El filósofo chino Wang Fu Ch’i (siglo 17) ha explicado el I Ching como un continuo que todo lo abarca y que se halla en sí mismo ordenado conforme a leyes”. Este continuo no se puede descubrir con la percepción sensorial, es como un trasfondo psico-físico latente en el cosmos. Jung dice que es “un importante sistema que intenta en cierto modo ordenar el juego de los arquetipos y hacerlo legible”.

Las imágenes de la totalidad psíquica producidas espontáneamente por el inconsciente, o sea, los símbolos del Sí mismo en forma de mandala, tienen también una estructura matemática, y como no sólo expresan orden, sino que también dan lugar a orden, se desprende que también el inconsciente, utiliza al número como factor de ordenación. El número, psicológicamente se define, como un arquetipo del orden que se ha hecho consciente

Lo primordial en los fenómenos de sincronicidad, lo que constituye su numinosidad propiamente dicha, es el hecho de aparecer en ellos suprimida la dualidad de psique y materia. Son lo que Jung llamó el “Unus Mundus”, una alusión empírica a una unidad última de todo ser.

La idea del Unus Mundus se basa en la creencia de que la multiplicidad del mundo empírico se fundamenta sobre una unidad del mismo y que no existen dos o más mundos, esencialmente separados o bien mezclados entre sí.

La vivencia del Unus Mundus se siente como la “apertura de una ventana hacia la eternidad

Religión Cristiana:

La imagen cristiana de Dios se manifiesta a nosotros como solamente bueno y el hombre hecho a su semejanza, no lo es. Durante toda su vida Jung se debatió con este problema. Como una persona que ha sido educada en el cristianismo, se espantaba con las divinas obscuridades que se le revelaban en el Libro de Job.

En su libro ” Respuesta a Job”, que aseveró era el único al cual no le hubiera cambiado ni una sola palabra, ni aún al adquirir más experiencia, explica que Cristo no es un hombre completo porque tiene ausencia de pecado y Job no es un hombre corriente, y por ello, la injusticia inferida a él y con él a toda la humanidad, sólo puede repararse mediante una encarnación completa de Dios en el hombre empírico.

La encarnación de Dios en el hombre, es desde el punto de vista psicológico, un símbolo de una evolución provocada por el paso a la consciencia de lo contradictorio de nuestra totalidad interior y que nos quiere obligar a armonizar las constantes influencias a las que se halla expuesta nuestra consciencia por parte del inconsciente. Como las alternativas pueden ser buenas o malas, el hombre puede doblegarse al código de las costumbres de la moral tradicional o escuchar la decisión creadora, procedente del Sí mismo, mostrando el valor de seguirlo, pese a la posibilidad de error.

El mal se ha convertido en la actualidad en una potencia visible. Hasta ahora no ha recibido respuesta la pregunta hecha por los gnósticos acerca del origen del mal. Si Dios se hace hombre y representa una Complexio oppositorum, surge como conflicto en el hombre, porque la imagen de Dios desde el punto de vista psicológico, es una simbolización del fondo de la psique.

Esta escisión nos es consciente y hace brotar tendencias sanadoras a partir del mismo fondo psíquico, que se expresa como símbolo del Sí mismo, en forma de mandala, por ejemplo, y que supone una síntesis de los contrarios. Jung comprende el mito del dios que se hace hombre “como un creador enfrentamiento del hombre con los contrarios y su síntesis en el Sí mismo, en la totalidad de la personalidad”.

En la experiencia relativa al Sí mismo, se supera la contraposición en cuanto a imagen de Dios. Este es el sentido del Servicio divino en el que surge luz de la oscuridad. El servicio que el hombre puede prestar a Dios es que el Creador sea consciente de su creación y el hombre de sí mismo. En su libro “Simbología del espíritu” Jung puso el siguiente lema: “Y a nosotros, nos lo reveló Dios, mediante su Espíritu, pues el Espíritu lo escudriña todo, aun las profundidades divinas.”

La imagen de un oscurecimiento de la consciencia, desde el punto de vista psicológico, Jung lo interpreta como que toda verdad espiritual se convierte en materia, porque se cosifica y se transforma en instrumento de la mano del hombre. El expresa que el hombre contemporáneo está tan oscurecido, que su mundo es alumbrado sólo por la luz de su entendimiento.

En la historia de la humanidad se ha oscurecido la luz de la consciencia en innumerables ocasiones, esto parece responder a una profunda disposición estructural arquetípica en nosotros. La creación no posee un sentido reconocible sin la consciencia reflexiva del ser humano, el hombre tiene una importancia cosmogónica, una auténtica razón de ser. La naturaleza que nos rodea no carece de sentido, pero su sentido es latente. Sólo pasa a ser actual cuando se hace consciente en nosotros.

Hay un tema mítico que se refiere a esta situación repetitiva y que tiene relación con un rey senecto y moribundo que es “sustituido” por un sucesor más joven. Los mitos y cuentos hablan de sustituir. En la cultura egipcia, que influyó en la filosofía alquimista, se constituyó el mito de una “transformación” o metamorfosis del rey. Simboliza una imagen de la divinidad que ha envejecido y que precisa renovación. Esta imagen, personifica la representación dominante de la consciencia colectiva de una cultura y de las instituciones basadas en la misma. Estos sistemas tradicionales envejecen y deben ser renovados. La vida de Jung, fue una lucha por la liberación del rey nuevo a partir de la profundidad del inconsciente colectivo.

La pugna de las generaciones se debe a que los jóvenes se identifican con el rey joven y la generación mayor, con el rey viejo. La transformación de uno en el otro, resulta siempre imposible cuando falta el principio femenino o es demasiado débil, o sea, cuando falta el principio de Eros. En el varón se da ésto cuando no se ha desarrollado o hecho consciente su ánima y en la mujer cuando está poseída por su ánimus, lo cual debilita su femineidad. Entonces el dogma religioso queda desvitalizado y la vida psíquica quiere crear nuevas formas, así como ayudar al Sí mismo a encontrar otras formas de expresión.

La función histórica de la evolución arquetípica está determinada por el comportamiento humano que tiene gran importancia y que puede abarcar siglos y milenios y se expresa a través de símbolos. Jung expone que el símbolo que determina el arquetipo de nuestra cultura, es la imagen de Cristo. La ha estudiado detenidamente en su obra “Aion”. Él señala que la figura histórica de Cristo, ha asumido en sí toda la simbología del Anthropos, la Cruz, el Mandala, la cuaternidad y el “núcleo del alma ” y se ha convertido en un símbolo del arquetipo del Sí mismo. También señala que tuvo que haber sido una personalidad de excepcional magnitud, para haber expresado de forma tan perfecta la expectativa general del inconsciente de su tiempo. Personificó sólo el aspecto luminoso de la totalidad humana. La vertiente oscura apareció representada por el Anticristo que conquistaría el dominio, al final de la era cristiana.

Cristo y el Anticristo, fueron identificados con dos peces, que simbolizan la era astrológica de Piscis de la Era Cristiana, y así el Sí mismo fue entendido como algo que se transforma en el curso de la historia. Desde el año 1.000 se esperó el fin del mundo y la llegada del Anticristo y surgieron movimientos religiosos nuevos que culminaron con la Reforma y que después dieron lugar a un racionalismo que era en parte anticristiano.

Dentro de este marco, desempeña un mecanismo compensador el simbolismo de la alquimia, en cuanto aparecen en él mitologemas que unifican en una sola figura los dos peces “enemigos” del eón cristiano. El “pez redondo en el mar se ha de cocer hasta que empiece a relucir”, (relacionado con el radiolario del sueño de Jung), en el que se manifiesta el amor divino. Contiene en su cuerpo la” piedra del dragón ” que muchos buscan. El pez ejerce una gran atracción sobre los hombres, es una piedra animada, con la cual se puede fabricar el elixir de la inmortalidad.

La nueva imagen de la totalidad que está subliminalmente en la consciencia y en el inconsciente colectivo, fue contemplada por San Juan en el Apocalipsis. Desapareció en el inconsciente. Es aquel niño que dio a
luz “la mujer solar “, concebido por un padre desconocido y nacido de la Sapientia. Es aquel hombre más elevado y completo y que representa nuestra totalidad, trascendente a la consciencia, bajo la forma de “niño divino”.

“Así pues, lo superior, espiritual, masculino, desciende a lo terrenal femenino y en correspondencia, la madre, precedente al mundo patriarcal y aceptando complaciente a lo masculino, a través del instrumento representado por el espíritu humano (la “filosofía”) concibe un hijo que no es lo contrapuesto a Cristo, sino su correspondencia, un hijo que no es un hombre-dios, sino un ser fabuloso, conforme a la esencia de la madre primordial.”

El hijo “superior”, tiene como misión redimir al hombre (microcosmos) El hijo “inferior “, tiene el significado de salvador del universo. Esta formulación tiene el aspecto de un mito pero “el mitologema es el lenguaje más primordialmente propio de estos procesos psíquicos y ninguna formulación intelectual, puede alcanzar ni siquiera aproximadamente, la plenitud y fuerza expresiva de la imagen mítica.” El mito es el lenguaje del alma y nuestra consciencia racional no la puede abarcar. Algunas mentes iluminadas han sabido siempre acerca del aspecto divino del alma: San Agustín, Meister Eckhart, Giordano Bruno, designaban al alma como la luz de Dios.

La cohesión social tiende a disolver los vínculos en la actualidad y con ello corremos el riesgo de hundirnos en una caótica psique de las masas. Pero la contra tendencia sanadora está naciendo en el inconsciente
del hombre actual, es un impulso hacia una consolidación interna y a una diferenciación de su capacidad
de relación interhumana.
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La unilateralidad luminosa y perfecta de Cristo, era necesaria para su época, para posibilitar una ampliación de la consciencia, pero esto con el tiempo produjo una escisión que indujo a acrecentar lo racional que a su vez se convirtió en razón científica e irreligiosa que pretende reprimir todo lo oscuro o aparentemente irracional. En su libro Simbología del espíritu, Jung expresa, que es misión nuestra conciliar dos potencias en nosotros: la consciencia y el inconsciente.

La “piedra filosofal” es el símbolo del Dios interior del hombre, no solamente como Cristo, un “hijo de hombre”, sino como un “hijo del universo” (filius macrocosmi), puesto que no procede del consciente espíritu humano sino de aquellos territorios psíquicos límites que se prolongan, sin solución de continuidad con el misterio de la materia cósmica. No representa solamente a Cristo, el Redentor del hombre, sino a un mismo tiempo un dios que ha de ser redimido por el hombre.

Jung previó que oriente influiría cada vez más en nuestra cultura desde el punto de vista espiritual. Para él, Buda es el hombre más completo en comparación con Cristo, ya que vivió su vida y asumió la realización
de su Sí mismo a través de la comprensión, mientras que en Cristo tuvo lugar más bien como destino.

La Terapia.

Jung opinaba que todo tratamiento debe ser imprescindible que se transforme en “diálogo y encuentro”, que incluya los imponderables irracionales: la voz, la expresión del rostro, los gestos. Pensaba que el médico debe tener amor y compasión. En su relación con muchos de sus pacientes, cultivaba el contacto humano privado y de esta forma fue creciendo el círculo de sus discípulos.

Normalmente tiene que persistir una vinculación humana, pues “sin una referencia conscientemente reconocida y aceptada del prójimo, no se da en absoluto una síntesis de la personalidad. La consolidación interior del individuo, no representa de modo alguno un endurecimiento del hombre masa, en un nivel superior, en forma, por ejemplo, de una cerrazón o inabordabilidad mentales, sino que incluye también al prójimo.” (Psicología de la transferencia) Si no tenemos consciencia de esto, se produce un acorazamiento interior del hombre, en contra de sus prójimos. El hombre masa se convierte en un animal gregario desalmado, porque su alma que vive tan sólo en base de la relación humana, queda perdida.

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