Se sabe que ciertos elementos químicos se relacionan con otros por lo que llamamos afinidad. Ellos notan la existencia de ciertos compuestos pero son indiferentes a otros. Con algunos habrá una relación activa, intercambiándose o combinándose; con otros permanecerá inerte. La química es la misma ya sea en el laboratorio o en el cuerpo humano; sus cualidades y actividad serán las mismas. Por lo tanto, se sigue que lo que llamamos nuestro interés por la gente, o el interés de ellos por nosotros, surge de o está condicionado por la presencia en ellos y nosotros de químicos activos que se puedan relacionar. Todas nuestras relaciones con la gente, ya sean amistosas, indiferentes u hostiles son, en el fondo, determinadas por relaciones químicas.

Sin embargo, sí hay una diferencia muy importante entre un laboratorio y algún ser humano que contenga la misma química. En el laboratorio existe un químico. Si nadie interviene, los componentes químicos de dos laboratorios cercanos se mezclarán y combinarán naturalmente de acuerdo a sus cualidades, actuando y reaccionando el uno sobre el otro. Pero si hay un químico en el laboratorio, o, mejor aún, un químico en cada uno, sólidamente preparados en los principios de la química, entonces, en lugar de combinaciones naturales de los componentes, tendremos una serie de combinaciones producto de la ciencia y el arte – las que son improbables o imposibles en circunstancias ordinarias.

Volviendo a las relaciones humanas, la analogía debiera estar clara. En la medida que un hombre simplemente sigue sus intereses, o sea, encuentra a la gente interesante o aburrida, y de acuerdo a esto busca compañía de los primeros, rechazando los segundos, se comporta como un laboratorio en el cual no hay ningún químico. No hace nada. Simplemente permite que su química se manifieste de acuerdo a sus cualidades naturales de afinidad, indiferencia u hostilidad, sin tratar científica o artísticamente de que se ajusten para entrar en relaciones más y más variadas con los componentes del laboratorio químico de su vecino. El es, como se dice, una criatura de las circunstancias; y todo es resultado de que encuentre a la gente opaca o interesante, o de que él mismo sea lo uno o lo otro para los demás.