Se puede considerar también como Avatar, a nivel socio-cultural, al artista creador que no se contenta simplemente con imitar y con reproducir, con algunas modificaciones personales superficiales, los esquemas que su cultura y sus instructores han impreso sobre su mente. Es un Avatar en la medida en que un poder, que trasciende el campo de su personalidad controlada por el ego, lo inspira o inspiritualiza verdaderamente es decir, en la medida en que exterioriza en formas concretas, musicales, plásticas o literarias, lo que es realmente necesario en ese momento y en ese lugar particular-. Estas formas deben ser aceptables al menos para los espíritus y los corazones más abiertos entre sus contemporáneos o sus hijos; y son aceptables si responden verdaderamente a esta necesidad y cuando al menos un pequeño número de personas ha tomado consciencia de lo que es esta necesidad. Nada puede ser vertido en un vaso totalmente lleno. Si un grupo de individuos en una comunidad no ha experimentado un cierto grado de vacío interior, su consciencia colectiva no puede llenarse por el poder de un nuevo aspecto del Espíritu. Hace falta que hayan sido labrados, desgarrados por la ansiedad, la soledad, la alienación y un profundo sufrimiento incluso si este sufrimiento no tiene causa aparente- para ser capaces de recibir la nueva semilla.

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Ellos son los artistas creadores que tienen por misión concretizar y dar una forma pública a un estilo de vida, de sentimiento y de pensamiento que encuentra, a través de ellos más que de ellos, su florecimiento perfecto. Ellos representan verdaderamente el florecimiento de una cultura; ellos esencializan su carácter fundamental. Extraen la calidad más pura de los esquemas del modo de vida de su sociedad, quizá pesadamente oscurecidos o confusos; extraen el sentido seleccionando y acentuando sus rasgos más reveladores. Ellos pueden ser capaces de evocar el alma de la cultura; y el gran arte es siempre evocador más que descriptivo. J. Sebastián Bach es un ejemplo notable de este tipo de personalidad creadora.

Sólo hombres de menor estatura se contentan con pintar fielmente, de manera casi fotográfica, lo que es; pueden ser hombres notables en su oficio, pero no se les puede considerar como Avatares, incluso si o quizás precisamente debido a que- reciben aplausos inmediatos. Pueden ser personalidades excepcionales, pero no seres transpersonales. Del mismo modo, un personaje religioso, a la cabeza o en las filas de una institución religiosa organizada, puede ser una gran personalidad, un perfecto ejemplo del ideal promovido por la religión, un excelente organizador; pero esto no hará de él un avatar, a menos que llegue en medio de una crisis generalizada, que se haya hecho necesaria para restablecer en su pureza el ideal pervertido, y purificar, reorganizar una institución sacudida de una manera drástica mientras que su ciclo de viabilidad todavía no ha sido agotado. Esto implicaría una transformación que más bien habría que poner en la categoría de las reformas.

Se dice habitualmente que el gran Avatar tiene la ciencia infusa, que ha nacido con un conocimiento innato de su función y de su destino; pero puede ser que esta afirmación incluya una cierta proporción de encanto falaz y de comprensión incompleta. Estando ampliamente abierto a la consciencia colectiva de la sociedad que, desde su nacimiento, ha alcanzado el fin de su ciclo, la mente del Avatar es capaz de utilizar todo lo que es requerido por las acciones que se supone que él debe cumplir. El no sabe y aprende simplemente para conocer u ocupar una posición social. Sus acciones co-nocen aquello que tienen necesidad de saber, para salir adelante según el ritmo intrínseco del destino del Avatar. En calidad de emisario del Hombre o de algún poder espiritual cósmico más allá del campo de la Tierra o incluso del sistema solar- todo lo que necesita está disponible, pero no para él a título de posesión personal; está disponible para el poder que se expresa a través de él. Este conocimiento puede no ser transmisible y no necesitar de una mayor memoria, del mismo modo que el conocimiento instintivo del animal no tiene necesidad de memorizar la manera de construir un nido o de paralizar un insecto del que su progenie tendrá necesidad para su alimentación. El que crea en una forma de reencarnación personal dirá que todo conocimiento que es evidentemente innato prueba que el Avatar ha adquirido en una encarnación pasada este conocimiento y la capacidad de utilizarlo efectivamente. Indudablemente es una manera de explicar el fenómeno; pero, es acaso la única y la más profunda? Esta explicación individualiza un proceso que muy probablemente tiene sus raíces en una relación especial entre el joven anormalmente sabio y la Mente Una del Hombre. En la vida de todo Avatar, es el Hombre o más bien uno de los múltiples aspectos del potencial multidimensional de ser del Hombre- quien actúa, habla o entona la nota clave de un nuevo ciclo en la evolución planetaria de la humanidad como un todo.

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También es el Hombre o el aspecto particular del Hombre del que tiene necesidad una raza particular o una comunidad humana para su supervivencia o su expansión- el que actúa a través de aquel que realiza grandes hazañas y hace de él un héroe para las generaciones aún por venir. En el sentido más general del término, un héroe es un hombre o mujer que, en un estilo totalmente consistente y significativo, realiza los actos del destino que él ha aceptado y asumido en lo más profundo de su ser, incluso si no está a nivel del ego consciente la mayor parte del tiempo. Una performance heroica es un acto o una serie de actos al menos relativamente perfecta, es decir, realizada a través. Es la performance de un papel que libera la potencialidad creadora inherente a un momento específico en el gran juego de la evolución humana. En ella, el actor, que se ha identificado totalmente con su papel, vierte su sustancia vital en la acción. Él es la acción tanto como el actor; y es también, en un sentido, aquello sobre lo cual actúa, ya que, espiritualmente hablando, los tres son uno. La necesidad, la respuesta perfectamente adaptada y el hecho de responder constituyen un solo momento en el drama cíclico de la existencia, tan grande o pequeño como sea este ciclo.

Frecuentemente el héroe muestra no solamente un gran coraje, una perseverancia indomable en el enfrentamiento con obstáculos siempre nuevos, una fuerza de carácter y una magnanimidad en la victoria, sino también pasiones intensas y lo que se llamaría orgullo en el caso de los hombres medianos. Habría que ver, sin embargo, estas características aparentemente negativas o personales bajo una luz distinta a la del hombre ordinario que no está, como el verdadero héroe, abierto a horizontes de poder y, en ciertos casos, de conocimiento relativamente ilimitados. Si hay orgullo en la performance que ha producido resultados de un significado colectivo mayor, este orgullo puede ocultar una profunda humildad frente a la fuente interior de donde ha dimanado la energía que no solamente ha producido la alta hazaña, sino que también ha reforzado la resistencia obstinada y la lealtad hacia la finalidad prevista. Es solamente en el caso del actor de tipo banal donde la evaluación orgullosa del valor de la performance se expande sobre el ego de la persona que juega el papel. En todo actor que se da cuenta de que él mismo y su vida entera no son más que una forma o una máscara ritual a través de la cual opera un dios (o un centro focalizador de la Fuerza-de-Vida-Universal), no puede haber más que un sentido exaltado de victoria por el logro un sentimiento de participación en un drama o en un ritual sagrado ante la grandeza del cual el pequeño orgullo cuasi-orgánico del trabajo bien hecho se inclina reverentemente-.

El respeto religioso, la veneración, es el alma misma del verdadero heroísmo; veneración frente a la fuente suprema y siempre misteriosa del poder y de la intensidad que hacen vibrar al actor frecuentemente mucho más allá de toda fuerza natural concebible. Ya sea en el momento de la acción o de manera profunda, inexplicable pero constante, el verdadero héroe es consciente de un misterio interno. Él puede no querer reconocer frente a los demás lo que es, en él, la quintaesencia y el centro sagrado de todo su ser; pero, sin esta profunda toma de consciencia de lo que hay en él, una fuerza-raíz divina, no sería capaz de continuar actuando en un mundo que él sabe que debe transformar y donde, para este fin, debe combatir sin cesar la inercia institucionalizada para que una nueva vida pueda surgir sobre las ruinas de los prejuicios y de los temores que rinden un culto a la Tradición.

Después de la muerte del héroe, sus grandes hazañas, su vida y su apariencia pueden ser inmortalizados en un estilo de comportamiento. Puede permanecer como un ejemplo siempre inspirador de pensamiento revelador, impregnado por el fervor contagioso de una vida consagrada a una presencia ideal o divina. Cuando esto se produce, el Avatar o el héroe se ha convertido él mismo en una palabra de poder, un mantram que millones de personas pueden entonar en momentos de crisis, de angustia o de desesperación incontrolables. Pero, mientras que los hombres ordinarios glorifican y adoran quizá al héroe como persona, él siempre ha sabido, por una especie de saber incontestable, que él no es más que una máscara ritual, un personaje en el gran Lilah del universo, y el servidor de una meta cíclica, una respuesta a una necesidad humana colectiva.

Los Avatares, los héroes, los genios creadores, no pueden ser considerados como santos, y aún menos como místicos; no son tampoco ocultistas o Maestros en el sentido habitual de estos términos erróneamente empleado. No reclaman ni la impersonalidad, ni esta forma de pureza que obedece a las leyes establecidas para estructurar una sociedad particular o para perpetuar las instituciones. No son tampoco ángeles caídos o dioses disfrazados. Son vínculos entre lo divino y lo humano. Son canales de comunicación y de transmisión y, como tales, son como las palabras de un lenguaje, los grandes símbolos de una cultura. Son expresiones del destino a través de los cuerpos humanos y de las mentes individuales que tienen genéticamente, como resultado final de un largo linaje de encarnaciones- la capacidad de responder a una voluntad divina y de formar medios de comunicación a través de los cuales las masas humanas podrán ser alcanzadas.

Su camino es el camino transpersonal, el camino a través, el camino de las grandes hazañas sacramentales y de las expresiones condensadoras de poder. Es también el camino de la compasión, ya que sólo el amor a la humanidad puede darles el calor que fascina a los demás a menos que no hayan caído en el camino trágico y esencialmente desesperado de estos egos magníficamente negros que tienen como destino cósmico el destruir a aquellos que resisten incluso a la fascinación irradiada por los Avatares; egos negros que, en su incapacidad de amar, se vinculan a lo divino por el poder de un odio absoluto.

El odio es también relación. Toda liberación de potencialidad tiene su sombra. Pero el que está enraizado en el amor consuma el tiempo y el destino, mientras que el tiempo destruye a aquél que ha rechazado el amor y rechaza reconocer y venerar a la fuente divina de donde dimanan todas las nobles grandes hazañas y los amores magníficos.

Dane Rudhyar

Extractado de Preparaciones Espirituales para una Nueva Era, Edit. Heptada, Madrid, 1990.

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