El hombre se torna un Yo a través del . Aquello que lo confronta desaparece, los fenómenos de la relación se condensan o se disipan. En esta alternación la consciencia del compañero que no cambia, del Yo, se hace más clara y cada vez más fuerte. Seguramente ella aparece aún comprometida en la trama de la relación con el ; es la consciencia gradual de lo que tiende hacia el sin ser el . Pero se afirma con una fuerza creciente hasta que el lazo se rompe y el Yo se encuentra, como en el espacio de un relámpago, en presencia de sí mismo, como si se tratara de un extraño; pero pronto retoma posesión de sí y desde entonces se ofrece conscientemente a la relación.

Sólo entonces puede constituirse la otra palabra primordial. Pues sin duda el de la relación ha palidecido muchas veces, pero sin tornarse en el Ello de un Yo, en objeto de una percepción o de una experiencia impersonal, como lo será más tarde. Se ha vuelto en cierto modo un Ello para sí, un Ello, primeramente desatendido, puesto en reserva y que, para nacer, espera que se produzca un nuevo fenómeno de relación. El cuerpo que madura en una persona se distingue ya de su medio en la medida en que se siente portador de sus impresiones y ejecutor de sus impulsos. Pero esta distinción fue simplemente un esfuerzo rudimentario y poco orgánico de orientación, y no una absoluta separación del Yo y su objeto. Mas ahora, el Yo destacado emerge, transformado. Reducido de su plenitud circunstancial a un punto funcional, a un sujeto que experimenta y utiliza, el Yo encara y toma posesión de todo Ello existente en y por sí mismo, para formar la otra palabra primordial del lenguaje.

El hombre que se ha hecho consciente del Yo, el hombre que dice YoEllo, se coloca ante las cosas como observador, en vez de colocarse frente a ellas para el viviente intercambio de la acción recíproca. Inclinado sobre las cosas, con la lupa objetivadota de su mirada de miope, y ordenándolas una a una en un panorama, gracias al telescopio objetivador de su mirada de présbite, las aísla para considerarlas sin ningún sentimiento de exclusividad, o las dispone en un esquema de observación sin ningún sentimiento de universalidad.

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Sólo podrá encontrar el sentimiento de exclusividad en una relación; el sentimiento de universalidad, sólo a partir de una reacción. Ahora, por primera vez, experimenta las cosas como sumas de cualidades. Ciertamente ha amasado en su memoria cualidades pertenecientes al recordado; pero sólo ahora, por primera vez, las cosas se componen para él de sus cualidades. Con el simple recuerdo de la relación, conservado en estado de sueño, de imagen o de pensamiento, según su complexión propia, ensancha el núcleo, la substancia que se le había revelado vigorosamente en el con todas sus cualidades. Y también ahora por primera vez dispone las cosas en el espacio y el tiempo, en conexión causal, cada una con su lugar propio y su curso, su medida y su condición.

El , es verdad, aparece en el espacio, pero aparece en ese frente a frente exclusivo en el que todo el resto de los seres sólo puede servir como un fondo del cual él emerge, sin encontrar allí ni su límite ni su medida. El también aparece en el tiempo, pero en el instante que posee por sí mismo la plenitud: no es vivido en una cadena fija y sólidamente articulada, sino que es vivido en una duración cuya dimensión puramente intensiva sólo se define en términos que le son propios. Finalmente, el aparece simultáneamente actuando y sujeto a acción, pero no está comprometido en una cadena de causas. Pues la relación de reciprocidad en que está con el Yo es al tiempo el origen y el fin del fenómeno. Una de las verdades fundamentales del mundo es: Sólo el Ello puede ser dispuesto dentro de un orden. Cuando dejan de ser nuestro para tornarse nuestro Ello, las cosas se convierten en coordinables. El no conoce ningún sistema de coordinación.

Mas al haber llegado a este punto, es menester también expresar la otra parte de la verdad básica sin la cual esta parte quedaría como un fragmento inutilizable: un mundo ordenado no es el orden del mundo. Hay momentos de profundidad silenciosa en los que miráis el orden del mundo en su plena presencia. Entonces se oye como un destello el sonido del cual el mundo ordenado es la notación indescifrable. Esos momentos son inmortales, y los más, fugitivos. No se puede retener de ellos ningún contenido, pero su virtud se entrega en la creación y en el conocimiento del hombre; efluvios de esta virtud penetran en el mundo ordenado y lo descongelan, lo licuan una y otra vez. Esto acontece en la historia del individuo y en la historia de la especie.

Para el hombre el mundo es doble, en conformidad con su propia doble actitud. Percibe todo lo que le rodea, las simples cosas, los seres vivientes en cuanto cosas. Percibe lo que ocurre en torno de sí, los meros hechos y las acciones en cuanto hechos; las cosas compuestas de cualidades y los hechos compuestos de momentos; las cosas tomadas en la red del espacio, los sucesos tomados en la red del tiempo; las cosas y los hechos delimitados por otras cosas y por otros hechos, mensurables entre ellos, comparables entre ellos, un mundo bien ordenado, un mundo aislado. Este mundo merece hasta cierto punto nuestra confianza. Tiene densidad y duración. Su ordenamiento puede ser abarcado con la mirada.; se lo tiene bajo la mano, se lo puede representar con los ojos cerrados y examinarlo con los ojos abiertos. Está siempre allí, contiguo a tu piel, si lo consientes, acurrucado en tu alma, si lo prefieres, es tu objeto, permanece siéndolo mientras así lo deseas; te es familiar, ya sea en ti o fuera de ti. Lo percibes, haces de él tu verdad, se deja captar, pero no se te entrega. Es el solo objeto sobre el cual puedas entenderte con otro; aunque se presenta diferentemente a cada uno, está siempre pronto para servirte de objeto común. Pero no es el lugar donde puedas encontrarte con otro. No podrías vivir sin él, su sólida realidad te conserva; pero si mueres en él, tu sepulcro estará en la nada.

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Por otro lado, el hombre que encara lo que existe y lo que deviene como su interlocutor siempre lo confronta simplemente como un ser singular; y a cada cosa la confronta simplemente como un ser. Lo que existe se le descubre en el acontecer, y lo que acontece se le presenta como lo que es. Sólo le está presente esa cosa única, pero ella implica el mundo en su totalidad. Medida y comparación se borran; de ti depende que una parte de lo inconmensurable se vuelva para ti realidad. Esos encuentros no se ordenan de manera de formar un mundo, sino que cada uno es una señal del orden del mundo. No están ligados entre sí, sino que cada uno te garantiza tu solidaridad con el mundo.

El mundo que se te aparece bajo esta forma apenas merece tu confianza, porque continuamente adquiere otro aspecto; no puedes tomarle la palabra. No tiene densidad, pues todo en él lo penetra todo; no tiene duración, pues aparece sin que se le llame y se desvanece cuando se lo retiene. No puede ser examinado, y si quieres hacerlo susceptible de examen, lo pierdes. Viene a ti, viene a revelarte; pero si no te alcanza y no te encuentra, se disipa; pero vuelve en otra forma. No está fuera de ti. Toca lo profundo de tu ser, y al llamarlo alma de mi alma nada de excesivo has dicho. Pero cuídate de querer transportarlo en su alma, pues lo aniquilarías. Es para ti la presencia; sólo por él tienes presencia. Puedes convertirlo en un objeto para ti, puedes experimentarlo, utilizarlo. Hasta estás constreñido a hacerlo una y otra vez. Pero en cuanto lo haces, ya no tienes más presencia. Entre él y tú hay reciprocidad de dones: le dices y te das a él; él te dice y se da a ti. No puedes con nadie entenderte a su respecto. En el encuentro con él, estás con él sólo. Pero él te enseña a encontrarte con otros y a sobrellevar el encuentro. Por el favor de sus apariciones y por la solemne melancolía de sus partidas, te conduce hasta el en el cual las líneas paralelas de las relaciones se encuentran. Nada hace para conservarte en vida; sólo te ayuda a atisbar la eternidad.

El mundo del Ello es coherente en el espacio y en el tiempo. El mundo del no es coherente ni en el espacio ni en el tiempo. Cada , una vez transcurrido el fenómeno de la relación, se vuelve forzosamente un Ello.

Cada Ello, si entra en la relación, puede volverse un . Tales son los dos privilegios básicos del mundo del Ello. Llevan al hombre a encarar el mundo del Ello como el mundo en el que ha de vivir y en el cual el vivir es cómodo, como el mundo que le ofrece toda suerte de atractivos y estímulos, de actividades, de conocimientos. En esta crónica de beneficios sólidos, los momentos en que se realiza el aparecen como extraños episodios líricos y dramáticos de un encanto seductor, ciertamente, pero que nos llevan a peligrosos extremos que diluyen la solidez del contexto bien trabado y dejan atrás de ellos más inquietud que satisfacción, quebrantando nuestra seguridad; se los encuentra inquietantes y se los juzga inútiles. Como es menester, después de tales momentos, volver a la realidad, por qué no quedar en la realidad?, por qué no llamar al orden a la aparición que se nos presenta y enviarla de oficio hacia el mundo de los objetos?, por qué, si uno no puede evitar decir a un padre, a una mujer, a un compañero, no decir pensando en Ello? Producir el sonido con la ayuda de los órganos vocales no es, en verdad, pronunciar esa inquietante palabra fundamental. Más aún: murmurar desde el fondo del alma un amoroso es algo sin peligro si no se tiene otra intención que la de experimentar y utilizar.

No se puede vivir en el solo presente. La vida sería devorada si no se hubieran tomado precauciones para superarlo rápida y totalmente. Pero es posible vivir en el pasado únicamente; más todavía: sólo en el pasado cabe organizar una vida. Para ello es suficiente dedicar todos los momentos a experimentar y a utilizar, y entonces no nos quemarán más.

Con toda la seriedad de lo verdadero has de escuchar esto: el hombre no puede vivir sin el Ello. Pero quien sólo vive con el Ello, no es un hombre.

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Las líneas de las relaciones, si se las prolonga, se encuentran en el eterno. Cada particular abre una perspectiva sobre el eterno; mediante cada particular la palabra primordial se dirige al eterno. A través de esa relación del de todos los seres se realizan y dejan de realizarse las relaciones entre ellos: el innato se realiza en cada relación y no se consuma en ninguna. Sólo se consuma plenamente en la relación directa con el único que, por su naturaleza, jamás puede convertirse en Ello: Dios.

Martin Buber

 

Extractado por Pablo Cáceres de
Yo y Tú.- Editorial Galatea.

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