Es una temprana madrugada sin nubes; el cielo es muy puro, suave y azul.  Todas las nubes parecen haber desaparecido, pero pueden presentarse otra vez durante el día.  Después de este frío, del viento y la lluvia, de nuevo estallará la primavera.  Esta ha estado prosiguiendo suavemente a pesar de los fuertes vientos, pero ahora cada hoja, cada retoño, se regocijarán.  ¡Qué cosa tan bella es la tierra! ¿Qué hermoso es todo lo que brota de ella –las rocas, los torrentes, los árboles, la hierba, las flores, las infinitas cosas que produce! Sólo el hombre genera aflicción, sólo él destruye su propia especie; sólo él explota a su prójimo, tiraniza y mata.  Es el más desdichado y sufriente, el más inventivo, y el conquistador del tiempo y el espacio.  Pero con todas sus capacidades, a pesar de sus hermosos templos e iglesias, de sus mezquitas y catedrales, vive sumido en su propia oscuridad.  Sus dioses son sus propios miedos, y sus amores sus propios odios.  ¿Qué mundo maravilloso podríamos hacer de éste, sin nuestras guerras, sin nuestros miedos! Pero de qué sirve la especulación, no sirve de nada.

Lo real es el descontento del hombre, el inevitable descontento.  Es una cosa preciosa, una joya de gran valor.  Pero uno le tiene miedo, lo disipa, lo utiliza o permite que se lo utilice para producir ciertos resultados.  El hombre le teme al descontento, pero éste es una joya preciosa que él no valora.  Viva con el descontento, obsérvelo día tras día sin interferir con sus movimientos; entonces es como una llama que quema todas las impurezas, dejando aquello que no tiene morada ni medida.

Lea muy atentamente todo esto.

El hombre rico tiene más que suficiente, y el pobre pasa hambre y durante toda su vida no hace otra cosa que buscar comida, esforzarse y trabajar.  Uno que nada posee, hace de su vida o permite que la vida haga de sí misma algo precioso, creativo; y otro, que posee todas las cosas de este mundo, disipa la vida y la marchita.  Démosle a un hombre un pedazo de tierra y la hará bella y productiva; otro la descuidará y dejará que muera, tal como él mismo está muriendo.  Tenemos capacidades infinitas en todos los sentidos para descubrir lo innominado o para producir el infierno en la tierra.  Pero por alguna razón, el hombre prefiere engendrar odio y antagonismo. ¡Es tanto más fácil odiar, ser envidioso! Y como la sociedad se basa en la exigencia del “más”, los seres humanos se deslizan en todas las formas de adquisividad.  Y así hay una perpetua lucha, que justificamos y consideramos noble.