– Edgar – le dijo ella un día – yo soy la más dichosa de las mujeres; pero, hay algo que me inquieta. Tú no hablas jamás de esos dones extraños, de esos poderes que posees. No querrías saber cuáles eran los designios de Dios al dártelos? Por qué no entras en lo profundo de ti y rezas para que Él te ayude a encontrar el empleo de esos dones?

– Estoy demasiado ocupado en ganarme la vida, Gertrudis – respondió Edgar en un tono sin réplica.

Pero en esa noche misma, fue presa de violentos dolores de cabeza que persistieron durante varios días,
en tanto que su voz se debilitaba hasta llegar a ser un cuchicheo imperceptible.

– Es un signo – gritó Gertrudis aterrorizada – No tienes el derecho de dilapidar un don que tú sólo en el mundo posees.

– Es una inhibición de los centros nerviosos – declararon los médicos una afonía, un curioso síntoma histérico.

Lo que fuera, durante varios meses ningún tratamiento pudo devolver a Edgar su voz normal, ni siquiera los intentos de un hipnotizador renombrado que se sentía seguro de tener éxito en curarlo. Fue entonces cuando Alan Layne entró en escena.

Desde siempre Alan Layne soñó con ser médico. Su falta de dinero y su mala salud le habían impedido seguir esos estudios. Se consoló tomando cursos de osteopatía por correspondencia. Habiendo oído hablar del caso de Edgar, le propuso hipnotizarlo él mismo. La experiencia fue intentada. En presencia de Layne, Cayce se abismó en un trance profundo, se auto diagnosticó una parálisis de las cuerdas vocales debida a una tensión nerviosa excesiva e indicó qué sugestiones debían serle hechas para restablecer un circuito nervioso normal. Al despertar, su voz volvió a ser fuerte y clara. Layne, maravillado, le pidió repetir esa experiencia con él mismo, Edgar describió todos los síntomas de Layne, le explicó exactamente todo lo que no funcionaba bien en él y le dio una lista detallada de los tratamientos que necesitaba para sanarse, incluidos los medicamentos que debía tomar. Layne cumplió estas indicaciones al pie de la letra y en un
par de semanas había recuperado la salud. Así Edgar Cayce había devenido un sanador, a pesar suyo. Debía empezar una nueva vida para él, una vida que no tenía nada de común con la existencia de un hombre normal.