Hay una importante razón por la cual estas iniciativas no deberían ser excepcionales ni escasas, sino multiplicarse amplia y rápidamente. Una poderosa agitación impulsa a las masas humanas y las hace intolerantes y rebeldes contra la concepción individualista que hace de la propiedad un derecho incondicional, sin ninguna responsabilidad hacia la colectividad, así como contra el estado que permite y protege este derecho. Por consiguiente, el pueblo ya no se conforma con las ayudas o medidas que asumen un aspecto de caridad o de beneficencia paternalista que llevan implícita una superioridad y magnanimidad en quienes las otorgan y una obligación de reconocimiento y gratitud por parte de aquellos que las reciben.

Ahora bien, hasta que no se cumplan estos cambios sociales, o mientras se están cumpliendo, es necesario, para frenar la impaciencia de las masas, que aquellos que posean bienes materiales no los consideren como un derecho incondicional, sino que demuestren que saben y que quieren utilizarlos dignamente y para el bien de todos. Esto debería hacerse de dos formas: La primera de ellas consiste en limitar, o mejor aún eliminar, los despilfarros egoístas, la vida lujuriosa y la ostentación de objetos costosos que irritan y también exasperan a los que carecen de lo más necesario o de todo aquello que, poco a poco, va siendo considerado como necesario para mantener una vida más acorde con la dignidad de un ser humano.

Acaso no resulte superfluo intentar desenmascarar aquí un sofisma en el que muchos creen, aunque quizás de buena fe, para justificar su lujo. De este modo pretextan – hacemos circular el dinero y proporcionamos ganancias a muchos trabajadores. A ello se puede y se debe objetar en primer lugar que una circulación demasiado rápida del dinero obstaculiza las inversiones productivas a largo plazo, que es lo que precisa el bienestar colectivo, porque con el dinero gastado en un objeto de lujo se podría más humanamente subsanar las necesidades urgentes de aquellos que carecen de lo necesario.

La segunda forma de hacer buen uso de las propias riquezas es la de invertirlas en empresas que produzcan y que multipliquen los bienes útiles a los demás hombres, para después dedicar la mayor parte posible de las ganancias así adquiridas a obras humanitarias. A este respecto, y aunque valoramos debidamente la labor de aquellos que han contribuido o contribuyen a elevar el nivel de vida de la humanidad y a mejorar su salud, debemos afirmar que el empleo más benéfico de las riquezas es el que se orienta hacia la elevación moral y espiritual de los hombres. De hecho, esta utilización posee un doble valor. El primero, que es de carácter preventivo, consiste en combatir las causas profundas de todos los tipos de males que asolan a la humanidad. Todo hombre moralmente regenerado constituye un peligro menos y un elemento activo más del bien en la sociedad. El otro valor, más directo e inmediato, consiste en el hecho de que de esta forma se otorgan a los hombres las más nobles y duraderas riquezas, aquellas que proporcionan el más elevado y sustancial consuelo, la más pura y viva alegría.

Fáciles y numerosas son las formas en las que un rico, animado por la buena voluntad, puede utilizar sus medios para el bien moral y espiritual de los hombres. He aquí algunas de estas formas: La publicación y difusión de buenos libros. Estos son una verdadera reserva de energías espirituales: poseen el poder, que bien podríamos llamar mágico, de permitirnos entrar en comunión con los espíritus más elevados de la humanidad a pesar de la distancias del espacio o el tiempo, y de recibir su mensaje de vida. Hay libros que han influido eficazmente en el curso de la historia. Recientemente, el efecto benéfico de los buenos libros ha sido reconocido y valorado, e incluso utilizado como un método de psicoterapia, la biblioterapia, mediante la cual el médico debe proponerse dar el libro adecuado a la persona adecuada y en el momento adecuado.

Pero a menudo los mejores libros, los más beneficiosos, resultan muy difíciles de encontrar. A veces las ediciones están agotadas y no vuelven a reeditarse, o bien no son traducidas a todos los idiomas. En este aspecto los ricos iluminados podrían realizar un incalculable bien, incluso sin grandes sumas de dinero. Con el valor de una torre, un coche o alguna costosa antigüedad se puede publicar un libro que añada luz, consuelo y estímulo a millares de personas. Además, con mucho menos se podrían regalar a bibliotecas o a particulares decenas de ejemplares de un libro que nos haya hecho bien a nosotros o a otros.

Lo mismo puede decirse de la publicación de periódicos o de revistas. Además de la prensa, se pueden producir y difundir mensajes de gran valor moral y espiritual con diversos medios: cine, radio, televisión, etc. Se han producido películas muy beneficiosas, aparte de las de carácter específicamente educativo, que aportan mensajes espirituales de los que tan necesitada está la humanidad y de los que, aunque sea inconscientemente, está sedienta.

Además, convendría crear y potenciar toda una serie de instituciones que actuasen como Centros de ayuda psicológica y espiritual: Consultorios educativos para padres; consultorios pre y post-matrimoniales; Centros de profilaxis psicológica y de psicoterapia; iniciativas para la prevención de suicidios; Institutos para jóvenes precoces y especialmente dotados, etc. Algunos de estos centros ya existen y llevan a cabo una labor realmente útil, pero su número y su campo de acción son insuficientes en relación a las inmensas y urgentes necesidades actuales.

Finalmente, está el tema de la preparación y utilización de los trabajadores o servidores espirituales. Estos deben poseer una vocación especial y unas características muy particulares que no siempre resultan fáciles de encontrar. Por ello deberíamos ponernos a la búsqueda de las personas que las posean y considerarlas como valiosos instrumentos del bien, poniendo a su disposición todos los medios necesarios para que puedan dar el máximo rendimiento posible y desarrollar de forma rápida y eficaz su misión. Se trataría de hacer con los expertos humanitarios y espirituales en ese ámbito lo que se hace en los distintos campos de la técnica.

Ahora conviene examinar brevemente los aspectos colectivos nacionales, sociales y mundiales – de la utilización del dinero y de los bienes materiales en general. Aún cuando los ricos tomaran la decisión de hacer todo cuanto acabamos de exponer y se consideraran a sí mismos como gerentes y administradores responsables de los bienes concedidos por Dios y nadie es tan ingenuo como para creerse una cosa así – el problema no estaría todavía totalmente resuelto. Para la compleja vida moderna la acción individual no es suficiente. Existen grandes problemas de producción y de distribución, de trabajo y de organización, de economía y de finanzas, que sólo pueden resolverse a gran escala mediante organismos nacionales, internacionales y mundiales.

Los principios básicos de una utilización espiritual del dinero y de los bienes que éste puede generar son los de una justicia social auténtica y una repartición ecuánime de los recursos naturales entre todos los pueblos de la Tierra. Actualmente se están reconociendo y afirmando rápidamente estos principios y se está desarrollando por todas partes y de distintas formas, una dura y dramática lucha entre aquellos que exigen su puesta en práctica y los que la obstaculizan, abierta o encubiertamente, debido a su estrechez de ideas, a su apego hacia las posesiones y privilegios que detentan o a su carencia de sentido humanitario. Sería injusto olvidar aquí las ayudas proporcionadas por las naciones más ricas a los países más pobres; no es preciso hacer un psicoanálisis de los móviles, sino que conviene apreciar positivamente el beneficio recibido.

Pero el deber, la importancia y la urgencia de esta gran tarea en el ámbito material no debería desplazar a un segundo plano la otra labor igualmente necesaria y urgente a desarrollar en el ámbito ético-espiritual. Aquellos que dominados por la ideología del materialismo tan sólo consideran al hombre económico, están dejando de lado la profunda verdad, más psicológica que moral y religiosa, contenida en el dicho No sólo de pan vive el hombre. El ser humano también precisa de bienes culturales y espirituales, y por consiguiente tiene todo el derecho de poseerlos. Pero aún hay más: el bienestar económico, no sólo no es suficiente, sino que además puede presentar inconvenientes y peligros al producir efectos perniciosos en aquellas personas que carecen del temple moral necesario para hacer buen uso de dicho bienestar. Numerosos y conocidos son los ejemplos de esta índole, pero como la inmensa mayoría de los hombres no los tiene en cuenta o los olvida en su ciega avidez y en su frenética carrera por la conquista de las riquezas, conviene llamar la atención sobre ellos.

Recordemos que los hijos de los millonarios que no trabajan en las empresas de sus padres ofrecen a menudo un espectáculo público de vida disoluta, y recordemos también los escándalos que suelen producirse en el seno de la denominada alta sociedad. Incluso entre las personas muy ricas cuya conducta es irreprochable existen casos de suicidio. Además, una serie de encuestas llevadas a cabo en distintos países han demostrado que generalmente los millones ganados en la lotería o en las carreras no aportan la felicidad a sus afortunados ganadores, sino que por el contrario estas ganancias suelen ser dilapidadas rápidamente y de mala manera, llegando a provocar a veces incluso graves crisis familiares.

Un hecho menos conocido y menos espectacular, aunque quizás más significativo, es que incluso un moderado y justificado bienestar, la seguridad material o la desaparición del miedo con respecto a los apuros económicos pueden presentar inconvenientes. Un claro ejemplo de ello son los países escandinavos, donde las extendidas previsiones sociales aseguran a todos los ciudadanos subsidios y asistencias en caso de necesidad. Pues bien, la falta de incentivos y de riesgos ha generado un sentimiento de monotonía y de aburrimiento en estos países que se muestran en elevados índices de suicidio. Naturalmente que han influido aquí causas diversas; pero ello nos demuestra que el bienestar económico no resuelve los problemas, y no es sólo que no aporte la felicidad, sino ni siquiera serenidad. Ciertamente que el remedio no consiste en acabar con estas ayudas sociales que eliminan una gran cantidad de desgracias y de sufrimientos. El remedio consiste en adecuadas ayudas de carácter psicológico y espiritual.

Tales ayudas son también actualmente necesarias y urgentes por otra razón. El rápido desarrollo técnico, la revolución industrial que se está llevando a cabo debido a la automatización y a la utilización de la energía nuclear producirán, una vez superadas las inevitables crisis de ajuste, una considerable disminución del trabajo y de las horas laborales y, en consecuencia, mayor bienestar económico. De esta forma las personas podrán disponer de más tiempo, de más energías y también de más dinero. Pero si no han sido educadas para utilizar todo esto de forma constructiva, para refinarse y elevarse, dicha disponibilidad se convertirá en una amenaza y en un peligro.

Finalmente, para evitar cualquier sentimiento de inferioridad o quizás de noble amargura en aquellos que no tienen posibilidades de contribuir económicamente a una causa, es bueno recordarles que esta forma de beneficiar a los demás no es la única ni tampoco la más elevada; existen muchas y distintas maneras de servir a la humanidad. Incluso las más sencillas y humildes, como mecanografiar un texto, escribir unas direcciones, etc., tienen un gran valor y dignidad espiritual cuando se realizan con fines humanitarios y al servicio de una obra espiritual. En realidad, los diversos modos y medios de servicio se entrelazan e integran recíprocamente. Las obras de quienes dedican su propio tiempo y sus energías requieren para su desarrollo de las aportaciones económicas y de los medios materiales necesarios. Y a la inversa: cuanto más numerosos y generosos sean los donantes, más numerosos deberán ser aquellos que sepan hacer uso fecundo y elevado de dichos medios. Por ello, y bajo este prisma, la tarea esencial e impelente es formar nuevas élites, esos equipos de pioneros de la Nueva Era constructores de una civilización nueva y mejor y de una cultura nueva y superior.

La totalidad del organismo heredado es trastornada y se descompone; el alma se entreabre de forma natural y se produce una refusión general que tan sólo aguarda el advenimiento de la impronta espiritual que le dotará de una nueva forma. Es precisamente esta inmensa posibilidad, vislumbrada y presentida por millones de hombres, lo que en definitiva alimenta el entusiasmo, el fervor y el espíritu de sacrificio que se evidencia en las revoluciones de cualquier nación. Y ello se debe a que el hombre, aunque conscientemente crea sólo en los datos y en los valores terrenales, es en el fondo EspírituDe ahora en adelante todo depende de la iniciativa espiritual, y por lo tanto personal, de los hombres.
Hermann Keyserling

De todo lo expuesto creo que es fácil deducir que el problema del dinero y de los bienes materiales es un problema esencialmente espiritual que sólo puede resolverse a la luz del espíritu. En verdad que espíritu y materia, esos aparentes y relativamente enemigos, pueden y deben unirse de manera armoniosa en una síntesis dinámica en la unidad de la vida.

Roberto Assagioli

Extractado por Pablo Cáceres de
El Ser Transpersonal.-Ed. Gaia, Madrid

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