Ilya Prigogine, químico teórico, recibió el Premio Nobel de Química en 1977 por sus contribuciones a la termodinámica fuera del equilibrio, especialmente la teoría de las estructuras disipativas. Obtuvo su Doctorado de la Universidad de Bruselas, donde es Director de los Institutos de Física y Química. Es también Director del Centro de Mecánica Estadística y Termodinámica de la Universidad de Austin en Texas, USA. Entre sus libros más conocidos están “La Nueva Alianza”( 1979), “Del Ser al Devenir”(1981), “Orden a Partir del Caos” (1984), “Entre el Tiempo y la Eternidad” (con I. Stengers, 1988), “Explorando la Complejidad” (con G. Nicolis, 1989), “El Fin de las Certidumbres” (1996).

Desde principio de los años cincuenta, Prigogine indagó las intersecciones de los mundos – y las vidas – de las cosas animadas e inanimadas, en relación a la termodinámica, la que describe las relaciones intercambiables entre el calor y todas las formas de trabajo – o energía – ya sea calórica, eléctrica, mecánica y química.

Cuestionó la segunda ley de la Termodinámica, que establece la pérdida de energía en todos los intercambios. Es decir, que la energía de un sistema cerrado se mueve hacia la entropía y el desorden, hasta el punto que el sistema continuamente pierde energía y declina en su proceso de trabajo. Si no compensa la pérdida de energía, el sistema finalmente cae en estado de equilibrio, denominado también muerte calórica.

Los estados de equilibrio marcan el extremo inferior de la evolución, en el que los mundos de los átomos y moléculas carecen totalmente de vida, están agotados, y no tienen energía para trabajar. Los astrofísicos y los cosmólogos han investigado la posibilidad de que el universo sea un sistema aislado y cerrado, destinado a dirigirse hacia la zona muerta de la entropía máxima. es decir, máximo azar y decadencia. Como sugiere la palabra “cerrado”, nada lo afectaría. Los sistemas cerrados son islas en sí mismos, sin ningún flujo de materia ni energía entre ellos y su ambiente. Tales islas perfectamente enclaustradas estarían privadas de vida, movimiento y sonido.

Lo que intrigó a Prigogine – y antes de él, a muchos otros científicos – era ver cómo la vida podía eludir el implacable y triste destino del equilibrio y el inevitable deslizamiento hacia el desorden. Y sin embargo lo hace. La vida se vuelve cada vez más compleja y ordenada. Por lo menos en la superficie, parece evolucionar de este modo. Él fue uno de los primeros científicos en comprender que todas las formas de vida son sistemas abiertos, refiriéndose al estado de un sistema abierto, creador, que vive lejos del equilibrio. Este sistema tiene por lo menos dos opciones de crecimiento “desequilibrado”, por la acción de tendencias centrípetas o centrífugas. Puede moverse hacia la multiplicidad y la cohesión, o bien hacia la disipación y desintegración.

Lo curioso es que el concepto de tiempo y orden en que aparecen estas tendencias está abierto a interpretaciones. Uno podría imaginar que las acciones centrípetas y centrífugas se darían en forma secuencial. Algo se integra sólo para desintegrarse cuando es estimulado. También se puede interpretar que las dos tendencias se producen en una fase, es decir, simultáneamente: nos volvemos más organizados y coherentes, o más desordenados y difusos. En ambas alternativas, esa bifurcación revela el estado de acción “desequilibrada” a través del cual creamos, crecemos y adquirimos coherencia – y desaparecemos – cuando entramos y salimos del orden… entrando y saliendo del caos.

Aparentemente, pasamos nuestra vida en este estado de inestabilidad, que se auto perpetúa, abordando la vida como individuos creativos. Nos unifica el cosmos, que también vive en una similar situación alejada del equilibrio. Somos lo que Prigogine llama estructuras disipativas”. Fluctuamos constantemente entre un estado de organización y otro, experimentando en ese camino ciertos momentos cercanos al equilibrio que algunos llamarían períodos de “reposo”.

Según dicha teoría, las formas de vida evolucionan hacia una mayor complejidad debido al desorden. Evolucionamos en armonía con la entropía, no en oposición a ella. Como sistemas abiertos, vivimos lejos del equilibrio y, mientras vamos evolucionando, vamos cruzando un umbral tras otro. Nuestra tendencia giratoria desequilibrada nos asegura el crecimiento. Nuestra fuerza centrípeta nos impulsa hacia una complejidad y una multiplicidad crecientes. Al mismo tiempo, potencialmente nuestra fuerza centrífuga puede arrastrarnos al colapso y a la destrucción totales. Estos puntos de bifurcación pueden – según Prigogine – llevarnos a lo mejor y lo peor; participando en una evolución cuyo desenlace no está claro para nosotros.

Aunque sigamos huyendo hacia un orden superior – como conjetura Prigogine – esto no significa que nos escaparemos o evitaremos por siempre la situación opuesta – en la que el orden cierra el círculo – al declinar como un desafortunado sistema cerrado ideal sujeto a los peligros de la segunda ley de la termodinámica. Cuando el orden sucumbe a la entropía, el caos se convierte en nosotros. Pero este caos no es más permanente que nuestros más elevados estados de orden.

Una de las cosas más interesantes de este mundo es la dinámica de los sistemas lejos del equilibrio, cuya inestabilidad reflejada en comportamiento caótico hace posible la aparición de nuevas estructuras de complejidad creciente. Esto lleva a una nueva visión de la materia que ya no es pasiva, como lo describe el punto de vista mecanicista, sino que está preñada de actividad espontánea. En el drama a nivel cósmico, somos actores tanto como espectadores. En lugar de un universo en el que el futuro está completamente determinado, tenemos un mundo en el que el futuro está abierto y que es una construcción en la que todos podemos participar. El universo ya no es un reloj con su movimiento de los cuerpos celestes en forma estable y periódica – según la mecánica clásica – sino un mundo de inestabilidades y fluctuaciones causantes de la sorprendente variedad y riqueza de las formas y estructuras de la naturaleza en la que estamos insertos. Se necesitan nuevos conceptos para describirlo, entre los cuales “evolución” y “pluralismo” son vitales.

La comprensión de esta complejidad se ha producido gracias a dos teorías: “la física de los sistemas fuera de equilibrio” y la “teoría moderna de sistemas dinámicos”. En ambas Prigogine ha sido pionero. En la segunda de estas teorías es predominante la inestabilidad, la que se detecta sobre todo en el sistema climático. Es proverbial la frase “el aleteo de una mariposa en Beijing puede modificar el régimen de tormentas el próximo mes en Nueva York”. Esta frase es conocida como “el efecto mariposa”. La evolución del clima puede ser extremadamente sensible a muy pequeñas variaciones de las condiciones iniciales. Lo estamos viendo en el “fenómeno del Niño”, donde una pequeña alza en la temperatura de una corriente marina ha producido toda clase de estragos a lo ancho de todo el globo terráqueo.

Así como el aleteo de una mariposa podría trastornar un clima, también en otras circunstancias una causa minúscula puede causar un enorme trastorno. Debido a una serie de reacciones en cadena, de efectos agregados, de acumulación de energía, de convergencia o bifurcación de fuerzas, el más pequeño elemento perturbador termina por afectar a un conjunto conectado con otro – u otros – que también serán afectados. Es el afloje de una pequeña tuerca que altera el funcionamiento de una gran máquina, el hecho trivial que desencadena una guerra mundial. El resultado final es un descarrilamiento de todo el sistema, sobrepasando en forma impactante la causa original.

Se empezó a estudiar los fenómenos de turbulencia de líquidos, la física de los torbellinos, las oscilaciones de los péndulos, los movimientos de las nubes, las fluctuaciones imprevisibles de los precios del mercado o de la cotización de las acciones en la Bolsa de Valores, el crecimiento o desaparición de las poblaciones de animales salvajes, como una manera de ir clarificando los mecanismos secretos que rigen el pasar del orden al caos, o viceversa.

Según Prigogine, vivimos en una era de rápida transición, que necesita una modificación constructiva de nuestro medio ambiente. Nos vemos empujados a buscar y explorar nuevos recursos, a comprender mejor nuestro hábitat y a lograr una convivencia menos destructiva con la naturaleza. Esto hace que la ciencia esté pasando por un período crítico de reconceptualización.

Alain Danielou, erudito en temas hindúes, nos dice que el caos tiene muchas representaciones, “es una masa esencialmente sin forma, aunque se la representa como éter, como el pilar de luz, el huevo de oro del universo, etc. El espacio es el linga, la tierra, el altar. En él moran todos los dioses. En él se disuelve todo.

“Primero sólo había oscuridad absoluta (tamas). Estimulada por la esencia, se desequilibró, apareciendo la forma de la tendencia giratoria – actividad o multiplicidad – (rajas). Estimulada de nuevo, esa tendencia a girar se desequilibró y de ello apareció la tendencia a la desintegración o tendencia centrífuga, inercia (tamas). Estimulada, a su vez se desequilibró, y apareció la tendencia a la cohesión (sattva). Estos procesos de evolución son interminables, pues las cosas continuamente se acercan al orden y se alejan de él”.

Como nota interesante, la multiplicidad y la cohesión están asociadas con la consciencia y el sueño en la filosofía de la India. Asimismo, la desintegración está relacionada con el sueño profundo. Sea que tengamos consciencia de la integración o soñemos con ella, o bien que estemos profundamente dormidos en un estado de desintegración perfecta – lo que Danielou llama “el beatífico estado inconsciente de la consciencia” -, estas tendencias centrípetas y centrífugas influyen en la materia de nuestro ser.

El desenlace está perfectamente claro, siempre y cuando consideremos ciertos conceptos tradicionales de totalidad, unidad, creación y otros, relacionados con la integración. Aparentemente, nuestros procesos integradores y nuestra creatividad dinámica consisten en puntos de bifurcación. Estos puntos son acciones constructivas y destructivas que siempre se están produciendo en la persona, esto es, en la naturaleza.

“Persona y Naturaleza, Purusha y Prakriti son una sola cosa… sólo existen en relación recíproca,” escribe Danielou. Aunque estos y otros enunciados filosóficos relacionados no están vertidos en los términos de la termodinámica, constituyen percepciones convincentes del modo como fluyen en la naturaleza la energía y la materia, la información y las ideas. Al leer estas remotas interpretaciones del caos y la entropía, enunciadas en un marco filosófico, comprendemos rápidamente que nuestros pensamientos colectivos sobre los sistemas abiertos describen la transición del caos al orden en la materia animada e inanimada. También reflejan el modo como vivimos esas transiciones, y no simplemente lo que pensamos sobre ellas.

En el I Ching, Libro de los Cambios, leemos en el Hexagrama 63, Chi Chi – Después de Completar: “La transición de la confusión al orden se ha completado y cada cosa está en su lugar. Es precisamente cuando se alcanza el perfecto equilibrio que cualquier movimiento puede causar que el orden se revierta en desorden. Todo permanece sistematizado. Con respecto a ello, debemos ser cuidadosos en mantener la actitud correcta. Todo procede de su propia iniciativa, y esto puede fácilmente tentarnos a dejar que las cosas sigan su curso sin preocuparnos de los detalles. Esta indiferencia es la raíz de todo mal. Los síntomas de decadencia seguramente serán los resultados. Aquí tenemos la ley que indica el curso habitual de la historia. Pero no es una ley fatal. El que la comprende tiene la posibilidad de sustraerse a sus efectos con incesante perseverancia y prudencia.”

En el Hexagrama 64, Wei Chi – Antes de Completar, aparece: “Este hexagrama indica que el tiempo de la transición del desorden al orden, aún no se ha completado. Mientras el precedente hexagrama ofrece una analogía con el otoño, que representa la transición del verano al invierno, este hexagrama es comparable con la primavera, que nos lleva del estancamiento del invierno al fructífero tiempo del verano.”

Alberto Carvajal

Más Información:
Los libros citados en el texto.

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