Confrontado a la edad de tres años al problema de su identidad personal, el niño busca en todos los elementos que se le presentan una respuesta a: quien soy?. qué tengo que hacer? Estos elementos, por estar dotados de una vida propia, pueden aportarle respuestas, aun si, inconscientemente, él proyecta sobre ellas sus reflexiones y sus propias respuestas. Los diálogos de una niña con sus muñecas, o de un niño con sus animales de peluche, muestran que el juego forma parte de los interrogantes del niño sobre la vida. En todos los juegos, por lo tanto, las relaciones entre los participantes testimonian con fuerza las angustias, las dotes, y la capacidad de cada cual para evolucionar en la sociedad infantil.

La necesidad de potencias tutelares es muy grande en el niño; necesidad que él proyecta sobre verdaderos fetiches, que pueden tomar todas las formas imaginables: un árbol, un juguete favorito, un animalito regalón, un ser inmaterial. Ellos son sus confidentes y guías. Su alma primitiva puebla el mundo de genios buenos y malos, y es preciso que sea así. Los niños que no han tenido esa cuota de lo maravilloso en el interior de ellos mismos, se revelarán como personalidades mucho menos ricas y disponibles a los demás en la edad adulta, El mundo fantástico, mágico, no oculta, de manera alguna, la realidad, de la cual todos los niños son conscientes; a menos que una situación conflictiva permanente no los empuje hacia una vida psicótica, enteramente soñada. Todos los niños saben que los animales hablan, que las plantas sienten. Sin embargo, la ciencia de los adultos ha demorado mucho tiempo, primero, en admitir este hecho, después en estudiarlo.

La relación de un niño con el mundo es una relación de cuerpo a cuerpo. En él la magia del cuerpo encuentra su más bella expresión. Hay que ver cómo los niños juegan disfrazándose, maquillándose, haciendo muecas, danzas, piruetas, acrobacias, coloquios. Después se recogen, observan, comparten secretos con aquellos que aman, se cuentan historias, las escuchan, las leen,