácil. Es más difícil aprender a leer que comprender un libro difícil.

La antigua ciencia de la meditación, el camino real hacia la unión como se la ha llamado, puede también denominarse la ciencia de la coordinación. Hemos aprendido, gracias al proceso evolutivo, a coordinar la naturaleza emotivo-sentimental y el cuerpo físico en tal forma que estos estados son automáticos y a veces inevitables. El cuerpo es ahora un simple autómata, el esclavo del deseo superior o inferior, bueno o malo. Hay ya quienes coordinan la mente con estos dos aspectos. Valiéndonos de nuestros sistemas educativos, fusionamos en una unidad coherente la suma total que constituye el ser humano, es decir, los aspectos mental, emocional y físico. Mediante la concentración y los posteriores aspectos de la práctica
de la meditación, se acelera grandemente esta coordinación: sigue más tarde la unificación de esta trinidad con otro factor, el factor alma. El ha estado siempre presente, así como la mente lo está en los seres humanos (salvo en los idiotas), pero se mantiene pasiva hasta el momento oportuno, cuando se haya realizado el trabajo necesario.

El investigador interesado comprenderá que en este trabajo a realizar la primera cualidad que necesita es perseverancia. Se puede observar que existen dos cosas que ayudan en la obra de coordinación: primero, el esfuerzo por controlar la mente y procurar una vida concentrada. La vida de consagración y de dedicación, tan característica del místico, cede su lugar a la vida de concentración y meditación, característica del conocedor, la organización de la vida mental en todo momento y en todas partes. Segundo, la práctica regular de la concentración, todos los días a la misma hora, si es posible, proporciona una actitud centralizada y ambas significan éxito, La primera condición, o la organización de la vida, exige algún tiempo, pero puede iniciarse de inmediato. La segunda, o el establecimiento de determinados períodos de concentración, puede iniciarse también en cualquier momento, pero el éxito depende de dos cosas: regularidad y persistencia.

En el primer caso, además de la persistencia, el éxito depende también de la imaginación, Por medio de ella asumimos la actitud del Observador y del Perceptor. Nos imaginamos ser el Uno que está pensando -pero no sintiendo- y constantemente guíamos con firmeza nuestros pensamientos por líneas elegidas, obligándonos a pensar lo que decidimos pensar, y rechazando los pensamientos que queremos excluir, no por el método de la inhibición, sino por el de despertar un interés dinámico en alguna otra cosa. Le debemos negar a nuestra mente que divague a voluntad o que sea impulsada a la actividad por nuestros sentimientos y emociones o por las corrientes mentales del mundo circundante. Nos obligamos a poner atención en todo cuanto hacemos, ya sea la lectura de un libro, el desempeño de nuestras tareas en el hogar o en el negocio, la vida social o la profesional, una conversación con un amigo, o cualquiera sea la actividad del momento.
Si la ocupación es de tal naturaleza que se pueda realizar instintivamente y no exige el empleo activo del pensamiento, podemos elegir una línea de actividad mental o secuencia de razonamiento, y seguirla comprensivamente mientras nuestras manos y ojos están ocupados en el trabajo a realizar.

La verdadera concentración nace de una vida concentrada y regida por el pensamiento. El primer paso para el aspirante es empezar a organizar su vida diaria, y regularizar sus actividades para que su vida tenga un enfoque y una centralización. Esto pueden obtenerlo quienes tengan bastante interés como para hacer el esfuerzo necesario y sean capaces de llevado a cabo con perseverancia, siendo el primer requisito básico. Cuando podamos organizar y reajustar nuestras vidas, demostraremos el temple y la fuerza de nuestro deseo. Como se verá, para el individuo de vida centralizada no cabe negligencia en el deber. Desempeña sus deberes familiares, sociales, comerciales y profesionales completa y eficientemente, y aún encuentra tiempo para los nuevos deberes que su aspiración espiritual le presenta, porque está comenzando a eliminar de su vida todo lo que no sea esencial. No tratará de evadir obligaciones, porque el hombre de mente enfocada puede hacer más en menos tiempo y obtener mejores resultados de sus esfuerzos. La persona regida por sus emociones derrocha mucho tiempo y energía y realiza menos que la persona mentalmente enfocada. La práctica de la meditación es mucho más fácil para el individuo entrenado en los métodos comerciales – quien se ha elevado al rango de ejecutivo – que para el empleado rutinario e irreflexivo, o la mujer que hace vida puramente social o familiar. Estos tienen que aprender a organizar sus vidas y abandonar sus actividades no esenciales. Son los que siempre están demasiado ocupados para todo, y les resulta difícil encontrar veinte minutos cada día para la meditación, o una hora para el estudio. Están tan atareados con las amenidades sociales, con la rutina de la casa, con la multitud de pequeñas actividades y conversaciones sin sentido, que no llegan a darse cuenta que la práctica de la concentración les permitirá hacer mucho más de lo que están haciendo, y mejor.

Un ejecutivo entrenado, de vida activa y plena, puede hallar tiempo para el alma más fácilmente. Siempre dispone de tiempo para algo más. Ha aprendido a concentrarse y frecuentemente a meditar, todo lo que necesita es cambiar el foco de su atención.

El Inconsciente Colectivo

El Inconsciente Colectivo

En la década del 30 del siglo pasado aparecen los experimentos de percepción extrasensorial (PES) de
J. B, Rhine y otros, quienes, a través de la adivinación de figuras dibujadas sobre naipes, obtuvieron resultados muy superiores a la probabilidad estadística. Los experimentos se realizaron en condiciones diversas de tiempo: adivinación simultánea, o pasada o futura, de las cartas que saldrían. El espacio entre ambos participantes variaba desde la habitación vecina a cientos de kilómetros de distancia. Los resultados evidenciaron una relatividad psíquica de ambos factores. Esto es, los sujetos obtenían un porcentaje de respuestas acertadas superior a la probabilidad matemática, no mermado por el tiempo o el espacio. Lo único que hacía disminuir el rendimiento era la falta de interés, de entusiasmo o de expectativas de los participantes por los resultados, Según Jung: Los experimentos de Rhine demuestran que, en relación con la psique, el espacio y el tiempo son, por así decirlo, elásticos, por cuanto pueden, al parecer, reducirse a voluntad aproximadamente a cero. Vale decir, parece como si dependieran de condiciones psíquicas y no existieran en ellos mismos, sino que fuesen sólo puestos por la consciencia.

Fue justamente este tipo de deducción la que hizo surgir detractores que adjudicaron los resultados a arreglos y arbitrarias interpretaciones inconscientes. Efectivamente, el substrato era el Inconsciente, pero exento de cualquier arreglo o interpretación que implicaría llevarlo a una categoría consciente y de tiempo lineal imposibles. Dice Jung: En sí mismos, espacio y tiempo consisten de nada. Son conceptos hipostasiados provenientes de la capacidad discriminatoria de la mente consciente y forman las coordenadas indispensables para la descripción de la conducta de los cuerpos en movimiento. Por lo tanto, son esencialmente de origen psíquico, y ello parece haber sido la razón que movió a Kant a concebirlos como categorías a prior… Tal posibilidad (su relativización), empero, se presenta cuando la psique observa no cuerpos externos, sino a sí misma.

Las respuestas acertadas de los experimentos provendrían de lo que el psiquiatra suizo llamó el Inconsciente Colectivo, suerte de pozo común, idéntico a sí mismo en todos los hombres, y del que no habría posibilidad de percepción directa voluntaria. Su contenido sería todo lo sentido, imaginado o temido por la especie, organizado en arquetipos. Algo así como el ADN de la humanidad, Este contenido, al ser psíquico, tendría una carga afectiva. De ahí la proporcionalidad directa entre emoción del participante y número de aciertos. Imaginando el consciente y el inconsciente como opuestos en una balanza, al bajar un extremo, el otro tiende a subir facilitando el deslizamiento de contenidos de un lado al otro. Al focalizar la atención interesada en un punto pequeño, como el dibujo del naipe, la consciencia general disminuye, posibilitando que el inconsciente invada ese espacio. Se evidencia que en este inconsciente colectivo existe un saber a priori, como lo llamó Jung o, en otras palabras, allí se han fundido el pasado, presente y futuro en un presente continuo. A mayor intensidad del estado emocional, mayor disminución de la consciencia y mayor declive para el surgimiento del inconsciente colectivo, cuyo contenido implica necesariamente su preexistencia a la consciencia individual.

En ciertas circunstancias, fragmentos del saber absoluto de este inconsciente pueden filtrarse y ser detectadas por un sujeto que percibe su paralelismo con un hecho externo. Este saber absoluto sería en alguna medida expresión de lo trascendente manifestado en todas las cosas. La Unidad es el flujo común del universo del que todos los elementos son células en recíprocas relaciones interdependientes. Debido a los contenidos extraídos de este inconsciente colectivo, a menudo con información imposible de obtener por el paciente. y a la evidencia de procesos psíquicos en personas en estado inconsciente, Jung concluyó en la imposibilidad de una ligazón de aquél con el cerebro físico. Incluso propone que este inconsciente colectivo sea el responsable de la organización de la materia en las formas conocidas.

A partir de las primeras décadas del pasado siglo, la física produjo el más espectacular de los vuelcos en toda la concepción de la materia y, por lo tanto, del universo. Cuando los científicos intentaron disecar el archiconocido modelo del átomo semejante a un mini-sistema solar, se sorprendieron con el hallazgo de
que las partículas atómicas y subatómicas no se comportaban en absoluto de acuerdo a las teorías formuladas. Más aún, las tales partículas fundamentales ni siquiera podían ser localizadas en un lugar preciso, ni menos con un comportamiento regular o predecible.

Hasta entonces, la ciencia había representado un papel de cierta omnipotencia, provocando la confianza generalizada de que, lo que aún no podía cuantificarse, no se tardaría en hacerlo: sólo era cuestión de tiempo. Como Dios, o la causa primera, no sería posible demostrarla, la ciencia se alejaba de ella, ignorándola; pero la materia, su consecuencia última, podría desmenuzarse hasta la última partícula. Y he aquí que de pronto se encuentra con que estas partículas no terminaban en los electrones o neutrones, y que había un sinfín de otras subpartículas, de comportamiento aparentemente errático, imposibles de aislar en el espacio o el tiempo. No se podían medir, ni contar, ni establecerse leyes de su accionar, De ahí que fueran calificadas de quanto de energía en vez de partículas, ya que no tenían existencia independiente, sino más bien eran relaciones energéticas en una trama limitada cuyo comportamiento era sólo una probabilidad estadística.

La ciencia se había pasado siglos diferenciando el mundo vegetal del animal y del mineral, lo sólido de lo líquido y lo gaseoso, la onda de la partícula, la masa de la velocidad, la materia de la energía, etc., y de pronto sucede que a nivel fundamental no existe diferenciación alguna. Se comenzó a hablar del mundo real como un territorio sin límites, del que los objetos y fenómenos como entidades separadas serían una idealización, siendo sus cimientos un indeterminismo fundamental y absoluto: el entretejido sin costuras del universo

Con esta falta de distinción fundamental entre energía y materia, el universo retorna de su concepción de gran maquinaria a la de gran organismo, semejante a la de los antiguos sabios, pero esta vez a través del intelecto y el razonamiento experimental. Se religa lo que se había separado; se descubre nuevamente que todo causa a todo lo demás, que las cosas fluyen las unas en las otras formando patrones globales e inseparables, La supuesta objetividad científica se vuelve asimismo inexistente al desaparecer la distinción entre el científico, su experimento y sus conclusiones. El experimentador es su experimento y lo experimentado. 0 como dice Jung: nada hay fuera de la mente.

Los nuevos descubrimientos llevan a una concepción no rígida del universo en todos los planos. Los modelos fijos que otrora explicaran un segmento de la realidad habían funcionado bien, pero sus características estáticas los hacían perdurar incluso más allá de que hubieran sido invalidados por nuevos conceptos. Cada avance tenía que luchar contra el antiguo modelo para imponerse, rompiendo una barrera establecida. La relativización de la relación entre la materia allá afuera y el analizador interno obligan ahora a formas de pensamiento mucho más dinámicas, flexibles y abstractas. Se abre una posibilidad infinita de descubrir estratos subatómicos que pudieran explicar científicamente fenómenos tan inasibles como por ejemplo la vitalidad, la psique, el intelecto, y quién sabe cuánto más. Lo importante es que esta vez no se ha corrido el límite del conocimiento humano un poco más lejos, sino que éste se ha derrumbado y se sabe ya que será muy difícil volver a instalarlo. No por azar se reúnen en este siglo este tipo de descubrimiento con el derrumbe de otras fronteras, con el desarrollo exponencial de redes transnacionales de comercio, cultura, información y comunicaciones; con los signos de creciente tolerancia política y religiosa, etc. En suma, con la disminución del perfil de las polaridades, de los extremos, en pro de posiciones en la zona más central del espectro, que las trascienden. No hay duda de que estos efectos no hacen sino confirmar la aseveración junguiana de la preexistencia de la mente, de la que posteriormente podemos percibir sus manifestaciones en su otro polo, la materia.

La nueva física ha borrado el límite entre la Mente y la Materia. En la materia se descubre un substrato semiincognoscible cuya existencia sólo se detecta por el impacto producido en el nivel inmediatamente más tosco. De igual modo, la mente colectiva inconsciente es inaccesible en condiciones normales, infiriéndose su existencia de sus rastros intangibles surgidos en sueños, en el arte, en los grandes mitos, en la sincronicidad.

Para la física actual, la existencia de un objeto o partícula individualizable es producto de un fenómeno
local dentro de un campo cuántico fundamental que la sostiene. La partícula explícita, o desplegada del campo global, contiene la información de todo el campo, como éste de ella, pudiendo plegarse nuevamente
y dejar de existir como partícula. Asimismo, esta partícula transmite y recibe información hacia y desde el campo fundamental, en una acción cooperativa de conjunto capaz de hacer surgir formas radicalmente nuevas en determinados puntos críticos. Esto explicaría, por ejemplo, la complejísima transformación de ciertos vegetales y animales cuyo ambiente se alteró drásticamente en un momento dado, y que en la práctica se convirtieron en otra especie. La teoría de sobrevivencia de mutaciones al azar, más adaptadas
a las nuevas condiciones, no alcanzaba a explicar los cambios producidos simultáneamente sobre muchas estructuras y/o funciones de un organismo. El dicho popular que hacía reír a los científicos de hace unas décadas, la necesidad crea el órgano, estaría mucho más cerca de la realidad desde esta perspectiva.

La naturaleza se concibe ahora como un orden colectivo en el que cada elemento es a la vez interior y exterior a los demás, esto es, constituye parte del patrón global siendo al mismo tiempo un fenómeno local, Cada uno contiene, plegado en su interior, al universo entero, Se estima además que este campo cuántico fundamental tendría varios niveles, habiéndose detectado manifestaciones de al menos un segundo nivel, a través del cual se transferiría información a través de la partícula explicitada hacia el primer nivel. Lo interesante es el efecto generador de nuevas formas y relaciones del sistema, en una constante actividad creadora. Cada nueva forma creada genera un campo de memoria simultáneo que guía activamente el proceso y que facilita su reproducción, siguiendo la ruta de mayor economía y fluidez propia de la naturaleza. Podemos imaginar aproximadamente con este pequeño bosquejo, la complejidad de relaciones
e intercambio de información que puede ocurrir instantáneamente en el estrato fundamental, haciendo imposible su análisis en forma compartimentalizada.

Volviendo á la psique, podemos reconocer cómo Jung describió estos mismos procesos con un paralelismo asombroso, pero a través de la intuición reflexiva y la observación práctica. El mundo de los objetos encuentra su correspondencia en la partícula desplegada, la mente individual en el primer orden fundamental, el inconsciente colectivo en el segundo orden. La comunicación entre el mundo objetivo y el segundo orden parece funcionar fluída y permanentemente a través del intercambio continuo de información que ejerce transformaciones en ambos estamentos. Lo que sucede sólo en forma eventual es la comunicación entre el segundo orden y el primero, entre el inconsciente colectivo y la mente individual, donde el flujo encuentra una frontera. Cuando este bloqueo disminuye o desaparece por un instante, es posible recibir contenidos del plano objetivo de la mente, que en su carácter colectivo está impregnando todo el momentum. Al darnos cuenta, y con ello percibir el significado, el efecto será una comprensión nueva y ampliada, además del cese, aunque sólo sea por un instante, del sentimiento de separación que
nos limita con el entorno.

El inconsciente colectivo, como campo formativo cuyas partículas explicitadas serían los arquetipos, siempre está ahí, siempre es posible extraer contenidos de efecto generativo que amplíen nuestra consciencia y disminuyan nuestra fragmentación. Y hablamos del inconsciente como el segundo orden fundamental, pero está abierta la posibilidad de pesquisar otros niveles acaso mucho más sutiles y profundos a los cuales pudiéramos acceder, como, por ejemplo, aquél denominado por Jung como Supraconsciente.

Paralelamente, esta realidad indivisible que despliega tanto a la mente como a la materia y que conlleva una nueva comprensión, un saber indemostrable pero irrefutable, es la que han tratado de hacernos comprender los sabios místicos desde los más remotos tiempos. Pocos los han escuchado hasta que lo dijeron los científicos. Expresiones como en tí está tu propio cielo, conócete a tí mismo y conocerás a Dios; el concepto de unidad del Conocimiento, el Conocedor y lo Conocido expresado en el antiguo Bhagavad Guita; imágenes como la red de Indra budista, plagada de joyas, en cada una de las cuales está el reflejo de todas las demás; las sentencias del Tao Te King, las parábolas de Jesucristo… Miles podrían ser los ejemplos de esta sabiduría sintética, incluyente, de genuina intuición, a la que los científicos y terapeutas comienzan a acceder en occidente. Qué serían las llamadas experiencias-cumbre de los místicos sino el acceso a un orden exquisitamente sutil, profundo y penetrante? No es de extrañar, por lo tanto, el giro que ha tenido la relación del hombre con lo trascendente, en la que asume una posición mucho más activa y cocreadora de sí mismo y su entorno. Ni tampoco la gran cantidad de nuevos místicos entre los científicos modernos. Y es que no es posible establecer aquí con claridad las diferencias cuando las causas primeras y últimas se entrelazan.