El enfrentamiento en vigilia de los contenidos del inconsciente, es la esencia de la imaginación activa.
Debe haber un compromiso ético con respecto a las apariciones interiores, sin el cual se sucumbe al principio de poder y la imaginación se convierte en destructiva para otros y para el que imagina. La imaginación activa carece de programa y es absolutamente individual. El terapeuta sólo guía para evitar la interpretación intelectual o la mera contemplación estética.

La imaginación activa es el medio más poderoso para hacer que un paciente se independice del médico y pueda caminar por sí sólo. Pero no hay que presionar para extraer el “sentido”. No es suficiente contemplar las imágenes interiores, hay que intervenir en el proceso con las propias reacciones personales. Pero no sobre la base de una personalidad ficticia, porque en ese caso el desarrollo se paraliza. Tampoco se deben “comprender” las imágenes, debe haber un compromiso ético.

Si se interviene auténticamente en el acontecer fantástico en el sentido de una confrontación que es tanto comprensiva como moral, la corriente de imágenes interiores comienza a servir para la construcción de la totalidad personal, para la individuación y para hacerse capaz de resistir los embates exteriores e interiores.

Cuando nos aproximamos al inconsciente, nos encontramos con un estrato de contenidos personales reprimidos: la sombra. Sólo resolviendo la sombra podremos alcanzar el fondo arcaico. Pero esto es sólo la vía, no la meta. Según Jung, y por adhesión a su herencia espiritual cristiana, no debe evitarse el conflicto ni el sufrimiento. Con frecuencia citaba la frase de Tomas de Kempis: “el dolor es el caballo más rápido que nos lleva a la perfección.”

Existen otros accesos al inconsciente, como las drogas alucinógenas. Con ellas el paciente no asume la responsabilidad, acelera más un análisis, pero muy rara vez será posible integrar los contenidos interiores vistos.

El inconsciente colectivo y los arquetipos.

Existe un mito en todas las cosmologías, que se refiere a un hombre primordial que representa la substancia fundamental del mundo y que contiene todas las almas humanas.
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En el mundo occidental, los gnósticos de los primeros siglos, lo llamaron Anthropos, que está representado por el falo hundido en la materia y que siente nostalgia de su retorno a la luz. Su resurrección tiene lugar cuando el individuo se esfuerza en desarrollar su “hombre interior”. Es el núcleo más íntimo del alma del individuo y al mismo tiempo una especie de alma colectiva de la humanidad entera, a la que Jung llamó “inconsciente colectivo”.

El supo desde su niñez, a través de los sueños, que esta imagen mítica no era producto de recuerdos. Como investigador los catalogó como auténticos focos vitales de la psique humana. Describió dos estratos bien diferenciados en el dominio de los contenidos del inconsciente: un estrato personal, vivenciado, reprimido u olvidado (ya definido anteriormente) y el estrato del inconsciente colectivo que está representado por una estructura psíquica, humana, general y congénita.

Consciencia e inconsciencia son una especie de bi-unidad, donde a veces predomina el inconsciente, como sucede en los sueños, o el consciente, como en el estado de vigilia. En el inconsciente colectivo se basa también el fenómeno de la “identidad arcaica”, en el cual nos sentimos como uno con el entorno. Es también la base de toda comunicación interhumana.

Como puntos estimulantes, existen en el inconsciente colectivo centros relativamente delimitables que Jung llamó “arquetipos”. Este concepto se deriva de la observación repetida varias veces de que, por ejemplo, los mitos y cuentos de la literatura universal, contienen siempre, en todas partes, ciertos “motivos”. Estos motivos también se encuentran en las fantasías, imaginaciones, sueños, delirios de los individuos actuales. Se caracterizan en que van acompañados de matices afectivos.

Son formas “típicas de captación”, estructuralmente comunes a todos los seres humanos y constituyen el aspecto interior, tanto de los instintos como de su forma. Son modos de comportamiento elementales de la psique, que sólo son observables en el campo visual interno del individuo. En relación al cómo de la aparición de los arquetipos, Jung dejó planteada la duda en sus últimos libros. Es posible que la investigación genética y la del comportamiento puedan dar una información más precisa al respecto.

El efecto de los arquetipos puede ser positivo o negativo. Toda función creadora de la cultura humana, se funda en arquetipos, son fuente de inspiración en todas las artes y ciencias porque generan nuevos modelos de pensamiento y dan las bases para nuevas concepciones espirituales de la época.

La imagen astrológica de la Era de Acuario, es posiblemente la que se está formando en el inconsciente colectivo que, con arreglo a la interpretación de Jung, representa al Anthropos, como una imagen del Sí mismo o bien de la personalidad más amplia del ser humano y del alma colectiva. Podría ser que la misión de la Era de Acuario, habría de ser la de tomar consciencia y manifestar más interés en el cuidado del inconsciente y de la Naturaleza, con el objeto de no seguir explotándola ni destruyéndola. El Anthropos representa la psique colectiva de la humanidad, es el arquetipo que une, que cohesiona y su misión es hacer que nuestra raza perdure y no se extinga. El cumplimiento de este objetivo es de una importancia vital, no sólo para la humanidad sino para cada uno de nosotros.

Jung estaba convencido que la integración de lo femenino en el mundo del Logos masculino, es necesaria
en la actualidad para atenuar el comportamiento agresivo. Es preciso un poder superior “un arquetipo constelado” – el principio femenino – que por el momento no se encuentra suficientemente integrado en nuestra visión religiosa del mundo.

El admitía que en el estrato inferior del inconsciente colectivo nos encontramos con un sector desconocido de la naturaleza, el cual “contiene todo y por lo tanto también lo desconocido, incluyendo la materia”. Allí estaría el aspecto preconsciente de las cosas en un nivel animal e instintivo de la psique. En el hombre, cuando se activa ese estado, se observa que con mayor frecuencia se producen acontecimientos de sincronicidad. En este estrato, la materia aparece como un aspecto concreto de la psique y la psique como una cualidad de la materia, pero debido a lo ineludible del fenómeno psíquico, no puede haber tan sólo un único camino al misterio del ser, sino que ha de haber por lo menos dos: el acontecer material por una parte y la imagen subliminal psíquica por otra, sin poderse saber quien refleja a quien.

El Sí Mismo.

A este aspecto del inconsciente, Jung lo llamó: Selbst, Self, Ser, Sí mismo, en equivalencia al Atman de la filosofía hindú. La consciencia del Sí mismo, en la religión hindú, tiene una importancia extraordinaria. Entre nosotros existe una infravaloración del alma que impide que ésta se despliegue y se revele.

El Sí mismo abarca todos los aspectos de la psique, incluso al yo. La personalidad 2, que descubrió Jung
en su juventud, corresponde a este Sí mismo. Con frecuencia es representado como un símbolo matemático circular o cuadrado, en el cual destaca más el dador de orden y sentido implicado en el centro de la personalidad, que el aspecto humano.

El Sí mismo implica algo eterno e indestructible, el yo experimenta una proximidad de un estado así. A través del sufrimiento, se hace consciente el yo del Sí mismo. Entonces, no se considera ya como un hombre aislado sino como uno que vive en todos. Tan sólo está aislada la consciencia subjetiva. Cuando ésta se encuentra referida al Sí mismo, el centro interior se siente contenido en el todo y descubre en medio del dolor un lugar de calma más allá de toda complicación.

El amor al prójimo se fundamenta en el amor a este Sí mismo. Se llega al Sí mismo – mediante la eliminación de apetencias egoístas – a través de la voluntad propia, de la curiosidad intelectual y del sosiego. Vivenciar lo inconsciente, aísla y muchas personas no pueden soportarlo. Sin embargo, estar solo con el Sí mismo, es la vivencia más decisiva y elevada del hombre.

Así el Sí mismo, no es una ordenación matemática plena de sentido, sino un Dios actuante. El inconsciente aparece personificado en una figura divina, esto posibilita una objetivación y por ello puede haber emociones y sentimientos. La experiencia del Sí mismo, proporciona el sentimiento de hallarse asentado en lo más profundo de la propia mismidad, sobre una base firme invulnerable, incluso para la muerte física misma.

La duplicidad del inconsciente que nos impulsa al bien y al mal, es contrarrestada por la “unidad” superior del Sí mismo que nos quiere conducir a una cognición superior: la leve pero inflexible voz interior de la verdad que impulsa a la individuación y que no permite auto-engañarse. A pesar de los conflictos interiores, al parecer insolubles, que dominan al hombre individual y a toda la humanidad occidental, se puede advertir que su inconsciente genera símbolos como el Anthropos o un Mandala que unifican a los contrarios y que simbolizan la esencia de la individuación.

Los gnósticos especulaban acerca del hombre primordial y en ellos se encuentran etapas previas a estas interpretaciones alquimistas y en ambas se dan constantemente, representaciones cuaternarias del símbolo del Sí mismo o incluso, una cuádruple rotación de un símbolo cuaternario, destinado a expresar el aspecto del Sí mismo vinculado al tiempo.

El Sí mismo se realiza en el proceso de individuación. Reúne a todos los contrarios y contiene a los cuatro elementos del mundo Es el hombre interior que alcanza hasta lo intemporal: Anthropos, descrito como redondo y hermafrodita y que “representa una recíproca integración del consciente y el inconsciente”.

La vivencia del Sí mismo elimina la imagen asfixiante y opresiva del mundo corriente, la persona permanece abierta hacia lo trascendente. Es comparable con el satori en el budismo Zen. Nuestra vida sólo tiene sentido cuando se abre al infinito, porque lo ilimitado es lo esencial.

Cuando Jung tenía 75 años cinceló una piedra, que transformó en un monumento en homenaje al Sí mismo.

La alquimia.

En 1934, Jung comenzó a investigar la alquimia y se percató de que los primeros alquimistas, eran filósofos gnósticos y en parte gnósticos cristianos de la naturaleza. En ellos no existía dualismo entre filosofía y ciencia experimental o entre religión y ciencia natural. Trataban de fundamentar su cosmovisión filosófico-religiosa mediante experimentos “químicos.”

La alquimia fructificó en la época alejandrina y en los primeros siglos del cristianismo, gracias a la metalurgia de Babilonia, el espíritu filosófico especulativo griego y los métodos de embalsamamiento egipcio (que tenían un significado mágico religioso.)

Los alquimistas han sido los precursores de aquellos que, en la actualidad, buscan una experiencia religiosa primordial. Su centro de esfuerzos estaba representado por el Anthropos, un hombre divino que debía ser liberado de las profundidades del mundo material. Al liberarlo, también el liberador alcanzaría la inmortalidad.

En esta rotación en forma de espiral, el Anthropos se renueva periódicamente a sí mismo y experimenta a través de prolongados procesos de transformación seculares e histórico psíquicos, una progresiva evolución, que parece tender a un mayor grado de consciencia en el hombre.

Jung, junto a Toynbee, estaban convencidos de que estamos en la actualidad en una fase cultural de decadencia y que la sobrevivencia de nuestra cultura depende de la renovación de nuestro mito arquetípico.

El primer sueño de Jung, acerca del falo sepulcral, significaba que la imagen cristiana de Dios, está encerrada en el inconsciente, y se ha transformado en el falo serpentino que mira hacia la luz.

En el simbolismo alquimista, el dragón o la serpiente, son la primera forma de renacimiento del ave Fénix. La mirada hacia la luz, significa que tiende hacia la esfera de la consciencia.

Jung descubrió nuevamente el mito proyectado que supone la alquimia y señaló el lugar de donde verdaderamente procede y desde el cual continúa actuando en la actualidad: desde la psique objetiva del hombre occidental.

Los alquimistas occidentales vivenciaban proyectando en la materia su propio inconsciente. Como sus experimentos eran considerados sospechosos de magia negra, debían trabajar ocultos y aislados y como
no sabían abordar el misterio de la materia, se apoyaban en sus sueños y visiones. Los alquimistas eran los “empíricos de la experiencia acerca de Dios”, en contraposición con los representantes de las religiones “oficiales”, los que no se basaban en la experiencia, sino en la interpretación sobre una verdad ya revelada.

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