Hay veces en que nos resulta difícil encontrar el camino de regreso y es entonces cuando
necesitamos ayuda. Necesitamos a alguien que sea lo suficientemente amable, pero también dispuesto a darnos un empujón para que nos movamos. En terapia, eso lo llamamos confrontación. Confrontamos al paciente consigo mismo, aunque a veces parezca ser un poco doloroso. Si escucháramos a nuestro ser interior, nos diría: Pon atención. Haré que te duela un poco ahora, para que despiertes. Por esa razón, a veces llamo al dolor la orden de reajuste que envía Dios. En ocasiones, es lo único que hace que la gente cambie.

Por supuesto, son muchos los factores externos que pueden contribuir a que nos salgamos del camino adecuado – condicionamientos producidos por la familia, presión del ambiente escolar y social – pero volver al camino implica siempre encontrar la mejor forma de compartir amor con el mundo. Todos tenemos nuestra propia manera de expresar amor; si la descubrimos, viviremos más tiempo, gozaremos de mejor salud, disfrutaremos más de la vida y recibiremos también más amor de los otros. A causa de eso, los terapeutas deben ayudar a sus pacientes a redescubrir sus propios e individuales caminos de amor.

Para lograr éxito en esta tarea es necesario que el terapeuta encuentre maneras prácticas
de fluir en su natural manera de amar y hacerlo de forma continua, ya que, sin un contacto
en el que se pueda confiar, la eficacia de la ayuda se vería bloqueada. Quizás lo más importante es que el terapeuta asuma en su vida su propio mensaje. Y esto no quiere decir que tenga que ser alguien perfecto. No somos perfectos, pero podemos perdonarnos nuestras imperfecciones, lo que significa que al vivir mi propio mensaje, debo perdonarme por no ser perfecto, como también perdono a mis pacientes por no serlo. Significa también que compartiré diariamente la meditación, música, oración, afirmaciones positivas, ejercicios, dietas, y todas las actividades que ofrecen nuestros grupos de terapia.

Creo, además, que vivir mi mensaje significa también que puedo trabajar sobre mis propias
heridas y mostrarme vulnerable ante las personas a las que estoy atendiendo. De esta forma, puedo pedirle a uno de mis pacientes que me dé un abrazo si estoy pasando un mal día. No necesito ser un superhombre. Puedo admitir mi mortalidad y mi condición humana.