La segunda forma de hacer buen uso de las propias riquezas es la de invertirlas en empresas que produzcan y que multipliquen los bienes útiles a los demás hombres, para después dedicar la mayor parte posible de las ganancias así adquiridas a obras humanitarias. A este respecto, y aunque valoramos debidamente la labor de aquellos que han contribuido o contribuyen a elevar el nivel de vida de la humanidad y a mejorar su salud, debemos afirmar que el empleo más benéfico de las riquezas es el que se orienta hacia la elevación moral y espiritual de los hombres. De hecho, esta utilización posee un doble valor. El primero, que es de carácter preventivo, consiste en combatir las causas profundas de todos los tipos de males que asolan a la humanidad. Todo hombre moralmente regenerado constituye un peligro menos y un elemento activo más del bien en la sociedad. El otro valor, más directo e inmediato, consiste en el hecho de que de esta forma se otorgan a los hombres las más nobles y duraderas riquezas, aquellas que proporcionan el más elevado y sustancial consuelo, la más pura y viva alegría.

Fáciles y numerosas son las formas en las que un rico, animado por la buena voluntad, puede utilizar sus medios para el bien moral y espiritual de los hombres. He aquí algunas de estas formas: La publicación y difusión de buenos libros. Estos son una verdadera reserva de energías espirituales: poseen el poder, que bien podríamos llamar mágico, de permitirnos entrar en comunión con los espíritus más elevados de la humanidad a pesar de la distancias del espacio o el tiempo, y de recibir su mensaje de vida. Hay libros que han influido eficazmente en el curso de la historia. Recientemente, el efecto benéfico de los buenos libros ha sido reconocido y valorado, e incluso utilizado como un método de psicoterapia, la biblioterapia, mediante la cual el médico debe proponerse dar el libro adecuado a la persona adecuada y en el momento adecuado.

Pero a menudo los mejores libros, los más beneficiosos, resultan muy difíciles de encontrar. A veces las ediciones están agotadas y no vuelven a reeditarse, o bien no son traducidas a todos los idiomas. En este aspecto los ricos iluminados podrían realizar un incalculable bien, incluso sin grandes sumas de dinero. Con el valor de una torre, un coche o alguna costosa antigüedad se puede publicar un libro que añada luz, consuelo y estímulo a millares de personas. Además, con mucho menos se podrían regalar a bibliotecas o a particulares decenas de ejemplares de un libro que nos haya hecho bien a nosotros o a otros.