Durante el verano de 1910, la Sociedad Nacional de Médicos Homeópatas tenía una conferencia en Pasadena (California). El Dr. Ketchum decidió asistir y presentar un trabajo que produjera estupefacción entre sus colegas. Era joven y ambicioso y tenía entre manos un material que debía causar sensación. En
el curso de dos lecturas ejecutadas en su presencia, Cayce había diagnosticado casos que habían puesto en aprietos a los médicos y los tratamientos que él había prescrito fueron seguidos con excelentes resultados. Sin que Cayce lo supiera, el Dr. Ketchum redactó su informe, lo leyó y emocionó al auditorio.
Un médico de Boston sugirió remitir el informe a un seminario de la Sociedad Americana de Investigación Clínica. El Dr. Ketchum no dudó en seguir su consejo y, siempre a espaldas de Cayce, envió un artículo que concluía así:

Desearía conocer las opiniones y sugerencias de mis colegas con la finalidad de encontrar el mejor método para poner esto a disposición de la ayuda a la humanidad. Estaría dichoso si ustedes me hicieran llegar los nombres y las direcciones de los casos más complejos de que dispongan y yo ensayaría probar lo que me he esforzado en describir.

Era un desafío destinado a reducir al silencio a los médicos más escépticos. Inmediatamente la prensa se apoderó del asunto y dos artículos aparecidos en septiembre en el Boston Record Herald y en el New York Times, transformaron en algunos días el renombre local de Cayce en una celebridad nacional.

Este último, sin embargo, estaba muy descontento. El asunto había sido lanzado sin su consentimiento, y
él detestaba la publicidad. Ketchum, al ser apremiado a explicarse, reveló entonces su plan. El había organizado una sociedad que comprendía, además de Cayce y de él mismo, al padre de Cayce y a un tal Alberto Noe. Cayce podría de esa manera ejercer en forma más legal. Después de algunas vacilaciones, Cayce aceptó siempre bajo condiciones. Exigía que cada palabra pronunciada durante sus trances fuera transcrita por un taquígrafo, que las consultas fueran limitadas a dos por día y reservadas exclusivamente
a personas enfermas, que los honorarios fueran razonables y que las personas que no tuvieran medios para pagar fueran tratadas gratuitamente. Por su parte, él rehusaba toda remuneración y quería sostener las necesidades de su familia gracias a la explotación de su estudio fotográfico.

El convenio funcionó así durante varios meses a la satisfacción de todos, hasta que una serie de pruebas dolorosas cayeron sobre Edgar Cayce. Una tarde, cuando estaba a punto de dejar su consultorio, se le avisó que su segundo hijo, una creatura de pocos días de vida, estaba moribundo y que el médico llamado en su ausencia desesperaba de salvarlo. Enloquecido, Cayce se preparó para hacer una lectura sobre el caso del recién nacido; pero, al despertar, el rostro de su padre que asistía a la sesión revelaba una profunda tristeza. Qué he dicho? murmuró Cayce presa de un terrible presentimiento. Leslie Cayce bajó la cabeza sin responder. Edgar había pronosticado la muerte de la criatura para dentro de algunas horas. Por la primera vez, después de haber salvado a centenares de personas, Cayce había hecho su diagnóstico demasiado tarde.

También, cuando el doctor de la familia le anunció poco después que su mujer, Gertrudis, estaba afectada de una grave lesión pulmonar acompañada de hemoptisis, Cayce se preparó a formular su diagnóstico con una viva aprensión. Absorbido por sus actividades de servicio, acaso también esta vez no habría descuidado la salud de su familia? Cuando abrió los ojos se sintió aliviado de saber que había declarado
que su mujer viviría. El tratamiento que ordenó era el siguiente: una poción a base de heroína, inhalaciones de aguardiente de manzana y manipulaciones osteopáticas de la columna vertebral. Esta última prescripción parecía ridícula para lo que se suponía ser una infección bacteriana de los pulmones, una tuberculosis avanzada. Los especialistas que se encontraban a la cabecera de la enferma se alejaron descorazonados. Pero, para su gran sorpresa, el estado de Gertrudis mejoró rápidamente. El tratamiento de Cayce, tan inaceptable para la época, se aproximaba a una opinión hoy día admitida por ciertos osteópatas, según la cual problemas de la columna vertebral pueden originar trastornos orgánicos que se agravan, a veces, hasta llegar a la lesión.

La curación de su mujer le había traído no sólo la confirmación de sus talentos sino, además, una grande y reconfortante alegría. Pero, aún no llegaba el fin de sus preocupaciones. Estas culminaron la tarde en que Ketchum vino a anunciarle que la sociedad estaba en riesgo financiero a causa de su obstinación en no querer aumentar los honorarios de las consultas. Algunos días después, fatigado y torturado por violentos dolores de cabeza, Cayce convocó a su socio. Él se había dado cuenta de que toda predicción relativa a problemas financieros le dejaba deprimido y presa de penosos malestares.

Ketchum, turbado, tuvo que admitir que lo había interrogado durante un trance sobre ciertos aspectos financieros de la situación.

– En este caso, lo lamento – le dijo firmemente Cayce – pero me veo obligado a separarme de ti.

Sin embargo, cuando la puerta se hubo cerrado tras su ex socio, Cayce se abandonó a un profundo desaliento. De nuevo, se le había engañado, utilizado, cuando estaba en estado de hipnosis. En quién podría confiar? Buscó largo tiempo la repuesta a este interrogante antes de darse cuenta que la sola persona fiel y sincera, apta para cumplir este papel, se encontraba desde siempre a su lado. En adelante,
su mujer, Gertrudis, conduciría y taquigrafiaría las sesiones. Por fin liberado de la obsesión de ver que, a pesar suyo, se utilizara su don para fines que él desaprobaba, Cayce pudo reanudar sus lecturas siempre prodigiosas, anticipadas, a distancia, en lenguas extranjeras, de las que en estado de vigilia no conocía ni una palabra. Con los años, sus milagros se multiplicaban y su renombre seguía acrecentándose.

En Birmingham, un grupo de doctores, cansados de escuchar los relatos de estas incomprensibles curaciones, decidieron confrontar a Edgar Cayce. Se reunieron y propusieron una experiencia. Un enfermo incurable, que agonizaba lentamente en una clínica de la región, sería sometido al diagnóstico de Cayce. Este aceptó el desafío. Al momento de la lectura ignoraba el nombre del enfermo y el lugar en el que se encontraba. Se durmió e hizo una descripción precisa de los síntomas externos. Uno de los médicos presentes estalló en risa:

– Este hombre no hace más que leer en nuestros cerebros. Todos los doctores aquí presentes conocen al enfermo y han diagnosticado su caso.

Cayce no se turbó en absoluto.

– Si yo leo en vuestras mentes – replicó – decidme, cuál de vosotros conoce el hecho que voy a enunciar. Después de haber examinado al enfermo esta mañana, se ha presentado una nueva complicación. Una erupción muy grave se ha producido entre el primero y el segundo dedo del pie izquierdo. Cuando hayan verificado este hecho, continuaré con mi diagnóstico…

Algunos de los médicos fueron enviados en el acto a la clínica, y regresaron muy pronto, desconcertados.
El nuevo síntoma señalado por el extraordinario medium pudo ser observado por ellos. Cayce había confundido a los médicos, pero no se envaneció por eso. Poco cuidadoso de su gloria, estaba entonces ocupado de un nuevo sueño, el de fundar un hospital en Virginia Beach, como se lo dictaba su voz interior.

Tuvo que llegar el año 1928 para ver la realización de este proyecto, gracias al apoyo de uno de sus antiguos pacientes, Morton Blumenthal , quien financió la empresa después de haber sido él mismo objeto de una curación milagrosa. El hospital, situado cerca del mar, contaba con una treintena de habitaciones, instalaciones médicas modernas y un laboratorio, donde se preparaban nuevos medicamentos según las formulas proporcionadas por las lecturas de Cayce. El hospital funcionó durante tres años, tratando centenares de casos presuntamente incurables; pero debió cerrarse en 1931 a causa de una mala gestión administrativa.

Cayce no estuvo allí para ver su reapertura, la que tuvo lugar en 1956. Él falleció el 3 de enero de 1945, a la edad de sesenta y ocho años, no sin antes haber previsto la fecha de su propia muerte con algunos días de anticipación. Nunca había esclarecido el origen de su poder paranormal. Fue detenido dos veces por ejercicio ilegal de la medicina, y dejado después en libertad. No había realizado su sueño de convencer a
las Facultades de Medicina, y no había sido sostenido más que por su fe. En la actualidad, un Comité de Investigación creado en 1958 estudia los casi 15.000 relatos de curaciones que Cayce ha dejado tras él. Entre las más impactantes visiones descritas por quien fue, tal vez, el más grande clarividente del siglo pasado, algunas conciernen al karma, a la transmigración de almas, y al desarrollo de poderes psíquicos. Otras se refieren más directamente a los años venideros:

La Tierra se fracturará en la parte oeste de América . Una gran parte del Japón será sumergida. La parte superior de Europa se transformará en un instante. Una tierra aparecerá frente a la costa este de América. Habrán levantamientos en el Artico y en la Antártica que provocarán erupciones volcánicas en las regiones tórridas y, en seguida, un desplazamiento de los polos de manera que las regiones frías, templadas y semi tropicales llegarán a ser más cálidas. Este período se situará entre 1958 y 1998, y en el siglo siguiente,
se producirán cambios todavía más importantes en la superficie del globo.

Claude Valin

Traducido y extractado por Sonia Ramírez de
Question de
Editions Retz
París

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