Herman Hesse

Herman Hesse

La Infancia de un Mago

Tú lees a Hermann Hesse? ha sido una pregunta que he hecho muchas veces en mi vida porque me parece importante saberlo. Quiero saber algo de la persona a quien pregunto, algo central, una especie de complicidad, de participación de un secreto, de un misterio que no tiene un nombre muy preciso, pero que ahí está: yo sé que tú sabes lo que yo sé, no para todos, sólo para algunos. Siento un misterio en torno a Hesse, que es central en su vida, en sus novelas y maneras de ver el mundo. No le pregunto a otros si leen a Proust, Mann, Rilke o Eliot, no, no es lo mismo.

Hesse dice que a los trece años se dio cuenta de que quería ser poeta, todo su propósito de vida fue en torno a esta decisión, en una lucha con muchas dificultades. Decía que no había ninguna carrera que enseñara a ser poeta, era un camino que había que seguir con la propia orientación a través de la vida. Se nace poeta, no es poeta el que quiere llegar a serlo. Es un honor ser poeta, un poeta conocido y afortunado. Pertenecía a una familia de pastores protestantes, que habían vivido parte de su vida en la India, tanto sus padres como también su abuelo, lo que tendría gran influencia en su crecimiento, sus creencias y sus novelas. Su relación con su madre fue muy importante, lo que él destaca en su afición por
la música.

Nació en 1877, en Calw, al sur de Alemania. Su niñez la relata como llena de riquezas: Había adquirido importantes enseñanzas para la vida mucho antes de mis años de colegio. Conocía mi pueblo palmo a palmo, sus gallineros, sus bosques, sus huertos de frutas, sus talleres. Conocía sus arboles, sus pájaros, sus mariposas. Sabía muchas canciones. Sabía silbar. Su adolescencia fue muy dificil en la búsqueda de lograr ser escritor. Estudió dos años Teología, que luego dejó; desempeñó muchos oficios diversos: asistente de un taller mecánico, ayudante de una fábrica de relojes de torre, vendedor de libros y escritor
de poemas. Siguió estudios en forma personal. Entre mis 16 años y mis 20 años, no sólo Ilené cientos de cartillas con mis primeros ensayos de poeta. Conocí además la mitad de la literatura mundial y estudié con tenacidad la historia del arte, las lenguas y la filosofia, que hubiera bastado cumplidamente para unos estudios oficiales.

Los primeros libros que le hicieron ser y sentirse un real escritor fueron: Hermann Laucher , Peter Camenzind y Bajo la rueda, escritos entre 1901 y 1907. Todos de gran contenido autobiográfico y muy conectados con las dificultades de la adolescencia. En estos libros, como en toda su obra, sobresale su sensibilidad hacia la interioridad de las personas y la naturaleza, en una descripción de paisajes, viajes, amistades, amores, crisis, búsquedas, incertidumbres, siempre predominando lo poético y lo misterioso de estar en el mundo.

En 1911, junto con un amigo pintor, hace un largo viaje a la India, que tendrá mucha importancia en sus obras posteriores,

Antes de la Primera Guerra Mundial vive en Suiza. En 1914 entra en crisis con el militarismo alemán, con Alemania y sus gobernantes, siendo acusado de deslealtad y traición a la patria, por sus opiniones pacifistas y su crítica al gobierno. En esa época muere su padre y su matrimonio entra en serias dificultades por una enfermedad mental de su esposa. Se separan y él también es afectado profundamente por una gran crisis emocional. Todo su mundo se desmorona. …la pérdida de mi casa, de mi familia y de mis bienes y comodidades. Era un tiempo en que a diario me despedía y a diario me asombraba de que pudiera soportar y seguir viviendo y de que tuviera todavía cierto amor a la vida, que sólo me causaba dolor, desengaño, decepción y pérdidas. Se ve obligado a buscar ayuda. Es psicoanalizado por el Dr. Lang, discipulo de C. G. Jung, entre los años 1916 y 1917. Esta enfermedad, su crisis y su camino de salida pasan a ser muy marcadoras en la vida de Hesse. Tiene 40 años, alcanza una mayor conexión y comprensión de su propia persona y de su estructura interna. Todo esto pasa a tener gran influencia en el resto de su obra.

En 1919 aparece publicado Demián, donde se Iogra ver la influencia del psicoanálisis tanto como el cambio en la imagen que tiene de su vida. El mismo escribe en sus cartas que esta terapia fue para él muy importante en aclarar sus conflictos internos y su visión del mundo, pero que a nivel de la creación artística no cree que tenga una influencia importante, ni que através del psicoanálisis se pueda comprender lo artístico. Demián es llamada una novela educativa porque nos muestra el crecimiento de su personaje, Sinclair, con todas sus dificultades, teniendo como guía cercano o interior, a Demián, un joven más maduro que puede estar dentro o fuera de Sinclair. Muestra la niñez y la adolescencia con todas sus crisis, descubrimientos, incertidumbres y búsquedas. Es un relato interior donde desde la intimidad del personaje enfoca sus miedos, sus amores y admiraciones, sus símbolos y creencias, su permanente evoIución. Esta novela tuvo mucha aceptación en la juventud de postguerra europea.

Desde l919 vive en Lugano, Suiza, en un lugar que no dejará más, Montagnola. En 1921 se hace ciudadano suizo. Continúa su lucha por la paz y se asocia a otros escritores, como Romain Roland. En este período comienza una larga amistad con Thomas Mann.

En 1922 se publica Siddharta. Desde la niñez Hesse había sentido una gran cercanía con la India por sus padres y su abuelo. Esta novela es un relato poético, poema índico, sobre la vida de Siddharta que sigue muy de cerca la vida del Buda. Abandona el hogar, se une a un grupo de ascetas, aprende del Buda y luego vive una vida dedicada al mundo de los sentidos. Vuelve a la búsqueda personal y, después de muchas aventuras, termina trabajando como barquero en un río, donde logra su plenitud espiritual. La novela es como una leyenda llena de símbolos sobre el mundo y el destino del hombre, como el Río, Buda, la Totalidad, la Liberación del Samsara, lo Divino. Es una visión espiritual de la vida, la búsqueda de un sentido y de la interpretación del mundo.

Si en Siddharta se nos describe el proceso de la salvación de un hombre en un mundo lejano y místico,
en El Lobo Estepario, se nos trae a un mundo caótico y despiadado, donde Harry Heller vive su realidad de intelectual a los 48 años, donde apenas puede soportar el estar vivo, a pesar de una formación personal de gran inteligencia, erudición y honores académicos. Era un lobo entre los corderos de la sociedad burguesa, atrapado en sus propias contradicciones y ambigüedades, deseoso de ser cuidado, protegido y
a la vez querer destruir este sistema. Era un intelectual solitario, tenía una idea de hacia dónde podía caminar, pero no lo podía hacer por sí mismo. Estando al borde del suicidio, conoce a una mujer, Armanda, que lo comienza a conectar con sus emociones más primarias y su sensualidad. Por ella comienza una evolución interna hacia otra manera de verse a sí mismo. Por intermedio de otra mujer, María, y de Pablo,
un músico, llega al Teatro Mágico, donde tiene una visión y una vivencia de su ser interno real. Se conecta con los Inmortales, seres de un desarrollo superior, que han trascendido el mundo de los conflictos y las polaridades y viven en el espíritu. Ellos son de otra realidad y condenan a Harry Heller a la risa, a reírse de sí mismo, de lo que le sucede y del mundo.

En 1927 publica El Lobo Estepario y en 1930, Narciso y Golmundo. Esta última novela continúa la permanente pregunta de Hesse: Cómo superar la dualidad interna del ser humano? Cómo unir en paz la parte espiritual y mental, con la emoción, pasión y sentimiento? Es un conflicto permanente del ser humano, que aparece de diferentes formas en sus obras. Aquí es llevado a la Edad Media, en un convento católico, en dos personajes, dos monjes, que siempre sentimos que son uno solo. Narciso es asceta, introvertido, racional, claro, cierto, algo monótono y predecible como todo lo virtuoso. Goldmundo, Boca de Oro, es lo opuesto: sensual, extravertido, artista, buscando la parte femenina o a la Naturaleza, lleno de aventuras amorosas, peligros de muerte, mucho más humano que Narciso, más imperfecto, atrayente, por completarse, siempre busca a la Madre. Al final del relato se juntan, como las partes de un mismo ser. Por medio de la creación artística logran unirse los polos de espíritu y naturaleza. Es un relato de gran atractivo literario por su forma poética, los personajes tan opuestos, la presencia permanente de la muerte y el amor, y los misterios y conflictos de la Edad Media.

Hesse siempre buscó un ideal de vida en el espíritu, que muestra en forma parcial en sus novelas como
algo por alcanzar. En El Viaje al Oriente y el Juego de Abalorios desarrolla este ideal, procurando verlo desde adentro, como ya existente. Sus personajes centrales están en ese mundo, son parte y servidores de una comunidad, de un ideal de vida realizado en la tierra. Ya no son destinos individuales en lucha con sus demonios o lobos interiores, son destinos colectivos compartidos.

El Viaje al Oriente trata sobre un viaje interior, espiritual, de los miembros de una logia secreta. Externamente sucede en el sur de Alemania, Suabia, y en Suiza, lugares donde vivió Hesse. El personaje central se llama H. H. y el otro Leo, él es un dócil sirviente que complace a todos, el más humilde entre los humildes. El narrador es H.H., que para ello ha tenido que romper un voto de silencio sobre la orden. Por esto ya no puede relatar la verdad más profunda de este grupo, la que, al desertar, es olvidada. El secreto de la orden lo ha perdido, por lo que el intento del relato es muy dificil. En esta novela muestra la búsqueda del oriente personal y colectivo, con un relato de simultaneidad de diferentes épocas de la historia.

Escribir El Juego de Abalorios le llevó casi once años de trabajo. Es su última novela importante, para algunos su obra de mayor profundidad. Fué publicada en 1943. El relato se sitúa en el año 2400, en un momento catastrófico de la cultura occidental, de materialismo, guerras, ansiedad, dolor. Es tan grande la decadencia espiritual existente que se forma una provincia llamada Castalia, donde podrán mantenerse estos valores y desarrollar la música, la filosofia, las artes, entre personas que vivirán sólo para eso. Se relata la vida de Joseph Knetch (knetch significa siervo), que ingresa desde niño a esta comunidad y llega
a ser Maestro del Juego de Abalorios, (Magister Ludi).

Describir el juego de Abalorios no es posible, sólo se nos dan algunas ideas sobre éste. Se trata de una actividad que busca la unión y relaciones, y su posibilidad de intercambio y juego entre los diferentes aspectos del conocimiento espiritual humano. Es un anhelo de totalidad y simultaneidad entre el arte, la filosofia y la vida. Un ejemplo podría ser las relaciones e intercambios posibles entre una música de Bach, las variaciones del latín entre el siglo XIII y XV, y la pinturas de Giotto. Knetch hace un largo recorrido en esta comunidad espiritual, conoce sus problemas, propone cambios. Es influido por un monje benedictino,
el Pater Jacobus, en su visión del mundo y de Castalia. Luego de llegar a ocupar el rol más importante y representativo de este lugar, en un acto aparentemente paradójico, por una crisis interna se retira para
vivir una vida personal e individual y muere, inesperadamente, al nadar en un lago.

Algunas ideas permanentes en la obra de Hesse

El pensar mágico y la totalidad.
Hesse vivió una época de muchos cambios: las guerras, los cambios sociales, las doctrinas de Freud y de Jung, la teoría de la relatividad, los cambios en la literatura, en la pintura, y en la música, la pérdida de importancia de lo religioso y espiritual.

El creía que Europa vivía una franca decadencia cultural. Un mundo lleno de polaridades: materia-espíritu, paz-guerra, espíritu-naturaleza, demoníaco-angélico. La obra de Hesse está llena de estas dualidades en sus personajes, que luchan por encontrar un mundo más armónico que supere estos antagonismos, siempre tan dolorosos y llenos de conflictos: Demián-Sinclair, Harry Heller-Armanda, Paulo-Mozart, Siddharta -Govinda, Narciso-Golmundo, H.H.-Leo. Siempre presentes en el mundo de lo imperfecto, lo dificil, lo por realizar, la lucha por existir. Hesse plantea un camino mágicomístico, una unidad ontológica de la naturaleza y el espíritu, una posibilidad de abarcar los opuestos en lucha, incorporados en un nivel superior de consciencia. Tenía un interés no sólo teórico o de su fantasía creadora, sino ético, de encontrar un mundo de los mejores valores de la humanidad y poder vivirlos. Hay muchos símbolos de unión y totalidad: el agua, el río, el fuego, la idea de la Madre Universal y la Virgen, el Juego de Abalorios, el Buda, el Teatro Mágico, los Inmortales.

Las tres etapas del crecimiento.
Hesse sostenía, junto con otros autores y tradiciones religiosas, que el hombre nace en la inocencia – primera etapa – luego pasa al conocimiento, a los conflictos y a la desesperación – segunda etapa – y puede lograr, pocas veces, una vuelta a la inocencia – tercera etapa – como un estado espiritual y de servicio a la comunidad. Esta inocencia responsable es el logro del ser humano más evolucionado. El cree que sólo los artistas, los filósofos y los santos pueden llegar a esta etapa, luego de un largo camino de desengaño y crisis con el mundo habitual de la cultura y el conocimiento común. Se lograría una superación de los conflictos, unir los opuestos, encarnar y hacer vida los valores más altos de la cultura. La mayoría de las novelas de Hesse suceden en la segunda etapa, en que los personajes toman consciencia de las contradicciones internas y externas, de la lucha permanente, y buscan un camino de salida, lograr su individuación y abrirse paso a una vida espiritual.

Esta visión en tres etapas también se ha llamado Visión Milenaria: al término del milenio la humanidad se redimiría y podría pasar a un mundo espiritual. También esta idea tiene antecedentes importantes en el cristianismo. En EI Viaje a Oriente y El juego de Abalorios, esta idea espiritual se nos muestra más plena y realizada.

La amistad-dualidad.
Es otra constante en la obra de nuestro autor: la presencia de los amigos como una forma muy importante de relacionarse, de influirse mutuamente y de crecer. Son relaciones con un fuerte vínculo que permanecen en el tiempo. Casi siempre nos muestran la polaridad de algún conflicto del ser humano, representado en dos personajes, que muchas veces pensamos que pueden ser dos partes de una misma persona. Por ejemplo: Sinclair y Demián, Narciso y Golmundo, Harry Heller y Armanda, siempre uno aporta al otro lo que le falta, lo que lo completa, lo que lo hace más humano, mejor ser humano y le permite otro paso en su crecimiento. Por esto son amistades de mucho compromiso, muy internas, espirituales, y que producen cambios importantes. Cada personaje es como una semilla que germina y crece dentro del otro.

Hermann Hesse vivió el resto de su vida en Montagnola, bastante aislado. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1946, y ese mismo año el Premio Goethe en Alemania, donde su obra había sido quemada y prohibida por el nacionalsocialismo. Su obra alcanzó gran difusión en Europa y en forma muy importante en España y Latinoamérica . Murió en 1961 a los 84 años, habiendo logrado ser un poeta conocido y afortunado.

Hernán Baeza

Más Información:
Hermann Hesse.- Obras Completas.- cuatro tomos.- Editorial Aguilar
Hermann Hesse-Thomas Mann, Correspondencia.- Muchnick Editores
Miguel Serrano.- El Círculo Hermético.- Kier.
T. Ziolkowski.- Las Novelas de Hermann Hesse.-Editorial Labor

El espacio interior

El espacio interior

Un antiguo relato sufí dice que vivía en algún país del Medio Oriente un rey cuya existencia oscilaba permanentemente entre la felicidad y el abatimiento. Se enojaba o reaccionaba intensamente frente a la más mínima cosa, y su felicidad se convertía rápidamente en desilusión y desesperación. Llegó el día en que el rey se cansó finalmente de sí mismo y de la vida y comenzó a buscar una salida. Hizo llamar a un sabio que habitaba en su reino y que tenía fama de iluminado. Cuando se presentó el sabio, el rey le dijo, “deseo ser como tú. Podrías darme algo que traiga equilibrio, serenidad y sabiduría a mi vida?

A lo que el sabio respondió: te haré un regalo, siempre y cuando te hagas digno de él”. El rey prometió que así sería, y el sabio se fue.

A las pocas semanas regresó y le entregó al rey un cofre de jade tallado. Al abrirlo, el rey encontró un anillo de oro en el cual había grabadas unas letras. La inscripción decía:  “También esto pasará”.

¿Qué significa ésto?  preguntó el rey.   Y el sabio le dijo, “Lleva siempre este anillo y antes de que califiques de bueno o malo cualquier acontecimiento, toca el anillo y lee la inscripción. De esa forma estarás siempre en paz”.

También esto pasará.   ¿Qué hay en estas palabras tan sencillas que las hace tan poderosas?  A primera vista parecería que sirvieran para darnos consuelo en situaciones difíciles y que también podrían privarnos de los goces de la vida. “No seas demasiado feliz, porque esa felicidad no durará”. Eso parecerían decir en una situación percibida como buena.

La historia del anillo apunta hacia la realidad de la temporalidad que, una vez que la reconocemos, nos lleva al desapego.   No resistirnos, no juzgar y no apegarnos son los tres secretos de la verdadera libertad y de una vida iluminada.

La inscripción del anillo no nos dice que no disfrutemos las cosas buenas de la vida, y tampoco es un consuelo para los momentos de sufrimiento. Tiene un propósito más profundo: ayudarnos a tomar consciencia de lo efímero de todas las situaciones, lo cual se debe a la transitoriedad de todas las formas, buenas o malas. Cuando tomamos consciencia de esa transitoriedad, nuestro apego disminuye y dejamos de identificarnos hasta cierto punto con ellas.

El desapego no implica que no podamos disfrutar de las cosas buenas que el mundo nos ofrece. En realidad nos ayuda a disfrutarlas todavía más. Una vez que reconocemos y aceptamos que todas las cosas son transitorias y que el cambio es inexorable, podemos disfrutar los placeres del mundo sin temor a la pérdida y sin angustia frente al futuro. Cuando nos desapegamos, podemos ver las cosas desde un punto de vista más elevado en lugar de quedar atrapados por los acontecimientos de la vida.

Somos como el astronauta que ve el planeta Tierra rodeado por el espacio infinito y reconoce una verdad paradójica: que la Tierra es preciosa pero insignificante al mismo tiempo. El hecho de reconocer que Esto también pasará trae consigo el desapego, y éste a su vez nos abre una nueva dimensión en la vida: el espacio interior. Cuando vivimos en el desapego, sin juzgar y sin resistirnos, logramos acceso a esa dimensión.

Cuando dejamos por completo de estar identificados con las formas, la consciencia, lo que somos, se libera de su prisión en la forma. Esa liberación es el surgimiento del espacio interior. Se presenta como una quietud, una paz sutil en el fondo de nuestro ser, hasta en presencia de algo aparentemente malo. Esto también pasará. Entonces, súbitamente, hay un espacio alrededor del suceso. También hay espacio alrededor de los altibajos emocionales, incluso alrededor del sufrimiento. Y por encima de todo, hay espacio entre los pensamientos. Y desde ese espacio emana una paz que “no es de este mundo”, porque este mundo es forma y la paz es espacio. Es la paz de Dios.

Entonces podremos disfrutar y honrar las cosas de este mundo sin atribuirles la importancia y el peso que no tienen. Podremos participar en la danza de la creación y llevar una vida activa sin apegarnos a los resultados y sin imponer exigencias exageradas al mundo: lléname, hazme feliz, hazme sentir seguro, dime quién soy. El mundo no puede darnos esas cosas, y cuando nos despojamos de esas expectativas desaparece todo el sufrimiento creado por nosotros mismos. Todo ese sufrimiento se debe a que le hemos dado un valor exagerado a la forma y al hecho de no tener consciencia de la dimensión del espacio interior. Cuando esa dimensión se manifiesta en nuestra vida podemos disfrutar las cosas, las experiencias y los placeres de los sentidos sin perdernos en ellos, sin apegarnos a ellos, es decir, sin volvernos adictos al mundo.

Esto también pasará es la frase que nos muestra la realidad. Al señalar la temporalidad de todas las formas, señala, por lo tanto, hacia lo eterno. Solamente lo eterno de nosotros puede reconocer la temporalidad de lo temporal.

Cuando se pierde la dimensión del espacio o cuando no la reconocemos, las cosas del mundo adquieren una importancia absoluta, una seriedad y un peso que realmente no tienen. Cuando no vemos el mundo desde la perspectiva de lo sin forma, se convierte en un lugar amenazador y, en última instancia, en un lugar de desesperación. El profeta del Antiguo Testamento debió sentirlo así cuando escribió, “se cansarán de hablar y no podrán decir más, pero no se sacia el ojo de ver ni el oído de oír

La consciencia del objeto y la consciencia del espacio

La vida de la mayoría de las personas está atestada de cosas: cosas materiales, cosas por hacer, cosas en qué pensar. Es una vida parecida a la historia de la humanidad, la cual Winston Churchill definió diciendo, “una maldita cosa tras otra”. Sus mentes están atestadas de pensamientos, que se suceden uno tras otro sin parar. Esa es la dimensión de la consciencia del objeto, la cual constituye la realidad predominante de muchas personas y es la causante de tanto desequilibrio. A fin de que la cordura reine nuevamente en nuestro planeta, debemos equilibrar la consciencia del objeto con la consciencia del espacio. El surgimiento de la consciencia del espacio es la etapa siguiente en la evolución de la humanidad.

Tener consciencia del espacio significa que, además de tener consciencia de las cosas (que siempre se reducen a las percepciones sensoriales, las emociones y los pensamientos) hay un estado de alerta subyacente. Ese estado de alerta implica que no solamente somos conscientes de las cosas (los objetos) sino también del hecho de ser conscientes. Es eso que percibimos como una quietud despierta en el fondo mientras las cosas suceden en primer plano. Es una dimensión que está presente en todos nosotros, pero que pasa inadvertida para la mayoría de las personas. Algunas veces la señalo cuando pregunto, “Puede sentir su propia Presencia?”

La consciencia del espacio representa no solamente la liberación del ego, sino también del materialismo y la materialidad. Es la dimensión espiritual, la única capaz de imprimir trascendencia y un verdadero significado a este mundo.

La razón verdadera por la cual nos molestamos ante una situación, una persona o un suceso no está en la persona, la situación o el suceso, sino en haber perdido la perspectiva que solamente el espacio nos puede proporcionar. Quedamos atrapados en la consciencia del objeto y perdemos de vista el espacio interior atemporal de la consciencia misma. Cuando utilizamos como guía la frase esto también pasará, recuperamos la consciencia de esa dimensión interior.

Otra frase que nos señala la verdad interior es la siguiente: “nunca estoy disgustado por la razón que creo”.

Cómo reconocer el espacio interior

El espacio entre los pensamientos probablemente se haya manifestado esporádicamente en su vida sin que usted se percatara. Para la consciencia obnubilada por las experiencias y condicionada para identificarse exclusivamente con la forma, es decir, para la consciencia del objeto, es casi imposible reconocer el espacio en un principio. Esto implica que es imposible tomar consciencia de nosotros mismos porque siempre estamos conscientes de alguna otra cosa. La forma nos distrae continuamente. Hasta en los momentos en que nos parece estar conscientes de nosotros mismos nos hemos convertido en un objeto, una forma de pensamiento, de modo que tomamos consciencia de un pensamiento, no de nosotros mismos.

Al oír hablar del espacio interior quizás usted se disponga a buscarlo, pero si lo busca como si se tratara de un objeto o una experiencia, no podrá encontrarlo. Ese es el dilema de todas las personas que buscan la realización espiritual o la iluminación. Cristo dijo, “El reino de Dios no vendrá con señales que puedan observarse; tampoco dirán, ‘Ha llegado’ o ‘Aquí está, porque el reino de Dios está en vosotros “.

Cuando nos pasamos la vida insatisfechos, preocupados, nerviosos, desesperados o agobiados por otros estados negativos; siendo que podemos disfrutar las cosas sencillas como el sonido de la lluvia o del viento; cuando podemos ver la belleza de las nubes deslizándose en el cielo o estar solos sin sentirnos abandonados o sin necesitar el estímulo mental del entretenimiento; cuando podemos tratar a los extraños con verdadera bondad sin esperar nada de ellos, es porque se ha abierto un espacio, aunque sea breve, en medio de ese torrente incesante de pensamientos que es la mente humana. Cuando eso sucede, nos invade una sensación de bienestar, de paz vívida, aunque sutil. La intensidad varía entre una sensación de contento escasamente perceptible y lo que los antiguos sabios de la India llamaron “ananda” (la dicha de Ser). Al haber sido condicionados a prestar atención a la forma únicamente, quizás no podamos notar esa sensación, salvo de manera indirecta. Por ejemplo, hay un elemento común entre la capacidad para ver la belleza, apreciar las cosas sencillas, disfrutar de la soledad o relacionarnos con otras personas con bondad. Ese elemento común es la sensación de tranquilidad, de paz y de estar realmente vivos. Es el telón de fondo invisible sin el cual esas experiencias serían imposibles.

Cada vez que sienta la belleza, la bondad, que reconozca la maravilla de las cosas sencillas de la vida, busque ese telón de fondo interior contra el cual se proyecta esa experiencia. Pero no lo busque como si buscara algo. No podría identificarlo y decir, “Lo tengo”, ni comprenderlo o definirlo mentalmente de alguna manera. Es como el cielo sin nubes. No tiene forma. Es espacio; es quietud; es la dulzura del Ser y mucho más que estas palabras, las cuales son apenas una guía. Cuando logre sentirlo directamente en su interior, se profundizará. Así, cuando aprecie algo sencillo, un sonido, una imagen, una textura, cuando vea la belleza, cuando sienta cariño y bondad por otra persona, sienta ese espacio interior de donde proviene y se proyecta esa experiencia.

Desde tiempos inmemoriales, muchos poetas y sabios han observado que la verdadera felicidad (a la que denomino la alegría de Ser) se encuentra en las cosas más sencillas y aparentemente ordinarias. La mayoría de las personas, en su búsqueda incesante de experiencias significativas, se pierden constantemente de lo insignificante, lo cual quizás no tenga nada de insignificante. Nietzsche, el filósofo, en un momento de profunda quietud, escribió: “Cuán poco es lo que se necesita para sentir la felicidad! … Precisamente la cosa más mínima, la cosa más suave, la cosa más liviana, el sonido de la lagartija al deslizarse, un suspiro, una brizna, una mirada La mayor felicidad está hecha de lo mínimo. Es preciso mantener la quietud”.

Por qué es que la “mayor felicidad” está hecha de “lo mínimo”? Porque la cosa o el suceso no son la causa de la felicidad aunque así lo parezca en un principio. La cosa o el suceso es tan sutil, tan discreto que ocupa apenas una parte de nuestra consciencia. El resto es espacio interior, es la consciencia misma con la cual no interfiere la forma. El espacio interior, la consciencia y lo que somos realmente en nuestra esencia son la misma cosa. En otras palabras, la forma de las cosas pequeñas deja espacio para el espacio interior. Y es a partir del espacio interior, de la consciencia no condicionada, que emana la verdadera felicidad, la alegría de Ser. Sin embargo, para tomar consciencia de las cosas pequeñas y quedas, es necesario el silencio interior. Se necesita un estado de alerta muy grande. Mantenga la quietud. Mire. Oiga. Esté presente.

He aquí otra forma de encontrar el espacio interior: tome consciencia de estar consciente. Diga o piense, “Yo Soy” sin agregar nada más. Tome consciencia de la quietud que viene después del Yo Soy. Sienta su presencia, el ser desnudo, sin velos, sin ropajes. Es el Ser para el cual no hay juventud, vejez, riqueza o pobreza, bien o mal, ni ningún otro atributo. Es la matriz espaciosa de toda la creación, de toda la forma.

La acción correcta

El ego pregunta: cómo puedo hacer que esta situación satisfaga mis necesidades, o cómo puedo llegar a otra situación que en efecto satisfaga mis necesidades?

La Presencia es un estado de amplitud interna. Cuando estamos presentes, preguntamos, “cómo reacciono a las necesidades de esta situación, de este momento?” En realidad ni siquiera necesitamos hacer la pregunta. Estamos quedos, alertas, abiertos a lo que es. Aportamos una nueva dimensión a la situación: espacio. Entonces observamos y oímos. Y así nos volvemos uno con la situación. Si en lugar de reaccionar contra la situación, nos fundimos en ella, la solución emana de la situación misma. En realidad, no es nuestra persona quien observa y oye, sino la quietud misma. Entonces, si la acción es posible o necesaria, optamos por una acción, o mejor aún, la acción correcta sucede a través de nosotros. La acción correcta es aquella que es apropiada para el todo. Cuando se cumple la acción queda la quietud, el espacio, el estado de alerta. No hay quien lance los brazos al aire en señal de triunfo ni vocifere un “Sí!” desafiante. No hay nadie que diga, “Vean, eso es obra mía”.

El espacio interior es la fuente de toda creatividad. Una vez lograda la creación, la manifestación de la forma, debemos mantenernos atentos para que no surja la noción de que esa forma es “mía”. Cuando nos damos el crédito por lo logrado es porque el ego está de vuelta y ha relegado a segundo plano ese vasto espacio.

Percibir sin nombrar

La mayoría de las personas tienen apenas una consciencia periférica del mundo que las rodea, especialmente cuando los alrededores son conocidos. La voz de su mente absorbe la mayor parte de su atención. Algunas personas se sienten más vivas cuando viajan y visitan lugares desconocidos o países extraños porque en ese momento su sentido de la percepción, de la experiencia, ocupa mayor parte de su consciencia que los pensamientos. Se tornan más presentes; en cambio otras permanecen completamente poseídas por la voz de su mente aún en esos momentos. Sus juicios instantáneos distorsionan sus percepciones y experiencias. Es como si no hubieran salido de sus casas. El único que se desplaza es el cuerpo, mientras que ellas se quedan donde siempre han estado: dentro de sus cabezas.

Esta es la realidad de la mayoría de las personas: tan pronto como perciben algo, el ego, ese ser fantasma, le da un nombre, lo interpreta, lo compara con otra cosa, lo acepta, lo rechaza o lo califica de bueno o malo. La persona es prisionera de las formas de pensamiento, de la consciencia del objeto.

No es posible despertar la espiritualidad hasta tanto cese la urgencia compulsiva por nombrar o hasta tomar consciencia de ella y poder observarla en el momento en que sucede. Es nombrando constantemente que el ego mantiene su lugar en la mente no observada. Cuando cesa el impulso de nombrar, e incluso en el momento mismo en que tomamos consciencia de él, se abre el espacio interior y nos liberamos de la posesión de la mente.

Tome algún objeto que tenga a la mano (un bolígrafo, una silla, una taza, una planta) y explórelo visualmente, es decir, mírelo con gran interés, casi con curiosidad. Evite los objetos con asociaciones personales fuertes que le recuerden el pasado, por ejemplo, el lugar donde lo adquirió, la persona de quien lo recibió, etc. Evite también cualquier cosa que tenga letras encima como un libro o un frasco, porque estimularía el pensamiento. Sin esforzarse, concentre toda su atención en cada uno de los detalles del objeto, manteniéndose en un estado de alerta pero relajado. En caso de que aflore algún pensamiento, no se deje arrastrar por él.

No son los pensamientos los que le interesan sino el acto mismo de percibir. Puede eliminar los pensamientos? Puede mirar sin que la voz de su mente comente, llegue a conclusiones, compare o trate de dilucidar algo? Después de un par de minutos, dirija su mirada a su alrededor, haciendo que su atención ilumine cada cosa sobre la cual se pose.

Después lleve su atención a los sonidos que se producen a su alrededor. Escuche de la misma manera como observó los objetos, algunos sonidos pueden ser naturales (el agua, el viento, los pájaros), mientras que otros son hechos por el hombre. Algunos son agradables, mientras que otros pueden ser desagradables. Sin embargo, no trate de diferenciar entre los buenos y los malos. Permita que cada sonido sea como es, sin interpretaciones. La clave, nuevamente, es el estado de alerta y atención.

Cuando miramos y escuchamos de esa manera, tomamos consciencia de un sentido de calma sutil y quizás casi imperceptible en un principio. Algunas personas lo sienten como una quietud en el fondo, otras hablan de una sensación de paz. Cuando la consciencia no está completamente absorta en los pensamientos, parte de ella permanece en su estado original sin forma, y no condicionado. Ese es el espacio interior.

Quién es el experimentador?

Lo que vemos, oímos, saboreamos, tocamos y olemos son, naturalmente, objetos de los sentidos. Son las cosas que experimentamos. Pero, quién es el sujeto, el experimentador? Si usted en este momento dice, “bueno, pues claro que el experimentador soy yo, Pedro Pérez, contador, de cuarenta y cinco años, divorciado, padre de dos hijos”, estará equivocado. Pedro Pérez y todo aquello con lo cual se identifique el concepto mental de quien es usted, son los objetos de la experiencia, no el sujeto que tiene la experiencia.

Son tres los posibles ingredientes de toda experiencia: las percepciones sensoriales, los pensamientos o las imágenes mentales y las emociones. Por tanto, todos ellos son parte de su experiencia en el momento en que pasan por su mente. Ellos y todo lo demás que usted pueda decir o pensar acerca de usted mismo son los objetos, no el sujeto. Son la experiencia, no el experimentador. Usted podría agregar miles de definiciones más acerca lo que es usted y sin duda alguna crecería la complejidad de su experiencia (y también los ingresos de su psiquiatra), pero no es ése el camino para descubrir al experimentador, el cual es anterior a todas las experiencias pero sin el que no habría experiencia.

Entonces quién es el experimentador? Usted. Y quién es usted? La consciencia. Y qué es consciencia? Esa pregunta no tiene respuesta porque tan pronto como se da una respuesta se la falsifica y se la convierte en otro objeto. La consciencia, cuyo nombre tradicional es Espíritu, no se puede conocer en el sentido normal de la palabra, y es inútil buscarla. Todo el conocimiento reside en el ámbito de la dualidad: sujeto y objeto, conocedor y conocido. El sujeto, el yo, el conocedor sin quien sería posible todo conocimiento, toda percepción o todo pensamiento, debe eludir por siempre todo conocimiento. Esto se debe a que es sin forma, solamente las formas son susceptibles de conocerse y, no obstante, sin la dimensión sin forma, el mundo de la forma sería imposible. Es el espacio luminoso en el cual emerge y se sumerge el mundo. Ese espacio es la vida que Yo Soy. Es atemporal. Lo que sucede en ese espacio es relativo y temporal: el placer y el dolor, la ganancia y la pérdida, el nacimiento y la muerte.

Toda la Creación existe en ti y todo lo que existe en ti existe también en la Creación. No hay divisoria entre tú y un objeto que esté muy cerca de ti, como tampoco hay distancia entre tú y los objetos lejanos. Todas las cosas, las más pequeñas y las más grandes, las más bajas y las más altas, están en ti y son de tu misma condición. Un solo átomo contiene todos los elementos de la Tierra. Un solo movimiento del espíritu contiene todas las leyes de la vida. En una sola gota de agua se encuentra el secreto del inmenso océano. Una sola manifestación de ti contiene todas las manifestaciones de la vida.

Kahlil Gibran

El mayor impedimento para descubrir el espacio interior, para encontrar al experimentador, es fascinarse con la experiencia hasta el punto de perderse en ella. Es la consciencia extraviada en su propio sueño. Es dejarse atrapar hasta tal punto por cada pensamiento, cada emoción y cada experiencia que en efecto permanecemos en una especie de ensoñación. Ese ha sido el estado normal de la humanidad durante miles de años.

Aunque no podemos conocer la consciencia, podemos reconocer en ella lo que somos. Podemos sentirla directamente en cualquier situación, independientemente de donde estemos. Podemos sentirla aquí y ahora como la Presencia, el estado interior en el cual se perciben las palabras de esta página y se convierten en pensamientos. Es el Yo Soy de fondo. Las palabras que estamos leyendo y convirtiendo en pensamientos son la parte delantera del escenario y el Yo Soy es el telón de fondo, el substrato, la base subyacente de toda experiencia, pensamiento y sentimiento.

El espacio interior y exterior

El cuerpo interior no es sólido sino espacioso. No es la forma física, sino la vida que la anima. Es la inteligencia creadora y la que sustenta el cuerpo, es la que coordina simultáneamente centenares de funciones diferentes de una complejidad tan extraordinaria que la mente humana puede comprender apenas una fracción infinitesimal de la misma. Cuando tomamos consciencia de ella, lo que sucede realmente es que la inteligencia toma consciencia de si misma. Es la “vida” evasiva que ningún científico ha podido descubrir porque la consciencia que la busca es ella misma.

Los físicos han descubierto que la aparente solidez de la materia es una ilusión producto de nuestros sentidos. Esto se aplica también al cuerpo físico, al cual vemos como una forma. Sin embargo, el 99.99 por ciento del cuerpo es realmente espacio vacío. Así de vasto es el espacio entre los átomos comparado con su tamaño, para no mencionar también el gran espacio que hay al interior de cada átomo. El cuerpo físico no es más que una interpretación equivocada de lo que somos. Es, en muchos sentidos, una versión a escala del macrocosmos del espacio exterior.

Para darnos una idea de lo vasto que es el espacio entre los cuerpos celestes, consideremos lo siguiente: la luz, viajando a una velocidad constante de 186,000 millas (300,000 kilómetros) por segundo, tarda poco más de un segundo en recorrer la distancia entre la tierra y la luna; la luz del sol tarda cerca de 8 minutos en llegar a la tierra. La luz de nuestro vecino más cercano en el espacio, la estrella Próxima Centauro, es decir, el sol más cercano al nuestro, viaja durante 4.5 años antes de llegar a la Tierra. Así de vasto es el espacio que nos rodea. Y después está el espacio intergaláctico, cuya inmensidad escapa a nuestra comprensión. La luz de la galaxia más cercana a la nuestra, Andrómeda, tarda 2.4 millones de años en llegarnos. No es verdaderamente asombroso que nuestro cuerpo sea tan espacioso como el universo?

Así, el cuerpo físico, que es forma, se revela esencialmente sin forma cuando profundizamos en él. Se convierte en la puerta de entrada hacia el espacio interior. Aunque el espacio interior carece de forma, está intensamente vivo. Ese “espacio vacío” es la vida en toda su plenitud, la Fuente no manifiesta de la cual fluyen todas las manifestaciones. El vocablo tradicional para designar esa fuente es Dios.

Los pensamientos y las palabras pertenecen al mundo de la forma; no pueden expresar lo sin forma. Así, cuando decimos, “siento mi cuerpo interior”, se trata de una interpretación errada creada por el pensamiento. Lo que sucede realmente es que la consciencia que se presenta como un cuerpo (el Yo Soy) está tomando consciencia de sí misma. Cuando dejamos de confundir lo que somos con una forma transitoria del “yo”, entonces la dimensión de lo infinito y eterno, Dios, se puede expresar a través de “mí” y guiarme. También nos independiza de la forma. Sin embargo, de nada sirve reconocer a nivel puramente intelectual que “yo no soy esta forma”. La pregunta más importante de todas es: puedo sentir en este momento mi propia Presencia, o más bien, la Presencia que Soy Yo?

También podemos abordar esta verdad desde otro punto de referencia. Pregúntese, “tengo consciencia no solamente de lo que sucede en este momento, sino del Ahora propiamente, como el espacio viviente atemporal en el cual todo sucede?” Si bien esta pregunta parece no tener relación alguna con el cuerpo interior, le sorprenderá reconocer que al tomar consciencia del espacio del Ahora, sentirá más vida en su interior. Es sentir la vida del cuerpo interior, esa vida que forma parte intrínseca de la alegría de Ser. Debemos entrar en el cuerpo para trascenderlo y descubrir que no somos eso.

En la medida de lo posible, en su vida cotidiana, recurra a la consciencia de su cuerpo interior para crear espacio. Mientras espera, mientras escucha a alguien, mientras se detiene a admirar el cielo, un árbol, una flor, a su pareja, o a un hijo, sienta al mismo tiempo la vida que vibra en su interior. De esa manera, parte de su atención o consciencia permanecerá sin forma y otra parte estará disponible para el mundo externo de la forma. Cada vez que “habitamos” nuestro cuerpo de esa manera, nos sirve de ancla para permanecer presentes en el Ahora. Nos impide perdernos en el mar de los pensamientos, las emociones o las situaciones externas.

Cuando pensamos, sentimos, percibimos y experimentamos, la consciencia nace a la forma. Reencarna en un pensamiento, un sentimiento, un sentido de percepción, una experiencia. El ciclo de reencarnaciones del cual aspiran a liberarse los budistas sucede continuamente y es solamente en este momento, a través del poder del Ahora, que podemos salir de él. Aceptando completamente la forma del Ahora, nos ponemos interiormente en sintonía con el espacio, el cual es la esencia del Ahora. A través de la aceptación, nuestro interior se hace espacioso y nos mantenemos alineados con el espacio y no con la forma. Es así que traemos el verdadero equilibrio y la perspectiva a nuestra vida.

La consciencia de los vacíos

En el transcurso del día vemos y oímos toda una serie de cosas cambiantes que suceden una tras otra. Cuando nos percatamos por primera vez de estar viendo algo u oyendo un sonido (y mucho más si es desconocido), antes de que la mente le asigne un nombre o lo interprete, generalmente hay un vacío de atención intensa en el cual ocurre la percepción. Ese es el espacio interior.

La duración de ese vacío varía de una persona a otra. Es fácil pasarla por alto porque, en muchos casos, son brechas extremadamente breves, quizás de un segundo o menos.

Lo que sucede es lo siguiente: cuando se produce una imagen o un sonido nuevo, hay una interrupción breve en el torrente habitual de pensamientos en el primer momento de la percepción. La consciencia se aparta del pensamiento porque se la necesita para detectar una percepción. Una imagen o un sonido muy extraño puede dejarnos “mudos”, incluso en nuestro interior. Es decir que provoca un vacío más largo.

La frecuencia y la duración de esos espacios determina nuestra capacidad para disfrutar de la vida, para sentir la conexión interior con otros seres humanos y con la naturaleza. También determina nuestro grado de libertad frente al ego, porque el ego implica una inconsciencia total de la dimensión del espacio.

Cuando tomamos consciencia de estos vacíos a medida que se producen naturalmente, poco a poco se prolongan y experimentamos con más frecuencia la alegría de percibir, sin la interferencia del pensamiento. Entonces el mundo se nos presenta renovado, alegre y vivaz. Mientras más percibimos al mundo a través de la pantalla mental de la abstracción y la conceptualización, más inerte y desabrido se torna.

Perdernos para encontrarnos

El espacio interior también aflora cuando renunciamos a la necesidad de enfatizar nuestra identidad con la forma. Esa necesidad le pertenece al ego y no es una necesidad verdadera. Ya hicimos una breve alusión a esto. Cada vez que renunciamos a uno de esos patrones de comportamiento permitimos que aflore el espacio interior. Somos más auténticos. Para el ego, parecerá como si estuviéramos perdidos, pero en realidad sucede todo lo contrario. Cristo nos enseñó que debemos perdernos para encontrarnos. Cada vez que renunciamos a uno de esos patrones, restamos peso a lo que somos en el nivel de la forma y nuestro verdadero ser se manifiesta más plenamente. Nos empequeñecemos para engrandecernos.

Otra manera de generar consciencia es restarle peso a lo que somos en el nivel de la forma. Descubra el poder enorme que fluye desde su interior para proyectarse sobre el mundo una vez que logre restarle peso a su identidad con la forma.

La quietud

Se ha dicho que “la quietud es el lenguaje de Dios y todo lo demás es una mala traducción”. Quietud es sinónimo de espacio. Al tomar consciencia de la quietud cada vez que la encontremos en la vida podremos conectarnos con la dimensión sin forma y atemporal que vive en nosotros y que está más allá del pensamiento y del ego.

Puede ser la quietud que invade al mundo de la naturaleza, la quietud de nuestra habitación al amanecer o los vacíos de silencio entre los sonidos. La quietud no tiene forma y es por eso que no podemos tomar consciencia de ella a través del pensamiento. El pensamiento es forma; tomar consciencia de la quietud significa estar quedos; estar quedos es estar conscientes sin pensar. En ningún otro momento somos más esencialmente nosotros mismos que cuando estamos en estado de quietud. En ese estado somos lo que éramos antes de asumir transitoriamente esta forma física y mental llamada persona. También somos lo que seremos cuando la forma se disuelva.

Cuando estamos quedos, somos lo que somos más allá de nuestra existencia temporal: consciencia sin forma, eterna.

Eckhart Tolle

Extractado por Julián Alvarez de
Una Nueva Tierra.- Grupo Editorial Norma.

El Proceso de Individuación.

El Proceso de Individuación.

Imaginación Activa y Vida

El camino natural hacia la experiencia personal del inconsciente colectivo se abre mediante los sueños y, con menor frecuencia, las visiones, alucinaciones, fenómenos sincrónicos, etc. Además de estas manifestaciones espontáneas, Jung introdujo en la práctica analítica otro método de hacer contacto con las capas más profundas del inconsciente. Es un tipo de introspección o meditación, basada en la actividad de la fantasía, que denominó imaginación activa. La primera reacción a la propuesta de que la persona imagine activamente consiste por lo general en suspicacia y resistencia, lo que parece comprensible en vista de la obvia irracionalidad de dicho procedimiento. Sin embargo, para Jung todo consistía precisamente en el sin sentido de la actividad fantástica desenfrenada, en el elemento de juego que debe tomarse con toda seriedad: La actividad creativa de la imaginación libera al hombre de su vínculo con el nada más que y lo eleva a la categoría del que juega. Como dice Schiller, el hombre es completamente humano sólo cuando juega.

La frecuente objeción acerca de que las supuestas fantasías son pensadas conscientemente, y que por tanto las imágenes no provienen de ningún modo del inconsciente, carece de sustento. Es verdad que existe cierto grado de ilusión, que no es producto del inconsciente sino que está dispuesto por el ego. Las ilusiones son fantasías manipuladas y su naturaleza falsa puede distinguirse fácilmente a partir de la ausencia de motivos arquetípicos e imágenes númines. Asimismo, falta el elemento de sorpresa, así como cualquier cosa que pueda sentirse como atemorizante o perturbadora. La imaginación genuina está inspirada por el inconsciente; el ego se enfrenta a las imágenes como si fueran la realidad, no sólo con una percepción pasiva, sino participando activamente en su juego y llegando a un acuerdo con ellas. Las imágenes son auto-manifestaciones de la psique y por tanto pueden considerarse fragmentos de aquellos sueños diurnos soñados por debajo del umbral de la consciencia, los que ésta no percibe debido a su preocupación con los procesos del mundo exterior.

El objetivo de la imaginación activa es encontrar una posición intermedia entre consciente e inconsciente, pues posee una cualidad de opuestos combinados. Jung también habló de una función trascendente de los opuestos (*). Una precondición del éxito de la imaginación activa es que no debería ser un pretexto para escapar de la vida. Las fantasías no constituyen un sustituto de la vida; son los frutos del espíritu que le son regaladas al que paga su tributo a la vida. El que evade el deber no siente nada más que su propio miedo mórbido y este no tiene para él sentido alguno.

No es posible decidir con certeza si la consciencia predomina sobre el inconsciente en la imaginación activa, o si el inconsciente lo hace sobre la consciencia. Es por ello que Jung le otorgaba el papel dominante ora a uno, ora al otro. Al ponerse de acuerdo con el inconsciente el ego toma la delantera, pero el inconsciente debe tener su lugar también: audiatur et altera pars. Debe compararse esta afirmación de los comienzos con una que surgió más adelante: El árbitro final del patrón es un impulso obscuro, un inconsciente que se precipita a priori en una forma plástica Todo el procedimiento parece estar dominado por un sutil conocimiento previo no sólo del patrón, sino de su sentido. En definitiva es una interacción entre consciente e inconsciente, donde con frecuencia el líder se convierte en el que es liderado y viceversa. Aunque Jung y sus pacientes utilizaron este método de imaginación activa durante muchos años, pasó mucho tiempo antes de que él fuera capaz de discernir una ley y un sentido en la variedad de complicados patrones y configuraciones que éstos producían, ya fuera en forma de danza, pintura, dibujos o modelado. Sólo gradualmente descubrió que estaba siendo testigo de la manifestación espontánea de un proceso inconsciente que era apenas ayudado por la habilidad técnica del paciente y al que más tarde bauticé como proceso de individuación. En la imaginación activa el proceso, como en los sueños y otras manifestaciones del inconsciente, se presenta en una sucesión de imágenes, de tal manera que al menos en parte puede ser percibido por la mente consciente. Al referirse a un a priori inconsciente, un sutil conocimiento previo que reina sobre todo el procedimiento, Jung alude al arquetipo del sí-mismo, que es la fuerza motora detrás de la formación de imágenes y que dispone los acontecimientos inconscientes. Gracias a él, la fantasía por lo general no se sale de sus carriles, aunque sorprendentemente siempre llega a destino, a pesar de que el que fantasea pueda tener la sensación de estar totalmente expuesto a los antojos caprichosos y subjetivos del azar.


Como puede deducirse de los pasajes que he citado, la individuación no consiste únicamente en sucesiones de imágenes del inconsciente. Éstas son sólo parte del proceso, representando su realidad interior o espiritual. Su complemento necesario es la realidad exterior, el desarrollo de la individualidad y el destino que le espera. Ambos aspectos del proceso están regulados por el poderoso arquetipo del Sí-mismo. En otras palabras, durante la individuación el Sí-mismo surge al mundo de la consciencia, en tanto al mismo tiempo su naturaleza originalmente psicoide se escinde, de tal manera que se manifiesta tanto en imágenes interiores como en acontecimientos de la vida real. Por ello Jung amplió su definición del proceso de individuación como una sucesión de imágenes interiores describiéndolo como la vida en sí: En última instancia toda vida es la realización de una totalidad, es decir, de un Sí-mismo, razón por la cual esta realización también puede denominarse individuación. Básicamente, la individuación consiste en intentos siempre renovados y necesarios para amalgamar las imágenes interiores con la experiencia exterior. O en otras palabras, es el esfuerzo de hacer de lo que el destino pretende hacer con nosotros, algo completamente nuestro (W. Bergengruen). Cuando hay éxito una parte del Sí-mismo se realiza como una unión del adentro y el afuera. Luego un hombre puede reposar sobre sí mismo, pues está satisfecho de sí y un aura de autenticidad emana de él.

Para Jung el sentido de la vida es la realización del Sí-mismo. Toda vida está ligada a carreras individuales que la realizan Sin embargo, toda carrera está cargada de un destino y una meta individual y sólo la realización de éstos hace que la vida cobre sentido. La importancia de esta afirmación tan coherente se torna evidente al considerar que el arquetipo del Sí-mismo es indefinible, inefable, una X oculta cuyas concretizaciones resultan indistinguibles de las imágenes de Dios. Asimismo, el proceso de individuación no culmina en la vida más plena posible vivida porque sí y tampoco en la profunda comprensión intelectual; su sentido fluye de la cualidad númine del sí-mismo. Para ponerlo en términos religiosos, la individuación debe comprenderse como la realización de lo divino en el hombre.

Expresar el sentido de la vida en estos términos no tiene por cierto la intención de establecer un dogma o un artículo de fe. Surge, como Jung lo enfatizara en repetidas oportunidades, sólo de la interpretación de los fenómenos psíquicos y cada interpretación es subjetiva. Obviamente, el intelecto crítico se enfrenta una y otra vez con la pregunta de la validez objetiva de los hechos y experiencias que pueden verificarse en el plano psicológico. Sin embargo, es difícil ver cómo podría responderse esa pregunta, pues el intelecto carece de los criterios necesarios. Cualquier cosa que sirva como criterio está sujeto a su vez a la pregunta crítica de la validez. Lo único que puede decidir en este caso es la preponderancia de los hechos psíquicos. Enfrentado a esta incertidumbre, Jung no descartó una interpretación del sentido opuesta a la suya, así como de la de todas las demás. El verdadero sentido es con frecuencia algo que también podría llamarse sinsentido, pues hay una gran medida de inconmensurabilidad entre el misterio de la existencia y la comprensión humana. Sentido y sinsentido son meramente rótulos humanos que sirven para brindarnos un sentido de la dirección razonablemente válido.

La investigación científica termina estableciendo que el arquetipo del Sí-mismo alcanza su objetivo en cada vida individual. En una individuación natural lo hace aunque el mundo del inconsciente permanezca en la penumbra y sin que se haya visto ni siquiera una sola imagen arquetípica, menos aún que haya sido comprendida con todas sus consecuencias.

Una experiencia de sentido sin contar la de la fe viva – proviene únicamente de una profundización de la realidad exterior a través del reconocimiento de su esencia númine. La vida que tan sólo sucede para y por sí misma no es una vida real: sólo es real cuando se hace conocida, comprendiendo aquí la vida real como vida con un sentido. Al tornarse consciente de sus conexiones e imágenes trascendentales y al experimentar su cualidad númine, se tiene una vaga idea de las facultades que operan en forma autónoma detrás del accionar y del ser, creando un orden en la vida de cada uno, así como detrás de hechos aparentemente fortuitos. Es así como el individuo experimenta, o intuye, cuán vasto es el nexo de la vida y la meta que se esfuerza para alcanzar, sin importar si esto debe interpretarse como sentido o sinsentido y sin importar si cualquiera de estas interpretaciones es o no buscada. Jung buscó de hecho una interpretación, intentando crear el sentido, aunque plenamente consciente de las limitaciones de cada interpretación. Como médico se vio enfrentado una y otra vez con la necesidad de interpretar el sentido: El hombre puede vivir las cosas más asombrosas si estas tienen sentido para él. Pero la dificultad se encuentra en crear ese sentido.

Aunque el hombre esté plenamente consciente de los límites impuestos por la teoría del conocimiento, la morada interior y revelación del arquetipo númine del Sí-mismo constituye una experiencia que puede tener graves consecuencias. El peligro de confundir la individuación con convertirse en un hombre dios o un súper hombre es demasiado evidente. Las consecuencias trágicas o grotescas de este error de comprensión pueden evitarse tan sólo si la personalidad del ego es capaz de llegar a un acuerdo con el Sí-mismo, sin perder de vista la realidad de las limitaciones humanas y la cualidad de ser criaturas corrientes. El Sí-mismo en su divinidad (verbigracia, el arquetipo) puede tornarse consciente sólo dentro de nuestra consciencia. Y puede hacerlo sólo si el ego está plantado con firmeza. El Sí-mismo debe llegar a ser tan pequeño como el ego e incluso más pequeño que éste – aunque sea el océano de la divinidad: Dios es tan pequeño como yo, dice Angelus Silesius. Debe volverse el pulgarcito en el corazón, escribió Jung en una carta (Septiembre de 1943) al explicar la paradoja de realizar el Sí-mismo. El Sí-mismo es la extensión inconmensurable de la psique y al mismo tiempo su esencia más recóndita. El pulgarcito en el corazón es una alusión a la naturaleza infantil de la divinidad. Es el purusha indio, más pequeño que lo pequeño, más grande que lo grande. También Cristo es venerado como gobernante del mundo y como niño.

El proceso de individuación requiere una confrontación despiadadamente honesta con los contenidos del inconsciente y esto es suficiente para enfriar cualquier ataque de ebullición. Guarda numerosas penumbras y conocimientos dolorosos que conducen a la modestia. No obstante, cualquiera que mire con desdén a los no iluminados o que predique verdades se ha vuelto víctima de su propia estupidez. Ha identificado su ego con los contenidos del inconsciente. El término psicológico para esto es inflación. Va desde más o menos la pomposidad inocua a la completa extinción del ego en la imagen configurada por el inconsciente.

La individuación sigue su curso de manera significativa sólo en nuestra existencia cotidiana. La aceptación de la vida tal como es, de su banalidad, su cualidad de extraordinaria, el respeto por el cuerpo y sus exigencias, son un prerrequisito para la individuación al igual que la relación con el prójimo. Cuanto más persistente se torna la cualidad espiritual del Sí-mismo, más se amplía la consciencia a través de la integración de contenidos psíquicos, y más profundamente debe el hombre afirmar sus raíces en la realidad, en la propia tierra, en el cuerpo, y con mayor responsabilidad vincularse con los seres más cercanos y queridos y al entorno, porque el aspecto mundano del arquetipo y sus cualidades instintivas también deben verse realizadas.

Así, la individuación puede ir en dos direcciones típicas aunque opuestas. Si el aspecto espiritual de la totalidad es inconsciente y por tanto indiferenciado, el objetivo es ampliar la consciencia a través de una mayor comprensión de las leyes que sostienen la cordura de la psique. Es cuestión de sacrificar al hombre primitivo e irreflexivo en nosotros mismos. Si, por otro lado, la consciencia se ha alienado de los instintos, entonces el aspecto mundano de la totalidad ya está configurado y es cuestión de aceptar la realidad y trabajar sobre ella, de restablecer una conexión con la naturaleza y el prójimo. En el caso del hombre moderno esto requiere con frecuencia el sacrificio de un intelectualismo parcial.

Ambas direcciones corresponden a situaciones arquetípicas en todos los niveles de la cultura, razón por la cual aparecen como variantes constantemente recurrentes en el simbolismo de los mitos y los cuentos de hadas. En ocasiones la tarea del héroe es conquistar un animal o dragón (instinto) para poder obtener el tesoro (el sí-mismo). Y otras veces su tarea es proteger y nutrir a la bestia con riesgo de su propia vida, a partir de lo cual ésta le ayudará en la búsqueda del tesoro.

La meta de la individuación, la realización del Sí-mismo, jamás se alcanza plenamente. Al trascender la consciencia, el arquetipo del Sí-mismo nunca puede ser aprehendido en su totalidad y debido a su infinitud tampoco es posible vivenciarlo completamente en la vida real. La individuación exitosa jamás es absoluta, sólo es un logro óptimo de integridad. Sin embargo es justamente la imposibilidad de esta tarea la que la hace tan significativa, escribió una vez Jung en relación a este tema. Una tarea posible, es decir, que tiene solución, nunca apela a nuestra superioridad. Eso provoca la individuación en el hombre, pues éste no está a su altura. Apela a nuestra superioridad y es quizá eso todo lo que se precisa. Puede haber tareas que puedan resolverse mejor con inferioridad que con superioridad. En tanto mi superioridad no esté en peligro absoluto, una parte de mí permanece intocada por la vida. Jung vuelve sobre el tema en La Psicología de la Transferencia: La meta (de la individuación) es importante sólo como una idea. Lo esencial es el opus que conduce a la meta: ése es el objetivo de una vida. Debido al impulso del Sí-mismo hacia la realización, la vida aparece como una tarea de orden supremo y allí yace la posibilidad de interpretar su sentido, lo que no excluye la posibilidad de la derrota.

La integración del Sí-mismo está ligada, como toda la vida, a las carreras individuales y cada carrera está cargada con un destino y un objetivo individual. El arquetipo del Sí-mismo infinito e incognoscible asume una forma específica y única en cada ser y la tarea, la meta de la individuación, radica en alcanzar el destino y la vocación propias. La vocación actúa como una ley de Dios de la cual no existe escapatoria. En la realidad es un aspecto del Sí-mismo, esa totalidad paradójica que es a la vez eterna y única.

El aspecto eterno del Sí-mismo se concreta en la imaginería del inconsciente mediante símbolos impersonales: figuras geométricas o estereométricas (triángulo, cuadrado, círculo, cubo, esfera, etc.), números o grupos de números, luz y fenómenos cósmicos, objetos sagrados, y también mediante abstracciones (lo incognoscible). El aspecto individual único está representado en cambio por figuras sublimes, incluso divinas, del mismo sexo con rasgos bastante definidos, y con menor frecuencia mediante una voz interior. No es necesario decir que esto no constituye una regla invariable y que existen combinaciones o superposiciones de uno y otro grupo.

Jung utilizó los términos Sí-mismo y totalidad tanto para el arquetipo no simbólico, trascendental, como para la entelequia del individuo. Además de la expresión Sí-mismo como una entidad colectiva, infinita e inaprensible también se encuentra el él mismo o ella misma, en el sentido de la peculiaridad específica de ese individuo; y además del término indefinido o general totalidad, también está el específico totalidad del soñador, etc., de la misma manera que en el lenguaje corriente hombre no sólo se refiere a un hombre individual sino a la totalidad de la especie.

El uso en ocasiones confuso del Sí-mismo en este doble sentido está dado en el plano psicológico por su función de unir opuestos. En Aion Jung compara el arquetipo de la totalidad con la figura dogmática de Cristo, quien como personaje histórico es unitemporal y único; como Dios, es universal y eterno. Lo mismo puede decirse en el ámbito de lo psicológico: El Sí-mismo como la esencia de la individualidad es unitemporal y único; como símbolo arquetípico es una imagen de Dios y, por tanto, universal y eterno. Por esta razón los conceptos destino y objetivo, o entelequia y Sí-mismo se fusionan: uno contiene al otro.

La consciencia experimenta al Sí-mismo en ambos aspectos: como un símbolo universal y eterno y como la expresión más acabada de esa combinación irrevocable denominada individualidad. Sin embargo, incluso esta singularidad incomparable jamás puede lograrse plenamente, continúa siendo la tarea y la meta de la individuación.

Orden Histórico y Orden Eterno

Aunque la distinción entre la naturaleza individual y universal del Sí-mismo no está consistentemente desarrollada en la obra de Jung y quizá no pueda estarlo, sí diferencia rigurosamente entre la personalidad del ego y el Sí-mismo transpersonal. Son los grandes antagonistas en el drama de la individuación.

Jung cuenta en sus memorias cómo gradualmente tomó consciencia de la naturaleza antitética del ego y el Sí-mismo. Para diferenciarlos entre sí, llamó a su ego con todas sus limitaciones como ciudadano, doctor y paterfamilias – Personalidad N 1, en tanto la Personalidad N 2 representaba un factor eterno que lo influenciaba desde un mundo transpersonal, que ya desde niño había vivenciado como una personalidad superior, un anciano de gran autoridad que se le aparecía bajo diversas apariencias y también como una voz interior.N 1 y N 2 son nombres suficientemente modestos considerando su contenido, sin embargo Jung podría haber afirmado con todo derecho que ya había descrito estos dos factores o figuras en su trabajo científico. Asimismo, ponía mucho cuidado de no utilizar palabras portentosas; en lo que a él se refería, los números eran de por sí suficientes.

Era natural que esto provocara malentendidos. En la actualidad, el conocimiento del mundo interior y la existencia de un Sí-mismo que trasciende a la consciencia, o personalidad superior, han quedado sepultados en el olvido y el individuo está indefenso y perplejo ante cualquier experiencia psíquica de una esencia infinita del ser. El mundo objetivo, todo lo mensurable, fascina y esclaviza, en tanto lo irracional, lo que se dirige al interior, lo trascendental, continúa siendo negado o pasado por alto. La vida ya no apunta más allá de sí misma. Y sin embargo, la afirmación de que el hombre participa de dos realidades consciente e inconsciente, ego y Sí-mismo, historia y eternidad, lo personal y lo transpersonal, lo sagrado y lo profano, existencia y esencia – evidencia el conocimiento interior que aparece una y otra vez a lo largo de la historia humana y que, nuevamente, pasa al olvido. La mayoría de las religiones, la cristiandad incluida, se dirigen al hombre interior, espiritual, inmortal, cuyo reino no es de este mundo y sin embargo se torna realidad en este mundo.

El entrelazamiento de la realidad consciente e inconsciente, profana y sagrada, es una parte integral de la experiencia de la totalidad humana y por esta razón las conexiones entre la psicología y la religión se convirtieron para Jung en el punto de partida para su creación del sentido. Reconociendo la naturaleza dual arquetípica del hombre, la psicología junguiana se une a la teología de Paul Tillich, quien también establece en el hombre dos órdenes de ser diferenciados: un orden histórico, que es esencialmente el orden del crecimiento y la muerte y otro que es la Palabra de Dios y eterno. El hombre trasciende todo lo que atañe al orden histórico, todas las alturas y profundidades de su existencia. A diferencia de todos los demás seres, traspasa los límites de su propio mundo. Participa de algo infinito, de un orden que no es efímero. Los dos órdenes del ser, el histórico y el divino, se pertenecen mutuamente. Aunque jamás pueden ser idénticos, están entrelazados. El orden eterno se manifiesta en el orden histórico, lo que en psicología es lo mismo que decir que el Sí-mismo se revela en el mundo de la consciencia.

El hombre se trasciende a sí mismo, continúa Tillich, al entrar en un orden eterno que siente como divino; en términos psicológicos, está anclado en el inconsciente y penetra con su consciencia cada vez más en este ámbito oculto del numen. Por su parte, el orden divino se revela en dirección opuesta. Aunque es eterno, infinito inaprensible, surge como la Palabra de Dios a partir de la realidad trascendental, hacia la vida restringida e histórica del hombre. De manera similar, el inconsciente se vierte a la consciencia, vivenciándose en forma de contenidos y figuras arquetípicas númines, cuanto más se realice el arquetipo trascendental del Sí-mismo en el hombre y su vida. Consciente e inconsciente, ego y Sí-mismo, se colocan en la misma relación dinámica y recíproca como los dos órdenes del ser de Tillich: existe una interpenetración, pero no son idénticos.

La experiencia de la naturaleza dual del hombre no es desconocida para la gente pensante en la actualidad. Hermann Hesse, Eugene ONeill, Julian Green y otros, por no hablar de los surrealistas, muestran al hombre llevando una extraña doble vida en el límite entre lo terrenal y lo divino, lo temporal y lo eterno, la naturaleza y el sueño. En las memorias de su infancia, Sartre también ofrece un relato de su naturaleza dual; sin embargo, y de acuerdo con su filosofía, permanece fijado en el mundo profano. Una vez interrumpe la historia de sus fantasías sobre su propia grandeza e importancia como un famoso escritor con la siguiente reflexión: La fe, incluso cuando es profunda, jamás es completa. Debe ser sostenida ad infinitum o, al menos, preservada de la destrucción. Yo era consagrado y famoso, tenía mi tumba en el cementerio de Père Lachaise y quizá un panteón. Tenía mi avenida en París y callejuelas y plazas en las provincias y en el exterior; sin embargo, en el mismo corazón de mi optimismo retenía una sospecha invisible y anónima de mi falta de solidez. En el hospicio de Sainte-Anne un hombre enfermo gritaba desde su lecho: Yo soy el Príncipe! Pongan al Gran Duque bajo arresto. Alguien se le acercó y murmuró: Límpiese la nariz, y él lo hizo. Le preguntaron: Cuál es su oficio? y replicó quedamente: Zapatero y comenzó a gritar nuevamente. Imagino que todos somos como aquel hombre; por cierto yo era como él cuando cumplí nueve años: era príncipe y zapatero.

Sin embargo, en lo que respecta al sentimiento por la vida y la experiencia del sentido, existe una tremenda diferencia entre trasladar la naturaleza dual del hombre al plano social y secularizarla, como sucedió con Sartre, o cubrir la distancia inconmensurable entre las polaridades divinidad y humanidad, eternidad e historia, sueño y realidad.

Libertad y Esclavitud

El proceso de individuación es una progresiva realización de la totalidad en la vida y asume la forma de una confrontación entre consciente e inconsciente, ego y Sí-mismo. En esta confrontación el ego parece en un principio ser el perdedor.

Originalmente surgido del Sí-mismo, el ego se coloca frente al Sí-mismo como aquello que es movido con respecto al que mueve, o como el objeto al sujeto, porque los factores determinantes que irradian del Sí-mismo rodean al ego por todos los costados y por tanto están antes que él. En una ocasión Jung habló en efecto de la pasión del ego, pues en la individuación el sino de la personalidad del ego es ser absorbida en el círculo mayor del Sí-mismo y verse privada de sus ilusiones de libertad. El ego, y por extensión el individuo, sufre, por así decirlo, de la violencia perpetrada por el Sí-mismo. Así, la individuación es siempre tanto una fatalidad como un logro.

Teniendo en cuenta el peso del Sí-mismo, la individuación puede considerarse sólo como un proceso determinista: un vago presentimiento parece reinar sobre él. No obstante ése es sólo un aspecto del cuadro, pues el ego persiste en su papel de centro de consciencia. A pesar de su dependencia manifiesta del Sí-mismo, retiene un inalienable sentido de libertad que es la precondición de dignidad humana y la base necesaria para la responsabilidad moral. Por sobre todas las cosas, el ego es el vehículo de toda la experiencia: sin él, la individuación no podría convertirse en realidad, pues no seríamos conscientes de nada o nadie sobre quien individuar.

En este sentido, el Sí-mismo está en una posición de dependencia relativa del ego: el ego lo crea, por así decirlo, mediante la realización consciente de contenidos inconscientes. Discierne las imágenes del Sí-mismo en sueños y sus configuraciones en la vida, y a través de su observación y la aceptación de lo observado eleva al Sí-mismo de la obscuridad del inconsciente hacia la luz de la consciencia.

Antes o después, la verdadera individuación requiere del individuando una voluntad de renunciar a los reclamos de su personalidad del ego a favor del Sí mismo como autoridad superior y renunciar a ellos sin estafarse a sí mismo. La individuación siempre implica un sacrificio, una pasión del ego. No obstante, no significa dejarse llevar pasivamente: es una auto entrega consciente y deliberada que prueba que se tiene pleno control sobre uno mismo, es decir, sobre el ego. Sin embargo, es el Sí-mismo el que impulsa esta auto-entrega voluntaria o libre, en su esfuerzo por evolucionar y realizarse. La personalidad más sumaria pone al ego a su servicio; el ego se convierte en el representante y ejecutor del Sí-mismo en el mundo de la consciencia.

La relación recíproca entre ego y Sí-mismo, o entre hombre y Sí-mismo, subyace al dicho paradójico de los alquimistas de que la piedra filosofal símbolo del Sí-mismo – es tanto hijo como padre. Hasta cierto punto creamos el Sí-mismo al tomar consciencia de los contenidos inconscientes y en ese sentido es nuestro hijo. Es por ello que los alquimistas llamaron a su substancia incorruptible que significa precisamente Sí-mismo – el filius philosophorum. Sin embargo, nos vemos forzados a realizar este esfuerzo por la presencia inconsciente del Sí-mismo, que todo el tiempo nos impulsa a sobreponernos a nuestra inconsciencia. Desde ese punto de vista, el Sí-mismo es el padre. Para expresarlo con otra imagen: la totalidad del hombre, originalmente oculta y cautiva en el inconsciente prueba ser una prisión real durante la individuación, aunque abarcadora. El descubrimiento de su cautiverio horrorizará a aquellos de mente estrecha, pero el hombre que es grande por dentro sabrá que el tan esperado amigo del alma, el inmortal, ha llegado por fin, para poner en cautividad al cautiverio (Efesios 4:8).

La relación entre el ego y el Sí-mismo y su dependencia mutua enfrentan a la psicología de la individuación con la perenne pregunta de la libertad. Sin libertad, la individuación sería un mecanismo sin sentido, que no vale ni el esfuerzo ni la idea. Sería, en palabras de Jung, fatalidad y no logro. A la inversa, perdería todo significado si hubiera libertad plena, pues entonces podría ir tanto en una dirección como en otra. No se precisaría ninguna decisión, ni criterio, ni meta. Como con todas las preguntas que bordean lo trascendental, la única respuesta que puede dar la psicología es una antinomia: el hombre es libre y no lo es.

No es libre de escoger su destino, pero su consciencia lo hace libre de aceptarlo como una tarea que le impone la naturaleza. Si asume la responsabilidad de la individuación se somete voluntariamente al Sí-mismo; en lenguaje religioso, se somete a la voluntad de Dios. Sin embargo, la sumisión no hace desaparecer la sensación de libertad. Por el contrario, sólo sacrificándola justifica su libertad y ratifica su responsabilidad por sus acciones y decisiones. El sacrificio constituye una afirmación de la tarea que le impone la vida. Conduce al hombre más allá de sí mismo y así puede desembocar en una auténtica experiencia de sentido. Unos pocos meses antes de su trágica muerte (18 de Septiembre de 1961) Dag Hammarskjöld escribió en su diario: No sé quién o qué – hizo la pregunta, no sé cuándo fue hecha. Ni siquiera recuerdo haberla respondido. Pero en algún momento contesté sí a alguien o algo – y desde aquella hora estuve seguro de que la existencia tiene sentido y que, por tanto, mi vida tenía un objetivo en la auto entrega.

El hombre es libre de ampliar su consciencia. A diferencia de los animales y las plantas, no es sólo parte de la naturaleza sino que es creado como un ser que goza de espíritu. Sólo el hombre se pregunta acerca de Dios. Único en la creación, se ha independizado en gran medida del dominio de la naturaleza y sus instintos. Su consciencia sabe del bien y del mal y, debido a que posee consciencia de sí mismo, tiene la libertad de decidir. Sin embargo ése es tan sólo un aspecto de él, pues su vida, sus acciones e ideas están moldeadas por los arquetipos, y el impulso de conquistar el inconsciente es innato en el Sí-mismo preexistente. El hombre se realiza a sí mismo como exponente de este último y se realiza a sí mismo también como una personalidad del ego autónoma que crea sentido y consciencia de sí. Para decirlo con otras palabras: el Sí-mismo lo condena a la esclavitud y lo destina para la libertad.

Paul Tillich se refiere a esta situación cuando habla de la inevitabilidad de la libertad. En todo momento, ya sea que actuemos o no, estamos obligados a decidir en desacuerdo con la propia naturaleza. Por ende hay una exigencia de libertad que causa el más profundo desasosiego en nuestro ser todo él se siente amenazado por ésta, pues no dará lo mismo una u otra decisión. La necesidad de decidir pende como una amenaza sobre la existencia, nada ofrece, ninguna certeza, ni siquiera ahora – la ortodoxia, la piedad o la verdad religiosa. En esta indefensión radical, sin salvaguardias, ante la situación límite de libertad inevitable, Tillich ve el auténtico sello distintivo del protestante.

El hombre también está condenado a la libertad en el mundo existencialista de Sartre. La libertad pende sobre él como una sentencia. Es su propio maestro, condenado a crearse a sí mismo. Estoy condenado a no tener otra ley que la propia (Las Moscas). Para el existencialismo no existe ningún agente fuera del mundo de la consciencia, ningún Dios al que el hombre pueda someterse, no hay un Sí-mismo que lo destine para la libertad. Al final es arrojado una vez más sobre sí mismo, sobre su ego: como ego se crea a sí mismo. Encuentra su vocación en su inseguridad y en la condena a lograr la libertad. De acuerdo con Tillich, el coraje para la libertad es el coraje de la desesperación, en el que sin embargo se atisba la posibilidad de conquistar por fin el miedo a la vida.

Desde el punto de vista psicológico, todo esto deja de lado el hecho complementario de que el hombre es una personalidad del ego que se origina a partir del Sí mismo trascendental, que todo el tiempo vive en virtud de la conexión de su ego con su origen númine, ya sea que lo sepa o no. Las palabras de Jung No soy yo quien me crea a mí mismo; más bien le ocurro a mí mismo, colocan al Sí-mismo como si existiera a priori. Sea conocido o desconocido, es el operador oculto detrás de nuestras vidas. En lenguaje religioso de los antiguos: sea o no llamado, confirmado o negado, el Dios estará presente. Ni siquiera siendo libre puede el hombre escapar a que el Sí-mismo le marque el destino, pero la posibilidad de una experiencia de sentido yace en reconocer su impronta. Entonces su vida se torna transparente para el impresor oculto.



La libertad y la esclavitud acompañan y condicionan la historia evolutiva del hombre. Su consciencia ha aumentado en forma considerable en alcance desde su primer despertar y ha adquirido un fuerte sentido de libertad. Debido a su iluminación racional, la tecnología y el conocimiento científico, el hombre civilizado es mucho más libre que el así llamado primitivo, que permanece cautivo aunque también resguardado por la naturaleza y la inconsciencia. La consciencia, que se ha expandido a lo largo de los milenios, es el premio supremo de la evolución, en gran medida por el sentido de libertad que otorga. Sin embargo, el precio a pagar no es pequeño, pues con la mayor consciencia de sí y sentido de la libertad, la seguridad original y la confiabilidad en el instinto se han perdido. El hombre se alienó de la naturaleza, su consciencia olvidó su origen en el inconsciente y esta parcialidad se convirtió en una fuente de violaciones del instinto que llevaron a la aberración, el sufrimiento y una vez más a la esclavitud. Asimismo, su dependencia original de las fuerzas salvajes de la naturaleza fue reemplazada por una creciente dependencia de la política, la industria y la tecnología, con el resultado de que el hombre moderno, pese a toda su libertad, es incapaz de resistirse a la influencia sugestiva de los movimientos de masa y sucumbe ante ellos con demasiada facilidad.

La sobre-valoración parcial de la consciencia racional y de un mundo dominado por el ego, así como la corrupción del instinto, constituyen el origen de numerosas neurosis y enfermedades psíquicas en el hombre moderno. Por ello, el respeto por la experiencia psíquica y un conocimiento de la misma se convierten en necesidad imperativa. Una de las tareas de la individuación para el hombre moderno es reconocer que su existencia autónoma, que se cree tan superior y que sin embargo es tan sugestionable, depende de las condiciones sociales externas y está determinada por factores psíquicos internos, reteniendo a pesar de este descubrimiento – su sentido de responsabilidad y libertad. La personalidad consciente, obedeciendo a su destino individual, es el único baluarte contra los movimientos de masa de la sociedad moderna. Allí yace el sentido social de la individuación.

Aniela Jaffé

 

(*) Ver en el Sitio de Alcione – sección Jung
La Función Trascendente

Extractado por Julián Álvarez de
El Mito del Sentido en la obra de C. G. Jung.- Ed Mirach,

Bastó una Nada

Bastó una Nada

En la noche del pasado, la Tierra no era más que un bloque de fango tibio, con algunas islas de materia más sólida aquí y allá. No era más que un terrón fangoso a la deriva en el espacio. No transportaba ni plantas ni bestias, sino grumos, arenas, vapores y gases, líquidos y cristales. La Tierra estaba muerta.

Fueron necesarios milenios de lluvias, de tempestades, de erupciones volcánicas, de marejadas y de huracanes para disminuir la temperatura de ese magma. Y luego, más milenios de cataclismos azarosos y gigantescos para que un día algunas moléculas se juntaran, se combinaran, complicando su fórmula y llegando a ser, por accidente, un protoplasma.

El protoplasma: algunos regueros viscosos no llegando a nada. Un poco de heces entre tanto légamo y cieno, un escupitajo lanzado por una ola y recogido por otra. Pero algo sucedió, alguna cosa que debía trastornar a la larga el aspecto del planeta. Qué fue? No se sabe. Un rayo, algo térmico, un resplandor venido del fondo del espacio y apenas frenado por una atmósfera todavía delgada, tal vez la vecindad de un misterioso catalizador, o bien…

Y la pequeña gota de protoplasma se agitó un poco. No se movió a causa de la acción del viento, o de un remolino, ni por el choque violento de una ola estallando contra una roca, no. Ella se movió por sí misma. la gotita de albúmina vivía, llevaba en sí un germen formidable.

Ella nadó un poco, malamente, por minúsculas sacudidas. Absorbió ciertas sales útiles, escupió otras que no le servían de nada. Creció, se desdobló, se multiplicó, dio nacimiento a bancos de pequeñas gotas todas semejantes. Algunas emigraron hacia mares más o menos cálidos, otras quedaron aprisionadas en lagunas abandonadas por los mares.

Viviendo en condiciones variadas, empezaron a diferenciarse. Algunas se cubrieron de una membrana, sus hermanas se erizaron de rugosidades calcáreas. Algunas vivieron aisladas, otras permanecieron adheridas las unas a las otras formando moluscos, o bien echaron raíces en lodos blandos llegando a ser algas rudimentarias.

Historia Jasídica

Historia Jasídica

El Rabí Levi-Yitzhak contaba un día:

“Una mañana percibí que la gente de mi aldea no me respetaba. Turbado, traté de comprender por qué. Y terminé por darme cuenta que eso no tenía nada que ver con ellos y sí conmigo.  Simplemente, era que había perdido todo respeto a mis propios ojos. Por qué ellos tendrían que ser más caritativos que yo? Decidí entonces mejorar. A consecuencia de eso, mi entorno me trata con más deferencia, igual mi familia y mis vecinos. De familia en familia, de calle en calle, el cambio se ha hecho sentir, extendiéndose por fin a la aldea entera. Se me estima de nuevo.”

Obrando sobre sí, el hombre actúa sobre los otros; este es el principio mismo del pensamiento místico.
Que un solo ser alcance la perfección y la especie toda entera será salvada de la mentira y del mal.

Elie Wiesel

Traducción de Ester Silva.