Son los adultos los que fomentan en el niño un temprano e innecesario sentido de culpa, de pecado y de maldad. Se da demasiada importancia a cosas pequeñas que, en realidad, no encierran maldad, pero que fastidian al padre o educador. En ocasiones se trata de un fracaso del niño en mantener rectas relaciones con el grupo. Con esto el sentido del mal se recalca demasiado, ignorando que con ello se refuerza una sensación de pecado por las numerosas, pequeñas e insignificantes cosas que hace el niño. Cosas que no tienen importancia y que originan en los adultos una reiteración constante del NO y del empleo de la
palabra malo. Esta actitud está basada en gran parte en el fracaso parental para comprender al niño y mantenerlo ocupado en actividades constructivas.

Si estos aspectos de la vida del niño se manejan correctamente, entonces las verdaderas cosas malas, las infracciones a los derechos de los demás, los abusos del deseo individual sobre las necesidades y condiciones del grupo y el daño o perjuicio causado a otros para lograr ventajas personales, las verá en su exacta dimensión y a su debido tiempo. Entonces la voz de la conciencia (la voz del alma) no se apagará nunca y el niño no será un ser antisocial. Sólo llega a serlo cuando no ha hallado comprensión y, por lo tanto, no se le ha enseñado a comprender, o cuando las circunstancias le exigen demasiado.

Ahora podrían preguntarse, después de haber estudiado estos cuatro tipos de ambiente, estimados como pasos preliminares de la nueva educación: cómo se consideran, en este caso, el instinto heredado y la inclinación normal basada en el nivel de evolución y en las tendencias del carácter, sin dejar de lado las influencias astrológicas?

No me he referido a ellos, aunque los reconozco como factores formativos que merecen atención. He estado considerando la innecesaria y vasta acumulación de dificultades que se le imponen al niño y que no le son innatas ni son características suyas. Son el resultado de su medio ambiente, del fracaso de su círculo familiar y de las condiciones educativas existentes para adaptarlo a la vida y a su época. Cuando se lo maneje prudentemente desde la infancia y se lo considere la preocupación más importante de sus padres y maestros – porque un niño es el futuro en embrión – y cuando al mismo tiempo se le enseñe el sentido de la proporción por medio de su correcta integración al pequeño mundo del cual forma parte, veremos surgir claramente las principales líneas de sus dificultades, las tendencias básicas de su carácter y las fallas de su equipo. Todo esto permanece oculto en especial en el período de la adolescencia: ínfimos pecados, evasivas, pequeños complejos latentes, que es posible que no formaron parte de su bagaje al nacer y que le fueran impuestos por otros.