Hago la analogía con este fenómeno bien conocido en el aprendizaje de lenguas extranjeras: las palabras que nos resultan parecidas a palabras de nuestro idioma natal nos conducen a burdos contrasentidos. En el diálogo entre culturas tienen lugar los mismos malentendidos, como ocurre con la noción oriental de la reencarnación, a menudo desnaturalizada cuando se habla de ella en el Occidente. O todavía, la amalgama que se pretende hacer entre el amor cristiano y la compasión budista, siendo que, en realidad, hay detrás de ello dos antropologías radicalmente diferentes. Lo que me interesa es saber, no para rechazar al otro sino, al contrario, para comprender lo que no he comprendido en primera instancia. Es eso lo que me resulta interesante. Si todo se comprendiera a la primera mirada, el diálogo no tendría razón de ser.

Cuando hablo, por ejemplo, del “mito cristiano” lo hago en el sentido de que cada cual debiera tomar consciencia del mito en el que vive para dialogar mejor con los otros. Empiezo por dar una definición clásica de la palabra mito: es un conjunto articulado de símbolos, siendo el símbolo ese tipo particular de signo que nos pone en relación con una dimensión indescriptible, ya sea por un medio visual, auditivo, geométrico, etc. Cuando me refiero al “mito”, tengo bien presente la idea de la mistificación. Pienso que es necesario reconocer estas dimensiones múltiples que nos habitan y que sobrepasan la racionalidad habida en el siglo XVIII, y que – según mi parecer – debiéramos reapropiarnos con una racionalidad nueva, menos reductiva. Estas dimensiones, junto con ser partes integrantes del hombre, encierran en efecto una cuota de peligro.

Ocurre lo mismo con la violencia, Eric Weil da esta definición: “Hay violencia desde el momento en que me rehúso a hacer participar a otro en la elaboración de mi propio discurso.” Lévinas lo dice de otra manera: “Hay violencia cuando hablo o actúo como si estuviese solo en el mundo. Es decir, hago violencia al mundo o al otro al no reconocerlo.” Y también agrega: “Hay violencia desde el momento en que reconozco una dimensión que no me hace participar con la totalidad de mi ser”. Ahora bien, esa podría ser la definición de lo sagrado, esa dimensión que se nos escapa y a la cual nosotros tenemos naturalmente tendencia a jurar fidelidad. Lo sagrado definido de esta manera debiera ser, poco a poco, no eliminado sino absorbido por la evolución humana.