A través de sueños conocidos del hombre moderno, Jung ha demostrado lo vivo que permanece en el inconsciente el mito de la alquimia. Para los alquimistas, la materia inorgánica no estaba muerta, sino que era una incógnita viviente que no sólo se podía manipular, sino que también había que establecer una “relación” con ella para investigarla. Esto lo hacían a través de sueños, ejercicios de meditación y de una disciplina de la fantasía que coincidía absolutamente con la “imaginación activa”, descubierta por Jung.

El espíritu de la materia lo designaban como Mercurio, que era idéntico a Hermes, dios de las revelaciones y al Hermes-Thot gnóstico. Es lo mismo que el hombre espiritual primitivo, sumergido en la materia y representado por el falo. Es lo numinoso desplazado al parecer a la “profundidad de la tierra”, para el hombre moderno, pero en la realidad, a la profundidad de su propia psique, para muchas personas hoy en día.

El dios de la materia, Mercurio, no era el elemento químico, sino una substancia “filosófica”, un agua que “no humedece las manos” y era considerada la substancia fundamental del universo. Al mismo tiempo era un fuego y una luz, “la luz natural que es portadora del espíritu celestial”. Es un “fuego del infierno”, oculto en el centro de la tierra, y también el fuego “en que Dios arde en su divino amor.”

Siempre se trata de una paradoja que contiene en sí los más inconciliables contrarios. También lo llamaban alma o espíritu porque lo intuían de procedencia psíquica. Es un pneuma, “una piedra transportada por el viento “o “el espíritu del mundo hecho cuerpo en la tierra”. Como piedra pneumática, aúna espíritu y materia y es al mismo tiempo, aquel misterioso “algo”, que actúa animando y vivificando todas las cosas, en una especie de “alma del mundo”.

Mercurio es, además, hermafrodita, comprende en sí los cuatro elementos, también lo llaman el “auténtico Adán hermafrodita”, o el Anthropos, hermafrodita humano y divino, es decir, una sublimación del Sí mismo. En su primera aparición es también el rey anciano y el rey joven, pareja de contrarios. Su espíritu unitario y abarcador de todo, era simbolizado la mayoría de las veces por el “ouroboros”, la serpiente que se muerde la cola. En todas estas proyecciones simbólicas de los alquimistas, nos hallamos ante la fenomenología de un espíritu objetivo al cual designamos hoy como “inconsciente”

En contraposición con el signo espiritual y luminoso de Cristo, Mercurio es un dios oscuro y oculto, que incorpora en sí los opuestos, y que compensa la unilateralidad de Cristo.

En una de las visiones que tuvo Jung, se le aparecía Cristo de un color oro verdoso. Al oro verde los alquimistas lo reconocían como la cualidad viviente. Expresa un espíritu de vida una “ánima mundi”, el Anthropos viviente en la totalidad del mundo. El verdor es una fuerza germinal que el hálito de Dios ha puesto en todas las cosas. En el simbolismo eclesiástico el color verde simboliza al Espíritu Santo.

Mercurio parece constituir en la actualidad un propósito del inconsciente colectivo, al agregar el aspecto
de Mercurio a la figura de Cristo, como para unir el espíritu del inconsciente al de la consciencia, pero manteniendo la ética cristiana.

Por eso Jung afirma: “Mercurio dios ambiguo acude como una luz de la naturaleza, tan sólo en ayuda de aquel entendimiento que se orienta hacia la luz más alta, luz que la Humanidad no recibió jamás, y que no confía solamente en su alejamiento paulatino del conocimiento de Dios debido al conocimiento de las cosas. Pues en este caso, el lumen naturae se convierte en un peligroso fuego fatuo y el psicopompo (conductor de las almas) en diabólico seductor.”

En el fondo, Mercurio supone una continuación de determinadas personificaciones compensadoras del hombre-dios que se han manifestado de diferentes formas en todas las tradiciones populares.

Un axioma que existe desde hace 1.700 años en la alquimia es una frase de María Profetisa: el uno se hace dos, el dos se hace tres y del tercero surge el uno, como cuarto. Se introducen entre los números impares de la dogmática cristiana, los números pares que significan lo femenino, la tierra, lo subterráneo, incluso el mal. Sin personificación es el Serpens Mercuri, el dragón que se genera y se destruye a sí mismo y que representa la “prima materia”.

La alquimia se refiere a esta primera materia y al filius macrocosmi, hijo universal, (Mercurio). Así el inconsciente no se comporta sólo como contrapuesto a la consciencia, sino que es un adversario y colaborador que modifica más o menos. De este hecho dependería probablemente la encarnación del dios puramente espiritual en la naturaleza humana terrenal, posibilitada por la concepción del Espíritu Santo en el útero de la Virgen.

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