El verdadero místico llega también a experimentar una muerte de la persona natural en él y un renacimiento en un nuevo estado, iluminado por el recuerdo (e, idealmente, por la posibilidad de reexperimentarlo a voluntad), de una condición extática de ser y/o de la consciencia. En el sentido literal, éxtasis significa salir de sí mismo, por tanto, salir y alcanzar no solamente una iluminación de la consciencia individualizada, sino también un estado de ser trascendente donde la separación, las distinciones y las diferencias son absorbidas en una experiencia sentida de la unidad que subyace en ellas.

En numerosos casos, esta experiencia puede ser un reflejo del poder y de la cualidad de un ser mucho mayor sobre la consciencia sosegada del místico en un estado de expectativa. Puede también resultar de una apertura temporal de las puertas de la percepción el dejar entrar una luz celeste- por la acción de un personaje que se ha repolarizado a este nivel trascendente. Puede incluso ser inducida por drogas psicodélicas que derriban, por algunos instantes, las membranas protectoras y las barreras erigidas por el ego, por su cultura y su religión vía peligrosa ya que estas protecciones pueden ser dañadas de manera permanente y son necesarias para la puesta en funcionamiento efectiva de la mente en el mundo cotidiano-. En cualquier caso, lo que en principio se ve modificado y revolucionado es el aspecto sentimiento de la consciencia. He aquí por qué la mayor parte de los grandes místicos que han tratado de transmitir a otros algo de la cualidad de su experiencia, han utilizado como símbolos las experiencias de amor humano y de unión física.

A causa de su enfoque racionalista y dogmáticamente teológico de la experiencia humana, la cultura europea no podía integrar verdaderamente el estado místico en sus esquemas normales de desarrollo humano. Los monasterios y los conventos se convirtieron en las únicas formas aceptables de actividad contrapersonal; pero esta actividad estaba totalmente contenida en los límites colectivos del espíritu religioso y obraba como intermediaria de una intensa devoción a una persona divina, ya fuese el Cristo o María, la Virgen-Madre. Un enfoque similar de las realizaciones trascendentales, pero pluralista y más fragmentado, se ha desarrollado también en la India medieval, en el gran movimiento bhakti y en los cultos de Radhakrishna actitud que ha persistido en la relación típicamente hindú entre el chela y el gurú.

Yo aplico el término contrapersonal a estas manifestaciones de un deseo ardiente, profundamente humano, de autotrascendencia, que se expresa bajo la forma de una intensa devoción y, en nuestro nivel individualista de evolución, de deseo o de nostalgia por un regreso a una condición primordial de unidad y de espiritualidad porque, durante algo así como veinticinco siglos, la corriente principal del desarrollo humano ha fluido en dirección opuesta. La humanidad en su conjunto ha buscado desarrollar la mente individualizante y atomizante; y esta mente encuentra su campo de acción preferencial en la materia estrictamente medible y divisible casi ad infinitum. La consciencia del hombre, por tanto, ha desplegado sus capacidades latentes en una dirección orientada hacia la materia. Se ha interesado en una multiplicidad de datos cada vez mayor, en sensaciones cada vez más complejas y más refinadas y en una miríada de variaciones intelectuales sobre los temas del gozo sexual, del bienestar corporal y de la excitación nerviosa. Son los fundamentos sobre los que se ha construido nuestra civilización occidental, en particular en los últimos 500 años; antes de este período, las mismas tendencias estaban en funcionamiento bajo diversas formas en otras culturas, sin alcanzar, sin embargo, el mismo carácter de cuasi exclusividad. Por lo tanto, todo movimiento que obre en contra de esta corriente evolutiva puede ser calificado, con pleno derecho, de contracultura, al menos en cierta medida, y de contrapersonal, sobre todo en la sociedad americana.

El sendero del Avatar, del héroe y del genio creador conduce a aquellos que le siguen hacia una dirección que es, en realidad, la de la corriente evolutiva principal; pero, en la mayor parte de los casos, estos hombres actúan contra la inercia de esta corriente principal, inercia que se manifiesta en las instituciones, los paradigmas no cuestionados, los esquemas estándar de comportamiento y de sentimientos y los estereotipos intelectuales de una sociedad particular y para un fin evolutivo particular. Estos hombres son transformadores, y si no son destructores, al menos son críticos y reformadores implacables de organismos sociales esclerotizados. Sin embargo, aunque se considere que mueven y sacuden las sociedades hiperritualizadas y satisfechas de ellas mismas, ellos mismos están movidos por poderes cósmicos y puede ser que por seres suprapersonales que les inspiran, pero también los inspiritualizan. Son agentes del destino. Alrededor y a través de ellos, todo empieza a moverse y a cambiar, aparentemente con consentimiento, pero en realidad obligado por un contagio de cambio, una voluntad cuyo fuego arde hasta que el organismo físico mismo se ha consumido por la energía que fluye a través de él y que deja frecuentemente a la personalidad trastornada y vacía. Estos hombres pertenecen esencialmente al linaje de los espíritus prometeicos. Son las manifestaciones de estos grandes karma-yoguis que han debido asumir una buena parte de las consecuencias casi inevitables de su don del fuego a seres humanos que no estaban preparados, que no querían y que por lo tanto no eran capaces de actuar como co-creadores de estas llamas divinas.

Los Avatares llegan a una raza o a una nación donde ha surgido la necesidad aguda de una experiencia de muerte-renacimiento porque las antiguas estructuras se han vaciado de todo sentido vital limitante y porque una combinación de inercia a un nivel y de caos a otro nivel lo domina todo. Ellos llegan cuando el tiempo ha llegado. Son criaturas del tiempo (Kala en sánscrito) porque el tiempo es el aspecto estructural del cambio y estos hombres están obsesionados por la voluntad de cambiar y el deseo ardiente de transformar todo lo que tocan.

Esta voluntad, este deseo ardiente, implacable, insaciable, no son suyos como individuos. La voluntad de destino es la única que conocen realmente: la voluntad de consumar los actos que deben ser hechos, sin tener en cuenta las consecuencias sobre su vehículo terrestre personal. Esta voluntad de destino es el poder que los mueve, frecuentemente hacia una consumación trágica. Ella obra esencialmente más allá de lo que los hombres ordinarios denominan el bien y el mal, porque la muerte polariza el renacimiento y la tragedia es el hermano negro de toda liberación de nueva potencialidad.

Estos seres prometeicos no deberían ser considerados como místicos, aunque la fuente de su actividad esté en un dominio que trasciende lo personal y lo simplemente humano. La fuente está en ese dominio y nosotros podemos darle un nombre más o menos encantador: Yo Superior, Maestro, Señor del Karma, Dios y, en algunos casos, sus contrapartidas negativas sobre el sendero de la desintegración total, más allá de la posibilidad de renacimiento en este esquema del mundo, ya que hay también Avatares del Mal-. La fuente puede estar personificada y el Avatar puede sentirse identificado con ella, de manera que los que le siguen pueden declararlo encarnación divina; transcarnación sería más justo. El fuego de la transformación arde a través de la carne hasta que su trabajo sea hecho o, al menos, hasta que los discípulos atraídos hacia la llama hayan agotado su capacidad de responder al fuego y a la luz que él irradia.

El místico es un individuo que, en el desarrollo de su alma, ha alcanzado una fase que le permite, en la luz de un intenso deseo de unión con lo divino y de un amor que no acepta límites, experimentar el estado de unidad. El alma de un ser que se manifiesta bajo la forma de un Avatar puede haber alcanzado este estado de unidad en una existencia pasado o puede estar a punto de alcanzarlo en una vida futura, pero su vida como Avatar (o genio creador o héroe cultural) está polarizada por una finalidad totalmente diferente. Esta vida es, lo repito, un ritual de actividad transformadora; y la creatividad implica el poder de transformar aquello sobre lo que uno concentra su atención. Esta actividad es una respuesta a una necesidad colectiva. Es una respuesta particular, condicionada por una necesidad particular, en un lugar y una época particulares.

En un sentido pues, las proezas o la obra creadora realizadas pueden ser denominadas personales cuando son consideradas en ellas mismas. Están determinadas por lo que se produce en el dominio de las personalidades humanas, incluso si la circunstancia sigue un ritmo cíclico cósmico más allá de las personalidades simplemente humanas como tales. Como los resultados de la obra del Avatar conciernen a la transformación de una colectividad de personas (o de la humanidad y del planeta como un todo, en el caso de los Grandes Avatares), están inevitablemente condicionados por el género de consciencia y la posibilidad de respuesta-sentimientos en relación con el nivel de base en el que la humanidad o una comunidad opera en ese momento dado. El Avatar acepta lo que existe en el momento de su llegada; lo utiliza de manera que sea capaz de transformarlo. Uno no puede transformar más que aquello a lo que uno pertenece o ha pertenecido; es decir, desde el interior. Es necesario, por lo tanto, haber experimentado este interior y actuar, en cierta medida, como si uno le perteneciera como si uno fuera simplemente una personalidad humana-.

El Avatar puede ser considerado como el terminal terrestre de una línea de transmisión de poder. Es un instrumento mágico, una máscara utilizada en un ritual colectivo. Este ritual de metamorfosis puede no concernir más que a una situación racial-cultural estrechamente definida, con vistas a la finalidad última de un pequeño ciclo cuyo Avatar es la semilla mutante; o bien puede referirse a un gran ciclo evolutivo. Por lo tanto, hay Avatares de diferentes niveles y la dificultad para determinar el nivel de cada uno de ellos reside en el hecho de que el comienzo de un pequeño ciclo puede coincidir con el de uno o varios ciclos mayores. La línea de transmisión de poder puede ir mucho más lejos hacia el centro galáctico, símbolo de nuestro Dios o Logos cósmico, de lo que parecería si uno no considerara más que el carácter de la máscara: la persona-instrumento, el oficiante del ritual.

Por lo tanto, antes que nada hay que comprender que el carácter del Avatar no reside en sí mismo como individuo sino en la cualidad de sus actos o de sus creaciones; él es en realidad la puesta en funcionamiento de una cualidad. Él vive en el acto que él realiza, en el mensaje que entrega. Él ha nacido con este fin, y en muchos casos, su vida es un sacrificio, simplemente porque no es verdaderamente su vida. Esto no significa que haya que considerarlo como un médium; más bien se podría decir que es un mediador. Él realiza trans-acciones entre una fuente de poder divino o cósmico y aquellos que necesitan liberarse para convertirse en algo más que lo que son. Su consciencia de la finalidad de la performance es proporcional a la manera en que su organismo biopsíquico personal es capaz de responder a la consciencia y a la intención de la fuente y a la naturaleza del poder liberado a través de él; mientras más alto sea el nivel de evolución de sus ascendentes biológicos y de la colectividad a la que debe dirigirse de acuerdo con su destino, más grande, más precisa será su consciencia de la finalidad que persigue. Sin embargo, si tiene consciencia, es la consciencia revelada en el acto y a través de la performance.

Los términos clarividencia y clariaudiencia son comúnmente utilizados en nuestros días. Se debería también adoptar el término de clari-pensamiento y clariacción cuando se habla de una cualidad del pensamiento y de la acción que implica mucho más que lo que se entiende generalmente por pensar y actuar. En el clari-pensamiento hay muy poco de actividad reflexiva; es así como un ocultista como Sri Aurobindo y un científico-filósofo inspirado como Teilhard de Chardin han acentuado la superioridad de una cierta forma de visión interior sobre los procesos racionalizadotes del pensamiento analítico y conceptual ligado al cerebro. Lo que parece ser visión es más bien una identificación inmediata de la mente con una idea de un principio cósmico sobre la cual se ha focalizado un proyector de certidumbre. Del mismo modo, la clariacción se refiere a una performance cuya ineluctabilidad es evidente cuando la voluntad-de-actuar moviliza los órganos de acción requeridos. Lo que nosotros llamamos instinto en el reino animal es clariacción a nivel de una consciencia genérica, no consciente de ella misma. Pero, en el Avatar, la consciencia está expandida en el acto, incluso si no lo precede. Una verdadera acción avatárica no es reflexionada: es espontánea de una forma madura. Pero la fuente del acto está más allá de la personalidad y de su consciencia de ego. El acto es transpersonal porque el poder liberado utiliza a la persona como una lente para focalizar la liberación.

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