La noticia de estas dos curaciones rnilagrosas se extendió rápidamente por la ciudad y numerosos enfermos incurables solicitaron de Edgar Cayce un diagnóstico , una sanación si fuera posible. Agitado por una grave crisis de conciencia, presionado por Layne y por su prometida, Gertrudis, Edgar dudaba todavía. Su más querido deseo había sido siempre ser útil, servir a sus semejantes , sanar; pero en tales condiciones, tenía derecho a hacerlo? Su primera reacción fue negativa. Quiso expresar a Layne su rechazo, pero, por segunda vez la ansiedad le hizo perder la voz. Nueva afonía, nuevo síntoma histérico, nuevo signo de lo Desconocido tal vez. Después de esta segunda prueba, Edgar se resignó a aceptar su destino. Se le pedía sanar, él sanaría. Bajo ciertas condiciones, sin embargo.

A contar de ese día, empezó a trabajar en equipo con Layne, quien transcribía las lecturas o diagnósticos obtenidos por el examen interno del paciente practicados por Cayce en estado de trance, durante el cual se paseaba literalmente al interior del cuerpo del enfermo. Para no dejarse influir por la presión de la multitud que quería consultarlo, rehusó tener contactos personales previos y aceptar pagos por sus servicios. Su anhelo era el de ser reconocido por los médicos aunque estos, la mayor parte del tiempo, alzaban los hombros ante el anuncio de sus diagnósticos, considerándolos imprevisibles, desconcertantes, descabellados y, sin embargo, justos. Qué importaba! Cayce tenía su conciencia tranquila. El no era un charlatán. Para mantener muy modestamente a su familia, ejercía otra profesión, repartiendo su tiempo entre un laboratorio fotográfico ( su verdadero oficio) y sus consultas psíquicas. Por lo demás, acaso no veía lo que los médicos no podían ver?

Edgar materializaba los cuerpos de sus pacientes a distancia. Era capaz de distinguir claramente un botón de plástico, indiscernible en una radiografía, que, atascado en la garganta de una niñita, amenazaba asfixiarla. Algo más extraño todavía, daba consultas anticipadas para enfermos desconocidos que iban a presentarse en los días siguientes, y prescribía medicamentos todavía en estudio o pociones caídas en el olvido después de cincuenta años. Al salir de sus trances, no se acordaba de nada.