Esto nos invita a ‘interrogarnos sobre la “edad mental” de la humanidad. Podría ser que estuviéramos actualmente en un estado de evolución donde deberíamos tener el coraje de asumir espiritualmente nuestra madurez. Dietrich Bonhoeffer hablaba – en el campo de concentración donde moriría – de su visión de un mundo mejor emergente. El se preguntaba cómo el Cristo podría llegar a ser el “señor de los irreligiosos”, entendiendo por tal una humanidad que había roto con lo sagrado arcaico, que es precisamente aquel estado del niño en busca de seguridad. Puede ser que asistamos a la aparición, bien problemática y gradual, de un mundo mejor vis-a-vis de Dios.

Existen personas absolutamente despreocupadas de toda cultura religiosa, y otras que buscan su camino espiritual cosechando en los campos de la Nueva Era. Allí hay dos escollos, tan peligroso el uno como el otro: la ignorancia y el conocimiento errado. Estos escollos plantean el problema de la necesidad de la institución. No se puede querer que el Evangelio, por ejemplo, sea conocido de las generaciones futuras sin una institución que lo difunda: no sería posible. Personalmente, la institución católica no me satisface sino parcialmente en lo que se refiere a mi práctica personal, que es irregular. Yo no he puesto a mi hija mayor en el catecismo, he ensayado de trasmitirle el Evangelio yo mismo. En cuanto a la pequeña, me gustaría que siguiera los cursos de instrucción religiosa en la escuela, aun encontrándolos insuficientes, Lo esencial de la experiencia religiosa debe vivirse y trasmitirse.

Ahora, si mis hijas “picotearan” pasando de un curso de yoga a otro de chamanismo, de un taller de tai-chi a una práctica de meditación trascendental, yo reaccionaría… tomando yo mismo esos cursos. Todo esto no está “mal” ni es “impuro”. Puede ser negativo si el joven – o el menos joven – que se dedica a ello no tiene estructura interior; y muy positivo – aun si provisoriamente nos muestre aspectos extraños – si hay una real estructura interior. Por lo tanto, mi responsabilidad de padre será de transmitir todo esto ahora a mis hijas, para que más tarde tengan una especie de organismo de digestión. Y como no creo que haya espiritualidad sin dimensión colectiva, esto sobrepasa el simple papel de padre y plantea la cuestión de la institución. Es el gran problema de nuestra generación: ser refractarios a las instituciones y, sin embargo, saber que ellas son indispensables. El hombre no puede pasarse sin liturgia, es decir, sin actuar en común con los otros. Y debo reconocer que todo lo que critico a la Iglesia lo hago en nombre del mensaje subversivo del Evangelio, entonces… en nombre de lo que me ha transmitido la institución.