Las diferentes etapas del proceso alquímico en la psicoterapia

Nigredo: la materia prima es pulverizada, calcinada, disuelta, fundida. La nigredo tiene su paralelo en el proceso de individuación, en el encuentro con la sombra. Todo lo que se había criticado en los demás, se presenta en los sueños, como parte del propio modo de ser. Las ilusiones que uno tenía de uno mismo y del mundo, se desvanecen. Se le arrebata al yo su omnipotencia y se ve enfrentado al poderoso inconsciente.

Este estado puede ser muy duradero, porque deben hacerse conscientes todas las oscuridades y todas las personalidades parciales autónomas, (complejos autónomos) que deben ser reconocidos y moralmente dominados.

Albedo: Aquí corresponde la integración del componente íntimo, propio, correspondiente al sexo contrario, el ánimus en la mujer y el ánima en el hombre.

Durante esta segunda etapa continúa la del Nigredo, porque la sombra es como la hidra de siete cabezas , las cuales renacen después de haber sido cortadas.

Albedo es una operación menos violenta que el Nigredo, pero en ella es de honda sabiduría mantener el fuego que no queme o destruya y a la vez que no enfríe el proceso. Psicológicamente, se refiere a la transferencia entre paciente y médico o a una gran pasión amorosa fuera del tratamiento. En el simbolismo alquimista, el problema es proyectado como “boda mística “de los elementos y expresado en múltiples variantes.

Una gran relación amorosa es advertida como proyección del ánimus o ánima, respectivamente, sobre otra persona y con ella frecuentemente se produce una relación basada en una común inconsciencia donde están todas las contradicciones presentes.

En una relación amorosa, existen siempre cuatro figuras: el hombre y su ánima y la mujer y su ánimus. En estos cuatro elementos se dan todos los innumerables fenómenos posibles de rechazo y de atracción. Este hecho nos obliga a dar nuestra atención a la psique inconsciente. Para los alquimistas es más fácil que para nosotros, porque ellos intentaban obtener la piedra filosofal mediante la boda alquimista en la retorta. Nosotros debemos realizarla en nosotros mismos y esto nos afecta muy profundamente

Los participantes de la” boda alquímica”, son descritos como hermano y hermana, madre e hijo, etc. Su unión es un incesto, este aspecto tiene la finalidad de hacernos conscientes la proyección. Nos obliga a darnos cuenta de que en último término, se trata de una íntima unión de los componentes de nuestra propia personalidad, de un “desposorio espiritual” como vivencia interior no proyectada. Alude a la unificación de los contrarios en el Sí mismo. Después de la etapa de Albedo sigue:

Rubedo o citrinitas (enrojecimiento o color dorado). El trabajo está concluido, es abierta la retorta y la “piedra filosofal” comienza a irradiar una acción cósmica curadora.

La Piedra Filosofal: En los textos más antiguos de la alquimia, se reitera el tema de la piedra filosofal “por Dios donada y que puede transformar todos los metales en oro”, y que según algunos, está oculta en el cuerpo humano y ha de ser extraída del mismo. La piedra constituye un símbolo de lo eterno, lo que da fuerza vital. Es el misterio de Dios en la materia y se llama también “piedra que posee un espíritu o un alma: Pneuma”.

Algunos maestros intuían que se trataba de un desarrollo a través de la meditación, del propio hombre “interior” que se reflejaría también en el exterior. La piedra alquimista es también identificada con Mercurio y como figura divina y tripartita del Anthropos, es el cuerpo de la resurrección, que es tanto espiritual como somático y de tal sutileza que puede penetrarlo todo.

Las Cuatro Funciones:

Jung descubrió que las realizaciones adaptativas voluntarias se pueden dividir en 4 funciones principales: percepción, intuición, sentimiento y pensamiento. Ellas funcionan de a pares como en un balancín:


Sentimiento versus Pensamiento
Percepción versus Intuición
 

Al funcionar una de ellas, se inhibe su contraria. No se puede pensar y sentir al mismo tiempo. Tampoco se puede intuir y percibir a la vez, la primera de estas funciones está dirigida hacia el interior y la segunda, hacia el exterior.

El yo se fundamenta en una base corporal y una base psíquica. La primera se manifiesta por estímulos que nacen del interior del cuerpo, que, en parte, son percibidos psíquicamente y que están asociados con el yo
y que, en parte, permanecen por debajo del umbral de la consciencia. La base psíquica, consta del campo
de la consciencia y del conjunto de contenidos inconscientes.

La segunda se desarrolla a partir de contactos del cuerpo con el entorno y más adelante a partir de contactos con el mundo interior. Se establece paulatinamente la diferencia entre sujeto y objeto y entre dentro y fuera. Esta teoría no puede ser comprendida sin la experiencia del mundo subliminal: lo inconsciente.

En el curso de la evolución de sus vidas, todas las personas desarrollan más alguna de las cuatro funciones adaptativas. la que utilizan en forma predominante. También se puede desarrollar una segunda y una tercera. La cuarta, Jung la llamó” función infravalorada” o función menospreciada. Lo que hacemos con esta función, es en gran medida incontrolado y cae bajo la influencia de la personalidad 2: lo inconsciente. Tanto el yo como el inconsciente son estructuras subliminales. Ambas contienen luz y oscuridad. Jung define al yo como “una personificación relativamente constante del inconsciente”. Cuando protegió la lucecita en su sueño, no reprimió la existencia de lo inconsciente, que es el espíritu que se halla a la altura de la oscuridad del mundo. Lo más patente de dicho espíritu es su carácter histórico, su vastedad en el tiempo, su intemporalidad. El representa el espíritu de los tiempos, colectivo, operante en lo inconsciente del hombre y que se manifiesta y transforma a través de los siglos de historia del espíritu humano.

El Mandala

El radiolario es una imagen arquetípica a la cual Jung denominó “mandala”, palabra sánscrita que significa círculo mágico.

El mandala es el centro y corresponde a la naturaleza microcósmica del alma, es la vía hacia la individuación, es experimentado como el centro interior de la psique. Jung descubrió que la evolución es una circunvalación en torno al Sí mismo, centro de un mandala.

El símbolo del Anthropos cósmico y el mandala tienen un mismo sentido, ambos aluden a una unidad interior y última de la psique. El mandala simboliza en su punto central la unidad última de todos los arquetipos, así como la multiplicidad del mundo fenoménico y que constituye por ello la correspondencia empírica al concepto metafísico del Unus Mundus.

Buda el gran símbolo oriental de esta unidad, era representado en un principio como una rueda de doce radios. En occidente, Cristo se representa a menudo como centro de un mandala con los cuatro evangelistas. El mandala representa un antiquísimo símbolo de la divinidad y del cosmos. Todos los filósofos de la naturaleza quisieron representar de alguna forma la divinidad. Con Platón y Plotino, aparece claramente establecido que esta imagen primordial, es el movimiento circular propio del alma y del espíritu que rige todo.

El cosmos mismo es una esfera perfecta, como copia del organismo, del ser. Plotino lo demostró matemáticamente y fue transmitida por él a la Era Cristiana: centro de todo ser es lo Uno que irradia por todos lados hacia el infinito. Este Uno está rodeado por la envoltura esférica correspondiente al “alma del mundo”, (ánima mundi), y alrededor de ella, por el cosmos visible. El centro es la esfera espiritual que es
en sí misma unidad, totalidad, divinidad.

Con el tiempo esa imagen del mandala evolucionó de esfera referida a la divinidad, al cosmos o al alma del mundo, a convertirse en el símbolo del alma individual y finalmente en imagen del “yo ideal” o” yo absoluto” o Sí mismo, que está en contraposición con el yo empírico.

En su sueño del radiolario vemos que esta imagen se reveló a sí misma de un modo activo. Para muchos místicos, entre ellos Eckhart, el hombre es portador de una chispa divina, es por eso que para ellos es importante el autoconocimiento, no egocéntricamente subjetivo del yo acerca de sí mismo, sino en un sentido del conocimiento de este “fondo del alma.” El mandala se diferencia de la imagen de un dios personal por su aspecto femenino y por su índole matemático- geométrico. Su esencia alude a orientación en el caos, a sentido y a orden.

Jung construyó una torre redonda en cuya entrada grabó la inscripción “El Santuario de Filemón – La penitencia de Fausto”. Siempre manifestó que su impulso estaba más por el respeto a los derechos humanos, la historia del espíritu y la continuidad de la cultura.

Sincronicidad

Los modelos de pensamiento que elaboró Jung tienen un paralelo con los de la física moderna. El concepto de complementariedad, como lo aplica la física cuántica a la relación partícula – onda, y la psicología profunda, a la existente entre los contenidos de la consciencia y lo inconsciente. Todos los procesos son energéticos, y hay una cierta relatividad en tiempo y espacio, en el ámbito de las partículas y en estratos profundos del inconsciente, y en ambos sectores no pueden excluirse las condiciones del observador.

Existen datos de que ambos aspectos de energía, físico y psíquico, podrían ser dos aspectos de lo mismo. Así el mundo de la materia, sería una imagen subliminal del mundo de la psique y viceversa. Jung a este hecho lo llamó “fenómeno de la sincronicidad,” es la vinculación entre el acontecimiento interior y exterior.

Los acontecimientos, entonces, no serían causales sino en un sentido de simultaneidad con respecto al individuo que los vivencia. El arquetipo en el inconsciente debe estar activado, esto hace como si apareciera también fuera de la psique. A este aspecto del arquetipo lo llamó “trasgresivo”, porque pasa al mundo de la materia.

Para poder explicar el fenómeno científicamente, imaginó un principio de ordenación acausal. En la naturaleza existen ordenaciones que no tienen explicaciones causales, la más evidente es el tiempo de semi vida de las partículas. Esto sucede en microfísica, existe una especie de ordenación, pero no se puede determinar el momento de la destrucción espontánea de la partícula. Otro ejemplo, serían los números enteros naturales, que son especialmente “primitivos”, son estructuras arquetípicas propias de la profundidad del inconsciente. Muestran una ordenación acausal de la psique. Jung llamó “fenómenos marginales”, a las ordenaciones acausales no explicables de algo interior y algo exterior.

En los fenómenos de sincronicidad, surgen imágenes en el campo visual interno, que se encuentran en relación de analogía, con arreglo a un sentido y con respecto a acontecimientos objetivos, sin que pueda demostrarse alguna clase de relación entre ambas. Esto presupone un sentido apriorístico de la propia naturaleza que tiene su existencia antes que la conciencia humana o un “factor formal” en la naturaleza que no puede explicarse de un modo causal. Jung, lo denomina “saber absoluto”, porque se encuentra desligado de nuestro saber consciente.

De este saber absoluto en la naturaleza, Jung supone que depende el comportamiento inteligente de seres inferiores desprovistos de cerebro, porque el saber absoluto, parece ser independiente del conocimiento que brindan los órganos sensoriales y alude así a la existencia de un sentido inmanente en la naturaleza, que no puede ser sino transcendental.

Los fenómenos de sincronicidad son “actos creadores en el tiempo” porque se encuentra en un espacio-tiempo irrepresentable. Se producen dentro de un marco de ordenación existente con anterioridad. Son de naturaleza parapsicológica. El conocimiento de la ordenación nos afecta como “sentido”. Esta es la causa por la que en la antigüedad se lo ha considerado un fenómeno divino.

El I Ching o Libro de las Mutaciones” emplea la sincronicidad en su vertiente práctica. Los chinos en su cultura, siempre se han esforzado más bien por la captación intuitiva de la totalidad del mundo, más que
por el conocimiento de parcialidades. Los comentadores de esta obra han tratado de explicar mediante una “identidad de sentido” la simultaneidad entre el estado psíquico del consultante y un proceso físico sincronista y ordenado en 64 imágenes situacionales típicas.

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