Ahora bien, cómo pudo lograrlo? Había en juego factores neuróticos bastante poderosos: su necesidad de afecto era muy grande, como también lo eran algunas de sus exigencias. Pero también entraban en consideración otros valores que para ella eran mucho más importantes. Estaban, para empezar, sus convicciones acerca de los sindicatos. Lo que es más importante, sentía una profunda devoción por su trabajo, de modo que si su necesidad de afecto y las exigencias a ella asociadas llegaban a interferir con la eficacia de su trabajo creando tensiones, tenían que ser abandonadas, como en efecto ocurrió. Podría parecer como si sólo estuvieran actuando fuerzas constructivas a las que la paciente podía recurrir. En realidad, no es así. Había también, como lo advertí más tarde, otro factor que hizo posible este rápido cambio, y que era que su profunda convicción de que Se trata sólo de mí, sólo de factores personales. Mi paciente sintió que esos factores que antes habíamos reconocido como su necesidad neurótica de afecto y su exigencia de que se le profesara estima- no debían interferir en su trabajo, por el cual sentía tanta devoción. En todo caso, había valores más significativos para ella que su necesidad y su exigencia neuróticas. Si su devoción al trabajo y a su trabajo analítico- no hubiera prevalecido sobre la neurosis, podemos suponer que se habría puesto a la defensiva y hubiera dicho: Después de todo, siempre he sido una buena jefa. Ellos podían confiar realmente en mí, podían tenerme confianza, y así sucesivamente. Pero no fue esto lo que dijo.

Por lo tanto, en este caso no es la dificultad neurótica en sí lo que determina la dificultad terapéutica. Nuestra pregunta es: se pone el paciente a la defensiva respecto de esas actitudes que se someten a examen? Esta paciente explora en lugar de defender. En otras palabras, se trata de la actitud del paciente hacia sus propias necesidades y exigencias neuróticas. Lo mismo puede decirse de cualquier otra situación. El paciente acude con su orgullo, sus vulnerabilidades, o sus modos de salvar las apariencias, o sus evitaciones. Estas son las dificultades con las que acude, y que dan lugar a dificultades en el tratamiento. Pero es provechoso distinguir esas dificultades de las defensas de que se vale para protegerlas. Es decir, lo que cuenta es, se pone a la defensiva respecto de su orgullo, por ejemplo? O está deseoso de analizar las cosas?

Por eso el tema de esta conferencia es Dificultades y Defensas. Esto no significa, repito, que las defensas no sean dificultades. Unas y otras presentan problemas en el tratamiento analítico, pero creo que es provechoso distinguirlas. Si aceptamos esto, debemos preguntar: qué defiende el paciente?

Evidentemente, el paciente no defiende la neurosis en su totalidad. Hay ciertos factores de los que le gustaría librarse. En primer lugar, le gustaría librarse de algunos síntomas que lo perturban realmente, como la ansiedad invalidante, el odio a sí mismo o lo que sea. Pero no sólo desea librarse de los síntomas. También quiere librarse de sus inhibiciones, sean cuales fueren. Le desagradan su incapacidad para reafirmar sus sentimientos o creencias, su timidez, su incapacidad de decir no. Sin embargo, defiende lo que para él son valores subjetivos de la estructura neurótica. O, para decirlo de otro modo, cada vez que el paciente se pone a la defensiva, hay en juego un valor subjetivo, siempre que, para volver al ejemplo de la jefa del organismo social, ese valor subjetivo no sea superado por algo más importante, por prioridades. Y estas prioridades serán, en primer lugar, sus fuerzas constructivas. Sin embargo, entre las prioridades puede haber también elementos neuróticos. Por ejemplo, consideremos la historia de Ignacio de Loyola. A cierta altura de su vida decidió que la carrera de santo era más importante para él que disfrutar del solaz que podían procurarle las mujeres. Y su determinación, su férrea voluntad de amoldarse a esa santidad fue para él mucho más importante que sus conquistas femeninas. Tenemos aquí a un hombre que decidió lo que quería al comienzo de su carrera (Es difícil juzgar si más tarde tuvieron peso otras motivaciones verdaderamente religiosas). La carrera de santo le parecía más importante que cualquier otra cosa. Su determinación le permitió renunciar a multitud de cosas que, por comparación, tenían poca o ninguna importancia.

Como sabemos, en muchos casos las actitudes del paciente hacia sus propias tendencias están divididas. Por ejemplo, muchos pacientes aprecian su carácter vengativo porque lo consideran un arma necesaria o un medio de justificarse, de sentirse superiores a los demás. Pero en otros aspectos o en otras oportunidades detestarán su carácter vengativo o les provocará temor. En otro ejemplo, un paciente deseaba más que ninguna otra cosa la espontaneidad, pero su temor a la crítica determinaba que nada fuera para él más terrible que la espontaneidad. Por lo tanto, su actitud estaba dividida. También aquí debemos saber con certeza y no dejarnos engañar por el hecho de que el paciente ponga de relieve su deseo de algo como la independencia o la espontaneidad. Si después de un largo período no ocurre nada en ese sentido, si no consigue desarrollar lo que dice que es su deseo, aún debemos preguntarnos: Qué es realmente lo que está en juego aquí? Está defendiendo el paciente ciertos valores subjetivos?

Lo que quiero decir está muy bien ilustrado en una novela de Pearl Buck. Un médico vio a un hombre que tenía un tumor en la parte posterior del cuello. Como era un médico que se preocupaba realmente por la salud de la gente, le dijo al hombre que haría bien en ir a un hospital para que hicieran algo con su tumor. Oh, no, dijo el hombre, mi alma está en ese tumor. Es decir que subjetivamente valoraba ese tumor como su alma. Antes de examinar estos valores subjetivos, quiero referirme a una objeción que puede confundir los problemas. A esta altura podríamos preguntar: La neurosis en sí misma, no es en todo o en parte una defensa?

Si fuera así, las defensas que vemos en la terapia psicoanalítica serían entonces los medios habituales de que se vale el neurótico para defender su estructura neurótica o algunos aspectos de ella. Creo, sin embargo, que la opinión que he escuchado en nuestro Instituto No es la neurosis en todo o en parte una defensa?- en el mejor de los casos sólo se justifica desde un punto de vista histórico-genético. Consideremos el afecto o el amor o el poder neuróticos. Estos han surgido, si se desea plantear las cosas de ese modo, como defensa contra la ansiedad básica, como medio de sentirse más seguro. En ese sentido se los podría llamar movimientos defensivos. Si, no obstante, dejamos de lado los orígenes de esos impulsos y los contemplamos desde un punto de vista fenomenológico, y nos limitamos a tratar de describir las cualidades de esos impulsos, podemos decir: he aquí impulsos digamos el anhelo de poder-, impulsos tan fuertes que Freud, por ejemplo, los consideraría de naturaleza instintiva.

Pero hay otras posiciones neuróticas de una cualidad más inmediatamente defensiva, que alivian la ansiedad, y protegen contra los daños o protegen contra el derrumbe a partes de la estructura. Consideremos, por ejemplo, la rectitud arbitraria. No se trata de un impulso. Se trata principalmente de una actitud defensiva, en el sentido en que empleo aquí el término: la rectitud arbitraria elimina las dudas sobre sí mismo, proporciona una piel protectora, como el baño de Sigfrido en la sangre del dragón. Protege contra la crítica. De modo que el paciente la trae a la situación analítica. Esa rectitud arbitraria, es ahora una dificultad o una defensa? Pienso que ambas cosas. Naturalmente, crea una dificultad en el análisis del paciente, pero lo que cuenta es si éste se pone a la defensiva respecto de esa rectitud, o la examina, considerándola un problema que debe ser analizado. Ahora bien, en el análisis hará primero una cosa y luego la otra. Puede muy bien ponerse a la defensiva y decir sencillamente: Ocurre que yo sé que tengo razón. Esto significa que cree que siempre tiene razón. O, por otra parte, puede decir (como lo hizo uno de mis pacientes) que le importa un ardite si tiene razón o se equivoca, pero que las cosas son como él las ve, lo cual es otro modo de defender su rectitud. Más tarde ese mismo paciente puede llegar a considerar esa misma rectitud como un problema. Habrá aprendido en el intervalo que constituye una dificultad para la terapia. Habrá aprendido acerca de sí mismo y podrá aceptarse mejor. Es decir, más tarde puede estar deseoso de considerar esa rectitud arbitraria como un problema y examinarla. Podríamos decir que su rectitud arbitraria es primero una dificultad cuya defensa asume, y más tarde una dificultad que desea analizar. O sea que, en lo que se refiere a las actitudes primariamente defensivas, tendríamos que hablar de la defensa de una defensa.

 

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Veamos ahora los valores subjetivos que defienden los pacientes. Estos valores subjetivos son de dos clases. Una se compone, en síntesis, de valores positivos que el paciente defiende porque piensa que implican algo precioso. Además están los valores protectores o defensivos, que no aprecia por sí mismos, pero los considera indispensables como protección contra algo. El equivalente sería, en escala nacional, que podemos salir en defensa de algo que consideramos precioso, digamos nuestro modo de vida democrático, y que también podemos salir en defensa de algo que sirve realmente para defendernos, digamos nuestros recursos o secretos militares. La mayor parte de las actitudes o defensas que encontramos en la terapia analítica deben ser consideradas desde ambos puntos de vista. Tomemos por ejemplo el impulso al poder en cualquiera de sus formas. Es algo que el paciente considera un valor positivo, pero también sirve de protección contra el sentimiento mucho más temido de desamparo.

Asimismo podemos observar que hay diferencias en la medida en que algunas actitudes tienen un componente defensivo: algunos valores subjetivos son principalmente defensivos y otros son principalmente positivos. Por ejemplo, consideremos la diferencia entre una persona que tiene un impulso hacia el poder y otra que tiene igualmente un impulso, pero hacia un rígido autocontrol. La primera posee un valor más positivo porque presenta un gusto por la vida. La segunda posee lo que es principalmente un valor protector. Hablando de los valores positivos, a esta categoría pertenece todo lo que da a una persona gusto por la vida, un sentimiento de significado o satisfacción, o brinda un sentimiento de valía, fuerza o corrección.

En esta categoría de valores positivos que el paciente defiende, considero que el primero entre ellos es el impulso apasionado, que da a la neurosis un carácter demoníaco: después de todo, se decía en un tiempo que esas personas estaban poseídas por demonios. Es una buena descripción. Las personas son poseídas por la ambición o el poder. O bien las personas están obsesionadas por reformar el mundo, personas como Calvino o Savonarola. O bien son impulsadas inexorablemente hacia el amor, porque esperan que colme sus vidas y les confiera un significado.

De igual modo incluimos a las personas que se ven impulsadas a un desempeño masoquista, como Sacher-Masoch, quien describió el masoquismo, palabra que deriva de su nombre. Eso era lo que le proporcionaba satisfacción. Sin esto, para Sacher-Masoch la vida hubiera sido muy vacía. La misma cualidad impulsiva se advierte en los que manifiestan impulsos sádicos. En una oportunidad, después de haber publicado Nuestros conflictos interiores, recibí una carta de una persona. Me escribía, llena de desprecio, que yo era una tonta. Yo no tenía ni la más remota idea de lo maravillosos que eran esos impulsos sádicos. Lo hacen sentirse vivo a uno, decía. Y son un verdadero impulso; decía, a su manera, que el sadismo daba sentido a su vida, la que de otro modo sería muy vacía. La misma fuerza impulsiva se observa en la explotación, el regateo, el impulso al triunfo vengativo, tanto como en la venganza simple y concreta. Vemos un impulso similar, aunque más encubierto, en aquellos que sienten un impulso a la delicia de destruir y frustrar con el fundamento de que Yo soy desdichado. Por qué habrían de ser felices los demás? Y si uno no puede sentir alegría a causa de la desesperación o lo que sea, entonces la única salida, el único modo de lograr que las cosas tengan algún significado, puede ser destruir, frustrar. Tenemos aquí impulsos que sin duda las personas perciben como eminentemente positivos, puesto que las hacen sentirse vivas, les procuran ciertas emociones o satisfacciones. Les proporcionan un sentido, un gusto por la vida.

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