Quisiera hacer una distinción entre la trascendencia y lo sagrado. Entre ”aquello de lo que no se puede hablar” porque nuestros pobres conceptos son impotentes para definir lo Ultimo, y lo sagrado entendido como potencia irracional y superior que provoca la angustia en el hombre y, al mismo tiempo, tiene poder sobre él. Este sagrado, a veces espantable y fascinante, hace tiempo que ha sido negado por el materialismo, pero hoy día, a la inversa, se habla de “la dimensión sagrada de…” el deporte, las estrellas de cine, etc. Este concepto de sagrado es alienante en el sentido en que me hace reconocer fuerzas que me aprisionan sin mi voluntad. En cambio, la trascendencia es lo que me vuelve libre. Creo que lo religioso en el sentido en que se podría hablar de una “religión desacralizada” sería precisamente el lugar de la libertad humana. Pero, al presente, la religión ha sido a menudo el lugar donde el hombre ha tratado de reabsorber todos sus temores y, en el hecho, se ha entregado atado de pies y manos a instituciones, al clero, a entidades…

Un historiador de religiones podría no ver a nivel mundial más que una vasta historia de sincretismo. En el sentido sociológico del término, todas las religiones son, en el fondo, mezclas. Pero actualmente, en vista de la aceleración del nivel de intercambio de nuestras sociedades, se querría fundir las identidades culturales en un sincretismo que excedería de alguna manera la dimensión del tiempo. Es decir, la digestión, la asimilación y, por lo tanto, simplemente la profundidad. El diálogo no debe dejarnos indemnes, si no, no es diálogo. Indirectamente, yo hablo entonces de una mezcla potencial, de un mestizaje espiritual. Pero si no se me deja el tiempo para la digestión y la asimilación, se me está violentando.

Todo es cuestión de tiempo y de lenta integración. Vivimos en un Occidente que es esencialmente impaciente. Ahora bien – como decía Thomas Merton – para que el despertar se produzca, es necesaria mucha paciencia. Lo que yo critico es la rapidez de las conexiones, las que no deberían efectuarse de esa manera. En todo tiempo, el hombre ha tenido necesidad de digerir la información exterior, es decir, de asimilarla de manera lenta y progresiva. Es por eso que yo hablo de una “espiritualidad con traje de Arlequín” (diversos retazos mal unidos) hoy día demasiado difundida.