En este sentido no soy un terapeuta tradicional. No me complica tener contacto físico con mis pacientes, porque ellos entienden que se trata de un amor que no tiene nada que ver con atracción sexual ni cosa parecida. Hay veces en que el contacto físico resulta apropiado. Como cuando tenemos que dar a alguien el pésame por la pérdida de un ser querido y no se nos ocurre nada que decir, sólo abrazarlo apretadamente. Con ello le trasmitimos que estamos compartiendo su dolor, como no podrían hacerlo ni las palabras más elocuentes.

Vivir nuestro propio mensaje trae también consigo un aspecto de apertura y de humildad. Como terapeuta, no estás sentado en un lugar lejano, mirando a las masas ignorantes y necesitadas. Simplemente, harás lo que sea necesario, confiando en que el amor sabrá qué es lo que hace falta. Esto incluye no darse a conocer como experto infalible, poseedor de todas las respuestas, sino concebir el proceso de curación como un diálogo, un intercambio, una experiencia de aprendizaje tanto para el paciente como para el terapeuta. Hay que comprender que dar amor también implica recibirlo; no debo protegerme con barreras que dificulten a los pacientes su apertura al amor.

De esta forma, la terapia se convierte en un proceso en el que el paciente y el terapeuta se van cambiando el uno al otro. Resulta de vital importancia darte cuenta que no debes aconsejar solamente, sin vivir tú mismo tus propias congojas. El amor sólo será auténtico cuando provenga de una experiencia vivida, y si no, no será convincente.

Otro factor que facilita considerablemente el amor en el proceso terapéutico es el hecho de que en este tipo de trabajo estamos rodeados diariamente de individuos valiosos, que nos inspiran: personas que reafirman sus ansias de vivir en medio de enfermedades progresivas. Como el valeroso enfermo de SIDA quien, en lugar de darse por vencido, se dedica a levantar el ánimo a sus compañeros de hospital. 0 el enfermo de cáncer que elige seguir amando al mundo, y que considera su enfermedad como un incentivo a su crecimiento espiritual. Tales personas son reconfortantes. Hacen que sigas adelante y te ayudan a no flaquear.