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Sólo podrá encontrar el sentimiento de exclusividad en una relación; el sentimiento de universalidad, sólo a partir de una reacción. Ahora, por primera vez, experimenta las cosas como sumas de cualidades. Ciertamente ha amasado en su memoria cualidades pertenecientes al recordado; pero sólo ahora, por primera vez, las cosas se componen para él de sus cualidades. Con el simple recuerdo de la relación, conservado en estado de sueño, de imagen o de pensamiento, según su complexión propia, ensancha el núcleo, la substancia que se le había revelado vigorosamente en el con todas sus cualidades. Y también ahora por primera vez dispone las cosas en el espacio y el tiempo, en conexión causal, cada una con su lugar propio y su curso, su medida y su condición.

El , es verdad, aparece en el espacio, pero aparece en ese frente a frente exclusivo en el que todo el resto de los seres sólo puede servir como un fondo del cual él emerge, sin encontrar allí ni su límite ni su medida. El también aparece en el tiempo, pero en el instante que posee por sí mismo la plenitud: no es vivido en una cadena fija y sólidamente articulada, sino que es vivido en una duración cuya dimensión puramente intensiva sólo se define en términos que le son propios. Finalmente, el aparece simultáneamente actuando y sujeto a acción, pero no está comprometido en una cadena de causas. Pues la relación de reciprocidad en que está con el Yo es al tiempo el origen y el fin del fenómeno. Una de las verdades fundamentales del mundo es: Sólo el Ello puede ser dispuesto dentro de un orden. Cuando dejan de ser nuestro para tornarse nuestro Ello, las cosas se convierten en coordinables. El no conoce ningún sistema de coordinación.

Mas al haber llegado a este punto, es menester también expresar la otra parte de la verdad básica sin la cual esta parte quedaría como un fragmento inutilizable: un mundo ordenado no es el orden del mundo. Hay momentos de profundidad silenciosa en los que miráis el orden del mundo en su plena presencia. Entonces se oye como un destello el sonido del cual el mundo ordenado es la notación indescifrable. Esos momentos son inmortales, y los más, fugitivos. No se puede retener de ellos ningún contenido, pero su virtud se entrega en la creación y en el conocimiento del hombre; efluvios de esta virtud penetran en el mundo ordenado y lo descongelan, lo licuan una y otra vez. Esto acontece en la historia del individuo y en la historia de la especie.