Al principio uno es todo nagual. Después necesitamos una contraparte. Nos falta el tonal que empieza a desarrollarse y con el tiempo adquiere tal importancia que avasalla al nagual. Así nos volvemos todo tonal. Con esto aumenta la sensación de estar incompletos. A partir del momento que somos todo tonal, empezamos a hacer pares de opuestos, pero los hacemos sólo con objetos del tonal: bien-mal, alma-cuerpo, negro-blanco, etc. Sentimos que en nosotros hay otro lado, pero cuando tratamos de precisar, el tonal toma el mando y nos fuerza a destruir cualquier indicio de la otra parte, la parte verdadera, el nagual.

En cada tonal hay dos partes: una parte externa relacionada con la acción y la actuación, el lado áspero; la otra parte es la decisión y el juicio, la parte interna. El tonal completo es aquél en que ambos se encuentran en equilibrio y armonía.

Pero, en la realidad, la mayoría de los hombres creen tener perfecto sentido del movimiento entre lo positivo y lo negativo, pero no hay movimiento ninguno. Somos todo mente.

El lado derecho del hombre abarca todo lo que el hombre puede concebir con el intelecto (hemisferio izquierdo). El lado izquierdo es un dominio imposible de poder describir con palabras (hemisferio derecho).

En la enseñanza de don Juan, nagual es el “hombre de conocimiento” que representa el pináculo de la disciplina y control. Es un dirigente, un guía, que tiene la responsabilidad de abrir el camino y que debe ser impecable en su cometido para favorecer a los guerreros con un sentido de confianza y claridad. El poder del nagual es lo que le permite llegar a la transición.

Ser impecable, es hacer un uso correcto y adecuado de la energía que se recibe por un golpe en la espalda en un sitio preciso, distinto para cada persona pero siempre en los omóplatos. El nagual tiene que “ver” y tener fuerza para saber el sitio exacto de cada uno. Este lugar se localiza en la periferia de la luminosidad del capullo y no en el cuerpo físico. Se convierten en nagual sólo después que la regla les haya sido revelada a cada uno y que cada uno de ellos la haya comprendido y aceptado.

“Ver”, era una capacidad especial que uno podía cultivar y que constituía un proceso que permitía conocer la naturaleza de todas las cosas, su esencia, porque permitía responder a los estímulos perceptuales de un mundo fuera de la descripción que hemos aprendido a llamar realidad.

Explicó don Juan que cuando uno “ve,” se halla solo en el mundo. Uno considera que las cosas son importantes porque ha “aprendido” a pensar que lo son. Nos miramos a nosotros mismos y pensamos que somos importantes y nos sentimos importantes.

Un “hombre de conocimiento” elige un camino con corazón y lo sigue, luego mira se regocija y ríe; luego “ve” y sabe. No tiene honor, dignidad, familia ni tierra, sólo tiene vida que vivir y en tal condición, su única unión con sus semejantes es su “desatino controlado”. Por otro lado, puede preferir quedarse totalmente impasible y no actuar jamás, como si el ser impasible le importara de verdad. También en eso será genuino y justo, porque eso es su desatino controlado. El desatino controlado se parece mucho al “ver”: es algo en lo que no se puede pensar.

En la vida de un hombre de conocimiento, todo está lleno hasta el borde porque no hay victoria, ni derrota, ni vacío cuando uno ve, porque sabe que nada importa. Un hombre de conocimiento vive de actuar, no de pensar en actuar, ni de pensar qué pensará cuando termine de actuar. Él sólo se prepara para tener consciencia y la consciencia total sólo le llega cuando ya no queda en él nada de importancia personal.

Según don Juan, mirar es la manera ordinaria con la cual percibimos el mundo. El uso de la mezcla para fumar era un requisito para “ver”. La percepción que producía eran estados alterados de consciencia imposibles de interpretar por medio de nuestra forma cotidiana de ver el mundo. Esta condición de inaplicabilidad de los estados de realidad no ordinaria, don Juan los utilizó para introducir nuevas unidades de significado preconcebidas, que eran el conglomerado básico de datos sensoriales y sus interpretaciones, sobre los cuales se erigía un significado más complejo.

Las unidades de significado se agrupaban en forma específica y cada bloque integraba una interpretación sensible, que es el proceso en virtud del cual un practicante tiene conocimiento de todas las unidades de significado necesarios para realizar deducciones, predicciones, etc. sobre todas las situaciones pertinentes a su actividad. El practicante es un participante que posee un conocimiento de casi todas las unidades de significado, implicadas en un sistema particular de interpretación sensible. Don Juan era un practicante, conocía todas las fases y su objetivo era dar acceso a un proceso de resocialización en el que se aprendían nuevas maneras de interpretar datos perceptuales. Para esto, debía descomponer una certeza particular, la certeza de que el “sentido común” es en nuestro mundo algo definitivo.

Las enseñanzas del lado izquierdo, eran impartidas durante la consciencia acrecentada. En ese estado se puede enfocar la mente con una claridad meridiana; la desventaja es que no se puede traer a la memoria normal lo que aconteció.

Hubo tres conceptos importantes en la enseñanza del lado izquierdo: estar conscientes de ser, la maestría del intento y la maestría del acecho. Estar conscientes de ser se refería a la acción del momento, una tradición de los antiguos videntes toltecas. Eran los maestros de la libertad total. Los maestros de estar conscientes de ser eligen el momento en que dejan este mundo. En ese momento se consumen en un fuego interno, como si nunca hubieran existido. Ellos eran brujos y podían inmovilizar la atención de sus víctimas.

El acecho consiste en elementos que tienen influencia recíproca: control, disciplina, refrenamiento, habilidad de escoger el momento oportuno. Estos elementos pertenecen al mundo privado del guerrero que lucha por perder su importancia. El otro elemento pertenece al mundo exterior y es el “pinche tirano”: alguien que hace la vida imposible al guerrero.

En relación al intento, don Juan decía que uno debía concebirlo como una fuerza invisible que existe en el universo y que afecta a todo, no es una condición de ser, pero sí una fuerza que usamos como llave. Los “no- haceres” sirven para interrumpir el intento. Es un proceso, un flujo, una corriente de energía que eventualmente puede detenerse o reorientarse. Es capaz de concentrar las emanaciones del Águila dentro de cierto marco. Cuando los guerreros hablan de poder personal, se refieren al intento que les llega voluntariamente. El resultado se manifiesta en la facilidad de encontrar soluciones o de afectar a la gente o a los acontecimientos. Cuando el intento se funde con el guerrero, lo transforma en una fuerza pura, que los videntes llaman voluntad.

Nuestro ser total consiste en dos segmentos. El primero, es nuestro cuerpo físico que todos percibimos, el segundo es nuestro cuerpo luminoso, el capullo que sólo los videntes pueden ver y que nos hace aparentar como si fuéramos enormes huevos luminosos. Una de las metas más importantes era alcanzar el capullo luminoso, esta meta se conseguía con el uso del sueño y mediante un esfuerzo riguroso y sistemático del “no-hacer”.

El hombre de conocimiento
Según esta enseñanza, un hombre de conocimiento es aquella persona que “vive como se debe”. Para esto debía tener un prolongado entrenamiento que se expresaba como un conjunto de principios. Estos comprendían todas las circunstancias no ordinarias pertinentes al conocimiento impartido y que debía ser realizado con un esfuerzo decidido e inclaudicable con el objeto de alcanzar el fin. Cambiar la idea del mundo era la clave, y para conseguirlo se debía “parar el diálogo interior”. Todo era posible con el silencio. Para ello debía cambiarse el protagonismo de los ojos, para quitarles la carga, ya que desde que nacemos usamos los ojos para juzgar el mundo. Un guerrero escucha el mundo, escucha los sonidos del mundo, pero esto debe hacerse armoniosamente y con gran paciencia, entonces el mundo, deja de ser así o asá.

El maestro decidía a quien impartiría la instrucción, debía percibir en el candidato una “intención rígida”, porque tenía que mantener con voluntad la ejecución de todos los procedimientos que se le impartieran. No obstante la decisión final para aceptar un aprendiz, sólo la conocía el chamán y se hallaba en un poder impersonal, fuera del ámbito de su voluntad.

Don Juan llamaba “escogido” a quien hubiera cumplido con ese requisito y era un hombre considerado ya con un mínimo de poder. No bastaba el poder de la primera decisión u otro poder similar. Se debía seguir tomando decisiones, mediante augurios, si el escogido podía continuar o había sido derrotado. Esto podía ocurrir en cualquier punto de la enseñanza. Cualquier circunstancia peculiar se consideraba un augurio.

Todos los actos en el contexto del conocimiento, tenían la cualidad de ser inflexibles y predeterminados, por eso era tan necesaria la intención rígida.

La frugalidad era necesaria porque los actos obligatorios eran instancias que estaban fuera de los límites de la vida y el hombre tenía que hacer un esfuerzo extraordinario para poder realizarlos.

La rectitud de juicio era necesaria para evaluar las circunstancias en torno a cualquier necesidad de actuar de esta manera.

La guía para la evaluación estaba constituida por todas las partes de la enseñanza que estuvieran a disposición de uno, en un momento dado en que cualquier acto debiera realizarse. A más aprendizaje más cambio de la guía. Estaba implícito, no obstante, que cualquier acto obligatorio, era el más adecuado a la circunstancia. Había por lo tanto falta de libertad para innovar.

La claridad de mente se refería a un sentido de dirección porque, al estar todos los actos predeterminados, la orientación de uno dentro del conocimiento que se impartía, también estaba prefijada. La libertad de buscar una dirección se refería a la posibilidad de elegir entre diferentes caminos de acción, igualmente efectivos y practicables. El criterio para la elección se basaba en la preferencia propia. No se consideraba como oposición para la libertad de innovar. Necesitaba claridad de mente para hermanar sus propias razones específicas para actuar y el propósito específico de cada acción. El conocimiento del propósito específico de cada acción era la guía usada para juzgar la circunstancia para actuar.

La claridad de mente tenía la capacidad de dar poder y transformar al guerrero en alguien cruel. Es por eso que el poder se consideraba un acérrimo enemigo, porque lo inutilizaba para adquirir conocimiento y progresar.

Don Juan insistía en que para lograr ser un hombre de conocimiento, se necesitaba de un esfuerzo dramático con el objeto de obtener eficacia para afrontar el desafío. Al realizar un esfuerzo, él expresaba un profundo estado de fe y no una manifestación histriónica. Los actos que efectuaba parecían definitivos. Así, durante el curso del aprendizaje, la muerte era una posibilidad real, debido a la naturaleza inherentemente peligrosa de los elementos que se debían manejar. El esfuerzo no sólo debía ser eficaz, dramático y conveniente, sino que debía alejar toda posibilidad de aniquilamiento.

Tenía que ser un “guerrero”, porque debía mantener una autodisciplina y un profundo respeto por todo lo relacionado con su conocimiento. Esto significaba haber evaluado sus propios recursos insignificantes al encarar lo Desconocido, en donde él se incluía. Frente al miedo tenía que continuar el curso de las acciones, debía primero enfrentarlo para después derrotarlo. Un guerrero debía buscar la imparcialidad en sus propios ojos, a eso lo llamaba humildad. Lo importante para un guerrero era llegar a la profundidad de sí mismo.

Un hombre de conocimiento, debía estar “bien despierto”, para tener acceso a dos aspectos relacionados y obligados de la consciencia. La “consciencia de intención” era conocer los factores implícitos en la relación entre el propósito específico de cualquier acto obligatorio y el propósito de él mismo al actuar. La “consciencia de flujo esperado”, se refería a la certeza de lo que era capaz de percibir en todo momento.
Así podría advertir los cambios más sutiles. Esta consciencia de los cambios significaba el reconocimiento e interpretación de los augurios u otros hechos relacionados con lo no ordinario.