Existe una relación similar entre los reinos sub-humanos y los humanos. La vida del hombre necesita en gran medida de la contribución de los otros tres reinos. Por ello, los excesos y los abusos por parte del hombre no justifican la condena espiritual y la renuncia práctica a la recta utilización. Pero todavía hay más: con una adecuada utilización, el hombre no sólo recibe beneficios de los otros reinos o, utilizando una expresión más realista, los disfruta – sino que les da mucho a cambio, elevándolos y refinándolos en muchos aspectos. Acaso no podemos decir que en cierto sentido el hombre glorifica y sublima la materia mineral extrayendo de la oscuridad de la tierra las gemas aprisionadas y transformándolas en refulgentes brillantes, en rubíes, en topacios o en brillantes zafiros? Acaso no imita de algún modo el poder de Dios al transformar las pesadas e inertes masas de metal en delicadísimos y vibrantes mecanismos pulsantes de vida, sabios en el tomar y transformar las más sutiles energías del éter?

Pero la obra benéfica del hombre se desarrolla de una forma mucho más importante sobre el reino vegetal y animal. Qué tarea ha realizado el hombre con las plantas, y cuánto las ha valorizado, al transformar tantos árboles selváticos de frutas pequeñas y aspérrimas en plantas que ofrecen sabrosos frutos portadores de salud y de alegría ! Más evidente aún es el comportamiento que una gran parte de la humanidad, aunque por desgracia no toda, adopta frente al reino animal. La doma de los animales y su crianza, aún cuando tenga fines utilitarios, produce invariablemente un refinamiento de esas especies animales y la manifestación de gérmenes de inteligencia que se desarrollan a partir de sus instintos. Además están las relaciones de afecto y comprensión entre el jinete y su caballo, entre el hombre y su elefante o su perro, que se puede decir que casi humanizan en cierta medida a esos animales.

Todo esto pone en evidencia el aspecto positivo del uso de los bienes materiales por parte del hombre, uso que requiere algún tipo de posesión o de intercambio activo de estos bienes entre los hombres. A su vez, para practicar estos intercambios se precisan unos medios que los faciliten o agilicen, y entre todos ellos el dinero es si no el único, ciertamente el más práctico e indispensable. Hay todavía otro elemento de verdad en esta concepción favorable a las posesiones, y es el hecho de que en muchos casos la adquisición de estos bienes es realmente fruto del trabajo, de la previsión, del ahorro, de la disciplina y de otras virtudes morales, mientras que por el contrario la pobreza y el fracaso a menudo pueden ser atribuidas a los vicios o defectos opuestos: pereza, falta de previsión, malversación, desorden. Por otra parte, es obvio que no siempre es así, y que la acumulación de riquezas a menudo va acompañada de codicia, dureza de corazón, de una ausencia total de escrúpulos e incluso puede ser el fruto de hábiles fraudes o de robos legales. Es por ello evidentemente unilateral y a menudo no responde a la verdad la identificación entre favor divino, mérito moral y éxito económico.

Evidentemente, el examen realizado hasta aquí sobre las relaciones entre el dinero y la espiritualidad no nos ha facilitado ninguna conclusión en concreto, e incluso es posible que nos haya dejado todavía más perplejos que antes. Pero ello no podía ser de otra forma, puesto que el problema tal y como lo hemos expuesto hasta ahora está mal enfocado. Se ha intentado hacer una apreciación objetiva del dinero, se ha probado etiquetarlo como algo malo o bueno, como algo reprochable o apreciable; pero este tipo de valoración objetiva y externa así como cualquier otra de este género es fundamentalmente errónea, ya que está basada sobre un equívoco y, por consiguiente, sobre una irrealidad. Abandonemos por ello este planteamiento y recomencemos por unos caminos totalmente distintos. Empecemos por otorgarle una designación más apropiada.

Qué es en realidad el dinero? Es un medio convencional creado por los hombres para facilitar el intercambio de bienes, así como para hacerlo posible en amplia escala dentro de la complejidad y el rápido desarrollo de la vida contemporánea. Así pues, el dinero es simplemente un instrumento, un símbolo de los bienes materiales. Por ello, por sí mismo no merece ni cet excés dhonneur, ni cette indignité (ni este exceso de honor, ni esta indignidad).

Es por ello que los que lo condenan con vehemencia equivocan la dirección, y entonces lo justo es que el organismo competente, que es la verdadera moral, responda al remitente, o sea, al hombre. Es en el alma humana donde se hallan la verdad y el error, el bien y el mal, el mérito y la culpa. Y si examinamos este problema desde este más justo y profundo punto de vista podremos constatar que los errores y las culpas del hombre respecto al dinero son sustancialmente de dos géneros: uno particular hacia el dinero mismo; el otro concerniente, junto con él, a todos los bienes materiales.

El principal malentendido y los errores de conducta que de él se derivan provienen de la tendencia humana a confundir el medio con el fin, de identificar el instrumento con lo que éste produce o, en un sentido más general, el símbolo con la realidad que representa, la forma con la vida. Es un error del que se pueden observar continuos ejemplos, a menudo cómicos. Ello se manifiesta en todas las formas de coleccionismo devenido un fin en sí mismo, un ejemplo del cual es el bibliómano que llega a preferir ediciones casi ininteligibles, porque son antiguas y raras, a excelentes ediciones modernas. Pero en el caso del dinero no se trata de una inofensiva y más o menos ridícula manía, sino de sórdidas manifestaciones de avaricia que pierden el alma, simbólicamente hablando; se trata de una violenta codicia que no se detiene ante la culpa o el crimen, desde el sanguinario homicidio por rapiña hasta los más refinados, dañinos e innobles: aquellos que cometen los fabricantes o vendedores de armas que fomentan los conflictos entre los pueblos; aquellos que ilegalmente fabrican o trafican con estupefacientes; aquellos que dirigen redes de prostitución o que explotan el sexo publicando y difundiendo sugestivas imágenes y escritos pornográficos bajo el manto de la literatura y del arte.

Por ello el primer acto espiritual que debemos cumplir es el de librarnos de sobrevalorar el medio o el instrumento por el cual se otorgan e intercambian los bienes terrenos, o sea: el dinero. Rechacemos resueltamente ofrecer un sacrificio más sobre el altar de este falso numen, librémonos de la fascinación que ejerce este ídolo y reduzcámoslo con visión clara y sosegada frialdad a lo que es en realidad: un simple instrumento, un cómodo artificio, una útil convención.

Eliminado así este primer obstáculo, podemos pasar a resolver el problema sustancial: el que se refiere a nuestras relaciones con los propios bienes materiales, de los cuales el dinero no es más que un símbolo y un sustituto temporal. Hemos visto cómo los bienes materiales ya sean alimentos, ropa, viviendas, instrumentos de trabajo u objetos de arte – se componen sustancialmente de materiales extraídos de los tres reinos de la naturaleza que se utilizan ya sea en su estado natural, ya sea después de haber sido transformados y adaptados al hombre. En ellos no puede haber, por tanto, ningún mal intrínseco. Desde un punto de vista naturalístico son cosas; desde el punto de vista religioso, son dones de Dios.

De ahí que lo que significan para nosotros, así como su efecto benéfico o maléfico, dependen de nuestra actitud interna hacia ellos y de la utilización que, con libertad de elección, podemos y queremos hacer de ellos. Este reconocimiento fundamental nos conduce a toda una serie de aclaraciones de gran importancia espiritual y práctica. En primer lugar, resulta evidente que la falta de posesiones externas no resuelve de ningún modo el problema. Aparte de todas las limitaciones y de la esclavitud que conlleva la pobreza en la vida moderna, si un pobre desea apasionadamente los bienes materiales, si no piensa en otra cosa más que en procurárselos, si se halla resentido y enfurecido contra aquellos que los poseen, se encuentra psicológicamente esclavizado por ellos. Esto no significa que no sea lícito buscar mejorar la propia condición; más bien es casi un deber intentarlo. Pero ello puede hacerse sin dejarse absorber u obsesionar por completo, manteniendo la propia libertad interior y la propia dignidad.

A su vez, un rico moralmente desapegado de sus posesiones y que se sienta libre interiormente no se encuentra en absoluto disminuido espiritualmente por sus riquezas; psicológicamente es un pobre de espíritu, en el sentido evangélico. Para llegar a dominar así los bienes materiales, para resistir las continuas tentaciones a las que dan ocasión tentaciones sexuales, pereza y egoísmo de toda suerte – es preciso poseer un temple de ánimo ciertamente particular, es preciso saber vivir en un clima espiritual que constituye la verdadera prueba de fuego de la libertad interna, del desapego, del espíritu de pobreza.

Pero tampoco esta pobreza interna resuelve completamente el problema. Cuando el hombre tiene su consciencia tranquila y, por consiguiente, hasta cierto punto está a bien con Dios, también debe ponerse a bien con sus semejantes, con los cuales se encuentra entretejido en una trama de relaciones íntimas e indisolubles de índole moral y práctica. Por ello, la liberación interior debe ir acompañada por una correcta utilización de los bienes que se poseen. Ello también conlleva, a su vez, dos problemas:
1) El de su recto uso individual;
2) el de su recto uso colectivo.

La base para una correcta utilización individual subyace en la renuncia a la idea de que lo poseído es un derecho personal. La propiedad jurídica es algo puramente humano, que se justifica psicológica y prácticamente debido al nivel medio del desarrollo moral de la humanidad. El deseo de poseer es una fuerza primordial que merece ser tenida en la debida cuenta; no puede eliminarse o reprimirse violentamente. Pero contemplada espiritualmente, la propiedad asume un aspecto y un significado bien distintos. Ya no se trata de un derecho personal, sino de una responsabilidad tanto hacia Dios como hacia los demás hombres.

Si nos acogemos a una concepción religiosa de la vida, debemos reconocer que todo procede de Dios, que todo nos viene dado por Él y que, por tanto, en realidad es suyo. Él es el único y universal propietario. Si además nos adherimos a la concepción más metafísica de que la vida es inextricablemente una, que sólo el Supremo, lo Absoluto, tiene una existencia Real y que todas las manifestaciones individuales no son más que efímeras apariencias, menos todavía podemos admitir que la propiedad personal pueda tener una base espiritual. Desde el punto de vista espiritual, por lo tanto, un hombre tan sólo puede considerarse depositario o administrador de los bienes materiales que, de una u otra forma, posea jurídicamente. Tales bienes constituyen para él una auténtica y verdadera prueba a la cual es sometido, así como una responsabilidad espiritual, moral y social muy difícil de mantener dignamente.

Este lenguaje resulta algo insólito en estos tiempos y puede parecer la expresión de un idealismo poco práctico. Sin embargo estoy convencido de poder demostrar que posee un valor inmediato y superior a lo que pueda parecer a primera vista. En primer lugar, aquellos que poseen una sensibilidad moral algo refinada llegan espontáneamente a la conclusión arriba citada. Recordemos, por ejemplo, los nobles escrúpulos que perturbaron el ánimo de Antonio Fogazzaro cuando entró en posesión de los bienes heredados. Recordemos también las duras luchas que atormentaron a Tolstoi durante la mayor parte de su vida.

Pero el concepto de ser unos servidores sociales, de ser meros depositarios de las riquezas ya sea adquiriéndolas mediante la producción, ya sea distribuyéndolas después a ésta mediante donaciones para obras humanitarias – no sólo ha sido adoptado sino llevado a cabo por algunos de los hombres más prácticos, realistas y realizadores del mundo contemporáneo. Harto conocidos son los casos de desinterés, de austeridad en la vida personal y de una asidua labor inspirada por un ideal de servicio a la sociedad de Edison o de Ford, por ejemplo. Pero también entre aquellos hombres que dedicaron la primera parte de su vida a negociar preocupados por acumular riquezas, luchando incluso ásperamente contra sus competidores, existen algunos que en un determinado momento se sintieron impulsados (por motivos probablemente diversos) a utilizar o a destinar gran parte de sus riquezas a obras humanitarias y culturales. El ejemplo más típico de este tipo es el de J. Rockefeller, el cual, tras haberse convertido en el Rey del Petróleo, fundó, dotándola de gran capital, la Rockefeller Foundation. Esta institución fomenta los estudios y las investigaciones científicas, sobre todo en el ámbito de la medicina, llevando su aplicación a la práctica en amplia escala. Entre otras obras, esta Fundación eliminó la fiebre amarilla que había causado millares de víctimas entre los obreros de la zona del canal de Panamá, y financió una campaña mundial contra la malaria. Pero también hay otros conocidos ejemplos.

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