En sus Méditations Sud-Américaines, que quizás sea su obra más profunda, y también en su libro antológico Vie Intime, Keyserling pone en evidencia dos tendencias principales que se hallan justamente en la raíz de la vida. La primera es el Miedo originario, con respecto al cual nos señala lo siguiente: este miedo originario no se refiere a la muerte, sino a la carestía; es decir, se trata de miedo a la carencia del alimento necesario, del miedo al hambre. Probablemente ello se deba a la existencia de un oscuro, pero intenso recuerdo atávico por la preocupante necesidad de procurarse alimentos, lo cual constituía una continua angustia para el hombre primitivo. Como salvaguarda contra este Miedo originario prosigue diciendo – aparece el instinto de seguridad, el cual constituye el primer impulso activo de todo ser viviente. Y el instinto de propiedad se desarrolla, según él, a partir de ese instinto de seguridad.

A la otra tendencia fundamental que surge de los bajos fondos del inconsciente y que es la antítesis dinámica de la primera – Keyserling la denominó Hambre originaria, aunque a fin de evitar confusiones sería más adecuado llamarla Avidez originaria. En palabras de Keyserling, esta tendencia es: el principio motor de todo crecimiento. Ahora bien, el crecimiento, por su propia esencia, aspira al infinito y ya desde sus inicios no reconoce ningún límite como definitivo. En consecuencia, este Hambre originario o primigenio es originalmente agresivo e insaciable. Por su propia naturaleza se opone a cualquier instinto de seguridad; el riesgo es su elemento, lo ilimitado es constantemente su objetivo. De ello se deriva un conflicto originario con todo aquello que pertenece al ámbito de la Propiedad y del Derecho. En los bajos fondos tiene lugar una perpetua y encarnizada lucha entre el Hambre y el Miedo; no existe allí ningún equilibrio permanente y armónico.

No es difícil percatarse de que en nuestra civilización materialista estas dos tendencias se manifiestan en forma de codicia, que persigue adquirir y conservar la mayor cantidad posible de dinero y de otros bienes materiales. A pesar de los milenios transcurridos y el parcial refinamiento de la vida humana, es todavía tan arrolladora la fuerza de estos instintos que generalmente prevalecen ya sea con manifestaciones violentas, ya sea de forma engañosa e indirecta, disfrazada tras hipócritas justificaciones – sobre cualquier otro móvil o freno superior, y no es raro que a menudo llegue a superar incluso al instinto de conservación.